Aguachirle

Continuación de “Vino casero en cinco pasos”:  3 (prensado) y 4 (desfangado)
(Paso anterior: https://laramadeoro.com/2013/10/20/vino-flor-la-flor-del-vino/ ‎)

prensaEsta foto preciosa la hizo mi vecino Óscar durante el prensado del sombrero (torta de hollejos y semillas que se forma encima del mosto cuando fermenta). Nos dicen que el vino prensado, si la uva no estaba completamente sana, puede arrastrar con él sustancias poco deseables, gérmenes de enfermedades futuras…Si ese mismo hollejo se vuelve a prensar, el vino que  salga de ahí estará más sano (lo “malo” ya ha salido en la primera prensada)…pero quizá no sepa a nada. En conclusión, por lo que voy aprendiendo sobre la marcha, el vino de prensa (primera o segunda o ambas) es un vino de calidad mediana. Un aguachirle. Se mezcla al escurrido (al vino flor) porque son muchos litros de vino que no hay que perder, y porque al mezclarse (me aseguran…) el bueno tiene la oportunidad de corregir al malo.

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Resumen de lo que hicimos por si lee esta entrada algún compañero vinatero interesado en los detalles.
…Teníamos, finalmente, tres cubas, en las que se realizó la fermentación alcohólica durante 12 días.
1ª- Una de acero, con vino rico correctamente sulfitado.
2ª- Una segunda de plástico con vino malo sobre-sulfitado , según contamos en el primer post (no es que fuera malo-malo, malo sin remedio; es que el sulfito en exceso  retrasa la primera fermentación y compromete la segunda).
3ª….Y una tercera cuba, también de plástico, con uva que vendimiamos y despalillamos a toda pastilla cuando decidimos que la segunda no podría mezclarse con la primera; necesitábamos esta cuba 3 como “surplus” para rellenar la 1 cuando le quitáramos el sombrero (que ocupaba, sin exagerar, un tercio del volumen de la cuba).aprovechando hasta la última gota

Como el vino de este año no se va a envejecer (más adelante, ya hablaremos…) decidimos hacer esta operación -retirada y prensado de los sombreros – un poco antes de que terminara del todo la fermentación, para que  el vino no saliera excesivamente cargado de taninos. Cuando el densímetro empezó a bajar de 1000g/L, señalando “el comienzo del fin”, procedimos.

Una vez retirados los sombreros (y apartados en capachos), el vino bueno de las cubas 1 y 3 se mezcló en la de acero, cubriéndose así todo el volumen disponible. Sólo vino escurrido, pues  (véanse los vídeos del anterior post). Y el  vino malo de la cuba 2 se volvió a su sitio, a su cubita de plástico, usando como relleno el vino prensado de los hollejos buenos (esto es: sombreros de las cubas 1 y 3; los de la 2, malos con avaricia, se fueron a abonar un rosal trepador). Quedaron en la bodega, pues, las dos cubas que se ven en la foto.
vino descansandoUna semana después de retirados los hollejos, cuando dimos por terminada la fermentación, trasegamos nuevamente para “desfangar” el vino, es decir, para quitarle del fondo las levaduras muertas en acto de servicio (acabado el azúcar, se quedan sin combustible y el motor se para). Usamos un tubito de plástico de uso alimentario, varios barreños de diferente altura, y el principio de los vasos comunicantes.
STOP.

¿Y qué pasa ahora?, ¿hay alguna posibilidad  de que nuesto vino realice, aunque sea a trompicones, la segunda fermentación ( la dichosa fermentación  maloláctica)…?

(Suspense)

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Castañas y mosto

HEL218361(Castañas y vino joven, Albert Anker, 1887).
Entre mediados de octubre y mediados de noviembre – límites elásticos, en especial hacia el verano- los habitantes de una franja de tierra que va desde los montes del Caurel hasta las estribaciones del Caúcaso, bajando por el sur hasta la cordillera del Atlas y subiendo por el norte hasta los valles recoletos del Tesino,  han empezado a encender sus hornos, asadores portátiles y paelleras agujereadas, y, al tiempo que preparan el primerísimo vino del año (es el momento del descube), separan las castañas buenas de las picadas, les hacen un cortecito con una navaja para que no estallen, y las van echando con parsimonia a las brasas, donde se irán calentando lentamente, una media hora, o, para ser exactos,  “el tiempo de rezar un rosario”.
Como el cuadro está en un museo de Berna, y su autor era de allí, puede pensarse que las castañas proceden  de Ascona, a orillas del Lago Maggiore, donde cada mes de octubre se sigue celebrando la “castagnata”, hermana gemela de nuestros magostos (algo más tardíos). ¿Y ese líquido pastoso de la copa?. ¿Vino joven, como dice el título?. No, no lo parece. Mosto espeso, más bien. Será un mosto de chasselas, procedente de unas viñas de la vecina región de Lavaux, plantadas a lo loco, “en foule”, que es como se hacía antes en toda Europa (antes de las calles ordenadas y simétricas, las espalderas, las podas rigurosas, etc) y vinificadas en un visto y no visto, como todavía hacen algunos por aquí (Anastasio, por ejemplo, “corre” el vino a mediados de noviembre)

Nota.
Albert Anker es especialmente conocido por sus escenas de género – niños, juguetes, perritos e institutrices-, reproducidas en calendarios y diverso “merchandising” alpino, un monumento a la gazmoñería que, sin embargo, es lo que en su tiempo le daba de comer a este señor. No los bodegones, que pintaba para él, por puro placer, y que hoy, hoy que el mundo está tan gastado, es lo que de verdad nos encandila a nosotros, necesitados como estamos de que nos ayuden a recordar las cosas tal cual eran. Es decir, tal cual son.

Vino flor, la flor del vino.

Continuación de “Vino casero en cinco pasos”: 2 (descube)
Paso anterior: https://laramadeoro.com/2013/09/27/vino-casero-en…os-mas-o-menos/



A punto de terminar la fermentación alcohólica, retiramos con espumaderas y cazos el “sombrero” (hollejos y semillas que suben a la superficie de la cuba). A continuación trasegamos el vino abriendo el grifo ( primer vídeo: poníamos las manos para que el chorro no saliese disparado). El vino se pasó a unos barreños temporales, mientras fregoteábamos las dos cubas en el jardín. Después lo devolvimos a su sitio, pero aprovechamos el momento para filtrarlo un poco con un simple colador de cocina (segundo vídeo). Al llenar de nuevo las cubas, salpicando desde cierta altura, se forma una espuma rosa, muy rica y fragante.  Hemos leído que a este primer vino trasegado se le llama vino “escurrido” o “vino flor”. ¿Y qué hicimos con el sombrero…?.

(Continuará: paso 3)

Vino casero en cinco pasos (más o menos)

CIMG5505 Paso 1. 21 de septiembre, víspera del equinoccio de otoño.

Hemos comprado una despalilladora-estrujadora-con bomba, a medias con unos amigos de Segovia,  que trabajan aquí mismo pero suben a hacer el vino a su pueblo, Cantalejo, casi un mes más tarde que en LRO.  La idea era hacer 300 litros de vino casero, para lo que necesitábamos unos 600 kilos de uva. La nuestra, la garnacha tinta. El resto de la cosecha se iría a la cooperativa, y de ahí, suponemos, a la China conchinchina….(https://laramadeoro.com/2012/09/29/vino-tinto-en-…eleste-imperio/ ‎) Además de la máquina y la correspondiente manguera, compramos una cuba de acero inoxidable con su super-tapa- sistema “siempre lleno” (la tapa lleva por dentro una cámara de caucho, como la de las bicis, para que el cierre sea hermético), otras dos cubas de plástico más pequeñas para los trasiegos, un termómetro, un densímetro, y unos sobrecitos de metabisulfito de potasio.

CIMG5441

Cepas en vaso: hay que vendimiar con faja, o doblar un poco las rodillas.

Seis adultos y dos niños procedimos a vendimiar el sábado 21. Tres días antes le habíamos llevado una muestra de las uvas a un amigo enólogo (entusiasta y paciente, nos atendió a pesar de estar él mismo en plena melé). Las metió en la licuadora, midió el azúcar del mosto, y  nos dijo que el futuro vino andaría sobre los 13º. Que vendimiáramos ya. (Curiosamente, en la cooperativa no vendimian la garnacha hasta finales de mes. Ahora andan con el tempranillo. ¿Por eso salen después esas bombas de relojería, que más parece coñac que buen vino tinto?). Encargamos una paella grande.  Pusimos unas cervezas a refrescar en el pilón. Se repartieron tijeras, cubos, capachos. pesar la uvaPara pesar la uva utilizamos una báscula y un taburete puesto del revés.  Procuramos recoger sólo la crema del viñedo, los mejores racimos, descartando “rebuscos”  (los “nietos”: racimillos tardíos del extremo de los sarmientos) y uvas enfermas o a medio madurar.
A las cinco de la tarde, ya comidos y bebidos, dimos por terminada la primera parte del día.  Los cuatro adultos que continuaríamos con la “vinificación” cargamos la furgoneta y nos volvimos al pueblo.  El resto de los vendimiadores se fueron a descansar, cada mochuelo a su olivo. Lo que tocaba ahora era: descargar ordenadamente la uva, colocándola cerca de la puerta de la fresquera (convertida desde el sábado en “bodega”); atornillar la manguera a la bomba de la despalilladora; extender una lona bajo la máquina, para que vayan cayendo en ella los raspones.entrada en la bodega
Uno se encargó de encender la máquina y controlar posibles atascos/problemas. Otro de  sostener la manguera en la boca de la cuba. Otros dos, de ir vaciando las cajas en la despalilladora y echándolas, ya vacías, al jardín, para que no mancharan ni estorbarán en la bodega. En veinte minutos habíamos terminado. La cuba estaba llena de una pasta  violeta, formada por el mosto, los hollejos y las semillas. Los raspones –el “escobajo”, le dicen algunos- formaban una montañita al pie de la máquina. Los retiramos en capachos y los echamos al pie de un olivo (hoy que escribo esto, tres días después, me los he llevado ya de vuelta a LRO, para que se pudran sin prisas en la misma tierra que los produjo). probando el mostoHicimos un alto. Extrajimos por el grifo de la cuba dos buenos litros de mosto, que nos bebimos ahí mismo, encantados de la vida.  A continuación calculamos el volumen de pasta real; la cuba es de 300 litros ; la pasta, 291 ( hay que dejar un poco de espacio para poder mecerla…luego lo cuento). Decidimos echar el metabisulfito en una  dosis mínima: 8 mg por hectolitro (podían ser 4 mg ahora y otros 4mg después de prensar, dentro de unos días, pero los que saben de esto por aquí nos dicen que mejor ahora y todo de golpe; con todo: la dosis considerada estándar es de 10mg;  la habitual por la comarca –a pesar de lo que se recomienda en la consejería de agricultura- 20 mg; y la dosis máxima, según el propio fabricante, 30mg; si uno se pasa con el metabisulfito, el vino perderá color y la segunda fermentación NO se producirá). Retomo el hilo: dijimos que 8 mg por hectolitro. Teníamos casi 3 hectolitros en la cuba, pero redondeamos a la baja y echamos 20 mg, medidos en una báscula de precisión. Los polvos se disuelven en una probeta con un poco de mosto. Se bate bien. Y uno lo va vertiendo lentamente en la cuba mientras otro mece la pasta con el artilugio previsto para la ocasión ( está hecho con un mango de herramienta y una tapa de olla, comprada en el chino del pueblo). Como nos sobró bastante uva, la guardamos para repetir la operación el lunes por la tarde (1) .
Medimos el pH (3.3), la temperatura (23º) y la densidad de la pasta (1090gr/L). Lo anotamos todo en el cuaderno de bitácora , que hay que cuidar como oro en paño de ahora en adelante. Tapamos el “vino” con un plástico y unos pulpos, para que no entre n moscas ni polvo. Barrimos y fregoteamos la bodega. Dejamos bien limpia la máquina, que  este año todavía tiene que dar buena cuenta de las uvas de Cantalejo.
meciendo el vinoY nada más. Ya sólo queda esperar a que fermente, bazuqueando y tomando la temperatura una o dos veces al día. Explico lo del bazuqueo: en los hollejos están los pigmentos, aromas, etc que darán vida al vino. Al mecerlo todo junto, el mosto se colorea y enriquece. Por eso no había que rellenar la cuba hasta el borde, para evitar salpicar alrededor.
Me dicen los amigos de Segovia, que ya saben mucho de todo este jaleo, que cuando arranque la fermentación lo oiré antes de verlo…Bajo unas veinte veces al día a la bodega y pego la oreja a la cuba a ver qué pasa. En cuanto empiece, aviso a todo el mundo por sms.

(Continuará: pasos 2,3,4,y 5  +/-. Para leerlos, pinchen ustedes en la etiqueta “la uva y el vino”)

Post data

Esta tarde ha arrancado POR FIN la fermentación, cuatro días después del encubado. Se oye muy bien  el gru-gru-gru… muy suave, el borbotear de las levaduras haciendo su trabajo.  (Al volver del campo me encontré una especie de globo encima de la cuba: el plástico sujeto con los pulpos, inflado con el gas que desprendía el vino. Hubo que sacar con espumaderas y coladores una buena cantidad de hollejo, que estaba ya a punto de rebosar. Otra razón, pues, para no llenar hasta arriba la cuba)

vendimiadores 2013

La garnacha de LRO. Lo siguiente: el tempranillo de Cantalejo.

NOTA
(1) …Y así lo hicimos, pero con algún que otro percance. Despalillamos-estrujamos y pusimos la uva a fermentar. Nuestra intención era usar este excedente como relleno en el descube, cuando desalojemos los hollejos de la cuba principal (paso dos). El percance consistió en lo siguiente: no usamos una báscula de precisión (de las de laboratorio) sino la de la cocina, que falsea los datos por debajo de 20 gramos.  Echamos más metabisulfito del que queríamos, y no nos dimos cuenta hasta que vimos que el mosto parecía cola-cao.  Llamamos enseguida a nuestro enólogo de proximidad, que nos tranquilizó, asegurándonos que el mosto fermentaría lo mismo, sólo que más lentamente. Decidimos no tirarlo -por aquello de experimentar- pero no lo mezclaremos de ninguna manera con el otro… (“Sus pasasteis”, me dijo Miguel, el pastor, cuando le conté el caso)

Sol de septiembre

2012-06-21 01.26.30De hora en hora las uvas pasan del verde al morado.  Los higos se rajan.  Las manzanas se sonrojan por el lado que da al sol.  La corteza de las almendras se abre y cae al suelo. Las aceitunas siguen engordando despacio, sin llamar la atención.  Los jabalíes empiezan a venir por las noches a la charca; son, seguramente, los que nacieron esta primavera.   En la orilla del camino hay conejos, liebres, tórtolas, y turistas de Madrid recogiendo moras y endrinas.
Ya no están tan erguidas las matas de la huerta: en un determinado momento de la pasada semana –cuando las temperaturas nocturnas pegaron el primer bajón importante- las tomateras, todavía vencidas de fruta, la mejor del verano, la más dulce,  renunciaron  a la carrera y detuvieron la producción de nuevos brotes.
Los pájaros empiezan a reunirse (“ya os llega la muerte, ya os llega..”, les decía Anastasio, el anterior propietario de LRO, cuando se acercaba el otoño).  A lo lejos, si uno se retrasa en el campo a la caída de la tarde, se oyen guñidos y quejidos tristes: ¿quizá venados?. De debajo de las tejas salen lagartijas del tamaño de un meñique. Las ranas  ya no  alborotan. El Rey Moro (Brintesia circe), esta mariposa negra de la foto, hace lo que puede entre la hierba seca de la pradera. Aún le queda septiembre, sí, pero cada noche será más fría que la anterior y contra eso no hay remedio. Las mariposas  irán desapareciendo, poco a poco, hasta que se haga el silencio en la pradera.
La luz de estos días es un milagro. ¿Viene del mismo sol que la luz del resto del año?. Se diría que viene de más atrás, del otro extremo de la galaxia. A primera hora de la mañana, como al atardecer, la luz llega a LRO en rayos oblicuos y  largos. Reparte  sombras desproporcionadas por donde pasa y entra a fondo en cada cosa que toca, cambiándole el color,  haciendo que todo parezca más verdadero, valioso, e intenso.

Indian Summer (2ª parte)

Septiembre 2011

En España los bosques de “planicaducifolios” (traducido: árboles de hoja ancha y caduca) se encuentran principalmente en el tercio norte, “Iberia húmeda”, o como se le quiera llamar; más abajo, sólo dominarán los fresnos, o los melojos, o cualquier otra frondosa de hoja caduca, allí donde el suelo sea algo más fresco y profundo, el calor menos intenso… Por eso no pueden dominar en los suelos castigados de La Rama de Oro. El arbolado dominante pasa a ser de encina, alcornoque, enebro, pino piñonero y carrasco. El del paisaje mediterráneo, con menos hoja caduca y más hoja perenne. Lo que equivale a decir: con más eficacia energética, menos derroche. Lo que equivale a decir: con menos otoño. (véase Los Bosques Ibéricos, Ed. Planeta, VVAA, en especial pp.269-272)

El verano indio es un privilegio del bosque templado americano. A otra escala, hay colores fastuosos en bosques y jardines de Japón. Y aunque nuestros bosques europeos de frondosas –hayedos, carballeiras, melojares…– se encienden y centellean con el veranillo de San Martín, no resisten la comparación, ni en variedad ni en envergadura, con sus primos americanos.

Hoy sabemos que no siempre fue así. Los fósiles prueban que en el terciario nuestros bosques de Europa eran tan ricos como los de América. La razón de nuestra inferioridad actual tendría que ver con la disposición este-oeste de las cadenas montañosas –Sistema Central, Pirineos, Alpes, Cárpatos…– así como con la intromisión del mar Mediterráneo. Entre unas y otro impidieron que en los períodos interglaciares de la era cuaternaria (cuando el tiempo se caldeaba un poco, con la retirada temporal de los hielos) la rica vegetación del terciario, literalmente refugiada en sus cuarteles del sur, volviera a subir hacia latitudes más altas. Lo que no sucedió en América del Norte, donde todos los sistemas montañosos tienen una orientación norte-sur.

En nuestros bosques europeos este verano tardío no es un “indian summer” de escarlatas y púrpuras; nuestro otoño tiende al amarillo, me parece, más al amarillo que al rojo: el amarillo de los chopos, de los abedules, de los cerezos. Nuestro otoño es, por ejemplo, un veranillo de San Martín leonés, berciano, de oro viejo, ocres y ámbar. Hay tramos de la N-VI, entre Ponferrada y Sarria, en los que los bosques de castaños y carballos (y en menor medida, de cerezos, serbales, bosquetes de abedules…) hacen que las laderas –especialmente por las mañanas, cuando uno conduce con el sol detrás– parezcan un mar de reflejos amarillos y verdes. La escena es tan consoladora que hace olvidar por un momento los otros tramos, más numerosos, que no son sino una sucesión de tierra quemada y vuelta a quemar, donde los brezos o, en el mejor de los casos, las retamas y los tojos, intentan reiniciar la sucesión ecológica que en cien, ¿doscientos años? permitirá que vuelva el bosque. Los colores se repiten en las faldas de Picos de Europa, en lo que nos queda de robledales y hayedos de la cornisa cantábrica, en los castañares de Gerona… Una mezcla espesa de todo esto, con el añadido de los setos de carpes y hayas, se puede ver ahora mismo, ya, en el bosque de La Granja, por los caminos umbríos que suben hacia El Mar.

Uvas  en La Rama de Oro.

En cuanto a La Rama de Oro, como en todo el paisaje circundante de la zona suroeste de Madrid, el premio se lo llevan los terebintos, de los que no puedo evitar hablar a cada paso. ¡Y las cepas de “morenillo” (variedad de cariñena ) y tempranillo!.  Pero ni siquiera aquí llevamos ventaja. Las “viñas vírgenes”, de un púrpura subido (que no es fácil comparar con nada), no han recibido su nombre por ninguna razón que tenga que ver con la virginidad: lo han recibido de su supuesto lugar de origen, Virginia, en los EEUU. Otra vez las glaciaciones. Y sin embargo, ahora que lo pienso, las uvas de la viña virgen no valen nada. Los rojos y escarlatas que no vemos en nuestros bosques, tan cabizbajos en comparación, sí los veremos  correr y burbujear el año que viene …¡en las bodegas!.

Indian Summer (1ª parte)

Noviembre 2010

Otoño en el río Hudson, el cuadro más conocido de J. F. Cropsey fue mostrado al público por primera vez en la Exposición Internacional de Londres de 1862. Cropsey, nacido en Nueva York, llevaba ya varios años instalado en Inglaterra, de modo que el cuadro no lo pintó al natural, sentado con su caballete frente al bosque encendido de los Arriondack, un lánguido y fresco atardecer de octubre. Cropsey pintó este Otoño en el Hudson en una habitación de hotel junto al Támesis, sirviéndose de sus recuerdos y, sobre todo, de la colección de hojas secas y prensadas que habían viajado con él desde el Nuevo Mundo. El público londinense juzgó que el colorido de los árboles de aquel cuadro –arces, abedules, olmos, cerezos…– era sencillamente imposible: untrue, unbelievable. Así que, para convencerles de que su obra era el fiel reflejo de la realidad y no una idealización de gusto prerrafaelista, Cropsey instaló junto al cuadro un pequeño bastidor de cartón en el que fue colocando su colección de hojas secas. El éxito fue completo. A partir de ese momento el autor del lienzo quedo consagrado como pintor oficial del indian summer[1].

La anécdota está recogida en el catálogo de la exposición “Explorar el Edén. El paisaje americano del siglo XIX” que orgánizó hace unos años el Museo Thyssen. Algunos de los cuadros de esa exposición están aquí de forma permanente, en los fondos del Museo. Así que, gracias al buen gusto del difunto Barón (y a la cabezonería de su señora), a los ciudadanos de Madrid no les hace falta cruzar el océano para entender lo que significa el verano indio, el veranillo de San Martín o “verano en otoño” de la región de los Grandes Lagos. Basta con acercarse al Paseo de Recoletos y buscar El lago Greenwood por las salas del primer piso del Museo Thyssen. Es una de las últimas obras de Cropsey. Allí están, entre otras frondosas de hoja caduca, los protagonistas absolutos de septiembre y octubre: el arce rojo y el arce de azúcar, inflamando el bosque durante semanas antes de la entrada del invierno.

La explicación botánica vendría a ser ésta: la clorofila, pigmento verde encargado de realizar la fotosíntesis, empieza a trabajar menos cuando, hacia finales del verano, la disminución de horas de luz es ya perceptible, lo que coincide con las menores necesidades energéticas de las plantas y con la máxima acumulación de azúcares en las hojas. Comienza entonces la traslocación de esos azúcares hacia las raíces y otros puntos de almacenaje de reservas. Pero mientras ese viaje descendente concluye, durante las semanas anteriores a la caída de la hoja, la clorofila (que ya ha terminado su faena) le cede la plaza a otros pigmentos, esto es, a los amarillos, naranjas, escarlatas: los colores del ocaso, los mismos que vemos en el cielo de los primeros atardeceres de otoño, y en esos paisajes arrebolados del Museo Thyssen.


[1] Para la descripción literaria de lo que contenía el bastidor con hojas secas de Cropsey se encuentra en la obra de un contemporáneo, Colores de Otoño (Olañeta, 2002), el opúsculo de H. D. Thoreau sobre los bosques de su Massachussets natal: “No comprendo qué hacían los puritanos en esta estación –escribió– cuando los arces llamean de carmín. Sin duda no rezaban en estos bosques. Quizá por eso construyeron sus templos y los cercaron rodeándolos de caballerizas…”.

Estrictamente para pájaros

Septiembre 2011

…es a finales de septiembre la orla espinosa de bosque, coloreada de endrinas, escaramujos, bayas de majuelo y las últimas moras maduras. Las endrinas se van derechas al congelador; dentro de unos días las mezclaremos con orujo, anís, un poco de canela y corteza de limón, y en seis meses el licor estará a punto. Con los escaramujos de Rosa canina sólo sé hacer ramos –un tanto minimalistas– que se conservan dos o tres semanas en su jarro de cristal. Los majuelos no están sanos; los veo decaer de año en año, sin remedio, y la fruta (que no es una baya exactamente, sino un “pomo”, una especie de minúscula manzana) ni cuaja bien ni termina de madurar; de esto habría que hablar un día en “la otra rama de oro”, la de los madroños y melojos en retroceso. En cuanto a las moras, se las dejamos íntegramente a los pájaros y a los paseantes; en LRO cultivamos dos variedades hortícolas, ‘Royal Crown’ y ‘Dicksen’, que maduran en agosto. Por estas fechas, ya un poco saturados de moras, los ojos (y las manos) se nos van a los higos.

Estrictamente para pájaros, en el jardín, son los setos de piracantas, que se llenan ahora de racimos anaranjados, escarlatas o amarillos. Los pájaros no se acercarán a comer las piracantas amarillas, ni las sinforinas blancas, ni nada que no tenga aspecto de estar bien maduro. También los cotoneaster se llenan ahora de fruta roja. Y las nandinas. Y los berberis. Los pájaros que tengan que volverse a Africa engullirán cuanto puedan antes de partir. En LRO son los abejarucos, oropéndolas, alcaudones… Todos ellos prefieren insectos y lombrices, pero en este momento del año no parecen hacerle  ascos a nada.

A muchos kilómetros de aquí, en la montaña, los pájaros pierden la cabeza por las bayas del serbal (botánicamente, creo que también son pomos). Hace años, tantos que ni me acuerdo, grabé un vídeo de pocos segundos en medio de un bosquete de serbales; miré hacia arriba y filmé lo que veía mientras giraba sobre mí misma; era, literalmente, una descarga de granizo naranja. Y se me ocurrió pensar en Strictly for the birds, aquel disco viejuno de Menuhin&Grappelli. El vídeo se perdió hace tiempo, con el ordenador en el que estaba guardado. Pero lo volveré a grabar en cuanto vuelva a cruzarse un serbal en mi camino.

Terebintos, zumaques, pistacheros

Noviembre 2010

Hay dos arbustos en La Rama de Oro que se comen literalmente el otoño. Mires hacia donde mires, allí están. Son el terebinto, que tiende al rojo a partir de finales de octubre, y el zumaque, que va pasando del ámbar (cuando la mitad de las hojas están todavía verdes) al naranja intenso. Son de la misma familia, la familia del anacardo y del  pistachero.  Los dos destacan fuertemente contra el verde oscuro de las encinas.  Los dos pierden su follaje muy poco después. Sobre la ramas quedan, en el caso del terebinto, esas agallas en forma de cuerno que justifican el nombre local de “cornicabra” (como esa variedad de olivo que inunda Castilla). En el caso del zumaque, los tirsos florales, que se mantienen erguidos –aunque ennegrecidos y mustios– hasta que la lluvia y el viento los vencen.

Los zumaques no son exactamente autóctonos. He leído que los trajeron los árabes en el siglo X, y que sus ramas, ricas en taninos, se usaban hasta anteayer para curtir pieles. Un amigo ciclista, que se conoce muy bien todos los caminos, me hizo observar que no había muchos zumaques en la zona; que, en realidad, sólo los había en dos o tres fincas. ¿Es posible, entonces, que fueran plantados deliberadamente, por la misma persona que después, en agosto, cortaba los ramos del año y los ponía a macerar?. En el pueblo hay una calle que se llama así: calle de las tenerías. ¿Es posible, entonces, que los propietarios anteriores a los anteriores propietarios –que de esto no saben nada– se dedicaran a curtir pieles?. ¿Es posible que en La Rama de Oro hubiera ganado a principios del pasado siglo, vacas de raza avileña, negras y mansas, como las que todavía cría uno de mis vecinos?.En cuanto al terebinto/cornicabra, otro vecino me dijo que hacía años habían intentado desde no sé qué organismo oficial animar a los agricultores de la zona a injertar en ellos pistacheros. Pero el injerto era trabajoso, las marras muchas. No sé si fue por cansancio, o por desidia, o por la lentitud del árbol en empezar a producir, pero la cosa quedó en nada. En La Rama de Oro se han plantado ocho pistacheros ya injertados; de momento van creciendo, pero tan lentamente que parece que no, que no quisieran crecer ni estar ahí (un par de centímetros al año, y con desgana). Creo que, a pesar de lo que dicen los libros, habría que regarlos muchísimo más (yo sólo lo hago dos veces al mes). Las hojas no se colorean en otoño; se ponen lacias y un buen día caen al suelo, sin llamar ni poco ni mucho la atención.

Zumaques y terebintos son otra cosa, aunque su fruto no se coma ni el arbusto, en realidad, tenga ya ningún aprovechamiento.

Donde crecen juntos, hombro con hombro, creo que el zumaque le gana terreno al terebinto. Sus raíces son fuertemente invasivas, pero además produce cientos de semillas aplanadas y peludas. Los pequeños frutos del terebinto (¿pistachos silvestres?) se los comen algunos pájaros, y las raíces, aunque también vigorosas, parecen ceder ante las del zumaque. Pero no lo sé seguro. Sólo es una impresión de estos cinco años: las colinas de La Rama de Oro dominadas por los zumaques no paran de crecer y extenderse.