Di li Alberi et verdure

E. H. Gombrich sobre el Tratado de la pintura de Leonardo (en concreto, sección sexta del Codex Urbinas, Di li Alberi et verdure): “lejos de considerar la pura mirada como medio para conseguir su meta (= análisis científico de las apariencias naturales), Leonardo nunca se cansó de subrayar la importancia del razonamiento”. Así, para reproducir la estructura de un árbol:

Leonardo entendía que las ramas se dividen poco más o menos como el delta de un río. Cuantos más tributarios nacen, menos agua lleva cada uno. Esto le hace concluir que si se suma el grosor de las ramas o ramitas tras cada subdivisión la suma debe coincidir con la anchura del tronco o de la rama que quede por debajo (…) Como consecuencia de este principio leemos en el fol.246r que el crecimiento anual de un árbol se refleja en estas ramificaciones, cuya suma equivale siempre a su vez a la anchura total del tronco. Se trata de una hipótesis de gran sencillez y elegancia, aunque vuelve a ser una construcción a priori a la que se llega más por razonamiento abstracto que por medición. Guardo en mi archivo una carta de la East Malling research Station de la Horticultural Society, que fue consultada a petición mía. El autor quedó impresionado por el estudio de “biométrica”, como él decía, de Leonardo, pero no pudo confirmar sus ideas. Ninguno de los ocho manzanos que midió se ajustaba a la predicción de Leonardo, siendo en realidad la suma total de los diámetros de las ramas muy superior al diámetro del tronco, aunque en la parte inferior, próxima a la primera división, la discrepancia fuera menos llamativa…”

Y sobre la representación de árboles con hojas, “uno de los problemas más recalcitrantes y complejos de la historia de la pintura”:
(…) Recordando los métodos reducidos de la tradición bizantina, representando todas las hojas de un árbol, y las fórmulas globales de Giotto, no sólo resultan admirables los métodos de Van Eyck para representar la luz y el follaje, sino que se aprecia lo conseguido por Leonardo en las extraordinarias páginas del Tratado, que aspiran a la clasificación científica de todas las posibilidades (…). Siempre sistemático, enumera cuatro factores que afectan al aspecto de las hojas de los árboles, a los que llama lustre, luz, transparencia y sombra… (…) Ha confundido a veces a los traductores, pero dentro de su contexto el significado es claro. Los extremos son la oscuridad de la sombra y la claridad del lustre. Entre ambos se halla la cualidad intermedia, que Leonardo desea dividir en dos: una más oscura próxima a la sombra, que llamará transparencia, y otra más clara próxima al lustre, que llama luz..”

E.H. Gombrich, Nuevas visiones de viejos maestros. Estudios sobre el arte del Renacimiento vol. 4, Debate, 2000, pp.44 y ss.

Reproducción de “Estudio de un árbol” y “Estudio de un bosquecillo”, Leonardo da Vinci; hacia 1498. Windsor Royal Library

A siete siglos de distancia

La génesis de este libro fue el deseo de averiguar qué efecto tuvo en la sociedad el desastre más mortífero que recuerda la historia, la Muerte negra de 1348-1350, la cual, según se estima, mató un tercio de la gente que vivía entre la India e Islandia. Teniendo en cuenta la situación en nuestro tiempo, resulta patente la razón de mi curiosidad. La respuesta fue esquiva porque el siglo XIV sufrió, en palabras de un contemporáneo, tantos “extraños y grandes peligros y adversidades”, que su desórdenes no pueden atribuirse a una sola causa (…) Todos esos desórdenes, salvo la peste, brotaron de un estado de cosas preexistente a la Muerte Negra y se prolongaron después de haberse extendido la pandemia.
Si mi pregunta inicial quedó, en parte, sin contestación, el período en sí mismo (…) encerraba un interés seductor y, a mi juicio, consolador para el actual, de similar confusión. Porque, si las dos últimas décadas (…) han sido un tiempo de malestar poco común, tranquiliza saber que la especie humana ha sobrevivido a azares peores.
(…) El siglo XIV fue una mala época para la humanidad. Hasta hace poco los historiógrafos propendían a detestarlo y eludirlo, porque no lograban que encajase dentro de la pauta del progreso de los seres humanos. Mas, tras las espantosas experiencias del siglo XX, sentimos mayor simpatía por una edad desconcertada… Reconocemos con una dolorosa sensación los síntomas de un período de angustia en el que no existe percepción de un futuro cierto.”

Extracto del preámbulo de Un espejo lejano, Barbara W. Tuchman, 1978  (ed. española Plaza & Janés 1990) * Gracias a E. Rius/ notasparalectorescuriosos.com, por su recomendación. Al protagonista, Enguerrand de Coucy, también lo cita P. L.Fermor -otra lectura de estos días- hacia el final de Entre los bosques y el agua, pero en un contexto infinitamente más amable (el Danubio a la altura de las Puertas de Hierro, 1934, cuando el río aún fluía libre hacia el Mar Negro).

En la foto: lilas recogidas esta mañana.

 

Go, bind thou up yon dangling apricocks

W. Shakespeare, Richard II, acto III, escena IV. 

1.
En inglés moderno: Go, bind you up young dangling apricots…
“Anda, ve y sujeta esos jóvenes albaricoqueros que se balancean…”
Puesto que el español necesita más palabras para decir lo mismo, habría que añadir dos frases que especifiquen cómo (cómo exactamente) ha de ser la sujección: “levanta las ramas (up) y átalas (bind)”.  En el contexto de esta escena -una conversación entre maestro jardinero y su ayudante- hasta podríamos añadir un dativo ético: venga, sujétame esas ramas… dice el jardinero de más edad, personalmente empeñado en el asunto. To dangle -leo en el diccionario on line– significa to hung loosely. Indica que las ramas pendulean, llevadas por el viento.

Go, bind thou up yon dangling apricocks
which, like unruly children, make their sire
Stoop with opression of their prodigal weight:
give some supportance to the bending twigs.
Go thou, and like an executioner,
cut off the heads of too fast growing sprays,
that look too lofty in our commonwealth:
all must be even in our government,,,

Tal es el huerto de Langley, propiedad del duque de York. Los jóvenes albaricoqueros, privados de poda,
1. crecerían desordenadamente (like unruly children), y de hecho ya empiezan a hacerlo, despatarrándose y penduleando;
2. fructificarían de más (prodigal weigh), comprometiendo -esto no lo dice Shakespeare aquí, pero parece sugerirlo más abajo- tanto el crecimiento del propio árbol como la fructificación del año próximo (eso que se llama vecería: cuando un árbol produce mucho un año y apenas nada el siguiente).
En un frutal sin podar: si la maraña de ramas recibe suficiente luz y aire (cosa poco probable) y si la fruta llega a cuajar, o será pequeña o no madurará, o bien -en terrenos muy fértiles, con variedades vigorosas y ejemplares jóvenes: Langley-  habrá tanta fruta que, además de quedarnos sin nada la próxima primavera (muy probablemente),  la rama se partirá y desgarrará el tronco al caer. 
Ergo: hay que podar.

2. 
En esta commonwealth que es el huerto de Langley,  los jóvenes frutales  se podan de modo que la copa crezca equilibrada:  eliminando chupones (too fast growing sprays) e  igualando las ramas estructurales (all must be even ). Además, cuando la poda no ha bastado, o no ha llegado a tiempo.. hay que sostener (levantando+atando) los ramos del año cargados de fruto (give supportance to the bending twigs).
El ayudante pregunta entonces a su jefe que por qué se van a molestar ellos en cuidar el jardín cuando todo el reino de Inglaterra es en esos momentos un sindiós. Toda la tierra llena de weeds, las flores más bonitas ahogadas (choked up, por culpa de las weeds), los frutales cabeza abajo (upturned), los setos hechos un asco, los parterres revueltos y la plantación de hierbas útiles “rebullendo de orugas”:
When our sea-walled garden, the whole land,
is full of weeds, her fairest flowers choked up,
her fruit-trees all upturned, her hedges ruin’d
her knots disorder’d and her wholesome herbs
swarming with catterpillars?

El jardinero reconoce que sí, que es una pena que el rey Ricardo, por no haber sabido poner coto a los excesos de sus aduladores, ahora se vea desposeído de su trono. Y, continuando el juego de metáforas, aprovecha para explicarnos  la práctica del pinzamiento (trimming) y de las incisiones/ muescas en la corteza (we do wound the bark). Técnicas complementarias de la poda propiamente dicha, destinadas a equilibrar crecimiento y producción.
... Oh, what pity is it
that he had not so trim’d and dress’d his land
as we in the garden!
 We at time of year
do wound the bark, the skin of our fruit trees,
lest, being over-proud in sap and blood,
with too much riches it confound itself
(*con demasiada riqueza se confunde:
¿referencia a la vecería, a ese fructificar de forma irregular, desordenada, “confusa”?)

Respecto a los pinzamientos, (sobre brotes tiernos, aún no lignificados, que  cortamos/pinzamos por la mitad), con ellos se consigue ralentizar el crecimiento vegetativo en un determinado punto, impedir que se desmadren ramos que no nos interesan… que a lo mejor vamos a terminar reemplazando por otros.  
Respecto a las incisiones. ¿Es una tradición salvaje, esto de andar marcando a navajazos la corteza, que el jefe de jardineros de Langley perpetúa porque sí?  No exactamente: “A principios de la primavera, la traslocación de agua, nutrientes y reservas es básicamente ascendente hacia las yemas en inicio de brotación; y un corte dado sobre una de las yemas localiza la aportación de reservas hidrocarbonadas en ella, en detrimento de otras situadas por encima, con lo que su desarrollo se verá claramente reforzado,,,” (Gil-Albert, nota 1, p.66).
Detrás del trimming y del wounding, en el jardín y en cualquier lado, siempre la misma idea: no dejar que las cosas se desmanden.

3. 
“Mientras tú me sujetas los ramos del albaricoquero, yo iré a arrancar esos hierbajos apestosos que se llevan la fertilidad del suelo…” . La palabra aparece repetida tres veces en la escena: weeds, weeds,  noisome weeds
También se limpia por dentro el árbol, para dejar solo los ramos fructíferos ( referencia a la poda “de fructificación”, sin entrar en más detalles: seleccionar lo mejor, quitar lo ya fructificado o inútil, nota 2). Pero el rey, en mal podador, en pésimo gardener, nada de eso hizo.
superfluous branches
we lop away, that bearing boughs may live:
had he done so, himself had borne the crown,
which waste of idle hours hath quite thrown down.

4.
Jardín de albaricoqueros, espejo de príncipes.
Al Ricardo II no se le da bien reinar: llevar sus resoluciones hasta el final, respetar las posesiones de sus súbditos… Ricardo es ligero, insustancial. Presta oídos a los aduladores que medran en torno a él como los hongos al pie de un árbol débil. No se toma nada demasiado en serio (waste of idle hours). No sabe ser firme, no lo es, y por eso su primo Bolingbroke -futuro Enrique IV-  se le acaba de echar encima.

La mujer del rey pasea por el jardín del Duque de York en Langley, donde se ha refugiado al estallar la guerra entre su esposo y Bolingbroke. Ella y su doncella escuchan sin ser vistas la conversación entre los jardineros: poda de formación, poda de limpieza… mezclando entre unas y otras cosas alusiones al mal gobierno. Si el rey hubiera hecho lo mismo que ellos -dice sin tapujos el viejo jardinero, dándole la razón a su ayudante- ¡cuánto mejor le habría ido a nuestro reino, este otro jardín rodeado de agua! Los parásitos del rey (weeds!) han sido ya ajusticiados por Bolingbroke. Se dice que el Rey está preso.
Pero la reina, que nada sabía aún del rumbo de la guerra, al oír estas noticias sale hecha una furia de su escondite y se encara con el jardinero/mensajero…

NOTAS

(1) F. Gil-Albert, Tratado de arboricultura frutal, MP, Madrid 2003
(2) Sin embargo, detallar cómo fructifica un frutal de hueso sería útil para visualizar el balanceo. Uno vigoroso, como este albaricoquero de Langley, lo hará sobre todo en “ramos mixtos” (yemas vegetativas y florales repartidas):  de no podarse, el  tramo que fructifica cada primavera se va quedando  atrás, lignificándose… y el extremo pendulea con el peso de la fruta nueva, progresivamente alejada del tronco, cada año más canija. Por tanto, incluso en un albaricoquero joven/vigoroso/plantado en una buena tierra, la falta de poda tendrá consecuencias: a corto plazo, rama que se parte; a medio plazo: pérdida de calidad.

Y enlaces:
Para profundizar en este vínculo de la Gran Bretaña con el apricok: https://laramadeoro.com/2014/05/20/comen-orejones-los-anglosajones/)
La forma arcaica apricock va pegada al latín praecox, de la que procede, por ser fruta de maduración temprana. También en otro post, aún más antiguo que el de los orejones: https://laramadeoro.com/2011/09/26/en-tiempos-del-gran-rey-kanishka/

Jardín a oscuras

Vogelgarten, Paul Klee

Con parecido “horror al vacío”, como si el jardín fuera una especie de pecera con el espacio y el oxígeno limitados, Vogelgarten replica en abstracto al giardino dipinto del otro día (https://laramadeoro.wordpress.com/wp-admin/post.php?post=7079&action=edit ). Solo pájaros y plantas, aunque estos sean de ninguna-raza/ sin padre ni madre. En los jardines nocturnos de verdad habría rapaces -un moucho, una lechuza en el olivo, al acecho de un ratón- y, si sonara la flauta, a lo mejor un ruiseñor (una amiga que vino a ayudar a podar las viñas lo escuchó el pasado mes de marzo, aquí mismo, cuando se levantó de madrugada para ir al baño). Entre las flores predominarían las blancas, o las amarillo o rosa muy pálidos, y muchas de ellas serían fragantes, las más fragantes del jardín, pues a los polinizadores que trabajan sin luz no les diría nada el rojo, el naranja, el azul…. Pero aquí no hay matices ni olores. Heinz 57 (varieties), le dicen los ingleses al chucho de raza x: -57, en este caso, pues se llega a él por sustracción, restando, restando, hasta quedar reducido a un espectro. Y al igual que en el fresco de Livia, fuera babosas, fuera lombrices, fuera ratones, avispas, culebras, chinches, orugas, mouchos, perros y gatos. Fuera el jardinero y fuera, sobre todo, el sol.

( Vogelgarten. Pinacoteca de arte moderno, Munich. Lo pintó Paul Klee en 1924, diez años después del viaje a Túnez; seis años después del final de la guerra)

Robin Lane Fox, o el arte de vivir en las nubes

Historiador, helenista, ex alumno de Eton, profesor de Oxford y experto en jardinería del Financial Times. Uno de esos excéntricos británicos -orgullosos defensores del estereotipo, indeed– que tienen a gala hacer y decir siempre lo que les sale del nabo. Otro ilustre amante del latín y el griego antiguo, estudiante de classics en Balliol College, e igual de liberado mentalmente que Mr. Lane, ocupa en la actualidad el 10 de Downing Street.

Mr. Lane Fox, en efecto, lee directamente a Homero en la edición de Loeb Classical Texts. Da clases como profesor emérito en un college y es el jefe de jardineros en otro. Fue contratado por Oliver Stone como asesor para su película sobre Alejandro Magno (excelente jinete, solicitó al director poder participar en la carga de caballería de las tropas macedonias; y lo hizo; en primera línea). El éxito en España de su bestseller, El mundo clásico, y un Festival de Flores en Córdoba, en el que Lane Fox era jurado, llevó a una curiosa entrevista en El Pais Semanal, cuyo enlace adjuntamos más abajo. En ella se omiten algunas de las facetas del personaje que -como se verá- podrían no contribuir demasiado a la venta de sus libros.
Desde hace cuarenta y siete años Mr. Lane complementa toda esta actividad -clases, flores, cabalgadas- con un artículo semanal en el suplemento de ocio del Financial Times. En 2010 reunió algunos de sus artículos en el libro Thoughtful Gardening, publicado por Penguin Books.

Thoughtful Gardening, cara A.
El libro está dividido en cuatro secciones, una por cada estación del año.
Son deliciosos sus artículos sobre viajes y sobre libros. Los pasajes de la correspondencia de Katherine Mansfield, por ejemplo, en los que se pone de manifiesto su amor a los jardines, más aún, su dependencia anímica de las flores; o el relato de su visita al vivero Latour-Marliac, al que Monet encargaba los nenúfares de Giverny; o la crítica que hace de la adaptación para la BBC de Mansfield Park, un completo churro, en el que se minusvaloran aspectos esenciales del libro de Jane Austen, como su denuncia del papanatismo de ciertos garden designers (y sus clientes)… Deliciosa la descripción del Jardín Botánico de Bangkok, donde se filmó la citada carga de caballería de Alejandro; de la avenida de King Cherris de Seul, un largo paseo entre nubes de pétalos blancos; del jardín de la Odessa post-soviética -el invernadero en mal estado, las ramas rotas de un magnolio- que le trae a la memoria al Príncipe Bolkonsky (Guerra y Paz), el momento en que se despide de su jardín y su casa para marcharse a combatir; de su viaje a Capri en primavera, con el detalle de los diferentes tipos de Lithospermum , esas florecillas rastreras, de color azul índigo, que crecen también por los pinares de Galicia; de la Bahía de Nápoles y las pinturas del Museo Arqueológico, cuya visita acompaña de la lectura del poeta Estacio y completa, más tarde, con un paseo por los alrededores para herborizar (esos ciclámenes miniatura, el famoso Allium neapolitanum, orquídeas silvestres etc).. Precisas y enormemente útiles son sus recomendaciones sobre variedades vegetales: magnolias de hoja caduca, rododendros, cerezos japoneses, peonías arborescentes para la primavera; deutzias, iris, espuelas de caballero, hasta kniphofias (que aquí no se ven casi, pero en Inglaterra por todas partes) para el verano; dahlias, salvias, manzanos ornamentales y asters en otoño… Útiles son también sus “seis reglas sobre esquejes”; su listado de rosas trepadoras que toleran la sequía; sus observaciones sobre el cultivo de Galanthus (campanillas de invierno) al sol o a la sombra, con más o menos mantillo; sus instrucciones, muy concretas, para sembrar flores anuales en el exterior, o para mantener contenida mediante la poda una exuberante glicinia, o una retama del Etna con tendencia a envejecer y enmarañarse por dentro… Habiéndose formado en el Alpinum de Munich, Lane Fox muestra una admiración a prueba de modas por las rocallas alpinas y por los jardines botánicos en general. En cuanto al diseño, su modelo es el del jardín clásico, italianizante (referencia: Edith Wharton, en su faceta de paisajista), con relativa libertad para los colores… y fumigados a conciencia para que nada ni nadie los perturbe.

Y así llegamos a la cara B. Porque el culto y observador Mr. Lane no habla de las plantas en abstracto: en sus recomendaciones sobre el jardín “concienzudo” (thoughtful), y precisamente porque lo es, no puede dejar a un lado sus opiniones sobre el cambio climático o la jardinería sostenible (the organic fantasy, p.35). Lane Fox lo hace, se moja, pero para apuntarse del lado de los que defienden seguir como hasta ahora (my firm advice: do nothing, p.18) porque, para empezar, no hay que exagerar, y porque además, ¿acaso cree usted que yo voy a salvar el planeta porque deje de usar glifosato e Imidacloprid en mis macizos? Y sobre el alza constante de las temperaturas, los veranos tórridos de los últimos años, la escasez de nieve: ¡Pero si los arbustos de invierno -mahonias, viburnos…- florecen como locos, huelen mejor que nunca, y los macizos de fucsias y salvias jamás estuvieron tan bonitos! ¡Aguantan en Oxfordshire hasta diciembre!
Wonderful!

Un ejemplo de su forma de razonar, característica de mediados del siglo XX, es el capítulo titulado Sickly Chestnuts (Castaños de Indias enfermizos, pp. 185-187) De un tiempo a esta parte los castaños de Indias tienen serios problemas con el insecto equis, que no es mortal de necesidad para el árbol, pero sí lo debilita y afea. Bien, pues inyectemos mejunjes a base de Imidacloprid. El problema, que Lane reconoce abiertamente, es que este insecticida puede favorecer, de rebote, la aparición de dos bacterias, fulana y mengana. Una no tiene por qué ser mortal para el castaño (en principio); la otra, casi seguro que sí… ¿Qué hacemos entonces? ¿Renunciamos al insecticida? Definitely not! Si he entendido bien el artículo (es la duda que me queda), Mr. Lane propone que nos limitemos a esperar a que las multinacionales del sector investiguen, investiguen… hasta tener a punto ese nuevo producto (we need a chemical, p. 187) que ha de eliminar también a fulana y a mengana. En este caso, ni siquiera hay que considerar los efectos sobre el medio ambiente. La cadena de efectos secundarios sobre el propio vegetal a tratar se la pasa Mr Lane por el desfiladero de las Termópilas.

En definitiva. Robin Lane Fox cuestiona o minimiza los efectos del cambio climático (pp.18-19: lo cuestiona:as ever, there have been weather catastrophes, but carastrophes are not evidence of sustained change,,,; o no lo cuestiona, porque la donna é mobile, y entonces lo saluda con alborozo: gardeners can profit from a clear benefit, p.22); promueve el uso de abonos químicos y herbicidas, incluso cita a Vita Sackville-West (¡1956!) como autoridad en su defensa, además de relatar un viaje altamente instructivo a las instalaciones de la multinacional Bayer en Düsseldorf, cuyos productos promociona con nombre y apellidos, sin rebozo; declara una y mil veces su afición a la caza del zorro con jauría de perros (prohibida por su extrema crueldad en 2004, para gran desconsuelo de nuestro helenista y de todos los patricios latifundistas del país); difunde una antigua receta de “ardilla a la sidra”; propone capturar a las ardillas con trampas, o con ayuda de un galgo, o directamente a tiros (“en ambientes rurales, recomiendo el uso prudente de una pistola”, p.89); intenta cargarse a los conejos de su jardín dejándoles platillos con leche y glifosato (p.146); hace chistes malos sobre la partenocarpia de cierto genero de gorgojos, en el que solo existen individuos hembras (¿qué tal si, usando la ingenieria genética, introducimos en la colonia un macho? ¡Qué risa!; p. 80); y para terminar esta sucinta enumeración –last, but not least– propone calmar a los tejones, responsables del caos nocturno en su bordura de crocus, con cebos a base de mantequilla de cacahuete y Prozac (p.105; lo dice y lo hace).

NOTAS:
Artículo citado: https://elpais.com/elpais/2017/12/04/eps/1512412299_415603.html

R.Lane Fox, soldado de Alejandro el Grande.

G. Altares no pregunta nada sobre esas cosas que a Lane Fox le resbalan. Respecto al brexit: Mr. Lane le confirma que votó en contra, aunque “básicamente no está ocurriendo nada”. El Brexit es una estupidez, claro, pero “nada comparable a las conquistas de Alejandro”. Sí pero no, o no pero sí… (al estilo tercerista de Jeremy.Corbyn)

Giardino dipinto

Una perdiz, un abejaruco y una collalba. La vegetación de esta pared -pintada al fresco, allá por el 20 a.c.- incluye un granado cuajado de fruta, un ciprés, un laurel, una palmera y una rosa damascena. En la parte más alta, que no sale en la reproducción, se ve también un mirlo con las alas abiertas, metiendo bulla.
En otras paredes de este Giardino dipinto de Livia Drusila (procedente de su villa de Prima Porta, al norte de Roma) los especialistas han contabilizado hasta 69 especies de pájaros. Y violetas, iris, crisantemos, amapolas blancas. Y un pino en el panel central. Otra vez las estaciones mezcladas, y otra vez esa preferencia antigua por los frutos del otoño: junto al granado, por las restantes paredes, sólo un membrillo y un madroño. Todo ello, seguramente, para representar la opulencia/fecundidad de la nueva aetas aurea, inaugurada por el divino Octavio, y quizá -pero habría que leerse despacio la bibliografía- con intenciones simbólicas.¿La granada y el pino, atributos de la diosa Perséfone, de la diosa Cibeles? O a lo mejor le estamos dando a ese pino, ese granado, más importancia de la que realmente tenían, como sucede a veces con los bodegones del XVII (¡no todos eran rebuscadas vanitas!) Por otro lado, ¿no se echan un poco en falta unos higos y unas uvas, frutas omnipresentes en tantos frescos y mosaicos? Cosas de Livia Drusila, la dueña de la casa. A lo mejor le empalagaban los higos, simplemente. ¿Y cómo andaba su dentadura? Imaginémoslo: regular. Le molestarían mucho las pepitas de uva entre las muelas…
La identificación botánica y ornitológica completa la hizo esta señora: Mabel M. Gabriel, en los años 50, poco después de que los frescos fueran llevados a su emplazamiento actual en el Museo del Palazzo Massimo alle Terme. Leo en internet, sin embargo, que las excavaciones en Prima Porta continúan, y que un fresco de mentirijillas puede verse ahora en lugar del original.

Notas
Las perdices de verdad -de carne doliente, no dipinte– empezarán a caer a tiro limpio a partir del Pilar, fecha en que se levanta la veda en todo el monte, incluidas las viñas y los sembrados. Respecto al abejaruco y la collalba, estarían en Prima Porta de paso. En octubre ya se encuentran granadas maduras en el mercado, los primeros madroños, los primeros membrillos… pero hace por lo menos un mes que se fueron los abejarucos -y antes, las golondrinas-, dejándonos la misma angustia de todos los años.

Detalles + bibliografía:

Villa of Livia at Prima Porta

Y catálogo florístico, aquí: https://www.researchgate.net/publication/248546044_Botanic_analysis_of_Livia’s_villa_painted_flora_Prima_Porta_Roma

Camino de Praga, un naranjo.

Primera parada: París

Al Rey Sol le fascinan los naranjos. Los hay en abundancia en el parterre de la orangerie de Versalles, y también en el Trianon, plantados -todos ellos- en jardineras de hierro y madera pintadas de verde (diseño Le Notre; hoy pueden comprarse on-line, como todo: jardinsduroisoleil.com). Madame de Sévigné, según el preciso relato de Eduard Möricke, corta un esqueje de naranjo amargo y se lo regala a su amiga Renata Leonora, esposa del embajador austríaco ante el Rey Cristianísimo. El esqueje arraiga. Cuando el tiempo de la embajada termina, Renata Leonora se lleva la maceta a su palacio de Moravia. Pasan los años. El naranjo sigue creciendo. Hijos y nietos lo cuidan con el mayor desvelo, en particular Eugenia, bisnieta de Renata, que se entusiasma con el arbolito, el más aromático -si no el más sabroso- de todos los cítricos. El naranjo nacido de aquel esqueje es su preferido, símbolo viviente del encanto espiritual de una época casi divinizada (al Príncipe de Talleyrand se le atribuye el dicho: “quien no haya conocido el mundo antes de la Revolución, jamás sabrá lo que es la douceur de vivre“; E. Möricke, más escéptico, nos recuerda en 1855 que esa época idealizada llevaba ya en sí su aciago futuro). Pero hete aquí que el árbol enferma. Amarillea y pierde las hojas. Eugenia, con gran pesar, lo da por muerto.

Segunda parada: Nápoles

Un joven compositor austríaco que viaja por Italia con su padre/maestro (para ganarse los garbanzos, estrictamente), asiste desde Villa Reale, Nápoles, a un curioso espectáculo teatral representado por un grupo de comediantes sicilianos. Dos barcas aparecen en la bahía. En una viajan jóvenes de ambos sexos; ellos, vestidos con calzas rojas (el resto al aire) , reman y maniobran; ellas, hermosísimas, trenzan flores y se dejan querer. Aparece otra barca, pero ésta solo con jóvenes varones, vestidos de color verdemar. Desde la primera barca, cogiéndolas de un cesto que llevan a bordo, las chicas empiezan a lanzar naranjas a los marineros verdemar, que a su vez se las devuelven, iniciando un malabarismo naranja -contra el azul de la bahía, la orquestina tocando aires muy alegres desde la orilla- que queda grabado para siempre en la memoria del joven músico austríaco.
Los marineros verdemar engañan a los rojos con el señuelo de un pez de colores. Los rojos se zambullen en su búsqueda, y los verdemar, más espabilados, cambian de barco y se lo llevan, chicas incluidas (muy contentas, al parecer, con el cambio).

Tercera parada: una posada en Moravia
14 de septiembre de 1787. Un carruaje se detiene en la posada El Caballo Blanco, en las llanuras de Moravia . De él baja un matrimonio de mediana edad (hoy diríamos “un joven matrimonio”, apenas rebasada la treintena). Vienen de Viena y se dirigen a Praga, donde él, célebre compositor, se dispone a estrenar su última ópera, casi terminada… Ella se acuesta un rato a descansar mientras los posaderos les preparan la comida y atienden a los caballos. Él aprovecha esos momentos para ir a dar un paseo por los alrededores. Ve una avenida de tilos. La sigue. Llega a un palacio de estilo italiano. Parterres. Bosquetes.Un jardín con la puerta abierta….

El estanque oval, estaba rodeado por unos naranjos cuidadosamente cultivados en cubas, que alternaban con laureles y adelfas (…) Con los oídos complacientemente atentos al chapoteo del agua y los ojos fijos en un naranjo agrio de mediana altura que, fuera de la hilera y aislado, se encontraba en el suelo muy cerca de él, cargado de los frutos más hermosos, nuestro amigo, ante esa visión meridional, recordó (…) Sonriendo pensativamente, tiende la mano hacia el fruto más próximo… Y, en estrecha relación con aquel recuerdo juvenil, tuvo una reminiscencia musical hacía tiempo borrada, cuya huella incierta siguió soñadoramente por un momento. Ahora le brillaban los ojos (…) Distraído, ha cogido por segunda vez la naranja, que se separa de la rama y se le queda en la mano. Él la ve y no la ve; tan lejos llega la distracción de los artistas, que Mozart, haciendo girar el oloroso fruto ante sus narices y removiendo entre los labios tan pronto el comienzo como el tema central de una melodía inaudible, saca del bolsillo de su casaca .. un cuchillito de mango de plata, y corta lentamente, de arriba a abajo, aquel objeto redondo y amarillo. Quizá lo impulsara a ello, remotamente, una oscura sensación de sed, pero sus sentidos excitados se contentaron con aspirar el delicioso olor…(1)

Mozart ya tiene el motivo para las bodas de Zerlina y Masetto, el fragmento que le faltaba para dar por terminado el acto primero de Don Giovanni. En realidad no iba pensando en eso cuando llegó al jardín, pero el motivo se le impuso solo: naranjas, luego amor. Saca un papel y allí mismo, junto al estanque, empieza a escribir…
El guardián del jardín llega entonces hecho una furia. Su dueño, el conde, tenía reservado ese naranjo para la ceremonia que va a celebrarse esa tarde. Y las naranjas estaban contadas: eran nueve, ¡no ocho!
Una notita manuscrita de Mozart, pidiendo infinitas disculpas, hace cambiar de opinión a los condes, muy aficionados a la música. Los Mozart son invitados a pasar la noche en palacio, donde se prepara el banquete de boda de su sobrina Eugenia. Mozart confiesa con desparpajo lo sucedido con el naranjo -aquel recuerdo de Nápoles- y ellos, los condes, mandan traer el arbolito. Ahí está, con sus ocho naranjas que debían ser nueve. Eugenia duda… ¿es ese su árbol, el que había traído la bisabuela de Versalles? El naranjo ha sido resucitado, no se sabe bien cómo, por un vecino de los condes muy ducho en cosas de jardinería (quizá solo tuviera clorosis, regado en exceso -por ese guardián malhumorado- con el agua caliza de los alrededores…). Los condes han cuidado en secreto cada flor, cada fruto que cuajaba, para ofrecérselo como regalo de bodas a Eugenia. Hoy, precisamente. Y hasta tenían preparada un poema sobre “El Jardín de las Hespérides,” en el que tres ninfas, cada una con tres naranjas, hacían su particular performance para la novia… Hélas, ahora solo son ocho las naranjas. La novena, la cortada en dos por el músico de Viena, yace a los pies del árbol sobre una fuente de porcelana. Pero no hay mal que por bien no venga. En compensación por su desafuero, Mozart tocará para los presentes las distintas piezas de su nueva ópera… (2)

Cuarta parada: Praga

El 29 de octubre W. A. Mozart dirige el estreno de Il dissoluto punito, ossia il Don Giovanni, drama giocoso in due atti, en el Teatro Estatal de Praga. Mientras afuera empieza a caer una lluvia helada, anuncio del inminente invierno, dentro suena por primera vez esa escena festiva:
Giovinette che fate all´amore
non lasciate che passi l´etá!,

una boda campestre, en la que hombres y mujeres cantan y bailan, y se provocan y juegan, y es todavía primavera, luce el sol, y no hay más sombras en el horizonte que las que proyecta el insaciable Don Juan. Zerlina y Masetto, los novios, se quieren en italiano (necesariamente), un italiano que los checos y alemanes del público hacen por entender, a unos dos mil kilómetros y diecisiete años de distancia de Nápoles, de las naranjas, de la cumbre del Vesubio, de la bahía azul en la que se recorta la isla de Capri, la punta de Sorrento… Todo concentrado, como un zumo fresco, en tres minutos del acto primero.
Han pasado diecisiete años desde que estuve en Italia –había explicado Mozart a sus huéspedes moravos-. ¿Quién hay que la haya visto, especialmente Nápoles, y no piense en ella toda la vida?

NOTAS

(1) Mozart camino de Praga, Eduard Mörike, Alba editorial, 2006. Traducción de Miguel Sáenz.
(2) Solo Eugenia, que, además de excelente soprano/dechado de virtudes, tiene el triste don de no dejarse engañar por las apariencias, siente un escalofrío al escuchar a Mozart. Este hombre -se dice a sí misma-se consumirá pronto en su propio fuego. Su música no tiene ya la despreocupación del Figaro…

Era un jardín para ciegos

(Breve historia del rosal)


Palermo, 1860. El Príncipe de Salina pasea por su jardín:

.. Los claveles imponían su olor picante al protocolario de las rosas y al oleoso de las magnolias, que se hacían grávidas en los ángulos, y como a escondidas advertíase también el perfume de la menta mezclado con el aroma infantil de la mimosa y el de confitería de los arrayanes. Y desde el otro lado del muro los naranjos y los limoneros desbordaban el olor a alcoba de los primeros azahares. Era un jardín para ciegos: La vista era ofendida constantemente; pero el olfato podía extraer de todo él un placer fuerte, aunque no delicado. Las rosas Paul Neyron, cuyos planteles él mismo había adquirido en París, habían degenerado. Excitadas primero y extenuadas luego por los jugos vigorosos e indolentes de la tierra siciliana, quemadas por los julios apocalípticos, se habían convertido en una especie de coles de color carne, obscenas, pero que destilaban un aroma denso, casi soez, que ningún cultivador francés se hubiese atrevido a esperar. El príncipe se llevó una a la nariz y le pareció oler el muslo de una bailarina de la ópera… 

(Giuseppe Tomasi di Lampedusa, El Gatopardo, capítulo 1)

Los jardines del Palacio Salina eran opulentos y voluptuosos como sus salones (como su dueño), y los rosales `Paul Neyron’ morían de éxito, si así puede decirse, pidiendo a gritos las tijeras de un podador resolutivo -capaz de controlar ese equilibrio entre el “excitadas” y el “extenuadas”, que al Príncipe se le escapaba. La foto de ahí arriba es de una ‘P. Neyron’; en realidad el rosa es más intenso, pero si la planta está demasiado expuesta al oeste/suroeste, ¡y en Sicilia!, no es de extrañar que palidezca y adquiera “color carne”.

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En el principio fue un rosal silvestre (“botánico”), probablemente un damascena. Después un rosal de la China, con seguridad un ‘Old Blush’, Padre de Todos los Chinos, que, a diferencia de los rosales occidentales, florecía durante meses (floración “perpetua” o “remontante”) y no solo en primavera. Hibridados el silvestre y el chino en el océano Índico, en la isla de Bourbon/ Borbón, del archipiélago de las Mascarenhas, por entonces posesión  ultramarina de Luis XVI, dieron lugar al primer rosal borbón. Alto y garboso, resistente, de flores casi demasiado grandes, causó sensación entre los franceses expatriados (y morriñentos: arrancaban la flora autóctona, plantaban rosaledas) que mandaron su semilla  a un viverista de París. Hibridaciones muy parecidas se consiguieron en Italia (dedicados a la Duquesa de Portland, pasaron a la historia con su nombre) y en un vivero de Carolina del Sur, de la familia Noisette.
Así que
Borbones, Portland y Noisette. Con ellos arranca la historia del rosal moderno. Hibridados a su vez entre sí, nacieron los híbridos perpetuos.
‘Paul Neyron’ es uno de ellos. Mi ‘Zephirine Drouin’ (foto aquí abajo), pertenece al mismo tipo pero en versión trepadora (lo que los aficionados a las rosas llaman
sport). Son rosales sólidos, es verdad. Un poco convencionales… Arbusto desmañado. Hojas oscuras. Flores desparramadas. Fragancia penetrante, potenciada por el calor en los jardines de sur. Todo el encanto casero, pueblerino, de los rosales antiguos. Fieles como ninguno: duros de pelar. Son los que crecerían en los jardines de las novelas de Balzac: años cuarenta, años cincuenta. Estábamos a las puertas de la creación del rosal moderno (1867, ‘La France’), gracias a la introducción de los rosales de té (India, sur de China). ‘Paul Neyron’, que tuvo -dicen los libros- un éxito enorme, fue ya de los últimos de su estirpe.

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La historia  de
El Gatopardo comienza en 1860, y el rosal -que el protagonista fue en persona a comprar a París- debía de llevar años plantado. Sin embargo, ‘Paul Neyron’ salió al mercado en 1869. No parece un anacronismo muy grave por parte del novelista. Al contrario.¡A los jardines de Palermo les va mil veces mejor ese “atraso” (relativo) de diez o quince o veinte años! No les hubiera cuadrado un rosal espigado, ultramoderno, de capullos tourbillonnés y sin apenas aroma, como tampoco un rosal sin pedigrí, un gallica o un centifolia -botánicos europeos-, como los de cualquier jardincillo burgués. En ese jardín señorial pero decadente tenía que haber un rosal perpetuo. Un híjo de los borbones guillotinados. Procedente de una isla que ahora -tras la Revolución liberal de 1848- había pasado a llamarse definitivamente de la Réunion. Las rosas de los Guermantes, las rosas de Proust, no podían ser las mismas que las de los Salina, porque las de Paris-1900  habían nacido para la vista, no para el olfato. Rosas intelectuales. No unas primitivas de los tiempos de Maricastaña. Esmoquin y no levita. Orquídeas, que no violetas.
Lampedusa escribió su novela en los años 50 del siglo XX, cuando la producción industrial de rosas ya era un hecho. Los rosales modernos tenían flores perfectas y sin olor. Los capullos de ‘La France’ y demás
híbridos de té –pedúnculos rígidos, pétalos apretados- podían enviarse en avión a cualquier punto del globo. Los arbustos eran una birria, pero ¡qué importaba! También en el jardín los rosales habían perdido el primer puesto en favor de especies exóticas, de los perfiles arquitectónicos… (justo a la inversa de lo que habían hecho sus tatarabuelos expatriados, allá en el Índico o donde fuera). Pero como todo vuelve en esta vida, no faltó quien reclamara los derechos perdidos de la flor antigua/ las antiguas virtudes. Un reverendo anglicano había creado ya, hacia 1930, el primero de sus rosales vintage… (Pero esta es otra historia, que dudo que el protagonista de El Gatopardo hubiera sabido apreciar).
Conclusión: Lampedusa, escribiendo  hacia 1950, sabía muy bien lo que hacía al escoger un híbrido perpetuo para el jardín de un patricio siciliano del tiempo anterior a la unificación. Y no un patricio cualquiera, además, sino uno aceptablemente cultivado, Fabrizio, Príncipe de Salina,amigo de todos los placeres (incluyendo los del olfato) y  consciente, como nadie en su entorno, del inminente final de su mundo

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¿Cuántas horas dedicó Lampedusa a hojear viejos catálogos de rosas?  O a lo mejor vio a su ‘Paul Neyron’ en alguna colección, en algún jardín conocido, pues su fama se mantuvo entre los híbridos perpetuos (y los rosales son longevos). En el Jardín Botánico de Madrid, por ejemplo, crecía uno hasta hace poco. ¿Habría rosales `Paul Neyron’ en el palacio de la familia Lampedusa, que una bomba americana hizo volar por los aires en el 43? Puede que el dato esté en alguna biografía del autor. No lo sé. Como punto de partida, para empezar a buscar la respuesta, este artículo de César Antonio Molina, con los enlaces correspondientes en Palermo y alrededores
:https://elviajero.elpais.com/elviajero/2015/10/29/actualidad/1446137384_372108.html

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Para terminar. Como los rosales antiguos se han puesto de moda (la tendencia anunciada en los años 30 no ha dejado de crecer, con los altibajos esperables), usted mismo puede comprarse un ‘Paul Neyron’ por internet y tenerlo en casa mañana por la mañana. Mañana, en el solsticio de primavera de 2019.  Ciento cincuenta años después de las reflexiones de Fabrizio, y prueba definitiva de que algunas cosas sí han cambiado (para que nada cambie, realmente).

 

Cactus en flor

Cuando florecen, que pueden tardar años, florecen como las rosas: ahora, a pleno sol. Este de la foto está en una maceta del jardín, colocado de modo que los perros no puedan entrar en el macizo y patear las rosas (precisamente).

Eso tienen en común además de los pinchos: la necesidad de luz. Difieren en que el cactus exige tierra suelta, ligera, mientras que la rosa siempre estará más contenta en una tierra arcillosa. Difieren también en que a la rosa la quiere todo el mundo -tantos poetas, pintores, cantores buenos y regulares- mientras que el cactus, coitado, no suele inspirar mucho a nadie. O a casi nadie… (en el vídeo que sigue: Opuntias/ chumberas en Baja California, con flores que, según la especie, pueden ir del amarillo pálido hasta el rojo)