Robin Lane Fox, o el arte de vivir en las nubes

Historiador, helenista, ex alumno de Eton, profesor de Oxford y experto en jardinería del Financial Times. Uno de esos excéntricos británicos -orgullosos defensores del estereotipo, indeed– que tienen a gala hacer y decir siempre lo que les sale del nabo. Otro ilustre amante del latín y el griego antiguo, estudiante de classics en Balliol College, e igual de liberado mentalmente que Mr. Lane, ocupa en la actualidad el 10 de Downing Street.

Mr. Lane Fox, en efecto, lee directamente a Homero en la edición de Loeb Classical Texts. Da clases como profesor emérito en un college y es el jefe de jardineros en otro. Fue contratado por Oliver Stone como asesor para su película sobre Alejandro Magno (excelente jinete, solicitó al director poder participar en la carga de caballería de las tropas macedonias; y lo hizo; en primera línea). El éxito en España de su bestseller, El mundo clásico, y un Festival de Flores en Córdoba, en el que Lane Fox era jurado, llevó a una curiosa entrevista en El Pais Semanal, cuyo enlace adjuntamos más abajo. En ella se omiten algunas de las facetas del personaje que -como se verá- podrían no contribuir demasiado a la venta de sus libros.
Desde hace cuarenta y siete años Mr. Lane complementa toda esta actividad -clases, flores, cabalgadas- con un artículo semanal en el suplemento de ocio del Financial Times. En 2010 reunió algunos de sus artículos en el libro Thoughtful Gardening, publicado por Penguin Books.

Thoughtful Gardening, cara A.
El libro está dividido en cuatro secciones, una por cada estación del año.
Son deliciosos sus artículos sobre viajes y sobre libros. Los pasajes de la correspondencia de Katherine Mansfield, por ejemplo, en los que se pone de manifiesto su amor a los jardines, más aún, su dependencia anímica de las flores; o el relato de su visita al vivero Latour-Marliac, al que Monet encargaba los nenúfares de Giverny; o la crítica que hace de la adaptación para la BBC de Mansfield Park, un completo churro, en el que se minusvaloran aspectos esenciales del libro de Jane Austen, como su denuncia del papanatismo de ciertos garden designers (y sus clientes)… Deliciosa la descripción del Jardín Botánico de Bangkok, donde se filmó la citada carga de caballería de Alejandro; de la avenida de King Cherris de Seul, un largo paseo entre nubes de pétalos blancos; del jardín de la Odessa post-soviética -el invernadero en mal estado, las ramas rotas de un magnolio- que le trae a la memoria al Príncipe Bolkonsky (Guerra y Paz), el momento en que se despide de su jardín y su casa para marcharse a combatir; de su viaje a Capri en primavera, con el detalle de los diferentes tipos de Lithospermum , esas florecillas rastreras, de color azul índigo, que crecen también por los pinares de Galicia; de la Bahía de Nápoles y las pinturas del Museo Arqueológico, cuya visita acompaña de la lectura del poeta Estacio y completa, más tarde, con un paseo por los alrededores para herborizar (esos ciclámenes miniatura, el famoso Allium neapolitanum, orquídeas silvestres etc).. Precisas y enormemente útiles son sus recomendaciones sobre variedades vegetales: magnolias de hoja caduca, rododendros, cerezos japoneses, peonías arborescentes para la primavera; deutzias, iris, espuelas de caballero, hasta kniphofias (que aquí no se ven casi, pero en Inglaterra por todas partes) para el verano; dahlias, salvias, manzanos ornamentales y asters en otoño… Útiles son también sus “seis reglas sobre esquejes”; su listado de rosas trepadoras que toleran la sequía; sus observaciones sobre el cultivo de Galanthus (campanillas de invierno) al sol o a la sombra, con más o menos mantillo; sus instrucciones, muy concretas, para sembrar flores anuales en el exterior, o para mantener contenida mediante la poda una exuberante glicinia, o una retama del Etna con tendencia a envejecer y enmarañarse por dentro… Habiéndose formado en el Alpinum de Munich, Lane Fox muestra una admiración a prueba de modas por las rocallas alpinas y por los jardines botánicos en general. En cuanto al diseño, su modelo es el del jardín clásico, italianizante (referencia: Edith Wharton, en su faceta de paisajista), con relativa libertad para los colores… y fumigados a conciencia para que nada ni nadie los perturbe.

Y así llegamos a la cara B. Porque el culto y observador Mr. Lane no habla de las plantas en abstracto: en sus recomendaciones sobre el jardín “concienzudo” (thoughtful), y precisamente porque lo es, no puede dejar a un lado sus opiniones sobre el cambio climático o la jardinería sostenible (the organic fantasy, p.35). Lane Fox lo hace, se moja, pero para apuntarse del lado de los que defienden seguir como hasta ahora (my firm advice: do nothing, p.18) porque, para empezar, no hay que exagerar, y porque además, ¿acaso cree usted que yo voy a salvar el planeta porque deje de usar glifosato e Imidacloprid en mis macizos? Y sobre el alza constante de las temperaturas, los veranos tórridos de los últimos años, la escasez de nieve: ¡Pero si los arbustos de invierno -mahonias, viburnos…- florecen como locos, huelen mejor que nunca, y los macizos de fucsias y salvias jamás estuvieron tan bonitos! ¡Aguantan en Oxfordshire hasta diciembre!
Wonderful!

Un ejemplo de su forma de razonar, característica de mediados del siglo XX, es el capítulo titulado Sickly Chestnuts (Castaños de Indias enfermizos, pp. 185-187) De un tiempo a esta parte los castaños de Indias tienen serios problemas con el insecto equis, que no es mortal de necesidad para el árbol, pero sí lo debilita y afea. Bien, pues inyectemos mejunjes a base de Imidacloprid. El problema, que Lane reconoce abiertamente, es que este insecticida puede favorecer, de rebote, la aparición de dos bacterias, fulana y mengana. Una no tiene por qué ser mortal para el castaño (en principio); la otra, casi seguro que sí… ¿Qué hacemos entonces? ¿Renunciamos al insecticida? Definitely not! Si he entendido bien el artículo (es la duda que me queda), Mr. Lane propone que nos limitemos a esperar a que las multinacionales del sector investiguen, investiguen… hasta tener a punto ese nuevo producto (we need a chemical, p. 187) que ha de eliminar también a fulana y a mengana. En este caso, ni siquiera hay que considerar los efectos sobre el medio ambiente. La cadena de efectos secundarios sobre el propio vegetal a tratar se la pasa Mr Lane por el desfiladero de las Termópilas.

En definitiva. Robin Lane Fox cuestiona o minimiza los efectos del cambio climático (pp.18-19: lo cuestiona:as ever, there have been weather catastrophes, but carastrophes are not evidence of sustained change,,,; o no lo cuestiona, porque la donna é mobile, y entonces lo saluda con alborozo: gardeners can profit from a clear benefit, p.22); promueve el uso de abonos químicos y herbicidas, incluso cita a Vita Sackville-West (¡1956!) como autoridad en su defensa, además de relatar un viaje altamente instructivo a las instalaciones de la multinacional Bayer en Düsseldorf, cuyos productos promociona con nombre y apellidos, sin rebozo; declara una y mil veces su afición a la caza del zorro con jauría de perros (prohibida por su extrema crueldad en 2004, para gran desconsuelo de nuestro helenista y de todos los patricios latifundistas del país); difunde una antigua receta de “ardilla a la sidra”; propone capturar a las ardillas con trampas, o con ayuda de un galgo, o directamente a tiros (“en ambientes rurales, recomiendo el uso prudente de una pistola”, p.89); intenta cargarse a los conejos de su jardín dejándoles platillos con leche y glifosato (p.146); hace chistes malos sobre la partenocarpia de cierto genero de gorgojos, en el que solo existen individuos hembras (¿qué tal si, usando la ingenieria genética, introducimos en la colonia un macho? ¡Qué risa!; p. 80); y para terminar esta sucinta enumeración –last, but not least– propone calmar a los tejones, responsables del caos nocturno en su bordura de crocus, con cebos a base de mantequilla de cacahuete y Prozac (p.105; lo dice y lo hace).

NOTAS:
Artículo citado: https://elpais.com/elpais/2017/12/04/eps/1512412299_415603.html

R.Lane Fox, soldado de Alejandro el Grande.

G. Altares no pregunta nada sobre esas cosas que a Lane Fox le resbalan. Respecto al brexit: Mr. Lane le confirma que votó en contra, aunque “básicamente no está ocurriendo nada”. El Brexit es una estupidez, claro, pero “nada comparable a las conquistas de Alejandro”. Sí pero no, o no pero sí… (al estilo tercerista de Jeremy.Corbyn)

Giardino dipinto

Una perdiz, un abejaruco y una collalba. La vegetación de esta pared -pintada al fresco, allá por el 20 a.c.- incluye un granado cuajado de fruta, un ciprés, un laurel, una palmera y una rosa damascena. En la parte más alta, que no sale en la reproducción, se ve también un mirlo con las alas abiertas, metiendo bulla.
En otras paredes de este Giardino dipinto de Livia Drusila (procedente de su villa de Prima Porta, al norte de Roma) los especialistas han contabilizado hasta 69 especies de pájaros. Y violetas, iris, crisantemos, amapolas blancas. Y un pino en el panel central. Otra vez las estaciones mezcladas, y otra vez esa preferencia antigua por los frutos del otoño: junto al granado, por las restantes paredes, sólo un membrillo y un madroño. Todo ello, seguramente, para representar la opulencia/fecundidad de la nueva aetas aurea, inaugurada por el divino Octavio, y quizá -pero habría que leerse despacio la bibliografía- con intenciones simbólicas.¿La granada y el pino, atributos de la diosa Perséfone, de la diosa Cibeles? O a lo mejor le estamos dando a ese pino, ese granado, más importancia de la que realmente tenían, como sucede a veces con los bodegones del XVII (¡no todos eran rebuscadas vanitas!) Por otro lado, ¿no se echan un poco en falta unos higos y unas uvas, frutas omnipresentes en tantos frescos y mosaicos? Cosas de Livia Drusila, la dueña de la casa. A lo mejor le empalagaban los higos, simplemente. ¿Y cómo andaba su dentadura? Imaginémoslo: regular. Le molestarían mucho las pepitas de uva entre las muelas…
La identificación botánica y ornitológica completa la hizo esta señora: Mabel M. Gabriel, en los años 50, poco después de que los frescos fueran llevados a su emplazamiento actual en el Museo del Palazzo Massimo alle Terme. Leo en internet, sin embargo, que las excavaciones en Prima Porta continúan, y que un fresco de mentirijillas puede verse ahora en lugar del original.

Notas
Las perdices de verdad -de carne doliente, no dipinte– empezarán a caer a tiro limpio a partir del Pilar, fecha en que se levanta la veda en todo el monte, incluidas las viñas y los sembrados. Respecto al abejaruco y la collalba, estarían en Prima Porta de paso. En octubre ya se encuentran granadas maduras en el mercado, los primeros madroños, los primeros membrillos… pero hace por lo menos un mes que se fueron los abejarucos -y antes, las golondrinas-, dejándonos la misma angustia de todos los años.

Detalles + bibliografía:

Villa of Livia at Prima Porta

Y catálogo florístico, aquí: https://www.researchgate.net/publication/248546044_Botanic_analysis_of_Livia’s_villa_painted_flora_Prima_Porta_Roma

Camino de Praga, un naranjo.

Primera parada: París

Al Rey Sol le fascinan los naranjos. Los hay en abundancia en el parterre de la orangerie de Versalles, y también en el Trianon, plantados -todos ellos- en jardineras de hierro y madera pintadas de verde (diseño Le Notre; hoy pueden comprarse on-line, como todo: jardinsduroisoleil.com). Madame de Sévigné, según el preciso relato de Eduard Möricke, corta un esqueje de naranjo amargo y se lo regala a su amiga Renata Leonora, esposa del embajador austríaco ante el Rey Cristianísimo. El esqueje arraiga. Cuando el tiempo de la embajada termina, Renata Leonora se lleva la maceta a su palacio de Moravia. Pasan los años. El naranjo sigue creciendo. Hijos y nietos lo cuidan con el mayor desvelo, en particular Eugenia, bisnieta de Renata, que se entusiasma con el arbolito, el más aromático -si no el más sabroso- de todos los cítricos. El naranjo nacido de aquel esqueje es su preferido, símbolo viviente del encanto espiritual de una época casi divinizada (al Príncipe de Talleyrand se le atribuye el dicho: “quien no haya conocido el mundo antes de la Revolución, jamás sabrá lo que es la douceur de vivre“; E. Möricke, más escéptico, nos recuerda en 1855 que esa época idealizada llevaba ya en sí su aciago futuro). Pero hete aquí que el árbol enferma. Amarillea y pierde las hojas. Eugenia, con gran pesar, lo da por muerto.

Segunda parada: Nápoles

Un joven compositor austríaco que viaja por Italia con su padre/maestro (para ganarse los garbanzos, estrictamente), asiste desde Villa Reale, Nápoles, a un curioso espectáculo teatral representado por un grupo de comediantes sicilianos. Dos barcas aparecen en la bahía. En una viajan jóvenes de ambos sexos; ellos, vestidos con calzas rojas (el resto al aire) , reman y maniobran; ellas, hermosísimas, trenzan flores y se dejan querer. Aparece otra barca, pero ésta solo con jóvenes varones, vestidos de color verdemar. Desde la primera barca, cogiéndolas de un cesto que llevan a bordo, las chicas empiezan a lanzar naranjas a los marineros verdemar, que a su vez se las devuelven, iniciando un malabarismo naranja -contra el azul de la bahía, la orquestina tocando aires muy alegres desde la orilla- que queda grabado para siempre en la memoria del joven músico austríaco.
Los marineros verdemar engañan a los rojos con el señuelo de un pez de colores. Los rojos se zambullen en su búsqueda, y los verdemar, más espabilados, cambian de barco y se lo llevan, chicas incluidas (muy contentas, al parecer, con el cambio).

Tercera parada: una posada en Moravia
14 de septiembre de 1787. Un carruaje se detiene en la posada El Caballo Blanco, en las llanuras de Moravia . De él baja un matrimonio de mediana edad (hoy diríamos “un joven matrimonio”, apenas rebasada la treintena). Vienen de Viena y se dirigen a Praga, donde él, célebre compositor, se dispone a estrenar su última ópera, casi terminada… Ella se acuesta un rato a descansar mientras los posaderos les preparan la comida y atienden a los caballos. Él aprovecha esos momentos para ir a dar un paseo por los alrededores. Ve una avenida de tilos. La sigue. Llega a un palacio de estilo italiano. Parterres. Bosquetes.Un jardín con la puerta abierta….

El estanque oval, estaba rodeado por unos naranjos cuidadosamente cultivados en cubas, que alternaban con laureles y adelfas (…) Con los oídos complacientemente atentos al chapoteo del agua y los ojos fijos en un naranjo agrio de mediana altura que, fuera de la hilera y aislado, se encontraba en el suelo muy cerca de él, cargado de los frutos más hermosos, nuestro amigo, ante esa visión meridional, recordó (…) Sonriendo pensativamente, tiende la mano hacia el fruto más próximo… Y, en estrecha relación con aquel recuerdo juvenil, tuvo una reminiscencia musical hacía tiempo borrada, cuya huella incierta siguió soñadoramente por un momento. Ahora le brillaban los ojos (…) Distraído, ha cogido por segunda vez la naranja, que se separa de la rama y se le queda en la mano. Él la ve y no la ve; tan lejos llega la distracción de los artistas, que Mozart, haciendo girar el oloroso fruto ante sus narices y removiendo entre los labios tan pronto el comienzo como el tema central de una melodía inaudible, saca del bolsillo de su casaca .. un cuchillito de mango de plata, y corta lentamente, de arriba a abajo, aquel objeto redondo y amarillo. Quizá lo impulsara a ello, remotamente, una oscura sensación de sed, pero sus sentidos excitados se contentaron con aspirar el delicioso olor…(1)

Mozart ya tiene el motivo para las bodas de Zerlina y Masetto, el fragmento que le faltaba para dar por terminado el acto primero de Don Giovanni. En realidad no iba pensando en eso cuando llegó al jardín, pero el motivo se le impuso solo: naranjas, luego amor. Saca un papel y allí mismo, junto al estanque, empieza a escribir…
El guardián del jardín llega entonces hecho una furia. Su dueño, el conde, tenía reservado ese naranjo para la ceremonia que va a celebrarse esa tarde. Y las naranjas estaban contadas: eran nueve, ¡no ocho!
Una notita manuscrita de Mozart, pidiendo infinitas disculpas, hace cambiar de opinión a los condes, muy aficionados a la música. Los Mozart son invitados a pasar la noche en palacio, donde se prepara el banquete de boda de su sobrina Eugenia. Mozart confiesa con desparpajo lo sucedido con el naranjo -aquel recuerdo de Nápoles- y ellos, los condes, mandan traer el arbolito. Ahí está, con sus ocho naranjas que debían ser nueve. Eugenia duda… ¿es ese su árbol, el que había traído la bisabuela de Versalles? El naranjo ha sido resucitado, no se sabe bien cómo, por un vecino de los condes muy ducho en cosas de jardinería (quizá solo tuviera clorosis, regado en exceso -por ese guardián malhumorado- con el agua caliza de los alrededores…). Los condes han cuidado en secreto cada flor, cada fruto que cuajaba, para ofrecérselo como regalo de bodas a Eugenia. Hoy, precisamente. Y hasta tenían preparada un poema sobre “El Jardín de las Hespérides,” en el que tres ninfas, cada una con tres naranjas, hacían su particular performance para la novia… Hélas, ahora solo son ocho las naranjas. La novena, la cortada en dos por el músico de Viena, yace a los pies del árbol sobre una fuente de porcelana. Pero no hay mal que por bien no venga. En compensación por su desafuero, Mozart tocará para los presentes las distintas piezas de su nueva ópera… (2)

Cuarta parada: Praga

El 29 de octubre W. A. Mozart dirige el estreno de Il dissoluto punito, ossia il Don Giovanni, drama giocoso in due atti, en el Teatro Estatal de Praga. Mientras afuera empieza a caer una lluvia helada, anuncio del inminente invierno, dentro suena por primera vez esa escena festiva:
Giovinette che fate all´amore
non lasciate che passi l´etá!,

una boda campestre, en la que hombres y mujeres cantan y bailan, y se provocan y juegan, y es todavía primavera, luce el sol, y no hay más sombras en el horizonte que las que proyecta el insaciable Don Juan. Zerlina y Masetto, los novios, se quieren en italiano (necesariamente), un italiano que los checos y alemanes del público hacen por entender, a unos dos mil kilómetros y diecisiete años de distancia de Nápoles, de las naranjas, de la cumbre del Vesubio, de la bahía azul en la que se recorta la isla de Capri, la punta de Sorrento… Todo concentrado, como un zumo fresco, en tres minutos del acto primero.
Han pasado diecisiete años desde que estuve en Italia –había explicado Mozart a sus huéspedes moravos-. ¿Quién hay que la haya visto, especialmente Nápoles, y no piense en ella toda la vida?

NOTAS

(1) Mozart camino de Praga, Eduard Mörike, Alba editorial, 2006. Traducción de Miguel Sáenz.
(2) Solo Eugenia, que, además de excelente soprano/dechado de virtudes, tiene el triste don de no dejarse engañar por las apariencias, siente un escalofrío al escuchar a Mozart. Este hombre -se dice a sí misma-se consumirá pronto en su propio fuego. Su música no tiene ya la despreocupación del Figaro…

Pan gallego

Foto: canal All you knead is bread / Best spanish rustic bread!

En 2005 en las playas de nuestra zona todavía quedaba chapapote del Prestige. Yo hacía cuarto de la ESO. Con mis compañeros y profesores del instituto me había manifestado, iracunda, contra la guerra de Irak.
Creo que fue por esos años. Algunos clientes, particulares u hosteleros, habían empezado a pedir “pan gallego”, pero –insistían– pan gallego “del de verdad”. No valían las harinas estándar. No colaban tampoco los detalles decorativos para hacer “rústico” (unos cestos de castaño, unas pizarritas con los precios…).
¿En qué consistía un pan gallego, se preguntaron mis padres?
Sabíamos distinguir perfectamente un pan de Vimianzo de uno de Carral, por ejemplo. ¿Pero pan gallego? El nuestro, el de Arteixo, era como el de Carballo: tenía más miga que el de Carral, de corteza bastante dura, y una harina sin restos de salvado, menos oscura que el de Vimianzo pero sin llegar a ser blanca. Teníamos en la sala, al pie de un San Tirso de plástico comprado en los chinos (en una mano, un largo serrucho; en la otra, las Sagradas Escrituras), un anaco de las Roscas de Oseiro, bendecidas por el párroco, que se sacaban en solemne procesión el último domingo de enero y se repartían entre los vecinos al siguiente, pero que estaban elaboradas con masa morta, sin levadura, y, por muy benditas y muy gallegas que fueran, a los dos días estaban duras. Conocíamos las bolas do Porriño, y el pan de Cea, que no se parecía en nada al nuestro, y en la zona de Lugo de la que procedía el bisabuelo molinero, hasta los niños de la guardería, decía mi padre, que se ponía un poco fatuo cuando salía el tema, podrían distinguir “con los ojos cerrados” un pan de Ousá de uno de Palas, de Paradela, de Monterroso… Y así con todas las parroquias, una por una. ¿Pero pan gallego? ¿Bastaría con hacer roscas y bolas con moño –moño de verdad, no un simple pegote– como las que habían hecho en casa toda la vida? Hubo que buscar en google. Y no, concluimos, no era suficiente con darle a la masa una u otra forma para que el pan fuera “gallego genuino”. De hecho, en muchas zonas no le ponían moña a la moña… Tampoco la llevaba el “redondo gallego” del Carrefour. La clave estaba, concluimos, en la masa madre y tiempos de fermentación, en la mezcla de harinas, y en la calidad del horneado. Lo primero tenía fácil arreglo: volveríamos a las prefermentaciones largas, de toda la noche, y se haría una primera fermentación en bloque de dos horas, como mínimo, después del amasado. Masas madres había muchas en el mercado. Como la Sapore (de Puratos) que, aunque no reemplazaba a la levadura, sí le daba al pan ese “punto artesano”, ese regusto ácido que los clientes decían apreciar tanto, y que nosotros no conseguíamos usando solo nuestra masa casera (un trozo de la masa de la víspera: no había más misterio). Respecto a las harinas, ya era otra cosa… En todas las grandes harineras del país las vendían así, “harinas para pan gallego”, mezclando trigo con algo de centeno y de salvado fino. Eran harinas que se hidrataban con facilidad, se estiraban y estiraban… y hacían panes mullidos, con la textura de una chapata, que es una cosa moderna, solo un poco más firme que un cruasán. Nada que ver, en todo caso, con los “panes de antes” (observaba mi abuela, abriendo un nuevo frente), como el que hacían en Neda (“y en todas las casas”), que no tenían “tanto aire” y duraban más, un estilo bizcocho, ¡no cruasán!, más consistentes que los de ahora, porque las harinas no hinchaban tanto, porque los trigos “de por aquí”, de Meicende, de Oseiro… debían de ser distintos. Todo era un trigal entonces, trigales e agras, decía la abuela, que las había visto desaparecer a toda pastilla en los años cincuenta. Trigales donde las ferrallas del Polígono, y los últimos molinos de viento más al norte, ya en la ciudad. Pero estos recuerdos de la abuela sembraron en nosotros nuevas dudas, pues algunos de los panes tradicionales a los que acabo de referirme –esos de la zona entre Lugo y Orense– eran aún de miga densa, como los que describía ella, pero no como los que encontrábamos bajo la rubrica “pan gallego” en internet y en las webs de las tiendas de delicatessen de toda España. Indagamos un poco más. Los trigos de producción autóctona, además de caros y difíciles de encontrar, hacían harinas de poca fuerza (no hinchaban), así que, aún en el caso de poder introducir un porcentaje de esas fariñas da terra en la masa, para elaborar el “pan gallego” arquetípico (esponjoso y vendible, en resumen) el porcentaje mayor tenía que ser de harinas fuertes producidas “fuera”.
Sensibles a aquella demanda creciente, y, de un modo más general, como nos pasaba a todos, a la suave presión identitaria y ecológica –que parecían confundirse: vivamos como galegos, comamos como galegos, y no le dábamos más vueltas– mis padres tomaron entonces la decisión de instalar gas natural, menos contaminante que el carbón de las centrales térmicas; comprar un Horno Rotativo con Solera Refractaria (hornos Revent, Zurich), que hacía panes artesanos “como los de antes”; y, por último, aumentar tanto como se pudiera el porcentaje de trigo “Callobre”, autóctono certificado, pero que, siendo realistas, era todavía muy escaso (acababan de empezar a sembrarlo de nuevo, por Xinzo y por ahí, con ayudas de la Xunta) y de baja fuerza panadera. Mientras tanto, mientras esas espigas crecían y se multiplicaban, y mientras se buscaba por las cuatro provincias una improbable variedad de trigo con el pedigrí impoluto –como el referido Callobre– pero con el que se pudieran obtener harinas fuertes (¿y dónde la encontrarían, si el “pan de por aquí”, el que aún recordaba vagamente mi abuela, no las necesitaba, dijera lo que dijera google?), habría que seguir comprándole los sacos a nuestro distribuidor de siempre, un tal Arsenio, que los subía todas las semanas desde Villalobón.
Nos dieron un crédito a quince años en la oficina de ING de Arteixo. Aunque el coste de instalación del gas era prohibitivo, como el kw/h –hecha la equivalencia con el m3 de gas– era tres veces más barato que el de la eléctrica, los números salían, al menos a diez o doce años vista, y siempre y cuando se mantuviera el ritmo de ventas de aquellos años. Todo empezó a cuadrar. Y así, gracias al dinero holandés, la tecnología suiza, el gas natural argelino, la masa madre belga, y las harinas fuertes de Palencia, en verano de 2007 conseguimos hornear, por fin, nuestro primer pan gallego.

C.C.Couto, Perfiles de cebra, pp. 133-136

Era un jardín para ciegos

(Breve historia del rosal)


Palermo, 1860. El Príncipe de Salina pasea por su jardín:

.. Los claveles imponían su olor picante al protocolario de las rosas y al oleoso de las magnolias, que se hacían grávidas en los ángulos, y como a escondidas advertíase también el perfume de la menta mezclado con el aroma infantil de la mimosa y el de confitería de los arrayanes. Y desde el otro lado del muro los naranjos y los limoneros desbordaban el olor a alcoba de los primeros azahares. Era un jardín para ciegos: La vista era ofendida constantemente; pero el olfato podía extraer de todo él un placer fuerte, aunque no delicado. Las rosas Paul Neyron, cuyos planteles él mismo había adquirido en París, habían degenerado. Excitadas primero y extenuadas luego por los jugos vigorosos e indolentes de la tierra siciliana, quemadas por los julios apocalípticos, se habían convertido en una especie de coles de color carne, obscenas, pero que destilaban un aroma denso, casi soez, que ningún cultivador francés se hubiese atrevido a esperar. El príncipe se llevó una a la nariz y le pareció oler el muslo de una bailarina de la ópera… 

(Giuseppe Tomasi di Lampedusa, El Gatopardo, capítulo 1)

Los jardines del Palacio Salina eran opulentos y voluptuosos como sus salones (como su dueño), y los rosales `Paul Neyron’ morían de éxito, si así puede decirse, pidiendo a gritos las tijeras de un podador resolutivo -capaz de controlar ese equilibrio entre el “excitadas” y el “extenuadas”, que al Príncipe se le escapaba. La foto de ahí arriba es de una ‘P. Neyron’; en realidad el rosa es más intenso, pero si la planta está demasiado expuesta al oeste/suroeste, ¡y en Sicilia!, no es de extrañar que palidezca y adquiera “color carne”.

***
En el principio fue un rosal silvestre (“botánico”), probablemente un damascena. Después un rosal de la China, con seguridad un ‘Old Blush’, Padre de Todos los Chinos, que, a diferencia de los rosales occidentales, florecía durante meses (floración “perpetua” o “remontante”) y no solo en primavera. Hibridados el silvestre y el chino en el océano Índico, en la isla de Bourbon/ Borbón, del archipiélago de las Mascarenhas, por entonces posesión  ultramarina de Luis XVI, dieron lugar al primer rosal borbón. Alto y garboso, resistente, de flores casi demasiado grandes, causó sensación entre los franceses expatriados (y morriñentos: arrancaban la flora autóctona, plantaban rosaledas) que mandaron su semilla  a un viverista de París. Hibridaciones muy parecidas se consiguieron en Italia (dedicados a la Duquesa de Portland, pasaron a la historia con su nombre) y en un vivero de Carolina del Sur, de la familia Noisette.
Así que
Borbones, Portland y Noisette. Con ellos arranca la historia del rosal moderno. Hibridados a su vez entre sí, nacieron los híbridos perpetuos.
‘Paul Neyron’ es uno de ellos. Mi ‘Zephirine Drouin’ (foto aquí abajo), pertenece al mismo tipo pero en versión trepadora (lo que los aficionados a las rosas llaman
sport). Son rosales sólidos, es verdad. Un poco convencionales… Arbusto desmañado. Hojas oscuras. Flores desparramadas. Fragancia penetrante, potenciada por el calor en los jardines de sur. Todo el encanto casero, pueblerino, de los rosales antiguos. Fieles como ninguno: duros de pelar. Son los que crecerían en los jardines de las novelas de Balzac: años cuarenta, años cincuenta. Estábamos a las puertas de la creación del rosal moderno (1867, ‘La France’), gracias a la introducción de los rosales de té (India, sur de China). ‘Paul Neyron’, que tuvo -dicen los libros- un éxito enorme, fue ya de los últimos de su estirpe.

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La historia  de
El Gatopardo comienza en 1860, y el rosal -que el protagonista fue en persona a comprar a París- debía de llevar años plantado. Sin embargo, ‘Paul Neyron’ salió al mercado en 1869. No parece un anacronismo muy grave por parte del novelista. Al contrario.¡A los jardines de Palermo les va mil veces mejor ese “atraso” (relativo) de diez o quince o veinte años! No les hubiera cuadrado un rosal espigado, ultramoderno, de capullos tourbillonnés y sin apenas aroma, como tampoco un rosal sin pedigrí, un gallica o un centifolia -botánicos europeos-, como los de cualquier jardincillo burgués. En ese jardín señorial pero decadente tenía que haber un rosal perpetuo. Un híjo de los borbones guillotinados. Procedente de una isla que ahora -tras la Revolución liberal de 1848- había pasado a llamarse definitivamente de la Réunion. Las rosas de los Guermantes, las rosas de Proust, no podían ser las mismas que las de los Salina, porque las de Paris-1900  habían nacido para la vista, no para el olfato. Rosas intelectuales. No unas primitivas de los tiempos de Maricastaña. Esmoquin y no levita. Orquídeas, que no violetas.
Lampedusa escribió su novela en los años 50 del siglo XX, cuando la producción industrial de rosas ya era un hecho. Los rosales modernos tenían flores perfectas y sin olor. Los capullos de ‘La France’ y demás
híbridos de té –pedúnculos rígidos, pétalos apretados- podían enviarse en avión a cualquier punto del globo. Los arbustos eran una birria, pero ¡qué importaba! También en el jardín los rosales habían perdido el primer puesto en favor de especies exóticas, de los perfiles arquitectónicos… (justo a la inversa de lo que habían hecho sus tatarabuelos expatriados, allá en el Índico o donde fuera). Pero como todo vuelve en esta vida, no faltó quien reclamara los derechos perdidos de la flor antigua/ las antiguas virtudes. Un reverendo anglicano había creado ya, hacia 1930, el primero de sus rosales vintage… (Pero esta es otra historia, que dudo que el protagonista de El Gatopardo hubiera sabido apreciar).
Conclusión: Lampedusa, escribiendo  hacia 1950, sabía muy bien lo que hacía al escoger un híbrido perpetuo para el jardín de un patricio siciliano del tiempo anterior a la unificación. Y no un patricio cualquiera, además, sino uno aceptablemente cultivado, Fabrizio, Príncipe de Salina,amigo de todos los placeres (incluyendo los del olfato) y  consciente, como nadie en su entorno, del inminente final de su mundo

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¿Cuántas horas dedicó Lampedusa a hojear viejos catálogos de rosas?  O a lo mejor vio a su ‘Paul Neyron’ en alguna colección, en algún jardín conocido, pues su fama se mantuvo entre los híbridos perpetuos (y los rosales son longevos). En el Jardín Botánico de Madrid, por ejemplo, crecía uno hasta hace poco. ¿Habría rosales `Paul Neyron’ en el palacio de la familia Lampedusa, que una bomba americana hizo volar por los aires en el 43? Puede que el dato esté en alguna biografía del autor. No lo sé. Como punto de partida, para empezar a buscar la respuesta, este artículo de César Antonio Molina, con los enlaces correspondientes en Palermo y alrededores
:https://elviajero.elpais.com/elviajero/2015/10/29/actualidad/1446137384_372108.html

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Para terminar. Como los rosales antiguos se han puesto de moda (la tendencia anunciada en los años 30 no ha dejado de crecer, con los altibajos esperables), usted mismo puede comprarse un ‘Paul Neyron’ por internet y tenerlo en casa mañana por la mañana. Mañana, en el solsticio de primavera de 2019.  Ciento cincuenta años después de las reflexiones de Fabrizio, y prueba definitiva de que algunas cosas sí han cambiado (para que nada cambie, realmente).

 

Cactus en flor

Cuando florecen, que pueden tardar años, florecen como las rosas: ahora, a pleno sol. Este de la foto está en una maceta del jardín, colocado de modo que los perros no puedan entrar en el macizo y patear las rosas (precisamente).

Eso tienen en común además de los pinchos: la necesidad de luz. Difieren en que el cactus exige tierra suelta, ligera, mientras que la rosa siempre estará más contenta en una tierra arcillosa. Difieren también en que a la rosa la quiere todo el mundo -tantos poetas, pintores, cantores buenos y regulares- mientras que el cactus, coitado, no suele inspirar mucho a nadie. O a casi nadie… (en el vídeo que sigue: Opuntias/ chumberas en Baja California, con flores que, según la especie, pueden ir del amarillo pálido hasta el rojo)

Caldo gallego, memento mori

                             Sanchez Cotán, ca.1604. Museo de San Diego

SÁNCHEZ COTÁNA los comerciantes de Amsterdam hacia 1660, a Zurbarán antes, a J.S..Chardin después… el mundo les gustaba mucho y les gustaba siempre. Por eso sus bodegones, aun siendo tan diferentes entre sí, parecen saludarnos e invitarnos a tocar/oler/tragar de todo un poco. Pero cuadros como éste de Sánchez Cotán -que no por nada se metió a fraile cartujo- tienen el aire de una despedida. Dan la impresión de estar rechazando lo que con tanto esmero representan. No nos dicen “pasen, vean, y por supuesto coman”. Sobrios y púdicos (a la inversa de las vanitas del XVI, tan escandalosas), pero no por ello menos admonitorios, y siempre con su punta de nostalgia, estos otros bodegones sólo nos dicen: ¡silencio!
Las frutas y verduras serán pocas, humildes, en sazón; llevarán solo en parte sus entrañas al aire, bien definidas, sin preciosos manteles ni cachivaches alrededor (ni siquiera el cuchillo que sirvió para partir el melón), y se proyectarán, abandonadas a sí mismas, contra un fondo negro. Que es la noche, o un agujero negro a lo barroco, la nada, el no-tiempo, que también nos engullirá mañana a usted y a mí. Porque un repollo está hecho de la misma materia putrescente que la mano que pinta el cuadro y que los ojos que lo contemplan varios siglos después. Esos ojos -dicho en buen castellano- que se ha de comer la tierra.

Y sin embargo, dicen algunos… ¿qué hay de malo en compartir pudridero con las hortalizas y las frutas? Precisamente por eso, argumentan, por ese seguro destino común, lo mejor que podemos hacer con ellas es prepararnos un buen pisto,  un caldo, una ensalada, antes de que se las lleve la Parca, y a nosotros con ellas.

Último caldo del invierno:
De la hortalizas del cuadro de Sanchez Cotán nos quedaremos solo con la col (col rizada, parece, tipo Milán; no es temporada de melones ni de pepinos),  Herviremos primero unas fabas, un pedazo de jamón y otro de tocino durante un par de horas. A medio camino se echan también unas patatas. Y finalmente la col /repollo o los grelos.. Las habas-habas ¡no son lo mismo que las alubias de la judía! (tampoco es tan fácil encontrarlas en el mercado) pero estas también valen para el caldo. Sean habas, sean alubias, habrá que dejarlas en agua la noche previa.

¡No me toques (las alcachofas)!

Noli me tangere,  Rubens & Brueghel, 1626
Museo de Arte de Bremen

rubens_bruegel_christus_erscheint_mariaJesús de Nazaret resucita este año a mediados de abril. Sólo ha estado fuera tres días, pero tres días que se han hecho largos, como suele pasar cuando la primavera tiene prisas por llegar (y se nota mucho alrededor) , pero el invierno no tiene ninguna en irse (y esto también se nota, sobre todo de noche). Como ya le había pasado antes a Tammuz/Adonis, al salvaje Attis, a Proserpina…  también Jesús regresa hoy  con los brazos cargados de flores. El trabajo se amontona en el huerto. Están abriéndose los tulipanes, las fritilarias, las anémonas, las margaritas, las alcachofas. Todo se acelera por horas, por minutos, y hay tanto, tanto que hacer, que el pobre Hijo de Dios, nada más resucitar, agarra la primera herramienta que pilla y se pone a quitar hierbas. En eso aparecen por un recodo del camino María Magdalena y dos amigos. El sepulcro de Jesús está vacío. Decepcionados, los dos hombres se van. ¿Qué se les pierde ya a ellos aquí?. Sólo Magdalena se queda junto al sepulcro. Deja en el suelo el frasco de aceite aromático que siempre lleva consigo (como el Bautista su piel de camello o San Lorenzo su parrilla) y se sienta sobre una piedra,  llorando sin hacer ruido.
Durante todo ese tiempo un jardinero ha estado afanándose con el bieldo y la laya entre los bancales. El bieldo, suponemos, para airear la tierra sin levantarla (como con una “grelinete”); la laya, para perfilar cuidadosamente cada bancal. Qué raro que hoy empiecen a trabajar tan temprano, piensa ella. Normalmente no hay jardineros a esta hora… Dos pájaros blancos,  tan blancos que pasarían por ángeles, cruzan en vuelo rasante frente al sepulcro. Y entonces Magdalena tiene una corazonada. Se vuelve hacia el jardinero, abre los ojos de par en par, e instintivamente alarga los brazos hacia él. “¡No me toques!”, dice San Jerónimo que dijo San Juan que dijo Jesús…(pues aún no estoy del todo allá…ni del todo aquí…). O bien, según otra interpretación,  “¡No me retengas!”.

Jan Brueguel sabía pintar muy bien las cosas del jardín. No iba con su talante pintar una crucifixión, pues en la noche del Gólgota no hay flores ni frutas,  pero…¡ qué diferencia tres días después!. Brueghel colaboraba con Rubens, con Jordaens y muchos otros, y a él siempre le tocaba esa parte del cuadro. Eran flamencos, todos ellos. Cualquiera que haya pasado por allí sabe lo que son los huertos en los Países Bajos. Ya por entonces (siglo XVII) eran los amos en la producción intensiva de hortalizas y el cultivo de “primores” (plantas forzadas a madurar antes de tiempo). Con todo y eso, las alcachofas son plantas del sur. En Amberes sería difícil sacar las plantas adelante. Lo hacían, pero es probable que su precio en el mercado fuera alto. Artículo de lujo, sólo para ocasiones especiales.

brueghel-jordaensEn esta otra versión del cuadro, obra de Jordaens y Brueguel, que se conserva en el Museo de Nancy, lo que el Nazareno tiene a los pies pasaría por un mercadillo callejero. En comparación con este cuadro, de fruta desparramada, macetones, hasta un ánade real de exposición, el de Bremen que abre el post resulta muy sobrio. La escena no se dispersa,  los protagonistas ocupan el primer plano,  Jesús viste de rojo… Y sin embargo, hay algo que desconcierta al contemplarlo: el Domingo de Resurrección sólo parece haber alcachofas en el huerto de Getsemaní. Si sólo hay alcachofas –aparte de algunas flores- uno tiende a recordar el cuadro más por la carretilla a la derecha de María Magdalena, que por esas dos manos luminosas que casi, casi se juntan, y que muy probablemente es lo que Rubens, autor de las figuras, querría poner de relieve. En el batiburrillo del cuadro de Nancy uno no sabe con qué quedarse, ¿los melones, las zanahorias…?. Todo desplegado como en un catálogo. Pero que el autor es el mismo, y que lo que a él de verdad le gustaban son las alcachofas, lo demuestra el carro que ocupa el lugar central.. Ahí os dejo todas esas verduras, escoged, dad gracias al Nazareno por haber traído con él la primavera…pero las alcachofas me las llevo yo.

No sé si existen otras representaciones de Jesús (seguro que sí) donde tan abiertamente se relacione su resurrección con la exuberancia de la primavera. Podemos dar por sentado que Brueghel nada sabía de ritos antíguos ni de adherencias paganas en el Evangelio.  Pero el vínculo existe, perceptible para el que se acerque lo suficiente a verlo.  Por un instante (el tiempo de una breve alucinación hortícola en un museo de Bremen o de Nancy) Jesús de Nazaret se convierte en Dios de la Vegetación, y María de Magdala en un trasunto de la diosa Istar/Astarté, capaz de ir hasta las puertas del inframundo a buscar a su amado (muerto y resucitado ritualmente, año tras año) para que en la tierra puedan florecer de nuevo las anémonas, las violetas, los tulipanes, las alcachofas…

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... y boletín informativo desde Sarria:

La primavera también explota en el río. Los alisos salvados “in extremis” la madrugada del 24 de febrero están cubiertos de hojas.  Esta mañana habrán repicado en el pueblo las campanas de Santa Mariña, y creo que, mirando esas copas y esas orillas verdes,  a todos se les habrá alegrado el corazón al escucharlas. Ayer se organizó un “roteiro” por el río. Pronto arrancará la peregrinación de los plataformeiros hasta Compostela, para decirle a Feijoo (si se digna a recibirles) que ya va siendo hora de entrar en razón. Por lo demás, una nueva denuncia está al caer. Y las otras siguen su curso.
Toda la información: httpos://www.facebook.com/salvemosoriosarria

Coles Goldberg

col chinaBrattleboro, hacia 1985. La pianista Zhu Xiao-Mei, exiliada china en los EEUU,  trata de salir adelante trabajando en lo que puede (baby-sitter, camarera, profesora de solfeo, empleada de hogar…) . Ya ha hecho algunos contactos, también en Europa. Pero no tiene dinero, ni visado, y su edad ya no es la de una principiante (anda por los 35). Xiao-Mei busca trabajo sin descanso. Aprovecha cada minuto libre para estudiar a Bach.

“…Lo que sí sabía es que acababa de hacer el descubrimiento musical de mi vida. Las Variaciones Goldberg llenaron desde entonces mi existencia. Todo está en esa música: se puede vivir sólo con ella. La primera variación me da coraje. La segunda me hace sonreir, y cantar la tercera…danzar la vigésimo cuarta, con su aire de polonesa…meditar la número quince, y la veinticinco…
Después llega la última variación, la número treinta,  ese famoso “Quodlibet” , que me parece una especie de himno a la gloria del mundo. Cuanto más la trabajo, más me conmueve. Bach, al mezclar dos canciones populares –formando con ellas la osatura de la variación- alcanza la cima de su arte: lo profano da nacimiento a lo sagrado, como el más sabio contrapunto hace nacer la simplicidad más absoluta. Un día descubro el título de una de esas dos canciones populares utilizadas en esta variación: “Coles y nabos me han hecho huir/ si mi madre hubiera preparado carne, me habría quedado más tiempo…” (“Kraut und Rüben haben mich vertrieben..”). ¿Qué vienen a hacer las coles a esta variación sublime?.  Al mismo tiempo, ¿cómo no pensar en esas coles de Zhangjiako que teníamos que ir a cosechar a los campos, y que yo encontraba día tras día en mi escudilla?. Es un signo del destino. Todavía hoy, cada vez que escucho esta última variación, veo aparecer delante de mí las áridas y mortecinas extensiones de Zhangjiako…(1)”

Zhu Xiao-Mei, La rivière et son secret, Ed.Laffont, Paris  2007, p. 266

NOTAS
(1) Xiao-Mei, pasó cinco años de su vida (de los 20 a los 25) en diferentes “campos de reeducación” de esta región, al norte de la provincia de Heibei, en la Mongolia interior. La Revolución Cultural puesta en marcha por Mao en 1968  prohibió todo contacto con la cultura occidental, incluída la música clásica, y sólo al final, en el último de esos campos de trabajo, cuando ya las consignas maoistas empezaban a aflojar,  Xiao-Mei y sus compañeros se las apañaron para hacerse con un piano y  conseguir algunas partituras.

La col de la foto es una Brassica campestris L. pekinensis, que aparece en los catálogos de semillas como “pe-tsai”. Tiene un aire con las lechugas romanas, pero es una col. Una col china.