Acerca de cccouto

1968, La Coruña. En la Comunidad de Madrid desde 2005. Sector: jardinería. Blog: www.laramadeoro.com.

Sigilosamente

25 de marzo de 2020


Miguel Manduca, uno de mis vecinos, cabrero jubilado, está encerrado en casa desde hace una semana. Rabia por salir, pero no puede.
Ya lo he contado en otros lugares: Miguel vendió el rebaño, traspasó (de algún modo) la instalación a Wasah, el nuevo pastor, y él conservó para su uso y disfrute la casilla y la huerta. Comparten el pozo y la alberca/estanque que hay frente a la casilla. El “moro”  necesita el agua para dar de beber a su rebaño. Miguel Manduca para regar la huerta. En el estanque viven unas carpas gordas como tiburones, que Miguel alimenta con pan duro, y que si te acercas mucho a ellas capaces son de llevarte un dedo. Todos los años siembra en la huerta unas patatas precoces (variedad ‘Jaerla’), y esos mismos días de febrero, cuando empieza a haber más luz, inicia un semillero de tomates y pimientos usando como recipiente unas cajas de polispán y dos piezas de loza (lo que queda de ellas) de un cuarto de baño que alguien desmontó y tiró en el monte. Miguel pasa por un cedazo varias paladas de tierra buena; rellena con esa tierra el lavabo, por ejemplo; vacía una cajita de semillas de tomate; lo cubre con una capa de estiércol fino; riega todo suavemente, con una lata grande agujereada (especie de alcachofa de ducha pero de Conservas Zallo-Bonito superior en escabeche) y después tapa el sembrado con maderas, trozos de uralita, chapas. Esto es esencial hacerlo, porque de madrugada todavía hace frío. Aún estamos en marzo. Encima de los semilleros Miguel coloca unos ladrillos, unas piedras, para que el viento no los destape y las plántulas se hielen.
Desde el pueblo hasta el tinao y la huerta se llega caminando. Un kilómetro, poco más o menos. Cuesta arriba al ir, cuesta abajo al volver. Miguel sube por la mañana a destapar sus semilleros (ha de darles el aire y el sol), y vuelve a subir de noche a taparlos. De paso se para a charlar con unos y con otros. Le vigila las gallinas y los patos a Wasah mientras él o su hermano entran a limpiar en el tinao. Tienen dos gallinas pintadas, por cierto, que alguien le debió de traer de Marruecos. Gallinas pintadas o de Guinea. Muy guapitas, dice Miguel. Pero también desconfiadas, chillonas, un poco locas… A veces Miguel se ocupa de las ovejas y las cabras “del moro”, a quien ha enseñado cómo llamarlas para que le obedezcan (en buen español con acento de Ávila, pero condimentado con una serie de largos cúúrrrri-curri-curri, o bien: chivi-chivi-chivi-chivi,  muy rápido, en staccato, y amenazas intercaladas del tipo: me cago en Roma, me cago en ros, me cago en la madre del diablo verde, etc.- que ellas entienden al instante, sin que haya que repetírselo).
Yo vivo en la parte alta del pueblo. Todos los días, con o sin cuarentena, paseo a mis perros por el viñedo y el descampado que me separa de la huerta de Miguel. Ahí precisamente conocí a Severo. A Wasah, a Lalo, a la Inés.

Wasah se ha llevado estos días el rebaño. Lo habrá soltado en algún lugar seguro, bien alambrado, para no tener que pasar el día en el tinao mientras dure la cuarentena. Se turna con su hermano, creo, para atender a las gallinas. Recoger los huevos, rellenar bebederos, y darle de comer a la mastina que protege el gallinero de “las zorras”  (la tratan bien y le hablan con cariño pero, que yo sepa, nunca la sacan de paseo). El que venga de los dos hermanos para muy poco. No más de diez, quince minutos.

Oigo la furgoneta de Wasah que arranca y se va.  

Vuelve a hacerse el silencio.
No se ve a nadie por los alrededores. No se oye a nadie. Cacarean un poco las gallinas. Ladra la pobre mastina.
Son las ocho de la mañana y no hay ni un alma. Como ayer, como anteayer, pasan en vuelo rasante las primeras golondrinas.
Pero el tiempo ha cambiado: hoy saldrá el sol. Vuelvo a ver a la abubilla que ya vi el otro día, recién llegada de Africa. Camina con la cresta levantada entre los caños de patatas ‘Jaerla’, que están blandos, frescos, gracias a la llovizna de estos días pasados.
Me pongo unos guantes de plástico, de los que dan en la frutería del Carrefour. Sigilosamente deshago el nudo que cierra la puerta de la huerta de Miguel. La abubilla levanta el vuelo. Voy hasta los semilleros y empiezo a retirar, uno a uno, los ladrillos y las piedras.  Las plántulas de los tomates ya tienen tres o cuatro centímetros. Es esencial que les dé el sol. Pero decido no destapar del todo los pimientos, que apenas asoman entre el estiércol, por miedo a que se enfríen (o se sequen; mañana tocará regarlos). Solo los entreabro, colocando un trozo de ladrillo entre la tapa y el semillero. Vuelvo a atar el cordel de la puerta. Me quito los guantes. Silbo a los perros y desaparezco.

Esta noche, sigilosamente, mientras mis perros echan a correr por el descampado, volveré a entrar en la huerta de Miguel, me pondré un par de guantes limpios, taparé los semilleros que acabo de dejar aireándose, volveré a colocar los ladrillos y ataré de nuevo el cordel de la puerta. Saldrá la luna. Los grillos empezarán a desgañitarse. En el pueblo, ahí abajo, la gente estará ya abriendo las ventanas, los balcones: en cinco minutos darán las ocho. Las tres gatas que aún conserva Miguel (felizmente castradas, las tres) vendrán un momento a saludar. Comprobaré que en la tolva tienen pienso. En silencio absoluto, para que las gallinas de Guinea -¡esas locas!- no se pongan a chillar y me delaten, echaré unos curruscos de pan duro al estanque. Después, sigilosamente, me quitaré los guantes, silbaré a los perros y me volveré a casa.

 

Cabeza de viejo

 

 

 

 

 

 

Guanajuato, Hidalgo y Puebla son las tres provincias mejicanas que vieron nacer a los viejitos (o cabezas de viejo, o barbas de viejo). Cephalocereus senilis. Cactus columnares, altivos, con un peluquín en la cumbre, blanco como la nieve menguante del volcán Iztaccihuatl (ya no del Popocatepl, 1), en cuyas proximidades prosperan, tan a gusto. A diez mil kilómetros de distancia y con un océano por el medio, también lo hacen en mi jardín, conformándose con ver a lo lejos la aún más menguante nieve del cerro Casillas, provincia de Ávila, que en el mejor de los inviernos apenas pasa de unos centímetros.  Allí alcanzan alturas de 6 a 15 metros (como un roble o un haya, 2); aquí no pasan del metro, ¿dos metros? cuando se le cultiva en invernadero, en suelo calizo como el de las colinas de Puebla, con luz y calor sin tasa (a más luz, más melenas blancas, 3).
En abril, si hay suerte, a mi cabeza de viejo le crecerán una o varias narices de Pinocchio:  narices de color rosa, primero chatas y después puntiagudas, desplegadas en su extremo como matasuegras, o como fanfarrias, que solo se abrirán del todo al caer la tarde. 

Sobre los cactus en general:  todos, o con alguna excepción vintage (¿género Opuntia?), que queda para otro día, entran en la misma categoría de los alhelíes & Co (tag flora viejuna).  Hoy se plantan en jardines de exposición y colecciones de plantas xerófitas, y a lo mejor, en versión enana, en una mini maceta  de Ikea junto a la pantalla del ordenador…  Pero antes se veían mucho en los patios y en los alféizares, metidos en latas oxidadas, apilados alegremente entre unos geranios, unas begonias y unas cintas.  En Galicia se combinaban con áloes, que florecen en rojo y naranja. Aquí en Madrid se ven más los ágaves/pitas, otras mejicanas viejunas, imponentes…

 

 

(1) En su vecino Popocateptl el glaciar ya se ha declarado extinto. Al Izta disque le quedan 5 -10 años. Algunos más, con suerte, al Pico Orizabal. Fuente: https://sitquije.com/medio-ambiente/ecologia/adios-popo-pronto-te-alcanzara-companera-izta
(2) Fuente: el primoroso libro de Isaac Ochoterena, Las cactáceas de Méjico, 1922, disponible en https://archive.org. También la foto procede de ahí.
(3) Foto arriba/derecha: todo el cactus es un poco lanoso, pero a medida que crece  el “peluquín” se hace más denso y destaca sobre la parte de abajo

Alhelí de invierno

No es en La Habana sino aquí mismo, en casa de mi vecina Mercedes. 

Matthiola incana
, planta vivaz en España pero anual o bianual en la Europa más fría, si es que aún existe tal cosa. Cientos de variedades hortícolas, de todos los colores, de similar fragancia, y a veces, en las variedades más antiguas, con nombre de señora (‘Isabella’, ‘Milena’…). Muy cultivadas en invernadero por los productores de flor cortada -en variedades monstruosas con nombres coherentemente monstruosos, tipo ‘Mamut’, ‘Excelsior’, ‘Climax’ (?)-,  los alhelíes son sobre todo plantas de jardín, ya muy distanciadas de un ancestro autóctono, mediterráneo, al que han olvidado hace mucho. Tienden a escaparse del confinamiento… A veces un alhelí de flor doble aparece en el intersticio de las baldosas sin que nadie lo haya sembrado. Como algunos Antirrhinum sospechosos, demasiado multicolores para ser botánicos. Plantas, en realidad, de jardin de grand-mère, con ese aire que se gastan, maravillosamente pasado de moda. Un jardinero minimal ni miraría para ellas (¡pero bien que las olería al pasar!) y las metería, displicente, en el mismo saco que los geranios, las malvarrosas, los gladiolos… Todo en la sección “viejunos”.  Las flores que le gustaban a mi abuelo. Las que me gustan ahora a mí, cada vez más.
En cuanto al cultivo: suelo rico, agua con tiento (ni una gota de más) y pleno sol. Algunos libros, traducción o adaptación poco atenta de originales escritos en el norte, nos dicen que florece en verano. Pero esta foto es de ayer. Mercedes me dijo  -asomada a la ventana de la cocina, en rigurosa cuarentena- que todos los años empezaba a florecer ahora. Marzo, segunda quincena de febrero. Por eso aquí le dicen “alhelí de invierno”.  Solo su primo de la costa, M. sinuata, más suave y aterciopelado, pero también más sufrido, florece a principios del verano (yo lo he visto incluso en julio, en la Costa da Morte, punteando de morado/púrpura el camino entre las dunas)

 

Pequeña selección de buenas noticias (2)

Después de 70 años sin criar, nace por fin un quebrantahuesos en Picos de Europa:
https://elpais.com/ciencia/2020-03-18/nace-el-primer-quebrantahuesos-en-el-parque-nacional-de-los-picos-de-europa-en-70-anos.html
Nutrias en el Manzanares: https://elpais.com/sociedad/2019/06/20/actualidad/1561007625_268315.html
Aguila imperial, remontada en Madrid: https://www.abc.es/espana/madrid/abci-aguila-imperial-alcanza-record-parejas-reproductoras-comunidad-madrid-202002010129_noticia.html
Sección buenas ideas: “Apadrina un olivo”, protección rentable del patrimonio en Oliete. https://apadrinaunolivo.org/es/recuperacion-del-olivar
Las flores del Museo del Prado, en este libro curiosísimo: https://www.abc.es/cultura/arte/abci-delicias-jardin-prado-202002142013_noticia.html

*Más dos noticias del pasado verano, que tenía por ahí traspapeladas:
El mejor té del mundo se produce en Galicia
https://www.elmundo.es/vida-sana/estilo-y-gastro/2019/06/26/5d10054afdddff6baa8b4620.html
Ejército de cabras y ovejas para limpiar el monte (desbroce sostenible y profesional)
https://www.lavozdegalicia.es/noticia/somosagro/forestal/2019/07/06/cabras-ovejas-alistan-agentes-forestales/00031562444622043680923.htm

Y en LRO, albaricoqueros y perales en flor. Cinco caños de patatas ‘Mona Lisa’ plantados hace unos días y regados por la lluvia de anteayer. Crecen ajos, guisantes, habas, alcachofas. Lagartijas a carreras por los muros de piedra. Un cuco empezando a ensayar en la finca de enfrente. Los iris abiertos. Las dos albercas llenas. Una abubilla en la huerta de Miguel Manduca (ha tenido suerte: son voraces consumidoras de grillotopos). El rosado de este año -todavía en la cuba- huele bien, yo diría que a caramelo de fresa… Y para terminar, el mandarino que se fue a Saint-Louis, Senegal, metido en la maleta de mi vecino Baba, parece que ha llegado sano y salvo y ya está plantado (es el mismo de este post: https://laramadeoro.com/2020/01/29/abrigos-de-gasa/  Para que pudiera entrar en la maleta lo podamos bien y le cortamos un tercio las raíces) 

Severo en la viña ( y 5)

Aquí va, para terminar la serie, la poda completa en vaso abierto de una vieja cepa de garnacha.  Fue hace exactamente una semana, cuando las cepas ya estaban llorando (i.e., la savia subiendo con fuerza).
Severo solo usa la tijera de dos manos y la azolilla. Las dos herramientas que usaba su abuelo. No le ve la utilidad a la tijera de una mano, y en cuanto al serrote, ¿para qué llevarlo, si su trabajo lo puede hacer igual (o mejor, en manos de un hombre hábil) el filo vertical de la azolilla, solo un poco más corto que el de una hachuela/destralillo?
Severo, que no es amigo de tontunas, dedica a cada cepa todo el tiempo que considera necesario. Unos diez minutos de media, contando la retirada de los sarmientos y la limpieza del pie con la azada (esto último no se incluye;  la tarea me correspondía a mí, y quedó para el final).  Por eso el vídeo es largo… Pero si alguien tiene de verdad interés en aprender a podar, que haga clic en el “on” una y otra vez. Todos los cortes que da Severo  tienen una razón de ser. Y los que no da, también. 

Por último. Un buen podador se está moviendo todo el rato alrededor de la cepa, como un bailarín a cámara lenta, buscando el ángulo bueno para meter la tijera (por detrás de la yema) y que el corte sea limpio (al bies, sin desgarros). ¡Cámbiate!, me grita Severo cuando, por vagancia, hago varios cortes desde el mismo sitio. ¡Cámbiate ya! ¡Baja los brazos!

¡Piensa un poco! 

8 de marzo 2020. Una última copa de moscatel, antes de meternos  en la madriguera.

                                        ¡Salud y rápida cuarentena a todos!

 

 

Severo en la viña (parte 4)

Para que la poda vaya sobre ruedas -sin mordiscos en los sarmientos, sin tirones en los brazos…-  todas las herramientas han de estar afiladas y engrasadas. Severo limpia y cuida con mimo sus tijeras. Todos los filos van protegidos por un trapo y una caperuza de cuero. También la azolilla.

(El problema de Severo es que está muy sordo. A veces le pregunto algo pero él no me oye, aunque dice “dime” a cada rato, preventivamente, y hemos de andar a gritos por la viña. Tú hazle caso, me dice Miguel Manduca.  Hazle siempre caso a Severo, que sabe más que el buey Limón.)

 

Severo en la viña (parte 3)

Si no se les quita lo seco las cepas se arreviejan. A los muñones sin yemas, o con una clara desproporción entre lo viejo (que es mucho) y lo nuevo, que es una chuchurría, Severo les dice cucazos. Fuera con ellos. Y Miguel, para que me quede claro, completa la descripción: peñuscos, miseria, guarrería… La herramienta para quitar todo eso: la azolilla (zapapico pequeño con dos filos, uno vertical y otro horizontal)

Cuando se raspan bien los cortes de esos cucazos reviejos, apurándolos con las tijeras una segunda y hasta una tercera vez, se sacan trozos finos de madera, como monedas, que Severo llama centimiles.

 

Continuará

Severo en la viña (parte 2)

En una viña como es debido las cepas están mondadas y/o chapodadas antes de la poda. Mondar: seleccionar los sarmientos y dejarlos largos, sin rebajar (diferencia con chapodar, que era solo recortarlos todos -chá, chá, chá…¿de ahí vendrá el palabro?- quizá para que pase mejor el arado por las calles).

Mondadas, chapodadas, o como buenamente quedaron tras la vendimia (nuestro caso), llega el momento de podar. En cada brazo quedará un pulgar y en cada pulgar dos o tres yemas: la casquiza de abajo, que no cuenta, y dos al aire (o solo una, si ya no hiela). No se puede dejar ninguna yema que no haya sido seleccionada. Para ello, dice Severo, hay que lamer bien los sarmientos, mejor dicho, sus cicatrices, que hemos dejado al ras. Mucho ojo con esas yemas casquizas que puedan quedar por los sobacos de la cepa. Ante la duda: pase de desroñador (véase parte 1).
Muy importante: la yema al aire del pulgar ha de estar cubierta por un tocón. Este tocón le dará resistencia al nuevo sarmiento (el que brote de la yema al aire) cuando se cargue de racimos… Para estar bien seguros de que dejamos tocón, el corte se hace por medio y medio de la yema/nudo siguiente, tal como hace Severo en el vídeo (arreglando una cepa podada por mí, con pulgares demasiado largos):

 

Continuará

Severo en la viña (parte 1)

Nadie sabe más que Severo. A él le enseñó su abuelo cuando tenía diez años. Durante los cincuenta, sesenta, setenta siguientes… Severo podó viñas sin parar. Las de la familia y las del tío León, y todas las que se le ponían  por delante. Las chapodó, sarmentó, despampanó, desroñó…
Severo es el mejor: el último de los buenos, el único que aún puede contestar a todo cuanto se le pregunta.
Para celebrar la clase -en el campo, acompañados de Miguel Manduca, buen amigo de ambos- yo llevé un queso San Simón da Costa y él una botella de moscatel.

Chapodar: cortar un poco los sarmientos nada más terminar la vendimia, de modo que cuando llegue el momento de la poda -propiamente dicha- solo haga falta rebajarlos, dejándolos reducidos a un pulgar de dos yemas.

Desroñar: quitar las tiras de corteza vieja, llenas de tierra y suciedad, usando un desroñador ( herramienta entre el hocino/fouciño y la serpeta)

Viaje mental a Kameydo, ca. 1910

“The Underwood Travel System is largely mental. It provides Travel not for the body, but for the mind -but travel is none the less real on that account. It makes it possible for one to see as if one were present there in body -in fact to feel oneself present- and to know accurately famous scenes and places thousands of miles away from his armchair in his corner…”

Publicidad de Underwood & Underwood Guide Books, apud Encyclopaedia of Nineteenth-Century Photography, John Hannay editor.

Wisteria blossoms in swaying garlanda, the pride of Kameydo Park. Tokyo. Copyright Underwood&Underwood.

Sobre el Viaje a Kameydo. Quizá los Viajes con mayúscula, tal como aparecían descritos en esta publicity de 1910, hoy tienen que ser a la fuerza”mentales”, y no el producto de una elección -quedarse en el sofá, aprender mucho sin gastar un dolar… así sigue el anuncio transcrito de U&U-, pues ya solo pueden darse en el tiempo, y solo hacia atrás. Pero si uno todavía cree posible lo otro, y además quiere, y además puede levantarse de ese sofá y costearse un viaje por el espacio aunque sea en mínúscula… el momento para sacar el billete es ya, porque en menos de un mes estarán en flor las glicinias/Wisterias. El link para el próximo Festival de la Glicinia de Kameydo: https://www.japanistry.com/event/kameidoten-shrine-wisteria-festival/
Kameydo -leo en la guías virtuales de Tokyo- es un barrio del centro de la ciudad, en el que se encuentra el santuario sintoísta del mismo nombre. De ahí son estas glicinias, Wisteria japonica, y no del “Kameydo Park” que aparece escrito en el borde del cartón de U & U.. Hoy en día, según leo por la red, “Kameydo Park” está totalmente separado del templo y de las glicinias (que sí, ahí siguen) por un aquelarre de rascacielos, vías de tren, metro, carreteras (?)

Sobre las mujeres casi niñas, o sin casi, de la foto. El texto de U&U no habla de ellas. El Viaje (mental) no está de ningún modo completo. Pero en una historia de la ciudad de Tokyo a principios del XX (en la que amazon, graciosamente, me permite hojear algunas páginas) leo esto: “… The Kameydo district, on the north or back side of the Kameydo Tenjin Shrine and its splendid wisterias, gave sustenance to some seven hundred ladies. Tamanoi district had fewer than six hundred. Prostitution was quite open in both places...” (History of Tokyo, 1868-1989, E. Seidensticker). Las largas espigas de la glicinia japonesa, que -a diferencia de las glicinias chinas, de 30 ó 40 cm- pueden pasar del metro, forman densas cortinas malvas, tan convenientes para jugar al escondite, o a lo que sea, durante cuatro o cinco semanas entre abril y mayo (hoy se adelantan mucho, como en todas partes)

Sobre la foto. Los hermanos Bert y Elmer Underwood empezaron con el negocio en Kansas, a finales de 1880, pero en poco tiempo lograron montar un gran estudio fotográfico en Westwood, Nueva Jersey. Producían tarjetas estereoscópicas, es decir, con una foto ligeramente distinta para cada ojo, que debían verse juntas (integradas) con un “estereoscopio”, el equivalente a efectos prácticos de nuestras gafas 3D. Los Underwood vendían el kit completo: el cacharro y los diferentes sets de fotos.

Les fue muy bien. Abrieron sucursales aquí, allá, acullá. Mandaron a sus fotógrafos a todos los rincones, de Yosemite al Kilimanjaro, pasando por Panamá, Nápoles o Shangai, y lo hicieron en ese momento preciso, hacia 1900, en que el mundo giraba ya velozmente hacia el futuro (este otro mundo de hoy, en el que no queda una mosca sin fotografiar). Los Underwood pusieron de moda las fotos de viajes, que editaban con una breve descripción en seis idiomas.Después probaron las fotos de “noticiario” (News Division), de gran éxito también, pues dejaron testimonio detallado -entre tantas otras cosas- de la Primera Guerra Mundial. Retrataron a las celebridades del momento. Fotografiaron puentes, carreteras, grandes obras de ingeniería (también algunas payasadas: escenas de vodevil, camadas de gatitos…). Y por último, en 1920, abandonada por obsoleta la fotografía estereoscópica, vendieron el negocio y adiós.

Compré tres de estas tarjetas en un mercadillo callejero, quizá en Amsterdam, quizá en 2002. Me deja asombrada lo bien que se venden ahora en eBay.