Sol de septiembre

2012-06-21 01.26.30De hora en hora las uvas pasan del verde al morado.  Los higos se rajan.  Las manzanas se sonrojan por el lado que da al sol.  La corteza de las almendras se abre y cae al suelo. Las aceitunas siguen engordando despacio, sin llamar la atención.  Los jabalíes empiezan a venir por las noches a la charca; son, seguramente, los que nacieron esta primavera.   En la orilla del camino hay conejos, liebres, tórtolas, y turistas de Madrid recogiendo moras y endrinas.
Ya no están tan erguidas las matas de la huerta: en un determinado momento de la pasada semana –cuando las temperaturas nocturnas pegaron el primer bajón importante- las tomateras, todavía vencidas de fruta, la mejor del verano, la más dulce,  renunciaron  a la carrera y detuvieron la producción de nuevos brotes.
Los pájaros empiezan a reunirse (“ya os llega la muerte, ya os llega..”, les decía Anastasio, el anterior propietario de LRO, cuando se acercaba el otoño).  A lo lejos, si uno se retrasa en el campo a la caída de la tarde, se oyen guñidos y quejidos tristes: ¿quizá venados?. De debajo de las tejas salen lagartijas del tamaño de un meñique. Las ranas  ya no  alborotan. El Rey Moro (Brintesia circe), esta mariposa negra de la foto, hace lo que puede entre la hierba seca de la pradera. Aún le queda septiembre, sí, pero cada noche será más fría que la anterior y contra eso no hay remedio. Las mariposas  irán desapareciendo, poco a poco, hasta que se haga el silencio en la pradera.
La luz de estos días es un milagro. ¿Viene del mismo sol que la luz del resto del año?. Se diría que viene de más atrás, del otro extremo de la galaxia. A primera hora de la mañana, como al atardecer, la luz llega a LRO en rayos oblicuos y  largos. Reparte  sombras desproporcionadas por donde pasa y entra a fondo en cada cosa que toca, cambiándole el color,  haciendo que todo parezca más verdadero, valioso, e intenso.

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La última de la clase

Al terminar junio

nemoptera bipennis Esta especie de mariposa -que no es tal, sino una prima, del orden Neuropterae– estaba posada esta mañana en una de las pocas margaritas no decapitadas por la desbrozadora. Es una Nemoptera bipennis.  Le hice la foto mientras regaba las moras. Con la mano derecha sujetaba la cámara y con la izquierda la manguera. La nemoptera vuela a trompicones, como si no le hubieran enseñado bien, indecisa entre esta hierba o aquella, y quizá agobiada por el calor. Pero esta foto mía, hecha  de cualquier manera, no puede transmitir ni su falta de pericia ni su ligereza. A lo mejor por su vuelo torpe -sin el nervio y la determinación de las mariposas- o por esos  largos faldones flotando, la nemoptera parece un pañuelo, o un trozo de papel,  que el viento anduviera paseando por los rastrojos.

Noche de calabazas

Entre el otoño y el invierno

En un huerto que se auto-recicle no pueden faltar nunca las calabazas, que crecen sin mayores cuidados en cualquier montón de “compost”, en cualquier rincón un poco fresco de la finca.
Son incluso más facilonas que los calabacines (https://laramadeoro.com/2012/01/05/abc-del-calabacin/ ), por menos sensibles al oídio y menos prolíficas (al calabacín hay que retirarle sistemáticamente la fruta, y a veces impedir que cuajen todas las flores, para que la planta no muera de éxito, al estilo de los tomates y pimientos superproductivos).

Las rodajas de calabaza se conservan bien en la nevera, envueltas en plástico de cocina. Ricas al horno. Ricas a la parrilla. Riquísimas en crema, con patata, bulbo de hinojo, cebolla, zanahoria y queso.
Parece que el dichoso Halloween, con la que andan dando la tabarra de un tiempo a esta parte, era en sus orígenes (lejanos orígenes celtas) la misma fiesta de difuntos  que se celebra en Galicia  por las mismas fechas que el “magosto”, con el que a veces  se cruza.  Digo Galicia porque es lo que tengo más a mano. Pero también en Irlanda y otros lugares, de donde la llevaron a los USA los cientos de miles de emigrantes que allí desembarcaron. Esos niños que andan ahora por la calle  -incluso en este pequeño pueblo de la meseta castellana- disfrazados de muertos vivientes o sabe Dios qué, paseando una Jack o´lantern de plástico made in china, y timbrando por las casas hasta ponerte de los nervios, reproducen tontamente lo que ven en la tele, o en el Parque Warner, y prefieren las chuches de colorines, y la pura bullanga sin sentido, a los riquísimos buñuelos rellenos de crema, o aquellos tenebrosos “huesitos de difunto”, que cada año me cuesta más trabajo encontrar….  Por otra parte -la mejor parte- las calabazas son un añadido americano al “samaín” celta, porque lo único  parecido que en Europa había antes del siglo XVI eran esas “calabazas de peregrino” (género Lagenaria,  diferente a la de la calabaza propiamente dicha, Cucurbita), con más forma de porrón que de ruperta. Y menos sabrosas. Leo en un manual  dedicado al “potiron” que lo que sí podían vaciarse eran los nabos y remolachas, para encender en su interior pequeñas luminarias y mantener así alejados a los muertos, quienes – por lo visto- salían de jarana precisamente esa noche, esta noche, la noche del treinta y uno de octubre. También se encendían hogueras. Y en algunas de ellas, donde las había, se asaban castañas…
Este año hemos sembrado en LRO cuatro variedades de calabaza: cacahuete, turbante, guernica, y dulce de horno.  Ya están recogidas. Y también ha empezado a encenderse el fuego en la casilla (no para espantar a los muertos: sólo para calentar las manos de los vivos al ir y venir de la huerta…) La calabaza más grande y hermosa es ésta de la foto, recogida anteyer mismo en uno de los composteros.

Las primeras calabazas cultivadas  -Cucurbita maxima, pepo y moschata- proceden de Centro y Sudamérica, pero he leído que el maíz era mucho más valorado, y que a la calabaza ni siquiera le reservaban un pequeño puesto en las fiestas de  difuntos. ¿Quizá porque allí los muertos se aparecen de día, haciendo innecesarias las farolas-calabazas?. Los muertos mejicanos son las mariposas monarca, que en noviembre regresan a sus cuarteles de invierno en Michoacán, tras una migración alucinante desde Norteamérica y Canadá. Dicen que el cielo se cubre de aleteos naranjas y negros, que el ruido de sus alas recuerda al de la llovizna, y que la gente sale a recibir a esas mariposas -las almas de sus antepasados- tocando tambores y trompetas…

NOTAS
Le potiron, A.Bresson, en “Chroniques du potager”, Actes Sud, 1998.
Le Monarche et autres sujets, Michel Braudeau, ed. Gallimard 2001.

Según otra interpretación -que leo en el libro citado de A.Bresson-  las calabazas -o nabos- encendidos no eran para ahuyentar difuntos, sino para recordarles el camino a casa, y que sólo las hogueras, por el contrario, tenían como objetivo mantener a raya el cortejo de brujas y criaturas diabólicas que, aprovechando la ocasión, podrían colarse entre los vivos.
Nuestra tradición urbana es más sencilla y mucho menos ruidosa, al menos en mi familia: ir por la mañana al camposanto a limpiar la lápida de los abuelos y bisabuelos, y de vuelta a casa comprar en la pastelería dos bandejas de buñuelos y “huesitos. En LRO hemos añadido el ritual de la crema de calabaza.

33 muchachas en busca de la mariposa blanca

Entre mayo y agosto

33 muchachas en busca de la mariposa blanca. Max Ernst, Museo Thyssen

Y por mucho que la buscan no consiguen encontrarla. Lo que no es de extrañar, a juzgar por lo que puede leerse en los manuales y webs especializadas, porque la mariposa blanca, – la Blanca del Majuelo, Aporia crataegi, una Pieridae prima hermana de la Blanquita de la col- se ve ahora mucho menos que antes. “Antes”, cuando su oruga formaba  colonias tan grandes que llegaban  a ser una plaga, y  no sólo para los majuelos, sino para el conjunto de frutales de hueso. En el resto de Europa  las colonias más septentrionales de Aporia han ido desapareciendo del mapa, tanto por el uso de pesticidas como por la destrucción de su hábitat; en Francia esta destrucción se inició en un momento muy concreto, al ponerse en marcha las políticas  de remembrement –la dichosa “concentración parcelaria”- que supuso la eliminación inmediata vía bulldozer o pala excavadora de kilómetros y kilómetros de setos de majuelo y endrino. En el Departamento de Île de France las Aporia están ahora protegidas… En las Islas Británicas se consideran extinguidas (www.ukbutterflies.co.uk). Y también disminuye su número en las islas del Mediterráneo oriental, donde las colonias, según cuentan los que tuvieron ocasión de verlas, solían ser espectaculares. En LRO no dejamos de buscarla, a la  mariposa y a la oruga, porque quedan muchos majuelos por la orilla del camino. La buscamos concienzudamente, pero de momento nada.

“Decenas de Aporias macho se reagrupan a menudo sobre los caminos húmedos, para  beber el agua cargada de sales minerales, necesaria para la maduración de su esperma…” (L´Album des insectes, Delachaux et Niestlé 1999, p.65). En otro lugar leo que los machos avivan (pasan de pupa a adulto) unos días antes que las hembras, de modo que cuando pillan  una se lanzan de inmediato, hartos de esperar. Entre ese afán reproductor (un poco desincronizado) y los hábitos gregarios de la especie, lo habitual, por lo visto, es encontrar no una mariposa blanca sino un puñado…Así que el cuadro de Max Ernst, a pesar del título, también podría representar a una sola muchacha que acaba de encontrase ¡por fin! con uno de esos amasijos de mariposas blancas, quizá machos, quizá rechupeteando las gotas de rocío al borde del camino…

Las mariposas del majuelo pierden las escamas al envejecer, lo que sucede sólo unas pocas semanas después del avivamiento. Al perder las escamas sus alas pasan de blancas a hialinas: transparentes como el cristal. Sólo por  el negro vivo de sus venas no llegan a volverse invisibles…lo que sería perfecto y un tanto surrealista, y daría para escribir un cuento, o para pintar un enorme cuadro vacío/lleno de mariposas.

¡Arlequín! (y 2)

15 de mayo 2012

Un año después, aquí está por fin la foto de la mariposa Arlequín ( Zerynthia rumina, ver entrada “Arlequín”,  en esta misma categoría). La foto es de ayer por la tarde. En el orden normal de las cosas, si hay aristoloquias tiene que haber arlequines…y viceversa. El siguiente objetivo será la mariposa blanca, la Blanca del Majuelo: si hay majuelos -y aquí los hay, aunque sea en regresión-, debería haber mariposas blancas…(La historia la cuento mañana. Ahora me voy a regar las cebollas.)

Una mariposa y un ciruelo

Finales de marzo/principios de abril

El Prunus pisardii que ahora está plantado en LRO (en el Casi-jardín número dos, entrada del 25-12-2011) proviene de una ciruela recogida hace años en una ciudad del norte, al pie de un enorme ejemplar que crecía en el medio y medio de un solar “de próxima construcción”. ¿Seguirá en pie aquel ciruelo espectacular, que podía mantener él solito a varias familias de mirlos y ratones…?.

Bueno, la ciruela germinó en la maceta donde la enterré, se vino conmigo hasta Madrid, y siguió creciendo pacíficamente lejos de aquel solar amenazado. Una mañana de finales de marzo –el arbolito tendría ya unos cuatro años– salí a la terraza con mi taza de café y descubrí que el Prunus había sido literalmente invadido por una multitud de orugas verdes del tamaño de un pulgar…

Primera reacción: ¡se van a enterar éstas!. Segunda reacción: quizá habría que saber antes quiénes son y por qué han llegado hasta aquí…Cojo el autobús y me voy a comprar una guía de orugas. Las identifico enseguida, porque son gordas y lustrosas, inconfundibles: orugas de la mariposa Iphiclides podalirius, llamada “chupaleches” o “cola-de- golondrina”, que se alimentan de todo tipo de hojas de Prunus, género que abarca –entre otras cosas– la totalidad de frutales de hueso. Siguiente paso: hacer las paces. Sacarlas del ciruelo, para que no lo liquiden, y llevarlas a un sitio mejor. Vacío la cesta de la bici, traslado las orugas al interior (seis en total, más una que dejé quedar en el ciruelo), y las tapo con una rejilla de plástico, para que no puedan entrar ni salamanquesas ni mirlos, visitantes asiduos de la terraza (junto a un mosquitero que aparecía todos los años por marzo; curiosamente, no tenía palomas, de las que todo el mundo se quejaba…). Siguiente paso: darles de comer.

Vivía yo entonces cerca del Parque del Retiro –de donde sin duda había venido la madre Iphiclides a hacer la puesta–, así que hasta allí me fui en cuanto pude para recoger en el Huerto de los Franceses (junto a la noria), una buena cantidad de hojas de almendro. Con esas hojas frescas tapicé el fondo del cesto. Y la cosa funcionó. Las orugas se fueron zampando día tras día las hojas de almendro que les llevaba cada mañana del parque, mezcladas, por aquello de tener una dieta variada, con hojas de Prunus pisardii adultos. Pasados unos días las orugas se transformaron en una especie de estuches angulosos, rígidos, y se fijaron a los mimbres del cesto. Así se estuvieron durante varios días. Y por fin llegó la sorpresa.

A media mañana, cuando el sol de primavera ya calentaba un poco, vi cómo la primera mariposa –que me pareció muy grande– subía retrepando por las paredes del cesto. Me había perdido la salida de la crisálida, pero llegué justo a tiempo para destapar el cesto y que ella pudiera estirar sus alas en el borde, despacio, todavía muy adormilada  (Leí después en la guía que las mariposas hacen eso, nada más liberarse la exuvia, para que la linfa circule bien por la compleja red de venas que atraviesa sus alas). Pasados unos minutos –no lo recuerdo, ¿quizá un cuarto de hora?– la mariposa echó a volar con energía y desapareció para siempre.

Y esa es la historia. Aquella primavera, siete “colas-de-golondrina” engordaron como orugas, puparon, y finalmente se transformaron en adultos en mi terraza de Madrid. Las vi marcharse por los tejados del barrio, tan frágiles que daba miedo pensarlo. Pero hasta las mariposas, supongo, son más duras de lo que nosotros creemos. Si la madre de esas orugas consiguió llegar desde el Retiro, quizá sus hijas lograron hacer también el camino de vuelta. Lo cierto es que en el Huerto de los Franceses es fácil ver “colas-de-golondrina” revoloteando. Y en LRO todavía más.

El Prunus pisardii fue trasplantado hace tres años. Está sano y parece contento. Las colas-de-golondrina lo frecuentan durante meses, y alguna pone sus huevos en él. Pero ahora sabe defenderse solo. Por más que un par de orugas dejen sin hojas algunas ramas eso ya no va a poner en peligro la supervivencia del árbol. Ya no. Además, en LRO hay muchos almendros, con lo que la presión de las orugas se reparte entre todos. Y también hay muchos pájaros, que se comen  a su vez a las orugas y mantienen  la cosa en su justa medida (lo que no podía suceder en mi terraza en el centro de Madrid)…

No creo que este ciruelo –con sus genes nórdicos– pueda alcanzar nunca en LRO  el tamaño de su progenitor, el que crecía en aquel solar edificable. (¿Se lo habrán llevado ya por delante los bulldozers?). Sea como sea, lo que no tiene duda es que el hijo de aquel viejo ciruelo va a seguir creciendo, dando sombra, floreciendo, y alimentando a pájaros, ratones, orugas de Iphiclides, etc. unos dos mil kilómetros más al sur.

NOTAS

Un libro muy útil, al que le deben la vida las mariposas de esta historia: Guía de campo de las mariposas y polillas de España y de Europa, D. J. Carter y B. Hargreaves, Ed. Omega 1987.