Ribeira Sacra, norte/sur

(Miradores- Vinos de la D.O. – Hugo Van der Goes – Madroños)

El río, el Sil, cruza la Ribeira Sacra en sentido este/oeste: entra desde Valdeorras y vierte en el Miño (Los Peares). Sus orillas, entonces, solo pueden mirar al sur o al norte. Desde los miradores de Lugo vemos Orense. Desde los miradores de Orense vemos Lugo. La foto de arriba está hecha en Cividade (Lugo), no muy lejos ya de los Peares. En ese tramo final el cañón es tan escarpado que, si se vence el vértigo y se mira hacia las laderas, solo se ven matogueiras y rocas peladas. Arriba, manchas de carballos. Al fondo a la derecha (pero no sale en la foto) el embalse de Santo Estevo, propiedad de Iberdrola.

Moviéndose unos kilómetros hacia el este, sin embargo, el río se abre un poco, como una cuerda que perdiera tensión. El sol entra cómodamente hasta el agua, las laderas se suavizan (es un decir), y el paisaje empieza a diversificarse. En las laderas umbrías del lado orensano: bosques de castaños (robles, abedules etc, pero el castaño se impone, al menos en este tramo, porque su sistema radical lo acapara todo). En las laderas soleadas del lado lucense: terrazas vertiginosas de cepas en espaldera (mencías, godellos…). En medio de los castaños dormita lo que queda del monasterio de Santa Cristina de Ribas de Sil. De este lado, que es el lado de la solana, allí donde no hay viñas hay un bosque ralo que -prescindiendo de las encinas y añadiendo el brezal, indicativo de acidez- parece calcado del de LRO y huele y suena igual (jaras, retamas, pinos, y el suelo crujiente como un milhojas).

24/ 8/ 2021. Dos paradas en Monforte, capital de la Ribeira Sacra: en la sede de la Denominación de Origen y en el Colegio de los Escolapios, para ver La Adoración de los Magos (Hugo Van der Goes, hacia 1475).
Un rapaz muy joven -flaco, nervioso, listísimo- nos hace la presentación de los vinos de la D.O.. Es una alegría escucharle hablar, porque en él -que no pasará de los veintitantos- se reúnen los conocimientos del enólogo y la pasión heredada de su familia, de sus abuelos, a los que nombra una y otra vez. ¡Y qué bálsamo, también, esta copa de» mencía con algo de garnacha y caíño», para combatir las desolaciones que leemos hoy en la prensa! Compramos vino. Guímaro, Proencia… Lo que da de sí el presupuesto.

En la iglesia del Colegio de los Escolapios (1) nos fijamos en algunos detalles del cuadro de Van der Goes, que en realidad ya conocemos: los iris detrás de San José; las aguileñas o herba dos pitos (Aquilegia vulgaris) en la esquina derecha. Pero cuesta trabajo distinguir las flores, tal es la cantidad de mugre que las tapa, en un altar lateral de la iglesia, permanentemente en obras (la guía, que es joven y entusiasta, como el enólogo de la D.O., y siente personalmente cada defecto de su Colegio, le sigue echando la culpa al terremoto de Lisboa; ¡1755!). El original está en Berlín, que es donde lo vimos por primera vez. Esta es una copia, una copia estupenda pero sucia, mal iluminada, tratada -se diría- como cosa sin valor. En 1910, el Duque de Alba (heredero del Condado de Lemos y, por tanto, Patrón del Colegio) y el Rector de los Escolapios acordaron vender el cuadro original a «los alemanes». La Corporación Municipal apoyó el proyecto: el de los escolapios era el único centro de enseñanza media (además de primaria) en todo el Valle de Lemos. Había que arreglar el tejado, siempre a punto de desplomarse, y reformar de abajo arriba las instalaciones. Algunos políticos y escritores pusieron el grito en el cielo. Un ministro de educación paralizó la venta. El siguiente la reactivó, tras la intervención del Consejo de Estado. ¿Qué Ley de Patrimonio podía proteger el cuadro de Van der Goes, parte de la herencia que el cardenal Rodrigo de Castro legara al colegio -por entonces de los jesuitas- allá por 15…? El embajador del Kaiser entregó el dinero. Un millón doscientas mil pesetas, que hoy serían, según la guía que nos hace el tour, y que abre mucho los ojos al decirlo, ¡cincuenta millones de euros!. Y prometió una copia fiel del cuadro, que enviarían a Monforte tan pronto como se pudiera. Con intención de evitar el posible boicot por parte de los vecinos, los padres escolapios pusieron un anuncio en la prensa solicitando cuatro operarios «rubios y de ojos azules», cuatro desconocidos que pudieran hacerse los suecos si alguien se dirigía a ellos -aquí la guía dejó volar su fantasía, me parece, pues la historia del anuncio no la encuentro por ningún lado; le pregunto al terminar; me habla de un profesor que vivió cien años en el colegio y lo recordaba…- y, cuando «dos asturianos y dos guardiaciviles que respondían al perfil» se presentaron, La Adoración, bien empaquetada (siguiendo indicaciones del director del entonces Kaiser-Friedrich Museum, receptor formal del paquete), salió traqueteando en un carro de mulas por la puerta de atrás del Colegio en dirección a la estación de tren de Canabal, más discreta que la de Monforte, desde donde pudo ser facturada a Vigo. El viaje en carro se hizo de noche. No lo sabemos a ciencia cierta (en algún archivo estará el dato), pero cabe imaginar que se cargó en el primer tren que pasó por Canabal, de buena mañana. En el peirao vigués, una fragata del Káiser Guillermo la estaba ya esperando. Rewind: los dos guardiaciviles rubios se habían presentado en Monforte de incógnito (sic) para ver lo que se cocía allí, pero los escolapios les presentaron los documentos que acreditaban la legalidad de la venta, y ellos aceptaron participar en el traslado. La Adoración llegó a Berlín sin daño alguno. El dinero se invirtió, por orden del Ministerio de Instrucción, en títulos de Deuda Pública cuyas rentas habrían de percibir anualmente los PP Escolapios, el Colegio y el Patronato (entiéndase, la Casa de Alba). El tejado se arregló… más o menos. Después vino la Gran Guerra. Después, un buen día de 1920, apareció la copia apalabrada en el puerto de La Coruña, porque los alemanes cumplieron, y se mandó recado a los escolapios para que alguien se pasara a buscarla. Ahí termina la historia (2).
Y a mí, en agosto de 2021, la copia me vale. Por eso quisiera que la cuidaran un poco más. El suelo de la iglesia sigue siendo de madera, siempre «por falta de fondos», se lamenta la guía. Pero a mí también me gusta así. Un Escorial gallego con suelo de tablones (1923), machacados por el paso de muchas generaciones de niños. Hay un andamio en el presbiterio, delante del retablo del altar mayor, que está completamente tapado por plásticos blancos; dos operarios con casco taladran y perforan y martillean, recolocando piedras de la bóveda que quedaron desplazadas por el terremoto de Lisboa. El retablo tapado, nos cuenta la guía, para que lo imaginemos detrás de los plásticos, es de Francisco de Moure. Siglo XVII. Todo en madera de nogal, «precioso, pero se quedó sin pintar». Hace años se hizo un tratamiento contra la carcoma, pero… (3)

Otro día llegamos al Miño, a Maiorga, donde hay lanchas motoras que van y vienen desde Belesar, con pasajeros que se conocen, que hablan en castellano y bajan a tomarse juntos el vermú en el bar del embarcadoiro, muy apañado; cruzamos audis y 4×4 por el camino que baja desde Santa Mariña; amigos que llegan por tierra, a esperar a los del barco; muchos mercedes también, pero estos, casi con seguridad, los diríamos propiedad de roncos de mediana edad -emigrantes que vuelven en verano presumiendo de coche, pero después, con lágrimas en los ojos, se beben el vino y se comen los lacones de la casa familiar, como esos gusanillos blancos, los roncos do xamón (4)-. En Maiorga es abrumadora la presencia de los madroños. Alvedros, érbedos. Los madroños delante, los carballos detrás, retorcidos y de tronco corto, porque son Quercus robur y la mayoría jóvenes o muy jóvenes, menos esbeltos que nuestros melojos/rebollos de LRO, Quercus pyrenaica, aunque también de estos hay aquí, muy cerca, del lado orensano sobre todo, hasta Verín y la raia, donde hay quien los llama directamente veriños ou rebolos beriños (5).

NOTAS

(1) Otros nombres: la Compañía, por sus anteriores inquilinos; Nuestra Señora de la Antigua, por deseo del fundador, el Sr. Cardenal Rodrigo de Castro; el Escorial gallego, por su traza herreriana.
(2) De no estar en la Pinacoteca de la Plaza de Potsdam, Berlín, el cuadro estaría hoy en el El Prado o -lo que es más probable- en algún museo inglés o francés: de ningún modo en Monforte de Lemos. El Patrón y el Rector adjudicaron el cuadro al gobierno alemán tras ofrecerlo al español (que dijo no) y tras pública subasta, con sobres cerrados y demás.
(3) Dos fuentes, que no coinciden en todos los datos: Colegio de Nª Sª de la Antigua, por el P. Esteban Martínez González (Ed Uno, 2019) y para el entramado jurídico de la compraventa: Boletín do Museo Provincial de Lugo, 1993/94, artículos de Juan Díaz Ferreiros.

El libro del P. Esteban se vende en la entrada del Colegio. En el epílogo a la 1º edición del año 2000 leo que en 1988 y en 1999 se firmaron acuerdos con el Ayto. de Monforte para permutar terrenos adyacentes a cambio de algunas reformas: » todo el tejado y sus estructuras de soporte… pues persisten las goteras...» (p. 149)

En Berlín hay organizada una exposición monográfica sobre Van der Goes para la próxima primavera: https://www.smb.museum/en/exhibitions/detail/hugo-van-der-goes/

(4) Larvas del «escarabajo de patas rojas», más frecuente en verano: https://es.wikipedia.org/wiki/Necrobia_rufipes
(5) O cerquiños, o carballo negro. La asociación veriño/beriño a la villa de Verín se la oí hace años a un profesor de galego, compañero de claustro en el IES de Cambados. El término debe ser poco frecuente. No lo encuentro en la guía de árboles de ed. Bahía, por ejemplo. Desconozco si tiene algún fundamento etimológico serio, más allá de la evidencia geográfica o de la similitud fonética. A mí, en cualquier caso, me quedó claro que nunca encontraría un Q. pyrenaica en La Coruña. Todas las denominaciones, aquí: http://ilg.usc.es/indices/?m=2023

La nieve en las cepas

Jueves. El deshielo avanza. Hace 48 horas la viña era todavía un llano de espuma. Al helarse todo después de la nevada (lunes 11, madrugada del martes) en la espuma se marcaron unas ondulaciones, una especie de burbujas sólidas. Durante dos días los perros han corrido por encima de las cepas como lo hubieran hecho por una playa, saltando sobre los montículos de arena que forman las raíces de los barrones.
A las siete de la mañana de hoy viernes, sin luna, sin linterna, sin móvil, les pude sacar a pasear por el campo. Tanta luz hay aún por todas partes.

No tengo experiencia con la nieve. Sin embargo, en su día me enseñaron que lo peor no era la nieve sino el hielo; que los daños de la nieve eran sobre todo mecánicos -ramas rotas, árboles enteros vencidos por peso-, y que los efectos del hielo son distintos según cómo llegue. Que si el hielo llega de golpe no hay nada que hacer: el agua intracelular cristaliza y los tejidos se rompen; pero si va llegando poco a poco, a lo largo de varias horas (no sé si «varias madrugadas»), entonces los cristales se forman primero en los espacios intercelulares, lo que provoca un vaciamiento del agua del interior de la célula, que, así vaciada y endurecida, queda a salvo por unas horas (no sé si «por unos días»; en todo caso, aquí las temperaturas diurnas han estado toda la semana por encima de cero, aunque algún día no pasaran de 1º- 2º, máx.). La secuencia se repite en sentido inverso con el deshielo. Si es de un día para otro, la célula, sin tiempo para reabsorber el agua, morirá por deshidratación.

Ramas rotas aparte, aún es pronto para saber cómo va a quedar esto. No todas las especies resisten de la misma manera (en el jardín el destrozo está garantizado; todas las vivaces un poco tiernas habrán muerto). Ha de avanzar el deshielo, que lo hace, y a todo trapo desde ayer. Pero hay al menos dos cosas seguras. Una, que durante muchos días el ruido de las motosierras seguirá al silencio absoluto, lunar, del pasado fin de semana. Dos, que la nieve entrará en la tierra y nos hará el verano más llevadero.

Sobre las fotos. En el campo de detrás de casa, las cepas que ya están podadas corren mucho más peligro que las no podadas (*en LRO no se empieza a podar hasta mediados o finales de febrero, como pronto). Cuando el sarmiento está podado la nieve entra en el corte, se congela, se expande y el tejido se rompe. Al menos el de la primera yema, puede que de la segunda. Si se ha podado en pulgares, solo quedarán para brotar las yemas basales: poca fruta o ninguna (pero brote muy vigoroso para el 2022).

Otoñada

Momento de esparcir los hollejos del rosado por la viña. Cuando descubemos y prensemos el tinto, en unos quince días, traeremos el resto. Hollejos, semillas, escobajos. Cosas que la viña produjo con ayuda del sol y ahora toca devolverle, para que se descompongan ahí mismo.

En la cancilla del jardín cuelgan dos cencerros de latón, que tintinean y hacen ladrar a los perros cuando se acerca alguien. Es Miguel Manduca, el cabrero jubilado, que viene a traerme una bolsa de pimientos. Me trae a mayores una calabaza de dos kilos «que te manda el moro» (Samir, deduzco, el hermano de Wasah; han metido su rebaño en las instalaciones que Miguel ya no usa). Entra a inspeccionar la bodega. Una habitación de 10 metros cuadrados escasos, robada a lo que tenía que haber sido un garaje. Las cubas están tapadas con bolsas grandes de basura, de las de 100 litros, y atadas con pulpos para que no se oxide el vino. A Miguel, que siempre está contento, le gusta todo. El olor a mosto. El suelo fregado. El termómetro de plástico. La foto de mi tatarabuela de Ortigueira, con el cubo «para el cerdo» en la mano izquierda… (Manos artríticas, idénticas a las suyas,  pero fotografiadas a una distancia -insignificante- de casi cien años y ochocientos kilómetros). ¿Ya está cociéndose?, pregunta. A todo trapo, Miguel. Y suelto un pulpo para que pueda ver el sombrero (la torta de hollejos que el gas hace subir a la superficie). Hay que mecerlo, ya lo sé. Le enseño el apaño: un palo de azada, comprado en el chino, con un disco de encina atornillado en la base.  También esto le gusta (su amigo Severo, más exigente, tendría algo que decir: que si es muy pequeño, que si es muy grande…). El Joaquín -me dice Miguel- ha recogido ya el albillo pero aún no ha empezado con la garnacha.  Mal hecho, mal hecho. Y suelta unas risitas zorrunas, y asiente con la cabeza, dándose la razón a sí mismo, porque – aun estando como está, con la espalda doblada, dos prótesis de rodilla etc- Miguel sigue siendo, además de listo y observador (como todos los cabreros), un poco/bastante cotilla. Ha llovido fuerte durante tres días, continúa (en el pluviómetro de la cocina: 57 litros), y ahora, por confiado, recogerá solo uvas aguadas, ¡el Joaquín! O a lo mejor no -replico, solidarizándome con el otro-. Ya escurrirán. Volverá el calor. Yo misma he dejado dos «líneos» de uvas sin recoger. Poca cosa, pero de mucha sustancia. Tendrán más grado. Haré con ellas una barriquita «premium», para paladares finos como el de Severo… (vuelta a reírse el cabrero)

Miguel Manduca ahora va siempre con la mascarilla. Ya no se pone cantuesos en la nariz (además, tampoco los hay; la floración es en abril). Me dice que Severo está aburridísimo. Sus hijos no le dejan salir apenas. Le regañan si llega tarde, si se entretiene callejeando.  No tiene ya cuchillos ni hoces que afilar. Nada que hacer. Le digo a Miguel que pare a recogerlo «en lo que sube al tinao», y se pasen un momento por aquí. Tengo cosas que preguntarle. Dudas sobre la fermentación del rosado, que se hace casi como el blanco, pero con algunas diferencias (por ejemplo: ¿no me estaré pasando limpiándolo tanto?, ¿no habrá que dejarle una parte de los lodos, para que sepa a algo? Este es el tipo de cosas que sabe Severo)

Gracias a esos 57 litros  de lluvia habrá níscalos enseguida. Miguel vendrá con una bolsa hasta la cancilla. Después de cincuenta y cinco años paseando su rebaño por la comarca, tiene mentalmente localizados todos y cada unos de los pinos piñoneros y carrascos de la Sierra Oeste, e incluso en los años malos, los años sequísimos, él se las arregla para encontrar níscalos y traerme a mí unos pocos. Llamará a la cancilla e insultará cariñosamente a los dos perros que fueron suyos (al jubilarse, vender el rebaño y trasladarse al pueblo, sus dos perros, ya viejos, se vinieron para aquí; Chispa es más tranquila; pero su hermano Curro -al que Miguel llama Curro «Bezoya» (¿?), como el agua mineral- era nervioso y mordía a las ovejas y las cabras; Miguel le amenazaba con el garrote, a voz en cuello, pero no llegaba  a darle porque no le sostenían las rodillas, ni la hernia, ni la espalda…)
-¡Curro, Cuuurro Bezoia!  ¡Vas a llevar una hostia…!
Y el perro viejo caracolea a su alrededor, haciéndole fiestas.

Mientras escribo esto vuelve a lloviznar. Con puntualidad británica, Miguel Manduca entrará en la bodega dentro de dos semanas con su bolsa de níscalos. En ese momento estaremos embotellando de prisa y corriendo el tinto del año pasado, para trasegar a las barricas recién vaciadas el vino nuevo, el que está fermentando ahora, sin que pase mucho tiempo entre una operación y otra (a ser posible, no más de 24h; si la madera se seca puede picarse).Y luego en primavera Miguel volverá otra vez, pero con una bolsa de espárragos. Primero se oirán los cencerros de la cancilla, después la voz cantarina del cabrero:
– ¡Curro Bezoia, mariconazo!
Para entonces los hollejos se habrán descompuesto por completo. Estaremos filtrando y embotellando el rosado, y, si no hay contratiempos, si nos espabilamos, puede que terminando de podar las cepas. 

(Foto de hoy, una semana después de la charla con Miguel Manduca. Uvas para la barrica praemium + Curro)

NOTA
Flores de cantueso en la nariz: era el sistema que usaba Miguel para protegerse cuando no había mascarillas .
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Severo en la viña ( y 5)

Aquí va, para terminar la serie, la poda completa en vaso abierto de una vieja cepa de garnacha.  Fue hace exactamente una semana, cuando las cepas ya estaban llorando (i.e., la savia subiendo con fuerza).
Severo solo usa la tijera de dos manos y la azolilla. Las dos herramientas que usaba su abuelo. No le ve la utilidad a la tijera de una mano, y en cuanto al serrote, ¿para qué llevarlo, si su trabajo lo puede hacer igual (o mejor, en manos de un hombre hábil) el filo vertical de la azolilla, solo un poco más corto que el de una hachuela/destralillo?
Severo, que no es amigo de tontunas, dedica a cada cepa todo el tiempo que considera necesario. Unos diez minutos de media, contando la retirada de los sarmientos y la limpieza del pie con la azada (esto último no se incluye;  la tarea me correspondía a mí, y quedó para el final).  Por eso el vídeo es largo… Pero si alguien tiene de verdad interés en aprender a podar, que haga clic en el «on» una y otra vez. Todos los cortes que da Severo  tienen una razón de ser. Y los que no da, también. 

Por último. Un buen podador se está moviendo todo el rato alrededor de la cepa, como un bailarín a cámara lenta, buscando el ángulo bueno para meter la tijera (por detrás de la yema) y que el corte sea limpio (al bies, sin desgarros). ¡Cámbiate!, me grita Severo cuando, por vagancia, hago varios cortes desde el mismo sitio. ¡Cámbiate ya! ¡Baja los brazos!

¡Piensa un poco! 

8 de marzo 2020. Una última copa de moscatel, antes de meternos  en la madriguera.

                                        ¡Salud y rápida cuarentena a todos!

 

 

Severo en la viña (parte 4)

Para que la poda vaya sobre ruedas -sin mordiscos en los sarmientos, sin tirones en los brazos…-  todas las herramientas han de estar afiladas y engrasadas. Severo limpia y cuida con mimo sus tijeras. Todos los filos van protegidos por un trapo y una caperuza de cuero. También la azolilla.

(El problema de Severo es que está muy sordo. A veces le pregunto algo pero él no me oye, aunque dice «dime» a cada rato, preventivamente, y hemos de andar a gritos por la viña. Tú hazle caso, me dice Miguel Manduca.  Hazle siempre caso a Severo, que sabe más que el buey Limón.)

 

Severo en la viña (parte 3)

Si no se les quita lo seco las cepas se arreviejan. A los muñones sin yemas, o con una clara desproporción entre lo viejo (que es mucho) y lo nuevo, que es una chuchurría, Severo les dice cucazos. Fuera con ellos. Y Miguel, para que me quede claro, completa la descripción: peñuscos, miseria, guarrería… La herramienta para quitar todo eso: la azolilla (zapapico pequeño con dos filos, uno vertical y otro horizontal)

Cuando se raspan bien los cortes de esos cucazos reviejos, apurándolos con las tijeras una segunda y hasta una tercera vez, se sacan trozos finos de madera, como monedas, que Severo llama centimiles.

 

Continuará

Severo en la viña (parte 2)

En una viña como es debido las cepas están mondadas y/o chapodadas antes de la poda. Mondar: seleccionar los sarmientos y dejarlos largos, sin rebajar (diferencia con chapodar, que era solo recortarlos todos -chá, chá, chá…¿de ahí vendrá el palabro?- quizá para que pase mejor el arado por las calles).

Mondadas, chapodadas, o como buenamente quedaron tras la vendimia (nuestro caso), llega el momento de podar. En cada brazo quedará un pulgar y en cada pulgar dos o tres yemas: la casquiza de abajo, que no cuenta, y dos al aire (o solo una, si ya no hiela). No se puede dejar ninguna yema que no haya sido seleccionada. Para ello, dice Severo, hay que lamer bien los sarmientos, mejor dicho, sus cicatrices, que hemos dejado al ras. Mucho ojo con esas yemas casquizas que puedan quedar por los sobacos de la cepa. Ante la duda: pase de desroñador (véase parte 1).
Muy importante: la yema al aire del pulgar ha de estar cubierta por un tocón. Este tocón le dará resistencia al nuevo sarmiento (el que brote de la yema al aire) cuando se cargue de racimos… Para estar bien seguros de que dejamos tocón, el corte se hace por medio y medio de la yema/nudo siguiente, tal como hace Severo en el vídeo (arreglando una cepa podada por mí, con pulgares demasiado largos):

 

Continuará

Severo en la viña (parte 1)

Nadie sabe más que Severo. A él le enseñó su abuelo cuando tenía diez años. Durante los cincuenta, sesenta, setenta siguientes… Severo podó viñas sin parar. Las de la familia y las del tío León, y todas las que se le ponían  por delante. Las chapodó, sarmentó, despampanó, desroñó…
Severo es el mejor: el último de los buenos, el único que aún puede contestar a todo cuanto se le pregunta.
Para celebrar la clase -en el campo, acompañados de Miguel Manduca, buen amigo de ambos- yo llevé un queso San Simón da Costa y él una botella de moscatel.

Chapodar: cortar un poco los sarmientos nada más terminar la vendimia, de modo que cuando llegue el momento de la poda -propiamente dicha- solo haga falta rebajarlos, dejándolos reducidos a un pulgar de dos yemas.

Desroñar: quitar las tiras de corteza vieja, llenas de tierra y suciedad, usando un desroñador ( herramienta entre el hocino/fouciño y la serpeta)

Limpiar barricas

Tres barricas de roble francés reciclado. De 128 litros, porque las grandes de todo (256) no nos entraban por la puerta de la bodega. Tienen ya cinco años, pero tendrán que durar alguno más. No por lo que aporten al sabor del vino -que ya es nada- sino como recipientes para que continúe «haciéndose», suavemente. Solo trasegamos una vez. En invierno, cuando el frío, no demasiado intenso este año, ha facilitado la decantación de los sólidos e «impurezas» varias que pudieran haber quedado por el vino. Lavamos la barrica a la antigua. Primer lavado con la manguera. A continuación, meneo (¡enérgico!) con una cadena dentro, que rasque bien las paredes. Tercer lavado con agua caliente. Y ya está: a darle swing a derecha e izquierda, con ganas, hasta que el agua empiece a salir clara.
Cuando haya goteado bien (quince, veinte minutos con el agujero hacia abajo), volvemos a meter el vino, que teníamos esperando/ tiritando en la cuba de acero.

Rojizo rosado

Se llevan más los rosados pálidos, incluso muy pálidos, asalmonados o rosa-cebolla Este de Domaine Reno, procedente de garnachas de la côte vermeille (Collioure, ciudad hermanada con Soria, y en cuyo camposanto hay una tumba que pone: Antonio Machado, seguido de: Ana Ruiz, madre del poeta; habían cruzado a pie los Pirineos, pero ella creía, dicen, que iban camino de Sevilla; muertos el uno y la otra, con tres días de diferencia, en el gélido febrero de 1939)… este rosado tira mucho al rojo, demasiado, diría a lo mejor un enólogo exquisito, y también de sabor recuerda a sus hermanos tintos, que sí fermentaron con todo el hollejo.
Las reinetas fueron a dar a una tarta, con masa quebrada y mermelada de ciruela.
El libro que se ve en una esquina: ¿Acaso no matan a los caballos?, una edición de Tiempo Contemporáneo/Buenos Aires-1969 que encontré en un puesto de libros callejero con el cartel «LIQUI-DACIÓN» (páguese un euro, y el libro elegido pasará al estado líquido).
Al fondo de la foto, entrando en un visto y no visto, rácana y paliducha -como esos rosados etéreos que se han puesto de moda-, un poco, pero muy poco, de luz de noviembre.