Anastasio

Ayer murió Anastasio, el anterior propietario de LRO. LLevaba años mal; varios meses muy mal; unos días desahuciado. Así que la muerte -es lo que se dice en estos casos- supongo que llegó deseada. Llegó por fin (“Ya os llega la muerte, ya os llega“, le decía él a los tordos y a las palomas cuando, al empezar el otoño, los primeros cazadores se dejaban ver)

Anastasio, entre otras muchas cosas, me enseñó a distinguir los espárragos verdaderos de los lupios/matacanes. Me habló de las cagarrias (Morchella esculenta), que no conocía, y de los ajoporros, que nunca terminaron de gustarme. Me ayudó a instalar el riego. Cargó piedras en su tractor (no osé preguntar de donde las había sacado) para que pudiéramos terminar el muro de sostenimiento frente a la casilla. Me enseñó a podar las viñas, pero aceptó que -tras consultar algunos libros- yo matizara parte de lo aprendido y, tras la oportuna discusión, siguiera podando como él… o casi. Al vendernos la finca peleó por dejar claras las lindes con el vecino de abajo, hoy ya fallecido, “que no es malo sino nefasto”, nos previno (Nefasto le quedó para siempre; Nefasta su mujer y Nefas-titis las hijas) y por que hiciéramos buenas migas con el otro vecino, Perico, quien años más tarde me enseñaría, por cierto, a injertar las cepas. Anastasio me presentó al cabrero del pueblo, Miguel “Manduca”, con cuya amistad me honro, y que me provee puntualmente de estiercol para la huerta. Me llevó al almacén de piensos de Casimiro a comprar semillas. Me presentó -antes de que hiciéramos nuestro propio vino- al paisano que compraba uvas al margen de la cooperativa, un tal Pepito. Las pagaba a tocateja y las revendía en Burgos.

Anastasio deja mujer, cuatro hijos y un número x de nietos. Murió bien, rodeado de los suyos, que cuidaron de él hasta el final, y lo quisieron, sin duda, a pesar de los muchos dolores de cabeza que él les provocó en sus años buenos, los años de libertad, cuando se veía a sí mismo “fuerte y poderoso”, como le oí decir un día.
Y es que Anastasio ,en esos años buenos, era informal, caótico, impredecible. Padre y esposo intermitente, imagino. Muy manejable por sus supuestos amigos, incapaz de imponerse cuando abusaban de él, Anastasio todo lo perdonaba y/o olvidaba, y no parecía darse cuenta de que, al final, tendría que pagar los platos rotos su señora. Tuvo problemas con la bebida. En una ocasión, para congraciarse con su mujer tras una borrachera que le dejó k.o. más tiempo de lo habitual, Anastasio le llevó unos iris que yo misma le corté y preparé en LRO. “Tiró el ramo por la ventana…”, me contaría al día siguiente, levantando los hombros. Sospecho que también derrochó el dinero de la venta de LRO. No sé si alguna vez tuvo un sueldo fijo, regular. Era propietario de un tractor enorme con el que hacía chapuzas varias, y con el que se movía por la comarca como si fuera un monovolumen. Con ese tractor inmanejable le dio sin querer un golpe al peral de LRO: un nido de rabilargos cayó al suelo, y la madre rabilarga, cabreadísima, le fue persiguiendo por la viña, picoteándole la gorra hasta que lo sacó de allí… Imitaba a todos los vecinos, se reía de ellos en sus barbas y después les invitaba a un vino. Escucha bien, me decía también a mí, “tú nunca te enfades conmigo“. Porque me ponía verde por no arar. Y el día que llevé unos sauces y unos alisos, para plantar al pie de las terrazas de LRO, Anastasio, indignado, me soltó: ¡Siempre lo que a mí me da más asco! ¡Aliso, lo- que-el -diablo -no- quiso! El me presentó -y recomendó como si fuera hijo suyo- a Mohamed, al que le había dado por llamar “Jóse”. Un intercambio habitual entre ellos, mientras compartían “botellín” después de haber estado trabajando codo con codo durante horas:
¡Moro!
-¡Borracho cabrón!

Y vuelta a empezar, con diversas variantes.

Anastasio andaba a zancadas, era difícil seguirle el paso. De joven debió de ser buen mozo. Le gustaban las mollejas, las perdices con judiones de Avila… El vino tinto por encima de cualquier modernez.
Anastasio se fijaba en las cosas y sabía escuchar. La plantación de frambuesas en LRO, por ejemplo, despertó enormemente su curiosidad. Creo que también tenía cierto sentido estético, porque siempre iba limpio, más o menos arreglado, y reñía al cabrero por ser “un puerco” y no cambiarse nunca de ropa. A veces le regalaba una zamarra, unos pantalones apenas usados: esos que lleva Manduca -me explicaba- huelen tanto a cabra que cuando se los quita de noche se van corriendo solos, camino arriba… Era buen conversador. Sentados en LRO me contó la historia de su familia, que bajó al valle desde Navalosa a finales de los años cuarenta (él vino primero, con su padre, a lomos de un borriquito). Me contó de sus hermanos mayores, “los serranos”, a los que debió de idolatrar hasta ayer mismo, que trabajaban como mulos y se quedaron solteros. Me contó su frustrado intento de ir a trabajar a Madrid: de la comida que le había preparado su madre para el viaje -un pan grande, redondo, relleno de carne y envuelto en una pañoleta-, del viaje en el autobús, llorando a moco tendido, y de cómo a los tres días estaba de vuelta. Me contó de cuando empezaron a rodar películas en el castillo del pueblo (históricas, románticas.. ¡y hasta una de James Bond!) y él iba siempre de figurante con sus amigos, porque les daban de comer y porque lo pasaban bomba…

Anastasio aseguraba tener dotes de zahorí (me dijo quién le había enseñado, pero no consigo recordarlo). Para demostrarlo cogía un alambre suficientemente largo, lo retorcía formando una especie de ye, y empuñando después esta Y por los brazos, colocándosela a la altura de la cintura, iba cabizbajo entre las jaras y cantuesos – ¡shhh!, ¡shhh!, porque no se le podía hablar mientras duraba el trance- hasta que, de pronto, el extremo del alambre empezaba a moverse.
¡Ya estamos en pecado mortal!– exclamaba- ¡AQUI HAY AGUA!
¿La habría, realmente? El no lo dudaba.
Cuando empezó a perder vista, muy pasados ya los sesenta y cinco, se negó en redondo a ponerse gafas (el tantarantán que le dio al peral fue por esa época). ¡El, Anastasio, que había sido fuerte y poderoso, cómo iba a ponerse “lentes”! ¡Ni que fuera un señorito de Madrid! No las necesitaba para nada. Ni siquiera para calcular cantidades a ojo de buen cubero, algo que hacía, por lo visto, con exquisita precisión: en ese capacho van cuarenta y dos kilos y medio de uvas; ahí van (señalando el cajón del tractor, lleno de sacos) mil ciento cincuenta y cinco kilos de aceitunas… Y así, sin despeinarse, pero tirando hacia arriba siempre, porque su generosidad era legendaria. Ya vendida LRO, llegó a un acuerdo con un vecino para trasladar su huerta a la parcela de éste, muy cercana al pueblo. Con el correr de las semanas, cuando todo empezaba a estar maduro, Anastasio regalaba tomates y pimientos a espuertas, como siempre había hecho; sin mirar a quién, sin preguntar casi, como un césar de Roma echando monedas a la plebe.¿Era después correspondido, de alguna forma? No estoy segura.
Sé que Anastasio se ganó la vida durante unos años como palista; andando el tiempo, pasó a alquilar sus servicios con el tractor. Pero nunca cotizó ni se preocupó, me parece, de que sus empleadores cotizaran por él. Era vergonzoso con el dinero y muy sentido con todas las cosas. Le preocupaba lo que la gente pensara de él, así que la mitad de los trabajos los haría gratis, y por la otra mitad cobraría lo mínimo (o en especie). A cambio de ser tan espléndido -este era el “pero”- que no le fuera nadie a achuchar con que, es un suponer, ¡quedamos a las diez y son las cuatro!, que nadie pretendiera decirle cuándo y cómo…

Anastasio era también -y aquí borro el “seguramente”- la mejor persona que he conocido en este pueblo. Lo he visto llorar cuando, sentado a mi lado en una piedra de LRO, recibió por teléfono una llamada de su sobrino comunicándole que su hermana Valentina, Valentina la Buena, acababa de morir. También lo vi llorar cuando le enseñé, intrigada, los restos de una camisa de cuadros (unos harapos) que había encontrado casualmente cavando al pie de una cepa: en esa camisa -me explicó entre lágrimas- su mujer y una de sus hijas habían envuelto el cadáver de Chispa, su perra, que siempre le acompañaba subida al tractor. Detrás de aquellos jirones de tela, en efecto, aparecieron unos huesecillos mondos… Era pequeña, de color blanco, me contó. Él no había tenido corazón para enterrarla él mismo, y después no quiso sustituirla por un cachorro. No volvió a tener perros. Y tampoco era cazador, aunque lo había sido en su juventud. Dejó de cazar en los años noventa, cuando se dio cuenta de que había “pocos animales“, de que las perdices se acababan, ¡pero si tenía que traerlas el guarda del coto, unos meses antes de abrirse la veda!, y de que ver una tórtola común por el monte era casi un milagro (“Antes el cielo se llenaba de ellas: venían los vascos a cazarlas…”; ¿quiénes eran “los vascos”; no llegó a aclarármelo).Y lo vi llorar de rabia en otra ocasión, recordando un episodio de hacía más de sesenta años, cuando un guardia civil presuntuoso acusó insidiosamente a su padre, el hombre más honrado del mundo, de haber robado unas patatas, y decía tener como “prueba” la huella de una alpargata… El niño Anastasio estaba junto a su padre aquel día. Cuando el padre lo negó, el guardia civil le largó un sopapo. Y me contó cómo él, siendo ya hombre, fue hasta el cuartelillo de El Escorial, a donde habían destinado al infame, y que, tras buscarlo por todas partes para “ajustar cuentas“, lo encontró al fin en una taberna. Quería que supiera que durante todos esos años el sopapo dado a su padre le seguía doliendo a él en la cara. Y entró, todo chulo, confirmó con el tabernero que el sujeto era aquel, y lo que vio fue esto: un hombre precozmente envejecido, sin uniforme ya, encorvado sobre una taza de vino. Se acercó, le dijo algo muy peliculero -“¡Vengo a matarte!”, pero yo creo que se lo inventó, que de hecho no abrió la boca- , y por los gestos del otro comprendió que aquel hombre se había quedado ciego. Y entonces Anastasio se dio la vuelta, y fuese y no hubo nada. Volvió al pueblo sin matar a nadie. No dio más detalles, pero pongo la mano en el fuego, conociéndolo, de que antes de salir de la taberna le pagó al tabernero la consumición del guardia ciego. El sopapo había dejado de dolerle. Y total…
Este brazo me dejaría cortar -me dijo un día, con aquella vehemencia loca con que lo decía y hacía todo, poniendo la mano derecha en el punto donde habría que colocar el serrucho- por poder ver a mi padre otra vez. Aunque solo fuera cinco minutos...

Hace 13 años. 6 de noviembre de 2006, al volver de la notaría (Anastasio mandó a una hija; él no quiso ir). Hacía calor. El grandullón que está a mi derecha es el tío de la inmobiliaria. Anastasio le colgó del brazo una bolsa de lechugas, tomates, pepinos…

NOTAS: Todo esto, más o menos, está contado ya en algunos posts antiguos, desperdigado por otros.
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Pan gallego

Foto: canal All you knead is bread / Best spanish rustic bread!

En 2005 en las playas de nuestra zona todavía quedaba chapapote del Prestige. Yo hacía cuarto de la ESO. Con mis compañeros y profesores del instituto me había manifestado, iracunda, contra la guerra de Irak.
Creo que fue por esos años. Algunos clientes, particulares u hosteleros, habían empezado a pedir “pan gallego”, pero –insistían– pan gallego “del de verdad”. No valían las harinas estándar. No colaban tampoco los detalles decorativos para hacer “rústico” (unos cestos de castaño, unas pizarritas con los precios…).
¿En qué consistía un pan gallego, se preguntaron mis padres?
Sabíamos distinguir perfectamente un pan de Vimianzo de uno de Carral, por ejemplo. ¿Pero pan gallego? El nuestro, el de Arteixo, era como el de Carballo: tenía más miga que el de Carral, de corteza bastante dura, y una harina sin restos de salvado, menos oscura que el de Vimianzo pero sin llegar a ser blanca. Teníamos en la sala, al pie de un San Tirso de plástico comprado en los chinos (en una mano, un largo serrucho; en la otra, las Sagradas Escrituras), un anaco de las Roscas de Oseiro, bendecidas por el párroco, que se sacaban en solemne procesión el último domingo de enero y se repartían entre los vecinos al siguiente, pero que estaban elaboradas con masa morta, sin levadura, y, por muy benditas y muy gallegas que fueran, a los dos días estaban duras. Conocíamos las bolas do Porriño, y el pan de Cea, que no se parecía en nada al nuestro, y en la zona de Lugo de la que procedía el bisabuelo molinero, hasta los niños de la guardería, decía mi padre, que se ponía un poco fatuo cuando salía el tema, podrían distinguir “con los ojos cerrados” un pan de Ousá de uno de Palas, de Paradela, de Monterroso… Y así con todas las parroquias, una por una. ¿Pero pan gallego? ¿Bastaría con hacer roscas y bolas con moño –moño de verdad, no un simple pegote– como las que habían hecho en casa toda la vida? Hubo que buscar en google. Y no, concluimos, no era suficiente con darle a la masa una u otra forma para que el pan fuera “gallego genuino”. De hecho, en muchas zonas no le ponían moña a la moña… Tampoco la llevaba el “redondo gallego” del Carrefour. La clave estaba, concluimos, en la masa madre y tiempos de fermentación, en la mezcla de harinas, y en la calidad del horneado. Lo primero tenía fácil arreglo: volveríamos a las prefermentaciones largas, de toda la noche, y se haría una primera fermentación en bloque de dos horas, como mínimo, después del amasado. Masas madres había muchas en el mercado. Como la Sapore (de Puratos) que, aunque no reemplazaba a la levadura, sí le daba al pan ese “punto artesano”, ese regusto ácido que los clientes decían apreciar tanto, y que nosotros no conseguíamos usando solo nuestra masa casera (un trozo de la masa de la víspera: no había más misterio). Respecto a las harinas, ya era otra cosa… En todas las grandes harineras del país las vendían así, “harinas para pan gallego”, mezclando trigo con algo de centeno y de salvado fino. Eran harinas que se hidrataban con facilidad, se estiraban y estiraban… y hacían panes mullidos, con la textura de una chapata, que es una cosa moderna, solo un poco más firme que un cruasán. Nada que ver, en todo caso, con los “panes de antes” (observaba mi abuela, abriendo un nuevo frente), como el que hacían en Neda (“y en todas las casas”), que no tenían “tanto aire” y duraban más, un estilo bizcocho, ¡no cruasán!, más consistentes que los de ahora, porque las harinas no hinchaban tanto, porque los trigos “de por aquí”, de Meicende, de Oseiro… debían de ser distintos. Todo era un trigal entonces, trigales e agras, decía la abuela, que las había visto desaparecer a toda pastilla en los años cincuenta. Trigales donde las ferrallas del Polígono, y los últimos molinos de viento más al norte, ya en la ciudad. Pero estos recuerdos de la abuela sembraron en nosotros nuevas dudas, pues algunos de los panes tradicionales a los que acabo de referirme –esos de la zona entre Lugo y Orense– eran aún de miga densa, como los que describía ella, pero no como los que encontrábamos bajo la rubrica “pan gallego” en internet y en las webs de las tiendas de delicatessen de toda España. Indagamos un poco más. Los trigos de producción autóctona, además de caros y difíciles de encontrar, hacían harinas de poca fuerza (no hinchaban), así que, aún en el caso de poder introducir un porcentaje de esas fariñas da terra en la masa, para elaborar el “pan gallego” arquetípico (esponjoso y vendible, en resumen) el porcentaje mayor tenía que ser de harinas fuertes producidas “fuera”.
Sensibles a aquella demanda creciente, y, de un modo más general, como nos pasaba a todos, a la suave presión identitaria y ecológica –que parecían confundirse: vivamos como galegos, comamos como galegos, y no le dábamos más vueltas– mis padres tomaron entonces la decisión de instalar gas natural, menos contaminante que el carbón de las centrales térmicas; comprar un Horno Rotativo con Solera Refractaria (hornos Revent, Zurich), que hacía panes artesanos “como los de antes”; y, por último, aumentar tanto como se pudiera el porcentaje de trigo “Callobre”, autóctono certificado, pero que, siendo realistas, era todavía muy escaso (acababan de empezar a sembrarlo de nuevo, por Xinzo y por ahí, con ayudas de la Xunta) y de baja fuerza panadera. Mientras tanto, mientras esas espigas crecían y se multiplicaban, y mientras se buscaba por las cuatro provincias una improbable variedad de trigo con el pedigrí impoluto –como el referido Callobre– pero con el que se pudieran obtener harinas fuertes (¿y dónde la encontrarían, si el “pan de por aquí”, el que aún recordaba vagamente mi abuela, no las necesitaba, dijera lo que dijera google?), habría que seguir comprándole los sacos a nuestro distribuidor de siempre, un tal Arsenio, que los subía todas las semanas desde Villalobón.
Nos dieron un crédito a quince años en la oficina de ING de Arteixo. Aunque el coste de instalación del gas era prohibitivo, como el kw/h –hecha la equivalencia con el m3 de gas– era tres veces más barato que el de la eléctrica, los números salían, al menos a diez o doce años vista, y siempre y cuando se mantuviera el ritmo de ventas de aquellos años. Todo empezó a cuadrar. Y así, gracias al dinero holandés, la tecnología suiza, el gas natural argelino, la masa madre belga, y las harinas fuertes de Palencia, en verano de 2007 conseguimos hornear, por fin, nuestro primer pan gallego.

C.C.Couto, Perfiles de cebra, pp. 133-136

O Nabo Gigante

(Los narradores van sin prisa. Para el que no pueda aguantar el ritmo de una clase de infantil – atención: SPOILER!- : avance hasta el minuto 8, con la aparición del ratinho esfameado, que es quien conseguirá solucionar el problema)

Hay muchas versiones por la web. Entre ellas, la menos lírica y +abiertamente política del fabuloso Pohadky (Praga, 1958), que no parte de A.Tólstoy, sino de una versión más esquemática (sin tantos animales, sin el fiestón final…) y que cambia al anciano protagonista del cuento (el tierno Don Xosé/Zé del vídeo de arriba)  por un avaro capitalista sin entrañas.

http://www.uloz.to/live/xp6qJacE/pohadky-zasadil-dedek-repu-jiri-trnka-animovane-avi

Cinco minutos

El tractor de Anastasio LRO se compró en noviembre de 2006. Durante la primavera siguiente nos dedicamos a discurrir (y ejecutar) un sistema de drenaje para las dos tablas/terrazas de arriba. El antiguo propietario, Anastasio, venía casi todos los días a ayudar, con el tractor o con los brazos, y a veces se traía a algún amigo.

23 de febrero de 2007:

“…Antonio “Totano” tiene de segundo mote “el alemán” porque -como me explica él mismo- “me a-atranco al hablar”.  Tartamudea, “se enga-tilla”, le dice Anastasio en las barbas, “no le entiende ni su madre”.  Uno ya ha cumplido los 65, el otro alguno más, y los dos parecen mayores.
La única vez que Totano se subió a un barco fue hace 50 años, para cruzar el estrecho con todos los reclutas de su quinta, rumbo a Ceuta. Tampoco Anastasio sabe gran cosa del mar. Hace poco su mujer se emperró en apuntarlo a una excursión que organizaban en la parroquia. Todos juntos hasta Santiago de Compostela, en autobús. Se acercaron a visitar La Coruña, e incluso Noia, pero de aquella visita él sólo recuerda lo grandes que eran las raciones en los bares. El mar le da lo mismo.
Como cada vez que le veo, Anastasio me habla dos, tres, cuatro veces de su padre y sus hermanos mayores. Como éstos ya “estaban grandes” y se iban por ahí a ganar un jornal, el padre lo llevaba a él, que sólo tenía seis años, a pasar la noche a LRO. Dormían juntos en una choza, “aquí, donde aparco el tractor”, abrigados del viento por un rodal de melojos que aún existe.  Por la mañana, cuando Anastasio se despertaba y buscaba a su padre junto a él, sobre las pajas, nunca lo encontraba. Cien veces me ha contado la escena. Se despertaba y se echaba a llorar, porque otra vez estaba solo. Porque su padre se había ido a buscar “un conejo para el desayuno”. Con pocos años más ya iba Anastasio con dos burros cargados de uvas por el sendero de LRO. Que entonces -como me recuerda con frecuencia- no era más que un senderito estrecho, cerrado. Cada burro cargaba noventa o cien kilos de uvas. Y él iba y venía, iba y venía, iba y venía, hasta que llevaba al pueblo los “15.000 kilos” que producían las dos fincas (LRO y la otra, que le compró un argentino; “ése que vende camisetas en el Rastro”; Anastasio, que es coqueto, le ara las viñas a cambio de unas modernas camisetas sin mangas). …Y cuando él tenía trece años, un día, vió a su padre llorando. Había querido levantar un capacho cargado hasta arriba de uvas y no había sido capaz. Lloraba  el hombre, sentado en una piedra. “En esa piedra de ahí” (Anastasio tiene el prurito de la exactitud; le gusta calcular la producción de uvas en decenas y unidades, no en miles ni cientos).  Y entonces Anastasio cogió el capacho al vuelo y lo subió hasta la terraza de arriba. “Mi padre lloraba porque se hacía viejo”, me explica. “Era un sentimental”.  Y otra vez se le llenan los ojos de lágrimas a él, al hijo, cincuenta  y tantos años después, sin darse cuenta de que ya me ha contado la misma historia muchas veces.  Como la otra, casi tan repetida, de cuando  acusaron falsamente a su padre de haber robado unas patatas, porque -decía el guardia civil instructor del caso- había dejado “una huella que coincidía con la de su alpargata”, y le había dado una bofetada en público, y lo que lloraron después todos en casa, “¡Porque era mentira!”, grita Anastasio, rabioso, dándose con el puño en la pierna. Ya mayor, buscó hasta debajo de las piedras al maldito guardia civil, y finalmente dió con él. Lo habían destinado a un pueblo cerca de San Lorenzo. “¡Vengo a matarte!, le dije”. Pero lo que  encontró  aquel día fue a un viejo tembloroso, sentado al fondo de una tasca, sin uniforme.  No veía bien, se estaba quedando ciego. Y él, que iba a decidido a vengar a su padre, acabó tomándose un vino en silencio.
Su padre murió hace treinta años. “Daba este brazo -dice Anastasio, estirándolo bien delante de él, delante de mí-  por volver a verlo cinco minutos “. Otras veces da “esta pierna”. Otras veces, lo que fuera. “Con cinco minutos me conformaba…”, musita mirando al suelo, sin acabar de creerse que no haya forma de arreglarlo.

Hoy hemos conseguido arrancar, por fin, el viejo tubo del desagüe (atascado),  aunque todavía han quedado algunos trozos de PVC enterrados. “To-totano” vino a ayudar. Casi no puede con el alma, pero ahí sigue, dándole a la azada dentro de la zanja. Le he pagado cincuenta euros, lo que Anastasio dijo. Terminamos la zanja de la terraza grande y llevamos algunos capachos con grava a la de arriba.  Ellos se fueron a las seis. Yo me quedé un rato más, cortando las zarzas del arroyo.
Lloviznó toda la tarde.”

El tractor de Anastasio                                 (Anastasio y uno de mis sobrinos,  marzo de 2009)

Coles Goldberg

col chinaBrattleboro, hacia 1985. La pianista Zhu Xiao-Mei, exiliada china en los EEUU,  trata de salir adelante trabajando en lo que puede (baby-sitter, camarera, profesora de solfeo, empleada de hogar…) . Ya ha hecho algunos contactos, también en Europa. Pero no tiene dinero, ni visado, y su edad ya no es la de una principiante (anda por los 35). Xiao-Mei busca trabajo sin descanso. Aprovecha cada minuto libre para estudiar a Bach.

“…Lo que sí sabía es que acababa de hacer el descubrimiento musical de mi vida. Las Variaciones Goldberg llenaron desde entonces mi existencia. Todo está en esa música: se puede vivir sólo con ella. La primera variación me da coraje. La segunda me hace sonreir, y cantar la tercera…danzar la vigésimo cuarta, con su aire de polonesa…meditar la número quince, y la veinticinco…
Después llega la última variación, la número treinta,  ese famoso “Quodlibet” , que me parece una especie de himno a la gloria del mundo. Cuanto más la trabajo, más me conmueve. Bach, al mezclar dos canciones populares –formando con ellas la osatura de la variación- alcanza la cima de su arte: lo profano da nacimiento a lo sagrado, como el más sabio contrapunto hace nacer la simplicidad más absoluta. Un día descubro el título de una de esas dos canciones populares utilizadas en esta variación: “Coles y nabos me han hecho huir/ si mi madre hubiera preparado carne, me habría quedado más tiempo…” (“Kraut und Rüben haben mich vertrieben..”). ¿Qué vienen a hacer las coles a esta variación sublime?.  Al mismo tiempo, ¿cómo no pensar en esas coles de Zhangjiako que teníamos que ir a cosechar a los campos, y que yo encontraba día tras día en mi escudilla?. Es un signo del destino. Todavía hoy, cada vez que escucho esta última variación, veo aparecer delante de mí las áridas y mortecinas extensiones de Zhangjiako…(1)”

Zhu Xiao-Mei, La rivière et son secret, Ed.Laffont, Paris  2007, p. 266

NOTAS
(1) Xiao-Mei, pasó cinco años de su vida (de los 20 a los 25) en diferentes “campos de reeducación” de esta región, al norte de la provincia de Heibei, en la Mongolia interior. La Revolución Cultural puesta en marcha por Mao en 1968  prohibió todo contacto con la cultura occidental, incluída la música clásica, y sólo al final, en el último de esos campos de trabajo, cuando ya las consignas maoistas empezaban a aflojar,  Xiao-Mei y sus compañeros se las apañaron para hacerse con un piano y  conseguir algunas partituras.

La col de la foto es una Brassica campestris L. pekinensis, que aparece en los catálogos de semillas como “pe-tsai”. Tiene un aire con las lechugas romanas, pero es una col. Una col china.

Una playa y unas rocas

piedras playa san pedro

En una playa de la Costa da Morte, repantingada al sol en lo alto de las rocas, leí entre los 9 y los ¿15? años los libros más importantes, los que nunca se olvidan, y no porque sean especialmente buenos – que no lo son- sino porque se leen con una furia loca que sólo se puede tener a esa edad.  Ese batiburrillo de lecturas, en el que conviven sin estorbarse  Mortadelo y Simone de Beauvoir (por ejemplo), termina educándote  el oído, enseñándote a poner más o menos bien los puntos  y las comas, y abriéndote la puerta (aunque de esto no te das cuenta hasta más tarde) al único refugio seguro, personal e intransferible, que pase lo que pase, caigas donde caigas, tendrás a lo largo de tu vida.
En esta playa de la Costa da Morte los niños hacíamos naves espaciales utilizando los palos, botellas, redes,  trozos de plástico, que llegaban con las olas. Cuando nos cabreábamos unos con otros (lo habitual al final del día), nos liábamos a patadas con las naves enemigas… y todo el fuselaje volvía al mar. A veces llegaban cadáveres de delfines. Olían muy mal, y a alguno hubo que enterrarlo en la arena. Otras veces llegaban cosas más insólitas. Un obús, por ejemplo, que vinieron a llevarse unos militares de La Coruña.  En otra ocasión –la más celebrada en nuestros recuerdos-   mi madre y la vecina encontraron un muerto. Sin cara, muy destrozado. Un secretario del juzgado vino a levantar acta. Y después se lo llevaron, como el obús, a La Coruña. No volvimos a saber de aquel hombre, que ni fue identificado ni nadie reclamó.

En esta misma playa mi padre nos enseñó a colocar unos sedales con cebo (miñocas bien gordas) sujetos con una piedra en la línea de la marea baja.  Nunca jamás pescamos nada, por descontado, aquello era una completa “toleada”. Pero en una ocasión quedó prendida una gaviota. Nos la llevamos a casa sin dudarlo un segundo. Le quitamos el anzuelo del gaznate y la dejamos descansando en el garaje, con un platillo lleno de agua y restos de comida. La gaviota se puso bien enseguida, ¡y resultó tener un genio de mil demonios!: cuando nos asomábamos a ver cómo iba, la muy bruta  se echaba a Dios, chillando y aleteando y amenazando con mordernos.  En cuanto le dimos el alta médica (creo recordar que ya al día siguiente) nuestra gaviota se marchó sin mirar atrás, volando con energía mar adentro.
En esta playa de la Costa da Morte (en la bajada a la playa, mejor dicho:  https://laramadeoro.com/2012/08/15/brezos-brecinas-queirugas/ ) aprendí, ya veinteañera, a distinguir las gramíneas más comunes y las diferencias  entre unos y otros tipos de brezo. Una vez me llené el bolsillo del pantalón de semillas de Briza minima, y después las sembré en una maceta, en el alféizar de la casa de Madrid.  Mis perros, en particular estos últimos, que son castellano-manchegos, disfrutan como locos bajando a la carrera por ese prado, y escarbando después en la arena húmeda de la orilla.
A esta playa se acercaban con frecuencia los percebeiros furtivos.  Un día uno de ellos me confundió con  alguien de la Xunta, quizá alguna inspectora del Concello, no sé.  Yo bajaba por el camino, con los perros,  e hice como que no le veía ( confieso que no me paré a pensar si aquello estaba bien o mal). Pero él  también me vió a mí. No había nadie más en la playa, era tempranísimo. Como alma que lleva el diablo, el furtivo soltó la redecilla que tenía en la mano y desapareció “súbito” monte arriba, escalando las mismas rocas por donde, imagino, había bajado.  Yo me quedé leyendo un buen rato, acurrucada en la arena al pie de las rocas.  Los perros se bañaron y anduvieron por ahí husmeando. Subió la marea, cerré el libro, y, sin pensármelo dos veces, eché mano de aquella redecilla que iba a llevarse el mar.  Kilo y medio de hermosos percebes, que mi madre coció  en un visto y no visto –casi tan rápido como el furtivo escaló el monte- con un poco de sal y unas hojas de laurel.
Pasaron los años. Del Concello mandaron a alguien para que desbrozara el camino de bajada a la playa. Hasta entonces lo habían mantenido franqueable las dos vacas de una señora de la aldea (siempre vestida de negro, siempre triste, huraña). La señora se murió, y no sabemos qué pasó con las vacas.  Con el tiempo los del Concello instalarían también unas escaleras, una especie de cajones de madera  rellenos de tierra compactada con cal. Quedaron bien. Pero a mí me hubiera gustado que, ya puestos,  instalaran también un contenedor de basura en la parte alta del camino, y que vinieran a vaciarlo una vez a la semana, etc.. No lo trajeron, pero sí uno de esos paneles informativos, tan vistosos.

Y en ésas andábamos cuando, una noche de noviembre de 2002, un viejo barco (fabricado en Japón, propiedad de una compañía de Liberia, con bandera de Las Bahamas, registrado en Grecia, asegurado en Londres) cargado de fuelóleo (propiedad de una compañía rusa, con sede en Suiza,), procedente de Letonia y con destino Singapur…
se partió en el mar y cubrió de negro la playa.

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Once años después, las rocas siguen negras. La foto es de hace dos meses. Sí, es verdad que vuelve a haber mejillones. Pocos, pero empieza a haberlos. También se ven algunas de esas anémonas verdes y rojizas que siempre me han recordado la fruta escarchada de los roscones de Reyes. No he vuelto a ver cangrejos, ni lorchos, esos peces feísimos que antes nadaban en todas las pozas de la playa. Pero no me atrevo a decir que no los haya. Quizá tendría que buscarlos con más afán. Eso sí: antes estaban ahí siempre, sin necesidad de llamarles para que vinieran. Vuelve a haber percebes, es verdad (… y sería bueno que ni los furtivos ni las vecinas sin conciencia, como la que esto escribe,  fueran a meterles mano).  A veces se ven correlimos, u otros pájaros parecidos que no puedo distinguir sin prismáticos, correteando por la orilla. Pero menos, muchos menos que antes.  Y ahora me parece mentira, teniendo en cuenta que yo bajaba sobre todo a leer, lo bien que lo recuerdo todo: la de tesoros escurridizos y viscosos que crecían entre las grietas, la cantidad de pájaros que había, lo mullidas que estaban las rocas, al trepar por ellas descalza, porque había alfombras de “herba de namorar”  cubriéndolas.

Las escaleritas de madera se han deteriorado mucho, y en el Concello ya no hay dinero para arreglarlas.  Las hierbas se van enseñoreando de ellas poco a poco. Pero a los turistas no parece importarles. De hecho, cada año vienen más, y quizá porque no tienen recuerdos, a ellos esas piedras negras no les dicen nada.  Creerán que la playa siempre ha sido así.  

Mil olivos en un glaciar

Última semana de junio 

Karte_Kanton_Wallis copia


Cantón del Valais (Wallis). Vinos de primera. La línea azul es el Ródano.

El  Gran Glaciar de Aletsch, a pesar de su retroceso, sigue siendo el mayor de los glaciares alpinos. Empieza en el  Monte Jungfrau, en el corazón de los Alpes Berneses,  y termina 23 kilómetros más abajo, no lejos del Ródano.  Para verlo cómodamente hay que subir en teleférico (o a pie, si a uno le da por ahí) los tres mil metros del Eggishorn, el pico que se levanta justo enfrente.  El teleférico sale de la estación intermedia de Fiesheralp. A ésta se llega, también en teleférico, desde Fiesch. A Fiesch se llega en tren o autobús  desde Brig. A Brig se llega en tren desde cualquiera de las grandes capitales suizas. Por ejemplo, desde Ginebra,  a dos horas y media de distancia. O italianas: desde Milán, atravesando el Simplon, que arranca precisamente de Brig.  (Naturalmente, todos estos trayectos pueden hacerse en coche hasta la misma cabina del teleférico. Pero el transporte público es muy bueno y no especialmente caro. Con un abono de transporte el descuento es del 50%, teleférico incluido)

Glaciar de Aletsch+nieblaAl bajar del teleférico en Eggishorn una niebla muy espesa  lo cubría todo. No se veía ni el glaciar ni ninguna de las cumbres de cuatro mil metros que se van repartiendo tras él.  A pesar de estar terminándose junio la nieve seguía ahí, incluso en Fiescheralp, en el límite del piso subalpino, que por estas fechas –según juran y perjuran todos- siempre está cubierto de gencianas, violetas, ranúnculos, pulsátilas… Caminamos por una pasarela hasta el refugio de madera, esperando que en algún momento  se levantara un poco la niebla.  La típica cabaña de montaña, con su banderita suiza, donde sirven cafés y venden cuatro postales. Un hombre de mediana edad, fortachón, pelo rapado y pendiente en la oreja derecha, nos preparó enseguida un capuchino. ¿Italiano, español…?, preguntó al oírnos mientras accionaba la cafetera.

Yo soy de Jaén –nos dijo, volviéndose con una taza en cada mano-. Y tengo mil olivos.

Y así, sin transición,   acodado en la barra de madera,  olvidado por completo el glaciar, empezó a contarnos la historia de su pueblo y de sus árboles. Llevaba ya unos años trabajando en Eggishorn.  La temporaba empezaba el 16 de enero y terminaba el 22 de octubre. Ese mismo día echaba el cierre a la cabaña y se volvía a todo gas a España. Los meses de invierno los necesitaba, precisamente, para arar el olivar antes de la cosecha,  cosechar, y dejarlo todo bien abonado y mejor o peor podado. Abono químico, “todo químico”, afirmó. “Lo echo un poco pronto pero tiene que ser así”. Lo importante era dejar las aceitunas en la cooperativa antes de volverse a Eggishorn. Tenía –tiene- su propio tractor y sus propios aperos. Discutimos un poco lo de si era bueno arar o no. Me contó que sus olivos estaban en llano, que él araba regularmente, “como siempre se había hecho”, pero que en algunas fincas en vez de arar pasaban el  “rotovator” (creo que no le parecía concebible ninguna otra opción). Él veía un problema: que con el rotovator las hierbas volvían a salir a los dos días…Le dijimos que estaban en flor los olivos, y que era un año fantástico.

-Lo sé. Me manda fotos mi mujer por internet. También por el sur ha llovido. Pero nosotros tenemos riego desde hace unos años…

 .. Y no  como los del pueblo vecino -siguió contando-que no querían, no querían, “y ahora ven nuestra producción y  dicen que sí quieren, ahora que ya no hay dinero, nada, ni un duro para la subvención… “. Nos dió muchos detalles sobre el coste y la amortización de la obra de regadío. Hablando mucho y muy rápido, como quien sólo tiene un pensamiento en la cabeza, un pensamiento fijo cuyos detalles repasa con todo cuidado  (por ejemplo, a qué hora echaba el candado el 22 de octubre), nos contó  la situación del mercado del aceite, cada vez peor pagado, y también el desastre  de la gran producción. Pueblos que eran hectáreas y hectáreas y hectáreas de invernaderos. Moros, senegaleses, lituanos… y plástico, plástico, plástico, a una escala tal que los antiguos habitantes, sintiéndose en la luna, vendían la casa y se marchaban. Llegó la esperada retahíla: que para lo que pagaban en los invernaderos, muchos preferían quedarse en la cama y cobrar el subsidio. Pero claro, ¿y luego qué…?.  Y de ahí pasamos al nihilismo.  Afirmó categóricamente que la crisis  no había empezado “todavía”,  qué crisis ni qué crisis, y que….

(En ese momento ya había empezado a deshacerse la niebla. Lentamente.  Nos habíamos sentado con el café en una mesita en la puerta de la cabaña, de espaldas al glaciar, y ya sentíamos el sol en el cuello.  Nuestro hombre se sentó también y siguió contándonos.)

Su aventura con los calabacines. No sé si dijo que había plantado ¿mil o dos mil matas?. Pero que, haciendo cuentas, había perdido unos mil ochocientos y pico euros (recordaba las cifras exactas de todo),  porque “el hijo de la gran puta que llegó en el jaguar” –procedente de cualquier  multinacional de todos conocida- les pagó a ocho céntimos el kilo. ¡Ocho céntimos el kilo!.

¡Ocho céntimos de euro el kilo de calabacín!

(La niebla se levantó definitivamente, quizá asustada por nuestras exclamaciones. Hubo que quitarse la zamarra y hasta la chaqueta.)

… Y eso que sólo vendían calabacín de primera y segunda clase. Los de tercera, no –y al hablar hacía el gesto de estar seleccionándolos y tirándolos a un lado. Pero claro, luego llegaban al hiper y se encontraban los calabacines de tercera clase, ¡los desechados!… en venta y a 78 céntimos el kilo. Una locura.  Fue entonces cuando llamó a su antigua jefa –pues de joven había estado por Suiza, con un tío suyo- y le preguntó si había algo para él.  Allí le pagan bien –y unos francos extra de los clientes, todos los días-. Le pagan también el hotel, en la estación de Fiescheralp.

(No sé de dónde había salido, pero ahora teníamos un sol redondo,  grande y generoso como el de Andalucía, dándonos de lleno en la cabeza. Llegó el nuevo funicular, cargado de japoneses y holandeses, y el camarero tuvo que levantarse  a atenderles.  )

eggishorn+solEntonces aprovechamos para  girarnos y ver por fin el glaciar. Paseamos un poco, hundiéndonos en la nieve y mojándonos mucho los pies. Sacamos algunas fotos. Rebuscamos en vano alguna genciana por la orilla de la pasarela, allí donde se derrite antes la nieve. Cuando llegó el momento de coger el funicular de vuelta, entramos a darle un beso de despedida al camarero. Se lo dimos. Le deseamos de todo corazón que pudiera volver pronto a casa. El nos dijo entonces, plantado en la puerta de la cabaña, con los brazos cruzados sobre el pecho, como un hombretón de las películas de John Ford.

– Yo esto lo hago por mi hija, sabéis. Está separada, y muy malamente…. Sola no puede pagarse el piso y yo se lo avalé al comprarlo. Si yo me vengo aquí  nadie se queda en la calle. Calculo que en un año, entre el sueldo y las propinas, termino de pagarlo todo.

Cogimos en silencio el funicular.  Hicimos un alto en Fiescheralp y conseguimos fotografiar gencianas. En la segunda imagen  se ve en primer plano una Viola alpina. Detrás, un niño llamando a su perro, un cachorro que ha salido corriendo, desbocado y feliz,  con la correa en la boca.

genciana alpinaviola+perro+niño

¿Tendrá nietos el camarero de  Eggishorn?, nos preguntamos. Quizá sí.   Hablará con los suyos a diario, le mandarán fotos.  Pero   cuando la niebla no quiere levantarse, y  hay que palear la nieve para llegar a la cabaña, y el día no se termina nunca, y hace un frío de mil demonios, yo creo que  lo que él ve delante,  en medio y medio del glaciar, son sobre todo sus mil olivos, cuajaditos de aceitunas.

NOTA
No sé si hay alguna posibilidad de que este hombre lea el post algún día. Si así fuera, espero que no le parezca mal que se lo dedique.  Cuento su historia  como  él nos la contó, con la misma confianza. Le agradezco la compañía que nos hizo, su calidez y su buen humor. Le pido mil disculpas por mi floja memoria y las posibles inexactitudes (el “hijo de la gran puta”, ¿llegó en un jaguar o  en un ferrari…?). Y si en algún párrafo me he tomado libertades excesivas (el último, por ejemplo), bastará con hacérmelo saber y corriendo lo suprimo (o el post entero).

California

360px-Eucalipto_GaliciaMi abuelo llamaba California a su cuchitril de La Grela (barrio industrial al sur de La Coruña).  Tenía un sofá  desvencijado y varios armaritos que había ido apañando aquí y allá, cada uno de un color, sin tiradores ni nada. En una esquina, una pila de manzanas. En otra esquina, una pila de patatas. Para nosotros, sus nietos, que por entonces  éramos rapaces, aquello era el ideal de vida. Un grifo pegado a la pared, un retrete con su pozo negro y todo, un banco en la puerta, cajas de botellas bien ordenadas esperando a ser reutilizadas. El novamás era el alambique, en el que hacía un orujo de hierbas finísimo, según recuerdo que comentaban los adultos. Usaba el bagazo de las uvas de San Vicente, la aldea en que había nacido (y en la que conservaba otro terreno, después vendido): “mal vino, buen orujo”, sentenciaba. Otro artilugio que nos entusiasmaba, hasta el punto de provocar peleas entre nosotros, era el embotellador. Uno colocaba las botellas,  otro bajaba la palanca para empujar el corcho, y un tercero pegaba las etiquetas. Creo que también embotellaba vino comprado a granel, y lo mismo -pero en envases de plástico- con el aceite de colza. Las botellas se iban después al “almacén de coloniales” que el abuelo tenía en la calle Juan Flórez  (ahora hay un gimnasio). Allí, como en el chabolo, siempre olía a una mezcla de aceite, vinagre, bacalao, manzanas, y gasolina.  Con el añadido, en California, del olor de los eucaliptos y  el tufo que subía desde la refinería cuando soplaba viento del sur.  Todas esas cosas y muchísimas más (conservas, linternas, lapices, escobas, etc, etc), las vendía después por los bares y pequeños colmados de la Costa da Morte.
Al abuelo le encantaban las camelias, que por entonces no debían de ser tan fáciles de encontrar. Tenía varias, plantadas muy cerca de la pared. Y muchos rosales, todo muy junto y muy mezclado. Unas judías, unas lechugas.  Lo recuerdo timbrando en el portal de casa de mis padres, a última hora de la tarde. Traía una o dos cajas de patatas, que descargaba en un momento mientras sujetaba la puerta del ascensor con una pierna, y  un ramo enorme de camelias o de rosas para mi madre. Siempre era igual. Nosotros cenando en la cocina, con los pijamas ya puestos, y el abuelo todo sucio de tierra, que llegaba corriendo, nos daba un beso y desaparecía.  California. ¿Desde cuándo llamaría así a aquella chabola llena de flores, hortalizas, trastos y orujo, que sobrevolaba las instalaciones de Repsol en las afueras de la Coruña?.
Mi abuela, que no quería saber nada de aquel tinglado, intentó vender el monte al poco de morir él, aprovechando el rumor de una inminente recalificación…La operación quedó en nada. Un buen día uno de mis tíos encontró instalados en California a una familia de gitanos, o de rumanos, no sé. Con niños y animales  (así me lo contaron), e imposibles de desalojar. Poco más o menos en el momento de la “ocupación” la parte baja del monte, propiedad del concello de Arteixo (creo), sí empezaba a edificarse. Y en ella levantaba sus instalaciones…IKEA, ni más ni menos, con el centro comercial adosado de rigor. repsol Coruña
A mi abuela se le ha ido la cabeza hace tiempo. Por suerte, nadie se interesa ya mucho por aquel terreno olvidado. Y  mientras las infraestructuras de acceso a La Grela se han modernizado de la noche a la mañana, y hordas de ciudadanos corren raudos cada fin de semana al centro comercial, allá arriba, entre los eucaliptos, alguien que no tiene otro sitio a donde ir mantiene ocupado el chabolo, el lodazal, la tierra chamuscada por la contaminación del polígono… y quizá considere aquel rincón, su rincón,  equiparable a California.

NOTAS

No tengo fotos. Supongo que a nadie de la familia se le ocurrió nunca inmortalizar aquello. Estas que he subido   proceden de wikipedia y de atlantico.net
Mi hermana mayor conservó el codiciado embotellador. Hace un par de años me lo regaló, para que lo llevara a LRO. Aquí lo tengo.

Can de palleiro

Otoño 2012

Estos son los tres chuchos que salen constantemente en las fotos de LRO. En parte por ellos, y en parte por los jabalíes, las huertas están cerradas. Nuestra intención siempre fue que los animales salvajes pudieran entrar libremente en la finca: es decir, mantenerla de par en par abierta. A cambio, había que proteger las patatas, lechugas, y demás. LRO se convirtió así en una finca abierta con cinco pequeños cercados en su interior.

La que está saltando es Xela. Es muy guapa pero no muy lista. Unas gotas de sangre de setter le hacen ser inquieta y saltarina. La adoptamos en un albergue de Madrid en abril de 2009. Ya era una perra adulta, de cinco o seis años. Había aparecido corriendo, una noche de febrero (es decir, al terminar la temporada de caza), por los alrededores de una gasolinera Shell. En el albergue la llamaron así: Shell, y mi hermana convirtió el nombre en Xel-a (diminutivo gallego de Angela). Tenía un enorme tumor perianal. Y un miedo patológico (¡terror!) a los tiros.
El siguiente es Pancho. Lo adoptamos en un albergue próximo a Lieja hace diez años. Pero sus ancestros son de por aquí…Los voluntarios de este albergue belga se dan todos los años una vuelta por las perreras más cercanas a la frontera con Francia y se llevan algunos animales: “les plus miserables”, nos dijeron. Entre ellos, en un albergue de Reus, estaba la madre de Pancho con él en la barriga. En casa es, con mucha diferencia, el que más manda.

Y así llegamos a Ceibe, el perro gordo y negro de la esquina. El más palleiro de los tres. El más querido, el mejor.

Ceibe nació en invierno, en una cuneta, detrás de una gasolinera de la A2. A los cuatro meses el dueño del área de servicio llamó a la perrera de Azuqueca (donde no se andan con bromas) para que los sacaran de allí. Cogieron a su madre y a sus hermanos, pero él salió disparado y se puso a salvo atravesando un campo de cebada -contíguo a la gasolinera- que lo camuflaba por completo. Lo atropellaron dos veces. Cuando lo vimos tenía ya siete u ocho meses. Era bastante grande, y negro como el carbón. La cebada estaba segada: imposible seguir escondiéndose. Pasaba cojeando entre los camiones y los surtidores, pero salía zumbando sin mirar atrás si alguien se le acercaba. La historia de su nacimiento me la contó una de las empleadas de la gasolinera. Esta misma persona, con la que estaré en deuda toda mi vida, nos ayudó durante más de un mes, día tras día, a ponerle comida siempre en el mismo punto, detrás de un cedro. La primera vez que intentamos cogerlo -con una jaula trampa que nos prestaron en el albergue- el perro ni apareció. Cargamos la jaula y volvimos a los pocos días. Tres horas nos tuvo entonces dando vueltas a la jaula sin atreverse a entrar. Al final, cayó… Se hizo de todo en la jaula. Lloró, lloró, lloró y chilló sin parar hasta que llegamos con él al albergue. Allí se portó muy mal desde el primer día. Intentaba morder a todo el que se le acercaba, guardeses y veterinarias incluidas. Empecé a sentarme a su lado, en silencio y sin mirarle,  sin apenas moverme. Dejó de gruñirme. Un día llevé un libro. Me senté donde siempre, en la esquina de la jaula, y empecé a leer en voz baja (Todos mienten, una novela de Soledad Puertolas).  Cuando se la terminé, unos días después, ya me dejaba sentarme a su lado. Empecé a leerle otra…Bueno, un mes más tarde se dejó tocar por primera vez en su vida. Se enfureció, como era previsible, cuando intentamos ponerle un collar y una correa. Pero acabó aceptándolo todo. Una de las heridas se cerró bien, pero la otra, la de la pata de delante, no tenía ya remedio (codo roto y mal soldado:  una ligera cojera  de por vida, suavizada con analgésicos en los días malos). Esas navidades ya estaba en casa. Seis o siete meses después me dió por primera vez un buen lametón en la cara.  Es sociable, inteligente, bueno, obediente, tranquilo. A estas alturas, no puedo ni imaginar cómo sería mi vida -cada despertar- sin ese perro a mi lado.

NOTAS
He mencionado mi deuda eterna con Lola, empleada de la gasolinera de la A2. La deuda ha de hacerse extensiva a toda la gente de ANAA, por supuesto, el albergue que acogió a Ceibe y a Xela. A pesar de las largas listas de espera (vivimos en Madrid, no en Oslo…), y de los problemas de todo tipo que tienen que solucionar para poder dar salida a tantos animales,  aceptaron recoger a Ceibe, que estaba en una situación de alto riesgo, en un plazo de tiempo muy corto.

“Ceibe” en gallego quiere decir “libre”.