Amarilis (publirreportaje)

17enero201421enero201424 enero20145-211-212-213-214-215-218-2Hippeastrum

Un mes en la vida del  Hippeastrum `Rilona’. 

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El odio de un tulipanero

(Resumen de  El tulipán negro, de Alejandro Dumas; los fragmentos transcritos pertenecen al capítulo sexto, “El odio de un tulipanero”. Ed.Akal,2000. Traducción de P.Hernúñez)

bosschaert 1630, museo de estocolmoCorre el año 1672. Cornelio Van Baerle,  joven y acomodado ciudadano de Dordrecht, ha invertido en sus arriates e invernaderos de tulipanes  una buena parte de la fortuna familiar.  Poco a poco se va haciendo con su cultivo. Produce nuevas y hermosas variedades, y su fama se extiende por las Provincias Unidas.

“…Van Baerle pertenecía a aquella ingeniosa e ingenua escuela que tomara por lema, ya en el siglo VII, este aforismo: “Es ofender a Dios despreciar las flores”. Premisa de la que la escuela tulipanera, la escuela más selecta, extrajo en 1653 el silogismo siguiente: “Es ofender a Dios despreciar las flores. Cuanto más bella es la flor, más se ofende a Dios al despreciarla. El tulipán es la más hermosa de todas las flores. Luego quien desprecia al tulipán ofende a Dios infinitamente…”

Puerta con puerta vive su archienemigo Isaak Boxtel, otro tulipanero, eclipsado por la fama (justificada) de los tulipanes de Van Baerle.   Boxtel, corroído por la envidia y la curiosidad, decide espiar todos los movimientos de su vecino. Éste no sospecha nada. Además de excelente tulipanero, Van Baerle es un hombre distraído y de buen corazón.

“…De modo que, para hacerse una idea de lo que era un condenado olvidado por Dante, había que ver a Boxtel por aquella época. Mientras Van Baerle escarbaba, abonaba, regaba sus arriates, mientras que de rodillas sobre el declive del césped analizaba cada vena del tulipán en flor y meditaba sobre las modificaciones que en él podían hacerse, las combinaciones de colores que podían intentarse, Boxtel, escondido tras un menudo sicomoro que había plantado a lo largo de la tapia, y que le servia de biombo, seguía con ojos desorbitados y la boca llena de espumarajos cada paso, cada gesto de su vecino…
…Una vez dueño de ella, tan rápidos progresos hace el mal en el alma humana, que pronto Boxtel no se contentó con espiar a Van Baerle. Quiso también ver sus flores; en el fondo era un artista, y la obra maestra de un rival le interesaba muchísimo.
Compró un telescopio, y con él pudo seguir, además de al propietario, toda la evolución de la flor  desde el momento en que su pálida yema brota el primer año hasta aquel en que, tras haber cumplido los cinco, moldea su noble y gracioso cilindro…
¡Ay, cuántas veces el desdichado envidioso, encaramado en su escalera, vio en los arriates de Van Baerle tulipanes que le cegaban por su belleza, que le quitaban el aliento por su perfección!…¡Cuántas veces, en medio de sus torturas, de las que ninguna descripción podría dar idea, se vió Boxtel tentado a saltar al jardín a la llegada de la noche y destrozar las plantas, devorar los bulbos con los dientes e inmolar al mismísimo propietario si se atrevía a defender a sus tulipanes!.
Mas matar a un tulipán  es, a los ojos de un verdadero floricultor, un crimen tan horrendo…
Matar a un hombre, pase…”

En estos momentos, como todo tulipanero que se precie, Van Baerle trabaja sin descanso en la obtención de un tulipán negro. El que lo consiga recibirá un premio de 100.000 florines, ofrecidos por la Sociedad Tulipanera de Haarlem. Boextel sabe que su odiado vecino está a punto de lograrlo.
tulipan negro“…Daba la una de la madrugada y Van Baerle subía a su laboratorio, el cuarto de vidrieras en el que tan bien penetraba el telescopio de Boxtel… Éste lo observaba escogiendo semillas, regándolas con sustancias destinadas  a alterarlas o colorearlas. Se enteraba cuando, calentando ciertas de aquellas semillas y humedeciéndolas luego, y combinándolas después con otras mediante una especie de injerto, operación minuciosa y maravillosamente ingeniosa, Van Baerle encerraba en las tinieblas a las que debía dar el color negro, ponía al sol o bajo la lámpara a las que debía dar el rojo, observaba en un permanente reflejo de agua las que debían producir el blanco…”

…Y entonces empieza de verdad la historia. 1672. Juan de Witt es desde hace casi veinte años el Gran Pensionario (algo así como Primer Ministro) de la próspera República de las Provincias Unidas. Pero el ejército de Luis XIV, el rey francés, ha empezado la invasión del país, obligando a sus habitantes a inundar  huertos y prados para cortarle el paso. hnos de wittEnfurecida, la población se vuelve contra el republicano De Witt y reclama el regreso del heredero de la casa de Orange, Guillermo III. Juan de Witt tiene un hermano, Cornelio, alcalde de Dordrecht y padrino…de nuestro amable tulipanero Van Baerle. Cuando la animadversión de los ciudadanos empieza a crecer, éste De Witt visita a su ahijado, simula interesarse por sus tulipanes y, ya a solas en el secadero de los bulbillos, le hace entrega de un misterioso paquetito, para que lo guarde  en un lugar seguro… Van Baerle  lo esconde allí mismo, en un cajón de bulbos. Y como no vive más que para sus flores, ni siquiera pregunta qué contiene el paquete. Los lectores sí lo sabemos: es la correspondencia entre el Gran Pensionario y el Marqués de Luvois, ministro de la guerra del Rey Sol. Los hermanos de Witt han tratado de negociar con los franceses para evitar la guerra; ahora bien, si las cartas cayeran en manos de los orangistas, éstos podrían tergiversarlo todo, incluso acusarles de alta traición. ..
Padrino y ahijado se abrazan y se despiden.
No pueden sospechar que, muy cerca de ellos, mirando a través de un telescopio,  alguien más ha asistido a la escena…

El primer Iris

Madrid, invierno

Iris unguicularis

Es una nadería. Una flor vista y no vista, que apenas levanta una cuarta del suelo. Como algunas anémonas montaraces en medio de la nieve, aquí, entre el follaje del Jardín Botánico, asoman la cabeza en enero los Iris unguicularis ssp. cretensis,  delicados parientes de los muy robustos híbridos de jardín, Iris x germánica – que tapizan los taludes de la M.30 y pueden con todo.

El Iris unguicularis – conocido como Iris de Argelia, pero común en todo el Mediterráneo oriental- y el Iris reticulata, procedente del Cáucaso, son los primeros bulbos que he visto florecer por aquí, antes incluso que los galanthus. Cuando estos iris minúsculos están en flor, sólo los hamamelis, los heléboros, las anémonas precoces, algunos avellanos y algunos camelios les pueden hacer compañía.

Sobre el cultivo del I.unguicularis, léanse estas recomendaciones de la Sra. Vita Sackville-West: (artículo de los años 50 reproducido en el blog de jardinería de “The Guardian”):  http://www.guardian.co.uk/lifeandstyle/gardening-blog/2009/feb/19/gardens-iris-unguicularis. Mucho cuidado, de todos modos, con lo que dicen los jardineros de por ahí arriba. Aunque sea Vita Sackville-West. Si un inglés afirma que “sun and poverty are the two things it likes”, o que este iris se da en el más “miserably poor soil”, incluso entre la grava, semejantes frases no pueden interpretarse literalmente en Madrid (el bulbillo del iris se deshidrataría, y después terminaría de freirse al sol…). En la foto que encabeza esta entrada puede verse que el iris está brotando de entre una alfombra de hojas a medio descomponer. Ni el suelo, pues, es tan pobre ni la exposición tan soleada (el árbol que ha dejado caer sus hojas justo ahí protegerá más adelante a los iris con su sombra). Conclusión, la de siempre. Que en este secarral en el que vivimos, lo que para un inglés es “exposición soleada” para nosotros ha der ser “semisombra” o “luz indirecta”. Y el suelo -por más que insistan los gurús del norte- ha de tener suficiente materia orgánica y una textura mínimamente arcillosa (¿cómo podría, si no, retener la escasísima humedad?) .

Orange Beauty (¿tulipanes o narcisos?)

Abril 2012

Los psicólogos y sociólogos dicen que hay diferentes temperamentos: melancólicos y sanguíneos, telúricos y solares, apocalípticos e integrados… Siguiendo esa secuencia, ¿no podríamos hablar nosotros, ya que estamos en el jardín, de tulipanes y narcisos?.

Los dos son bulbos que se entierran en otoño y florecen en primavera. Tierra mullida y fértil, con un DRENAJE PERFECTO, a media sombra hasta la brotación, riegos moderados. Sí, pero, a diferencia del narciso, que se queda enterrado (y feliz) de por vida, el tulipán degenera de un año para otro. Es importante no olvidarlo. El tulipán se agota produciendo bulbillos, con reservas insuficientes para formar flores de calidad al año siguiente. A cambio, es tan bonito y sofisticado que puede lucir solo en una maceta, sin compañía de nada. Hay variedades con flecos, como los famosos tulipanes “perroquets”, variedades estriadas, variedades multicolores… Los tulipanes más hermosos son los tulipanes más enfermos: un virus deforma los pétalos, rompe el color, y es esa anomalía lo que multiplica el valor de la flor.

Que una gran nación como los Países Bajos, en su momento de máximo desarrollo económico, cultural y político, estuviera a punto de la bancarrota total en 1637 por culpa de los tulipanes, sólo dice cosas buenas, en mi opinión, de la gente que la habita. La historia es conocida, así que me limito a transcribir el célebre caso de un granjero que pagó por un solo bulbo ‘Viceroy’ (variedad blanca con vetas azul-rosadas) “dos toneladas de trigo, cuatro de centeno, cuatro bueyes bien cebados, ocho cerdos, doce ovejas, dos barricas de vino, cuatro de mantequilla, mil libras de queso, una cama, un traje, y una fuente de plata”. (1)

Bueno, al contrario que los tulipanes, los narcisos sí son de una fidelidad a toda prueba. Siempre idénticos a sí mismos, vuelven año tras año, siempre sanos, siempre dispuestos a seguir multiplicándose. No pretenden ser sofisticados, sino naturales y casual. En solitario resultan anodinos. Pero pueden formar preciosas alfombras al pie de un árbol de hoja caduca, por ejemplo. Apoyándose unos en otros, los narcisos llenan, cubren, acompañan, se extienden… pero no destacan.

En los inciertos tiempos que nos ha tocado vivir todo el mundo prefiere lo seguro, lo que más “eternidad” parezca ofrecernos, incluso en el humilde espacio de un jardín. Es una ilusión, claro, pero ¿cómo evitarla?. Todos los que tienen un jardín quieren plantas “que duren mucho” y se porten bien. Que no ensucien, que no enfermen, que se reproduzcan solas sin llegar a ser un estorbo, y que además aporten “una nota de color”, siquiera durante unas semanas. Si usted quiere este tipo de jardín, entonces no hay duda: usted pertenece al grupo de los narcisos.  Ahora bien… si usted no tiene miedo a las bellezas efímeras y solitarias, y está dispuesto a cuidarlas con devoción, y a apreciarlas en su fugacidad, como las estrellas fulgurantes e irrepetibles que son, ¡entonces es usted un valiente tulipán!.

Pero las cosas nunca son tan simples. Narcisos y tulipanes seguramente conviven –y pelean– dentro de cada uno de nosotros. Y pudiera suceder que todos fuéramos, a ratos, tulipanes o narcisos… Nunca simultáneamente, eso no. Si el tulipán es de los buenos ¿cómo podríamos combinarlo con narcisos sin que éstos parezcan una poca cosa o aquél un intruso extravagante…?.

Durante un par de años estuve encaprichada con una dahlia ‘Bo-Kai’, que acabó sucumbiendo al frío intenso del invierno madrileño. La primavera siguiente me consagré a la veneración del tulipán ‘Orange Beauty’, el de la foto que encabeza esta entrada. Duró 15 días en flor, ¡pero qué 15 días!. Cuando se apagó su llamarada naranja, que mantuvo en vilo –y creo que muertas de envidia– al resto de plantas de la terraza, desenterré el bulbo y lo tiré al compostero. No hay que dramatizar. Desde hace un año me tiene loca una Peonía japonesa variedad ‘Lavender’. Las yemas han brotado perfectamente; tiene unas hojas rojizas, como las de los rosales, pero aún no asoma la flor. (…Seguiré informando).

NOTAS

(1). La historia completa de la locura nacional holandesa en torno al bulbo la cuenta con todo detalle Simon Schama en The embarrassment of riches, Vintage Books, Nueva York, 1987, pp. 350-366.

El tulipán reproducido en la segunda foto, Semper Augustus, está en el libro Tulips, de Judith Leyster, publicado en 1643 y expuesto en el Museo de Haarlem. De ahí proceden los tulipanes de las postales y calendarios que se venden por las calles de Amsterdam.