Tropicales y azules

Jardín Botánico de Basilea. Diciembre.

Irena puella y Vanda caerulea

Una opulenta orquídea azul pastel (Vanda caerulea o alguno de sus híbridos) y un pájaro casi turquesa (Irena puella), pendenciero y seguro de sí mismo, que nos recordó mucho a nuestros rabilargos. Antes era difícil encontrar Vandas en las tiendas de jardinería. En el viejo manual de orquídeas que tengo encima de la mesa (“Superbes orchidées”, ed.Chanticleer) ni siquiera las incluyen. Pero recientemente las he visto en un gran centro de venta para mayoristas, en Madrid. Lo que significa que han dejado de ser una rareza cara. Las venden con las raíces prácticamente al aire, apenas protegidas con un poco de musgo, y enganchadas a un minúsculo cesto de madera que cuelga del techo con un hilo de nylon. ¡Nada que ver con las acomodaticias Phalaenopsis!. Las Vandas, aquí, sólo podrían cultivarse en una galería muy iluminada (pero con posibilidad de atenuar la luz en verano), y con un humidificador encendido casi permanentemente. O bien en el baño, si uno tiene la suerte de tenerlo orientado al sur. Complicado. Complicadísimo, en realidad, a menos que se puedan reproducir las condiciones de luz, calor y humedad de – pongamos-  las selvas de Mindanao. (Luz intensa de mañana, lluvia fina a mediodía, bruma y nubes al atardecer, humedad constante del océano y de la propia selva, bombeando y transpirando sin descanso, todos los días del año, todas las horas del día….)

Alternativa: renunciar; disfrutar de las Vandas en las fotografías de los libros y en los invernaderos de los jardines botánicos; mirar ahora mismo por la ventana y agradecer la silenciosa floración del durillo, tan  consoladora en pleno invierno.

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Azul-puerro

puerros y xela¿Cómo se llama este color, entre el glauco (que tira al verde) y el azul metalizado (que tira al plata)?. Es el color de las hojas de los puerros, que son largas y afiladas, como las de las cebollas, pero planas y más oscuras. El azul-puerro casa bien con el naranja pálido de las calabazas “cacahuete”, con el púrpura de las lechugas “hoja de roble”, con las flores abiertas de los calabacines, con la paja que les sirve de acolchado, y con el blanco de mi perra Xela (al fondo, dentro de la huerta y con correa; así estará hasta que los perdigones crezcan y vuelen; véase post del día 10/07/2013 ). En el libro Mariages heureux au potager (1) se recomienda plantar juntos puerros y apios, pues unos y otros prefieren los suelos ricos en estiércol (¡nunca fresco!) y  necesitan ser aporcados cuando ya están crecidos. Lo del estiércol maduro puede solucionarse, como sugiere John Seymour -esa especie de hombre-orquesta rural del que ya hemos hablado otras veces- poniendo los puerros justo después de recoger las patatas precoces, que se suponen bien estercoladas antes de la plantación (resumen de los cuatro pasos: 1. el pasado otoño se estercoló la parcela en la que 2. más adelante, en marzo, se plantaron las patatas, 3.recogidas a principios de julio, y 4. seguidas inmediatamente por los puerros). Respecto al “aporcado”, o “recalzado”, se trata de cubrir con tierra los puerros hasta el punto en que empiezan a abrirse las hojas, de modo que se blanquee la parte enterrada (no recibe luz/ la clorofila no trabaja). Lo mismo suele hacerse con el apio. El día que uno agarra la azada para proceder al aporcado, si puerros y apios están juntos el trabajo es más sencillo.  La alternativa es acolchar salvajemente, en capas muy espesas; en este caso, la broza/paja que se use como acolchado no sólo servirá para evitar la evaporación excesiva del agua de riego e impedir la germinación de malas hierbas (funciones básicas de cualquier acolchado orgánico), sino que también  impedirá que la luz haga verdear la base del puerro. ¿Mejor acolchar que aporcar, entonces?. No me atrevería a asegurarlo. A más tierra disponible, más superficie tendrán las raíces para explorar…y más hermoso saldrá el puerro (2). Por otro lado, el puerro es uno de los manjares predilectos del grillotopo, y el acolchado favorece su presencia (¡ojo, si esa fiera anda cerca, hay que retirar el acolchado y cavar, cavar, cavar, cavar  hasta aburrirle!).azul puerro
Por estos pagos de la meseta -los de LRO-, puerros y apio comparten alguna característica más. Crecen lentamente y  sufren con la solana. Se plantan ahora, sí, pero donde el sol no caiga a plomo, y con la idea de consumirlos en otoño y en invierno. Hay variedades que – aseguran los libros- “aguantan perfectamente el calor”… Atentos, en cualquier caso, a  quién nos da el consejo. Ya lo hemos visto más veces, al hablar de otras hortalizas: si el susodicho tiene el huerto al norte de los Pirineos, habrá que aplicarle una rebaja de 10 ó 20º a todo lo que diga.
Voilà la receta clásica de la “vichyssoise”: 3 puerros, 2 patatas medianas, media cebolla, medio litro de leche, medio de agua, sal y pimienta blanca. A cocer todo junto. Después se pasa la batidora, se añade algo de nata de cocina o de leche entera si está muy espesa la mezcla,  se deja enfriar, se enfría un poco más en la nevera, y hala.

NOTAS

(1) “Matrimonios felices en el huerto”, Rustica editions, 2007
(2) Si el puerro ha sido enterrado profundamente, entonces esta afirmación mía es una tontuna, pues el puerro -como las restantes liliáceas- sólo desarrolla raíces por debajo del bulbo/engrosamiento del tallo.  Pero si se le ha dejado bastante arriba -para evitar pudriciones en tierra muy pesada o en zonas húmedas, cuando la plántula aún es muy frágil- entonces el aporcado protege esas raíces, y, en mi opinión, las fortalece.

Amapolas azules del Himalaya

Mayo 2012

De repente miré hacia arriba y  allí, como en un trozo azul caído del cielo, había un grupo de amapolas azules, tan deslumbrantes como zafiros…” (Kingdon-Ward, en 1924)

Yo no he visto nunca una amapola azul, pero sé que existen porque lo he leído: en las faldas del Himalaya, desde el Hindu-Kush hasta las provincias del sur de China, las amapolas no son rojas sino azules. El primer europeo que las vió fue un jesuita francés, el Padre Delavaye, que herborizaba y evangelizaba a un tiempo (o lo intentaba al menos) por el norte de la provincia de Yunnan. Esto fue hacia 1885. Treinta años después un oficial de la Armada Británica, Frederik M. Bailey, volvió a encontrar amapolas azules mientras exploraba las gargantas del río Tsangpo (Brahmaputra); cortó una y la colocó cuidadosamente en su billetera. Unas semanas después envió la amapola prensada al director de los Jardines de Kew, en Londres.

Eran los años dorados de los cazadores de plantas. Gente que subía montañas, se perdía en la selva, hacía lo que fuera por dar con una nueva variedad de orquídea, de rododendro, de azucena, y poder enviar sus semillas a los viveros de Europa. Uno de esos cazadores, Francis Kingdon-Ward, hizo el viaje hasta la India, y desde ahí hacia el Tsangpo, siguiendo paso a paso la ruta descrita por Bailey. Encontró las amapolas, naturalmente, y con las semillas recogidas aquellos días (las amapolas son muy fecundas, producen infinidad de semillas cada una) se inició su cultivo comercial en Europa.

Pero aunque la semilla de la amapola azul pueda comprarse por catálogo, nosotros en España jamás veremos una. Necesitan un clima muy fresco en verano (alta y media montaña) y a la vez muy húmedo (lluvias monzónicas). Un suelo ácido, medianamente profundo y muy rico en materia orgánica. En una web especializada citan como  idóneos para su cultivo los siguientes lugares: Escocia, Irlanda, costa de la Columbia Británica, Alaska, y norte de Noruega. Raro sería que una planta que se da bien en Alaska fuera a estar contenta  en un jardín de, por ejemplo, las afueras de Alcorcón. Tampoco lo estaría en nuestras provincias del norte, que sí son húmedas (aunque ni siquiera por allí llueve como antes) pero no suficientemente frescas en verano.

A nosotros nos toca el calor, la sed, y los suelos pobretones. Nos toca la amapola roja. No está mal, pensaría un pastor de yaks del Tibet si la viera…La amapola roja, omnipresente estos días por cualquier prado, cualquier cuneta, cualquier olvidado montón de escombros. Pero tenemos los ojos tan acostumbrados a ella que ya casi ni la vemos.  No vemos sus pétalos enormes, enteros, finos y brillantes como papel de seda, ni vemos sus tallos orgullosos, un poco peludos, ni esos frutos globosos, curiosísimos (cápsulas con tapa),  con los que dentro de un mes o dos, cuando todo se agoste, podremos formar grandes ramos secos, mezclados  con un haz de avena loca. Este paisaje de la foto  no será un campo de zafiros, como el que vió Frank Kingdon-Ward aquel día, pero creo que pasaría perfectamente por un campo ¿de rubíes?.

NOTAS.

http://www.meconopsis.org es la web con más información sobre la amapola azul. La otra fuente que he utilizado es el Atlas de Jardinería, John Grimshaw, Edilupa Ediciones 2004. La primera foto procede de la web de un vivero de Inglaterra: Dunge Valley Rhododendron Garden (dungevalley.co.uk); la segunda, de amazon.com. Kingdon-Ward escribió 25 libros contando sus andanzas detrás de esas flores nunca vistas. Se pueden encontrar en internet sin mayores problemas.

Arriba el que menos pese

Octubre 2011

Al escribir hace unos días la historia de mis pobres coles recordé la serie fotográfica que les había hecho a los saltamontes azules (Oedipoda caerulescens). Se reconocen fácilmente por las franjas negras y blancas. Pero todavía es más fácil identificarlos cuando se va mirando al suelo por los caminos desbrozados, pensando en otra cosa… Entonces, de repente, empiezan a cruzarse por delante una especie de parpadeos azules, que se dirían ícaros, o nazarenos, esas pequeñas mariposas azulinas que los franceses llaman “petits bleus”. Pero no son mariposas. Son los saltamontes azules que se comen las judías y las coles. Son ellos, los que cuando brincan despliegan una membrana azul en las patas traseras. Y son muchos. Pero basta con proteger con manguitos las hortalizas recién puestas para que ellos desistan y se marchen saltando en otra dirección, siempre con ese abrir y cerrar inesperado de la bandera azul, ¡clic-clac!, tanto más efectivo cuanto que el saltamontes era hasta ese momento invisible (de bien mimetizado que estaba con la tierra). Lo que consigue con esos chispazos azules es aturullar unos segundos a cualquier posible depredador que ande cerca (una mantis, una lagartija, un alcaudón, un monstruo vociferante de dos patas que se acerca con cámara de fotos…).

Salvajes y azules

Junio 2010

Son los acianos, las borrajas y las achicorias. Tres azules que cualquiera puede ver cuando cruza España entre mayo y septiembre. No son iguales, sin embargo.

El azul de los acianos es intenso y brillante, con reflejos morados en el interior de su sofisticada cabezuela. Su lugar está en las orillas de los campos de trigo, mezclado con las amapolas y las manzanillas. En La Rama de Oro se sembraron hace tiempo en una tira de flores junto a las moras. Pero la tierra no era la que ellos buscaban; con seguridad necesitaban un suelo algo más fresco, más rico, y quizá más suelto. Las flores silvestres no aceptan que se las lleve y se las traiga.

El azul de las borrajas es plano. Un azul mate, sin matices. La verdadera borraja, la de los libros de cocina, es probablemente una planta hortícola, aunque naturalizada –asilvestrada– en esos prados multicolores que enloquecen a las abejas, apicultores y abejarucos. Su lugar está en los huertos de suelo ligeramente calizo de la mitad norte; sus primas hermanas,  las rústicas anchusas, empiezan a florecer por aquí ya a mediados de mayo, como en todas las praderas estacionales del centro y sur de la península; viven con apenas nada, en unos suelos pobretones que estallan de color en mayo y junio para agostarse después en apenas quince días. Si por lo que sea reciben algo de agua en verano –en LRO, porque están muy cerca del montón de compost donde crecen las calabazas– las anchusas logran mantener su roseta de hojas ásperas hasta el invierno.

El azul de las achicorias, parecido al de la flor del romero, es el de un cielo despejado, limpio de nubes. Su lugar está en las escombreras y cunetas más martirizadas. Florecen rápido, cuando ya el calor aprieta, y sus tallos rígidos, hirsutos (como los de su prima hermana la “alijonjera”) le plantan cara a la hoz y se enredan en el nylon de la desbrozadora.

Hyacinthoides en abril.

Anagallis en julio.

Claro que hay otros azules. Pero lo cierto es que no son tan frecuentes como la gama inabarcable de blancos, rosas, violetas. En La Rama de Oro crecen un puñado de jacintos silvestres; asoman su espiga de campanillas azulonas en abril, casi a escondidas, al abrigo de los zumaques y mirando al norte; por lo que voy leyendo, estos Hyacinthoides hyspanica debieron de ser más abundantes cuando por esta zona había más melojos que encinas, más madroños que almendros… más caballos que motos y “quads”.

Pero quizá el azul más persistente en LRO sea el de una planta minúscula, de hojas diminutas y tallos rastreros: desde junio en adelante, sin amilanarse por el calor, serpentea  entre cepas y olivos el azul pensativo (con esa gota de púrpura en la base de los pétalos) de las Anagalis foemina. Quizá el desbroce la haya favorecido, como al resto de plantas de yema baja.  A día de hoy, es nuestro azul cotidiano durante meses.