Vino blanco, oro viejo.

albillo,cebollas,cuchilloA sorbitos hay que beberse el albillo de Perico. Como con la garnacha, mis vecinos dejan que la uva madure y se deshidrate, que sea puro azúcar. Lo que sale de la cuba es rico pero peligroso. De color entre ambarino y oro viejo, parecido al de la cebolla que empieza a freirse en la sartén.
En el siglo XVII se despachaban en dirección a Madrid  carros y más carros cargados de uva albillo de este pueblo. Después  -mucho después-  se arrancaron las cepas. Se preferían variedades blancas más productivas, como las viuras, las moscateles… Hoy se vuelve a mirar atrás. Pero nada es tan fácil. ¿Cómo empezar de cero con el albillo, y a estas alturas…?.
LRO linda por la parte alta con una medialuna en pendiente que en tiempos “tuvo el mejor albillo del pueblo”. Es una parcela de menos de media hectárea. La parcela de la Dionisia. Una mujer con ese nombre forzosamente había de hacer buen vino… pero  quiá, todo lo bueno se acaba. Las cepas fueron arrancadas hace unos veinte años, “para cobrar  la subvención”, y por esa parcela hace mucho que no se acerca nadie.  Sólo los jabalíes la patean a fondo. El cauce del arroyo (linde con LRO) se va tupiendo poco a poco, y ya estaría cegado si no fuera porque todos vamos por allí  en verano, a cortar cañas para la huerta.
La Dionisia está muy mayor, ingresada en una residencia.
Miguel, el pastor, nos ha conseguido ya el teléfono de su hija.

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Higos negros de Liotard

Liotard, figues noirs et poiresJean-Étienne Liotard pintó este cuadro a los 80 años.  Vivía entonces en una  gran casa de campo próxima a Ginebra, su ciudad natal, a donde había vuelto después de toda una vida rulando por las cortes de media Europa, desde Constantinopla hasta Londres, pasando por Versalles, La Haya, Viena.
Liotard ha retratado a reyes, emperadores, aristócratas y buenos burgueses.  Ha conseguido reunir un cierto capital. Vive tranquilo, retirado en la aldea de Confignons, y, al decir de algunos, reintegrado a la religión calvinista de sus padres (refugiados hugonotes, como tantísimos otros, a los que Ginebra debe su buena fama  hortícola y viticultora). Liotard tiene un hermoso jardín. La vista, más allá de los muros, es un paisaje de viñedos y frutales. No sabemos realmente lo que Liotard pensaba entonces, si echaba de menos o no las recepciones en el Hofburg,  las soirées en las Tullerías, o los reflejos de la luna sobre las aguas del Bósforo… Sí sabemos, en cambio, porque él se preocupó de hacérnoslo saber, que un día de agosto o septiembre, ya muy anciano, contempló un puñado de higos sobre la mesa y sintió la necesidad loca de pintarlos, es decir, de hacer que perdurasen en el tiempo. Higos de montaña, llamados “higos Nordland”, de piel morada o violeta, casi negros, muy plantados junto al  lago Lemán y más al sur (sureste), en el Valais, tierra de albaricoques, ciruelas, manzanas y peras… Los higos Nordland aguantan hasta -15 grados bajo cero, incluso un poco más si la tierra drena perfectamente y la higuera está plantada en empalizada, contra un muro orientado al sur.  Quizá fueran también Nordland, o de alguna variedad parecida, las higueras que hizo plantar en su palacio de Potsdam Federico II el Grande, protegidas por aparatosos bastidores de madera y cristal.
Los higos de Liotard, sin embargo, tenían que ser para él algo más que una fruta sabrosa. Los pintó con la misma aplicación, la misma consideración, con la que años antes había pintado al Delfín o a la Emperatriz de Austria. Quizá más. Como los claveles y lilas que pintaba Manet al final de sus días, o los bodegones esquemáticos del casi nonagenario Renoir ( el pincel atado con vendas a su mano derecha, petrificada por la artritis), pintar flores y fruta a las puertas de la muerte  tiene mucho de acción de gracias, o mejor, de silenciosa declaración de fe:  fe en la vida tal cual la vemos y deseamos todos, creyentes o no, sin necesidad de sobreponerle mensajes cifrados.  Junto a los higos Liotard pintó también dos peras y un trozo de pan, una servilleta bien doblada y el mango de un cubierto, todas estas cosas con una perspectiva extraña, forzada, quizá con la intención de ver más y mejor (todos los puntos de vista a la vez) y de ayudarnos a nosotros – amigos lejanos-  a  mantener viva su admiración.

NOTAS

Sobre la (presunta) relación entre el despojamiento de estos bodegones tardíos y los austeros valores calvinistas:  Cl.Sttoulling,  “Natures mortes”, p.110, apud Jean-Étienne Liotard dans les collections des Musées d´art et d´histoire de Genève. Somogy Ed., Paris 2002. A saber si esa relación estaba en la cabeza del pintor (además de en la del crítico del s.XXI). Lo único que nosotros vemos es esto: media docena de higos y peras en sazón, que un hombre ya muy mayor acaba de ordenar amorosamente sobre la mesa.

Para el que tenga interés en el cultivo del higo allende los Alpes, adjunto el enlace a un forum muy chusco que acabo de encontrar, y que se abre con el comentario de un “fig fan from Germany” (sic),  sorprendido al enterarse de que hay higos en Prusia:  
http://forums.gardenweb.com/forums/load/fig/msg1015515611539.html?13

En los terrenos del “château” de Confignon (la que fuera casa de Liotard) se siguen cultivando viñas y frutales.  Una enorme higuera crece a pocos metros de la parada del tranvía.

Castañas y mosto

HEL218361(Castañas y vino joven, Albert Anker, 1887).
Entre mediados de octubre y mediados de noviembre – límites elásticos, en especial hacia el verano- los habitantes de una franja de tierra que va desde los montes del Caurel hasta las estribaciones del Caúcaso, bajando por el sur hasta la cordillera del Atlas y subiendo por el norte hasta los valles recoletos del Tesino,  han empezado a encender sus hornos, asadores portátiles y paelleras agujereadas, y, al tiempo que preparan el primerísimo vino del año (es el momento del descube), separan las castañas buenas de las picadas, les hacen un cortecito con una navaja para que no estallen, y las van echando con parsimonia a las brasas, donde se irán calentando lentamente, una media hora, o, para ser exactos,  “el tiempo de rezar un rosario”.
Como el cuadro está en un museo de Berna, y su autor era de allí, puede pensarse que las castañas proceden  de Ascona, a orillas del Lago Maggiore, donde cada mes de octubre se sigue celebrando la “castagnata”, hermana gemela de nuestros magostos (algo más tardíos). ¿Y ese líquido pastoso de la copa?. ¿Vino joven, como dice el título?. No, no lo parece. Mosto espeso, más bien. Será un mosto de chasselas, procedente de unas viñas de la vecina región de Lavaux, plantadas a lo loco, “en foule”, que es como se hacía antes en toda Europa (antes de las calles ordenadas y simétricas, las espalderas, las podas rigurosas, etc) y vinificadas en un visto y no visto, como todavía hacen algunos por aquí (Anastasio, por ejemplo, “corre” el vino a mediados de noviembre)

Nota.
Albert Anker es especialmente conocido por sus escenas de género – niños, juguetes, perritos e institutrices-, reproducidas en calendarios y diverso “merchandising” alpino, un monumento a la gazmoñería que, sin embargo, es lo que en su tiempo le daba de comer a este señor. No los bodegones, que pintaba para él, por puro placer, y que hoy, hoy que el mundo está tan gastado, es lo que de verdad nos encandila a nosotros, necesitados como estamos de que nos ayuden a recordar las cosas tal cual eran. Es decir, tal cual son.

Cinco limones a medio pelar

Otoño 2012

Platos de peltre y/o de plata. Un vaso de buen vino blanco del Rhin, o del Mosela, quizá un Riesling. Un segundo vaso, roto. Unas aceitunas venidas en barricas desde España, por mar. Un mantel de lino bien planchado, un cuchillo de madera y plata. Unas cáscaras de ¿avellana?. Un pastel de frutas. Y un limón a medio pelar.

Un cuenco de porcelana Ming (período Wan-Li, apunta el catálogo).  Un mantel quizá de seda ¿india?. Una naranja con sus hojas (presumiendo de estar recién cogida). Un caracol que nos dice: esta naturaleza aquietada (traducción literal de “stillleven”) no lo está tanto: estos frutos se ajarán, y usted, que ahora los contempla, también. Un cuchillo de plata, un vaso de buen vino blanco, quizá un Riesling. Y un limón a medio pelar.

Una fuente de porcela china, una naranja con sus hojas (¡fresquísima!). Una Copa Nautilus. Un vaso pequeño, de buen vino blanco del Rhin, quizá un Riesling. La empuñadura  de un cuchillo de plata. Un mantel de terciopelo. Una mesa de mármol. Un reloj abierto, que nos dice (sin exagerar) que el tiempo corre, que somos polvo. Unas pepitas de uva que quizá intentan, también ellas, decir algo. Y un limón a medio pelar.
Un azucarero de porcelana china, con su cucharita de plata, su platillo de plata. Una Copa Nautilus. Una naranja con sus hojas (recién cogida, ¡muy fresca!). Una copa alta de buen vino tinto. Un tapiz persa,  de terciopelo, directamente traído de la provincia de Herat. Una mesa de mármol veteado.
Y un limón a medio pelar.

Un aguamanil de porcelana, con su tapa labrada ¿en oro?. Un cuenco Ming, también con sus engastes. Un cuchillo con el mango de ágata. Unas cáscaras de avellana -allí donde, en el cuadro vecino, se esparcían pepitas. Un Nautilus, nacar y oro. Un racimo de uvas. Un tapiz persa.
Y un limón a medio pelar.

Y la única conclusión posible: ninguno de estos limones podría haber sido, por ejemplo, una manzana.

Los cuadros reproducidos pertenecen a W. Heda, Van de Velde III, y los tres últimos, los más delicados, tan lujosos y elegantes que hacen chirriar los dientes, a W. Kalf.  Salvo el primero, el más sencillo (mantel blanco en vez de tapiz, peltre en vez de plata), que es de los años 40, los demás se pintaron entre 1650 y 1665,  en el zénit artístico y comercial de las Provincias Unidas.  Los cinco cuadros (stillleven/naturaleza quieta- parada) están juntos en la sala 27 del Museo Thyssen.
Un limón sobre un cuenco de porcelana, sobre un tapiz persa. Hay que entrecerrar  un momento los ojos e imaginar todo lo que había detrás de esa imagen.  El bosque de mástiles -cientos y cientos- de los grandes veleros trasatlánticos de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, fondeados en el todopodeoso puerto de Amsterdam (hoy no podemos imaginarlo, siquiera con barcos de recreo: la estación de tren, construida en el XIX, cierra la vista al Zuidersee). La Bolsa más potente de Europa, más que la de Londres. Las mejores imprentas, los mejores cartógrafos. Los mejores relojeros, los mejores ópticos. Los mejores ingenieros.  Los mejores astilleros, los mejores orfebres. Y también los hortelanos más cualificados: los limones, tan apreciados como las naranjas,  sólo podían ser cultivados in situ con mil y un cuidados, en invernaderos acristalados diseñados expresamente para ellos. Pero hay más. El amarillo-limón complementa al azul Ming,  brilla como el nácar y recuerda al oro. Y  el lujo tiene un aquel ácido: el limón que aliña un plato de ostras (también frecuentes en este tipo de bodegones). Pero los holandeses siempre han tenido los pies  en el suelo. Una mezcla  curiosa de finesse y terrenalidad, lo que seguramente explica que pudieran  colocar juntos una fuente de plata con un arenque,  o un mueble lujosísimo, de maderas taraceadas, con esa escoba que la señora de la casa acaba de dejar apoyada junto a él… Todo es material. Material, perecedero, sabroso, bueno.

NOTAS

(1) Están…o deberían, en esa sala de ese museo. Pero la verdad es que no encontré en su sitio, ni en ningún otro, el bodegón de Van der Velde cuando fui por última vez a verlos, hace un par de meses. ¿Qué ha pasado con él?. Los detalles sobre  los objetos proceden del catálogo virtual del Museo Thyssen.
(2) Sobre la materialidad. Muchos entendidos en bodegones insisten en el caracter moral de estos cuadros holandeses. Como vanitas camufladas (al contrario que en muchos bodegones del sur, escalofriantes y explícitos). O como llamadas a la moderación: la copa de vino que nunca está llena hasta el borde, la mezcla de naranjas (dulces) y limones (ácidos)…  Hoy nos resulta trabajoso imaginar todo eso. Sólo vemos la belleza de los objetos, tal como están. Pero el reto es ver también lo que los hizo tan intensamente reales  (las cuevas de las que se extraía el lapislázuli,  las ovejas que dieron su lana para los tapices, las viñas desborrando a orillas del Mosela, etc.)
(3)Unas gotas de limón en la ostra, con la contracción muscular que sigue, son la prueba más segura de que está viva. En el caso de la ostra, lo que se come es su agonía. Literalmente.


Espárragos

Primera quincena de abril

Ayer uno de mis perros hizo salir de la maleza a un hombre que se había metido en LRO a robar espárragos. Que lo hagan conmigo delante es lo que más me molesta. (¡Roben ustedes espárragos, pero mantengan las formas!). Además, es que hay muy pocos. ¿Y cómo va a haberlos, si no llueve?.

Este manojo de espárragos fue pintado por Edouard Manet en 1880, tres años antes de su muerte. Un amigo y cliente le compró al pintor el cuadro. Le pagó 1000 francos, en vez de los 800 convenidos, y el pintor, a la vuelta de correo, le hizo llegar a su cliente un espárrago más, para cubrir así los doscientos francos de diferencia…

El espárrago extra puede verse en el Museo d´Orsay, lejos de sus compañeros de mesa, que se conservan –tan frescos como el primer día- en un museo de Colonia. Manet murió muy joven, en 1883, con apenas cincuenta años. Había pintado bodegones toda su vida, pero en esos años finales ya no hizo otra cosa.

Sólo quería pintar flores, “pintar  todas las flores”  (“Je voudrais les peindre toutes…”).  Pocas semanas antes de morir pintó estas lilas blancas, que también están en flor ahora, como los manzanos. Manet apreciaba mucho los bodegones flamencos y holandeses del siglo XVII. Mientras en los paises del sur se miraba con cierto desprecio  este tipo de cuadros “menores”–y los artistas con algo de ambición debían dedicarse a la pintura de historia y de exaltación religiosa-, los buenos burgueses del norte se dejaban maravillar por la representación de unos limones a medio pelar,  unos arenques, un puñado de melocotones…

Este elegante bodegón de Jan Fyt puede verse en el Museo Thyssen, en Madrid.  El motivo está sacado enteramente de la primera quincena de abril: tulipanes, primerísimas peonías, flores de Viburnum opulus…y un manojo de espárragos blancos, especialidad holandesa (y flamenca) donde las haya.  Todos son buenos. Espárragos de tierras arenosas y fértiles, cultivados en el inmenso delta que forma el Rin en su desembocadura. Espárragos de tierras de aluvión, regadas por el Tajo en la vega de Aranjuez. Espárragos  silvestres y duros, mis preferidos, finos como el cordel, que crecen entre el rusco y las retamas, al pie de la viejas encinas achaparradas de LRO. Espárragos de Tudela, gordos y grandes como cohetes…

NOTAS

La anécdota de los espárragos de Manet está recogida en el catálogo del Museo de Orsay. Cuando no me los roban todos, me como los espárragos que quedan dándoles unas vueltas en la sartén, con un poco de aceite de oliva y unos granos de sal gorda.

Flor de azahar

 Febrero 2012

Zurbarán. 1633. Norton Simon Museum, Pasadena L.A.

La flor de azahar es la flor del naranjo, en especial la del naranjo amargo, bien abierta y fragante, recogida en primavera. Para que una flor desprenda su aroma la temperatura del aire ha de ser un poco alta. Por eso  las rosas apenas huelen al norte de París.

Las flores del naranjo amargo se van a las perfumerías, y las cortezas –mucho más ricas– a la cocina. Con esa piel, u otras de variedades próximas, hacen mermeladas los ingleses y aromatizan sus licores los franceses: Cointreau, Grand Meunier y, mucho antes que ellos, el Curaçao, ese mejunje de colores. La isla caribeña de Curaçao –donde se agriaban sin remedio los naranjos dulces llevados por los españoles– pertenece hoy a los Países Bajos. Un amigo de Rotterdam, arquitecto y especialista en “inteligencia artificial”, colocaba las mondas de naranja encima de la estufa eléctrica, y allí las dejaba hasta que casi empezaban a churruscarse. El olor a naranja –tan real, tan bueno– subía desde la estufa y se iba esparciendo pacíficamente entre sus ordenadores de última generación.

El naranjo amargo cubre las calles de Sevilla. El hecho de tener la copa compacta y de no crecer excesivamente lo convierte en un buen árbol de ciudad (al contrario que el anárquico y espinoso limonero), siempre y cuando el clima  le permita vivir sin sobresaltos. Un árbol coqueto, eternamente verde, perfecto para calles peatonales o algo apartadas del centro, y tan distinto de las enormes plataneras y sóforas de las calles de Madrid, destinadas a una vida incomparablemente más dura: frío, sequía, tráfico intenso, contaminación. (Y otras muchas cosas, que no son exclusivas de las grandes ciudades pero que el apiñamiento de gente, las prisas, la absoluta indiferencia, parecen hacer inevitables aquí: cubos de detergente vaciados día tras día en el alcorque –así he visto morirse yo algunos aligustres en mi barrio–, basuras de todos los colores y procedencias, golpetazos de las furgonetas aparcadas de cualquier manera sobre la acera…).

El bodegón de Zurbarán. Naranjas, limones, una rosa y una taza. Recuerdo imágenes de una película ambientada en los tiempos de la Gran Depresión: viajando en camionetas destartaladas con toda su familia, o caminando a pie y durmiendo por las cunetas, riadas de obreros en paro se dirigían a California, al Valle de Sacramento, para la recogida de la fruta. Melocotones primero, uvas después, y por fin las naranjas y limones. En un museo de la ciudad de Pasadena –pegada a Los Angeles– se expone el bodegón más bonito que uno pueda imaginar. Hoy a nadie le interesan gran cosa los grandilocuentes retratos de santos, adoraciones, martirios, que pintaba por encargo Francisco de Zurbarán hace trescientos cincuenta años. En los tiempos en que los españoles intentaban aclimatar naranjos en el Caribe (y tomates y patatas en España). Pero ese bodegón es otra cosa. Él, Zurbarán, se hubiera echado a reír de saber que es precisamente esa obra menor, tan frágil y tan hermosa, la que cualquiera de nosotros se llevaría a casa. En Pasadena está bien. A no muchos kilómetros del museo hay hectáreas y hectáreas de naranjos, limoneros, pomelos, mandarinos y, vaya usted a saber, a lo mejor en primavera llega hasta sus ventanas algo del aroma de las flores de azahar.