Cinco minutos

El tractor de Anastasio LRO se compró en noviembre de 2006. Durante la primavera siguiente nos dedicamos a discurrir (y ejecutar) un sistema de drenaje para las dos tablas/terrazas de arriba. El antiguo propietario, Anastasio, venía casi todos los días a ayudar, con el tractor o con los brazos, y a veces se traía a algún amigo.

23 de febrero de 2007:

“…Antonio “Totano” tiene de segundo mote “el alemán” porque -como me explica él mismo- “me a-atranco al hablar”.  Tartamudea, “se enga-tilla”, le dice Anastasio en las barbas, “no le entiende ni su madre”.  Uno ya ha cumplido los 65, el otro alguno más, y los dos parecen mayores.
La única vez que Totano se subió a un barco fue hace 50 años, para cruzar el estrecho con todos los reclutas de su quinta, rumbo a Ceuta. Tampoco Anastasio sabe gran cosa del mar. Hace poco su mujer se emperró en apuntarlo a una excursión que organizaban en la parroquia. Todos juntos hasta Santiago de Compostela, en autobús. Se acercaron a visitar La Coruña, e incluso Noia, pero de aquella visita él sólo recuerda lo grandes que eran las raciones en los bares. El mar le da lo mismo.
Como cada vez que le veo, Anastasio me habla dos, tres, cuatro veces de su padre y sus hermanos mayores. Como éstos ya “estaban grandes” y se iban por ahí a ganar un jornal, el padre lo llevaba a él, que sólo tenía seis años, a pasar la noche a LRO. Dormían juntos en una choza, “aquí, donde aparco el tractor”, abrigados del viento por un rodal de melojos que aún existe.  Por la mañana, cuando Anastasio se despertaba y buscaba a su padre junto a él, sobre las pajas, nunca lo encontraba. Cien veces me ha contado la escena. Se despertaba y se echaba a llorar, porque otra vez estaba solo. Porque su padre se había ido a buscar “un conejo para el desayuno”. Con pocos años más ya iba Anastasio con dos burros cargados de uvas por el sendero de LRO. Que entonces -como me recuerda con frecuencia- no era más que un senderito estrecho, cerrado. Cada burro cargaba noventa o cien kilos de uvas. Y él iba y venía, iba y venía, iba y venía, hasta que llevaba al pueblo los “15.000 kilos” que producían las dos fincas (LRO y la otra, que le compró un argentino; “ése que vende camisetas en el Rastro”; Anastasio, que es coqueto, le ara las viñas a cambio de unas modernas camisetas sin mangas). …Y cuando él tenía trece años, un día, vió a su padre llorando. Había querido levantar un capacho cargado hasta arriba de uvas y no había sido capaz. Lloraba  el hombre, sentado en una piedra. “En esa piedra de ahí” (Anastasio tiene el prurito de la exactitud; le gusta calcular la producción de uvas en decenas y unidades, no en miles ni cientos).  Y entonces Anastasio cogió el capacho al vuelo y lo subió hasta la terraza de arriba. “Mi padre lloraba porque se hacía viejo”, me explica. “Era un sentimental”.  Y otra vez se le llenan los ojos de lágrimas a él, al hijo, cincuenta  y tantos años después, sin darse cuenta de que ya me ha contado la misma historia muchas veces.  Como la otra, casi tan repetida, de cuando  acusaron falsamente a su padre de haber robado unas patatas, porque -decía el guardia civil instructor del caso- había dejado “una huella que coincidía con la de su alpargata”, y le había dado una bofetada en público, y lo que lloraron después todos en casa, “¡Porque era mentira!”, grita Anastasio, rabioso, dándose con el puño en la pierna. Ya mayor, buscó hasta debajo de las piedras al maldito guardia civil, y finalmente dió con él. Lo habían destinado a un pueblo cerca de San Lorenzo. “¡Vengo a matarte!, le dije”. Pero lo que  encontró  aquel día fue a un viejo tembloroso, sentado al fondo de una tasca, sin uniforme.  No veía bien, se estaba quedando ciego. Y él, que iba a decidido a vengar a su padre, acabó tomándose un vino en silencio.
Su padre murió hace treinta años. “Daba este brazo -dice Anastasio, estirándolo bien delante de él, delante de mí-  por volver a verlo cinco minutos “. Otras veces da “esta pierna”. Otras veces, lo que fuera. “Con cinco minutos me conformaba…”, musita mirando al suelo, sin acabar de creerse que no haya forma de arreglarlo.

Hoy hemos conseguido arrancar, por fin, el viejo tubo del desagüe (atascado),  aunque todavía han quedado algunos trozos de PVC enterrados. “To-totano” vino a ayudar. Casi no puede con el alma, pero ahí sigue, dándole a la azada dentro de la zanja. Le he pagado cincuenta euros, lo que Anastasio dijo. Terminamos la zanja de la terraza grande y llevamos algunos capachos con grava a la de arriba.  Ellos se fueron a las seis. Yo me quedé un rato más, cortando las zarzas del arroyo.
Lloviznó toda la tarde.”

El tractor de Anastasio                                 (Anastasio y uno de mis sobrinos,  marzo de 2009)

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Coles Goldberg

col chinaBrattleboro, hacia 1985. La pianista Zhu Xiao-Mei, exiliada china en los EEUU,  trata de salir adelante trabajando en lo que puede (baby-sitter, camarera, profesora de solfeo, empleada de hogar…) . Ya ha hecho algunos contactos, también en Europa. Pero no tiene dinero, ni visado, y su edad ya no es la de una principiante (anda por los 35). Xiao-Mei busca trabajo sin descanso. Aprovecha cada minuto libre para estudiar a Bach.

“…Lo que sí sabía es que acababa de hacer el descubrimiento musical de mi vida. Las Variaciones Goldberg llenaron desde entonces mi existencia. Todo está en esa música: se puede vivir sólo con ella. La primera variación me da coraje. La segunda me hace sonreir, y cantar la tercera…danzar la vigésimo cuarta, con su aire de polonesa…meditar la número quince, y la veinticinco…
Después llega la última variación, la número treinta,  ese famoso “Quodlibet” , que me parece una especie de himno a la gloria del mundo. Cuanto más la trabajo, más me conmueve. Bach, al mezclar dos canciones populares –formando con ellas la osatura de la variación- alcanza la cima de su arte: lo profano da nacimiento a lo sagrado, como el más sabio contrapunto hace nacer la simplicidad más absoluta. Un día descubro el título de una de esas dos canciones populares utilizadas en esta variación: “Coles y nabos me han hecho huir/ si mi madre hubiera preparado carne, me habría quedado más tiempo…” (“Kraut und Rüben haben mich vertrieben..”). ¿Qué vienen a hacer las coles a esta variación sublime?.  Al mismo tiempo, ¿cómo no pensar en esas coles de Zhangjiako que teníamos que ir a cosechar a los campos, y que yo encontraba día tras día en mi escudilla?. Es un signo del destino. Todavía hoy, cada vez que escucho esta última variación, veo aparecer delante de mí las áridas y mortecinas extensiones de Zhangjiako…(1)”

Zhu Xiao-Mei, La rivière et son secret, Ed.Laffont, Paris  2007, p. 266

NOTAS
(1) Xiao-Mei, pasó cinco años de su vida (de los 20 a los 25) en diferentes “campos de reeducación” de esta región, al norte de la provincia de Heibei, en la Mongolia interior. La Revolución Cultural puesta en marcha por Mao en 1968  prohibió todo contacto con la cultura occidental, incluída la música clásica, y sólo al final, en el último de esos campos de trabajo, cuando ya las consignas maoistas empezaban a aflojar,  Xiao-Mei y sus compañeros se las apañaron para hacerse con un piano y  conseguir algunas partituras.

La col de la foto es una Brassica campestris L. pekinensis, que aparece en los catálogos de semillas como “pe-tsai”. Tiene un aire con las lechugas romanas, pero es una col. Una col china.

Una playa y unas rocas

piedras playa san pedro

En una playa de la Costa da Morte, repantingada al sol en lo alto de las rocas, leí entre los 9 y los ¿15? años los libros más importantes, los que nunca se olvidan, y no porque sean especialmente buenos – que no lo son- sino porque se leen con una furia loca que sólo se puede tener a esa edad.  Ese batiburrillo de lecturas, en el que conviven sin estorbarse  Mortadelo y Simone de Beauvoir (por ejemplo), termina educándote  el oído, enseñándote a poner más o menos bien los puntos  y las comas, y abriéndote la puerta (aunque de esto no te das cuenta hasta más tarde) al único refugio seguro, personal e intransferible, que pase lo que pase, caigas donde caigas, tendrás a lo largo de tu vida.
En esta playa de la Costa da Morte los niños hacíamos naves espaciales utilizando los palos, botellas, redes,  trozos de plástico, que llegaban con las olas. Cuando nos cabreábamos unos con otros (lo habitual al final del día), nos liábamos a patadas con las naves enemigas… y todo el fuselaje volvía al mar. A veces llegaban cadáveres de delfines. Olían muy mal, y a alguno hubo que enterrarlo en la arena. Otras veces llegaban cosas más insólitas. Un obús, por ejemplo, que vinieron a llevarse unos militares de La Coruña.  En otra ocasión –la más celebrada en nuestros recuerdos-   mi madre y la vecina encontraron un muerto. Sin cara, muy destrozado. Un secretario del juzgado vino a levantar acta. Y después se lo llevaron, como el obús, a La Coruña. No volvimos a saber de aquel hombre, que ni fue identificado ni nadie reclamó.

En esta misma playa mi padre nos enseñó a colocar unos sedales con cebo (miñocas bien gordas) sujetos con una piedra en la línea de la marea baja.  Nunca jamás pescamos nada, por descontado, aquello era una completa “toleada”. Pero en una ocasión quedó prendida una gaviota. Nos la llevamos a casa sin dudarlo un segundo. Le quitamos el anzuelo del gaznate y la dejamos descansando en el garaje, con un platillo lleno de agua y restos de comida. La gaviota se puso bien enseguida, ¡y resultó tener un genio de mil demonios!: cuando nos asomábamos a ver cómo iba, la muy bruta  se echaba a Dios, chillando y aleteando y amenazando con mordernos.  En cuanto le dimos el alta médica (creo recordar que ya al día siguiente) nuestra gaviota se marchó sin mirar atrás, volando con energía mar adentro.
En esta playa de la Costa da Morte (en la bajada a la playa, mejor dicho:  https://laramadeoro.com/2012/08/15/brezos-brecinas-queirugas/ ) aprendí, ya veinteañera, a distinguir las gramíneas más comunes y las diferencias  entre unos y otros tipos de brezo. Una vez me llené el bolsillo del pantalón de semillas de Briza minima, y después las sembré en una maceta, en el alféizar de la casa de Madrid.  Mis perros, en particular estos últimos, que son castellano-manchegos, disfrutan como locos bajando a la carrera por ese prado, y escarbando después en la arena húmeda de la orilla.
A esta playa se acercaban con frecuencia los percebeiros furtivos.  Un día uno de ellos me confundió con  alguien de la Xunta, quizá alguna inspectora del Concello, no sé.  Yo bajaba por el camino, con los perros,  e hice como que no le veía ( confieso que no me paré a pensar si aquello estaba bien o mal). Pero él  también me vió a mí. No había nadie más en la playa, era tempranísimo. Como alma que lleva el diablo, el furtivo soltó la redecilla que tenía en la mano y desapareció “súbito” monte arriba, escalando las mismas rocas por donde, imagino, había bajado.  Yo me quedé leyendo un buen rato, acurrucada en la arena al pie de las rocas.  Los perros se bañaron y anduvieron por ahí husmeando. Subió la marea, cerré el libro, y, sin pensármelo dos veces, eché mano de aquella redecilla que iba a llevarse el mar.  Kilo y medio de hermosos percebes, que mi madre coció  en un visto y no visto –casi tan rápido como el furtivo escaló el monte- con un poco de sal y unas hojas de laurel.
Pasaron los años. Del Concello mandaron a alguien para que desbrozara el camino de bajada a la playa. Hasta entonces lo habían mantenido franqueable las dos vacas de una señora de la aldea (siempre vestida de negro, siempre triste, huraña). La señora se murió, y no sabemos qué pasó con las vacas.  Con el tiempo los del Concello instalarían también unas escaleras, una especie de cajones de madera  rellenos de tierra compactada con cal. Quedaron bien. Pero a mí me hubiera gustado que, ya puestos,  instalaran también un contenedor de basura en la parte alta del camino, y que vinieran a vaciarlo una vez a la semana, etc.. No lo trajeron, pero sí uno de esos paneles informativos, tan vistosos.

Y en ésas andábamos cuando, una noche de noviembre de 2002, un viejo barco (fabricado en Japón, propiedad de una compañía de Liberia, con bandera de Las Bahamas, registrado en Grecia, asegurado en Londres) cargado de fuelóleo (propiedad de una compañía rusa, con sede en Suiza,), procedente de Letonia y con destino Singapur…
se partió en el mar y cubrió de negro la playa.

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Once años después, las rocas siguen negras. La foto es de hace dos meses. Sí, es verdad que vuelve a haber mejillones. Pocos, pero empieza a haberlos. También se ven algunas de esas anémonas verdes y rojizas que siempre me han recordado la fruta escarchada de los roscones de Reyes. No he vuelto a ver cangrejos, ni lorchos, esos peces feísimos que antes nadaban en todas las pozas de la playa. Pero no me atrevo a decir que no los haya. Quizá tendría que buscarlos con más afán. Eso sí: antes estaban ahí siempre, sin necesidad de llamarles para que vinieran. Vuelve a haber percebes, es verdad (… y sería bueno que ni los furtivos ni las vecinas sin conciencia, como la que esto escribe,  fueran a meterles mano).  A veces se ven correlimos, u otros pájaros parecidos que no puedo distinguir sin prismáticos, correteando por la orilla. Pero menos, muchos menos que antes.  Y ahora me parece mentira, teniendo en cuenta que yo bajaba sobre todo a leer, lo bien que lo recuerdo todo: la de tesoros escurridizos y viscosos que crecían entre las grietas, la cantidad de pájaros que había, lo mullidas que estaban las rocas, al trepar por ellas descalza, porque había alfombras de “herba de namorar”  cubriéndolas.

Las escaleritas de madera se han deteriorado mucho, y en el Concello ya no hay dinero para arreglarlas.  Las hierbas se van enseñoreando de ellas poco a poco. Pero a los turistas no parece importarles. De hecho, cada año vienen más, y quizá porque no tienen recuerdos, a ellos esas piedras negras no les dicen nada.  Creerán que la playa siempre ha sido así.  

Mil olivos en un glaciar

Última semana de junio 

Karte_Kanton_Wallis copia


Cantón del Valais (Wallis). Vinos de primera. La línea azul es el Ródano.

El  Gran Glaciar de Aletsch, a pesar de su retroceso, sigue siendo el mayor de los glaciares alpinos. Empieza en el  Monte Jungfrau, en el corazón de los Alpes Berneses,  y termina 23 kilómetros más abajo, no lejos del Ródano.  Para verlo cómodamente hay que subir en teleférico (o a pie, si a uno le da por ahí) los tres mil metros del Eggishorn, el pico que se levanta justo enfrente.  El teleférico sale de la estación intermedia de Fiesheralp. A ésta se llega, también en teleférico, desde Fiesch. A Fiesch se llega en tren o autobús  desde Brig. A Brig se llega en tren desde cualquiera de las grandes capitales suizas. Por ejemplo, desde Ginebra,  a dos horas y media de distancia. O italianas: desde Milán, atravesando el Simplon, que arranca precisamente de Brig.  (Naturalmente, todos estos trayectos pueden hacerse en coche hasta la misma cabina del teleférico. Pero el transporte público es muy bueno y no especialmente caro. Con un abono de transporte el descuento es del 50%, teleférico incluido)

Glaciar de Aletsch+nieblaAl bajar del teleférico en Eggishorn una niebla muy espesa  lo cubría todo. No se veía ni el glaciar ni ninguna de las cumbres de cuatro mil metros que se van repartiendo tras él.  A pesar de estar terminándose junio la nieve seguía ahí, incluso en Fiescheralp, en el límite del piso subalpino, que por estas fechas –según juran y perjuran todos- siempre está cubierto de gencianas, violetas, ranúnculos, pulsátilas… Caminamos por una pasarela hasta el refugio de madera, esperando que en algún momento  se levantara un poco la niebla.  La típica cabaña de montaña, con su banderita suiza, donde sirven cafés y venden cuatro postales. Un hombre de mediana edad, fortachón, pelo rapado y pendiente en la oreja derecha, nos preparó enseguida un capuchino. ¿Italiano, español…?, preguntó al oírnos mientras accionaba la cafetera.

Yo soy de Jaén –nos dijo, volviéndose con una taza en cada mano-. Y tengo mil olivos.

Y así, sin transición,   acodado en la barra de madera,  olvidado por completo el glaciar, empezó a contarnos la historia de su pueblo y de sus árboles. Llevaba ya unos años trabajando en Eggishorn.  La temporaba empezaba el 16 de enero y terminaba el 22 de octubre. Ese mismo día echaba el cierre a la cabaña y se volvía a todo gas a España. Los meses de invierno los necesitaba, precisamente, para arar el olivar antes de la cosecha,  cosechar, y dejarlo todo bien abonado y mejor o peor podado. Abono químico, “todo químico”, afirmó. “Lo echo un poco pronto pero tiene que ser así”. Lo importante era dejar las aceitunas en la cooperativa antes de volverse a Eggishorn. Tenía –tiene- su propio tractor y sus propios aperos. Discutimos un poco lo de si era bueno arar o no. Me contó que sus olivos estaban en llano, que él araba regularmente, “como siempre se había hecho”, pero que en algunas fincas en vez de arar pasaban el  “rotovator” (creo que no le parecía concebible ninguna otra opción). Él veía un problema: que con el rotovator las hierbas volvían a salir a los dos días…Le dijimos que estaban en flor los olivos, y que era un año fantástico.

-Lo sé. Me manda fotos mi mujer por internet. También por el sur ha llovido. Pero nosotros tenemos riego desde hace unos años…

 .. Y no  como los del pueblo vecino -siguió contando-que no querían, no querían, “y ahora ven nuestra producción y  dicen que sí quieren, ahora que ya no hay dinero, nada, ni un duro para la subvención… “. Nos dió muchos detalles sobre el coste y la amortización de la obra de regadío. Hablando mucho y muy rápido, como quien sólo tiene un pensamiento en la cabeza, un pensamiento fijo cuyos detalles repasa con todo cuidado  (por ejemplo, a qué hora echaba el candado el 22 de octubre), nos contó  la situación del mercado del aceite, cada vez peor pagado, y también el desastre  de la gran producción. Pueblos que eran hectáreas y hectáreas y hectáreas de invernaderos. Moros, senegaleses, lituanos… y plástico, plástico, plástico, a una escala tal que los antiguos habitantes, sintiéndose en la luna, vendían la casa y se marchaban. Llegó la esperada retahíla: que para lo que pagaban en los invernaderos, muchos preferían quedarse en la cama y cobrar el subsidio. Pero claro, ¿y luego qué…?.  Y de ahí pasamos al nihilismo.  Afirmó categóricamente que la crisis  no había empezado “todavía”,  qué crisis ni qué crisis, y que….

(En ese momento ya había empezado a deshacerse la niebla. Lentamente.  Nos habíamos sentado con el café en una mesita en la puerta de la cabaña, de espaldas al glaciar, y ya sentíamos el sol en el cuello.  Nuestro hombre se sentó también y siguió contándonos.)

Su aventura con los calabacines. No sé si dijo que había plantado ¿mil o dos mil matas?. Pero que, haciendo cuentas, había perdido unos mil ochocientos y pico euros (recordaba las cifras exactas de todo),  porque “el hijo de la gran puta que llegó en el jaguar” –procedente de cualquier  multinacional de todos conocida- les pagó a ocho céntimos el kilo. ¡Ocho céntimos el kilo!.

¡Ocho céntimos de euro el kilo de calabacín!

(La niebla se levantó definitivamente, quizá asustada por nuestras exclamaciones. Hubo que quitarse la zamarra y hasta la chaqueta.)

… Y eso que sólo vendían calabacín de primera y segunda clase. Los de tercera, no –y al hablar hacía el gesto de estar seleccionándolos y tirándolos a un lado. Pero claro, luego llegaban al hiper y se encontraban los calabacines de tercera clase, ¡los desechados!… en venta y a 78 céntimos el kilo. Una locura.  Fue entonces cuando llamó a su antigua jefa –pues de joven había estado por Suiza, con un tío suyo- y le preguntó si había algo para él.  Allí le pagan bien –y unos francos extra de los clientes, todos los días-. Le pagan también el hotel, en la estación de Fiescheralp.

(No sé de dónde había salido, pero ahora teníamos un sol redondo,  grande y generoso como el de Andalucía, dándonos de lleno en la cabeza. Llegó el nuevo funicular, cargado de japoneses y holandeses, y el camarero tuvo que levantarse  a atenderles.  )

eggishorn+solEntonces aprovechamos para  girarnos y ver por fin el glaciar. Paseamos un poco, hundiéndonos en la nieve y mojándonos mucho los pies. Sacamos algunas fotos. Rebuscamos en vano alguna genciana por la orilla de la pasarela, allí donde se derrite antes la nieve. Cuando llegó el momento de coger el funicular de vuelta, entramos a darle un beso de despedida al camarero. Se lo dimos. Le deseamos de todo corazón que pudiera volver pronto a casa. El nos dijo entonces, plantado en la puerta de la cabaña, con los brazos cruzados sobre el pecho, como un hombretón de las películas de John Ford.

– Yo esto lo hago por mi hija, sabéis. Está separada, y muy malamente…. Sola no puede pagarse el piso y yo se lo avalé al comprarlo. Si yo me vengo aquí  nadie se queda en la calle. Calculo que en un año, entre el sueldo y las propinas, termino de pagarlo todo.

Cogimos en silencio el funicular.  Hicimos un alto en Fiescheralp y conseguimos fotografiar gencianas. En la segunda imagen  se ve en primer plano una Viola alpina. Detrás, un niño llamando a su perro, un cachorro que ha salido corriendo, desbocado y feliz,  con la correa en la boca.

genciana alpinaviola+perro+niño

¿Tendrá nietos el camarero de  Eggishorn?, nos preguntamos. Quizá sí.   Hablará con los suyos a diario, le mandarán fotos.  Pero   cuando la niebla no quiere levantarse, y  hay que palear la nieve para llegar a la cabaña, y el día no se termina nunca, y hace un frío de mil demonios, yo creo que  lo que él ve delante,  en medio y medio del glaciar, son sobre todo sus mil olivos, cuajaditos de aceitunas.

NOTA
No sé si hay alguna posibilidad de que este hombre lea el post algún día. Si así fuera, espero que no le parezca mal que se lo dedique.  Cuento su historia  como  él nos la contó, con la misma confianza. Le agradezco la compañía que nos hizo, su calidez y su buen humor. Le pido mil disculpas por mi floja memoria y las posibles inexactitudes (el “hijo de la gran puta”, ¿llegó en un jaguar o  en un ferrari…?). Y si en algún párrafo me he tomado libertades excesivas (el último, por ejemplo), bastará con hacérmelo saber y corriendo lo suprimo (o el post entero).

California

360px-Eucalipto_GaliciaMi abuelo llamaba California a su cuchitril de La Grela (barrio industrial al sur de La Coruña).  Tenía un sofá  desvencijado y varios armaritos que había ido apañando aquí y allá, cada uno de un color, sin tiradores ni nada. En una esquina, una pila de manzanas. En otra esquina, una pila de patatas. Para nosotros, sus nietos, que por entonces  éramos rapaces, aquello era el ideal de vida. Un grifo pegado a la pared, un retrete con su pozo negro y todo, un banco en la puerta, cajas de botellas bien ordenadas esperando a ser reutilizadas. El novamás era el alambique, en el que hacía un orujo de hierbas finísimo, según recuerdo que comentaban los adultos. Usaba el bagazo de las uvas de San Vicente, la aldea en que había nacido (y en la que conservaba otro terreno, después vendido): “mal vino, buen orujo”, sentenciaba. Otro artilugio que nos entusiasmaba, hasta el punto de provocar peleas entre nosotros, era el embotellador. Uno colocaba las botellas,  otro bajaba la palanca para empujar el corcho, y un tercero pegaba las etiquetas. Creo que también embotellaba vino comprado a granel, y lo mismo -pero en envases de plástico- con el aceite de colza. Las botellas se iban después al “almacén de coloniales” que el abuelo tenía en la calle Juan Flórez  (ahora hay un gimnasio). Allí, como en el chabolo, siempre olía a una mezcla de aceite, vinagre, bacalao, manzanas, y gasolina.  Con el añadido, en California, del olor de los eucaliptos y  el tufo que subía desde la refinería cuando soplaba viento del sur.  Todas esas cosas y muchísimas más (conservas, linternas, lapices, escobas, etc, etc), las vendía después por los bares y pequeños colmados de la Costa da Morte.
Al abuelo le encantaban las camelias, que por entonces no debían de ser tan fáciles de encontrar. Tenía varias, plantadas muy cerca de la pared. Y muchos rosales, todo muy junto y muy mezclado. Unas judías, unas lechugas.  Lo recuerdo timbrando en el portal de casa de mis padres, a última hora de la tarde. Traía una o dos cajas de patatas, que descargaba en un momento mientras sujetaba la puerta del ascensor con una pierna, y  un ramo enorme de camelias o de rosas para mi madre. Siempre era igual. Nosotros cenando en la cocina, con los pijamas ya puestos, y el abuelo todo sucio de tierra, que llegaba corriendo, nos daba un beso y desaparecía.  California. ¿Desde cuándo llamaría así a aquella chabola llena de flores, hortalizas, trastos y orujo, que sobrevolaba las instalaciones de Repsol en las afueras de la Coruña?.
Mi abuela, que no quería saber nada de aquel tinglado, intentó vender el monte al poco de morir él, aprovechando el rumor de una inminente recalificación…La operación quedó en nada. Un buen día uno de mis tíos encontró instalados en California a una familia de gitanos, o de rumanos, no sé. Con niños y animales  (así me lo contaron), e imposibles de desalojar. Poco más o menos en el momento de la “ocupación” la parte baja del monte, propiedad del concello de Arteixo (creo), sí empezaba a edificarse. Y en ella levantaba sus instalaciones…IKEA, ni más ni menos, con el centro comercial adosado de rigor. repsol Coruña
A mi abuela se le ha ido la cabeza hace tiempo. Por suerte, nadie se interesa ya mucho por aquel terreno olvidado. Y  mientras las infraestructuras de acceso a La Grela se han modernizado de la noche a la mañana, y hordas de ciudadanos corren raudos cada fin de semana al centro comercial, allá arriba, entre los eucaliptos, alguien que no tiene otro sitio a donde ir mantiene ocupado el chabolo, el lodazal, la tierra chamuscada por la contaminación del polígono… y quizá considere aquel rincón, su rincón,  equiparable a California.

NOTAS

No tengo fotos. Supongo que a nadie de la familia se le ocurrió nunca inmortalizar aquello. Estas que he subido   proceden de wikipedia y de atlantico.net
Mi hermana mayor conservó el codiciado embotellador. Hace un par de años me lo regaló, para que lo llevara a LRO. Aquí lo tengo.

Can de palleiro

Otoño 2012

Estos son los tres chuchos que salen constantemente en las fotos de LRO. En parte por ellos, y en parte por los jabalíes, las huertas están cerradas. Nuestra intención siempre fue que los animales salvajes pudieran entrar libremente en la finca: es decir, mantenerla de par en par abierta. A cambio, había que proteger las patatas, lechugas, y demás. LRO se convirtió así en una finca abierta con cinco pequeños cercados en su interior.

La que está saltando es Xela. Es muy guapa pero no muy lista. Unas gotas de sangre de setter le hacen ser inquieta y saltarina. La adoptamos en un albergue de Madrid en abril de 2009. Ya era una perra adulta, de cinco o seis años. Había aparecido corriendo, una noche de febrero (es decir, al terminar la temporada de caza), por los alrededores de una gasolinera Shell. En el albergue la llamaron así: Shell, y mi hermana convirtió el nombre en Xel-a (diminutivo gallego de Angela). Tenía un enorme tumor perianal. Y un miedo patológico (¡terror!) a los tiros.
El siguiente es Pancho. Lo adoptamos en un albergue próximo a Lieja hace diez años. Pero sus ancestros son de por aquí…Los voluntarios de este albergue belga se dan todos los años una vuelta por las perreras más cercanas a la frontera con Francia y se llevan algunos animales: “les plus miserables”, nos dijeron. Entre ellos, en un albergue de Reus, estaba la madre de Pancho con él en la barriga. En casa es, con mucha diferencia, el que más manda.

Y así llegamos a Ceibe, el perro gordo y negro de la esquina. El más palleiro de los tres. El más querido, el mejor.

Ceibe nació en invierno, en una cuneta, detrás de una gasolinera de la A2. A los cuatro meses el dueño del área de servicio llamó a la perrera de Azuqueca (donde no se andan con bromas) para que los sacaran de allí. Cogieron a su madre y a sus hermanos, pero él salió disparado y se puso a salvo atravesando un campo de cebada -contíguo a la gasolinera- que lo camuflaba por completo. Lo atropellaron dos veces. Cuando lo vimos tenía ya siete u ocho meses. Era bastante grande, y negro como el carbón. La cebada estaba segada: imposible seguir escondiéndose. Pasaba cojeando entre los camiones y los surtidores, pero salía zumbando sin mirar atrás si alguien se le acercaba. La historia de su nacimiento me la contó una de las empleadas de la gasolinera. Esta misma persona, con la que estaré en deuda toda mi vida, nos ayudó durante más de un mes, día tras día, a ponerle comida siempre en el mismo punto, detrás de un cedro. La primera vez que intentamos cogerlo -con una jaula trampa que nos prestaron en el albergue- el perro ni apareció. Cargamos la jaula y volvimos a los pocos días. Tres horas nos tuvo entonces dando vueltas a la jaula sin atreverse a entrar. Al final, cayó… Se hizo de todo en la jaula. Lloró, lloró, lloró y chilló sin parar hasta que llegamos con él al albergue. Allí se portó muy mal desde el primer día. Intentaba morder a todo el que se le acercaba, guardeses y veterinarias incluidas. Empecé a sentarme a su lado, en silencio y sin mirarle,  sin apenas moverme. Dejó de gruñirme. Un día llevé un libro. Me senté donde siempre, en la esquina de la jaula, y empecé a leer en voz baja (Todos mienten, una novela de Soledad Puertolas).  Cuando se la terminé, unos días después, ya me dejaba sentarme a su lado. Empecé a leerle otra…Bueno, un mes más tarde se dejó tocar por primera vez en su vida. Se enfureció, como era previsible, cuando intentamos ponerle un collar y una correa. Pero acabó aceptándolo todo. Una de las heridas se cerró bien, pero la otra, la de la pata de delante, no tenía ya remedio (codo roto y mal soldado:  una ligera cojera  de por vida, suavizada con analgésicos en los días malos). Esas navidades ya estaba en casa. Seis o siete meses después me dió por primera vez un buen lametón en la cara.  Es sociable, inteligente, bueno, obediente, tranquilo. A estas alturas, no puedo ni imaginar cómo sería mi vida -cada despertar- sin ese perro a mi lado.

NOTAS
He mencionado mi deuda eterna con Lola, empleada de la gasolinera de la A2. La deuda ha de hacerse extensiva a toda la gente de ANAA, por supuesto, el albergue que acogió a Ceibe y a Xela. A pesar de las largas listas de espera (vivimos en Madrid, no en Oslo…), y de los problemas de todo tipo que tienen que solucionar para poder dar salida a tantos animales,  aceptaron recoger a Ceibe, que estaba en una situación de alto riesgo, en un plazo de tiempo muy corto.

“Ceibe” en gallego quiere decir “libre”.

Sólo una piedra

Febrero 2012

El rincón de las fresas.

Oí que el guarda del coto la llamaba Valentina la Buena. No sé si todo el mundo la llamaba así, desde siempre, o si fue una expresión casual que ni siquiera el guarda recuerda ya. Apenas tuvimos tiempo de conocerla. Supimos que había muerto al poco de estar con ella en LRO. Ese día quedamos en organizar una comida para los hermanos e hijos de su familia, la familia que nos había vendido la finca; lo haríamos después de la vendimia, por el Pilar. Pero Valentina la Buena no llegó a octubre. Murió ese verano en el Hospital de Alcorcón, donde había ingresado muy grave unos pocos días antes.

Los anteriores propietarios eran seis hermanos. Cuando les compramos la finca quedaban cuatro: las tres mujeres y el más joven de los tres varones, que era quien se encargaba de seguir cuidándolo todo. Valentina andaba cerca de los ochenta pero no los aparentaba. Era delgada, enjuta, muy vivaracha. Ella no vino a la notaría el día de la compraventa porque la acababan de operar.

Un tiempo después fuimos a buscarla, a ella y a su marido, a la residencia de ancianos a la que se habían ido a vivir. Valentina llevaba un sombrero de paja  de ala plana, con un lazo rosa alrededor. Pasamos la mañana con ellos en la finca. Como su hermano, al que le encanta sentarse a contarnos historias, también ella nos contó ese día muchas cosas. Del tiempo en que no había cajas de plástico, ni mangueras, cuando los cestos de uvas se cubrían cuidadosamente con hojas de la propia viña y los cestos de higos con hojas de la propia higuera. Del tiempo en que el campo estaba lleno de gente los doce meses del año, y había tanto trabajo que nunca se podía parar. La guardia civil se dejaba caer por allí algunos domingos, para obligarles a ir a misa. Al hermano de Valentina, cuando era un niño, un guardia le requisó las hogazas de pan que llevaba  al pueblo, y todavía hoy lo recuerda con rabia (y se le olvida que ya nos lo contó muchas veces). Sus padres sembraban cereal donde ahora hay viñas. Lo llevaban a moler y después hacían pan, ellos mismos. La huerta se regaba por surcos. Había tres albercas, y mucha más agua que hoy. “En invierno y en primavera se la oía bajar por el camino, no se podía ni pasar…”.

De todas las historias que escuché aquella mañana una me conmovió especialmente. Valentina había descubierto una piedra, una roca grande de granito, junto a la huerta de las fresas. Se agachó un poco y nos señaló una  hondonada en la parte de arriba de la piedra: ese hueco lo hizo mi padre con un hierro, dijo, para llenarlo de brasas y colocar encima la olla; ahí comíamos en invierno. Un conejo, unas patatas.

Pensé entonces  en esa otra Rama de Oro, la que no tenía nombre, y en las familias que durante décadas trabajaron esta tierra con sus manos, plantaron árboles, sembraron.  Pensé también en lo fácil que es olvidarse de todo, y en lo poco que significan las cosas cuando no sabes nada. Habíamos plantado las fresas en ese rincón porque está mirando al sur y al abrigo de las rocas. Es seguramente uno de los lugares más protegidos de LRO. Pero si es un buen sitio para las fresas, mejor lo será para la gente, en especial en invierno, cuando la mitad de la finca está helada. Vi claramente la escena. Un señor de mediana edad, duro como una encina, prepara el fuego sobre la piedra. Y sus seis hijos le miran con respeto, y esperan allí acuclillados.

Todo eso está grabado en la piedra de granito. Valentina la Buena nos lo hizo ver. Valentina la Buena, que trabajó de sirvienta en varias casas de Madrid desde que era una niña, y que murió en el hospital de Alcorcón mucho antes de lo debido, faltando a su palabra de volver por el Pilar.

El Velázquez que se quedó en el sótano

Enero 2012

Merodeando por un mercadillo de la Place d´Armes de Luxemburgo, hace ya unos cuantos años, cayó en mis manos el catálogo de una exposición de pintura celebrada en Ginebra en el verano de 1939: Chefs d´oeuvre du Musée du Prado. El centro de la portada lo ocupaba el  que por entonces era ya nuevo escudo de España, con su aguilucho negro, su arco y sus flechas. Sabía  que el Museo del Prado había tenido que evacuar todas sus obras durante la guerra civil, y que, meses antes de terminarse ésta, un Comité Internacional de Museos, con el patrocinio de la Sociedad de Naciones (antecedente de la ONU), habían acordado con el Gobierno de la República su transporte hasta Ginebra. Había leído el libro de Arturo Colorado –El museo del Prado y la guerra civil, 1991– y estaba más o menos al tanto de las penalidades que habían tenido que pasar nuestros Velázquez, Goya y compañía, almacenados primero en diferentes refugios del Ampurdán y, finalmente, condenados a cruzar en camiones los Pirineos, durante el gélido febrero del 39, por unas carreteras de montaña atestadas de familias que huían en desbandada, hombres, mujeres, niños y animales, acompañados por lo que quedaba del ejército republicano, muertos de frío y de hambre todos ellos, y bombardeados sin misericordia por los aviones del Caudillo… De no conocer la historia me hubiera sorprendido mucho tropezar con ese catálogo. Como la conocía, me emocioné un poco. Y pagué religiosamente los dieciséis euros que me pidieron por él. Algún tiempo después me encontré otro ejemplar, esta vez en un mercadillo de un pueblo de Francia, y volví a comprarlo. Y entonces lo que pensé fue: de todas partes de Europa acudieron en tropel a ver esos cuadros; si sigo husmeando por los mercadillos de Alemania, de Bélgica, de Italia… acabaré gastándome una pequeña fortuna en ejemplares repetidos del mismo catálogo.

Ahora mismo estoy en Ginebra. Ya es de noche y afuera llueve. Por hacer tiempo mientras se cuece la cena –una rica vichyssoise de puerros ecológicos–, he ido a la estantería y me he puesto a hojear el catálogo de aquella exposición. He releído el listado de cuadros que fueron expuestos, uno por uno, y, de repente, me ha dado un vuelco el corazón. En la lista no está La rendición de Breda (Las Lanzas). Voy al libro de A. Colorado y releo las páginas dedicadas al montaje. Señala que no se expusieron ni el Dos ni el Tres de Mayo, cuadros de Goya, ni el Adán y Eva de Durero, porque tenían ligeros desperfectos (p. 279). Pero en el libro no se dice nada sobre el cuadro de Velázquez. Sólo que fue desembalado e inventariado en el Palais des Nations, como los demás.

Dos ejércitos después de la batalla; soldados desharrapados que se confunden entre sí, de puro idénticos; un caballo que gira y forma con el lomo una especie de semicírculo, continuación del que forma un soldado en la esquina opuesta; un hombre pide silencio con un dedo, para que no se interrumpa la importantísima escena que está teniendo lugar; y en el centro del semicírculo, dos generales sin sombrero –vencedor y vencido–, se saludan con inmenso respeto, casi con cariño. Y entre ellos no hay una gota de odio.

El mismo día que llegaron los vagones a Ginebra las autoridades de la Confederación Helvética reconocieron oficialmente al Gobierno de Burgos. El inventario duró todo el mes de marzo. En el entretanto, caía Madrid. Las obras tuvieron que ser entregadas al embajador enviado por Franco, el mismo que había iniciado la guerra, bombardeado masivamente Madrid en noviembre del 36 (Museo del Prado incluido) y bombardeado y ametralleado las carreteras del Pirineo catalán mientras pasaban los camiones… El gobierno de Burgos llegó a un acuerdo con las autoridades ginebrinas para organizar la exposición. La Sociedad de Naciones y el Comité Internacional –que había pagado de su bolsillo todo; camioneros, gasolina, alojamientos, trenes…– quedarían fuera, por pertenecer sus miembros a las “decadentes democracias europeas”; y no digamos los miembros de la Junta Central del Tesoro Artístico, la “chusma roja” que había tenido a su cargo aquellas obras de arte desde el inicio de la guerra.

El gobierno de Burgos tenía, pues, la última palabra en lo que al montaje y cuestiones estéticas se refiere. Como explica A. Colorado, el cuerpo central de la exposición fue denominada “Sala Imperial”, para poner de relieve la “españolidad” de la exposición, colocando en lugar destacado obras como El Conde Duque a caballo, Carlos V en Mühlberg, y tapices como La Conquista de Túnez. La exposición sería un canto a la Victoria, a la Raza, a la España Eterna.

¿…Pero La rendición de Breda?. ¿Una apología de la reconciliación?, ¿de esa “paz humanitaria” por la que clamaba Azaña?. ¿Qué podía aportar un cuadro así a aquella sala fascistoide?. Un poco asombrada por el descubrimiento, vuelvo al catálogo para estar bien segura. Sí, Las Lanzas se quedaron en el sótano. La exposición se inauguró el uno de junio de 1939. Se expusieron treinta y cuatro obras de Velázquez, pero Las Lanzas no. Y entonces descubro que tampoco sacaron de la caja a Jovellanos, el retrato que le hizo Goya, con la cabeza apoyada en la mano, abatido ante la desidia, la dejadez, la brutalidad que veía a su alrededor… “Cautivo y desarmado el ejército rojo”, los nacionales acababan de declarar el fin de la guerra. Y no iba a haber piedad para los vencidos: serían humillados, escarnecidos, perseguidos, repudiados, machacados.

Las autoridades ginebrinas le bailaron el agua a los enviados de Franco. Hicieron unas Meninas de chocolate, organizaron un tablao flamenco. Media Europa pasó por Ginebra ese verano del 39. La exposición se clausuró el 31 de agosto. Al día siguiente, uno de septiembre, hubo que recoger los bártulos y salir de allí por piernas: acaba de empezar la Segunda Guerra Mundial.

Paisaje. T. P. Rubio.

En la misma ciudad, mientras tanto, Timoteo Pérez Rubio, Presidente de la Junta Central del Tesoro Artístico, ninguneado y olvidado por todos, había iniciado los trámites para poder exiliarse a Brasil. Don Timoteo  –junto a Don José María Giner y otros– son los funcionarios de la República que salvaron los cuadros del Museo del Prado. Los que no se despegaron de ellos durante su vagabundeo por Levante y Cataluña, los que cruzaron con ellos las montañas y, finalmente, los dejaron quedar en suelo seguro. Mientras se inauguraba la triunfal exposición (a la que por supuesto no fue invitado), Don Timoteo se dedicaba a pintar paisajes. Paisajes y jardines. No tenía ninguna fuente de ingresos. Gracias a la venta de alguno de esos paisajes pudo ir tirando en Ginebra hasta el día de su partida.

Por último, A. Colorado sí habla en algún capítulo de Las Lanzas. Lo hace al reproducir (p. 63) el relato de uno de los guardas republicanos que custodiaron las obras durante su estancia en el Palacio de Peralada.  Transcribo entero el pasaje porque me confirma, a mí al menos, la superioridad del cuadro, capaz de provocar escenas como la que se describe, sobre el resto de las obras de Velázquez: “…José María Giner hizo destapar la caja que contenía La Rendición de Breda y, tras su detenido estudio, pidió a los dos soldados que sacaran el cuadro al exterior del edificio, algo que no había sucedido con ninguna otra obra… Estando así el popular Las Lanzas apoyado en la pared del palacio, al aire del Ampurdán, llegó la visita. Se trataba de Timoteo Pérez Rubio (…) Fue una visita muy breve, que se ha quedado grabada en mi recuerdo. Jamás olvidaré su abrazo emocionado con el señor Giner, fuertemente enlazados aquellos dos hombres, en segundos interminables, ambos esforzándose en tener los ojos fuertemente cerrados para evitar las lágrimas”.