Manual de heridas (3)

 «El mes de agosto había batido todos los récords de temperaturas. Los árboles que había podado tarde –ya iniciada la brotación- solo estaban compartimentando a medias. Las heridas, abiertas. Expuestas a agrietarse. ¿De qué valía todo lo demás, me preguntaba una y otra vez, si los árboles se morían? Que yo comprendiera cómo funcionaba la fisiología del árbol, que yo hubiera leído a Alex Shigo y conociera los mecanismos de defensa del método CODIT… nada de todo eso, ni mi comprensión ni mis conocimientos, habían podido ayudar a aquellos frutales enfermos. Decidí empezar un registro de todos los cortes, un completo Manual de Heridas, con fotos y comentarios, del que pensaba poder sacar importantes conclusiones de un año para otro.
(…)… me había obsesionado con aquellos árboles podados mal y a destiempo por orden de un cliente al que no había sabido decir no. Quería saber más sobre su resistencia, pero este dato no estaba en los libros porque las variables eran infinitas: ¿hasta dónde puedo cortar las ramas sin que hacerlo tenga consecuencias irreversibles? ¿Cuánto más puedo machacarlos, cuántas primaveras seguidas, antes de que ya sea tarde? Me asomaba a la ventana un momento: ¿cuántos cubos de detergente -qué cifra exacta- puede echar en el alcorque ese señor de ahí, el que acaba de limpiar el suelo de su carnicería, antes de que el árbol diga basta? Y ni siquiera lo va a decir. No avisará. No le dirá a nadie: mañana, cuando este descerebrado vuelva a vaciar su cubo, o esa jardinera ignorante termine de podarme, me rendiré por fin. Una vez inclinada la balanza -¡pero si solo era un cubo, solo un rasguño!, ¡solo una bolsa de plástico tirada al mar!-, el árbol se limitará a morirse, en silencio, sin más, como los animales del bosque cuando les talan a matarrasa la carballeira, o les desecan la charca donde año tras año, primavera tras primavera, iban a poner sus huevos las ranas y los sapos.

(…)  (Unos años después)
…Cuando regresé a La Coruña fui enseguida a revisar los árboles del Manual de Heridas. Muchos habían muerto (entre la mitad y un tercio, para ser exactos, la misma proporción que los que dejé plantados), y de ninguno de los supervivientes se puede decir que esté “espléndido”. Solo que están vivos y que hacen lo que pueden por seguir estándolo. El Manual, si he de decir la verdad, de poco me sirvió. Una vez abierta la herida, lo único que puede hacerse es cuidar del estado general del árbol para que se vaya acostumbrando a vivir con ella; ni siquiera es bueno andar limpiándola: las gomas que supura el corte, las costras de resina… nada debe retirarse. Por cada árbol que muere planto cinco. Nunca se sabe. Y a veces pienso que si vinieran dos buenos inviernos, dos seguidos, como los de antes (¿cuándo era Antes, M. Andrade?) quizá esos árboles volverían a brotar con fuerza…»

Perfiles de cebra, fragmentos: p. 167,169,.249

Copa de carballo. Plantado en Arillo, La Coruña, hace quince años.

Blanco cerezo vs. blanco peral

«Las flores de los cerezos, como una funda blanca, están tan estrechamente pegadas a las ramas que, vistas desde lejos, entre los árboles que aún no tienen ni flores ni hojas, en un día soleado pero todavía frío, se podría creer que lo que se ve es nieve, fundida alrededor pero conservada ahí, detrás de los arbustos. Los grandes perales, sin embargo, envolvían cada vivienda, cada modesto patio, de una blancura más vasta, más homogénea, más resplandeciente, como si todas las casas y todos los jardines del pueblo estuviesen a punto de hacer a la vez su primera comunión…»

El lado de Guermantes, M. Proust. Gallimard 1967, p. 155.

… Tercer paisaje, Gilles Clément

(Continuación de Jardín de brezos, tercer paisaje: https://laramadeoro.com/2021/02/14/jardin-de-brezos-tercer-paisaje/ )

Gilles Clement escribió su Manifiesto del Tercer Paisaje hace ya quince años. En esa época se hablaba mucho de los espacios abandonados o pendientes de «ordenamiento» El libro de Clément tiene la gran virtud, en mi opinión, de enfocar el asunto desde el punto de vista de la biodiversidad y de aportar, además, una lista de conceptos útiles para el paisajista, o el jardinero, que quiera argumentar de forma atractiva el valor de esos espacios. Aún así, al manifiesto me resulta pesado en dos aspectos, como todos lo que escribe Clément, gurú de modales amables, entre naif y chiant, aficionado a mezclar churras con merinas, cuyos jardines me gustan tanto como me cansan sus libros (y este es el mejor). Primero, la envoltura filosófica y política en que lo envuelve todo. Su crítica recurrente, machacona, siempre en los mismos términos inapelables, al sistema liberal-capitalista, causa última y única de todos los males. Sugiere de pasada en el Manifiesto (con más detalle en otros libros) alternativas respetuosas con el medio ambiente en sociedades no industrializadas (¡claro está!) del Tercer Mundo… No profundiza en esto, en si todo es malo en nuestra sociedad, como parece dar a entender (los fundamentos son malos) o si hay algo bueno, en si hay más o menos cosas malas/buenas en esos otros sistemas, en fin, en si tiene algún sentido a estas alturas de la película seguir con las mismas monsergas setenteras -todo está bien menos Occidente, y cualquier ocurrencia tiene un pase con tal de que venga con el marchamo altermondialiste(2)- y más aún cuando él, Gilles Clément, las suelta desde su piso en Paris, tan ricamente, y vende sus libros en amazon, y los promociona en la tele… En alguno de sus textos comenta, por ejemplo, lo bien que compostan sus residuos vegetales en no sé qué aldea brasileña, pero ni pío de los esfuerzos que están haciendo en Alemania, en Holanda, etc, los urbanistas de las grandes ciudades para poner en marcha programas de economía circular. Lo mismo con su defensa extemporánea de Lamarck frente a Darwin (ya me lo había encontrado en La sagesse du jardinier, pretencioso desde el título), que estaría bien si se limitara a sus escritos sobre las tendencias autodestructivas de la humanidad (atención, Lamarck, en los textos citados por Clément, no vincula esas tendencias a un sistema o a una sociedad en concreto, sino al Homme, par son égoïsme…), pero da la impresión de que Lamarck le parece más gauchiste (con su teoría de la herencia de los caracteres adquiridos ) y Darwin más crudamente conservador (con su teoría de la selección natural/sálvese quien pueda).
Segunda crítica. Clément ofrece en el Manifiesto dos modelos de aplicación de sus conceptos en el diseño de espacios públicos, el de Saint-Nazaire y el de la isla Derborence, en Lille. Los dos son lugares muy hermosos y poéticos, emocionantes (touchants!) como todos los jardines que hace Clément. Pero, en mi opinión, la defensa de los terceros-paisajes es una cosa más sencilla, más cotidiana y más urgente. Los grandes proyectos no valen como referencia para los que estamos a pie de calle. Tercer paisaje es el que veo desde la ventana del baño: un trozo de encinar en el que iba a construirse una promoción de chalés pero que paró la crisis de 2009, ya realizados los primeros movimientos de tierra. Es una mediana sin mantenimiento en cualquier parte. Los solares de las casas que se vienen abajo, las cunetas llenas de basura en las que, entre botellines y bolsas de chuches, siguen germinando las amapolas. Tercer-paisaje son, por encima de todo, los descampados. Para protegerlos no hace falta el aparato intelectual de Gilles Clément, que -una vez depurado de adherencias filosóficas y clichés del 68, es decir, limitado a sus tres grandes conceptos: Jardín en Movimiento, Jardín Planetario y Tercer Paisaje- puede ser útil en medios universitarios o a nivel de ambiciosos proyectos paisajísticos y concursos públicos (él ha ganado unos cuantos; cosas del sistema capitalista y la libre concurrencia), pero no para el común de los mortales. Por ejemplo, en la web he encontrado una tesis doctoral de un ingeniero de Zaragoza, J. Montolari, en la que cartografía los terceros paisajes de su ciudad, los clasifica detenidamente y los valora como lo que son, lugares llenos de vida y de belleza. (3) En qué han quedado sus propuestas, en la práctica, lo desconozco (¿algún eco a nivel administrativo?), pero el pdf está bien, vale la pena leerlo, y su jovencísimo autor concluye con un párrafo que demuestra que tiene los pies en la tierra: «En la realidad actual, sopesando los factores sociales y económicos, sería posible dentro de la voluntad de lo público y también de la iniciativa privada, plantear actuaciones muy localizadas, que probablemente llevarían más inversión en la parte de información, concienciación y mantenimiento, que en la parte de construir infraestructuras verdes relacionadas con el Tercer Paisaje».
En trabajos así los conceptos del Manifiesto pueden ser útiles -como el renombre del propio Clément, citado en boca de un paisajista con talento. Personalmente, sin embargo, prefiero mil veces, porque es mil veces más didáctico (¿de qué vale el Manifiesto si la mirada de la gente no cambia?), y de aplicación inmediata para cualquier concejal de Medio Ambiente o profesor de instituto, esto : http://javiergrijalbo.blogspot.com/p/descampados.html

En el Tercer Paisaje de brezos, el jardín de las fotos, yo me habría limitado a dividir el jardín, para que los perros no pudieran entrar en la «reserva»· de atrás, una landa en miniatura, después de arrancar los surrealistas naranjos, que bastante han penado ya, y de habilitar unos pasos japoneses para poder entrar a catalogar las plantas sin pisotearlas. Incluso en la parte de delante, la de la gente y los perros, eliminaría para siempre la segadora, limitándome a desbrozar, sin retirar la hierba, un par de veces al año.

NOTAS
(2) Los habitantes de Bali celebran la cosecha del arroz con ofrendas a Dewi-sri, la diosa del arrozal, y es todo una maravilla. Los del Luisiana (white trush, habría dicho hoy Clément) celebran la suya con el vuelo rasante de un avión que fumiga pesticidas. ¿Y por qué? Pues «parce que la Bible n´a rien prevu d´autre». Y así está todo mezclado en sus libros, sin el menor empacho (i.e., de la Biblia al afán de lucro, a la PAC, los sopladores de hojas -una de las fijaciones de G.Clément- etc). Apud La sagesse du jardinier, cap. 4, «L’arbre, est-il capitaliste?»
Y aquí también el guiño a los teósofos (Teosofía, Biodinámica), por ejemplo, que «manipulan humildemente sus preparados naturales y ponen su confianza en las estrellas. Estas prácticas teñidas de esoterismo han sido consideradas charlatanería por aquellos a los que lo vivo-complejo (le vivant complexe) exaspera.,..» (Une brève histoire du jardin, p.68). No, Monsieur Clement, sobre todo por aquellos que, tratándose del suelo y los vegetales, creen simplemente en los datos corroborados por la ciencia ( y se puede decir esto rechazando con la misma firmeza que ud. el recurso a los pesticidas/herbicidas y demás merdes.)
(3) https://zaguan.unizar.es/record/85007/files/TAZ-TFG-2019-3452.pdf

 

Comer en los Uffizi

La serie empezó el pasado domingo, con el chef Fabio Picchi preparando en directo un plato inspirado en el Niño con cesta de pescados de Giacomo Ceruti (il Pitocchetto). Otros chefs italianos han elegido ya plato/cuadro. Confirmados para los próximos domingos un live en la cocina con dos bodegones de Jacopo Chimenti (Despensa con barril, caza, carne y vajilla, seguido de una Natura morta) y uno de Giorgio de Chiricco pintado en 1930, cuando cansado (o saciado, o solo aburrido hasta el infinito) de sus propias lucubraciones surrealistas, se pasó tan tranquilo a la pintura de paisajes y bodegones clásicos, como ese Pimientos y uvas (en el Palazzo Pitti) a partir del cual elaborará su plato el chef Marco Stabile.

https://www.abc.es/cultura/arte/abci-grandes-chefs-italianos-convierten-recetas-cuadros-galeria-uffizi-202101180039_noticia.html
https://www.lavanguardia.com/comer/tendencias/20210121/6184801/uffizi.html

Di li Alberi et verdure

E. H. Gombrich sobre el Tratado de la pintura de Leonardo (en concreto, sección sexta del Codex Urbinas, Di li Alberi et verdure): “lejos de considerar la pura mirada como medio para conseguir su meta (= análisis científico de las apariencias naturales), Leonardo nunca se cansó de subrayar la importancia del razonamiento». Así, para reproducir la estructura de un árbol:

Leonardo entendía que las ramas se dividen poco más o menos como el delta de un río. Cuantos más tributarios nacen, menos agua lleva cada uno. Esto le hace concluir que si se suma el grosor de las ramas o ramitas tras cada subdivisión la suma debe coincidir con la anchura del tronco o de la rama que quede por debajo (…) Como consecuencia de este principio leemos en el fol.246r que el crecimiento anual de un árbol se refleja en estas ramificaciones, cuya suma equivale siempre a su vez a la anchura total del tronco. Se trata de una hipótesis de gran sencillez y elegancia, aunque vuelve a ser una construcción a priori a la que se llega más por razonamiento abstracto que por medición. Guardo en mi archivo una carta de la East Malling research Station de la Horticultural Society, que fue consultada a petición mía. El autor quedó impresionado por el estudio de “biométrica”, como él decía, de Leonardo, pero no pudo confirmar sus ideas. Ninguno de los ocho manzanos que midió se ajustaba a la predicción de Leonardo, siendo en realidad la suma total de los diámetros de las ramas muy superior al diámetro del tronco, aunque en la parte inferior, próxima a la primera división, la discrepancia fuera menos llamativa…”

Y sobre la representación de árboles con hojas, “uno de los problemas más recalcitrantes y complejos de la historia de la pintura”:
(…) Recordando los métodos reducidos de la tradición bizantina, representando todas las hojas de un árbol, y las fórmulas globales de Giotto, no sólo resultan admirables los métodos de Van Eyck para representar la luz y el follaje, sino que se aprecia lo conseguido por Leonardo en las extraordinarias páginas del Tratado, que aspiran a la clasificación científica de todas las posibilidades (…). Siempre sistemático, enumera cuatro factores que afectan al aspecto de las hojas de los árboles, a los que llama lustre, luz, transparencia y sombra… (…) Ha confundido a veces a los traductores, pero dentro de su contexto el significado es claro. Los extremos son la oscuridad de la sombra y la claridad del lustre. Entre ambos se halla la cualidad intermedia, que Leonardo desea dividir en dos: una más oscura próxima a la sombra, que llamará transparencia, y otra más clara próxima al lustre, que llama luz..»

E.H. Gombrich, Nuevas visiones de viejos maestros. Estudios sobre el arte del Renacimiento vol. 4, Debate, 2000, pp.44 y ss.

Reproducción de «Estudio de un árbol» y «Estudio de un bosquecillo», Leonardo da Vinci; hacia 1498. Windsor Royal Library

A siete siglos de distancia

«La génesis de este libro fue el deseo de averiguar qué efecto tuvo en la sociedad el desastre más mortífero que recuerda la historia, la Muerte negra de 1348-1350, la cual, según se estima, mató un tercio de la gente que vivía entre la India e Islandia. Teniendo en cuenta la situación en nuestro tiempo, resulta patente la razón de mi curiosidad. La respuesta fue esquiva porque el siglo XIV sufrió, en palabras de un contemporáneo, tantos «extraños y grandes peligros y adversidades», que su desórdenes no pueden atribuirse a una sola causa (…) Todos esos desórdenes, salvo la peste, brotaron de un estado de cosas preexistente a la Muerte Negra y se prolongaron después de haberse extendido la pandemia.
Si mi pregunta inicial quedó, en parte, sin contestación, el período en sí mismo (…) encerraba un interés seductor y, a mi juicio, consolador para el actual, de similar confusión. Porque, si las dos últimas décadas (…) han sido un tiempo de malestar poco común, tranquiliza saber que la especie humana ha sobrevivido a azares peores.
(…) El siglo XIV fue una mala época para la humanidad. Hasta hace poco los historiógrafos propendían a detestarlo y eludirlo, porque no lograban que encajase dentro de la pauta del progreso de los seres humanos. Mas, tras las espantosas experiencias del siglo XX, sentimos mayor simpatía por una edad desconcertada… Reconocemos con una dolorosa sensación los síntomas de un período de angustia en el que no existe percepción de un futuro cierto.»

Extracto del preámbulo de Un espejo lejano, Barbara W. Tuchman, 1978  (ed. española Plaza & Janés 1990) * Gracias a E. Rius/ notasparalectorescuriosos.com, por su recomendación. Al protagonista, Enguerrand de Coucy, también lo cita P. L.Fermor -otra lectura de estos días- hacia el final de Entre los bosques y el agua, pero en un contexto infinitamente más amable (el Danubio a la altura de las Puertas de Hierro, 1934, cuando el río aún fluía libre hacia el Mar Negro).

En la foto: lilas recogidas esta mañana.

 

Go, bind thou up yon dangling apricocks

W. Shakespeare, Richard II, acto III, escena IV. 

1.
En inglés moderno: Go, bind you up young dangling apricots…
«Anda, ve y sujeta esos jóvenes albaricoqueros que se balancean…»
Puesto que el español necesita más palabras para decir lo mismo, habría que añadir dos frases que especifiquen cómo (cómo exactamente) ha de ser la sujección: «levanta las ramas (up) y átalas (bind)».  En el contexto de esta escena -una conversación entre maestro jardinero y su ayudante- hasta podríamos añadir un dativo ético: venga, sujétame esas ramas… dice el jardinero de más edad, personalmente empeñado en el asunto. To dangle -leo en el diccionario on line– significa to hung loosely. Indica que las ramas pendulean, llevadas por el viento.

Go, bind thou up yon dangling apricocks
which, like unruly children, make their sire
Stoop with opression of their prodigal weight:
give some supportance to the bending twigs.
Go thou, and like an executioner,
cut off the heads of too fast growing sprays,
that look too lofty in our commonwealth:
all must be even in our government,,,

Tal es el huerto de Langley, propiedad del duque de York. Los jóvenes albaricoqueros, privados de poda,
1. crecerían desordenadamente (like unruly children), y de hecho ya empiezan a hacerlo, despatarrándose y penduleando;
2. fructificarían de más (prodigal weigh), comprometiendo -esto no lo dice Shakespeare aquí, pero parece sugerirlo más abajo- tanto el crecimiento del propio árbol como la fructificación del año próximo (eso que se llama vecería: cuando un árbol produce mucho un año y apenas nada el siguiente).
En un frutal sin podar: si la maraña de ramas recibe suficiente luz y aire (cosa poco probable) y si la fruta llega a cuajar, o será pequeña o no madurará, o bien -en terrenos muy fértiles, con variedades vigorosas y ejemplares jóvenes: Langley-  habrá tanta fruta que, además de quedarnos sin nada la próxima primavera (muy probablemente),  la rama se partirá y desgarrará el tronco al caer. 
Ergo: hay que podar.

2. 
En esta commonwealth que es el huerto de Langley,  los jóvenes frutales  se podan de modo que la copa crezca equilibrada:  eliminando chupones (too fast growing sprays) e  igualando las ramas estructurales (all must be even ). Además, cuando la poda no ha bastado, o no ha llegado a tiempo.. hay que sostener (levantando+atando) los ramos del año cargados de fruto (give supportance to the bending twigs).
El ayudante pregunta entonces a su jefe que por qué se van a molestar ellos en cuidar el jardín cuando todo el reino de Inglaterra es en esos momentos un sindiós. Toda la tierra llena de weeds, las flores más bonitas ahogadas (choked up, por culpa de las weeds), los frutales cabeza abajo (upturned), los setos hechos un asco, los parterres revueltos y la plantación de hierbas útiles «rebullendo de orugas»:
When our sea-walled garden, the whole land,
is full of weeds, her fairest flowers choked up,
her fruit-trees all upturned, her hedges ruin’d
her knots disorder’d and her wholesome herbs
swarming with catterpillars?

El jardinero reconoce que sí, que es una pena que el rey Ricardo, por no haber sabido poner coto a los excesos de sus aduladores, ahora se vea desposeído de su trono. Y, continuando el juego de metáforas, aprovecha para explicarnos  la práctica del pinzamiento (trimming) y de las incisiones/ muescas en la corteza (we do wound the bark). Técnicas complementarias de la poda propiamente dicha, destinadas a equilibrar crecimiento y producción.
... Oh, what pity is it
that he had not so trim’d and dress’d his land
as we in the garden!
 We at time of year
do wound the bark, the skin of our fruit trees,
lest, being over-proud in sap and blood,
with too much riches it confound itself
(*con demasiada riqueza se confunde:
¿referencia a la vecería, a ese fructificar de forma irregular, desordenada, «confusa»?)

Respecto a los pinzamientos, (sobre brotes tiernos, aún no lignificados, que  cortamos/pinzamos por la mitad), con ellos se consigue ralentizar el crecimiento vegetativo en un determinado punto, impedir que se desmadren ramos que no nos interesan… que a lo mejor vamos a terminar reemplazando por otros.  
Respecto a las incisiones. ¿Es una tradición salvaje, esto de andar marcando a navajazos la corteza, que el jefe de jardineros de Langley perpetúa porque sí?  No exactamente: «A principios de la primavera, la traslocación de agua, nutrientes y reservas es básicamente ascendente hacia las yemas en inicio de brotación; y un corte dado sobre una de las yemas localiza la aportación de reservas hidrocarbonadas en ella, en detrimento de otras situadas por encima, con lo que su desarrollo se verá claramente reforzado,,,» (Gil-Albert, nota 1, p.66).
Detrás del trimming y del wounding, en el jardín y en cualquier lado, siempre la misma idea: no dejar que las cosas se desmanden.

3. 
«Mientras tú me sujetas los ramos del albaricoquero, yo iré a arrancar esos hierbajos apestosos que se llevan la fertilidad del suelo…» . La palabra aparece repetida tres veces en la escena: weeds, weeds,  noisome weeds
También se limpia por dentro el árbol, para dejar solo los ramos fructíferos ( referencia a la poda «de fructificación», sin entrar en más detalles: seleccionar lo mejor, quitar lo ya fructificado o inútil, nota 2). Pero el rey, en mal podador, en pésimo gardener, nada de eso hizo.
superfluous branches
we lop away, that bearing boughs may live:
had he done so, himself had borne the crown,
which waste of idle hours hath quite thrown down.

4.
Jardín de albaricoqueros, espejo de príncipes.
Al Ricardo II no se le da bien reinar: llevar sus resoluciones hasta el final, respetar las posesiones de sus súbditos… Ricardo es ligero, insustancial. Presta oídos a los aduladores que medran en torno a él como los hongos al pie de un árbol débil. No se toma nada demasiado en serio (waste of idle hours). No sabe ser firme, no lo es, y por eso su primo Bolingbroke -futuro Enrique IV-  se le acaba de echar encima.

La mujer del rey pasea por el jardín del Duque de York en Langley, donde se ha refugiado al estallar la guerra entre su esposo y Bolingbroke. Ella y su doncella escuchan sin ser vistas la conversación entre los jardineros: poda de formación, poda de limpieza… mezclando entre unas y otras cosas alusiones al mal gobierno. Si el rey hubiera hecho lo mismo que ellos -dice sin tapujos el viejo jardinero, dándole la razón a su ayudante- ¡cuánto mejor le habría ido a nuestro reino, este otro jardín rodeado de agua! Los parásitos del rey (weeds!) han sido ya ajusticiados por Bolingbroke. Se dice que el Rey está preso.
Pero la reina, que nada sabía aún del rumbo de la guerra, al oír estas noticias sale hecha una furia de su escondite y se encara con el jardinero/mensajero…

NOTAS

(1) F. Gil-Albert, Tratado de arboricultura frutal, MP, Madrid 2003
(2) Sin embargo, detallar cómo fructifica un frutal de hueso sería útil para visualizar el balanceo. Uno vigoroso, como este albaricoquero de Langley, lo hará sobre todo en «ramos mixtos» (yemas vegetativas y florales repartidas):  de no podarse, el  tramo que fructifica cada primavera se va quedando  atrás, lignificándose… y el extremo pendulea con el peso de la fruta nueva, progresivamente alejada del tronco, cada año más canija. Por tanto, incluso en un albaricoquero joven/vigoroso/plantado en una buena tierra, la falta de poda tendrá consecuencias: a corto plazo, rama que se parte; a medio plazo: pérdida de calidad.

Y enlaces:
Para profundizar en este vínculo de la Gran Bretaña con el apricok: https://laramadeoro.com/2014/05/20/comen-orejones-los-anglosajones/)
La forma arcaica apricock va pegada al latín praecox, de la que procede, por ser fruta de maduración temprana. También en otro post, aún más antiguo que el de los orejones: https://laramadeoro.com/2011/09/26/en-tiempos-del-gran-rey-kanishka/

Jardín a oscuras

Vogelgarten, Paul Klee

Con parecido «horror al vacío», como si el jardín fuera una especie de pecera con el espacio y el oxígeno limitados, Vogelgarten replica en abstracto al giardino dipinto del otro día (https://laramadeoro.wordpress.com/wp-admin/post.php?post=7079&action=edit ). Solo pájaros y plantas, aunque estos sean de ninguna-raza/ sin padre ni madre. En los jardines nocturnos de verdad habría rapaces -un moucho, una lechuza en el olivo, al acecho de un ratón- y, si sonara la flauta, a lo mejor un ruiseñor (una amiga que vino a ayudar a podar las viñas lo escuchó el pasado mes de marzo, aquí mismo, cuando se levantó de madrugada para ir al baño). Entre las flores predominarían las blancas, o las amarillo o rosa muy pálidos, y muchas de ellas serían fragantes, las más fragantes del jardín, pues a los polinizadores que trabajan sin luz no les diría nada el rojo, el naranja, el azul…. Pero aquí no hay matices ni olores. Heinz 57 (varieties), le dicen los ingleses al chucho de raza x: -57, en este caso, pues se llega a él por sustracción, restando, restando, hasta quedar reducido a un espectro. Y al igual que en el fresco de Livia, fuera babosas, fuera lombrices, fuera ratones, avispas, culebras, chinches, orugas, mouchos, perros y gatos. Fuera el jardinero y fuera, sobre todo, el sol.

( Vogelgarten. Pinacoteca de arte moderno, Munich. Lo pintó Paul Klee en 1924, diez años después del viaje a Túnez; seis años después del final de la guerra)

Robin Lane Fox, o el arte de vivir en las nubes

Historiador, helenista, ex alumno de Eton, profesor de Oxford y experto en jardinería del Financial Times. Uno de esos excéntricos británicos -orgullosos defensores del estereotipo, indeed– que tienen a gala hacer y decir siempre lo que les sale del nabo. Otro ilustre amante del latín y el griego antiguo, estudiante de classics en Balliol College, e igual de liberado mentalmente que Mr. Lane, ocupa en la actualidad el 10 de Downing Street.

Mr. Lane Fox, en efecto, lee directamente a Homero en la edición de Loeb Classical Texts. Da clases como profesor emérito en un college y es el jefe de jardineros en otro. Fue contratado por Oliver Stone como asesor para su película sobre Alejandro Magno (excelente jinete, solicitó al director poder participar en la carga de caballería de las tropas macedonias; y lo hizo; en primera línea). El éxito en España de su bestseller, El mundo clásico, y un Festival de Flores en Córdoba, en el que Lane Fox era jurado, llevó a una curiosa entrevista en El Pais Semanal, cuyo enlace adjuntamos más abajo. En ella se omiten algunas de las facetas del personaje que -como se verá- podrían no contribuir demasiado a la venta de sus libros.
Desde hace cuarenta y siete años Mr. Lane complementa toda esta actividad -clases, flores, cabalgadas- con un artículo semanal en el suplemento de ocio del Financial Times. En 2010 reunió algunos de sus artículos en el libro Thoughtful Gardening, publicado por Penguin Books.

Thoughtful Gardening, cara A.
El libro está dividido en cuatro secciones, una por cada estación del año.
Son deliciosos sus artículos sobre viajes y sobre libros. Los pasajes de la correspondencia de Katherine Mansfield, por ejemplo, en los que se pone de manifiesto su amor a los jardines, más aún, su dependencia anímica de las flores; o el relato de su visita al vivero Latour-Marliac, al que Monet encargaba los nenúfares de Giverny; o la crítica que hace de la adaptación para la BBC de Mansfield Park, un completo churro, en el que se minusvaloran aspectos esenciales del libro de Jane Austen, como su denuncia del papanatismo de ciertos garden designers (y sus clientes)… Deliciosa la descripción del Jardín Botánico de Bangkok, donde se filmó la citada carga de caballería de Alejandro; de la avenida de King Cherris de Seul, un largo paseo entre nubes de pétalos blancos; del jardín de la Odessa post-soviética -el invernadero en mal estado, las ramas rotas de un magnolio- que le trae a la memoria al Príncipe Bolkonsky (Guerra y Paz), el momento en que se despide de su jardín y su casa para marcharse a combatir; de su viaje a Capri en primavera, con el detalle de los diferentes tipos de Lithospermum , esas florecillas rastreras, de color azul índigo, que crecen también por los pinares de Galicia; de la Bahía de Nápoles y las pinturas del Museo Arqueológico, cuya visita acompaña de la lectura del poeta Estacio y completa, más tarde, con un paseo por los alrededores para herborizar (esos ciclámenes miniatura, el famoso Allium neapolitanum, orquídeas silvestres etc).. Precisas y enormemente útiles son sus recomendaciones sobre variedades vegetales: magnolias de hoja caduca, rododendros, cerezos japoneses, peonías arborescentes para la primavera; deutzias, iris, espuelas de caballero, hasta kniphofias (que aquí no se ven casi, pero en Inglaterra por todas partes) para el verano; dahlias, salvias, manzanos ornamentales y asters en otoño… Útiles son también sus «seis reglas sobre esquejes»; su listado de rosas trepadoras que toleran la sequía; sus observaciones sobre el cultivo de Galanthus (campanillas de invierno) al sol o a la sombra, con más o menos mantillo; sus instrucciones, muy concretas, para sembrar flores anuales en el exterior, o para mantener contenida mediante la poda una exuberante glicinia, o una retama del Etna con tendencia a envejecer y enmarañarse por dentro… Habiéndose formado en el Alpinum de Munich, Lane Fox muestra una admiración a prueba de modas por las rocallas alpinas y por los jardines botánicos en general. En cuanto al diseño, su modelo es el del jardín clásico, italianizante (referencia: Edith Wharton, en su faceta de paisajista), con relativa libertad para los colores… y fumigados a conciencia para que nada ni nadie los perturbe.

Y así llegamos a la cara B. Porque el culto y observador Mr. Lane no habla de las plantas en abstracto: en sus recomendaciones sobre el jardín «concienzudo» (thoughtful), y precisamente porque lo es, no puede dejar a un lado sus opiniones sobre el cambio climático o la jardinería sostenible (the organic fantasy, p.35). Lane Fox lo hace, se moja, pero para apuntarse del lado de los que defienden seguir como hasta ahora (my firm advice: do nothing, p.18) porque, para empezar, no hay que exagerar, y porque además, ¿acaso cree usted que yo voy a salvar el planeta porque deje de usar glifosato e Imidacloprid en mis macizos? Y sobre el alza constante de las temperaturas, los veranos tórridos de los últimos años, la escasez de nieve: ¡Pero si los arbustos de invierno -mahonias, viburnos…- florecen como locos, huelen mejor que nunca, y los macizos de fucsias y salvias jamás estuvieron tan bonitos! ¡Aguantan en Oxfordshire hasta diciembre!
Wonderful!

Un ejemplo de su forma de razonar, característica de mediados del siglo XX, es el capítulo titulado Sickly Chestnuts (Castaños de Indias enfermizos, pp. 185-187) De un tiempo a esta parte los castaños de Indias tienen serios problemas con el insecto equis, que no es mortal de necesidad para el árbol, pero sí lo debilita y afea. Bien, pues inyectemos mejunjes a base de Imidacloprid. El problema, que Lane reconoce abiertamente, es que este insecticida puede favorecer, de rebote, la aparición de dos bacterias, fulana y mengana. Una no tiene por qué ser mortal para el castaño (en principio); la otra, casi seguro que sí… ¿Qué hacemos entonces? ¿Renunciamos al insecticida? Definitely not! Si he entendido bien el artículo (es la duda que me queda), Mr. Lane propone que nos limitemos a esperar a que las multinacionales del sector investiguen, investiguen… hasta tener a punto ese nuevo producto (we need a chemical, p. 187) que ha de eliminar también a fulana y a mengana. En este caso, ni siquiera hay que considerar los efectos sobre el medio ambiente. La cadena de efectos secundarios sobre el propio vegetal a tratar se la pasa Mr Lane por el desfiladero de las Termópilas.

En definitiva. Robin Lane Fox cuestiona o minimiza los efectos del cambio climático (pp.18-19: lo cuestiona:as ever, there have been weather catastrophes, but carastrophes are not evidence of sustained change,,,; o no lo cuestiona, porque la donna é mobile, y entonces lo saluda con alborozo: gardeners can profit from a clear benefit, p.22); promueve el uso de abonos químicos y herbicidas, incluso cita a Vita Sackville-West (¡1956!) como autoridad en su defensa, además de relatar un viaje altamente instructivo a las instalaciones de la multinacional Bayer en Düsseldorf, cuyos productos promociona con nombre y apellidos, sin rebozo; declara una y mil veces su afición a la caza del zorro con jauría de perros (prohibida por su extrema crueldad en 2004, para gran desconsuelo de nuestro helenista y de todos los patricios latifundistas del país); difunde una antigua receta de «ardilla a la sidra»; propone capturar a las ardillas con trampas, o con ayuda de un galgo, o directamente a tiros («en ambientes rurales, recomiendo el uso prudente de una pistola», p.89); intenta cargarse a los conejos de su jardín dejándoles platillos con leche y glifosato (p.146); hace chistes malos sobre la partenocarpia de cierto genero de gorgojos, en el que solo existen individuos hembras (¿qué tal si, usando la ingenieria genética, introducimos en la colonia un macho? ¡Qué risa!; p. 80); y para terminar esta sucinta enumeración –last, but not least– propone calmar a los tejones, responsables del caos nocturno en su bordura de crocus, con cebos a base de mantequilla de cacahuete y Prozac (p.105; lo dice y lo hace).

NOTAS:
Artículo citado: https://elpais.com/elpais/2017/12/04/eps/1512412299_415603.html

R.Lane Fox, soldado de Alejandro el Grande.

G. Altares no pregunta nada sobre esas cosas que a Lane Fox le resbalan. Respecto al brexit: Mr. Lane le confirma que votó en contra, aunque «básicamente no está ocurriendo nada». El Brexit es una estupidez, claro, pero «nada comparable a las conquistas de Alejandro». Sí pero no, o no pero sí… (al estilo tercerista de Jeremy.Corbyn)