Al principio fue la avena

0- fresa-9dic2006Se entra en LRO por un camino en pendiente que pasa por encima del antiguo cauce de aguas pluviales. Este repecho de la entrada vió por última vez un arado a finales de noviembre de 2006, unos días después de comprar la finca. A principios de diciembre, ya con el invierno pisándonos los talones, Anastasio nos ayudó a sembrar  una mezcla de avena (que compramos en el almacén de `piensos del pueblo) y de alfalfa (que tuvimos que encargar, y que en parte fue responsable del retraso  en la siembra).   Como Anastasio araba en la dirección de la pendiente, y fue inútil tratar de convencerle de que lo hiciera al revés, a continuación tuvimos que pasar una “mulilla” en la dirección contraria (foto), con la idea  de reducir la escorrentía.  No fue grave la cosa. A pesar de haber sembrado tan tarde y ya con el frío encima, la semilla germinó, y en abril daba gusto ver aquella pelambrera de color verde cubriendo la pendiente hasta el camino. En otros lugares de la finca, más expuestos, se sembraron cebada y yeros. Y en la pradera de abajo (otra historia, para otro post), un saco de semillas silvestres.  De todas esas siembras del primer año la mejor fue ésta, ésta que cuento ahora, la avena y la alfalfa de la entrada. Ya a principios del verano segamos con la hoz una parte de aquel herbazal y lo usamos como acolchado para moras y frambuesas (entonces en su mejor momento; hoy ya han pasado a mejor vida, véase el post “Adiós a las frambuesas”).  Una banda de tórtolas vino a dar cuenta de la semilla caída. Se esperaban quietecitas en el alcornoque del vecino (ese árbol precioso de la primera foto, del otro lado del camino) y en cuanto la furgoneta desaparecía al caer la tarde… ¡zás!, ellas salían de la copa y se llegaban a la avena.  A mediados de agosto la avena  se secó, pero la alfalfa sí sobrevivió a la calorina, con sus raíces como tenazas agarradas a la tierra. Las ovejas de Miguel, el pastor, vinieron a rematar esa alfalfa  siempre verde y los pocos granos que las tórtolas habían dejado entre la paja.
Y pasó el otoño, y pasó el invierno. Y plantamos una docena de almendros, de los que, seis años después, sobreviven la mitad, ni se sabe muy bien cómo.  La alfalfa, leguminosa vivaz, sigue brotando cada año. Ya he contado en otro lugar que un vecino viene a segarla, por poca que sea, para dársela a sus conejos.  En la primavera del 2008, aunque no se había repetido siembra alguna, incluso la avena volvió a salir, para sorpresa de todo el mundo, gracias al puñado de semillas que habían escapado a los pájaros, ovejas, hormigas, ratones…marzo 09,todavía avenaUna mañana de marzo, mientras yo almorzaba bajo el sombrajo de la casilla, se acercó una vaca negra -de las que suben en invierno a esa finca del alcornoque- y ahí se estuvo varias horas, regalándose con aquella verdura fresca, hasta que se hartó y se volvió a casa.
En el año 2010 pusimos finalmente la primera de las “huertas de la entrada”. Para entonces el pastor estaba ya muy mal de la espalda (y las rodillas). En vez de venir hasta allí las ovejas, iba yo al “tinao” a recoger estiércol. También hemos hablado de esto en otros posts. Bueno. Gracias al “abono verde” de la avena y la alfalfa, a la recuperación de la cubierta vegetal y al fin de la erosión, todo ello acompañado de sacos de estiércol y bastante paciencia (mezclada con vagancia)… la tierra se recuperó. En el 2012 se puso una “segunda huerta de la entrada”, para ir alternando los cultivos y tratar de engañar a algunos parásitos. Los pocos metros cuadrados que pueden robar las raíces de los siete almendros supervivientes se compensan más que de sobra con lo agradecido de su sombra. Que se lo pregunten, si no, a los calabacines. Son dos huertas muy apañadas. En la segunda quincena de agosto la sombra del alcornoque se extiende a última hora de la tarde por la primera huerta. ¡Y cómo se lo agradecen las coles!. Pensando en esa sombra, contando con ella, plantamos precisamente ahí lo que más frescor necesita  en esa época del año.tomates y pim  julio
Y para terminar: véase la primera foto, a la derecha. Sólo ese tramo de la entrada -unos diez metros más o menos-  están cerrados con algo de malla, para impedir que los perros se echen a las bicis cuando bajan como locas por el camino. Para camuflar la malla y aislar un poco la huerta, plantamos tres encinas y muchas jaras y cantuesos traidos de otros lugares de la finca. Pero  lo mejor de la entrada es esta otra encina, la que reproduzco a continuación, y que ha nacido sin que nadie se lo pidiera justo en el punto rojo marcado en la foto de arriba (siete años separan una foto de otra, pues). No era más que un batiburrillo de retoños que todo el mundo pisoteaba al entrar; que ni se veían. Al jubilar el arado, la cosa cambió: los retoños crecieron, crecieron todo lo que puede pedírsele a un retoño de encina en un secarral como éste, y así siguieron, muy lentamente, hasta que, en un momento dado, me animé a coger la tijera y  a poner orden. Sólo he dejado un “fuste”. Limpio todo lo que crece por debajo y alrededor, para que éste crezca sin competencia. Hoy me saca a mí dos buenas cuartas, lo que seguramente no sería nada del otro mundo si no estuviéramos hablando de una encina -y de una encina que no se riega JAMÁS-; está llena de  brotes glaucos, que crecen derechos y decididos, y en los que que más pronto que tarde, si todo va como hasta ahora,  acabará viniendo a anidar algún pájaro.

encinita.jpg

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Palabros (2)

la turbera antes y despuésTurba. En el colegio, en la EGB de antes (ahora ya no lo sé) nos hacían memorizar la serie “ antracita, hulla, lignito, turba”. Millón de años arriba, millón de años abajo, todo venía a ser lo mismo:  fósiles vegetales sepultados, de cuando la tierra era verde hasta en los polos.  Las turberas son inmensos yacimientos de esos fósiles, esfagnos (un tipo de musgo) en su mayor  parte,  que se han acumulado en zonas cenagosas y frías, permanentemente encharcadas, es decir, sin aire.  Los organismos descomponedores que trabajan en un bosque templado no pueden de ninguna manera trabajar ahí. Los que lo hacen son otros (bacterias “an-aerobias”), y el producto final, como era de esperar, también es otro. En las turberas los restos orgánicos  no se descomponen y forman humus, liberando lentamente sus componentes. En la turbera no hay “humi-ficación”  sino “carbonización”. Otra historia. El resultado de la acumulación de esos restos, durante miles y miles de años, es un colchón de fibras compactas. Como esponjas comprimidas, muy fibrosas y ligeras pero muy pobres químicamente (¡no hay humus!). E inertes. Esto es, un material perfecto para las raicillas de las plantas recién germinadas. Por eso se usa tanto en los viveros de producción y es un componente básico de los “sustratos universales” para macetas (en los restantes sustratos, aunque en menor proporción, también suele estar presente).

…Y todo estaría muy bien si no fuera porque la extracción industrial de turba para jardinería ha provocado la desaparición de marismas  enteras en el norte de Europa, paisajes frágiles donde crece (crecía) el rosolí y cría (criaba) el gallo lira. Una loncha de turba de un metro de espesor de esta turba (la extraen con palas excavadoras) ha tardado 1000 años en formarse. Y esa misma turba, ese tesoro delicado, se va después a rellenar nuestras macetas de geranios. Como efecto secundario –por si  este desaguisado irracional  no fuera suficiente- la extracción de la turba libera a la atmósfera toneladas de CO2 .

gallo lira en una turbera

 (Foto de Erlend Haarbeg para el blog wild-wonders.com)

ATENCION pues a los “sustratos universales” (y a todos los demás también) que vamos a comprar.  Cada casa comercial tiene su receta.  Al leer la etiqueta hay que fijarse  sobre todo en dos cosas:

  1. Proporción de materia orgánica y procedencia de la misma; normalmente no la llevan; la reemplazan por abonos minerales, es decir, por el “bote de micebrina” (véase post anterior). A más vegetal, más calidad.
    2.  ¿LLeva turba?; seguro que sí;  en España es difícil encontrar sustratos sin ella.

Conclusión: lo que solemos comprar en los dichosos “Garden Center” es una esponja de turba triturada a la que le han agregado/inyectado abonos minerales.   Limitándonos por un momento al aspecto jardinero del asunto,  lo recomendable  sería  mezclar el sustrato con “tierra” de verdad, para que el producto final sea más consistente, pues una vez que se seca la turba no hay forma de rehidratarla (el agua corre maceta abajo, sin que nada la frene), y una vez que se consume la micebrina, que lo hará en un visto y no visto, ¿qué hacemos?; ¿empezamos otro bote, y otro…?.  La tierra del jardín lleva también hongos y bacterias (y otras cosas) que le darán vida al sustrato (larga vida, lo que NO nos ahorrará tener que cambiarlo algún día, bastante después, cuando las raíces crezcan y el aporte de materia orgánica se reduzca/detenga –en una maceta es lo normal : no caen hojas ni vienen los animales a anidar…)
drosera rotundifoliaPero el párrafo anterior, en realidad, SOBRA.  A base de romperme la cabeza una y otra vez, y de agobiarme pensando en el rosolí (una especie de Drosera, planta carnívora, la alta-tecnología del mundo vegetal; la foto procede de wikipedia)  he llegado a la conclusión de que lo mejor  es  que cada uno se haga propio “sustrato” para macetas, mezclando tierra limpia del jardín con un puñadito de humus y, si  hiciera falta aligerar la mezcla, con un poco de fibra de coco (la venden en todas partes; son como un ladrillo marrón, que hay que deshacer en un cubo de agua antes de usarlo).  Pero incluso la fibra de coco (o similar) se puede reemplazar por mantillo casero de hojas secas, no completamente desmenuzadas (a medio camino).

Y una última cosa. Lo de verdad importante, lo esencial  de toda esta película, es preguntar una y otra vez en las tiendas por sustratos SIN TURBA, dar la lata en Atención al Cliente, patalear, y no llevarse jamás uno de esos sacos de “sustrato universal” en los que, aunque ni el vendedor lo sepa, van incluidos los huevos del gallo lira,  las flores del rosolí, de las andrómedas, las llanuras brumosas del Mar Báltico, y hasta una porción  de los frondosos bosques tropicales que ocupaban nuestro hemisferio antes de las glaciaciones.

organic and peat free vegetable compost

Foto: en este vivero inglés el sustrato más vendido es el “compost libre de turba” (peat free). De modo que el producto existe; sólo falta que nosotros, como consumidores, lo exijamos. (Por cierto, en la etiqueta de la foto se especifica claramente que el compost es vegetal, es decir, puro mantillo.)

NOTAS
En los paises europeos firmantes de la red Natura 2000 ya no se permite la extracción de turba. En la actualidad el gran proveedor de nuestros mercados es Estonia.
La primera foto procede de pronatura.ch. A la derecha, la turba virgen. A la izquierda, la explotación industrial.

Palabros (1)


Entre el 2006 y el 2008 estuve contratada como profesora de  jardinería en los Talleres del Parque de la Fuente del Berro (Madrid).  La mayoría de los alumnos eran jubilados, prejubilados, amas de casa, con las mañanas desocupadas y muy buena disposición. Empezábamos  muy serios, hablando del tema programado para ese día –“el riego por goteo”, “las plantas de rocalla”…-  pero siempre, siempre sin excepción, terminábamos por los cerros de Úbeda (la trilla en Segovia, la mermelada de limón…). Así que, al mes de empezar, me propuse como único objetivo realista de aquel curso  que mis alumnos aprendieran a usar bien las palabras del siguiente listado:

Sustrato.
Sería sinónimo de” soporte”, es decir: “cualquier cosa”. Cada sustrato es una mezcla de diferentes ingredientes. Tendríamos que leer la etiqueta antes de comprarlo para ver si esa mezcla sirve –o no- para lo que ese día queremos hacer con ella (por ejemplo, a los rosales les gusta un sustrato pesado y rico; a las azaleas uno más ligero y ácido, etc).  Sí, las casas comerciales – Compo, Burés, etc- ofrecen sacos de “sustrato universal”. Hablaremos de él al final del post.
Tomasiño cargando tierraTierra. Así, sin más, la tierra  que tenemos bajo los pies es un compuesto en parte mineral (partículas más o menos gruesas, procedentes de la fragmentación de la “roca madre” que está ahí mismo, bien abajo) y en parte orgánica (lo que resulta de la descomposición de restos vegetales y animales). Más el agua y los gases. No todo es tierra sólida: no habría vida en ella. En el agua están disueltas las sales minerales que las raíces absorben.  Esas sales proceden en su mayoría –como los gases- de la parte orgánica descompuesta (las moléculas se rompen y va saliendo de todo: el carbono, nitrógeno, etc,  en diferentes combinaciones, listas para que la planta los aproveche).

Mantillo. Son restos orgánicos, en su mayor parte vegetales (si no en su totalidad), que se encuentran en fase de descomposición  avanzada.  Toda la “tierra” fértil ha de tener, pues, su parte orgánica.  El mantillo del bosque es esa capa de hojas húmedas, musgos, hongos, plumas, excrementos…que huele tan bien en otoño. En su fase final de descomposición (una legión de invertebrados y microorganismos la llevan a cabo), la fracción más rica y concentrada, la “quintaesencia” del mantillo descompuesto, es lo que podríamos llamar “humus”.   El mantillo aparece descrito a veces como “enmienda” orgánica:  como es vegetal, como tiene  fibra, mejora de forma estable la estructura del suelo (la “física”), haciendo que retenga mejor el agua (lo justo y necesario, sin encharcar), facilitando al mismo tiempo la aireación y la vida de los microorganismos.  Al terminar la descomposición también mejorará la “química”.
NOTA: hay otras enmiendas además de las orgánicas; enmiendas calizas, por ejemplo, para corregir el pH del suelo cuando es muy bajo…

Compost.
No debiera ser nada. No es palabro castellano. Es un anglicismo que casi siempre reemplaza a mantillo. Y sin embargo… cada vez se usa más con un significado propio, diferente de “mantillo”, en el que predomina el componente vegetal. “Compost” se usa, pues, como “producto de la descomposición de la materia orgánica de diferentes orígenes  y producido en un compostero controlado” (quiere decirse: no en un montón abandonado  donde se echan a la buena de Dios los restos de la cocina, los excrementos del perro…eso, así, sólo vale para atraer a las ratas al jardín).

esterco de cabalo espallado pola horta

Abono orgánico. (Foto: estiércol de caballo cubriendo lo que queda de la huerta en invierno; lo suyo sería taparlo bien con una buena manta de hojas secas).  El abono orgánico,  el que compramos como tal, en realidad está formado casi exclusivamente (“casi”, según lo que nos vendan en cada caso…) de restos orgánicos animales. Estiércoles deshidratados. Muy ricos químicamente –no sólo en los tres “macronutrientes” imprescindibles, N, P, K-  pero no siempre estables en el suelo o no siempre disponibles para las raíces (la capacidad de asimilar ese alimento depende del estado del suelo y de la planta; si éste es malo, el abono no hace nada; sería como ofrecerle una mariscada a un enfermo terminal). Por otra parte, los abonos fuertemente nitrogenados -y los orgánicos, con matices según el origen, lo son-  duran un telediario (en realidad, la estabilidad del N depende de su forma de presentación: amoniacal, nítrica…pero como principio general creo que vale). En conclusión: un abono mejora la alimentación de la planta (siempre y cuando todo vaya bien), pero una “enmienda” –mantillo, humus- mejora  las condiciones del suelo (y a la larga, lo hemos visto, también la alimentación).  El abono es “química” y para  ya; la enmienda es “física y química”, y para un buen rato.
NOTA: Además de los abonos orgánicos hay abonos minerales, que, de hecho, son los que más se venden. La diferencia entre unos y otros es la que va de un plato de lentejas con chorizo a un bote de Micebrina

                             (Continuará. Palabros 2: turba)

Acolchado: sí y no, y a veces.

Todo el verano

acolchado sandías(Lo primero: hay que desterrar del disco duro el anglicismo “mulching”.  ¿Por qué usar   ese gerundio cacofónico en vez de nuestro castizo  “acolchado”, que es palabro cierto, y bien bonito?.)
En LRO se usa como acolchado todo cuanto nos viene a la mano.  La tierra no debe estar desnuda. Hay que protegerla de la insolación del mediodía, y del impacto del chorro de agua, y tratar de ponerle difícil las cosas a las malas hierbas (con una capa espesa de acolchado la luz no llega a las semillas que, de ese modo, tienen más complicada la germinación). Durante un par de años cometí el error de traer paja de fuera: comprada en una ocasión (lo que ya es una locura absoluta), y reciclada de unas pacas de heno para caballos en otra (estoy casi segura al 98% de que los primeros grillotopos vinieron con esa remesa de heno). Ahora, después de mucho romperme los cuernos, por fin he aprendido. Procuro desbrozar antes de que granen las hierbas que voy a usar de acolchado. Las dejo secar “in situ”, Y después, ya en pleno verano, las rastrillo y me las llevo a la huerta.
acolchado con brozaCuando algún cliente, o algún vecino, o el jardinero del ayuntamiento, me  guarda las siegas de césped, lo mezclo con mi broza y obtengo el acolchado de calidad PRIMA. Las siegas aportan el nitrógeno y  mi broza vieja el carbono. Las siegas tapan los vacíos entre la paja reseca, haciendo más eficaz la cobertura. Pero la paja reseca impide que el césped se apelmace en exceso. Las siegas se descomponen rápido, incorporando sus componentes al suelo. La paja, más estable, me permite no tener que estar acolchando cada quince días… Un acolchado, en fin, no es más que un “compostaje” (¡otro palabro dudoso!) en superficie, más lento que el del “compostero” (donde las temperaturas son más altas) y que protege el suelo y las hortalizas mientras el proceso de descomposición arranca..
En algunos cultivos, además, esos cojines de paja cumplen alguna otra función añadida. Sobre ellos se recuestan mis preciosas sandías “Crimson”,   como en una chaisse longue diseñada a medida, y ahí  van engordando lánguidamente –sin magullarse ni ensuciarse- hasta que llega el día de hincarles el diente. En capas de hasta cuarenta centímetros de paja coloco los tomates morunos, que de lo contrario se revolcarían, o se romperían, por muchas cuerdas y tutores que pongamos por todas partes (no son tomates de enrame); la alternativa es usar cajas de madera, las que dejan los fruteros en la puerta de la tienda, pero el inconveniente de las cajas, en mi opinión, es que dificultan el riego (el manejo de la manguera), además de lo evidente: que no aportan nada ni a la química ni a la física del suelo, como sí hacen los acolchados orgánicos a medio y largo plazo.
¿Todo son ventajas, pues,  en el acolchado de la huerta ?. Algunos dicen que sí.  Yo creo que sí…casi siempre. Algunas cosas que he aprendido:

  1. Si hay grillotopos, el acolchado se convierte para ellos en un hotel de cinco estrellas. Mis vecinos no sabían lo que era un bicho de estos hasta que me vieron a mí llorando por las esquinas. Ya he sugerido que los primeros pudieron llegar de otra zona, que sí estaba infestada, camuflados entre el heno. PERO después de dos años de lucha sin cuartel empiezo a conjeturar otra razón para mis grillotopos (no incompatible con la primera): mis vecinos aran y aran hasta que se les acaba el gasóleo…En LRO, sin embargo, apenas se mueve la tierra. Y la enseñanza, por desgracia, es ésta: sólo a base de cavar y de pasar la mulilla he conseguido que el grillotopo no acabe conmigo.  Y sólo cuando hay indidios fiables (v.gr.: varios días sin bajas en la línea de cebollas) de que el grillotopo se ha ido por piernas –excavando galerías de hasta un metro de profundidad-  puede uno plantearse empezar a acolchar la huerta (y dejando libres las calles para seguir dándole a la azada, por si el grillotopo asomara de nuevo)
  2.  Si hay riego por goteo, y el  agua viene con alguna impureza, (aquí las “impurezas” pueden ser del tamaño de una rana…)  remolachasla paja que tapa las tuberías es un engorro a la hora de controlar posibles fugas, atascos, o defectos en los goteros. Es una pequeña molestia. Se gana más que se pierde, desde luego. Pero dejar las tuberías en la superficie está descartado, pues son de polietileno negro y el agua se cocería en su interior (las de color arcilla, más caras, se calientan algo menos)
  3. Cuando uno acolcha, y lo hace sin tasa,  no debe olvidar que una cebolla  no  es tan buena bebedora como un tomate o una berenjena. Es bueno que la cebolla asome en la superficie de la tierra, y se coloree con el sol, y se endurezca un poco… (En Galicia ni siquiera se las riega: nada de nada). Como da la casualidad de que las cebollas son el menú principal del grillotopo, mi consejo de hortelana resabiada es éste: no acolchar las cebollas.

NOTAS
Sólo hablo del acolchado en nuestras huertas de verano, aquí en la Hispania profunda. En zonas muy húmedas o  frías habría que matizar mucho (el acolchado puede impedir que se caliente la tierra, puede provocar pudriciones, en fin).  También es otro cantar el acolchado de árboles y arbustos, según y cómo, y dónde, y con qué… Un resumen completo y actualizado de todas estas cosas puede leerse en el libro Medioambiente y espacios verdes, UNED 2013, pp.213-233

Lasagna vs. Deep bed

Todas las primaveras

La gente de mi pueblo prepara siempre las huertas de la misma manera, sea cual sea su tamaño: esparciendo estiércol y pasando a continuación una fresadora (arrastrada por un tractor o una motoazada). Cuando la huerta es grande, ésta es seguramente la solución más práctica. Es cierto que el paso de la fresadora perturba  considerablemente la vida del suelo, pero también lo es que la alternativa más ecológica exigiría disponer de grandes cantidades de paja, broza, césped seco o similar.  Lo que  no siempre es posible (y menos al precio al que se ha puesto la paja/heno después de un invierno tan seco). Ahora bien, cuando la huerta es mediana o pequeña  sí hay alternativas a la fresadora. Dos alternativas. La primera es para los muy trabajadores. La segunda para los medianamente vagos.  La primera trabaja el suelo hacia abajo; la segunda, crea nuevo suelo hacia arriba (y al hacerlo mejora, de paso, la estructura del de abajo).

1. La primera forma de preparar la tierra  implica dejarse la espalda cavando. Instrucciones para preparar un bancal profundo estándar, en palabras de su gran divulgador, el británico John Seymour: (1) se estercola bien la superficie, (2) se cava una primera hilada (de unos 30 cm de ancho) hasta la profundidad de una pala, y se separa esa tierra; (3)se mulle la tierra en la profundidad otra pala utilizando un bieldo/horca(* es decir, hablamos de trabajar la tierra unos 60 cm).  Y (4) se rellena esa hilera con la tierra de la siguiente hilera. Una vez terminado el proceso no se puede volver a pisar encima del bancal. “El suelo tan suelto permite que las raíces penetren hacia abajo en lugar de extenderse hacia los lados (…). Las hortalizas serán más grandes y se las podrá cultivar más juntas…”.

Para mullir (paso 3) hay cosas en el mercado más eficaces y descansadas que el bieldo. Hablo de la “grelinette”, que he encontrado traducida como “horca de doble mango”. Yo no la he comprado todavía, pero lo haré pronto. Vale unos 100 euros. Si la tierra es pedregosa no vale de nada…pero en ese caso tampoco el bieldo (se romperían los dientes). Habrá que recurrir al castizo azadón.

2. La segunda forma –la de la “lasaña”-  implica carretar una enorme cantidad de restos orgánicos. Cargar la carretilla varias veces con la horca/bieldo y tirar de ella hasta la huerta. Pero eso es todo. Lumbares y cervicales quedan a salvo, en especial si: 1- hemos tenido buen cuidado de ir amontonando toda esa materia orgánica en un punto accesible y sin desniveles, y 2- cogemos bien la carretilla, por la empuñadura y con la espalda recta. Esquema de una lasaña estándar, adaptación del que propone  J.P.Collaert, que a su vez sigue a P.Lanza:

Materiales de partida; cartones de buena calidad (100% celulosa, una exquisitez para las lombrices), que servirán, sobre todo, para impedir la germinación de las malas hierbas: capas alternas de hojas secas/paja, etc y siegas de césped/restos vegetales frescos. Y algo de mantillo maduro (de nuestros composteros o comprado) para rematar la faena, de forma que las plántulas tengan a dónde agarrarse para empezar a crecer. Es decir, que la lasaña vendría a ser como un compostero  extendido sobre cartones  (la temperatura es lógicamente menor que en un cajón-compostero de un metro de alto, pero eso es bueno para las delicadas raíces de las hortalizas recién llegadas) y cubierto con una última capa de mantillo, con  un espesor total de unos 30-40 cm.

En realidad, esto de la lasaña es una variante casera de las técnicas más extendidas de agricultura “sans labour”,  “agricultura de conservación”, etc,  que tienen como objetivo principal e irrenunciable conservar/incrementar la fertilidad del suelo.  Lo característico de todas ellas es el no-laboreo, unido a la protección del suelo con capas de materia orgánica. Lo peculiar de la lasaña, dentro de esta tendencia más amplia de la agricultura de conservación (y dentro del “subgrupo” de los “huertos-elevados”, llamados por ahi “raised beds” o “jardins en butte”…), sería el uso de cartones y la colocación alterna de los diferentes materiales. La lasaña es especialmente manejable y útil cuando se trata de mini-huertos, como éste que reproduzo abajo, que se hizo mi amiga Gema cerca de Madrid. El huerto-lasaña está sostenido por traviesas de madera, lo que facilita la retención de los materiales que la forman, y además permite desbrozar sin miedo por toda la periferia (nota: la malla verde es una barrera anti-gatos). La primera foto es del comienzo de la primera lasaña (año 2011, recién desbrozada la parcela), las restantes son de hace unas pocas semanas, al ampliar la superficie cultivable con una segunda lasaña, contígua a la primera (¡atención a la “loncha” de tierra grumosa en que ha quedado convertida la lasaña 1, doce meses después de amontonar broza, hierba y mantillo sobre los cartones!).

Estas son las pre-huertas para pimientos y tomates de LRO, sin cartones pero alternando las capas:

 

Una última cosa. Por mucho que digan sus partidarios, a mí me parece complicado poner tubérculos y bulbos en una lasaña, a menos que esté ya en fase muy avanzada de descomposición (es decir, que sea casi “tierra”). Aquí hay que regar mucho, y el riesgo de pudrición es alto. Los puerros tampoco fueron bien en lasaña cuando lo intenté, porque no era capaz de aporcarlos como es debido. Sí he comprobado, en cambio, que todas las hortalizas de fruto y de hoja  crecen mejor en lasaña que en la tierra (véase “Cosas que he aprendido sobre los tomates…”, entradas de octubre/2011)

NOTAS

J. Seymour (1914-2004) citaba entre los precursores del método del bancal profundo a los hortelanos que vivían en los alrededores de Paris antes de la llegada del automovil (huertas intensivas, con superávit de estiércol de caballo), y también a los hortelanos chinos. Citaba igualmente a R.Steiner, padre de la biodinámica, pero omitiendo rigurosamente cualquier connotación esotérica. En su libro de referencia, The Complete Book to Self-sufficiency, (1976) lo mismo aprendes a desplumar un pollo que a tejerte un jersey de lana. Se tradujo al español como El Horticultor autosuficiente, (Ed. Blume, varias reediciones ), pero es mucho más que un manual de horticultura.
P. Collaert, fundador y asíduo de la revista “La Gazette des jardins”, es el autor de L´Art du jardin en Lasagnes, Édisud, 2010, que toma como punto de partida el Lasagna gardening book de la norteamericana Patrizia Lanza, Rodale Press, 1998.

La horca “grelinette”  fue diseñada por Monsieur Grelin, en un pueblo de labradores de la Alta Saboya.  ¿Por qué no la llamamos también nosotros “grelinete” en castellano?

Ventajas de estarse quietos

Noviembre 2006-2010

Cuando se la deja en paz, es decir, cuando no se la parte en mil pedazos una y otra vez, la tierra cierra sus grietas y empieza a cubrirse de verde. En este caso –el espacio donde hoy crecen nuestras moras, cerca de la casilla– el problema de partida era el de siempre. El anterior propietario había arrancado en su día las zarzas y los terebintos para poder sembrar garbanzos, pero hacía mucho que ya no se sembraba ni se plantaba nada ahí. A pesar de ello, el arado siguió machacando ese trozo de tierra año tras año, sólo para “verlo todo limpio”, aumentando de ese modo la erosión y, con ella, la pérdida de materia orgánica. En ese espacio –a diferencia de otras partes de la finca– la tierra al menos era llana y las grietas relativamente pequeñas. La solución consistió en estarse lo más quietos posible.

Al principio todo va muy lentamente. Un puñado de “tomatitos del diablo” (Solanum nigrum) que no miden más de un palmo, unos manojos de grama… Al año siguiente ya ha aumentado algo la capa orgánica del suelo: empiezan a asomar manzanillas, amapolas… Al año siguiente: anchusas, fumarias, zanahorias silvestres, gramíneas más variadas… Ya no recuerdo con exactitud qué plantas iban sucediéndose año tras año en este trozo de tierra. Debería haber tomado nota en su momento, para no olvidar en qué orden iban apareciendo y siendo sustituidas, pero entonces, al comprar la finca y empezar a organizar las cosas, no me parecía importante registrar algo así. Ahora lo único que recuerdo bien es que año tras año iban quedando menos manchas de tierra desnuda, que la erosión se detuvo, dejamos de hundirnos hasta casi la rodilla cuando rompía a llover, y que a base de desbrozar y desbrozar entre las calles de las moras (esas hojas rojizas que se ven en la foto) fuimos favoreciendo la cubierta de gramíneas y desplazando las hierbas silvestres de mayor porte hacia los lados y el pie de las rocas.

Entre la primera y la segunda foto han pasado cuatro años. Además de los trabajos de drenaje en la parte alta (una historia para no dormir, que cuento en otra entrada), lo único que hemos hecho aquí –y muy lentamente– es plantar cuatro líneas de moras, desbrozar en verano las calles, y podar y desenmarañar con calma esos dos esquejes de granado que el anterior propietario había clavado al pie de las rocas. Hace dos años añadimos un macizo de lavandas para que siempre, incluso en plena canícula, haya flores atractivas para los insectos. Por último, aprovechamos el frescor al pie de las rocas para sembrar unas calabazas (esa trenza verde que se desparrama por el medio de la foto). Y eso es todo, me parece. Ningún arado, ni motocultor ni “mulilla”, ha vuelto a despedazar la tierra.

El ORO de LRO

Febrero 2012

Todos los “residuos verdes” de LRO son debidamente reciclados en la propia finca. Lo que se desbroza y se rastrilla. Los restos de las plantaciones. Los restos triturados de las podas. Residuos muy escogidos de la cocina (cáscaras de huevo machacadas, mondas de patata y cebolla, restos de fruta…). Y a todo esto se añaden las hojas secas y las siegas de césped que me voy trayendo de algunos jardines de confianza. El producto de esa descomposición (palabro cierto castellano, preferible a “compostaje”), es el mantillo (palabro preferible a “compost”, siempre que sus componentes sean estrictamente vegetales). Ese mantillo es oro puro: lo que mantiene fértil y bien estructurada la tierra año tras año. Sin agua no hay nada, de acuerdo. Pero sin ese mantillo tampoco.

Las “malas hierbas” (habría que hablar de ellas un día) se pueden echar también al montón, pero es de desear que no lleven semilla, es decir, es de desear que sean arrancadas o desbrozadas antes de que semillen. Las plantas y las frutas enfermas pueden mezclarse con lo demás, pero sólo si vamos a controlar bien todo el proceso, vigilando la temperatura en el centro del montón (así se eliminan esporas, huevos de insectos no deseados, etc). Si no es este el caso, si nuestro compostero es sólo un montón de resíduos variopintos más o menos olvidado en un rincón del jardín, entonces es más prudente retirar las plantas enfermas, bien quemándolas, bien metiéndolas en bolsas de plástico cerradas, como cualquier basura.

Aprendí a “compostar”, es decir, a acelerar la descomposición natural de la materia orgánica (que de todos modos iba a descomponerse, pero a otro ritmo) utilizando sobre todo este libro: Compost et paillage au jardin, de D. Pépin (Ed. Terre Vivante, 2003). Con ese punto de partida y la práctica de los últimos años, hemos acabado reduciendo el proceso a lo siguiente:

El triturado que no se usa como acolchado termina en el compostero.

1- Amontonar en capas sucesivas materiales “marrones” y “verdes”. Es marrón: lo duro, lo viejo, lo seco, lo rico en lignina, en carbono. Es verde: lo tierno, lo nuevo, lo fresco, lo rico en tejidos blandos, en nitrógeno. Es marrón, por ejemplo, una hoja seca o un puñado de serrín. Es verde una brizna de hierba o unos recortes de lechuga. Lo marrón da estructura al montón. Permite que corra el aire. Se descompone lentamente. Lo verde se apelmaza enseguida, se descompone en pocos días. Lo marrón enfría el “compost” , lo verde lo calienta. Lo marrón y lo verde deben ir mezclándose con cada nuevo aporte, y añadiendo de vez en cuando unas paladas de ceniza de la chimenea, unas hojas de ortiga y/o de consuelda el que tenga la suerte de tenerlas cerca… La calidad del producto final la determina la buena proporción de materiales de origen. La buena mezcla, como con el vino y como con todo. Por cierto: yo creo que los excrementos animales no valen, por muy controlada que tengamos su alimentación. En mi opinión, tardan en descomponerse y son una lata. (Otra cosa es usar el compostero de urinario, como hacen algunos diseñadores de retretes ultra modernos y fashion; hace años vi una exposición de arquitectura ecológica en Holanda en la que, entre otras cosas, enseñaban la torreta-compostero donde dizque había hecho aguas menores la reina Beatriz el día anterior, de paso que iba a la inauguración. Pero esto del váter-seco no es ninguna tontuna nórdica: es una forma inteligente de incorporar nuestra urea –nuestro nitrógeno excedente– al proceso de descomposición de la materia orgánica…).

2- Mantener una temperatura elevada en el centro del montón, para que las bacterias trabajen a buen ritmo, sobre todo en la primera fase del proceso. Por eso es bueno “encerrar” la materia orgánica (con unos palés, por ejemplo): así la altura del montón sube, no se desparrama todo por los lados, y se hace más presión en el centro. En invierno la descomposición se ralentiza. Aquí hemos puesto composteros un poco por todas partes (para no tener que andar trasegando la hierba y demás),  pero en las zonas donde hiela durante semanas tapamos el montón con sacos o con malla permeable. Pasada la primera fase –de descomposición rápida– la temperatura baja de forma natural. Al voltear entonces el compostero, materiales verdes que habían quedado en la periferia pasan al centro, y así vuelve a recalentarse un poco el montón. Si en la finca hubiera gallinas (en esta no), garantizo que irán a dormir a lo alto del compostero, encaramadas al palet y con el culo hacia dentro, para aprovechar el calorcillo.

3- Mantener un buen nivel de humedad, para que las lombrices trabajen contentas y para que lo “verde” no se seque. Hay que regar el compostero en verano. Cuando entre las capas de materia orgánica se vean una especie de hilos/filamentos blancos (hifas), eso quiere decir los hongos se están enseñoreando del montón, señal de que está demasiado seco.

4- Mantener una buena aireación. La descomposición corre a cargo de bacterias, hongos y una larga lista de invertebrados. Es decir, seres vivos. Es decir, seres que respiran, que necesitan oxígeno. El “compostaje” es una descomposición aerobia (en presencia de oxígeno); sin aire la descomposición también se produce, pero es otra historia (el producto final es diferente, se desprenden gases que pueden ser tóxicos, etc). Para mantener la aireación conviene voltear la mezcla cada cierto tiempo (con una buena horca).

En LRO seguimos estos principios al pie de la letra. Amontonar residuos orgánicos se ha convertido en una rutina, ya ni nos damos cuenta. No se tira nada, pero con todo y eso siempre echamos en falta no tener más. Nunca es suficiente. El “compost” –que deberíamos llamar tranquilamente mantillo, pues, excluyendo alguna que otra cáscara de huevo, y los propios invertebrados que se incorporan al montón, es enteramente vegetal– se utiliza sobre todo en las huertas, mezclado con el estiércol de las ovejas. En algunos composteros se siembran directamente cucurbitáceas, que tiran que da gusto verlas (véase “ABC del calabacín”). Pero cuando hay que preparar una “lasaña” también se echa mano de los composteros (véase “Lasaña vs. Deep bed”), o cuando se planta un árbol, o cuando hay que rellenar una maceta…

Arar o No arar

A mis vecinos les parece una extravagancia que deje crecer las hierbas entre las viñas, bajo los olivos, en el espacio entre huerta y huerta.  Aquí siempre se ha arado, me dicen, y no una, sino varias veces al año. Se ara en primavera (al salir del invierno: desde el momento mismo en que la tierra deja de estar empapada) para que no crezcan las hierbas, y se sigue arando en verano “para romper la costra”. En otoño y en invierno se ara cuando se puede, “para que entre el agua”. Aran de forma rutinaria, incluso donde no hay nada sembrado ni previsión de que vaya a haberlo. Aran y aran “para que todo esté bien limpio”.

Algunas de las razones que alegan son importantes:

  1. Las hierbas, que para mis vecinos son siempre “malas hierbas”, compiten por el agua y los nutrientes.
  2. En verano, secas, son altamente inflamables.
  3. Lo de “romper la costra para que la cepa respire”, sin embargo, no logro entenderlo ni siquiera cuando trato de adoptar su punto de vista: abriendo surcos en la tierra reseca sólo se consigue que la escasa, escasísima humedad acumulada a cierta profundidad se pierda antes; donde no hay posibilidad de regar, en una tierra de secano casi total durante meses, ¿no es más lo que se pierde que lo que se gana?.
  4. En otoño y en invierno el problema puede ser el exceso de arado. Una vez podría bastar, creo yo, “para que la tierra se cargue bien de agua”. Pero todos los años veo que muchos aran dos y hasta tres veces entre la vendimia, en octubre, y la poda, a finales de febrero. Con la tierra removida y pocas o ninguna raíces para sostenerla, la lluvia abre grietas profundas allí donde la pendiente es un poco pronunciada. Las grietas se convierten en cárcavas. Y en algunos rincones, con el paso de los años, esas cárcavas acaban dejando ver el hueso: la roca madre que aflora. Así que el cuarto argumento tampoco me convence, al menos no completamente.

Esas son las razones por las que mis vecinos aran. Pienso que hay además una razón de fondo de la que no son del todo conscientes. Les gusta ver la tierra desnuda. Es una imagen que les tranquiliza. Las “malas hierbas”, como las zarzas enmarañadas, la charca llena de lodo o la copa sin podar de un olivo, les causa desasosiego. O eso me parece percibir a mí cuando converso con ellos. Una viña intransitable, con las calles invadidas por las alijonjeras y los hipéricos, para mis vecinos es un escándalo. Una muestra de desidia, de completa dejadez.

El cultivador.

Cuando dicen “arar” en realidad casi nunca (quizá nunca) se refieren a pasar el arado, sino a pasar un cultivador de “golondrinas” (varios dientes de hierro atornillados a un bastidor; rompen la tierra pero no la voltean). El cultivador es menos agresivo que el arado, pero tanto uno como otro, en cualquier caso, alteran la capa fértil (los 30 primeros centímetros), donde se encuentra la microfauna encargada de descomponer la materia orgánica y mantener vivo el suelo. El daño es enorme. Y también el que se hace a las raíces superficiales de las viñas. Y a la miríada de invertebrados que encuentran abrigo y alimento en esos herbazales, y que tienen un papel insustituible en la “lucha biológica” contra las plagas. Por eso hay que estar muy seguro de lo que se va a conseguir arando antes de hacerlo. Tiene que compensar. ¿Compensa realmente?.  Lo que se ha destruido no se va a recuperar después en dos-tres horas (el tiempo que lleva arar el viñedo de La Rama de Oro).

La extensión arada “hasta siete veces al año” (así me lo aseguraron, literalmente, para hacerme ver el valor de lo que me vendían). La foto es de finales de octubre.

Ese mismo lugar de la finca un mes más tarde, después de las primeras lluvias.

Escuchando a unos y leyendo a otros he llegado a la conclusión de que, según sea la tierra, el clima y el tipo de cultivo, podría no ararse en absoluto o ararse, todo lo más, una o dos veces al año, justo antes de las últimas lluvias (lo que es difícil de prever…). Más de eso, pienso que nunca compensa. Hablo de los cultivos leñosos, y de todos los espacios donde no se vaya a sembrar ni plantar nada. Pero incluso en una huerta la práctica de arrancar hierbas (en este caso, con la azada) me parece a veces un poco obsesiva. Es bueno que haya hierbas, muchas y muy variadas hierbas, en todos los rincones donde no compitan con los tomates o las patatas; que no haya hierbas en los caballones, desde luego, pero ¿por qué no ha de haberlas todo alrededor, y lo más cerca posible?.

En La Rama de Oro, en especial en las terrazas donde hay cepas, la tierra es arcillosa. Entre el invierno y la primavera caen unos 450 litros de lluvia al año.

Hemos escogido no volver a arar.

En tres años la finca se ha llenado de saltamontes, mariposas, escarabajos. Y claro: también de abejarucos, de tórtolas, de alcaudones, de sapos y todo tipo de reptiles… Hacia mediados de junio el campo empieza a agostarse. Muchos invertebrados terminan por entonces su ciclo reproductivo, y es en ese preciso momento cuando hay que empezar a desbrozar. Sin descanso. En un mes no deberían quedar más que islotes marginales, pequeños refugios dispersos aquí y allá.

Si el riesgo de incendios no fuera tan elevado (la segunda razón que alegaban mis vecinos), creo que sólo desbrozaría los caminos y entre las viñas (por razones que luego explicaré). Dejaría el campo entero a su aire, y que la sucesión de especies vegetales siguiera su curso sin mi intromisión (que, al desbrozar, siempre favorecerá a las especies de menor altura).

En cuanto a la primera razón que daban para arar, la de la competencia entre hierbas y cultivos, es verdad que en primavera no la he evitado. Pero es que esta tierra  es suficientemente húmeda y está, además, orientada al Norte. La humedad no le viene sólo de la lluvia, que desde luego no es tanta. Le viene de la alberca y de la charca de la parte alta de la finca. Durante muchos meses el agua sobra. La competencia primaveral entre hierbas y cultivos, aquí, no es un argumento convincente.  Y  si no lo es en primavera, tanto menos lo será en verano, cuando las hierbas se agostan.

Utilizo una Stihl 130. No pesa mucho y consume relativamente poco combustible. El ideal, en una finca tan grande, sería una desbrozadora de las de ir cómodamente sentado. O no. En realidad, no. El verdadero ideal, si todo fuera más sencillo, si no existiera la pesadilla del fuego, sería pasar una guadaña entre las viñas y por los caminos. Sin prisas. Sólo entre las viñas y por los caminos. Y con eso bastaría.

En el mundo real de La Rama de Oro he de pasar incluso una segunda vez la desbrozadora, porque las hierbas están muy altas y quiero triturar bien la paja seca (se descompondrá antes). A veces veo con mis propios ojos cómo el hilo de la desbrozadora parte por la mitad a un saltamontes, o pone en fuga a una legión de chinches… En pleno verano, cuando lo hago, creo estar minimizando los daños, pero soy consciente de que mi mera presencia tiene siempre consecuencias negativas para los animales de la finca. En alguna ocasión he estado a punto de matar con la desbrozadora a un gazapo; sólo a punto… pero tan cerca que procuro no olvidar nunca hasta qué punto hay que ser cuidadosos. Mis perros no dejan que las perdices aniden al pie de las cepas, como sí hacen en otras fincas; con todo y eso, dejo sin desbrozar el espacio bajo los sarmientos, que después limpio (más o menos…) con las manos o con una azadilla. Donde hay hierbas muy altas empiezo cortándolas por la mitad  (y no al ras), para darles tiempo a las serpientes a sentir las vibraciones del motor que se acerca.

En cuanto a las huertas de cultivos herbáceos, rara vez se pasa ya el motocultor para mullir la tierra. Tomates, calabacines,  pimientos… todo (con  excepción de la parcela de patatas) se cultiva en montones de paja y mantillo, y son las lombrices y demás familia las que se encargan de mejorar la estructura del suelo. Pero esta es otra historia, que queda para otro día. Cuando salen hierbas entre las plantas  las quito a mano, muy selectivamente. Dejo siempre alguna que otra: alguna fumaria, que se llenará de mariquitas, alguna manzanilla.

La viña, por lo demás, sólo está cubierta de hierbas hasta finales de junio o mediados de julio. Por esas fechas se desbroza. De otro modo los sarmientos, ya muy crecidos, se enredarían entre las hierbas secas. No entrarían ni la luz ni el aire en el momento en que los racimos empiezan a madurar. Finalmente, la vendimia se haría imposible.

En La Rama de Oro hay catorce olivos de tamaño mediano. El mismo día de ir a recoger la aceituna limpiamos un poco con un rastrillo bajo la copa. Para entonces, ya en pleno invierno, ninguna hierba molesta gran cosa.

Por último. En la parte baja de la finca la pradera se mantiene sin arar y sin desbrozar. Sólo se “limpia” la linde con el vecino y el camino que la rodea, en la (seguramente ingenua) convicción de que si se iniciara por ahí un incendio esas tiras de tierra pelada valdrían para atajarlo más fácilmente.

Desbrozar implica un trabajo físico enorme. Y un trabajo que a veces hay que hacer con 35º de temperatura o más. Pero en líneas generales, en los cuatro años que llevamos haciendo las cosas así, pienso que el cambio ha sido positivo. Lo peor es que a veces se echa la vendimia encima y todavía no se ha terminado de desbrozar por algunas zonas. Es un problema de tiempo y de dinero (de tener la posibilidad de contratar a alguien para que eche una mano con la desbrozadora). Pero sólo eso. La tierra no se ha vuelto a romper. Y yo he podido empezar un catálogo de insectos y flores que va creciendo de año en año.