Ribeira Sacra, norte/sur

(Miradores- Vinos de la D.O. – Hugo Van der Goes – Madroños)

El río, el Sil, cruza la Ribeira Sacra en sentido este/oeste: entra desde Valdeorras y vierte en el Miño (Los Peares). Sus orillas, entonces, solo pueden mirar al sur o al norte. Desde los miradores de Lugo vemos Orense. Desde los miradores de Orense vemos Lugo. La foto de arriba está hecha en Cividade (Lugo), no muy lejos ya de los Peares. En ese tramo final el cañón es tan escarpado que, si se vence el vértigo y se mira hacia las laderas, solo se ven matogueiras y rocas peladas. Arriba, manchas de carballos. Al fondo a la derecha (pero no sale en la foto) el embalse de Santo Estevo, propiedad de Iberdrola.

Moviéndose unos kilómetros hacia el este, sin embargo, el río se abre un poco, como una cuerda que perdiera tensión. El sol entra cómodamente hasta el agua, las laderas se suavizan (es un decir), y el paisaje empieza a diversificarse. En las laderas umbrías del lado orensano: bosques de castaños (robles, abedules etc, pero el castaño se impone, al menos en este tramo, porque su sistema radical lo acapara todo). En las laderas soleadas del lado lucense: terrazas vertiginosas de cepas en espaldera (mencías, godellos…). En medio de los castaños dormita lo que queda del monasterio de Santa Cristina de Ribas de Sil. De este lado, que es el lado de la solana, allí donde no hay viñas hay un bosque ralo que -prescindiendo de las encinas y añadiendo el brezal, indicativo de acidez- parece calcado del de LRO y huele y suena igual (jaras, retamas, pinos, y el suelo crujiente como un milhojas).

24/ 8/ 2021. Dos paradas en Monforte, capital de la Ribeira Sacra: en la sede de la Denominación de Origen y en el Colegio de los Escolapios, para ver La Adoración de los Magos (Hugo Van der Goes, hacia 1475).
Un rapaz muy joven -flaco, nervioso, listísimo- nos hace la presentación de los vinos de la D.O.. Es una alegría escucharle hablar, porque en él -que no pasará de los veintitantos- se reúnen los conocimientos del enólogo y la pasión heredada de su familia, de sus abuelos, a los que nombra una y otra vez. ¡Y qué bálsamo, también, esta copa de» mencía con algo de garnacha y caíño», para combatir las desolaciones que leemos hoy en la prensa! Compramos vino. Guímaro, Proencia… Lo que da de sí el presupuesto.

En la iglesia del Colegio de los Escolapios (1) nos fijamos en algunos detalles del cuadro de Van der Goes, que en realidad ya conocemos: los iris detrás de San José; las aguileñas o herba dos pitos (Aquilegia vulgaris) en la esquina derecha. Pero cuesta trabajo distinguir las flores, tal es la cantidad de mugre que las tapa, en un altar lateral de la iglesia, permanentemente en obras (la guía, que es joven y entusiasta, como el enólogo de la D.O., y siente personalmente cada defecto de su Colegio, le sigue echando la culpa al terremoto de Lisboa; ¡1755!). El original está en Berlín, que es donde lo vimos por primera vez. Esta es una copia, una copia estupenda pero sucia, mal iluminada, tratada -se diría- como cosa sin valor. En 1910, el Duque de Alba (heredero del Condado de Lemos y, por tanto, Patrón del Colegio) y el Rector de los Escolapios acordaron vender el cuadro original a «los alemanes». La Corporación Municipal apoyó el proyecto: el de los escolapios era el único centro de enseñanza media (además de primaria) en todo el Valle de Lemos. Había que arreglar el tejado, siempre a punto de desplomarse, y reformar de abajo arriba las instalaciones. Algunos políticos y escritores pusieron el grito en el cielo. Un ministro de educación paralizó la venta. El siguiente la reactivó, tras la intervención del Consejo de Estado. ¿Qué Ley de Patrimonio podía proteger el cuadro de Van der Goes, parte de la herencia que el cardenal Rodrigo de Castro legara al colegio -por entonces de los jesuitas- allá por 15…? El embajador del Kaiser entregó el dinero. Un millón doscientas mil pesetas, que hoy serían, según la guía que nos hace el tour, y que abre mucho los ojos al decirlo, ¡cincuenta millones de euros!. Y prometió una copia fiel del cuadro, que enviarían a Monforte tan pronto como se pudiera. Con intención de evitar el posible boicot por parte de los vecinos, los padres escolapios pusieron un anuncio en la prensa solicitando cuatro operarios «rubios y de ojos azules», cuatro desconocidos que pudieran hacerse los suecos si alguien se dirigía a ellos -aquí la guía dejó volar su fantasía, me parece, pues la historia del anuncio no la encuentro por ningún lado; le pregunto al terminar; me habla de un profesor que vivió cien años en el colegio y lo recordaba…- y, cuando «dos asturianos y dos guardiaciviles que respondían al perfil» se presentaron, La Adoración, bien empaquetada (siguiendo indicaciones del director del entonces Kaiser-Friedrich Museum, receptor formal del paquete), salió traqueteando en un carro de mulas por la puerta de atrás del Colegio en dirección a la estación de tren de Canabal, más discreta que la de Monforte, desde donde pudo ser facturada a Vigo. El viaje en carro se hizo de noche. No lo sabemos a ciencia cierta (en algún archivo estará el dato), pero cabe imaginar que se cargó en el primer tren que pasó por Canabal, de buena mañana. En el peirao vigués, una fragata del Káiser Guillermo la estaba ya esperando. Rewind: los dos guardiaciviles rubios se habían presentado en Monforte de incógnito (sic) para ver lo que se cocía allí, pero los escolapios les presentaron los documentos que acreditaban la legalidad de la venta, y ellos aceptaron participar en el traslado. La Adoración llegó a Berlín sin daño alguno. El dinero se invirtió, por orden del Ministerio de Instrucción, en títulos de Deuda Pública cuyas rentas habrían de percibir anualmente los PP Escolapios, el Colegio y el Patronato (entiéndase, la Casa de Alba). El tejado se arregló… más o menos. Después vino la Gran Guerra. Después, un buen día de 1920, apareció la copia apalabrada en el puerto de La Coruña, porque los alemanes cumplieron, y se mandó recado a los escolapios para que alguien se pasara a buscarla. Ahí termina la historia (2).
Y a mí, en agosto de 2021, la copia me vale. Por eso quisiera que la cuidaran un poco más. El suelo de la iglesia sigue siendo de madera, siempre «por falta de fondos», se lamenta la guía. Pero a mí también me gusta así. Un Escorial gallego con suelo de tablones (1923), machacados por el paso de muchas generaciones de niños. Hay un andamio en el presbiterio, delante del retablo del altar mayor, que está completamente tapado por plásticos blancos; dos operarios con casco taladran y perforan y martillean, recolocando piedras de la bóveda que quedaron desplazadas por el terremoto de Lisboa. El retablo tapado, nos cuenta la guía, para que lo imaginemos detrás de los plásticos, es de Francisco de Moure. Siglo XVII. Todo en madera de nogal, «precioso, pero se quedó sin pintar». Hace años se hizo un tratamiento contra la carcoma, pero… (3)

Otro día llegamos al Miño, a Maiorga, donde hay lanchas motoras que van y vienen desde Belesar, con pasajeros que se conocen, que hablan en castellano y bajan a tomarse juntos el vermú en el bar del embarcadoiro, muy apañado; cruzamos audis y 4×4 por el camino que baja desde Santa Mariña; amigos que llegan por tierra, a esperar a los del barco; muchos mercedes también, pero estos, casi con seguridad, los diríamos propiedad de roncos de mediana edad -emigrantes que vuelven en verano presumiendo de coche, pero después, con lágrimas en los ojos, se beben el vino y se comen los lacones de la casa familiar, como esos gusanillos blancos, los roncos do xamón (4)-. En Maiorga es abrumadora la presencia de los madroños. Alvedros, érbedos. Los madroños delante, los carballos detrás, retorcidos y de tronco corto, porque son Quercus robur y la mayoría jóvenes o muy jóvenes, menos esbeltos que nuestros melojos/rebollos de LRO, Quercus pyrenaica, aunque también de estos hay aquí, muy cerca, del lado orensano sobre todo, hasta Verín y la raia, donde hay quien los llama directamente veriños ou rebolos beriños (5).

NOTAS

(1) Otros nombres: la Compañía, por sus anteriores inquilinos; Nuestra Señora de la Antigua, por deseo del fundador, el Sr. Cardenal Rodrigo de Castro; el Escorial gallego, por su traza herreriana.
(2) De no estar en la Pinacoteca de la Plaza de Potsdam, Berlín, el cuadro estaría hoy en el El Prado o -lo que es más probable- en algún museo inglés o francés: de ningún modo en Monforte de Lemos. El Patrón y el Rector adjudicaron el cuadro al gobierno alemán tras ofrecerlo al español (que dijo no) y tras pública subasta, con sobres cerrados y demás.
(3) Dos fuentes, que no coinciden en todos los datos: Colegio de Nª Sª de la Antigua, por el P. Esteban Martínez González (Ed Uno, 2019) y para el entramado jurídico de la compraventa: Boletín do Museo Provincial de Lugo, 1993/94, artículos de Juan Díaz Ferreiros.

El libro del P. Esteban se vende en la entrada del Colegio. En el epílogo a la 1º edición del año 2000 leo que en 1988 y en 1999 se firmaron acuerdos con el Ayto. de Monforte para permutar terrenos adyacentes a cambio de algunas reformas: » todo el tejado y sus estructuras de soporte… pues persisten las goteras...» (p. 149)

En Berlín hay organizada una exposición monográfica sobre Van der Goes para la próxima primavera: https://www.smb.museum/en/exhibitions/detail/hugo-van-der-goes/

(4) Larvas del «escarabajo de patas rojas», más frecuente en verano: https://es.wikipedia.org/wiki/Necrobia_rufipes
(5) O cerquiños, o carballo negro. La asociación veriño/beriño a la villa de Verín se la oí hace años a un profesor de galego, compañero de claustro en el IES de Cambados. El término debe ser poco frecuente. No lo encuentro en la guía de árboles de ed. Bahía, por ejemplo. Desconozco si tiene algún fundamento etimológico serio, más allá de la evidencia geográfica o de la similitud fonética. A mí, en cualquier caso, me quedó claro que nunca encontraría un Q. pyrenaica en La Coruña. Todas las denominaciones, aquí: http://ilg.usc.es/indices/?m=2023

A joy for ever

De los recuerdos, de los viajes, durante las noches de insomnio. Alegría para siempre : garrafa de vino bajo la copa de un tilo (Viterbo, 2017).


A thing of beauty is a joy for ever:
Its loveliness increases; it will never
Pass into nothingness; but still will keep
A bower quiet for us, and a sleep
Full of sweet dreams, and health, and quiet breathing.
(…)
yes, in spite of all,
Some shape of beauty moves away the pall
From our dark spirits.

(J. Keats, Endymion, 1818)


Turberas en Canadá

Cuando los viajes (2005).

Turberas en Gros Morne, Terranova; en la isla de Cape Breton, al sur; y también en Kouchibouguac, ya en tierra firme (Nueva Brunswick). (1)

Colchones de musgo y juncos reblandecidos por la nieve, que en las depresiones más hondas, según nos informa el folleto del Parque, llegan a los cuatro metros de espesor o, lo que es lo mismo, a los 8.000 años de antigüedad: ocho mil años uno tras otro, a lo largo de los cuales se han ido acumulando restos vegetales que, al no poder descomponerse -demasiado frío, humedad, acidez- se fosilizaron, se siguen fosilizando y hundiendo, hoy, ahora, haciéndose turba, cobijando una flora alucinante de plantas carnívoras -rosolís, que crecen sobre el musgo; y en la libreta anoto también: “sarracenias escarlata en roseta”- y dejando que anide en sus muelles hondonadas el Grand Chevalier, un archibebe de patas amarillas, como nuestras garcetas.
Las turberas alternan con ciénagas y montículos de gramíneas secas -aún es mayo, que en Canadá, deducimos, viene a ser como nuestros primeros días de marzo- y en sus orillas con bosques de alerces, achaparrados y densos, acompañados de ericáceas arbustivas (kalmias de hoja estrecha,por ejemplo, primas hermanas de nuestro madroño local). Los alisos aparecen después; y en la zona más alta, los abedules y coníferas, siempre las mismas: píceas negras y abetos balsámicos. Tuckamore, llaman por aquí a esas masas de arbustos y árboles cuando el viento huracanado las doblega (literamente)
Oímos, pero no vemos, a los pájaros del tuckamore. Sí vimos un grévol, para compensar, en el corazón del bosque de píceas, bien protegido del viento; un grévol macho, que se pavoneaba todo chulo en medio del sendero. Amelanchieres, arándanos, sauces, cornejos. Cieno por todas partes, como corresponde al mes de mayo.
Y luego, los alces. Salimos a la carretera -un Pontiac Gran Prix alquilado, con cambio automático- y ahí están enseguida, ramoneando de buena mañana los brotes de los abedules.

(…) Desplazándonos hacia el oeste el francés se hace frecuente. Las banderas tricolores en la puertas. Hasta unas virgencitas de escayola, con su manto azul, cobijadas en una especie de concha blanca. Poco tráfico y menos gente. Solo nos cruzamos trailers de compañías madereras. Camionetas Dodge- Chevrolet, Chryslers destartalados del año del rey Perico. Paramos en los “Convenience” a comprar de comer. Manzanas Granny Smith, “produce of USA”. El café que no es café, pero que calienta más o menos el cuerpo. Las salchichas hervidas y los huevos revueltos (*no comeremos en condiciones hasta Lunenburg, al sur de Halifax, en un B&B de sofás tapizados, alfombras, fotos enmarcadas, libros en las estanterías… una Europa en miniatura que, tras diez días en la carretera, agradecimos hasta las lágrimas). Durante kilómetros no vemos a nadie. Casas de madera de aspecto humilde. Masas de zumaques blancos, ¡tan parecidos a los nuestros! Tejones atropellados. Más alces. Vamos escuchando Radio Canadá y la emisora local de Cheticamp: música folk, canciones que dicen cosas como “Y en a du monde, ça grouille ici!…”

(…)“Acadian Lines” anuncia por megafonía la salida de sus autobuses. Al final de la retahíla de destinos añade “and beyond”, que la misma voz traduce, cansadamente, por “et les autres points plus à l´ouest”. Allí nos dirigimos todos.

(…) La libreta de notas (Viajes/2005) está llena de datos geográficos, horarios de autobuses, precios. Selecciono solo esta anotación, para terminar la primera parte del viaje:
“En Bouctouche, media hora de intimidad con una garza azul…” (2)
Y rápido resumen del resto. Fuimos en el Pontiac hasta la isla del príncipe Eduardo, donde solo vimos campos de patatas, tierra roja recién arada, viento desatado, sin árboles para frenarlo, que hacía volar por los aires la chapa de los establos y las dichosas green gables (3), pero donde nos acogió para pasar la noche Lora, ¡Lora!, cuando ya creíamos que habría que dormir en el coche, porque todos los inn estaban cerrados (la “temporada” empezaba en junio; por lo demás, en 2005 yo todavía anotaba en la libreta: “No hemos podido llamar por teléfono a España. Las cabinas no aceptan más que monedas de 10 ó 25 céntimos y no encontramos dónde cambiar…”). Lora estaba ayudando a su hijo con los deberes cuando escuchó el timbre. Su marido, miembro de la Policia Montada (foto a caballo en el hall), tenía guardia esa noche. Estaban solos. El viento soplaba con furia, ya había salido la luna. Ni siquiera recuerdo que hubiera farolas. Pero Lora nos abrió al momento. Nos preparó una cama y nos dio de cenar sin preguntarnos ni quiénes éramos ni cómo ni dónde ni por qué…. Unas semanas después le hicimos llegar desde España unos pendientes de plata y azabache, muy sencillos, comprados en una tienda para turistas en la Plaza del Obradoiro. Guardo su carta de agradecimiento como un tesoro: nunca, never -nos escribió Lora- me habían regalado nada así.

(…) Resumen rápido… Cruzamos la bahía en el tren Halifax/Montreal, al que nos subimos en Moncton. Vimos bosques de cadufolios. Los grandes arces, las hayas americanas. Pero ya era otro paisaje, más dulce y reconocible, como los huevos “Benedicte” de aquel B&B de Lunenburg.

NOTAS
(1) Parques Nacionales en Canadá, del lado del Atlántico
(2) Egretta caerulea. Solo en América. La foto es de la wiki.
(3) Ana la de Tejas Verdes (L.M. Montgomery, 1908). La novela transcurre aquí.

Las últimas vacaciones (y 3)

Hoy colinas y viñedos, abetales, rulos de hierba seca; ayer, terruño de una herejía novelesca. “Pais cátaro” es el nombre actual, turístico, de lo que antes era solo el Languedoc, capital Toulouse/Tolosa. Se puede pasear sin saberlo; sin saber nada de los Perfectos y Perfectas cátaros (y cátaras), ni de esto ni ninguna otra cosa; pero el paseo se explica mejor sabiéndolo: esas ruinas que coronan el monte Pog fueron en su día el castillo de Motsegur; los condes de Tolosa eran súbditos de la corona de Aragón (no del rey Capeto); los Pirineos poco o nada contaban…La piedra es caliza, porosa; en ella anidan las golondrinas (año tras año las mismas parejas, en el mismo hueco; más las nuevas, que se habrán de buscar el suyo). Ya era así en el siglo XIII. Y antes, miles de años antes, en las paredes de los barrancos.
Pasamos al Rosellón. Las carreteras son como nuestras nacionales de hace veinte años; estrechas y con poco tráfico (la apuesta -deducimos- ha sido el tren; la alta velocidad). Perpignan. Prolongación discreta, pero perceptible, de lo que ya hemos visto por las calles de la Seo y Puigcerdá. También estos se esfuerzan por ser ser distintos. Un solo pueblo de este lado y del otro (los Pirineos, otra vez, poco o nada cuentan), ni francés ni español. Una estética próxima, que combina alto nivel adquisitivo y alarde cultural, siempre en la misma dirección: arte contemporáneo + localismos. Los trabajadores magrebíes van a lo suyo; un solo pueblo –encore!-, en sus barrios, sus mezquitas/garajes, sus tabucos de dulces y comida rápida (que aprovechamos para comprar). Y después, ya en el centro, las banderas. Y las exposiciones, y más actos culturales que se anuncian en los folletos. En el museo Hyacinthe Rigaud los carteles de los cuadros informan tranquilamente al público: Picasso nació en Málaga (España) pero Julio González en Barcelona (Cataluña). Se nos explica la Retirada: el éxodo de republicanos «españoles y catalanes». En la billeterie online las opciones son dos: o francés o catalán… y todas estas cosas -estas conjunciones, estos paréntesis calculados- tienen la importancia que el visitante/contribuyente (pues se financia con fondos de la UE) quiera o no quiera darles. También la que le quiera dar el Ministerio de Cultura francés, otro patrocinador, que en este caso sí debe de dársela, entendemos, porque la cartela de Hyacinthe Rigaud, v.gr., nos informa de que era paisano de Perpignan (Francia) y no de Perpignan (Roussillon). (Da mucha pereza todo esto, y más a la hora de comer, pero lo hacemos: pedimos el Libro de Visitas y tratamos de escribir una educada protesta en francés, sin demasiadas faltas de ortografía.)

En la “costa bermeja” visitamos la playa donde se hacinaron los refugiados republicanos en el 39. Argelès-sur-mer. Hay una placa conmemorativa en la parte alta. Flores de plástico y una bandera tricolor comida por el salitre. Junto a la carretera, fruterías (compramos melocotones para después del baño). Riadas de coches, de bicis, de motos. Hoteles aparatosos. Parques para niños. Parkings privados. Un largo pinar protegiendo el pueblo, que nos saltamos sin más.
En Collioure ni entramos, tal es la aglomeración de turistas. De Banyul, de los vinos sabrosos de la zona, dulces y semisecos, ya está recogido lo esencial aquí (párrafo del 16 julio):https://laramadeoro.wordpress.com/wp-admin/post.php?post=6496&action=edit

Cadaqués. Más de lo mismo. Más los yates. Masas de gente comiendo en las terrazas de la marina, que una tropa de camareros atiende ágilmente, sin un instante para respirar, cubiertos los pisos superiores del restaurante, de lado a lado, con esteladas y carteles reclamando LIBERTAD. Vemos pasar bandejas con bogavantes, fragantes cazuelas de suquet (ricos pescados de roca; en la costa coruñesa mi padre habría levantado un sargo, un congrio… ¿aquí?), pringosos chuletones que -estos sí- son los mismos en todas partes, arroces coloridos… Un grupo de nativos baila la sardana en la plaza, al son de una orquestina, mientras los turistas se pelean a empellones por llegar a primera fila, para grabar el baile con sus smartphones.
Nos instalamos muy malamente en el camping. Todo está a tope. Un señor de rastas hasta la cintura, que nos atiende procurando hablar lo mínimo (y en inglés), nos cobra cuarenta euros por nada. Es decir, por permitirnos hacer el perro flauta esa noche, la tienda sobre un suelo de grava, bajo un pino que huele a orines… Pero el mar es perfecto: todo lo borra, todo lo perdona. Una gata preñada, a punto de caramelo, se acurruca al pie de la barrera del camping. No da el presupuesto para cenar en los caros restaurantes del centro, de modo que hacemos algo de compra en un súper y cenamos en la tienda. Antes de acostarnos damos un paseo. Una plantación de olivos de variedad arbequina (muy compactos, las aceitunas como canicas), separa el parking de los caminos que bajan al mar. Jabatos nacidos esta primavera, seis o siete, cruzan apresurados entre los coches, en hilera apretada detrás de su madre.

En la playa Rubina de Roses pueden entrar perros. Ceibe corre por la orilla pero el mar le da miedo, o frío, o las dos cosas. Cucurucho de helado en el chiringuito de unos gitanos, bajo dos enormes banderas, como sábanas de cama grande, que casi no dejan ver la playa: una española y otra francesa

En Gerona nada que no esperáramos (o sí: la silla de Juego de Tronos expuesta en el hall de un gran hotel; turistas de todo el planeta haciendo cola para hacerse una foto ahí sentados). Ya conocíamos la ciudad; su precioso casco antiguo, de calles estrechas, balcones con cortinas de hiedra o gitanillas (donde hoy banderas y pancartas); el quincunx de plátanos de sombra de la Devesa; los parques donde -hace años ya- aprendí a plantar Liriopes y Ophiopogon en macizos recrecidos a la sombra de cualquier árbol, pues la resisten sin arrugarse; el río y los puentes, las judías con butifarra y la D.O. Empordà… Pero no es posible ni terminar el paseo. ¿Hacer como que nada pasa? No. Compra rápida en un súper (chiscón regentado por un paquistaní) y adieu.
Por fin Tarragona, objetivo y justificación del viaje. Campeonatos Nacionales de Natación, categoría alevines, donde participa mi sobrino de 14 años, medalla de oro en los campeonatos gallegos (su especialidad: 400 estilos). Por unas horas tenemos la impresión, muy grata, de estar en Valencia. Cenamos estupendamente en la Rambla Nova (tan estupendamente que después la noche se hará larga, entre el calor, los mosquitos y la resaca). Descansamos la vista en el mar, paseamos por el anfiteatro y la ciudad vieja. Prometemos volver en cuanto reabran el Arqueológico.

En el regreso a Madrid, cuando ya no lo esperábamos, este hallazgo: Calatayud. Cruzamos calles de color tierra, color turrón, café con leche, ámbar, arena, a cada cual más decrépita, más hermosa. Todo parece a punto de caerse -un soplo, un estornudo-… pero qué va. Dos guías voluntarios de la Asociación Torre Albarrana, dos apasionados de los que ya no quedan, nos enseñan con detenimiento la colegiata de Santa María. La torre que fue alminar y que en realidad son dos, dos torres de planta octogonal, una dentro de otra; los sucesivos recrecimientos de la torre, con la correspondiente subida del cuerpo de campanas… Memoria histórica, pues, grabada en piedra y ladrillo. Todo nos gusta. La colonia de murciélagos que cría en la torre (el olor, fortísimo, por el que se disculpan innecesariamente los guías), la exposición de muebles y reliquias, las viejas historias, los prados que se ven desde lo alto, visitados por los murciélagos cada noche, mejor dicho, cada crepúsculo, a esa hora entre chien et loup/ entre lusco e fusco, en busca de escarabajos y saltamontes rezagados.. En la Plaza de San Francisco hay una vinoteca extraordinaria (https://www.facebook.com/Vinos-y-licores-Ciria-473655486153561/). Qué placer hablar largo y tendido con la señora que nos atiende. Cargamos rosados y tinto de la zona. Nos informa de que hay un bus turístico que recorre las viñas y se detiene en algunas bodegas. De esta vez no da tiempo -la parada no estaba prevista- pero volveremos. (Subrayado en la libreta: «bus de la garnacha» , «bús del mudéjar») . Compramos frutas escarchadas, ça va de soi. Y dormimos del tirón, por fin, en una cama como dios manda.

Las últimas vacaciones (2)

Dejamos atrás el paisaje de la Cerdaña, pasamos a la región francesa del Ariège. Comemos junto al río (*añadir a la colección, etiqueta ríos), al amparo de un seto de avellanos.

Gruta de Niaux. Compramos las entradas on line dos meses antes de la visita. Tomando como referencia la etapa anterior, la Roca dels Moros, estábamos retrocediendo treinta mil años, hasta el paleolítico superior/ período magdaleniense, que a nuestros ojos (de no-especialistas) venía a ser al esquemático arte del epipaleolítico lo que Fidias o Praxiteles, o cualquier escultura grecolatina, a una talla altomedieval.
Un grupo de mejicanos de Los Ángeles (creemos, por el acento) nos acompaña por el largo sendero que lleva al fondo de la gruta. Son muy jóvenes, tres niñas adolescentes y un chico algo mayor. Tienen plata, se les nota. Van metiendo bulla. Se callan solo un momento (lo intentan, al menos) cuando la guía o algún otro miembro de la partida pierden la paciencia y les llaman la atención; pero no aguantan mucho, vuelven enseguida a las risas, los grititos… En el grupo son mayoría los franceses de mediana edad; serios, participativos, interesados por los datos que va desgranando la guía (comment gerer le patrimoine?), son sin duda los que peor llevan el jaleo de los mejicanos; se preguntan entre susurros qué harán aquí, quién les habrá organizado el tour, allá en outre-mer, si sabría a dónde los mandaba… Distinguimos a una pareja de hombres, muy tímidos, que hablan/susurran en alemán. Va también una señora polinesia (Tahití, tal vez) con sus dos nietos de 15 ó 16 años, tiesos e impenetrables como ella. A diferencia de los chicanos/USA, con tops y bailarinas, los silenciosos polinesios vienen bien abrigados y calzados con botas de senderismo. El abuelo se ha quedado fuera, en el super todoterreno con el que han llegado hasta aquí (¿Qué pensarán de todo esto?) Abuela y nietos atienden a la guía -tan valiosa, tan courageuse- sin mover un músculo de la cara. No hablan. Solo un escueto agradecimiento al final, en un francés impecable, que posiblemente sea su lengua materna. Los chamacos, por su parte, hablan -mezclando palabras inglesas y españolas- de una novia que quedó allá, en los States, de que seguro que estará chingando en estos momentos, y tú aquí pendejo. Lo encuentran todo muy tenebroso, chilly, escalofriante… A Euro Disney ya han ido. Antes de entrar en la gruta se la pasaron en la tienda de la entrada comprando merchandising, como esos cuernos de peluche que lleva puestos el chico, reproducción de los de un reno prehistórico (and so convenient!)

Al final del recorrido, en el “salón negro” -animales en las paredes, huellas de pies desnudos en la arcilla- la acústica es perfecta. La guía nos ordena apagar las linternas y escuchar el silencio. Y entonces no vemos ya al bisonte herido. No podemos ver a la orgullosa cabra montesa, a los ciervos, a los caballitos que parecen asnos o cebras, con la crin corta, la cabeza ancha; ni a esa comadreja de una galería próxima, que una mano hábil dibujó con solo unos trazos rápidos -cuatro trazos, cuento yo (1)-, en posición de alerta, catando el sol. Pero sí nos parece escucharlos y sentirlos respirar (porque el truco funciona), juntos animales y hombres, de La Coruña a Tahití, del Ariège a California, y así ininterrumpidamente, desde hace treinta mil años.

Un minuto nomás. A continuación la guía nos pregunta, sin encender todavía la luz, si alguien quiere cantar algo. Allez-y! Come on! Hay que poner a prueba la acústica, que, además, bien puede ser la razón de que esas pinturas, esos animales, estén ahí y no en otro lado. (2)
Después de hacerse de rogar un poco, una de las chiquitas mejicanas se arranca a cantar, a pleno pulmón, el gran hit de Whitney Houston. If I should stay/ I would only be in your way/ So I´ll go… Y tan bien lo hace, y tan imprevisto y alocado resulta todo, que el bisonte herido se levanta, muge, rasca el suelo con las pezuñas. Los niños del Pacífico se arriman a su abuela y la cogen de la mano. Los franceses dejan de râler. La comadreja aprovecha para cazar un mirlo y los caballos que parecen asnos para echar una carrera. Un minuto nomás! A la cabra montesa aún le da tiempo a trepar al risco que está a su izquierda. Un poco de tierra se desprende. We´ll always love you… sigue cantando la chamaca. Plumas de mirlo caen por el aire. Un minuto y medio, dos minutos. Y cuando todo termina y las linternas se encienden de nuevo, son los tímidos alemanes quienes inician el aplauso (Continuará)

NOTAS

(1) Galería fuera del recorrido. Hay paneles con su reproducción expuestos en la entrada
(2) Estudios de Reznikoff y Dauvois (1983), resumidos por un ingeniero de sonido, L. Serrano (gracias, si llega ud. hasta aquí), en ese saco sin fondo que es internet:
“ En Niaux se encontró que el 90% de las pinturas estaban ubicadas en puntos donde ocurren fenómenos acústicos bastante notorios; el Salon Noir (una subcaverna de Niaux) presentaba un tiempo de reverberación mayor a cualquier otro sitio en la caverna y era el lugar donde la gran mayoría de los dibujos se encontraba…”
Y sigue con la tesis de S.Waller, incluyendo una posible explicación de la comadreja en la galería lateral: “… La razón de la ubicación del arte rupestre se debe a las cualidades acústicas de los lugares; los animales ungulados son dibujados en lugares con tiempos de reverberación altos, donde hay presencia de modos de resonancia o donde hay focalización de reflexiones; esto se debe a que dichos animales andan en manadas y gracias a sus cascos producen un sonido bastante fuerte y reconocible (…) En cambio los animales carnívoros, mas que todo felinos, son sigilosos y silenciosos y por esta razón están dibujados en zonas donde las características arriba subrayadas se encuentran reducidas a un mínimo”

Las últimas vacaciones (1)

Fueron en agosto de 2019.

Y empezaron en la Roca dels Moros, especie de abrigo rupestre con pinturas del mesolítico (o epipaleolítico, otro nombre para lo mismo: hace 8.000 años), en las afueras de la localidad leridana de El Cogull. Las pinturas -bajo un frágil saledizo de roca caliza, a la intemperie- representan a nueve mujeres endomingadas (faldas de campana, pulseras), a un hombre diminuto con un gran falo, y a diferentes animales semisalvajes, uno de los cuales -un ciervo- aparece de costado en el suelo, a medio destripar.

En el centro de interpretación no había nadie, ningún visitante, así que la guía, encantada de poder hablar con alguien, nos explicó por extenso las diferencias entre el mundo epipaleolítico del pre-litoral levantino, donde estábamos aquel día, (cazadores-recolectores trashumantes, sin roles, reparto equitativo de tareas, paridad, negociación, bailes, co-educación, sororidad: todo esto podía inferirse de las pinturas) y el mundo “supuestamente más avanzado” del neolítico. Aclara la guía el “supuestamente”: con el neolítico llega la agricultura, con esta la acumulación, con esta el capitalismo, y con el capitalismo el heteropatriarcado. La conclusión era que, muy probablemente, una cazadora-recolectora empoderada de Lérida (esbelta, morena, un poco hippi: tal las representadas en la pared del abrigo) tenía mucho más que ver con los indios brasileños del Amazonas (la guía menciona, según leo en mis notas del viaje, a “las tribus amerindias, desde la Baja California hasta Brasil”) que con su vecino labrador de -pongamos- Zaragoza.
Aun nos entretuvo más frente a las pinturas. Las mujeres parecen bailar. Son las protagonistas de la escena… Pero se impone hacer un alto y rebobinar. ¿Por qué dar por hecho que eran “mujeres”?
– En realidad -nos aclara entonces la guía- no sabemos cuántos géneros había en el epipaleolítico. Podían ser dos o tres, o quizá cuatro…

Para llegar hasta el abrigo donde están las pinturas hemos atravesado extensas plantaciones de melocotoneros y nectarinos -en la parte norte, próxima al Segre- y almendros y olivos después, ya en lo más hondo de Las Garrigas, una tierra seca y hasta reseca, de caminos de tierra sin asfaltar como en nuestra Sierra Oeste, a la que se parece mucho pero en versión “caliza”, con más tomillos que romeros, quizá, y lentiscos en vez de terebintos, y alzinas rechonchas, de hojas alargadas, en vez de nuestras encinas, sus primas hermanas. Kilómetros de caminos en los que no nos cruzamos con nadie. Aparcamos el coche en un altozano, con vista panorámica sobre las plantaciones y sembrados (cereal ya recogido; la tierra removida), y bajamos a comer el bocadillo en los bancos de un merendero, apenas tres paredes de cemento, con barbacoa y mesa para comidas colectivas. Todo muy limpio. Por la pared exterior, al dar la vuelta al merendero, una única gran estelada, decorada con pintadas antiguas, domina por completo el paisaje.

Seguimos por la Seu d´Urgell y Puigcerdá. Una especie de Suiza pre-pirenaica, con hermosas segundas residencias, tan a mano para ir a esquiar a Andorra, coches de lujo, gente bien con lazo amarillo y bolso de Tous tomándose el vermú en una terraza junto al parque, un parque inmenso, con su lago y sus cisnes y su embarcadero. Para comprar un poco de pan y un poco de queso, sin embargo, hay que cruzar a Bourg-Madame (del otro lado de la carretera empieza Francia) porque en Puigcerdá, como en toda España, se celebrá hoy la Asunción de la Virgen y las tiendas están cerradas. (Continuará)

Viaje mental a Kameydo, ca. 1910

«The Underwood Travel System is largely mental. It provides Travel not for the body, but for the mind -but travel is none the less real on that account. It makes it possible for one to see as if one were present there in body -in fact to feel oneself present- and to know accurately famous scenes and places thousands of miles away from his armchair in his corner…»

Publicidad de Underwood & Underwood Guide Books, apud Encyclopaedia of Nineteenth-Century Photography, John Hannay editor.

Wisteria blossoms in swaying garlanda, the pride of Kameydo Park. Tokyo. Copyright Underwood&Underwood.

Sobre el Viaje a Kameydo. Quizá los Viajes con mayúscula, tal como aparecían descritos en esta publicity de 1910, hoy tienen que ser a la fuerza»mentales», y no el producto de una elección -quedarse en el sofá, aprender mucho sin gastar un dolar… así sigue el anuncio transcrito de U&U-, pues ya solo pueden darse en el tiempo, y solo hacia atrás. Pero si uno todavía cree posible lo otro, y además quiere, y además puede levantarse de ese sofá y costearse un viaje por el espacio aunque sea en mínúscula… el momento para sacar el billete es ya, porque en menos de un mes estarán en flor las glicinias/Wisterias. El link para el próximo Festival de la Glicinia de Kameydo: https://www.japanistry.com/event/kameidoten-shrine-wisteria-festival/
Kameydo -leo en la guías virtuales de Tokyo- es un barrio del centro de la ciudad, en el que se encuentra el santuario sintoísta del mismo nombre. De ahí son estas glicinias, Wisteria japonica, y no del «Kameydo Park» que aparece escrito en el borde del cartón de U & U.. Hoy en día, según leo por la red, «Kameydo Park» está totalmente separado del templo y de las glicinias (que sí, ahí siguen) por un aquelarre de rascacielos, vías de tren, metro, carreteras (?)

Sobre las mujeres casi niñas, o sin casi, de la foto. El texto de U&U no habla de ellas. El Viaje (mental) no está de ningún modo completo. Pero en una historia de la ciudad de Tokyo a principios del XX (en la que amazon, graciosamente, me permite hojear algunas páginas) leo esto: «… The Kameydo district, on the north or back side of the Kameydo Tenjin Shrine and its splendid wisterias, gave sustenance to some seven hundred ladies. Tamanoi district had fewer than six hundred. Prostitution was quite open in both places...» (History of Tokyo, 1868-1989, E. Seidensticker). Las largas espigas de la glicinia japonesa, que -a diferencia de las glicinias chinas, de 30 ó 40 cm- pueden pasar del metro, forman densas cortinas malvas, tan convenientes para jugar al escondite, o a lo que sea, durante cuatro o cinco semanas entre abril y mayo (hoy se adelantan mucho, como en todas partes)

Sobre la foto. Los hermanos Bert y Elmer Underwood empezaron con el negocio en Kansas, a finales de 1880, pero en poco tiempo lograron montar un gran estudio fotográfico en Westwood, Nueva Jersey. Producían tarjetas estereoscópicas, es decir, con una foto ligeramente distinta para cada ojo, que debían verse juntas (integradas) con un «estereoscopio», el equivalente a efectos prácticos de nuestras gafas 3D. Los Underwood vendían el kit completo: el cacharro y los diferentes sets de fotos.

Les fue muy bien. Abrieron sucursales aquí, allá, acullá. Mandaron a sus fotógrafos a todos los rincones, de Yosemite al Kilimanjaro, pasando por Panamá, Nápoles o Shangai, y lo hicieron en ese momento preciso, hacia 1900, en que el mundo giraba ya velozmente hacia el futuro (este otro mundo de hoy, en el que no queda una mosca sin fotografiar). Los Underwood pusieron de moda las fotos de viajes, que editaban con una breve descripción en seis idiomas.Después probaron las fotos de «noticiario» (News Division), de gran éxito también, pues dejaron testimonio detallado -entre tantas otras cosas- de la Primera Guerra Mundial. Retrataron a las celebridades del momento. Fotografiaron puentes, carreteras, grandes obras de ingeniería (también algunas payasadas: escenas de vodevil, camadas de gatitos…). Y por último, en 1920, abandonada por obsoleta la fotografía estereoscópica, vendieron el negocio y adiós.

Compré tres de estas tarjetas en un mercadillo callejero, quizá en Amsterdam, quizá en 2002. Me deja asombrada lo bien que se venden ahora en eBay.

Barranco Moreno

Durante dos meses las Cuevas de la Araña, en Bicorp (Valencia), estarán cerradas por reformas. El eco-museo nos ofrece una visita alternativa al Barranco Moreno, cuyos abrigos también están llenos de pinturas (arte levantino, a las puertas del Neolítico). Trazos geométricos, en zigzag abierto (¿el mar, los dibujos de la lluvia, cualquier sueño recordado de buena mañana…?) y ciervos y cabras del tamaño de una mano escondidos en los pliegues de la roca. La guía, una mujer joven, arqueóloga, resulta molesta con sus constantes bromas y tonterías (sobreentendidos políticamente correctos… ¡incluso aquí!), pero no queda más remedio que aceptarlo, sin chistar, porque los abrigos están bajo llave. Se puede hacer abstracción de las risas. Buscar al ciervo de perfil: revivir la emoción del hombre que lo pintó hace siete mil años. Imaginarlos a ambos exactamente aquí, una mañana de noviembre exactamente como esta (quizá un poco más fría…). Del lado del barranco que mira al sur crecen palmitos. Enfrente, del lado norte, fresnos que amarillean. Helechos donde remansa el agua; romeros donde se escurre. Zarzaparrillas (Smilax aspera) retrepando sobre los lentiscos, que son los hermanos levantinos -más pequeños y finos- de los terebintos de LRO (Pistacia lentiscus, P. terebinthus). Dominio de los pinos carrascos. Algún quejigo. Enebros y sabinas arbustivos (poco suelo, mucha pendiente) en el exterior del pinar, por las orillas soleadas del camino.

Verano 2019 (1)

30 de junio

Mientras a pocos kilómetros de casa (del otro lado de ese cerro que tengo ahí delante, en Cadalso) ardían cientos de hectáreas de encina, pino carrasco, enebro, olivo… estas dos lagartijas se entrelazaban pacíficamente sin que el humo las molestara, sin que las noticias de la tele, sin que el calor abrasador…

5 de julio

Una fuga de agua es un pequeño oasis, de importancia INFINITA para los seres vivos que dependen de ella. En este caso se trata de una fuga deliberada, dejada al pie de la alberca para que la charca siempre tenga algo de agua. Ahí van a beber los jabalíes y demás animales que rondan LRO. ¿Por qué, entonces, se asomó a la alberca este corzo, teniendo el agua de la charca tan cerca? Le falló el pie, tardó en ahogarse… No volverá a pasar. En espera de poder vaciar la alberca y hacer unos escalones de obra, hemos amontonado una «torrentera» de bloques de hormigón en una esquina. En cuanto al cuerpo, lo arrastramos hasta lo alto de la finca para que zorros y cornejas primero, y con seguridad los buitres después, dieran buena cuenta de su carne.
Los cuernos son cortos y fuertes. «Madera del aire», se decía antes. Se dirigen hacia el cielo y se renuevan cada primavera. Hacen del animal -cualquier cérvido- un «señor de la luz»: una divinidad mediadora y benéfica.

De momento los cuernos de nuestro pobre corzo psicopompo se secan al sol en el sombrajo de la casilla. Después se vendrán a casa.

16 de julio

En una bodega familiar de Collioure. Damajuanas de 30 litros con el corcho perforado (pero protegido por un trozo de plástico y una lata dada la vuelta) guardan al sol los vinos dulces de la apelación de origen Banyul. Entre 2 y 3 años de lenta oxidación a la intemperie, tras 5 ó 6 en una barrica (en la bodega). La malla metálica protege las bombonnes de las posibles granizadas. Pero quizá estos vinos hayan pasado un poco de moda; ahora los que parecen estar en alza son los rosés
La garnacha del Rosellón crece entre esquistos (en la foto: dos bloques sujetando los cables). Para que las raíces puedan penetrar profundamente en la tierra los vignerons de la zona usan a veces pequeños «cartuchos de dinamita agrícola».

21 de julio

Los tomates del pijo-huerto, creciendo y madurando.

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