Michelle en el huerto

Noviembre 2012

El veinte de enero de 2009 el Sr. Obama tomó posesión como 44º Presidente de los EEUU y se instaló con su familia en la Casa Blanca.  Dos meses después, asomando ya la primavera en Washington D.C, la Sra. Obama, acompañada de una patrulla de niños de un colegio próximo, empezó a cavar el rectángulo de tierra destinado a albergar su “kitchen garden”, su pequeño huerto urbano. El lugar: un recoveco del South Lawn, cerca de la verja, para que cualquier transeunte pudiera verlos en plena faena. Objetivo: iniciar una campaña estatal en favor de la alimentación sana. Menos hamburguesas y más verduras. Implicar a los niños. Fomentar la instalación de huertos comunitarios “all across the country”, al estilo de los Victory Gardens de la segunda guerra mundial. El movimiento estaba iniciado desde mucho antes, naturalmente. Pero el apoyo activo de Michelle ha tenido el previsible efecto multiplicador, y cuatro años después de convertirse ella misma en hortelana, los huertos colectivos -cultivados por asociaciones (escuelas, iglesias, parques de bomberos, grupos variopintos…) o divididos en parcelas individuales, pero compartiendo servicios comunes-  se cuentan por miles en todos los estados.  Al año siguiente de instalar su huerto, Michelle puso en marcha su segundo proyecto en la misma dirección: Let´s move!, con intención de dar la voz de alarma sobre el problema de la obesidad infantil en los EEUU y empezar a promocionar actividades deportivas en los colegios y vecindarios (a finales de los 90, según ella misma cuenta, la Educación Física fue eliminada del currículo en muchos estados).  Hace unos meses, a punto ya de terminarse el mandato presidencial de su marido, Michelle publicó este libro, American Grown, contando su  experiencia con el huerto de la White House y explicando algunas cosas sobre el estilo de vida americano que, en su opinión, habría que empezar a cambiar. El libro se deja leer. Los treinta dólares que cuesta cada ejemplar se ingresan en la cuenta del Servicio de Parques Nacionales (los jardines de la Casa Blanca pertenecen a lo que aquí llamaríamos “Patrimonio”; Michelle tuvo que pedir permiso para montar el huerto y seguir al pie de la letra las indicaciones de los técnicos). Pero para los republicanos el huerto y el libro  son sólo una pérdida de tiempo: una tontuna más de la Barbie Jardinera Negra, como los conciertos de blues que organizaron los Obama al poco de llegar, para reivindicarlo como parte del tesoro cultural americano…  De la primera página a la última Michelle utiliza sus hortalizas para hablar de otras cosas: la importancia de trabajar en equipo, de intercambiar puntos de vista, de ayudar a otros (los excedentes de su huerto se van a un comedor social de Washington; otros huertos comunitarios se integran directamente en la red de Bancos de Alimentos), del reto de dar de comer bien a los niños, de que ellos se impliquen, aprendiendo de dónde sale una lechuga o un pimiento. Tras vencer la resistencia del Presidente, que veía peligrar la cancha de baloncesto, Michelle y su patrulla de  voluntarios -pertenecientes a cuarenta nacionalidades diferentes, estudiantes en un colegio bilingüe de Washington- consiguieron autorización para una colmena. Y ahí  está instalada ya,  a pocos metros de la cancha.  Muchos trabajadores de la Casa Blanca  participan en el huerto. Por ejemplo: el decano de los carpinteros, apicultor aficionado los fines de semana, que lleva treinta años en su puesto y es quien realmente lió a Michelle con lo de la colmena; la jefa de cocinas, filipina, que escoge personalmente  las verduras para las cenas oficiales; el jefe de mantenimiento, que vigila que todo esté en orden, que toma nota de las cosas que funcionan y las que no, y propone los cambios…(los túneles de plástico, por ejemplo, los habían instalado demasiado cerca unos de otros, y se estorbaban cuando había que sacudir la nieve; o las calabazas, sembradas demasiado pronto, o la idea de incluir flores, que son muy bonitas pero quitan espacio, y en la Casa Blanca son muchos a la mesa…)

Sí. El libro de Michelle es un monumento a la corrección política y el buen rollo.  Emigrantes y refugiados de una ONG de San Diego, que tratan de autoabastecerse con su pequeño huerto; un veterano de Irak que ha vuelto a la vida civil como productor y vendedor de manzanas; huertos municipales en Camden, la segunda ciudad más peligrosa de los EEUU y una de las más pobres; huertos en macetas en dos colegios de Brooklyn, puro asfalto; una delegación del Congreso Nacional Indio, con el jefe de los Chikasaw al frente, asistiendo a Michelle en la siembra de las “tres hermnas” -calabaza, judía, maiz-; un huerto bio en Hawai, que es también un centro de reeducación, “para que los jóvenes hawaianos recuperen sus tradiciones”, etc, etc, etc.  Pero es que comer “al menos un poco mejor” no debería se tan difícil, dice Michelle, consciente de que muchas veces es casi imposible acceder  a verduras frescas, incluso para la gente que sí podría permitírselo (una McBurger con queso vale un euro; es barato, lo encuentras en cualquier sitio, y “tapa” antes el agujero en la barriga). Si los huertos se extienden, los mercados locales también lo harán. Y luego ha de entrar en acción la iniciativa de la gente, como la de esos 45 colegios de Boston con su “Local Lunch Thursday” (todos los jueves comen verduras de producción local), o los ayuntamientos que solicitan ayuda financiera al Programa de Comida Fresca (así, como suena), para abrir fruterías y mercados de verdura, o los emprendedores que han recuperado, en Detroit y Chicago, la vieja tradición del “Vegetable Truck” (para inmenso placer de los ancianos del barrio), Y junto a esto, los acuerdos con las grandes “corporaciones” del ramo, para que abran puestos de verdura y fruta fresca en los puntos peor provistos de cada estado. O el Acta firmada por el Presidente, subiendo los estándares mínimos para las empresas encargadas de los comedores ecolares En fin. Muchas cosas. Y no llega con comer mejor: también hay que moverse más. Recuperar las liguillas escolares.  Dedicar más dinero, a través de Let´s move!  a adecentar espacios públicos donde los niños puedan jugar  -y vencer la tentación del sofá+playstation- al menos en las inhóspitas  grandes ciudades.. O instalar aparcamientos de bicis, para animar a los niños a ir al cole pedaleando. O poner a disposición de las asociaciones deportivas el South Lawn (la enorme pradera de la Casa Blanca) cuando empieza el buen tiempo. O… ¿En qué quedará todo esto?. Nadie lo sabe, y Michelle lo reconoce.
En su capítulo introductorio Michelle comenta de pasada los problemas que tuvo Mme. Roosevelt cuando quiso instalar un Victory Garden en la Casa Blanca: intentaron disuadirla desde el Departamento de Agricultura, pensando que su ejemplo podría tener efectos no deseados (¿para quién?, para los grandes productores, que preveían hacer su agosto en plena guerra; en esos jardines se llegó a producir el 40% del alimento nacional). La acusación más repetida contra Mme. Obama es la de que su huerto no pasa de pijo-huerto, y de que basta con ver los modelos que se pone para ir a cavar…. Sin embargo, en el pais del marketing este reproche no tiene demasiado sentido (cuanto haga o deje de hacer la Primera Dama será, quiéralo ella o no, “marketing”). Es verdad, a los europeos todo esto nos parece un poco raro. El punto de partida: ¿por qué ha de hacer nada la señora que duerme con el Presidente?, ¿por qué ha de tener un papel institucional?. Pero si las cosas son así, si en los EEUU la Primera Dama participa en la campaña y, de algún modo, es también ella “elegida” por los votantes, entonces lo que vale para Barak vale también para Michelle, y viceversa. Y mejor que se dediquen a plantar zanahorias, pienso yo, que a tomar el Té con gente peligrosa. Mejor rastrillar la tierra del huerto que desollar renos en Alaska. Mejor preocuparse de lo que comen los niños -uno de cada tres, según las estadísticas, corren  el riesgo de acabar diabéticos por culpa de su obesidad- que de lo que dice la Biblia sobre esto o aquello. Mejor batir el récord mundial de “mayor-número-de-personas-saltando- en 24 horas” (literal, p.199) que batirlo en número de cabezas nucleares…
El huerto de Mme. Roosevelt no fue adelante. El de Michelle lleva cuatro años produciendo. En el libro, organizado por estaciones, da cumplida cuenta de sus éxitos y fracasos. Incluye una selección de recetas, algunas estupendas (judías con almendras tostadas, que me dispongo a preparar).  Si este bonito pijo-huerto pudiera seguir cuatro años más, si llegara a hacerse cotidiano e imprescindible para la gente que trabaja ahí, desde el personal de limpieza hasta los de seguridad, pasando por jardineros y “chefs”, quizá ya nadie se plantearía levantarlo después, fuera quien fuera el inquilino de la Casa Blanca.

NOTAS
American Grown, “The story of the White House kitchen garden and the gardens across America”. Michelle Obama. National Park Foundation, 2012.
La foto de los Obama-farmers procede de la web: eat-the-view.com
Y el vídeo oficial:

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Rousseau pour tous?

2012

Este año 2012 se celebra el tercer centenario del nacimiento en Ginebra de Jean-Jacques Rousseau: “Rousseau pour tous” es el lema de la campaña, extremadamente elogiosa,  que los ginebrinos han puesto en marcha para honrar a su conciudadano. En LRO somos más de M. Voltaire (por razones que enseguida se explican), pero hoy toca dedicarle unos minutos a Juan Jacobo, filósofo del “retorno a la Naturaleza”, aunque sólo sea para intentar dar del personaje una visión diferente de la oficial y políticamente correcta.

 Rousseau sólo me resultaba atractivo cuando tenía (yo) veinte años. Ahora paso de los cuarenta y, la verdad, ya no me creo que el hombre sea bueno por naturaleza ni que las instituciones sociales sean las causantes de su perdición. Encuentro pretencioso que alguien asegure tener todas las respuestas para todas las preguntas, que diga defender la Libertad pero critique con encono a los que no la usan como él quisiera, y sospecho sistemáticamente de los que proclaman la superioridad de las emociones sobre la razón, el todo (la nación) sobre las partes (cada individuo), los ideales abstractos sobre la realidad imperfecta….  Prefiero a  su contemporáneo Voltaire, ¡mil veces!, que a muy pocos kilómetros de la ciudad natal de Rousseau, en la comuna fronteriza de Ferney, consagró su tiempo y su dinero a abrir caminos y construir fuentes, casas, un hospital, una granja y varios talleres; consiguió aumentar el rendimiento de las tierras de labor y  organizar la comercialización de sus productos, mejorando con todo ello en muy pocos años las condiciones de vida de los habitantes de la comuna, quienes, según cuentan las crónicas, lo adoraban, hasta el punto de que cuando no podían darle un beso directamente a él se lo daban al caballo de su carruaje… Y todo ello sin aburrirnos elucubrando sobre la perfección moral del  buen salvaje, o del labriego analfabeto, frente al  vicioso y degenerado hombre moderno, etc.  Por eso el joven Rousseau, idealista pero inútil, que miraba más hacia atrás que hacia delante,   encontraba detestable al viejo Voltaire: materialista, corrompido por el amor a la ciencia, al arte y al teatro, bon vivant sin disimulo…

Ahora bien, ¿puede declarar uno su lealtad a los verdaderos ilustrados, -esos que miraban hacia delante…- y, al mismo tiempo, reconocer los límites de la idea del progreso tal como ellos la parieron  y  llegó, prácticamente sin cambios, hasta la generación de nuestros padres?. Quiero creer que sí. No presto mucha atención a los que me dicen que nuestro sistema de vida occidental está podrido y que mejor nos iría viviendo “integrados en la naturaleza”, como los jíbaros del Amazonas, o los nativos de Guinea Papúa etc, etc. Aguzo el oído, sin embargo, cuando oigo a alguien explicar por qué la destrucción de la naturaleza en nombre del crecimiento y la productividad ilimitada es una conducta irracional que nos lleva a todos -los de este hemisferio y los del otro- al mismo callejón sin salida. Es decir, que son los argumentos científicos, económicos, racionales e ilustrados en última instancia, y no la fácil poesía campestre (no sé cómo referirme a esa actitud, que siempre me ha parecido reaccionaria), lo que yo quisiera defender también aquí. Por ejemplo, si hay que promocionar la agricultura ecológica no es –al menos en mi caso- porque quiera reverenciar a la Pachamama y conectarme con las fuerzas cósmicas, sino porque no hay otra manera de producir racionalmente a día de hoy. En LRO sólo tiene sentido producir-conservando, o bien conservar-produciendo, que lo mismo da.  Y me gusta pensar que si M.Voltaire siguiera  hoy al frente de sus fincas de Ferney las inscribiría sin dudarlo un segundo (¡quién sabe!) en el registro de producción ecológica de su Departamento…

Rousseau en cambio, apóstol de la vida “natural”, no debía de saber ni cuándo se plantan los ajos. Apóstol de la pureza y la inocencia de los niños, abandonó en el hospicio sin pestañear a los cinco hijos que tuvo con su lavandera. Criticaba con virulencia a los aristócratas, pero aceptaba de buen grado que le mantuvieran…. Lo que a Jean-Jacques le iba era pasear por los prados, recoger hierbas, meditar, extasiarse; regresar después a casa -al chateau del Marqués de Girardin, por ejemplo, que le había ofrecido su hospitalidad en Ermenonville-, olisquear las flores del camino, saludar quizá a algún jornalero miserable con el que se cruzara (y al que, por cierto, este apóstol de la soberanía popular /nacional negaba el derecho a voto, al igual que a las mujeres), y a media tarde, ya descansado, bajar a merendar con la señora de la casa, escribir,  tocar un poco la flauta.

Más allá de su crítica al poder establecido, Rousseau era, de hecho, profundamente anti-ilustrado. Este blog “campero” no es el lugar indicado para discutir  las aportaciones  de Rousseau (confusas, contradictorias) al debate político de su tiempo.  Pero sí podemos dejar apuntado lo más evidente, que todas sus ideas -políticas, filosóficas, pedagógicas, al menos hasta donde yo recuerdo- parecían partir de un mismo impulso: la búsqueda de la “pureza original”, o como quiera llamársele, que acabó convirtiéndose en uno de los dogmas del siglo, y que tuvo su reflejo incluso en  la historia del paisajismo (…esos jardines impostados, falsamente silvestres, “sublimes” y “naturales” que empezaban a hacer furor por entonces). Su insistencia en “volver a la Naturaleza”, el lirismo arrebolado de algunos de sus textos, radicales y apasionados, encandilaban a muchos aristócratas ociosos que ya habían sido ganados por la estética prerromántica, y que con un candor que después se repetiría no pocas veces en la historia, se disponían a encender la  llama de la Revolución… Revolución que terminaría llevándoles a todos ellos (et pour cause!) a la guillotina .

Acabo. No puede serme simpático este hombre porque –aún dejando aparte sus incoherencias y sus neuras-  a mí ya sólo me interesa  lo que uno hace o deja de hacer. Las cosas concretas, útiles y objetivamente buenas, sean grandes o pequeñas, pero tanto mejores cuanto más fácilmente puedan transmitirse, es decir, enseñarse. Y la compra de LRO ha reforzado esta forma de pensar. “Ya conoce usted a Fürnstein, el llamado poeta de la naturaleza –le decía Goethe a su discípulo Eckermann- …Ha escrito un poema sobre el cultivo del lúpulo que es algo insuperable…”.  Pues eso.

Lasagna vs. Deep bed

Todas las primaveras

La gente de mi pueblo prepara siempre las huertas de la misma manera, sea cual sea su tamaño: esparciendo estiércol y pasando a continuación una fresadora (arrastrada por un tractor o una motoazada). Cuando la huerta es grande, ésta es seguramente la solución más práctica. Es cierto que el paso de la fresadora perturba  considerablemente la vida del suelo, pero también lo es que la alternativa más ecológica exigiría disponer de grandes cantidades de paja, broza, césped seco o similar.  Lo que  no siempre es posible (y menos al precio al que se ha puesto la paja/heno después de un invierno tan seco). Ahora bien, cuando la huerta es mediana o pequeña  sí hay alternativas a la fresadora. Dos alternativas. La primera es para los muy trabajadores. La segunda para los medianamente vagos.  La primera trabaja el suelo hacia abajo; la segunda, crea nuevo suelo hacia arriba (y al hacerlo mejora, de paso, la estructura del de abajo).

1. La primera forma de preparar la tierra  implica dejarse la espalda cavando. Instrucciones para preparar un bancal profundo estándar, en palabras de su gran divulgador, el británico John Seymour: (1) se estercola bien la superficie, (2) se cava una primera hilada (de unos 30 cm de ancho) hasta la profundidad de una pala, y se separa esa tierra; (3)se mulle la tierra en la profundidad otra pala utilizando un bieldo/horca(* es decir, hablamos de trabajar la tierra unos 60 cm).  Y (4) se rellena esa hilera con la tierra de la siguiente hilera. Una vez terminado el proceso no se puede volver a pisar encima del bancal. “El suelo tan suelto permite que las raíces penetren hacia abajo en lugar de extenderse hacia los lados (…). Las hortalizas serán más grandes y se las podrá cultivar más juntas…”.

Para mullir (paso 3) hay cosas en el mercado más eficaces y descansadas que el bieldo. Hablo de la “grelinette”, que he encontrado traducida como “horca de doble mango”. Yo no la he comprado todavía, pero lo haré pronto. Vale unos 100 euros. Si la tierra es pedregosa no vale de nada…pero en ese caso tampoco el bieldo (se romperían los dientes). Habrá que recurrir al castizo azadón.

2. La segunda forma –la de la “lasaña”-  implica carretar una enorme cantidad de restos orgánicos. Cargar la carretilla varias veces con la horca/bieldo y tirar de ella hasta la huerta. Pero eso es todo. Lumbares y cervicales quedan a salvo, en especial si: 1- hemos tenido buen cuidado de ir amontonando toda esa materia orgánica en un punto accesible y sin desniveles, y 2- cogemos bien la carretilla, por la empuñadura y con la espalda recta. Esquema de una lasaña estándar, adaptación del que propone  J.P.Collaert, que a su vez sigue a P.Lanza:

Materiales de partida; cartones de buena calidad (100% celulosa, una exquisitez para las lombrices), que servirán, sobre todo, para impedir la germinación de las malas hierbas: capas alternas de hojas secas/paja, etc y siegas de césped/restos vegetales frescos. Y algo de mantillo maduro (de nuestros composteros o comprado) para rematar la faena, de forma que las plántulas tengan a dónde agarrarse para empezar a crecer. Es decir, que la lasaña vendría a ser como un compostero  extendido sobre cartones  (la temperatura es lógicamente menor que en un cajón-compostero de un metro de alto, pero eso es bueno para las delicadas raíces de las hortalizas recién llegadas) y cubierto con una última capa de mantillo, con  un espesor total de unos 30-40 cm.

En realidad, esto de la lasaña es una variante casera de las técnicas más extendidas de agricultura “sans labour”,  “agricultura de conservación”, etc,  que tienen como objetivo principal e irrenunciable conservar/incrementar la fertilidad del suelo.  Lo característico de todas ellas es el no-laboreo, unido a la protección del suelo con capas de materia orgánica. Lo peculiar de la lasaña, dentro de esta tendencia más amplia de la agricultura de conservación (y dentro del “subgrupo” de los “huertos-elevados”, llamados por ahi “raised beds” o “jardins en butte”…), sería el uso de cartones y la colocación alterna de los diferentes materiales. La lasaña es especialmente manejable y útil cuando se trata de mini-huertos, como éste que reproduzo abajo, que se hizo mi amiga Gema cerca de Madrid. El huerto-lasaña está sostenido por traviesas de madera, lo que facilita la retención de los materiales que la forman, y además permite desbrozar sin miedo por toda la periferia (nota: la malla verde es una barrera anti-gatos). La primera foto es del comienzo de la primera lasaña (año 2011, recién desbrozada la parcela), las restantes son de hace unas pocas semanas, al ampliar la superficie cultivable con una segunda lasaña, contígua a la primera (¡atención a la “loncha” de tierra grumosa en que ha quedado convertida la lasaña 1, doce meses después de amontonar broza, hierba y mantillo sobre los cartones!).

Estas son las pre-huertas para pimientos y tomates de LRO, sin cartones pero alternando las capas:

 

Una última cosa. Por mucho que digan sus partidarios, a mí me parece complicado poner tubérculos y bulbos en una lasaña, a menos que esté ya en fase muy avanzada de descomposición (es decir, que sea casi “tierra”). Aquí hay que regar mucho, y el riesgo de pudrición es alto. Los puerros tampoco fueron bien en lasaña cuando lo intenté, porque no era capaz de aporcarlos como es debido. Sí he comprobado, en cambio, que todas las hortalizas de fruto y de hoja  crecen mejor en lasaña que en la tierra (véase “Cosas que he aprendido sobre los tomates…”, entradas de octubre/2011)

NOTAS

J. Seymour (1914-2004) citaba entre los precursores del método del bancal profundo a los hortelanos que vivían en los alrededores de Paris antes de la llegada del automovil (huertas intensivas, con superávit de estiércol de caballo), y también a los hortelanos chinos. Citaba igualmente a R.Steiner, padre de la biodinámica, pero omitiendo rigurosamente cualquier connotación esotérica. En su libro de referencia, The Complete Book to Self-sufficiency, (1976) lo mismo aprendes a desplumar un pollo que a tejerte un jersey de lana. Se tradujo al español como El Horticultor autosuficiente, (Ed. Blume, varias reediciones ), pero es mucho más que un manual de horticultura.
P. Collaert, fundador y asíduo de la revista “La Gazette des jardins”, es el autor de L´Art du jardin en Lasagnes, Édisud, 2010, que toma como punto de partida el Lasagna gardening book de la norteamericana Patrizia Lanza, Rodale Press, 1998.

La horca “grelinette”  fue diseñada por Monsieur Grelin, en un pueblo de labradores de la Alta Saboya.  ¿Por qué no la llamamos también nosotros “grelinete” en castellano?

Reivindicación de Edith Holden y del Conejo Perico

Noviembre 2011

Cuando yo tenía unos siete u ocho años todos en mi familia tenían ya claro que era una niña que tiraba al monte: cada vez que veía un árbol me subía a él sin pensarlo. Lo hacía –y seguí haciéndolo muchos años– porque sí, sin ninguna razón especial, ni siquiera con premeditación. No había tampoco la menor voluntad de protesta –que yo recuerde– al estilo de Cósimo Piovasco, barón de Rondó.

De mi afición a trepar mi madre prefirió quedarse, como rasgo sobresaliente, con la evidente agilidad de la que hacía gala. Esa agilidad podía ser encarrilada en mejor dirección, pensó. Y recurriendo entonces a una para mí todavía incomprensible asociación de ideas, decidió matricularme junto a mi hermana mayor en clases de ballet clásico. Fracasamos en toda la línea, como era de esperar. A mi hermana, que nunca le había dado por subirse a los árboles, tampoco le entusiasmó gran cosa el ballet. El profesor le dijo a mi madre que éramos negadas, así de claro, pero ella no quiso de ninguna manera creerle. Mantuvo su fe en nosotras, con una tenacidad que la honra, hasta el día en que, a ruegos del profesor, aceptó venir a vernos. Ya se sabe que la fe es ciega, por definición. Basta con abrir los ojos un nanosegundo para que se desmorone. Ese día (como todos) mi hermana y yo éramos las últimas de la larga fila de niñas que, mientras el profesor tocaba el piano, iban saliendo ordenadamente del fondo del gimnasio, se colocaban junto a la barra, e iniciaban la ejecución de los cinco pasos básicos del ballet… No hizo falta más. (¿Qué habíamos hecho, además de llevar las medias del revés, detalle que mi madre sí recuerda perfectamente?. ¿Nos meteríamos el dedo en la nariz, le sacaríamos la lengua a una compañera…?). Esa misma tarde mi madre nos dio de baja y yo pude volver a subirme tranquilamente a los pinos.

Dos o tres años después de esta breve incursión en el sofisticado mundo del ballet clásico, un tío mío –del que yo andaba por entonces enamoriscada– quiso interpretar mi afición a los árboles y al andar siempre triscando por el prado en un sentido muy diferente. Me regaló un libro. Un libro que hoy, hojeado de forma superficial, podría parecer gazmoño, algo entre “las recetas de la abuela” y un salvamanteles con estampado de frutas. Pero nada más lejos de la verdad.

Al recibir aquel regalo mis ojos empezaron a educarse, es decir, a mirar las cosas despacio y  a prestar atención. El libro era la edición facsímil, recientemente traducida al español, del diario de Edith Holden, “La felicidad de vivir con la naturaleza” (en inglés, no menos cursi: “The Country Diary of an Edwardian Lady”), escrito y dibujado en 1906, en un pequeño, muy pequeño pueblo del condado de Warwickshire. Aquellas acuarelas de pájaros, flores, insectos, eran con mucho lo más bonito que yo había tenido nunca entre las manos. Pero era más que un libro bonito: era un registro preciso, mes a mes, de los cambios de la naturaleza en aquel pueblo, cambios que Edith detectaba con sólo salir al camino y mover un poco la hojarasca con la punta de su zapato… Entonces no me era posible comprender hasta qué punto aquel libro estaba contribuyendo a mi formación, pero hoy, más de treinta años después, me siento obligada a reconocerlo y a declarar mi gratitud a esa mujer (y a mi tío). Hojeando el diario de Edith Holden cada noche -bajo las mantas y con una linternita- mis ojos aprendieron, por encima de todo, a fijarse en la maravilla de los detalles: un jilguero espulgando semillas en la cabezuela de un cardo (años después comprendí al instante qué pájaro era ése que los italianos llamaban “carduelino”), un pinzón que empieza a canturrear cuando los sauces están ya reventando de amentos y los primeros narcisos abriéndose…

Edith incluía refranes y citas literarias en su diario. Pero es que ella nunca pensó en publicarlo. La cursilada del título es cosa de sus herederos, que lo editaron casi sesenta años después de la muerte de su autora. En cuanto a los poemas, es lo que se leía en la Inglaterra de principios de siglo. Son terribles, y peores todavía las traducciones, es cierto. Anyway, el éxito de ventas fue apoteósico. Sus acuarelas aparecieron reproducidas en tacitas, manteles, frascos de perfume; su imagen con el sombrero de paja, recogiendo florecillas por el campo, se convirtió en un estereotipo… ¿Se banalizó su trabajo?. Yo creo que sí.

Edith Holden fue una gran pintora, en la mejor tradición del movimiento  Arts and Crafts. Expuso su obra en salones de prestigio, como la Real Sociedad de Artistas de Birmingham o la Real Academia de Artes, e ilustró cuatro volúmenes de la revista “The Animal´s Friend”, del Comité Nacional para el Bienestar Animal. Sin embargo, los datos que suelen aparecer más destacados en su biografía son: que era maestra, que ilustró libros infantiles, y que se casó con un escultor, Mr. Smith. Como demostraba el caso su coetánea Beatriz Potter –sí, la misma, la autora de “Perico, el conejito travieso”–, era metafísicamente imposible que una mujer pudiese hacer carrera como naturalista. Si le daba por trabajar, que se hiciera maestra. En el colmo de la osadía, ilustradora. De flores y pequeños animales, desde luego (¡de libros técnicos ni hablar, ni siquiera de divulgación!). Ahora bien, como su terreno debía ser el de la casa y los niños, si una mujer quería ilustrar algo debía limitarse a los libros de cocina o a los cuentos infantiles. Cuentos para niños o, mejor todavía, para niñas. ¿Y qué deben hacer las niñas?. ¿Subirse a los árboles o bailar ballet?. ¿Aprender cómo se forma un suelo fértil, cómo se metamorfosea una libélula, cómo cuaja la fruta… o basta con que aprenda a hacer mermeladas y a decorar la casa con mediano buen gusto, estilo cottage?. Animo a los que lean esto a echar un vistazo por google. Van a alucinar ustedes con la sarta de majaderías que se siguen soltando a cuenta del trabajo de mujeres como Edith Holden o Beatriz Potter. A esta última –micóloga de gran valía– no le quedó más remedio que escribir e ilustrar cuentos. Su candidatura para entrar como estudiante en Kew fue rechazada. Su estudio sobre los líquenes no encontró editor… ¿Y cómo pasó a la historia?. Como la autora de las Aventuras del Conejo Perico, que, unos cincuenta años después de su primera publicación, en los tiempos en que mi hermana y yo hacíamos trizas los cinco pasos básicos del ballet, habían salido a la venta en forma de postalillas adhesivas,  coleccionadas con fervor por todas las niñas del colegio.

Edith Holden, además de una excelente pintora, fue una naturalista de primer orden. Hay que reivindicarla como tal. Edith tenía un conocimiento exacto de eso que se llaman los “estados fenológicos” de un vegetal, registraba con exactitud los cambios estacionales, sabía identificar perfectamente las especies y variedades, cuyo nombre notaba en latín, y, más importante que ninguna otra cosa, no concebía a todos esos seres vivos –que tantísimo amaba– sino en asociación: una violeta es una violeta… pero no es nada sin las yemas aún cerradas de esos robles –los primeros rayos del sol primaveral todavían pueden atravesar el dosel del bosque y llegar a calentar la tierra donde asoman las violetas y se empiezan a desperezar los animales–  y algo le debe a las lombrices, y a esa tropa intermitente de diminutos invertebrados que se pasean por encima y por debajo de la capa orgánica que cubre el suelo, ayudando a descomponerla, haciendo que la tierra sea fértil y mullida –como la que les gusta a las violetas– y dando de paso alimento a los pájaros que han sobrevivido al invierno… Edith murió a los 49 años. Su cuerpo apareció flotando en un tramo del Támesis, cerca de Kew Gardens. La policía reconstruyó los hechos de la siguiente manera: la Sra. Smith se había acercado mucho a la orilla –¿quizá de espaldas?– intentando alcanzar con el mango de su sombrilla la rama de un castaño; la rama se le resistía; ella se acercó más, tiró, resbaló, y se fue al agua. Era el mes de marzo. Edith no recogía flores, como dicen la mayoría de los manuales. Lo que seguramente había llamado su atención era la belleza de las yemas a punto del desborre.

Beatriz Potter se forró vendiendo los cuentos del conejito travieso. Cuánto me alegro por ella. Gracias a eso consiguió la independencia económica que seguía estando vedada a la mayoría de sus contemporáneas. Se compró una granja al norte de Inglaterra, en el Distrito de los Lagos, y se hizo criadora de ovejas, en particular de la raza Herdwick. Con lo que ingresaba gracias a los derechos de autor del travieso-conejo-Perico siguió comprando fincas y fincas y más fincas. Hoy se conservan tal cual, impolutas. Las donó al National Trust y fueron declaradas Parque Nacional. En 1930 fue elegida presidenta de la Asociación de Criadores de Ovejas Herdwick. Algo empezaba a cambiar, por fin.

Y en 1997, más vale tarde que nunca, la Sociedad Linneana de Londres pidió perdón por el trato discriminatorio que le habían dado. Beatriz fue reconocida públicamente como la gran micóloga que había sido, y sus estudios sobre los líquenes y la germinación de las esporas encontraron su sitio en los tratados de Micología.

Conservo el libro que me regaló mi tío –allá por el año 78 ó 79– como una de mis posesiones más queridas. La colección de postalillas del conejo Perico hace mucho tiempo que se perdió. Pero he aprovechado esta entrada en el blog para releer el cuento. Ahora que tengo ya tantas canas en la cabeza veo al bueno de Perico como a un valiente. Mr. Gregor persigue al conejo sin descanso, levanta el rastrillo una y otra vez,  pero él siempre consigue zafarse. Zafarse y sobrevivir.