Cointreau, l´unique

En el jarrón: espigas de acedera redonda, Rumex induratus, hermana de la más conocida, y a veces cultivada,  R. acetosa: la oseille de los franceses, quienes, según tengo entendido, se las comen en ensalada, mezcladas con otras hierbas del campo que ellos saben (los gabachos, como las ovejas).  Pero aquí nadie come las acederas. Antes sí, me dice Miguel, el cabrero; comían también las hojas de las collejas (Silene),de las pamplinas (Stellaria), y hasta los amargos ajoporros (Allium ampeloprasum). Ahora las ensaladas vienen en bolsas de plástico, de modo que las acederas del campo solo las comen, si acaso, los corzos o los conejos (estos prefieren la alfalfa; claramente).  Las matas de Rumex induratus florecen entre las cepas de LRO. La desbrozadora las respeta, como a los cantuesos, porque alegra el corazón verlas ahí. Los frutos forman una nube de minúsculas valvas translúcidas, que parecen de piel de cebolla, y como el solsticio coincide con el comienzo de su agostamiento (que será veloz: en diez días, todo reseco), la luz de la tarde-noche prende en ellas y va dejando manchas rosas, cristales rosas por la viña.

Gelatina de naranja con leche condensada y Cointreau. La chica de la sección de bebidas del Carrefour no sabía lo que era el Cointreau. Le fue a preguntar al encargado, que tampoco lo sabía. ¿Cómo se escribe?, me preguntaron. Pues nada, no, no lo tenemos.  Es como un Licor 43, les expliqué, un licor de naranja. Pero mucho más fino. Y triple-seco, además. Transparente como el agua. 

El licor Cointreau, l´unique, se destila en Angers. Allí, junto al Loira, en la Escuela Superior de Agricultura, obtuve mi título (BTSA, Aménagements Paysagers), siguiendo la modalidad para adultos, es decir, a distancia. Por entonces trabajaba en una cooperativa de espacios verdes en Luxemburgo. Una semana al mes cogía el tren hasta Angers, enganchando la Gare du Nord con la de Austerlitz, para las clases presenciales, y el resto del mes mandaba las tareas por correspondencia. Tareas redactadas en mi vacilante francés, acompañadas de esquemas, planos de plantación, dibujos en papel calco, todo a mano, con rotrings y lápices de colores… (Hoy diríamos, condescendientes: rudimentario teletrabajo en el ocaso del siglo XX)  
Necesité ayuda durante el segundo año para preparar la presentación oral, última parte, pero la más importante, del examen final en Angers. Mis compañeros en la coperativa eran mayoritariamente portugueses. ¿Cómo iba a mejorar mi francés, si me pasaba el día hablando en gallego? En la Alianza Francesa de Luxemburgo me dieron un nombre (¡que he olvidado!); una señora en la cincuentena, quizá algo menos, casada, si no recuerdo mal, con un mandamás de la Alianza. Una mujer extraña, también. Tristona, severa, amargada como un ajoporro… et pour cause. Su acento impecable no admitía duda: París, París de la France. Y, sin embargo, ella era ¡serbia! Nacida en la Krajina, actual Croacia. De convicciones socialistas, educada bajo el régimen de Tito…. todo un sargento post-comunista, con los complementos esperables: voz ronca, austeros jerséis de pico, maletín de cuero gastado. Exactamente lo que yo necesitaba para espabilar. Algo se fue suavizando, sin embargo, con el paso de las semanas. Nunca dejó de tratarme de usted (ni yo a ella, solo faltaba). Pero me contó de su vida. De muy niña había pasado algún tiempo en Francia, a donde habían emigrado sus padres. La familia regresó a Yugoslavia, y ella -con el corazón roto- hubo de acompañarlos. Y así hasta que estalló la guerra.1992, 1993… Hizo las maletas y salió a escape. Trabajó en lo que pudo. Se casó, ya mayor, y tuvo una niña. No renunció a sus ideales políticos, aunque daba la impresión de defenderlos por puro hábito, sin mayor entusiasmo. Lectora  ávida de Le Monde Diplomatique, seleccionaba artículos para ir enriqueciendo mi modesto vocabulaire, pero me cortaba en seco si trataba de polemizar… Un día, ya hacia el final,  quiso que viera su DNI actualizado. Me señaló  la indignité de tener que especificar su nacionalidad (serbia) junto a su ciudadanía (croata), como dos conceptos diferenciados, cada uno en su casilla. Lo más anti francés que se pueda concebir. Lo menos ilustrado. ¿No estaba de acuerdo, no me parecía claro, claro como el agua?  Tanto le amargaba recordar aquello -sus padres finalmente desplazados a Belgrado, la casa familiar abandonada- que se negó a que su hija, francesa, aprendiera la lengua de sus abuelos de la Krajina.  A veces tomaba conmigo un té. Me pedía que le contara despacio, con orden y sin atropellarme, cada viaje a Angers.  Angers. El Cointreau. La Loire. Los tapices del Apocalipsis y el buen rey René… De esas cosas hablábamos. Y hoy me estrujo la cabeza tratando de recordar su nombre. ¿Cómo es posible que lo haya olvidado? No consigo recordarlo, hélas, y eso que de ningún modo hubiera podido sacar el título sin su ayuda. Repasó conmigo la presentación hasta la víspera del examen. Un pequeño discurso de diez minutos (cronometrados) sobre la haie champêtre de Mme. Hirsch (el seto de la Sra. Hirsch, en Olingen), tema de mi rapport de stage. 
– Ce n´est pas  “estage”! – bramaba ella, hecha una furia serbo-croata- Stage, ssstage, faites attention, Madame, sssstage.. avec une s liquide!  

Sobre la gelatina, unas gotas de chocolate negro. El libro junto a la gelatina, Pierre Michon. Otro gabacho bueno, como la ensalada de oseilles y como el Cointreau de Angers, que en la foto no se distingue bien (en su tacita duralex, detrás del plato), porque es cristalino, transparente, claro como el agua.

P.D. La receta del cosmopolitan, que no está de más tener localizada: https://www.cointreau.com/es/es/cocteles/cosmopolitan

 

 

 

Jardín limpio, cliente contento

 chaumont 07Voy de visita al festival de jardines de Chaumont-sur-Loire cada tres años. He ido ya en el 2007 y en  el 2010. Este año tocaba, pero entre la vendimia y el vino se me ha echado el tiempo encima y ya no podré ir. No faltaré, sin embargo, a la cita de primavera.
La primera vez fuimos en la furgoneta desde Madrid, sin prisas, haciendo varias paradas por el camino; al llegar a Chaumont, que es uno de los pueblos que se esparcen por la orilla del Loira (muy cerca de Amboise) nos quedamos a dormir en el camping. La segunda vez cogí un tren muy temprano en la estación de Austerlitz, en Paris; la parada es en Onfray, a dos kilómetros del castillo donde se celebra el festival. Fui caminando hasta Chaumont, pasé el día allí, y al atardecer regresé a París. En las dos ocasiones me quedé con la impresión de que el tiempo y el dinero invertidos  (150 euros en el segundo caso, por un “forfait” de avión +2 noches) eran muy poca cosa para lo que se podía obtener a cambio: ver en unas seis horas el mejor festival de jardines de Francia y volver a casa con la cabeza en estado de ebullición.

Al mes de volver quedé con un amigo jardinero en Madrid para tomar una cerveza. Venía todo sudoroso, después de horas trabajando con la sopladora, barriendo y recogiendo en bolsas de plástico las hojas caídas al pie de las plataneras… Saqué la cámara digital y empecé a enseñarle mis fotos. Déjate de mariconadas, me dijo. Mis fotos de Chaumont –como la que reproduzco aquí arriba– no le interesaban ni mucho ni poco. Pasamos a hablar de otras cosas.
Y es que aquí no tenemos nada que pueda compararse a un festival como el de Chaumont. Tenemos festivales gastronómicos, musicales, y otro tipo de cosas estupendas. Pero de jardines, nada. Cuando uno salta desde la plataforma en la que trabajan los grandes paisajistas –los de “Casa y Jardín”, para entendernos– va a darse de bruces directamente contra el suelo: el terreno de los jardineros de mantenimiento, que son albañiles o agricultores reciclados en el mejor de los casos, y en el peor (que es lo habitual), jóvenes españoles sin cualificación, que sienten el mismo interés por podar un rosal que por conducir una carretilla elevadora; estos jardineros que pululan por las comunidades de vecinos y urbanizaciones de las afueras se reparten el business con los emigrantes sudamericanos, marroquíes y rumanos, quienes, como ellos mismos, trabajan por cuatro perras (qué remedio) y han aprendido  a marchas forzadas en las grandes compañías de mantenimiento, las que se llevan las contratas de los ayuntamientos (desbrozar cunetas, limpiar aparcamientos, etc). Pueden ser buenos trabajadores, pueden  tener pericia en el manejo de las máquinas, pero ni saben una palabra de botánica o agronomía, ni consideran que sea necesario saberla para cuidar un jardín. Naturalmente, los propietarios del jardín no son exigentes. En España no lo son, ni siquiera cuando creen serlo… Y lo que están dispuestos a pagar a estos jardineros  improvisados es lo mínimo (ocho euros/hora, cinco si es en negro).  Chaumont. Soluciones para suelos muy secos.Una familia de nivel económico medio dedicará el  95% de su presupuesto a la casa y al coche, pero ¿al jardín?. Con que esté limpio basta. Seto de “arizónicas”, + extensión de césped + puñado de rosales sin padre ni madre en la entrada. Este tipo de propietario estándar –el de los miles de chalés/segundas residencias surgidos como hongos al calor de la burbuja inmobiliaria, o el coprietario distraído de una comunidad de vecinos– tampoco considera la posibilidad de que haya otra forma de hacer las cosas. Y si sale a otros países de vacaciones, no ve lo que no llama su atención, aunque lo tenga delante de los ojos (foto 2: Chaumont, soluciones para suelos muy secos; más abajo, foto 3: chumberas, rosas y gramíneas). O puede que sí lo vean  y puede que sí se admiren, pero eso no significa que vayan a hacer comparaciones constructivas y a extraer de ellas la menor conclusión práctica. ¿Por qué somos así?. No lo sé.
pompas de jabón en un cuasi-desiertoEl ciudadano español medio tampoco le pide mucho a su ayuntamiento en cuestión de espacios verdes públicos. Pide, de hecho, lo mismo que para su pequeño jardín (el que lo tiene). Y ni él, ni su jardinero, ni el representante de la administración necesitan festivales de jardinería ni nada por el estilo. En todo caso, si se hace una “feria del jardín” a lo grande, como acostumbramos a hacerlo todo por aquí, lo que encontraremos en ella es lo último en maquinaria, nuevos cachivaches, pérgolas y casitas de jardín, barbacoas, horripilantes cabezas de Buda, tumbonas de maderas imputrescibles (procedentes de selvas tropicales en peligro de extinción), etc, etc.  Supongo que la falta de empatía con la naturaleza (¡la de verdad, no la de adorno!) es un defecto cultural que arrastramos desde la noche de los tiempos pero ¿por qué nos hemos curado en tantas otras cosas y en esta seguimos así?.
Cuando salgo al extranjero a ver jardines siempre vuelvo cabizbaja. En España no hay nada comparable –no digo ya a los grandes festivales, ¡pienso simplemente en las rotondas ajardinadas de Francia, por ejemplo!– no hay nada comparable porque casi nadie lo echa en falta (y los que sí lo hacen todavía son minoría: basta con abrir los ojos).  Como cuando paseamos por el campo. Si uno se da un paseo a pie por cualquier zona rural del sur de Inglaterra, o de Aquitania, o de la Toscana… puede estar bien seguro de que no se va encontrar ni neumáticos, ni bolsas de plástico, ni restos de palés, ni trozos de uralita… Por supuesto, las posibilidades de que se encuentre un perro abandonado, esquelético y muerto de miedo, son también muy bajas, e irán disminuyendo a medida que nos dirijamos al norte.

crocus hederifolius


En este jardín (Oxford), las hojas se descomponen al pie de los árboles, y en el mantillo que se acaba formando  brotan unos crocus diminutos.

En cuanto a mi colega jardinero, no me afectó gran cosa su desinterés.  Es un buen hombre que preferiría otro tipo de trabajo, mejor pagado y menos ingrato. Me quedé, eso sí, con ganas de decirle que estaba haciendo el canelo. Que las hojas de las plataneras debía soplarlas hacia el centro del césped, esparcirlas lo más posible y, acto seguido, pasar la segadora por encima. La bolsa de la segadora irá recogiendo una mezcla impagable de briznas de hierba y hojarasca triturada. Lo que él –y una mayoría de sus clientes y colegas, para qué negarlo– consideran “suciedad” es lo que mantiene fértil y protegido el suelo (por no hablar de la cantidad de pequeños invertebrados que encontrarán refugio en esa capa mullida y caliente de materia orgánica). De modo que, en vez de tanto sudar y tanto ir y venir al contenedor,  a lo mejor debería limitarse a ir vaciando esas bolsas al pie de  árboles y arbustos, devolviéndoles lo que es suyo, los nutrientes que ellos mismos han fabricado y de los que depende en buena medida su futuro. Así se mantienen esos jardines ingleses que tanto admiramos (foto 4). Y la única diferencia respecto al mantillo de los bosques  (foto 5, abajo) es la velocidad: allí todo es lento, aquí, por razones estéticas (y a veces funcionales: no resbalar por un camino lleno de hojas), se acelera el proceso de descomposición, pues las hojas secas vuelven a la tierra ya trituradas, amontonadas, y mezcladas con hierba.

hojas que formarán el mantillo

Notas.
Los troncos de la primera foto, pintados de azul y puestos cabeza abajo, como hombres caminando, procedían de los bosques azotados por las tormentas que arrasaron Francia en 2005. Algunos años después leí esta noticia en una revista de jardinería: los hombres azules de Chaumont habían arraigado en el fondo el estanque y se estaban cubriendo de hojas. Es decir, volvían a ser árboles.

Matemáticas verdes

(Continuación del post “Andrés, hijo de Juan, hijo de Pedro”)

…¿Cómo se come todo esto? ¿Puede la misma persona diseñar jardines formales y adorar al Lorenés?. Parece que sí.
I. En las historias escolares la ecuación es sencilla: “Francia, jardín formal, jardín arquitectónico, Le Brun, orden, sometimiento de la naturaleza, racionalismo, S.XVII”  versus   “Inglaterra, jardín natural, jardín pictórico,  Claudio de Lorena, desorden, naturaleza libre,  empirismo, S.XVIII”. Y hay quien añade a la serie las inevitables connotaciones morales: la línea recta es conservadora y absolutista; la línea curva es progresista y liberal. Pero si uno afina la vista, el oído, y hasta el olfato (y deja en el cajón ciertos prejuicios), enseguida se dará cuenta de que nada es tan simple.
Primero, ¡atención!, ni la geometría tiene por qué ser “mala” ni los jardines formales “reaccionarios”… Pero esto lo dejamos para un poco más adelante. Segundo, ¿eran de verdad tan  rígidos los jardines de Le Nôtre que en ellos no había cabida para el azar, tan absolutamente inhumanos en su escala y concepto, tan “tristes y estériles (A.Baraton) que excluían la sorpresa, el juego, la douceur de vivre…?.
La historia de un jardín es una historia de seres vivos -hombres, animales y plantas mezclados- todos ellos diversos, y complejos, y cambiantes por definición.  Los árboles de Le Nôtre crecieron tanto que hacia 1725 ya no había manera de meterlos en vereda. Y el hombre que los plantó sabía que acabaría pasando eso. Sabía que las vistas se convertirían en “entre-vistas”, y que en muchos lugares las líneas rectas quedarían ocultas. En cuanto a los parterres bordados (broderies, casi siempre de boj, o de una sola variedad de flor), el cronista de la Corte, Saint-Simon, nos informa de que a Le Nôtre le aburrían… Toda la vida, desde niño, había estado dale que dale, primero ejecutándolos, después diseñándolos él mismo. No le gustaban , dice Saint-Simon porque no se podía pasear por ellos. Y los jardines son para “ser paseados”, no sólo contemplados (como  seguramente piensan los que ven en Versalles un puro ejercicio intelectual); de hecho, todo el diseño  fue concebido en función de la promenade, que el propio Rey Sol describiría en un célebre opúsculo. Al caminar, los diferentes elementos iban apareciendo poco a poco: un nuevo punto focal, una escultura especialmente hermosa (o especialmente cargada de significado, que quizá sólo captara la nueva amante del Rey…), o una orquestita que salía de detrás de un seto cuidadosamente recortado.  En ese diseño el parterre era necesario para rellenar los inmensos espacios entre escaleras, terrazas, bosquetes. A Le Nôtre le cansaban, pero entendía su función. ¿Con qué reemplazarlos sin alterar por completo el conjunto, sin interrumpir las vistas dominantes ni llamar la atención más de lo imprescindible?.   Chateau_Versailles_and_the_Grand_Canal_(Photo,_13-06-2010).jpegOtras cosas. En el supuestamente inmutable jardín del orden y el rigor matemático, veintitres hectáreas de cielo imprevisible se reflejaban en la superficie del Gran Canal: “..el canal refleja las nubes, la luz, todo lo que pasa, a la velocidad que le plazca al viento… le pur éphémére..” (E. Orsenna, op.cit. p.78). Y aún más efímera y- más reñida con la línea recta- era el agua en movimiento . Para un visitante de hoy es difícil imaginar lo que era Versalles en el XVII, porque habría que poner a funcionar (y se hace sólo a medias, los fines de semana de verano) todas las fuentes e “ingenios” hidráulicos que se repartían por el jardín, acompañando con su música el paseo del visitante…

II. Volvemos ahora al primer asunto. La geometría. Yo creo que todos llevamos dentro un similar deseo de luz y de orden, que se expresa de diferente manera y/o en diferentes grados según el temperamento de cada cual, pero que suele reactivarse, precisamente, cuando las cosas no van del todo bien.
El mundo que produjo a Le Nôtre es el que acababa de despertar de las guerras de religión y – apenas empezaba a aclararse el agua del Sena, que había corrido roja durante años- de las guerras de la Fronda.  Andrés creció entre tiros, estocadas, hogueras, cadáveres embarrados por esas callejas -sucias, sucísimas- de lo que hoy es el centro de París.  Fuera de las ciudades, el norte de Europa era todavía un mundo de bosques y ciénagas, ya en rápida disminución,  pero todavía cerrado: ¡y peligroso.!  El jardín era exactamente la antítesis de todo eso. Como los versos alejandrinos o la música de Lully. Era una forma de plantarle cara a la barbarie, no sólo la de los hombres enfrentados entre sí, sino también de la propia naturaleza,  amenazante e informe

Líneas rectas en LRO

Líneas rectas en LRO

III.  No es de extrañar, pues, que el mundo que produjo a Le Nôtre fuera también el que produjo a Descartes y a Spinoza. Líneas rectas, matemáticas:  para sugerir, por ejemplo, que en las cosas del mundo sublunar la razón va primero y la fe después…Esas líneas rectas del XVII, símbolo del amor a la ciencia, llevaban directamente a las Luces del XVIII. Y el romanticismo, tan liberal en ciertos aspectos, no dejaba de tener una cara oscura, una inclinación nostálgica y peligrosa hacia el pasado (lo veremos en otro post: por ejemplo, la afición de H.Walpole a las falsas ruinas ¡góticas!).
Tengo en alta estima a Monsieur Le Nôtre. Entiendo perfectamente su (humanísima) voluntad de poner orden en un mundo caótico.  Y creo que esto no es incompatible con la necesidad de recordar, ahora, que la utopía del “progreso ilimitado”  tocó fondo hace tiempo, dejando bien a la vista las limitaciones que encerraba. Nuestros dramas de hoy. Nosotros, los que  sufrimos por encontrar un sitio en el parking tumultuoso de Versalles, al que llegamos por una carretera asfaltada, con alumbrado público,  con uno o dos móviles a bordo, protegidos y bien desayunados… no sabremos nunca lo que es un bosque de verdad. Nos hemos quedado sin ellos; incluso sin su recuerdo. Y hasta los setos y la maleza que uno ve por el camino parecen guiñapos, retazos marginales de lo que debieron de ser en otros tiempos. La naturaleza hoy, aquí, es cualquier cosa menos amenaza. Todo es claridad cegadora. Mineral y humo. Todo es descampado, es decir, solar de próxima construcción…Los animales escapan. Van desapareciendo, simplemente, porque ya no tienen donde meterse. ¿Cómo podríamos encontrar consuelo en un jardín tan estricto, hecho de terrazas, fuentes, esculturas, senderos de grava, ánforas, escaleras, que no son ya lo que andamos buscando, lo que necesitamos?.  Le Nôtre era un hombre de su tiempo como nosotros lo somos del nuestro.  Sus jardines son una respuesta perfecta -un prodigio de buen gusto y serenidad- para el tiempo que le tocó vivir.  Y todavía hoy, en momentos particularmente convulsos, sentarse junto a un “charmillo” de Versalles puede calmarle a uno los nervios…  Pero por todas estas cosas, en realidad, también se puede juzgar con escepticismo la obra  de determinados paisajistas contemporáneos, que  han olvidado la hora que marca el reloj y que – al margen de consideraciones estéticas- continúan ajardinando enormes espacios sin prestar atención a a lo más urgente: la creación de ecosistemas viables, tan “biodiversos”  y autosuficientes como sea técnicamente posible (hasta una mediana abandonada nos dice más cosas, a día de hoy, que , por ejemplo, esas anchas avenidas asfaltadas del Parque Juan Carlos I, en Madrid…).
rangee_arbres_w650_h441Nuestra naturaleza animal echa de menos la libertad desordenada del bosque. En nosotros, que hemos nacido tan tarde, hay una desproporción de luz y sombra (de intelecto e instinto, o como cada cual quiera decirlo) inversa a la que se daba en el todavía agreste siglo de Le Nôtre. Por eso, en mi opinión, a algunos les  chirría ese despliegue de geometría y disciplina.  Porque, si no hacemos el esfuerzo de ponernos en la piel de un hombre del XVII, siempre veremos esas cosas como un yugo, no como una liberación. No como la geometría balsámica que sin duda era entonces, pues hacía olvidar  a un puñado de hombres del XVII el horror y el caos circundante, horror y caos que ellos (un grupo de privilegiados, sí)  veían materializados en el lodazal que había sido Versalles antes de ser jardín… o en esos bosques impenetrables, oscuros, llenos de peligros muy, muy reales, que tenían que atravesar cada dos por tres, y que nosotros -¡aunque a ellos les costaría trabajo creerlo!-  jamás de los jamases conoceremos ya.

                        (Continuará en el post:  “Peligro: curvas”).

NOTAS

Bibliografía básica, además del estupendo libro de Orsenna: Todos los jardines del mundo, de G.Van Zuylen, Gallimard, 1994. Y Grandes jardines de Europa, E. Kluckert, K¨önemann,2000.
La foto del los castaños de indias de Versalles (salvados de la terrible tormenta de diciembre de 1999)  es de Isabelle Rodrigues (“France in photos”).

Andrés, hijo de Juan, hijo de Pedro

Sea-Port-at-Sunset-1639-xx-Claude-LorrainClaude Gellée, llamado “el Lorenés”: Puerto de mar al ponerse el sol.1639

I. Este es uno de los cuadros que el jardinero de Luis XIV,  André Le Nôtre, contemplaba por las noches cuando se sentaba a cenar en compañía de Francisca, su mujer. Quizá también le echara un ojo por las mañanas al salir a trabajar,  antes de calarse el sombrero y cerrar el portalón que daba a la calle. No era el único cuadro de Claudio de Lorena que poseía: una Fiesta campesina – de buena mañana, bajo el enorme roble de rigor- colgaba junto a los veleros y el sol poniente.  Y en su colección había además tres Poussin, varios Domenichino, dibujos de Rafael, de Rembradt, de Rubens… Todo un patrimonio, fruto del trabajo ininterrumpido durante más de setenta años al servicio de los reyes y “grandes” de Francia. El único vicio de Andrés, o mejor, la única libertad que tal vez podía permitirse en su vida privada, era precisamente ése: comprar cuadros y objetos hermosos, para contemplarlos siquiera unos minutos antes de volver al chantier (Saint-Germain, Chantilly, Sceaux… y siempre y en todo momento, Versalles).  Pero M. Le Nôtre también había invertido en títulos de renta y bienes inmobiliarios. A su muerte, con 87 años, el jardinero de Luis XIV dejaba tras de sí una pequeña fortuna que ningún hijo heredaría: Andrés, hijo de Juan, hijo de Pedro, todos ellos jardineros, podía hacer vivir árboles y flores (incluso esos olmos y robles tres veces centenarios de los que el Rey Sol se encaprichaba, y que había que arrancar, y transportar en carretas hasta Versalles, y sacar adelante como fuera) pero no podía hacer vivir a sus propios niños; ni a su primogénito, Jean-François, ni  a los otros dos que le siguieron.
Andrés plantaba robles, tilos, carpes. Contemplaba los crepúsculos del Lorenés.  Enterraba a sus hijos. Y a lo mejor se consolaba pensando en ese sobrino-nieto tan querido, Claudio, al que había ido enseñando todos los secretos del oficio. Claudio, el nieto de su hermana Isabel, se curtiría como jardinero en las Tullerías, bien entendu, y después ya se vería... Y también  estaban ahí sus dos sobrinas, hijas de su otra hermana y de Simon Bouchard,  el responsable de la Orangerie: cuando su padre muriera, esas niñas seguirían ocupándose de meter a cubierto, cada mes de noviembre,  los naranjos e higueras itinerantes del Rey Cristianísimo.

220px-Andre-Le-Nostre1Un día de 1700, cogidos del brazo, cada uno con su bastón en la mano libre, esquivando charcos aquí,  pisando despacio los adoquines allá para no trastabillar (pasaba él de los 80, ella de los 70) Madame y Monsieur Le Nôtre  cruzaron juntos las calles de París para ir al notario.  La señora Francisca, con su sólido sentido común y no poco retintín,  insistió en añadir este párrafo al testamento: ” …Y hace constar que es la referida dama, su esposa, quien se ha preocupado por conservar los bienes que poseen, gracias a su buen gobierno y economía, habiendo sido siempre el referido testador muy proclive a gastar dinero para su gabinete de arte, sin pensar en ahorrar, etc” (1). En el testamento, sin embargo, no estaban ya los dos cuadros del Lorenés que Le Nôtre había comprado. El jardinero sin hijos se los había regalado al rey Luis, como los tres Poussin de su colección, hacía ya siete años . Y por ese motivo -por el hecho de haber pasado enseguida a las colecciones reales- hoy podemos verlos nosotros en el Louvre  (segundo piso, ala Richelieu, sala 15; en el catálogo virtual del museo se dan todos los datos: http://www.cartelen.louvre.fr ).

II.  Bueno. Le Nôtre había estudiado matemáticas y arquitectura en La Gran Galería del Louvre. Tenía mano para el dibujo. Y no digamos ojo. Él era el maestro jardinero que analizaba la topografía, diseñaba, preparaba los planos, organizaba los suministros, y dirigía cuadrillas de miles de hombres, a los que, según conviniera, ordenaba podar, regar, allanar, recrecer, retirar, abonar, trasladar, reponer… Todos los grandes jardines de Francia pasaron por sus manos entre 1650 y 1700, desde las Tullerías, donde se formó – con su padre y  con su abuelo-, hasta el último rincón del último bosquete de Versalles. Con más de treinta  jardines en su haber, André le Nôtre entraría en la historia de la jardinería como idólatra de la línea recta, la simetría, y el parterre “a la francesa”. 750px-Versailles_Plan_Jean_DelagriveCabía esperar, pues, que las generaciones de la segunda mitad del XX no se sintieran demasiado a sus anchas en este tipo de jardines, percibidos como algo rígido y monumental,  lejanísimo, ajeno a nuestros referentes estéticos de hoy.   Pero el error, en mi opinión, está en juzgar Versalles -o cualquiera de sus hijos e hijastros- como si nosotros y nuestras circunstancias del XXI fuéramos a instalarnos en él mañana. ¿Qué sentido tiene acercarse con prisas, con poca y/o mala información (a codazos entre otros miles y miles de turistas, todos en bermudas, todos despistados) para acabar soltando un apático  “me gusta” o “no me gusta”?.  Si todavía vale la pena hacer cola junto a la verja de entrada (y  yo creo que sí)  es para preguntarse cómo pensaban, amaban, soñaban, se distraían, morían…. los hombres y mujeres  que crearon semejante jardín, y para preguntarse finalmente si, a pesar de las diferencias, ¿hay algo que podamos compartir todavía ese señor de la peluca y nosotros, a tantos siglos de distancia?. Admitida la dificultad inicial (que se supera, me parece; es como leer la Ilíada sin estar acostumbrado al lenguaje de la épica clásica: pasados los primeros cantos, el resto va rodando), lo que no se entiende bien es que alguien se permita, con una altivez y una falta de sentido histórico asombrosos, poner verde al susodicho Andrés:  ”  … toda su obra está empapada de tristeza. Esos árboles domeñados parecen sumisos, sin vida, estériles, y son la viva imagen de ese hombre que, aún habiendo hecho fortuna, vivió como un criado y murió sin hijos (…) Cuando contemplo esas largas avenidas sin vida, ese rostro austero de labrador disfrazado de noble, mi corazón se queda helado y la incomprensión domina (…)”.  El que lo firma no es ningún mindundi; es A. Baraton, actual director de los jardines de Versalles (2). Más adelante todavía le dedica unas líneas  a su falta de vocación jardinera (“il est plus un architecte”), a su falta de originalidad, y a su nula evolución: “...tuvo el inmenso mérito, gracias a Luis XIV, de hacer posibles las ideas de Boyceau y de Mollet. Pero él no era un creador… Tenía amigos, medios, un rey que le adoraba… y en todo eso yo no veo al genio por ninguna parte, etc“. (2).  Baraton piensa, en definitiva, lo mismo que un alto porcentaje de esas hordas de turistas. Es el viejo prejuicio contra el orden clásico, nacido en el ocaso del siglo, apenas terminado de plantar el último bosquete del Trianon…

III. Es sabido que los jardines de Le Nôtre  serían furiosamente criticados por la generación siguiente, la de los “paisajistas ingleses”. Sí. Pero estos mismos paisajistas dieciochescos iban a elevar a los altares a …¡Claudio de Lorena!, cuyos paisajes “sublimes” consideraron desde el  principio como el modelo  a seguir; es decir, a reproducir sobre el terreno, pues “crear un jardín es un pintar un cuadro ” (A.Pope, gurú del jardín inglés). Paradójicamente,  el hombre que se había empapado cada día de su vida con esos paisajes pre-románticos, esa luz oblícua, ese permanente interrogante que flota en la línea de los horizontes del Lorenés, era el padre de la geometría hecha jardín, Andrés el Nuestro, enemigo número uno de Pope, Lord Shaftesbury, Horace Walpole y demás tratadistas del nuevo estilo de jardín .
¿Cómo se come todo esto?.

                                (Continuará en el post “Matemáticas verdes”)

NOTAS

(1) La anécdota del testamento la cuenta E. Orsenna en Portrait d´un homme heureux, Editions Fayard, 2000, p.147, utilizando como fuente la monografía de E.de Ganay, A. Le Nôtre, Paris, 1962.
(2) A.Baraton, Le Jardinier de Versailles, Editions Grasset, 2006, pp. 162-167. “El” Jardinero de Versalles, naturalmente, es él, M.Baraton, que empezó cobrando tickets en un cajero de la entrada y supo buscarse la vida. Un hombre que destesta que le tuteen o se refieran a él como “Alain, el jardinero” (lo considera un desdoro) y que, según él mismo cuenta, ha desempolvado el apelativo familiar “de la Vergne”, para añadir y dar lustre a su sencillo Baraton (p.140)…

Catalina huele a rosas

catherine-deneuve-20051201-87402Dos “rosas antiguas”,  la damascena y la centifolia, proveen desde la noche de los tiempos las esencias que llamamos “attar” de rosa (por destilación) y aceite  “absoluto” (por extracción), presentes en los mejores perfumes del mundo.

La rosa damascena llegó de Siria a Europa en las alforjas, dizque, de algún cruzado. Hoy se cultiva principalmente en Bulgaria, en el “valle de las rosas”  (Kazanlak) y en Turquía, en la región de Edirne (antigua Adrianopolis). Leo en internet que sólo el primer pais citado proporciona el 70% del aceite de rosas del mercado mundial.  La rosa centifolia es la rosa de Grasse, ciudad provenzal, “capital mundial del perfume”, pero también se cultiva en Italia y en Marruecos… Al decir de los que saben de estas cosas, la centifolia deja un regusto a miel del que carece la damascena, más pura, más “rosa”. (En cuanto a la rosa cortada – la de los ramos, la del ojal-  viaja por un camino diferente, que contaremos en otro post; un camino que lleva de las laderas volcánicas de Ecuador hasta Kenya, y de uno y otro puntos a la gran centrifugadora mundial de la flor cortada: la casa de subastas de Alsmeer, al norte de Amsterdam)

Jean-Paul Gherlain, perfumero – ya octogenario- del portal nº68, rue des Champs Elysées, (frecuentado por esas turistas japonesas que van por la calle dando tumbos, cargadas como mulas con sus bolsas de Gucci, Ferragamo, etc, etc), publicó en 2002 Les Routes de mes parfums :

“…Detrás de cada uno de nuestros perfumes se esconde una musa…  Creé ‘Nahema’ pensando en Catherine Deneuve. Esta actriz soberbia, de inmenso talento, me había fascinado en uno de sus películas, “Benjamin o Diario de un adolescente”. Catherine aparecía dentro de una jaula dorada con el suelo cubierto de rosas, vestida de seda blanca y los cabellos extendidos, como una aureola… el efecto era perturbador…Mi imaginación daba vueltas en torno a este recuerdo, y acabó convirtiéndose en el hilo conductor que, en 1979,  me llevaría a ‘Nahema’. Construí entonces ese perfume como un fragmento musical; quería recrear el ritmo lancinante del Bolero de Ravel: la nota olfativa principal se transformaba poco a poco en una presencia obsesiva. Siempre he sido un apasionado de las rosas, y mi jardín posee unas ochenta variedades…’Nahema’ es  una *rosa absoluta, construida sobre un acorde floral que acentúa el arranque, muy intenso, y se apoya sobre un fondo de madera y fruta, matizado por un toque de sándalo. Mi deseo era crear una composición que expresara de forma instantánea la sensualidad de una mujer particularmente refinada, experta en ese juego que consiste en ofrecerse sin dar la impresión de haberse ofrecido por completo… No es por casualidad que todas las creaciones Gherlain acogen la fragancia de la rosa en su composición, pues su poder de seducción ha atravesado los siglos…De la rosa centifolia, que es la rosa de mayo provenzal, a la rosa damascena, menos dulzona, existen alrededor de siete mil variedades. La recolección se hace únicamente en el mes de mayo, hacia las ocho de la mañana, cuando la flor empieza a abrirse y el aroma está en su apogeo…

(Apud  Le goût de la rose, ed.Mercure de France, 2008, pp.61-63. *Con *rosa absoluta quizá se refiere al aceite “absoluto”, esto es, al que se extrae de los pétalos utilizando disolventes)

2012-05-10 23.56.37En LRO crece una Rosa x damascena. Procede del esqueje que me trajo un amigo, Radhouanne (jardinero y entendido en olivos) de su casa en Túnez.  El esqueje arraigó en una maceta pequeña de arcilla -como las que limpia Catherine en la foto de arriba- rellena de tierra, mantillo y arena. Al año siguiente la planté en una esquina de la casilla, donde florece con profusión durante todo el mes de mayo (*en la foto se ve a un escarabajo, medio anestesiado por el olor, hundiéndose más y más en la corola…)

NOTAS
Además del libro citado, estas dos webs: rosasdebulgaria.com, (compra de cosmética búlgara on-line…más económica, en todo caso, que la de l nº68 Champs Elysées) y westcoastaromatherapy.com, donde se explican con detalle los procesos de extracción del aceite. La expresión “rosas antiguas” queda para otro día  (es una larga  historia.)

Gilles Clément + Paris

Septiembre 2010

Los tres grandes jardines que Gilles Clément ha diseñado en la Ville de Paris, por orden cronológico:

1. Jardines del Parc André-Citroën, en las antiguas fábricas de montaje de automóviles.

2. Jardines del Museo de Etnología del Quai Branly.

3.Jardines del Arco de La Défense, entre los cementerios de Puteaux y Neuilly.

Los visité en septiembre del 2010. A los tres es sencillísimo llegar, caminando desde el centro al Quai Branly, y en transporte público a los otros dos. Lo que reproduzco a continuación es una selección de fotos y de anotaciones que hice sobre la marcha. Para el que tenga prisa: si hay que escoger uno, sin duda el jardín que rodea el museo del muelle Branly, porque el museo –un capricho de Jacques Chirac, amante y buen conocedor de las culturas orientales– es en sí mismo una visita obligada, recomendable contrapunto del Louvre, que está tan cerca.

Coloco las fotos en el orden en que yo los vi (2-1-3), con la luz de por la mañana en el Quai Branly, y casi a tientas en La Défense.

El jardín de G.Clément para el Museo de Etnología del Quai Branly:

El edificio, Jean Nouvel; la fachada vegetalizada, P. Blanc (el que hizo en Madrid la fachada de Caixa Fórum). Lo primero, los pavimentos (cuando la tentación sería la de levantar la cabeza, aunque sólo fuera por la omnipresencia de la vecina Torre Eiffel). En todos hay mezcla de materiales (incluso pequeños objetos incrustados en trocitos de cristal) y en todos se escapa de la regularidad. Nada más entrar, las masas de miscantus, que con sus espigas llegan a medir dos buenos metros. Todas las plantaciones en masas: de helechos, de hippuris. Plantas de ribera, de sombra, de suelos frescos, como corresponde a la orilla del Sena. Pero los miscantus –y otras gramíneas– así como la densidad de plantación producen la impresión, nada más entrar, de estar en un lugar exótico, como el propio museo (piraguas polinesias, máscaras ceremoniales del Congo.). Del otro lado del museo, es decir, mirando al oeste, plantas que buscan la luz, como esos rosales chinensis ‘Mutabilis’, gemelos de los de La Rama de Oro. Y el cierre, con juncos de hierro (sólo pasan los patos, haciendo fintas entre los barrotes).

El jardin de G. Clément en el Parc Citroen:

Está envejeciendo, pero con bastante dignidad, creo yo, si se piensa en que es un parque de verdad: un parque con gente, niños corriendo, perros, parejas escondidas –o no– detrás de los setos. Jardines temáticos, por colores (plata, oro…). De nuevo los miscantus, que en esta época del año no saben pasar desapercibidos. Las fotos 3 y 4 están sacadas desde el punto más alto y más bajo del talud: si las espigas no se cortan, y a menos que la nieve las venza, durante todo el invierno aprehenderán y desprenderán luz, como linternas a pleno día. Y el “jardin en mouvement”, lo más provocador, incluso tantos años después. Lo que en Francia llaman “friche” aquí lo llamaríamos despectivamente “descampado”, (con connotaciones que no tendría un simple “terreno inculto”). Pero no es eso. Las manos de los hombres –por suaves que sean– pasan también por este trozo del parque, e incluso al decidir “rien faire” se está interviniendo (y a mí me parece que en la buena dirección). Por lo demás, imagino: sólo retirada de basura –que algunos días no será poca, visto el gentío– y pequeños, pequeñísimos desbroces puntuales aquí y allá. Y ya sólo queda sentarse a observar la sucesión ecológica, sin más. Pero lo que en La Rama de Oro es tan fácil aquí, en el centro de París, se convierte en un desafío (¡mayúsculo!) a la educación estética que –con los pertinentes matices nacionales– hemos recibido todos. ¿Lo permitirían si todo el Parc Citroen, o un parque de extensión equivalente, fuera jardín en movimiento?. ¿Lo permitiría la Sra. Ana Botella, nuestra concejala de Medio Ambiente?. Mucho me temo que no, que esto es sólo una excepción consentida (eso que se llevan los saltamontes y pajarucos del barrio).

El jardín de G. Clément en La Défense (de la inmensidad que este barrio, en el que hasta un mirlo ha de echarle valor para venir a hacerse un nido, G. Clement ajardinó, en concreto: “Les jardins promenades à l’ouest de L’Arche”):

Se nos hizo de noche. Pero llegamos a tiempo para ver, también aquí, los dibujos en el pavimento, los macizos desiguales y densos, las tapizantes y gramíneas a discreción. Masas de gunnera, de helechos, nandinas…  Un poco más allá, el cementerio, justo al pie de las moles de cristal y hormigón, de los que le separa un seto (un seto espeso, creo que de tejo, pero no sé si suficiente para amortiguar la impresión). Y si uno levanta la cabeza, más rascacielos, bloques de oficinas, infraestructuras sin terminar colgando literalmente en el vacío…