Moon Garden

Barbie astronautaPor fin he recibido respuesta de la NASA. La carta llegó el viernes por correo ordinario. Después de mucho tira y afloja con la oficina presupuestaria (Office of Managent and Budget), han decidido aceptar.  Con algunas pequeñas modificaciones -que  discutiremos sobre el plano cartográfico cuando nos reunamos en Washington-  pero vamos, que sí. Han dicho que sí a nuestro proyecto de ajardinar la luna (S.M.L: Strategical Moon Landscaping). Lo financiará al 50% el Departamento de Estado y al otro 50% un consorcio de empresas (S.M.L. Partners) que se está formando en estos momentos, todas ellas con experiencia en proyectos similares (Abu Dhabi, Singapur, Alcorcón, Sarria…). Desde el primer momento me han querido dejar claro que el trabajo no es remunerado en cash: mi recompensa será la gloria eterna (eternal glory). A cambio, ellos mandarán a alguien a España para ocuparse de LRO mientras yo estoy fuera. A mi sustituta -véase foto del C.V., aquí abajo-  le he dejado una lista de tareas sujeta con chinchetas en la pared de la casilla; tendrá que empezar por  despuntar los sarmientos de las viñas y regar las huertas un día sí y uno no.  El jefe de la Sección de Ajardinamientos Espaciales (Spacial Gardens Operations Center) me asegura desde Houston, de su puño y letra, que esta persona está perfectamente cualificada para los trabajos del campo. Con todo, le voy a dejar también la dirección de mi vecino Perico anotada, por si tuviera alguna duda o necesitara algo.
El cohete saldrá de Cabo Cañaveral al día siguiente del equinoccio de otoño, pero a mí me esperan en la Casa Blanca (White House) mañana por la tarde. Después nos iremos derechos a Houston,  a prepararlo todo y empezar la “aclimatación”.  Sólo me permiten llevar una maleta, algunos cuadernos para pintar, la cámara de fotos y una cinta métrica. El material de plantación viaja en otro cohete, con dos jardineros chinos que cobrarán lo mismo que yo. Los perros, por descontado, se vienen.

Nadie ha podido decirme en la centralita de la Agencia Espacial (NASA Headquarters) el tiempo que tardaremos en dejar aquello listo. Yo calculo entre tres meses y tres  años, pero es aventurado precisar más. No sabemos si aquella tierra va estar o no en tempero cuando empecemos a cavar. Nada sabemos tampoco de posibles plagas (aunque doy por hecho que una pareja de grillotopos vendrá a recibirnos a la pista de alunizaje), ni de otros imponderables de orden intergaláctico. ¿Lluvia de meteoros? ¿granizada de nitrógeno con polvo lunar?.

perro astronautaTampoco sé si allá arriba hay cobertura de red, así que no puedo comprometerme a seguir enviando posts de forma regular al blog. 

Las noticias sobre la Plataforma Sarriana polo Río me llegarán en cohete-correo una o dos veces al mes. Estén ustedes atentos a lo que pasa allí (http://www.facebook.com/salvemosoriosarria). Los alisos que salvaron “in extremis” los perroflautas una madrugada de febrero siguen en su sitio ¡ y bien que se agradece su sombra espesa estos días de verano!. El resto de la obra está prácticamente parada, así que más pronto que tarde habrá que sentarse a discutir un nuevo proyecto… y esta vez lo haremos entre todos.

Antes de partir para Houston, mañana mismo, le pediré al Presidente o a quien ande por allí que me permita conectarme para mandar un último post. Después quedará cerrado este blog,  hasta que bajemos de la luna.

Barbie Jardinera (S.M.L Operational Manager)

 

 

 

Anuncios

Vide – grenier

Alguna de las fotos que adjunto aquí abajo tiene casi diez años. Otras sólo algunos meses.  Pero en todas ellas -selección de una selección de una selección- me pareció ver algo en su momento, un aquel que justificaba guardarlas y quizá escribir sobre ellas algún día. El tiempo se me ha ido echando encima y sospecho que ya no escribiré nunca esos “posts”, demasiadas veces postergados en la carpeta  de borradores. Otras imágenes, no tan bonitas pero sí más apremiantes, ocupan ahora mi tiempo. Y no me gusta almacenar nada que no sea de comer. Así que, aprovechando la noche de San Juan, y siguiendo a pies juntillas el imperativo de sacar de delante o quemar todo lo que sobra, he vaciado por fin la carpeta. Ahí  dejo quedar la última selección  de fotos, organizadas por parejas (que bien podrían ser otras),  por si alguien quiere recogerlas y reutilizarlas, como esos trastos dudosos que se depositan en la acera el día de la mudanza.
OLYMPUS DIGITAL CAMERAhayas Dahlem 2mariscadores en eneroceibe en la playa dic13abedules y joyasquemador sarmientos BorgoñaRanunculo phnaranjas rodandosubiendo hacia el pilatus 400pixIMG_5644asfodelos,junio, cadalsocuarzo en granito, pl.san pedro2Lozoya, ddl puente del perdónLoira

Un secarral en Guadalajara. El hayedo de Dahlem, Berlín.
Mariscadores en la ría de La Coruña, el pasado mes de diciembre (pongo el mes, para que uno pueda imaginar el frío y la humedad, y saboree más despacio las almejas que se compra en fin de año). Mi perro Ceibe corriendo por la playa de Santa Cruz, Oleiros.
Tres abedules publicitando un collar de perlas, en una joyería de Winterthur. Un quemador de sarmientos en Borgoña.
El ranúnculo naranja que tenía en la terraza de Madrid. Naranjas amargas en la rampa de un garaje.
Desde el teleférico que sube al Monte Pilatus, junto a Luzerna. Marismas de Orx, en Aquitania.
Campo de asfodelos en Cadalso de los Vidrios, Madrid. Rocas da Costa da Morte.
El río Lozoya desde el Puente del Perdón. Un remanso del Loira, a la altura de Amboise.

 

Tropicales y azules

Jardín Botánico de Basilea. Diciembre.

Irena puella y Vanda caerulea

Una opulenta orquídea azul pastel (Vanda caerulea o alguno de sus híbridos) y un pájaro casi turquesa (Irena puella), pendenciero y seguro de sí mismo, que nos recordó mucho a nuestros rabilargos. Antes era difícil encontrar Vandas en las tiendas de jardinería. En el viejo manual de orquídeas que tengo encima de la mesa (“Superbes orchidées”, ed.Chanticleer) ni siquiera las incluyen. Pero recientemente las he visto en un gran centro de venta para mayoristas, en Madrid. Lo que significa que han dejado de ser una rareza cara. Las venden con las raíces prácticamente al aire, apenas protegidas con un poco de musgo, y enganchadas a un minúsculo cesto de madera que cuelga del techo con un hilo de nylon. ¡Nada que ver con las acomodaticias Phalaenopsis!. Las Vandas, aquí, sólo podrían cultivarse en una galería muy iluminada (pero con posibilidad de atenuar la luz en verano), y con un humidificador encendido casi permanentemente. O bien en el baño, si uno tiene la suerte de tenerlo orientado al sur. Complicado. Complicadísimo, en realidad, a menos que se puedan reproducir las condiciones de luz, calor y humedad de – pongamos-  las selvas de Mindanao. (Luz intensa de mañana, lluvia fina a mediodía, bruma y nubes al atardecer, humedad constante del océano y de la propia selva, bombeando y transpirando sin descanso, todos los días del año, todas las horas del día….)

Alternativa: renunciar; disfrutar de las Vandas en las fotografías de los libros y en los invernaderos de los jardines botánicos; mirar ahora mismo por la ventana y agradecer la silenciosa floración del durillo, tan  consoladora en pleno invierno.

Instrucciones para una duna

EryngioHe leído que, para hacer una duna, lo primero y más importante es ver la manera de frenar poco a poco el viento.

La historia empieza en el momento en que las olas dejan sobre la playa su  cargamento de arena, traída y llevada  por las corrientes marinas a lo largo de la costa. Cuando el sol haya secado esa arena, el viento  volverá a levantarla y se la llevará en volandas tierra adentro, hasta que un obstáculo natural   (una simple elevación del terreno) le obligue a detenerse.  Esto sucede, entonces, por encima de la línea de la pleamar: el golpeteo de las olas no llega hasta ahí, todo lo más sus salpicaduras; la arena se  aquieta (esta vez sí) y las primeras plantas pueden empezar a enseñorearse de ella. Estas plantas valerosas, que asoman arrastrándose por el lado que  está más cerca de mar, parecen aguantar de todo sin quejarse. Sequía extrema, poca o ninguna materia orgánica, y mucha más sal que la que ninguna otra planta podría tolerar. Si estas primeras plantas consiguen afianzarse, sus  larguísimas raíces irán tejiendo una especie de madeja subterránea en la que quedará prendida la arena.  Es decir, la duna. Una segunda duna se irá formando detrás, más estable que la primera. Aunque las olas le pasen por encima durante las mareas vivas del invierno, ya no podrán desarraigarla tan fácilmente. Le darán un buen meneo, la arena volverá a cubrir las plantas…pero será sólo un susto. Al abrigo de esos vaivenes, mientras tanto, se irá formando la tercera duna, que es, según leo, la definitiva, donde más variedad de plantas y bichos se instalan, con intención de quedarse.
En la segunda duna -la duna “viva”-  el barrón y los cardos plateados se reparten el suelo. (foto de arriba). El barrón (Ammophila) con raíces largas y enmarañadas, que se extienden horizontalmente a diferentes niveles, como la grama en la huerta de LRO. Y el cardo plateado con su raíz pivotante, taladrando la arena hasta localizar la más mínima gota de agua perdida al fondo. También hay cardos plateados (Eryngium) en LRO, a varios cientos de kilómetros de distancia, muy lejos del mar. Como hay lechetreznas y torviscos entre las viñas: los mismos que crecen en la cara protegida de la duna fija. Y si seguimos tierra adentro, ya en el pinar, las mismas jaras blancas, las mismas “uvas de gato” (los Sedum que crecen en el tejado de la casilla), y hasta una siempreviva  (Helychrisum) prima hermana de la nuestra.

barreras en la dunaA  veces, por razones que no tienen que ver ni con las mareas ni con las lunas ni con ninguna de las cosas lógicas y buenas que gobiernan estos asuntos, la duna desaparece, destrozada por los pisoteos, por los tractores que recogen arena (¡ilegalmente!), o por algún proyecto urbanístico del tipo “paseo marítimo”.  Al irse la duna, el viento se cuela por el pasillo que ha quedado en su lugar, y  es muy posible que acabe creando problemas donde no los había (por ejemplo: inundando de arena esas instalaciones municipales, construidas  sin pensarlo dos veces en la misma trasduna). Puede suceder también que, pasado un tiempo, se quiera rebobinar. Entonces, imagino, habrá que facilitar la acumulación de arena en el sitio debido; ayudar discretamente al viento y al mar, como han hecho en esta playa de la foto, con   pantallas de brezo cosido -muy ligeras – que parecen seguir las curvas de nivel del cordón preexistente.

NOTAS
Manual  que anda por casa, muy básico y útil:  Guía de las plantas dunares de Galicia. MªJosé Leira Ambrós. Ed.Casa de las Ciencias.

Mil olivos en un glaciar

Última semana de junio 

Karte_Kanton_Wallis copia


Cantón del Valais (Wallis). Vinos de primera. La línea azul es el Ródano.

El  Gran Glaciar de Aletsch, a pesar de su retroceso, sigue siendo el mayor de los glaciares alpinos. Empieza en el  Monte Jungfrau, en el corazón de los Alpes Berneses,  y termina 23 kilómetros más abajo, no lejos del Ródano.  Para verlo cómodamente hay que subir en teleférico (o a pie, si a uno le da por ahí) los tres mil metros del Eggishorn, el pico que se levanta justo enfrente.  El teleférico sale de la estación intermedia de Fiesheralp. A ésta se llega, también en teleférico, desde Fiesch. A Fiesch se llega en tren o autobús  desde Brig. A Brig se llega en tren desde cualquiera de las grandes capitales suizas. Por ejemplo, desde Ginebra,  a dos horas y media de distancia. O italianas: desde Milán, atravesando el Simplon, que arranca precisamente de Brig.  (Naturalmente, todos estos trayectos pueden hacerse en coche hasta la misma cabina del teleférico. Pero el transporte público es muy bueno y no especialmente caro. Con un abono de transporte el descuento es del 50%, teleférico incluido)

Glaciar de Aletsch+nieblaAl bajar del teleférico en Eggishorn una niebla muy espesa  lo cubría todo. No se veía ni el glaciar ni ninguna de las cumbres de cuatro mil metros que se van repartiendo tras él.  A pesar de estar terminándose junio la nieve seguía ahí, incluso en Fiescheralp, en el límite del piso subalpino, que por estas fechas –según juran y perjuran todos- siempre está cubierto de gencianas, violetas, ranúnculos, pulsátilas… Caminamos por una pasarela hasta el refugio de madera, esperando que en algún momento  se levantara un poco la niebla.  La típica cabaña de montaña, con su banderita suiza, donde sirven cafés y venden cuatro postales. Un hombre de mediana edad, fortachón, pelo rapado y pendiente en la oreja derecha, nos preparó enseguida un capuchino. ¿Italiano, español…?, preguntó al oírnos mientras accionaba la cafetera.

Yo soy de Jaén –nos dijo, volviéndose con una taza en cada mano-. Y tengo mil olivos.

Y así, sin transición,   acodado en la barra de madera,  olvidado por completo el glaciar, empezó a contarnos la historia de su pueblo y de sus árboles. Llevaba ya unos años trabajando en Eggishorn.  La temporaba empezaba el 16 de enero y terminaba el 22 de octubre. Ese mismo día echaba el cierre a la cabaña y se volvía a todo gas a España. Los meses de invierno los necesitaba, precisamente, para arar el olivar antes de la cosecha,  cosechar, y dejarlo todo bien abonado y mejor o peor podado. Abono químico, “todo químico”, afirmó. “Lo echo un poco pronto pero tiene que ser así”. Lo importante era dejar las aceitunas en la cooperativa antes de volverse a Eggishorn. Tenía –tiene- su propio tractor y sus propios aperos. Discutimos un poco lo de si era bueno arar o no. Me contó que sus olivos estaban en llano, que él araba regularmente, “como siempre se había hecho”, pero que en algunas fincas en vez de arar pasaban el  “rotovator” (creo que no le parecía concebible ninguna otra opción). Él veía un problema: que con el rotovator las hierbas volvían a salir a los dos días…Le dijimos que estaban en flor los olivos, y que era un año fantástico.

-Lo sé. Me manda fotos mi mujer por internet. También por el sur ha llovido. Pero nosotros tenemos riego desde hace unos años…

 .. Y no  como los del pueblo vecino -siguió contando-que no querían, no querían, “y ahora ven nuestra producción y  dicen que sí quieren, ahora que ya no hay dinero, nada, ni un duro para la subvención… “. Nos dió muchos detalles sobre el coste y la amortización de la obra de regadío. Hablando mucho y muy rápido, como quien sólo tiene un pensamiento en la cabeza, un pensamiento fijo cuyos detalles repasa con todo cuidado  (por ejemplo, a qué hora echaba el candado el 22 de octubre), nos contó  la situación del mercado del aceite, cada vez peor pagado, y también el desastre  de la gran producción. Pueblos que eran hectáreas y hectáreas y hectáreas de invernaderos. Moros, senegaleses, lituanos… y plástico, plástico, plástico, a una escala tal que los antiguos habitantes, sintiéndose en la luna, vendían la casa y se marchaban. Llegó la esperada retahíla: que para lo que pagaban en los invernaderos, muchos preferían quedarse en la cama y cobrar el subsidio. Pero claro, ¿y luego qué…?.  Y de ahí pasamos al nihilismo.  Afirmó categóricamente que la crisis  no había empezado “todavía”,  qué crisis ni qué crisis, y que….

(En ese momento ya había empezado a deshacerse la niebla. Lentamente.  Nos habíamos sentado con el café en una mesita en la puerta de la cabaña, de espaldas al glaciar, y ya sentíamos el sol en el cuello.  Nuestro hombre se sentó también y siguió contándonos.)

Su aventura con los calabacines. No sé si dijo que había plantado ¿mil o dos mil matas?. Pero que, haciendo cuentas, había perdido unos mil ochocientos y pico euros (recordaba las cifras exactas de todo),  porque “el hijo de la gran puta que llegó en el jaguar” –procedente de cualquier  multinacional de todos conocida- les pagó a ocho céntimos el kilo. ¡Ocho céntimos el kilo!.

¡Ocho céntimos de euro el kilo de calabacín!

(La niebla se levantó definitivamente, quizá asustada por nuestras exclamaciones. Hubo que quitarse la zamarra y hasta la chaqueta.)

… Y eso que sólo vendían calabacín de primera y segunda clase. Los de tercera, no –y al hablar hacía el gesto de estar seleccionándolos y tirándolos a un lado. Pero claro, luego llegaban al hiper y se encontraban los calabacines de tercera clase, ¡los desechados!… en venta y a 78 céntimos el kilo. Una locura.  Fue entonces cuando llamó a su antigua jefa –pues de joven había estado por Suiza, con un tío suyo- y le preguntó si había algo para él.  Allí le pagan bien –y unos francos extra de los clientes, todos los días-. Le pagan también el hotel, en la estación de Fiescheralp.

(No sé de dónde había salido, pero ahora teníamos un sol redondo,  grande y generoso como el de Andalucía, dándonos de lleno en la cabeza. Llegó el nuevo funicular, cargado de japoneses y holandeses, y el camarero tuvo que levantarse  a atenderles.  )

eggishorn+solEntonces aprovechamos para  girarnos y ver por fin el glaciar. Paseamos un poco, hundiéndonos en la nieve y mojándonos mucho los pies. Sacamos algunas fotos. Rebuscamos en vano alguna genciana por la orilla de la pasarela, allí donde se derrite antes la nieve. Cuando llegó el momento de coger el funicular de vuelta, entramos a darle un beso de despedida al camarero. Se lo dimos. Le deseamos de todo corazón que pudiera volver pronto a casa. El nos dijo entonces, plantado en la puerta de la cabaña, con los brazos cruzados sobre el pecho, como un hombretón de las películas de John Ford.

– Yo esto lo hago por mi hija, sabéis. Está separada, y muy malamente…. Sola no puede pagarse el piso y yo se lo avalé al comprarlo. Si yo me vengo aquí  nadie se queda en la calle. Calculo que en un año, entre el sueldo y las propinas, termino de pagarlo todo.

Cogimos en silencio el funicular.  Hicimos un alto en Fiescheralp y conseguimos fotografiar gencianas. En la segunda imagen  se ve en primer plano una Viola alpina. Detrás, un niño llamando a su perro, un cachorro que ha salido corriendo, desbocado y feliz,  con la correa en la boca.

genciana alpinaviola+perro+niño

¿Tendrá nietos el camarero de  Eggishorn?, nos preguntamos. Quizá sí.   Hablará con los suyos a diario, le mandarán fotos.  Pero   cuando la niebla no quiere levantarse, y  hay que palear la nieve para llegar a la cabaña, y el día no se termina nunca, y hace un frío de mil demonios, yo creo que  lo que él ve delante,  en medio y medio del glaciar, son sobre todo sus mil olivos, cuajaditos de aceitunas.

NOTA
No sé si hay alguna posibilidad de que este hombre lea el post algún día. Si así fuera, espero que no le parezca mal que se lo dedique.  Cuento su historia  como  él nos la contó, con la misma confianza. Le agradezco la compañía que nos hizo, su calidez y su buen humor. Le pido mil disculpas por mi floja memoria y las posibles inexactitudes (el “hijo de la gran puta”, ¿llegó en un jaguar o  en un ferrari…?). Y si en algún párrafo me he tomado libertades excesivas (el último, por ejemplo), bastará con hacérmelo saber y corriendo lo suprimo (o el post entero).

Ah, wild sea…!

Ah, wild sea...!600pix

Ah, wild sea…!
and the Galaxy stretching out
over the island of Sado!

Este haiku de Matsuo Basho, en inglés y en japonés, lo encontré escrito/pintado hace años en una pared de Leyden. Como en la mayoría de los haikús, ni hay verbos principales ni se cuenta realmente nada. El autor de los versos se limita a nombrar las cosas, maravillado por su simple existencia: mar salvaje, y  la galaxia que extiende, más allá de la isla de Sado. Otras maravillas más cercanas: los amasijos de algas, restos de redes y nasas, ramas partidas, pequeños crustáceos e invertebrados, que quedan prendidos a las rocas al retirarse la ola (alguna vez he llegado a encontrar ¡manzanas!). Los tesoros de las arribazones. Y el olor, imposible de reproducir. El mar de la foto no es el del Japón. Es el del Canal de la Mancha. Está sacada desde lo alto del faro de Carouan, un atardecer de septiembre de 2007 (habíamos cogido el último trayecto del ferry, La Bohème III, y a punto estuvimos de perder el viaje de regreso y de quedarnos a pasar allí la noche). Con el sol poniente y la marea todavía baja, ese trozo de agua parecía un océano, y los salientes rocosos -con sus retazos de algas- un lejano archipiélago. O una galaxia cercana.  Asomada a la ventana más alta del faro, mientras la gente se apresuraba a regresar a La Bohème, me acordé de esos versos y (por una décima de segundo, como suelen ser estas cosas) me pareció conocer desde siempre a su autor,  Matsuo Basho, aquel poeta pobre que vagabundeaba por la isla de Kyushu, hace tres siglos.

California

360px-Eucalipto_GaliciaMi abuelo llamaba California a su cuchitril de La Grela (barrio industrial al sur de La Coruña).  Tenía un sofá  desvencijado y varios armaritos que había ido apañando aquí y allá, cada uno de un color, sin tiradores ni nada. En una esquina, una pila de manzanas. En otra esquina, una pila de patatas. Para nosotros, sus nietos, que por entonces  éramos rapaces, aquello era el ideal de vida. Un grifo pegado a la pared, un retrete con su pozo negro y todo, un banco en la puerta, cajas de botellas bien ordenadas esperando a ser reutilizadas. El novamás era el alambique, en el que hacía un orujo de hierbas finísimo, según recuerdo que comentaban los adultos. Usaba el bagazo de las uvas de San Vicente, la aldea en que había nacido (y en la que conservaba otro terreno, después vendido): “mal vino, buen orujo”, sentenciaba. Otro artilugio que nos entusiasmaba, hasta el punto de provocar peleas entre nosotros, era el embotellador. Uno colocaba las botellas,  otro bajaba la palanca para empujar el corcho, y un tercero pegaba las etiquetas. Creo que también embotellaba vino comprado a granel, y lo mismo -pero en envases de plástico- con el aceite de colza. Las botellas se iban después al “almacén de coloniales” que el abuelo tenía en la calle Juan Flórez  (ahora hay un gimnasio). Allí, como en el chabolo, siempre olía a una mezcla de aceite, vinagre, bacalao, manzanas, y gasolina.  Con el añadido, en California, del olor de los eucaliptos y  el tufo que subía desde la refinería cuando soplaba viento del sur.  Todas esas cosas y muchísimas más (conservas, linternas, lapices, escobas, etc, etc), las vendía después por los bares y pequeños colmados de la Costa da Morte.
Al abuelo le encantaban las camelias, que por entonces no debían de ser tan fáciles de encontrar. Tenía varias, plantadas muy cerca de la pared. Y muchos rosales, todo muy junto y muy mezclado. Unas judías, unas lechugas.  Lo recuerdo timbrando en el portal de casa de mis padres, a última hora de la tarde. Traía una o dos cajas de patatas, que descargaba en un momento mientras sujetaba la puerta del ascensor con una pierna, y  un ramo enorme de camelias o de rosas para mi madre. Siempre era igual. Nosotros cenando en la cocina, con los pijamas ya puestos, y el abuelo todo sucio de tierra, que llegaba corriendo, nos daba un beso y desaparecía.  California. ¿Desde cuándo llamaría así a aquella chabola llena de flores, hortalizas, trastos y orujo, que sobrevolaba las instalaciones de Repsol en las afueras de la Coruña?.
Mi abuela, que no quería saber nada de aquel tinglado, intentó vender el monte al poco de morir él, aprovechando el rumor de una inminente recalificación…La operación quedó en nada. Un buen día uno de mis tíos encontró instalados en California a una familia de gitanos, o de rumanos, no sé. Con niños y animales  (así me lo contaron), e imposibles de desalojar. Poco más o menos en el momento de la “ocupación” la parte baja del monte, propiedad del concello de Arteixo (creo), sí empezaba a edificarse. Y en ella levantaba sus instalaciones…IKEA, ni más ni menos, con el centro comercial adosado de rigor. repsol Coruña
A mi abuela se le ha ido la cabeza hace tiempo. Por suerte, nadie se interesa ya mucho por aquel terreno olvidado. Y  mientras las infraestructuras de acceso a La Grela se han modernizado de la noche a la mañana, y hordas de ciudadanos corren raudos cada fin de semana al centro comercial, allá arriba, entre los eucaliptos, alguien que no tiene otro sitio a donde ir mantiene ocupado el chabolo, el lodazal, la tierra chamuscada por la contaminación del polígono… y quizá considere aquel rincón, su rincón,  equiparable a California.

NOTAS

No tengo fotos. Supongo que a nadie de la familia se le ocurrió nunca inmortalizar aquello. Estas que he subido   proceden de wikipedia y de atlantico.net
Mi hermana mayor conservó el codiciado embotellador. Hace un par de años me lo regaló, para que lo llevara a LRO. Aquí lo tengo.

Paisaje de invierno

desde la finca de la herrería reducida

Finca de la Herrería (o Dehesa de las Ferrerías de Fuentelámparas), al suroeste de San Lorenzo. Detrás, el monasterio. Y allá lejos, el monte Abantos. “Fresneda adehesada”,  llaman a la Herrería. Los fresnos se pelaron  durante décadas para usar los ramos del año como forraje para el ganado al mediar el verano, cuando el prado se agostaba.  “Adehesada” por eso, porque la fresneda es una masa  aclarada que podían cruzar las vacas. Hoy sólo se ven turistas, o gente del pueblo con sus niños y sus perros. Pero en las fincas vecinas sigue habiendo explotaciones ganaderas, y las vacas pastan entre  fresnos y robles desmochados. La mayoría de los árboles de la Herrería, como los de la foto, ya no se tocan. Crecen  sin agobios, con su copa más o menos recuperada,  pero si se explora a fondo el lugar todavía pueden encontrarse algunos fresnos aislados que sí, que sí  han sido podados recientemente, conservando la silueta que debió de marcar este paisaje durante cientos de años.  Cuando Felipe II se asomaba a la ventana no vería otra cosa. Fresnos en la parte baja, robles melojos más arriba, frailes trajinando en el huerto,  torrenteras desordenadas… Y vacas con sus terneros.

 

Paisaxe de inverno

Vimbios+ coles, Son dic-07

Cós vimbios –Salix viminalis, semellantes a fogueiras- ataranse as vides ós emparrados.
As follas das coles, de abaixo arriba, daranse a comer ós coellos e ás pitas.
No cumio pelado do monte de Ribasieira zoa o vento. E na franxa detrás das vimbieiras, onde aínda se conserva un mínimo de terra,  vense medrar os bidueiros, os salgueiros  (recoñécense pola cor rosada das ponlas) e os condenados, omnipresentes eucaliptos.

Brezos, brecinas, queirugas.

Agosto 2012, una aldea del norte.

En la ladera que baja  a la playa, en las zonas más rocosas y ásperas, más expuestas al sol, al viento, al salitre, donde la tierra es escasa y pobre,  florecen desde la primavera diversas especies de brezos y brecinas – queirugas grandes e pequenas, géneros Erica, Calluna y Daboecia-  mezclados con gramíneas, toxos (Ulex), algunos cardos y poco más.

El viento del nordeste rompe las ramas resecas de los pinos y esculpe a su manera las masas de laurel y madreselva que crecen ya muy abajo, donde sí se ha acumulado una buena capa de tierra. El monte se ha quemado varias veces. En la parte alta crecen los eucaliptos, inmediatamente más abajo (otro tono de verde), grupos de pino marítimo; en la siguiente franja, donde haya un mínimo de humedad, helechos y zarzas, y donde no, queirugas... Cuando éramos niños esa bajada a la playa era un pastizal, dividido por regos que canalizaban el agua de lluvia y de los manantiales de la parte alta; el agua lo empapaba todo, todo el año, y hacía salir al camino unas babosas gordísimas, como no he vuelto a ver desde entonces; las vacas de Evaristo, que pastaban pendiente abajo, levantaban parsimoniosamente la cabeza cuando nos veían bajar corriendo…. Pero el fuego, la sustitución de los carballos por pinos y eucaliptos, el abandono de los pastos, han contribuido a que el suelo sea ahora más pobre y más ácido. Donde la tierra es mínimamente rica todavía hay tojos y xestas (ginesta, retama). Pero donde domina el brezo la cosa no tiene duda: ahí ya no puede crecer nada más.