Las últimas vacaciones (y 3)

Hoy colinas y viñedos, abetales, rulos de hierba seca; ayer, terruño de una herejía novelesca. “Pais cátaro” es el nombre actual, turístico, de lo que antes era solo el Languedoc, capital Toulouse/Tolosa. Se puede pasear sin saberlo; sin saber nada de los Perfectos y Perfectas cátaros (y cátaras), ni de esto ni ninguna otra cosa; pero el paseo se explica mejor sabiéndolo: esas ruinas que coronan el monte Pog fueron en su día el castillo de Motsegur; los condes de Tolosa eran súbditos de la corona de Aragón (no del rey Capeto); los Pirineos poco o nada contaban…La piedra es caliza, porosa; en ella anidan las golondrinas (año tras año las mismas parejas, en el mismo hueco; más las nuevas, que se habrán de buscar el suyo). Ya era así en el siglo XIII. Y antes, miles de años antes, en las paredes de los barrancos.
Pasamos al Rosellón. Las carreteras son como nuestras nacionales de hace veinte años; estrechas y con poco tráfico (la apuesta -deducimos- ha sido el tren; la alta velocidad). Perpignan. Prolongación discreta, pero perceptible, de lo que ya hemos visto por las calles de la Seo y Puigcerdá. También estos se esfuerzan por ser ser distintos. Un solo pueblo de este lado y del otro (los Pirineos, otra vez, poco o nada cuentan), ni francés ni español. Una estética próxima, que combina alto nivel adquisitivo y alarde cultural, siempre en la misma dirección: arte contemporáneo + localismos. Los trabajadores magrebíes van a lo suyo; un solo pueblo –encore!-, en sus barrios, sus mezquitas/garajes, sus tabucos de dulces y comida rápida (que aprovechamos para comprar). Y después, ya en el centro, las banderas. Y las exposiciones, y más actos culturales que se anuncian en los folletos. En el museo Hyacinthe Rigaud los carteles de los cuadros informan tranquilamente al público: Picasso nació en Málaga (España) pero Julio González en Barcelona (Cataluña). Se nos explica la Retirada: el éxodo de republicanos “españoles y catalanes”. En la billeterie online las opciones son dos: o francés o catalán… y todas estas cosas -estas conjunciones, estos paréntesis calculados- tienen la importancia que el visitante/contribuyente (pues se financia con fondos de la UE) quiera o no quiera darles. También la que le quiera dar el Ministerio de Cultura francés, otro patrocinador, que en este caso sí debe de dársela, entendemos, porque la cartela de Hyacinthe Rigaud, v.gr., nos informa de que era paisano de Perpignan (Francia) y no de Perpignan (Roussillon). (Da mucha pereza todo esto, y más a la hora de comer, pero lo hacemos: pedimos el Libro de Visitas y tratamos de escribir una educada protesta en francés, sin demasiadas faltas de ortografía.)

 

 

En la “costa bermeja” visitamos la playa donde se hacinaron los refugiados republicanos en el 39. Argelès-sur-mer. Hay una placa conmemorativa en la parte alta. Flores de plástico y una bandera tricolor comida por el salitre. Junto a la carretera, fruterías (compramos melocotones para después del baño). Riadas de coches, de bicis, de motos. Hoteles aparatosos. Parques para niños. Parkings privados. Un largo pinar protegiendo el pueblo, que nos saltamos sin más.
En Collioure ni entramos, tal es la aglomeración de turistas. De Banyul, de los vinos sabrosos de la zona, dulces y semisecos, ya está recogido lo esencial aquí (párrafo del 16 julio):https://laramadeoro.wordpress.com/wp-admin/post.php?post=6496&action=edit

Cadaqués. Más de lo mismo. Más los yates. Masas de gente comiendo en las terrazas de la marina, que una tropa de camareros atiende ágilmente, sin un instante para respirar, cubiertos los pisos superiores del restaurante, de lado a lado, con esteladas y carteles reclamando LIBERTAD. Vemos pasar bandejas con bogavantes, fragantes cazuelas de suquet (ricos pescados de roca; en la costa coruñesa mi padre habría levantado un sargo, un congrio… ¿aquí?), pringosos chuletones que -estos sí- son los mismos en todas partes, arroces coloridos… Un grupo de nativos baila la sardana en la plaza, al son de una orquestina, mientras los turistas se pelean a empellones por llegar a primera fila, para grabar el baile con sus smartphones.
Nos instalamos muy malamente en el camping. Todo está a tope. Un señor de rastas hasta la cintura, que nos atiende procurando hablar lo mínimo (y en inglés), nos cobra cuarenta euros por nada. Es decir, por permitirnos hacer el perro flauta esa noche, la tienda sobre un suelo de grava, bajo un pino que huele a orines… Pero el mar es perfecto: todo lo borra, todo lo perdona. Una gata preñada, a punto de caramelo, se acurruca al pie de la barrera del camping. No da el presupuesto para cenar en los caros restaurantes del centro, de modo que hacemos algo de compra en un súper y cenamos en la tienda. Antes de acostarnos damos un paseo. Una plantación de olivos de variedad arbequina (muy compactos, las aceitunas como canicas), separa el parking de los caminos que bajan al mar. Jabatos nacidos esta primavera, seis o siete, cruzan apresurados entre los coches, en hilera apretada detrás de su madre.

En la playa Rubina de Roses pueden entrar perros. Ceibe corre por la orilla pero el mar le da miedo, o frío, o las dos cosas. Cucurucho de helado en el chiringuito de unos gitanos, bajo dos enormes banderas, como sábanas de cama grande, que casi no dejan ver la playa: una española y otra francesa

En Gerona nada que no esperáramos (o sí: la silla de Juego de Tronos expuesta en el hall de un gran hotel; turistas de todo el planeta haciendo cola para hacerse una foto ahí sentados). Ya conocíamos la ciudad; su precioso casco antiguo, de calles estrechas, balcones con cortinas de hiedra o gitanillas (donde hoy banderas y pancartas); el quincunx de plátanos de sombra de la Devesa; los parques donde -hace años ya- aprendí a plantar Liriopes y Ophiopogon en macizos recrecidos a la sombra de cualquier árbol, pues la resisten sin arrugarse; el río y los puentes, las judías con butifarra y la D.O. Empordà… Pero no es posible ni terminar el paseo. ¿Hacer como que nada pasa? No. Compra rápida en un súper (chiscón regentado por un paquistaní) y adieu.
Por fin Tarragona, objetivo y justificación del viaje. Campeonatos Nacionales de Natación, categoría alevines, donde participa mi sobrino de 14 años, medalla de oro en los campeonatos gallegos (su especialidad: 400 estilos). Por unas horas tenemos la impresión, muy grata, de estar en Valencia. Cenamos estupendamente en la Rambla Nova (tan estupendamente que después la noche se hará larga, entre el calor, los mosquitos y la resaca). Descansamos la vista en el mar, paseamos por el anfiteatro y la ciudad vieja. Prometemos volver en cuanto reabran el Arqueológico.

En el regreso a Madrid, cuando ya no lo esperábamos, este hallazgo: Calatayud. Cruzamos calles de color tierra, color turrón, café con leche, ámbar, arena, a cada cual más decrépita, más hermosa. Todo parece a punto de caerse -un soplo, un estornudo-… pero qué va. Dos guías voluntarios de la Asociación Torre Albarrana, dos apasionados de los que ya no quedan, nos enseñan con detenimiento la colegiata de Santa María. La torre que fue alminar y que en realidad son dos, dos torres de planta octogonal, una dentro de otra; los sucesivos recrecimientos de la torre, con la correspondiente subida del cuerpo de campanas… Memoria histórica, pues, grabada en piedra y ladrillo. Todo nos gusta. La colonia de murciélagos que cría en la torre (el olor, fortísimo, por el que se disculpan innecesariamente los guías), la exposición de muebles y reliquias, las viejas historias, los prados que se ven desde lo alto, visitados por los murciélagos cada noche, mejor dicho, cada crepúsculo, a esa hora entre chien et loup/ entre lusco e fusco, en busca de escarabajos y saltamontes rezagados.. En la Plaza de San Francisco hay una vinoteca extraordinaria (https://www.facebook.com/Vinos-y-licores-Ciria-473655486153561/). Qué placer hablar largo y tendido con la señora que nos atiende. Cargamos rosados y tinto de la zona. Nos informa de que hay un bus turístico que recorre las viñas y se detiene en algunas bodegas. De esta vez no da tiempo -la parada no estaba prevista- pero volveremos. (Subrayado en la libreta: “bus de la garnacha” , “bús del mudéjar”) . Compramos frutas escarchadas, ça va de soi. Y dormimos del tirón, por fin, en una cama como dios manda.

Las últimas vacaciones (2)

Dejamos atrás el paisaje de la Cerdaña, pasamos a la región francesa del Ariège. Comemos junto al río (*añadir a la colección, etiqueta ríos), al amparo de un seto de avellanos.

Gruta de Niaux. Compramos las entradas on line dos meses antes de la visita. Tomando como referencia la etapa anterior, la Roca dels Moros, estábamos retrocediendo treinta mil años, hasta el paleolítico superior/ período magdaleniense, que a nuestros ojos (de no-especialistas) venía a ser al esquemático arte del epipaleolítico lo que Fidias o Praxiteles, o cualquier escultura grecolatina, a una talla altomedieval.
Un grupo de mejicanos de Los Ángeles (creemos, por el acento) nos acompaña por el largo sendero que lleva al fondo de la gruta. Son muy jóvenes, tres niñas adolescentes y un chico algo mayor. Tienen plata, se les nota. Van metiendo bulla. Se callan solo un momento (lo intentan, al menos) cuando la guía o algún otro miembro de la partida pierden la paciencia y les llaman la atención; pero no aguantan mucho, vuelven enseguida a las risas, los grititos… En el grupo son mayoría los franceses de mediana edad; serios, participativos, interesados por los datos que va desgranando la guía (comment gerer le patrimoine?), son sin duda los que peor llevan el jaleo de los mejicanos; se preguntan entre susurros qué harán aquí, quién les habrá organizado el tour, allá en outre-mer, si sabría a dónde los mandaba… Distinguimos a una pareja de hombres, muy tímidos, que hablan/susurran en alemán. Va también una señora polinesia (Tahití, tal vez) con sus dos nietos de 15 ó 16 años, tiesos e impenetrables como ella. A diferencia de los chicanos/USA, con tops y bailarinas, los silenciosos polinesios vienen bien abrigados y calzados con botas de senderismo. El abuelo se ha quedado fuera, en el super todoterreno con el que han llegado hasta aquí (¿Qué pensarán de todo esto?) Abuela y nietos atienden a la guía -tan valiosa, tan courageuse- sin mover un músculo de la cara. No hablan. Solo un escueto agradecimiento al final, en un francés impecable, que posiblemente sea su lengua materna. Los chamacos, por su parte, hablan -mezclando palabras inglesas y españolas- de una novia que quedó allá, en los States, de que seguro que estará chingando en estos momentos, y tú aquí pendejo. Lo encuentran todo muy tenebroso, chilly, escalofriante… A Euro Disney ya han ido. Antes de entrar en la gruta se la pasaron en la tienda de la entrada comprando merchandising, como esos cuernos de peluche que lleva puestos el chico, reproducción de los de un reno prehistórico (and so convenient!)

Al final del recorrido, en el “salón negro” -animales en las paredes, huellas de pies desnudos en la arcilla- la acústica es perfecta. La guía nos ordena apagar las linternas y escuchar el silencio. Y entonces no vemos ya al bisonte herido. No podemos ver a la orgullosa cabra montesa, a los ciervos, a los caballitos que parecen asnos o cebras, con la crin corta, la cabeza ancha; ni a esa comadreja de una galería próxima, que una mano hábil dibujó con solo unos trazos rápidos -cuatro trazos, cuento yo (1)-, en posición de alerta, catando el sol. Pero sí nos parece escucharlos y sentirlos respirar (porque el truco funciona), juntos animales y hombres, de La Coruña a Tahití, del Ariège a California, y así ininterrumpidamente, desde hace treinta mil años.

Un minuto nomás. A continuación la guía nos pregunta, sin encender todavía la luz, si alguien quiere cantar algo. Allez-y! Come on! Hay que poner a prueba la acústica, que, además, bien puede ser la razón de que esas pinturas, esos animales, estén ahí y no en otro lado. (2)
Después de hacerse de rogar un poco, una de las chiquitas mejicanas se arranca a cantar, a pleno pulmón, el gran hit de Whitney Houston. If I should stay/ I would only be in your way/ So I´ll go… Y tan bien lo hace, y tan imprevisto y alocado resulta todo, que el bisonte herido se levanta, muge, rasca el suelo con las pezuñas. Los niños del Pacífico se arriman a su abuela y la cogen de la mano. Los franceses dejan de râler. La comadreja aprovecha para cazar un mirlo y los caballos que parecen asnos para echar una carrera. Un minuto nomás! A la cabra montesa aún le da tiempo a trepar al risco que está a su izquierda. Un poco de tierra se desprende. We´ll always love you… sigue cantando la chamaca. Plumas de mirlo caen por el aire. Un minuto y medio, dos minutos. Y cuando todo termina y las linternas se encienden de nuevo, son los tímidos alemanes quienes inician el aplauso (Continuará)

NOTAS

(1) Galería fuera del recorrido. Hay paneles con su reproducción expuestos en la entrada
(2) Estudios de Reznikoff y Dauvois (1983), resumidos por un ingeniero de sonido, L. Serrano (gracias, si llega ud. hasta aquí), en ese saco sin fondo que es internet:
“ En Niaux se encontró que el 90% de las pinturas estaban ubicadas en puntos donde ocurren fenómenos acústicos bastante notorios; el Salon Noir (una subcaverna de Niaux) presentaba un tiempo de reverberación mayor a cualquier otro sitio en la caverna y era el lugar donde la gran mayoría de los dibujos se encontraba…”
Y sigue con la tesis de S.Waller, incluyendo una posible explicación de la comadreja en la galería lateral: “… La razón de la ubicación del arte rupestre se debe a las cualidades acústicas de los lugares; los animales ungulados son dibujados en lugares con tiempos de reverberación altos, donde hay presencia de modos de resonancia o donde hay focalización de reflexiones; esto se debe a que dichos animales andan en manadas y gracias a sus cascos producen un sonido bastante fuerte y reconocible (…) En cambio los animales carnívoros, mas que todo felinos, son sigilosos y silenciosos y por esta razón están dibujados en zonas donde las características arriba subrayadas se encuentran reducidas a un mínimo”

Las últimas vacaciones (1)

Fueron en agosto de 2019.

Y empezaron en la Roca dels Moros, especie de abrigo rupestre con pinturas del mesolítico (o epipaleolítico, otro nombre para lo mismo: hace 8.000 años), en las afueras de la localidad leridana de El Cogull. Las pinturas -bajo un frágil saledizo de roca caliza, a la intemperie- representan a nueve mujeres endomingadas (faldas de campana, pulseras), a un hombre diminuto con un gran falo, y a diferentes animales semisalvajes, uno de los cuales -un ciervo- aparece de costado en el suelo, a medio destripar.

En el centro de interpretación no había nadie, ningún visitante, así que la guía, encantada de poder hablar con alguien, nos explicó por extenso las diferencias entre el mundo epipaleolítico del pre-litoral levantino, donde estábamos aquel día, (cazadores-recolectores trashumantes, sin roles, reparto equitativo de tareas, paridad, negociación, bailes, co-educación, sororidad: todo esto podía inferirse de las pinturas) y el mundo “supuestamente más avanzado” del neolítico. Aclara la guía el “supuestamente”: con el neolítico llega la agricultura, con esta la acumulación, con esta el capitalismo, y con el capitalismo el heteropatriarcado. La conclusión era que, muy probablemente, una cazadora-recolectora empoderada de Lérida (esbelta, morena, un poco hippi: tal las representadas en la pared del abrigo) tenía mucho más que ver con los indios brasileños del Amazonas (la guía menciona, según leo en mis notas del viaje, a “las tribus amerindias, desde la Baja California hasta Brasil”) que con su vecino labrador de -pongamos- Zaragoza.
Aun nos entretuvo más frente a las pinturas. Las mujeres parecen bailar. Son las protagonistas de la escena… Pero se impone hacer un alto y rebobinar. ¿Por qué dar por hecho que eran “mujeres”?
– En realidad -nos aclara entonces la guía- no sabemos cuántos géneros había en el epipaleolítico. Podían ser dos o tres, o quizá cuatro…

Para llegar hasta el abrigo donde están las pinturas hemos atravesado extensas plantaciones de melocotoneros y nectarinos -en la parte norte, próxima al Segre- y almendros y olivos después, ya en lo más hondo de Las Garrigas, una tierra seca y hasta reseca, de caminos de tierra sin asfaltar como en nuestra Sierra Oeste, a la que se parece mucho pero en versión “caliza”, con más tomillos que romeros, quizá, y lentiscos en vez de terebintos, y alzinas rechonchas, de hojas alargadas, en vez de nuestras encinas, sus primas hermanas. Kilómetros de caminos en los que no nos cruzamos con nadie. Aparcamos el coche en un altozano, con vista panorámica sobre las plantaciones y sembrados (cereal ya recogido; la tierra removida), y bajamos a comer el bocadillo en los bancos de un merendero, apenas tres paredes de cemento, con barbacoa y mesa para comidas colectivas. Todo muy limpio. Por la pared exterior, al dar la vuelta al merendero, una única gran estelada, decorada con pintadas antiguas, domina por completo el paisaje.

Seguimos por la Seu d´Urgell y Puigcerdá. Una especie de Suiza pre-pirenaica, con hermosas segundas residencias, tan a mano para ir a esquiar a Andorra, coches de lujo, gente bien con lazo amarillo y bolso de Tous tomándose el vermú en una terraza junto al parque, un parque inmenso, con su lago y sus cisnes y su embarcadero. Para comprar un poco de pan y un poco de queso, sin embargo, hay que cruzar a Bourg-Madame (del otro lado de la carretera empieza Francia) porque en Puigcerdá, como en toda España, se celebrá hoy la Asunción de la Virgen y las tiendas están cerradas. (Continuará)

Viaje mental a Kameydo, ca. 1910

“The Underwood Travel System is largely mental. It provides Travel not for the body, but for the mind -but travel is none the less real on that account. It makes it possible for one to see as if one were present there in body -in fact to feel oneself present- and to know accurately famous scenes and places thousands of miles away from his armchair in his corner…”

Publicidad de Underwood & Underwood Guide Books, apud Encyclopaedia of Nineteenth-Century Photography, John Hannay editor.

Wisteria blossoms in swaying garlanda, the pride of Kameydo Park. Tokyo. Copyright Underwood&Underwood.

Sobre el Viaje a Kameydo. Quizá los Viajes con mayúscula, tal como aparecían descritos en esta publicity de 1910, hoy tienen que ser a la fuerza”mentales”, y no el producto de una elección -quedarse en el sofá, aprender mucho sin gastar un dolar… así sigue el anuncio transcrito de U&U-, pues ya solo pueden darse en el tiempo, y solo hacia atrás. Pero si uno todavía cree posible lo otro, y además quiere, y además puede levantarse de ese sofá y costearse un viaje por el espacio aunque sea en mínúscula… el momento para sacar el billete es ya, porque en menos de un mes estarán en flor las glicinias/Wisterias. El link para el próximo Festival de la Glicinia de Kameydo: https://www.japanistry.com/event/kameidoten-shrine-wisteria-festival/
Kameydo -leo en la guías virtuales de Tokyo- es un barrio del centro de la ciudad, en el que se encuentra el santuario sintoísta del mismo nombre. De ahí son estas glicinias, Wisteria japonica, y no del “Kameydo Park” que aparece escrito en el borde del cartón de U & U.. Hoy en día, según leo por la red, “Kameydo Park” está totalmente separado del templo y de las glicinias (que sí, ahí siguen) por un aquelarre de rascacielos, vías de tren, metro, carreteras (?)

Sobre las mujeres casi niñas, o sin casi, de la foto. El texto de U&U no habla de ellas. El Viaje (mental) no está de ningún modo completo. Pero en una historia de la ciudad de Tokyo a principios del XX (en la que amazon, graciosamente, me permite hojear algunas páginas) leo esto: “… The Kameydo district, on the north or back side of the Kameydo Tenjin Shrine and its splendid wisterias, gave sustenance to some seven hundred ladies. Tamanoi district had fewer than six hundred. Prostitution was quite open in both places...” (History of Tokyo, 1868-1989, E. Seidensticker). Las largas espigas de la glicinia japonesa, que -a diferencia de las glicinias chinas, de 30 ó 40 cm- pueden pasar del metro, forman densas cortinas malvas, tan convenientes para jugar al escondite, o a lo que sea, durante cuatro o cinco semanas entre abril y mayo (hoy se adelantan mucho, como en todas partes)

Sobre la foto. Los hermanos Bert y Elmer Underwood empezaron con el negocio en Kansas, a finales de 1880, pero en poco tiempo lograron montar un gran estudio fotográfico en Westwood, Nueva Jersey. Producían tarjetas estereoscópicas, es decir, con una foto ligeramente distinta para cada ojo, que debían verse juntas (integradas) con un “estereoscopio”, el equivalente a efectos prácticos de nuestras gafas 3D. Los Underwood vendían el kit completo: el cacharro y los diferentes sets de fotos.

Les fue muy bien. Abrieron sucursales aquí, allá, acullá. Mandaron a sus fotógrafos a todos los rincones, de Yosemite al Kilimanjaro, pasando por Panamá, Nápoles o Shangai, y lo hicieron en ese momento preciso, hacia 1900, en que el mundo giraba ya velozmente hacia el futuro (este otro mundo de hoy, en el que no queda una mosca sin fotografiar). Los Underwood pusieron de moda las fotos de viajes, que editaban con una breve descripción en seis idiomas.Después probaron las fotos de “noticiario” (News Division), de gran éxito también, pues dejaron testimonio detallado -entre tantas otras cosas- de la Primera Guerra Mundial. Retrataron a las celebridades del momento. Fotografiaron puentes, carreteras, grandes obras de ingeniería (también algunas payasadas: escenas de vodevil, camadas de gatitos…). Y por último, en 1920, abandonada por obsoleta la fotografía estereoscópica, vendieron el negocio y adiós.

Compré tres de estas tarjetas en un mercadillo callejero, quizá en Amsterdam, quizá en 2002. Me deja asombrada lo bien que se venden ahora en eBay.

Barranco Moreno

Durante dos meses las Cuevas de la Araña, en Bicorp (Valencia), estarán cerradas por reformas. El eco-museo nos ofrece una visita alternativa al Barranco Moreno, cuyos abrigos también están llenos de pinturas (arte levantino, a las puertas del Neolítico). Trazos geométricos, en zigzag abierto (¿el mar, los dibujos de la lluvia, cualquier sueño recordado de buena mañana…?) y ciervos y cabras del tamaño de una mano escondidos en los pliegues de la roca. La guía, una mujer joven, arqueóloga, resulta molesta con sus constantes bromas y tonterías (sobreentendidos políticamente correctos… ¡incluso aquí!), pero no queda más remedio que aceptarlo, sin chistar, porque los abrigos están bajo llave. Se puede hacer abstracción de las risas. Buscar al ciervo de perfil: revivir la emoción del hombre que lo pintó hace siete mil años. Imaginarlos a ambos exactamente aquí, una mañana de noviembre exactamente como esta (quizá un poco más fría…). Del lado del barranco que mira al sur crecen palmitos. Enfrente, del lado norte, fresnos que amarillean. Helechos donde remansa el agua; romeros donde se escurre. Zarzaparrillas (Smilax aspera) retrepando sobre los lentiscos, que son los hermanos levantinos -más pequeños y finos- de los terebintos de LRO (Pistacia lentiscus, P. terebinthus). Dominio de los pinos carrascos. Algún quejigo. Enebros y sabinas arbustivos (poco suelo, mucha pendiente) en el exterior del pinar, por las orillas soleadas del camino.

Verano 2019 (1)

30 de junio

Mientras a pocos kilómetros de casa (del otro lado de ese cerro que tengo ahí delante, en Cadalso) ardían cientos de hectáreas de encina, pino carrasco, enebro, olivo… estas dos lagartijas se entrelazaban pacíficamente sin que el humo las molestara, sin que las noticias de la tele, sin que el calor abrasador…

5 de julio

Una fuga de agua es un pequeño oasis, de importancia INFINITA para los seres vivos que dependen de ella. En este caso se trata de una fuga deliberada, dejada al pie de la alberca para que la charca siempre tenga algo de agua. Ahí van a beber los jabalíes y demás animales que rondan LRO. ¿Por qué, entonces, se asomó a la alberca este corzo, teniendo el agua de la charca tan cerca? Le falló el pie, tardó en ahogarse… No volverá a pasar. En espera de poder vaciar la alberca y hacer unos escalones de obra, hemos amontonado una “torrentera” de bloques de hormigón en una esquina. En cuanto al cuerpo, lo arrastramos hasta lo alto de la finca para que zorros y cornejas primero, y con seguridad los buitres después, dieran buena cuenta de su carne.
Los cuernos son cortos y fuertes. “Madera del aire”, se decía antes. Se dirigen hacia el cielo y se renuevan cada primavera. Hacen del animal -cualquier cérvido- un “señor de la luz”: una divinidad mediadora y benéfica.

De momento los cuernos de nuestro pobre corzo psicopompo se secan al sol en el sombrajo de la casilla. Después se vendrán a casa.

16 de julio

En una bodega familiar de Collioure. Damajuanas de 30 litros con el corcho perforado (pero protegido por un trozo de plástico y una lata dada la vuelta) guardan al sol los vinos dulces de la apelación de origen Banyul. Entre 2 y 3 años de lenta oxidación a la intemperie, tras 5 ó 6 en una barrica (en la bodega). La malla metálica protege las bombonnes de las posibles granizadas. Pero quizá estos vinos hayan pasado un poco de moda; ahora los que parecen estar en alza son los rosés
La garnacha del Rosellón crece entre esquistos (en la foto: dos bloques sujetando los cables). Para que las raíces puedan penetrar profundamente en la tierra los vignerons de la zona usan a veces pequeños “cartuchos de dinamita agrícola”.

21 de julio

Los tomates del pijo-huerto, creciendo y madurando.

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Moon Garden

Barbie astronautaPor fin he recibido respuesta de la NASA. La carta llegó el viernes por correo ordinario. Después de mucho tira y afloja con la oficina presupuestaria (Office of Managent and Budget), han decidido aceptar.  Con algunas pequeñas modificaciones -que  discutiremos sobre el plano cartográfico cuando nos reunamos en Washington-  pero vamos, que sí. Han dicho que sí a nuestro proyecto de ajardinar la luna (S.M.L: Strategical Moon Landscaping). Lo financiará al 50% el Departamento de Estado y al otro 50% un consorcio de empresas (S.M.L. Partners) que se está formando en estos momentos, todas ellas con experiencia en proyectos similares (Abu Dhabi, Singapur, Alcorcón, Sarria…). Desde el primer momento me han querido dejar claro que el trabajo no es remunerado en cash: mi recompensa será la gloria eterna (eternal glory). A cambio, ellos mandarán a alguien a España para ocuparse de LRO mientras yo estoy fuera. A mi sustituta -véase foto del C.V., aquí abajo-  le he dejado una lista de tareas sujeta con chinchetas en la pared de la casilla; tendrá que empezar por  despuntar los sarmientos de las viñas y regar las huertas un día sí y uno no.  El jefe de la Sección de Ajardinamientos Espaciales (Spacial Gardens Operations Center) me asegura desde Houston, de su puño y letra, que esta persona está perfectamente cualificada para los trabajos del campo. Con todo, le voy a dejar también la dirección de mi vecino Perico anotada, por si tuviera alguna duda o necesitara algo.
El cohete saldrá de Cabo Cañaveral al día siguiente del equinoccio de otoño, pero a mí me esperan en la Casa Blanca (White House) mañana por la tarde. Después nos iremos derechos a Houston,  a prepararlo todo y empezar la “aclimatación”.  Sólo me permiten llevar una maleta, algunos cuadernos para pintar, la cámara de fotos y una cinta métrica. El material de plantación viaja en otro cohete, con dos jardineros chinos que cobrarán lo mismo que yo. Los perros, por descontado, se vienen.

Nadie ha podido decirme en la centralita de la Agencia Espacial (NASA Headquarters) el tiempo que tardaremos en dejar aquello listo. Yo calculo entre tres meses y tres  años, pero es aventurado precisar más. No sabemos si aquella tierra va estar o no en tempero cuando empecemos a cavar. Nada sabemos tampoco de posibles plagas (aunque doy por hecho que una pareja de grillotopos vendrá a recibirnos a la pista de alunizaje), ni de otros imponderables de orden intergaláctico. ¿Lluvia de meteoros? ¿granizada de nitrógeno con polvo lunar?.

perro astronautaTampoco sé si allá arriba hay cobertura de red, así que no puedo comprometerme a seguir enviando posts de forma regular al blog. 

Las noticias sobre la Plataforma Sarriana polo Río me llegarán en cohete-correo una o dos veces al mes. Estén ustedes atentos a lo que pasa allí (http://www.facebook.com/salvemosoriosarria). Los alisos que salvaron “in extremis” los perroflautas una madrugada de febrero siguen en su sitio ¡ y bien que se agradece su sombra espesa estos días de verano!. El resto de la obra está prácticamente parada, así que más pronto que tarde habrá que sentarse a discutir un nuevo proyecto… y esta vez lo haremos entre todos.

Antes de partir para Houston, mañana mismo, le pediré al Presidente o a quien ande por allí que me permita conectarme para mandar un último post. Después quedará cerrado este blog,  hasta que bajemos de la luna.

Barbie Jardinera (S.M.L Operational Manager)

 

 

 

Vide – grenier

Alguna de las fotos que adjunto aquí abajo tiene casi diez años. Otras sólo algunos meses.  Pero en todas ellas -selección de una selección de una selección- me pareció ver algo en su momento, un aquel que justificaba guardarlas y quizá escribir sobre ellas algún día. El tiempo se me ha ido echando encima y sospecho que ya no escribiré nunca esos “posts”, demasiadas veces postergados en la carpeta  de borradores. Otras imágenes, no tan bonitas pero sí más apremiantes, ocupan ahora mi tiempo. Y no me gusta almacenar nada que no sea de comer. Así que, aprovechando la noche de San Juan, y siguiendo a pies juntillas el imperativo de sacar de delante o quemar todo lo que sobra, he vaciado por fin la carpeta. Ahí  dejo quedar la última selección  de fotos, organizadas por parejas (que bien podrían ser otras),  por si alguien quiere recogerlas y reutilizarlas, como esos trastos dudosos que se depositan en la acera el día de la mudanza.
OLYMPUS DIGITAL CAMERAhayas Dahlem 2mariscadores en eneroceibe en la playa dic13abedules y joyasquemador sarmientos BorgoñaRanunculo phnaranjas rodandosubiendo hacia el pilatus 400pixIMG_5644asfodelos,junio, cadalsocuarzo en granito, pl.san pedro2Lozoya, ddl puente del perdónLoira

Un secarral en Guadalajara. El hayedo de Dahlem, Berlín.
Mariscadores en la ría de La Coruña, el pasado mes de diciembre (pongo el mes, para que uno pueda imaginar el frío y la humedad, y saboree más despacio las almejas que se compra en fin de año). Mi perro Ceibe corriendo por la playa de Santa Cruz, Oleiros.
Tres abedules publicitando un collar de perlas, en una joyería de Winterthur. Un quemador de sarmientos en Borgoña.
El ranúnculo naranja que tenía en la terraza de Madrid. Naranjas amargas en la rampa de un garaje.
Desde el teleférico que sube al Monte Pilatus, junto a Luzerna. Marismas de Orx, en Aquitania.
Campo de asfodelos en Cadalso de los Vidrios, Madrid. Rocas da Costa da Morte.
El río Lozoya desde el Puente del Perdón. Un remanso del Loira, a la altura de Amboise.

 

Tropicales y azules

Jardín Botánico de Basilea. Diciembre.

Irena puella y Vanda caerulea

Una opulenta orquídea azul pastel (Vanda caerulea o alguno de sus híbridos) y un pájaro casi turquesa (Irena puella), pendenciero y seguro de sí mismo, que nos recordó mucho a nuestros rabilargos. Antes era difícil encontrar Vandas en las tiendas de jardinería. En el viejo manual de orquídeas que tengo encima de la mesa (“Superbes orchidées”, ed.Chanticleer) ni siquiera las incluyen. Pero recientemente las he visto en un gran centro de venta para mayoristas, en Madrid. Lo que significa que han dejado de ser una rareza cara. Las venden con las raíces prácticamente al aire, apenas protegidas con un poco de musgo, y enganchadas a un minúsculo cesto de madera que cuelga del techo con un hilo de nylon. ¡Nada que ver con las acomodaticias Phalaenopsis! Las Vandas, aquí, sólo podrían cultivarse en una galería muy iluminada (pero con posibilidad de atenuar la luz en verano), y con un humidificador encendido casi permanentemente. O bien en el baño, si uno tiene la suerte de tenerlo orientado al sur. Complicado. Complicadísimo, en realidad, a menos que se puedan reproducir las condiciones de luz, calor y humedad de – pongamos-  las selvas de Mindanao. (Luz intensa de mañana, lluvia fina a mediodía, bruma y nubes al atardecer, humedad constante del océano y de la propia selva, bombeando y transpirando sin descanso, todos los días del año, todas las horas del día….)

Alternativa: renunciar; disfrutar de las Vandas en las fotografías de los libros y en los invernaderos de los jardines botánicos; mirar ahora mismo por la ventana y agradecer la silenciosa floración del durillo, tan  consoladora en pleno invierno.