Paisaje de invierno

desde la finca de la herrería reducida

Finca de la Herrería (o Dehesa de las Ferrerías de Fuentelámparas), al suroeste de San Lorenzo. Detrás, el monasterio. Y allá lejos, el monte Abantos. “Fresneda adehesada”,  llaman a la Herrería. Los fresnos se pelaron  durante décadas para usar los ramos del año como forraje para el ganado al mediar el verano, cuando el prado se agostaba.  “Adehesada” por eso, porque la fresneda es una masa  aclarada que podían cruzar las vacas. Hoy sólo se ven turistas, o gente del pueblo con sus niños y sus perros. Pero en las fincas vecinas sigue habiendo explotaciones ganaderas, y las vacas pastan entre  fresnos y robles desmochados. La mayoría de los árboles de la Herrería, como los de la foto, ya no se tocan. Crecen  sin agobios, con su copa más o menos recuperada,  pero si se explora a fondo el lugar todavía pueden encontrarse algunos fresnos aislados que sí, que sí  han sido podados recientemente, conservando la silueta que debió de marcar este paisaje durante cientos de años.  Cuando Felipe II se asomaba a la ventana no vería otra cosa. Fresnos en la parte baja, robles melojos más arriba, frailes trajinando en el huerto,  torrenteras desordenadas… Y vacas con sus terneros.

 

De rama en rama

Julio 2012

 

Para poder cargar con la familia Tarzán al completo la rama en la que todos ellos se sientan ha de cumplir, según los manuales técnicos al uso (1), las siguientes características:

 

  1. Ha de tener un diámetro no inferior a un tercio del diámetro del tronco (o de la rama de orden inmediatamente anterior en la que va inserta)
  2. Ha de tener un ángulo de 45-60º. Si más, la rama se parte. Si menos, aplastan a la mona Chita.
  3. Ha de estar suficientemente separada de la siguiente, que además no crecerá exactamente encima (la de la familia Tarzán no habría podido desarrollarse tanto, pues la rama vecina la habría sombreado, achicándola, y no habría sitio para Jane).

Para conseguir todo esto basta con ir formando el árbol de rama en rama desde los primeros años, en cuanto el tallo haya crecido hasta una altura suficiente para que podamos escoger la primera (pongamos a unos dos metros del suelo, según la especie arbórea y lo que queramos hacer con el árbol: ¿colocar una mesa debajo, aparcar el coche o el elefante?, ¿nada?). La propia naturaleza haría el trabajo por nosotros si nos estamos quietos (morirán las ramas bajas y el árbol se irá estirando). Pero si queremos adelantarnos, porque a la familia Tarzán le corre prisa,  y ajustar la altura y forma  general de la copa a esa función descrita, entonces podemos ir haciendo la selección de ramas  nosotros, dejándolas -eso siempre-  bien separadas y bien orientadas.  Lo suyo es que que el árbol siga creciendo hacia arriba y mantenga su porte natural.  Si quisiéramos –pero  NO queremos- formarlo artificialmente, como un “vaso” de tres o cuatro ramas, entonces hay que proceder a cortar el tallo/tronco,  dejando por debajo las 3 ó 4 ramas estructurales elegidas.  No queremos, decía, porque eso se hace cuando el árbol es demasiado grande para el espacio que ha de ocupar (una acera de Madrid, por ejemplo) o cuando se trata de árboles frutales ( para que la mano llegue a la fruta).
En fin, después se continúa eligiendo las siguientes ramas, que a su vez van insertas en estas principales…La película acaba bien –incluso con los árboles en vaso- si la formación prosigue ordenadamente. La película acaba mal si aparece por la selva un funcionario municipal indocumentado, que procede a terciar o desmochar el árbol con su motosierra (terciar: dejar un tercio de cada rama y eliminar el resto). Y encima le dice a Mister Tarzán que lo hace porque en su pueblo “siempre se ha hecho así” (como tirar a la cabra del campanario), añadiendo : que al árbol “le sienta bien” la operación y que esos cortes sirven para “rejuvenecer” al árbol (y a la cabra, que queda como nueva al llegar al suelo…). Si esto sucede, si se tercia la copa, las ramillas que broten la próxima primavera formarán una bola enmarañada sin orden ni concierto. Todas ellas nacerán de yemas subcorticales, en el perímetro de la herida. La inserción es insegura. Muy peligrosa. A ese árbol no volverá a subirse nadie, so pena de partirse la crisma …lo que seguramente no sucederá, porque al año o  a los dos años volverá el susodicho con la motosierra, y ¡zas!, nuevo terciado cuando el árbol apenas había empezado la compartimentación de las heridas (una solución intermedia hubiera sido la poda “en cabezas de mimbrera”, pero exige más pericia y más tiempo).  Conclusión: el debilitamiento  del árbol es progresivo, imparable, y árboles que podían llegar a ser dos, tres, cuatro veces centenarios, malviven mutilados y terminan muriéndose de forma irracional a los  20 ó 30 de haber sido plantados.

NOTAS.

(1)  Fuentes principales: Las podas de las especies arbóreas ornamentales, F.Gil-Albert, Ed. Mundi-Presa.  Todo el capítulo quinto, sobre podas de formación. Y pp.27 a 32:”aspectos que condicionan la solidez estructural de un árbol”.  Y Ch. Drénou, La poda de los árboles ornamentales, Ed. Mundi-Presa, en especial pp.162 y ss: “Seis ideas recibidas sobre la poda radical”.
(2) ¡Todo esto no tiene nada que ver con las podas de trasmocho, escamondas, etc, que se hacen en zonas rurales por razones de aprovechamiento ganadero y forestal.! Esa sí es otra película, que corresponde a otra entrada del blog.

Cuando lloran las viñas

Finales de marzo-abril

Cuando al cortar un sarmiento -ramo de un año, con las yemas aún bien cerradas- se forman gotas de savia en el borde de la herida, entonces se dice que la viña está llorando.  A veces sólo caen unas lagrimillas de nada. Otras, en las viñas más robustas, lo que caen son verdaderos lagrimones, que dejan pringosa la cuchilla de la tijera y las manos del que la está usando.
Las viñas se podan entre el comienzo de los lloros y el comienzo de la brotación. En esta zona de Madrid, por lo que hemos visto desde que llegamos, ninguna viña brota antes de mediados de marzo (como pronto) y ninguna rompe a llorar antes de mediados  o finales de febrero (como prontísimo, y según como venga de cálido y lluvioso el final del invierno). En ese mes que va de quince a quince han de quedar los viñedos pelados. Si hay quien empieza a podar antes, eso se debe a que tiene tantas viñas que no le daría tiempo a dejarlas todas podadas antes de la brotación. Cuestión de mano de obra y de “logística”, que no de fisiología vegetal. Si el invierno viene muy frío y seco -si la llantina se retrasa- entonces hay que podar un poco más tarde; la savia que empiez a circular ayudará a cicatrizar las heridas de poda, pero si los lloros son abudantísimos (es decir, si nos metemos mucho, mucho en abril) la cepa se debilitará, se desangrará, de forma peligrosa e innecesaria.
Las cepas tienen varios brazos. Los manuales de poda dicen que en cada brazo ha de quedar uno o dos sarmientos bien podados: a dos yemas (pulgares) si el sarmiento es débil; a más de dos yemas (varas), si el sarmiento es vigoroso. Pero cuando uno baja al campo y se ve cara a cara con esas cepas, que en el caso de LRO tienen -algunas de ellas- más de veinticinco  o treinta años, nada es tan sencillo como dicen los manuales. Los seres vivos somos diversos. Viñas, perros, niños, flores. Podemos tener presentes algunas normas básicas, pero la verdad es que esas normas son pocas y no valen de nada si no se contextualizan…Las variables, además, no son siempre previsibles. Esto lo sabe cualquiera que tenga los ojos abiertos. Así que en la poda de los frutales, como en casi todo lo que tiene que ver con la “conducción” de seres vivos (conduire es el verbo que se usa en francés para las podas de formación), lo primero y más importante, en mi opinión, es el simple sentido común. Y la observación. Por ejemplo. Los manuales de poda dicen que los cortes han de ser limpios, sin dejar tocones. Pero el anterior propietario me explicó que si hacía eso el pámpano que brotaría después, con sus racimos colgando, se quebraría en la inserción: que había que dejar un toconcillo largo junto al pulgar escogido, para que el tal toconcillo sostuviera el peso de lo que crecería después en el pulgar…Y así es con todo. A veces hay que dejar más de dos sarmientos por brazo, a veces más de dos yemas por pulgar (porque la orientación de esas mismas yemas así lo exige), a veces hay que cortar con el serrote brazos enteros, a veces hay que preferir el sarmiento más débil, pero mejor colocado, en detrimento del más saludable, o a la inversa…
Todo es así. Siempre. Lo más útil, creo yo, es tratar de entender el porqué de cada corte, aún sabiendo que la decisión puede ser discutible. Pero nunca cortar al tuntún. No hacerlo de este u otro modo “porque lo dice el manual”, frase que odio, pero tampoco “porque siempre se ha hecho así”, lo que sería irracional, además de arrogante.

En fin, la poda de las viñas de LRO se terminó este año sobre el calendario previsto, quizá un poco tarde. Las lluvias de estos últimos días han sido muy insuficientes. La tierra sólo está superficialmente húmeda, y por eso los sarmientos apenas lloriquean.

Para qué sirve una motosierra

Marzo 2012

Tengo una motosierra Stihl MS-200, con un espadín de 40 cm. Estoy contenta con ella, pero he de decir que procuro utilizarla lo menos posible; prefiero con mucho los serrotes, grandes y pequeños, en especial los de doble hilera de dientes (cuyo único inconveniente es que no pueden afilarse). De todos modos, confieso que nunca me ha gustado apear árboles vivos, ni siquiera grandes ramas, ni con motosierra ni con serrote ni con nada. En el momento de meter la cadena en el tejido vivo siempre me tengo que parar un instante y plantearme, una vez más, la misma-eterna pregunta: ¿es de verdad necesario hacer esto?. A veces no lo tengo tan claro. Otras, sin embargo, la respuesta es un SÍ rotundo: cuando las raíces de un fresno empiezan a levantar el suelo de un garaje, o cuando el abeto de Navidad –tan canijo al principio– llega por fin al segundo piso y tapa la ventana de la cocina, o cuando un pino piñonero plantado en un talud empieza a inclinarse peligrosamente sobre el aparcamiento… Todos estos casos son errores que se podían haber evitado el día de la plantación, errores que al final acaban pagando los árboles, precisamente cuando más grandes y más hermosos están.

Bueno, pues para ejemplificar lo útil que puede llegar a ser una motosierra cuando se trata de “arreglar” errores humanos, vamos a resumir la historia del Bosque de Zérnikov: cómo se descubrió e intentó hacer desaparecer la esvástica vegetal que crecía en el bosque; una esvástica formada por alerces (Larix decidua), de 60 por 60 metros, plantada hacia 1938 por un guarda forestal en medio de un pinar y descubierta por casualidad cincuenta años más tarde.

(Un paréntesis antes de seguir. En los libros de botánica se explica que las coníferas son en su mayor parte árboles de hoja persistente. Pinos, abetos, píceas, etc. Pero hay tres excepciones a esta regla general: el ciprés de los pantanos –Taxodium–, la metasecuoya –Metasequoia–, y el alerce –Larix–. Estos tres géneros, aun compartiendo las características botánicas de las coníferas en lo que se refiere al modo de reproducción, tipos de tejidos, etc., son árboles que pierden la hoja en invierno, después de un otoño espectacular en el que sus copas adquieren tonalidades cobrizas –el ciprés–, rosadas o rojas –la metasecuoya–, y de un amarillo luminoso los alerces. De estos tres géneros de conífera caducifolia, sólo una especie de Larix es autóctona en Europa, L. decidua, que crece desde los Alpes Dolomitas hasta las llanuras del Vístula, en Polonia. El Bosque de Zérnikov, en el distrito de Uckermark, está al nordeste de Alemania, en lo que antes se llamaba Prusia Oriental, ahora Brandemburgo, no lejos de la frontera polaca…).

La historia, en cinco actos, puede ser contada de atrás adelante.

Empezando, pues, por el año 2000, quinto y último acto (¡de momento!), no creo que los operarios del departamento forestal del land de Brandemburgo vacilaran ni medio segundo cuando el día uno de diciembre, de buena mañana, los motores de una docena de motosierras volvieron a hacer retumbar el Bosque de Zérnikov. Y esta vez no se detuvieron hasta que la esvástica de alerces quedó patas arriba. Con hachas les hubiera llevado semanas; con unas buenas motosierras, horas.

Y digo “esta vez” porque hubo otras antes. En el 2000, en efecto, se talaron veinticinco alerces. Pero es que en el año 1995 –cuarto acto–  se habían talado ya cuarenta y tres. Los alerces, en el entretanto, habían brotado de nuevo, de modo que la cruz gamada volvía a ser reconocible cinco años después de aquella primera tala. Un aeroplano la fotografió en noviembre de ese año, cuando el dorado de los alerces destaca contra la masa verde de los pinos. La agencia Reuters difundió la imagen.  En noviembre del 2000 la BBC, la CNN, y todos los medios de comunicación europeos, pusieron otra vez el grito en el cielo: “la esvástica de alerces del  Bosque de Zérnikov vuelve a ser perfectamente reconocible desde el aire”.

Tercer acto: 1992. Nadie supo (¿?) durante cincuenta años de la existencia del tal bosque. Para distinguir la esvástica hacían falta dos requisitos: tener un avión y pasar con él por encima de Zérnikov la primera quincena de noviembre. Si se pasa antes o después –o si no se tiene un avión…– la esvástica se diluye en el verde de los pinos que la rodean. Hace falta, además, una tercera cosa, que las autoridades locales te expidan un permiso de vuelo. Pero el distrito de Uckermark pertenecía a la República Democrática de Alemania. Poco amiga de dar permisos, seguramente. Hizo falta que cayera el muro y que se reunificaran las dos Alemanias para que un buen día de noviembre de 1992, el piloto de un aeroplano –¿un funcionario reconociendo la zona, un hobby-pilot…?– descubriera desde el aire una enorme, enorme esvástica dorada. Consiguió que no le diera un infarto y la fotografió. Poco después las autoridades del recién creado land de Brandemburgo empezaron a hacer gestiones para talar rápidamente los alerces. Y no les resultó fácil. Aunque parte del bosque seguía perteneciendo al estado, otra parte fue parcelada y su propiedad –muy discutida– pasó a diferentes manos. Por otra parte, no todos los propietarios estaban por la labor de dejar entrar las motosierras, por muy “anticonstitucional” que fuera aquella esvástica. Entre unas cosas y otras, hubo que esperar tres años hasta las primeras talas.

Segundo acto: entre 1992 y el final de la guerra. Según las investigaciones publicadas, los archivos demuestran que las autoridades comunistas sabían de sobra que en ese bosque había una enorme esvástica vegetal. Pero, por lo visto, no le dieron mayor importancia. Ellos mismos, pensaría el funcionario de turno, ¿no hacían también inmensos diseños florales con la forma de la hoz y el martillo?.

Y llegamos así al comienzo de la historia, que es el final de la nuestra. Aunque todavía no se conocen los detalles (1), los periodistas apuntan a esta versión del primer acto: en 1938, un guarda forestal de la aldea de Zérnikov pagó no sé cuantos pfenings a un grupo de las juventudes nazis locales para que le ayudaran a plantar un centenar de alerces en el bosque. Y así se hizo. Por esos distritos del norte de Berlín pasaban las divisiones de la Wehrmacht que estaban empezando a concentrarse en la frontera. Muy pronto se pondrían en marcha camino de Dantzig, iniciando a su paso la segunda guerra mundial. Había que celebrarlo, desde luego, pensó nuestro entusiasta guarda nazi, mientras regaba los pequeños alerces recién plantados. Lejos estaba de sospechar que por esas mismas llanuras, cuatro años después, entrarían los tanques rusos que dividirían su país en dos, como una nuez, y les privarían de libertad durante cincuenta años.

Los alerces no tenían culpa, pero los errores se pagan. Y se pagan caros: en el año 1995, cuando se iniciaron las talas, los árboles pasaban de dieciséis metros. No sé si los ecologistas tuvieron algo que decir, quizá aceptaron la tala masiva como un mal menor. Pero eso es lo que pasa cuando se planta un fresno demasiado cerca del garaje, o un abeto debajo de la ventana de la cocina, o un pino piñonero en un talud… Que al final hay que talarlo. Y para eso precisamente sirve una motosierra. (2)

NOTAS
(1). Por ejemplo, la fecha exacta de la plantación, entre el 38 y el 40. O quién fue exactamente el piloto que la descubrió.

(2) Supe de esta historia a raiz de un viaje a Berlín hace dos años: M. Kopleck, Past Finder. Berlin Ch. Links Verlag, edición francesa, Berlin 2008, p. 89. El bosque está cien kilómetros al norte de Berlín. Otra fuente, que difiere en algunos detalles: archives.cnn.com/2000/WORLD/europe/12/04/germany.swastika.reut/

La foto del alerce dorado pertenece al catálogo de semillas de semencesdupuy.com

Manual de heridas (1)

Parece difícil de creer, pero hasta hace relativamente pocos años no se tenía la menor idea de cómo cicatrizaba un árbol sus heridas. Se sabía lo evidente: que, a diferencia de los animales, los árboles no regeneraban el tejido de la herida, sino que intentaban aislarla y cubrirla, dejando dentro –cuando lo conseguían– el trozo de madera necrosada, ese “clavo” con el que después habrían de vérselas los carpinteros… Pero no hubo una explicación del mecanismo fisiológico hasta que Alex Shigo introdujo el concepto de compartimentación y lo sintetizó en las siglas C.O.D.I.T (“compartimentation of the decay in trees”). Publicó sus conclusiones en 1975. A España no llegaron hasta diez años más tarde, y por la puerta de atrás. La mayoría de su obra sigue sin traducirse, por razones que desconozco. En cuanto a las originales, pueden comprarse online en la web de sus herederos y socios: www.shigoandtrees.com.

Javier López, al que llamo por sistema siempre que tengo dudas sobre lo que debo hacer con un árbol (www.arbolsano.com), me pasó hace años unas fotocopias del Compendio de arboricultura moderna. Me quedé bastante sorprendida, con la impresión de que iba a tener que cuestionarme muchas de las cosas que me habían enseñado en los cursos de poda hasta ese momento. Este no es el lugar para hablar de la compartimentación, ni yo la persona indicada para hacerlo. Baste con insistir en la idea de partida: cuando uno tiene una motosierra o un serrote en la mano debería poder visualizar en su cabeza lo que va a pasar con toda probabilidad en el interior de ese ser vivo si el corte está mal hecho, o si se hace en un momento del año en que la compartimentación será más difícil, o simplemente es un corte gratuito, o realizado en una especie arbórea que compartimenta mal, y que, por tanto, condenará al árbol a una muerte lenta pero segura, etc. En los cursos de poda tradicionales –al menos en los dirigidos a estudiantes y jardineros de a pie– también se recomienda el “saneamiento y regularización” de las heridas (mucho más que una simple limpieza de tierra y trozos rotos de corteza), incluso su cierre con productos “cicatrizantes”; capítulo aparte serían las grandes heridas y oquedades; ahí todavía se sigue recomendando la instalación de tubos de drenaje, secado de las paredes con hornillos y sopletes, etc, etc. Ningún experto en arboricultura moderna hace eso ya, pero los antiguos hábitos se reproducen monótonamente en las webs más frecuentadas sobre jardinería y paisajismo… A. Shigo insiste mucho en esto de las dosis y el sentido común: no llega con saber cortar (“dónde”, “cómo”, “cuándo”), es que también hay que saber “cuánto”. Si cortamos y limpiamos de forma obsesiva eliminaremos las barreras químicas con las que el propio árbol está autoprotegiéndose y acabaremos dañando sin remedio la “zona cambial” (ese anillo de células con capacidad de reproducirse activamente, y del que depende, no sólo el crecimiento de cada primavera, sino también  la generación de los tejidos protectores que aislan la madera herida de la sana).

Yo ya no cojo las tijeras con la misma alegría. Ni limpio nada antes de estar bien segura. Un ejemplo: la goma que supuran los frutales de hueso; he estado quitándosela a los troncos durante mucho tiempo, convencida de estar haciendo lo correcto, cuando lo único que hacía, en realidad, era dejar esos árboles todavía más desprotegidos.

En LRO hay pocos árboles y en su mayoría están enfermos. Ya he contado al hablar de los drenajes lo que les pasó a los melocotoneros cuando el anterior propietario desvió hacia ellos el agua excedente de la terraza grande. En cuanto a las encinas y almendros más grandes, todavía recuerdo el consejo que me dio el guarda del coto de caza una de las veces que vino por aquí: tienes que “cortar con la motosierra todos los brazos, para que se ponga verde otra vez…”. Eso es lo que hacía el anterior propietario (aunque dudo que lo hiciera su padre en los años cincuenta, y no sólo por falta de motosierra). Y eso es, pues, lo que yo he heredado. Heridas de motosierra de hasta veinte centímetros de diámetro que no han empezado siquiera su compartimentación; ramas desordenadas, tocones necrosados, desgarros, inserciones muy frágiles. Y heridas brutales como las de la encina que encabeza esta entrada; heridas hechas por puro capricho, tan irracionales como apalear una serpiente o lanzar una botella de cristal contra las piedras.

Bueno, he empezado un catálogo de “heridas” de todos los árboles de la finca. Me gustaría dejar registrado cómo se van cerrando. Lo harán lentamente, muy poco a poco, como todo lo que hacen los árboles (“trees make love quietly”, reza uno de los leit-motiv de A. Shigo). Mi objetivo es familiarizarme con esas heridas, seguirlas de cerca, como si yo misma las llevara grabadas en un brazo. Las primeras de la serie (habrá más) serán las de los melocotoneros.