Anastasio

Ayer murió Anastasio, el anterior propietario de LRO. LLevaba años mal; varios meses muy mal; unos días desahuciado. Así que la muerte -es lo que se dice en estos casos- supongo que llegó deseada. Llegó por fin (“Ya os llega la muerte, ya os llega“, le decía él a los tordos y a las palomas cuando, al empezar el otoño, los primeros cazadores se dejaban ver)

Anastasio, entre otras muchas cosas, me enseñó a distinguir los espárragos verdaderos de los lupios/matacanes. Me habló de las cagarrias (Morchella esculenta), que no conocía, y de los ajoporros, que nunca terminaron de gustarme. Me ayudó a instalar el riego. Cargó piedras en su tractor (no osé preguntar de donde las había sacado) para que pudiéramos terminar el muro de sostenimiento frente a la casilla. Me enseñó a podar las viñas, pero aceptó que -tras consultar algunos libros- yo matizara parte de lo aprendido y, tras la oportuna discusión, siguiera podando como él… o casi. Al vendernos la finca peleó por dejar claras las lindes con el vecino de abajo, hoy ya fallecido, “que no es malo sino nefasto”, nos previno (Nefasto le quedó para siempre; Nefasta su mujer y Nefas-titis las hijas) y por que hiciéramos buenas migas con el otro vecino, Perico, quien años más tarde me enseñaría, por cierto, a injertar las cepas. Anastasio me presentó al cabrero del pueblo, Miguel “Manduca”, con cuya amistad me honro, y que me provee puntualmente de estiercol para la huerta. Me llevó al almacén de piensos de Casimiro a comprar semillas. Me presentó -antes de que hiciéramos nuestro propio vino- al paisano que compraba uvas al margen de la cooperativa, un tal Pepito. Las pagaba a tocateja y las revendía en Burgos.

Anastasio deja mujer, cuatro hijos y un número x de nietos. Murió bien, rodeado de los suyos, que cuidaron de él hasta el final, y lo quisieron, sin duda, a pesar de los muchos dolores de cabeza que él les provocó en sus años buenos, los años de libertad, cuando se veía a sí mismo “fuerte y poderoso”, como le oí decir un día.
Y es que Anastasio ,en esos años buenos, era informal, caótico, impredecible. Padre y esposo intermitente, imagino. Muy manejable por sus supuestos amigos, incapaz de imponerse cuando abusaban de él, Anastasio todo lo perdonaba y/o olvidaba, y no parecía darse cuenta de que, al final, tendría que pagar los platos rotos su señora. Tuvo problemas con la bebida. En una ocasión, para congraciarse con su mujer tras una borrachera que le dejó k.o. más tiempo de lo habitual, Anastasio le llevó unos iris que yo misma le corté y preparé en LRO. “Tiró el ramo por la ventana…”, me contaría al día siguiente, levantando los hombros. Sospecho que también derrochó el dinero de la venta de LRO. No sé si alguna vez tuvo un sueldo fijo, regular. Era propietario de un tractor enorme con el que hacía chapuzas varias, y con el que se movía por la comarca como si fuera un monovolumen. Con ese tractor inmanejable le dio sin querer un golpe al peral de LRO: un nido de rabilargos cayó al suelo, y la madre rabilarga, cabreadísima, le fue persiguiendo por la viña, picoteándole la gorra hasta que lo sacó de allí… Imitaba a todos los vecinos, se reía de ellos en sus barbas y después les invitaba a un vino. Escucha bien, me decía también a mí, “tú nunca te enfades conmigo“. Porque me ponía verde por no arar. Y el día que llevé unos sauces y unos alisos, para plantar al pie de las terrazas de LRO, Anastasio, indignado, me soltó: ¡Siempre lo que a mí me da más asco! ¡Aliso, lo- que-el -diablo -no- quiso! El me presentó -y recomendó como si fuera hijo suyo- a Mohamed, al que le había dado por llamar “Jóse”. Un intercambio habitual entre ellos, mientras compartían “botellín” después de haber estado trabajando codo con codo durante horas:
¡Moro!
-¡Borracho cabrón!

Y vuelta a empezar, con diversas variantes.

Anastasio andaba a zancadas, era difícil seguirle el paso. De joven debió de ser buen mozo. Le gustaban las mollejas, las perdices con judiones de Avila… El vino tinto por encima de cualquier modernez.
Anastasio se fijaba en las cosas y sabía escuchar. La plantación de frambuesas en LRO, por ejemplo, despertó enormemente su curiosidad. Creo que también tenía cierto sentido estético, porque siempre iba limpio, más o menos arreglado, y reñía al cabrero por ser “un puerco” y no cambiarse nunca de ropa. A veces le regalaba una zamarra, unos pantalones apenas usados: esos que lleva Manduca -me explicaba- huelen tanto a cabra que cuando se los quita de noche se van corriendo solos, camino arriba… Era buen conversador. Sentados en LRO me contó la historia de su familia, que bajó al valle desde Navalosa a finales de los años cuarenta (él vino primero, con su padre, a lomos de un borriquito). Me contó de sus hermanos mayores, “los serranos”, a los que debió de idolatrar hasta ayer mismo, que trabajaban como mulos y se quedaron solteros. Me contó su frustrado intento de ir a trabajar a Madrid: de la comida que le había preparado su madre para el viaje -un pan grande, redondo, relleno de carne y envuelto en una pañoleta-, del viaje en el autobús, llorando a moco tendido, y de cómo a los tres días estaba de vuelta. Me contó de cuando empezaron a rodar películas en el castillo del pueblo (históricas, románticas.. ¡y hasta una de James Bond!) y él iba siempre de figurante con sus amigos, porque les daban de comer y porque lo pasaban bomba…

Anastasio aseguraba tener dotes de zahorí (me dijo quién le había enseñado, pero no consigo recordarlo). Para demostrarlo cogía un alambre suficientemente largo, lo retorcía formando una especie de ye, y empuñando después esta Y por los brazos, colocándosela a la altura de la cintura, iba cabizbajo entre las jaras y cantuesos – ¡shhh!, ¡shhh!, porque no se le podía hablar mientras duraba el trance- hasta que, de pronto, el extremo del alambre empezaba a moverse.
¡Ya estamos en pecado mortal!– exclamaba- ¡AQUI HAY AGUA!
¿La habría, realmente? El no lo dudaba.
Cuando empezó a perder vista, muy pasados ya los sesenta y cinco, se negó en redondo a ponerse gafas (el tantarantán que le dio al peral fue por esa época). ¡El, Anastasio, que había sido fuerte y poderoso, cómo iba a ponerse “lentes”! ¡Ni que fuera un señorito de Madrid! No las necesitaba para nada. Ni siquiera para calcular cantidades a ojo de buen cubero, algo que hacía, por lo visto, con exquisita precisión: en ese capacho van cuarenta y dos kilos y medio de uvas; ahí van (señalando el cajón del tractor, lleno de sacos) mil ciento cincuenta y cinco kilos de aceitunas… Y así, sin despeinarse, pero tirando hacia arriba siempre, porque su generosidad era legendaria. Ya vendida LRO, llegó a un acuerdo con un vecino para trasladar su huerta a la parcela de éste, muy cercana al pueblo. Con el correr de las semanas, cuando todo empezaba a estar maduro, Anastasio regalaba tomates y pimientos a espuertas, como siempre había hecho; sin mirar a quién, sin preguntar casi, como un césar de Roma echando monedas a la plebe.¿Era después correspondido, de alguna forma? No estoy segura.
Sé que Anastasio se ganó la vida durante unos años como palista; andando el tiempo, pasó a alquilar sus servicios con el tractor. Pero nunca cotizó ni se preocupó, me parece, de que sus empleadores cotizaran por él. Era vergonzoso con el dinero y muy sentido con todas las cosas. Le preocupaba lo que la gente pensara de él, así que la mitad de los trabajos los haría gratis, y por la otra mitad cobraría lo mínimo (o en especie). A cambio de ser tan espléndido -este era el “pero”- que no le fuera nadie a achuchar con que, es un suponer, ¡quedamos a las diez y son las cuatro!, que nadie pretendiera decirle cuándo y cómo…

Anastasio era también -y aquí borro el “seguramente”- la mejor persona que he conocido en este pueblo. Lo he visto llorar cuando, sentado a mi lado en una piedra de LRO, recibió por teléfono una llamada de su sobrino comunicándole que su hermana Valentina, Valentina la Buena, acababa de morir. También lo vi llorar cuando le enseñé, intrigada, los restos de una camisa de cuadros (unos harapos) que había encontrado casualmente cavando al pie de una cepa: en esa camisa -me explicó entre lágrimas- su mujer y una de sus hijas habían envuelto el cadáver de Chispa, su perra, que siempre le acompañaba subida al tractor. Detrás de aquellos jirones de tela, en efecto, aparecieron unos huesecillos mondos… Era pequeña, de color blanco, me contó. Él no había tenido corazón para enterrarla él mismo, y después no quiso sustituirla por un cachorro. No volvió a tener perros. Y tampoco era cazador, aunque lo había sido en su juventud. Dejó de cazar en los años noventa, cuando se dio cuenta de que había “pocos animales“, de que las perdices se acababan, ¡pero si tenía que traerlas el guarda del coto, unos meses antes de abrirse la veda!, y de que ver una tórtola común por el monte era casi un milagro (“Antes el cielo se llenaba de ellas: venían los vascos a cazarlas…”; ¿quiénes eran “los vascos”; no llegó a aclarármelo).Y lo vi llorar de rabia en otra ocasión, recordando un episodio de hacía más de sesenta años, cuando un guardia civil presuntuoso acusó insidiosamente a su padre, el hombre más honrado del mundo, de haber robado unas patatas, y decía tener como “prueba” la huella de una alpargata… El niño Anastasio estaba junto a su padre aquel día. Cuando el padre lo negó, el guardia civil le largó un sopapo. Y me contó cómo él, siendo ya hombre, fue hasta el cuartelillo de El Escorial, a donde habían destinado al infame, y que, tras buscarlo por todas partes para “ajustar cuentas“, lo encontró al fin en una taberna. Quería que supiera que durante todos esos años el sopapo dado a su padre le seguía doliendo a él en la cara. Y entró, todo chulo, confirmó con el tabernero que el sujeto era aquel, y lo que vio fue esto: un hombre precozmente envejecido, sin uniforme ya, encorvado sobre una taza de vino. Se acercó, le dijo algo muy peliculero -“¡Vengo a matarte!”, pero yo creo que se lo inventó, que de hecho no abrió la boca- , y por los gestos del otro comprendió que aquel hombre se había quedado ciego. Y entonces Anastasio se dio la vuelta, y fuese y no hubo nada. Volvió al pueblo sin matar a nadie. No dio más detalles, pero pongo la mano en el fuego, conociéndolo, de que antes de salir de la taberna le pagó al tabernero la consumición del guardia ciego. El sopapo había dejado de dolerle. Y total…
Este brazo me dejaría cortar -me dijo un día, con aquella vehemencia loca con que lo decía y hacía todo, poniendo la mano derecha en el punto donde habría que colocar el serrucho- por poder ver a mi padre otra vez. Aunque solo fuera cinco minutos...

Hace 13 años. 6 de noviembre de 2006, al volver de la notaría (Anastasio mandó a una hija; él no quiso ir). Hacía calor. El grandullón que está a mi derecha es el tío de la inmobiliaria. Anastasio le colgó del brazo una bolsa de lechugas, tomates, pepinos…

NOTAS: Todo esto, más o menos, está contado ya en algunos posts antiguos, desperdigado por otros.
https://laramadeoro.wordpress.com/wp-admin/post.php?post=1411&action=edit https://laramadeoro.wordpress.com/wp-admin/post.php?post=5151&action=edit


Mi casa es tu casa o al revés

(Y la huerta también)
Nueva sección de Barbie Jardinera, dedicada a meter la nariz por las huertas de amigos y vecinos.
Empezamos hoy por un lugar de Ourense, de cuyo nombre no quiero acordarme, en el que Maite y Antón cultivan “de todo menos pimientos”

Comentarios de la corresponsal:
-Muchas berenjenas me parecen
-Maravillosas las remolachas, ¡bravo! Todo ese rincón, combinando plantas de crecimiento más lento (o de producción más larga: el calabacín, las acelgas) con las rápidas-rapidísimas (espinacas).
-Hay que despuntar con urgencia esos tomates
-El semillero de lechugas no lo veo… Qué tal si, en vez de arrancar las que están plantadas, les cortáis el cuello con un cuchillo afilado; posiblemente saldrán repollitos (muy tiernos) por la orilla del corte.
-En LRO también sembramos rúcula un año: al loro con las flores, porque se resembrarán solas hasta el infinito/y más allá. Rica ensalada con lascas de parmesano.
-¿Qué tenéis contra los pimientos?

Riego a manta

El pozo de Miguel de momento tiene agua. Riega “como siempre se ha hecho”, dejando que la corriente colme los surcos mientras él vigila el circuito para que el agua se reparta bien (y “bien” quiere decir: a cada hortaliza según sus necesidades, pero sin quitarles el ojo de encima) y para que no rebose y se pierda por ningún punto. La ventaja del riego a manta es su facilidad, limpieza, abundancia…La desventaja, que no lo era en otros tiempos, es que una parte del agua se filtra sin provecho, otra se evapora, y que la tierra, una vez seca, se cuartea y endurece. Sigo siendo partidaria del acolchado. O de los cultivos intermedios con flores, aunque las plantas de la huerta rindan menos. A Miguel poner menos de cincuenta o sesenta tomateras le parece una tontuna. Tiene los surcos como una patena. Si una correhuela osara asomar la nariz, ¡zas!, azadón que te crió. Produce tomates y pimientos para regalar a todo el mundo, y lo que sobra se lo echa a las cabras de Wasa, el nuevo cabrero, marroquí, que ha tomado el relevo en sus viejas instalaciones del “tinao”.

Miguel vendió las cabras en 2016. Hubo que hacerles fotos a todas, juntas y por separado, para que él pudiera elegir y después subirlas a milanuncios.com. Un conocido de aquí al lado terminó comprándolas, para gran alegría de Miguel, que así podría ir a visitarlas siempre que quisiera.
El día del traslado era un viernes. Yo fui primero, antes de que empezara el zafarrancho, para recoger a los dos perros del tinao: Boni y Curro. Luego el comprador preparó a las cabras.
– Y Miguel, a tí que te lleven en coche si quieres decirles adiós -le gritó.
Pero Miguel no quería dejarlas ir sin más, así, a la francesa: con su artritis a cuestas, sin casi poder levantar la mirada del suelo, de tan encorvado que caminaba entonces, hubo de acompañarlas hasta su nueva casa (a cinco kilómetros de aquí; para que el rebaño pudiera pasar al otro lado del monte, él mismo -apoyado en dos bastones- cortó durante unos minutos la carretera de Toledo). Una vez las dejó instaladas, y hechas las recomendaciones precisas al nuevo propietario, Miguel se volvió al pueblo para empezar a preparar la bolsa de viaje.
Ese mismo lunes ingresó en el hospital de Móstoles. Primero se operó una rodilla, después la otra, después la hernia…
Y ahí está ahora, jubilado y sin bastones, produciendo tomates para parar un tren.

Guadañas y tai-chi

guadaña
(Foto: J.M. Díaz Bernárdez. El paisano lleva la guadaña en la mano izquierda, un carabullo para guiar a las ovejas en la derecha, el paraguas colgado del cuello y, aunque no se vea en la foto, seguro que hay una piedra de afilar en algún bolsillo ).
No conozco a nadie en el pueblo que me pueda enseñar a afilar y cabruñar la guadaña como es debido. Perico, que es el más cabal de los labriegos de por aquí, dice que él ni siquiera sabe segar, que él nunca segó. Segaba su padre, cuya guadaña conserva amorosamente en el garaje, como un fetiche. A Perico lo contrataron de “factotum” en el Ayuntamiento, allá por los años 70, y aunque le tiraba mucho el campo, sólo pudo consagrarse realmente a la huerta y el viñedo cuando se jubiló (el verbo “consagrarse”, en este caso, es muy preciso). Anastasio sí segaba. Me cuenta que iban en cuadrillas de a siete, avanzando hacia delante y procurando seguir el ritmo que marcaba el más diestro. Pero Anastasio es desordenado y le cuesta trabajo explicarse.
Total, que he terminado en internet, estudiando a fondo los vídeos de youtube sobre el tema. Los hay en todos los idiomas. Hay incluso varios tratados en inglés, muy actualizados, y un par de empresas que venden accesorios on line (por ejemplo: piedras de afilar “doppelbock”, las más cotizadas, que, a juzgar por lo que cuestan, deben de estar hechas con algún mineral caído de la luna).  Los enlaces que copio aquí abajo son una selección de los que, sin tener ningún conocimiento previo,  me han parecido mejores:

Con subtítulos en francés (y neerlandés): Le battage de la faux/ het haren van ees zeis. ¡Muy útil!. La yunca de cabruñar es portátil; se clava en el suelo procurando que quede bien recta.https://www.youtube.com/watch?v=mQUj2yf_4t8&feature=player_detailpage

En inglés adjunto tres links. En Gran Bretaña sigue habiendo competiciones de siega con guadaña, y seguramente hasta se retransmiten por TV en horario de máxima audiencia. Los vídeos que más abundan en la web sobre la materia proceden, sin embargo, de granjas yankis de permacultura.

El primer vídeo, a cargo de un granjero “permacultor” del estado de Washington, es muy bueno y detallado; quizá un poco largo de más, pero si usted es capaz de seguir las explicaciones  -con la cámara enfocando a las manos del que habla, lo que es de gran ayuda- aprenderá a afilar y cabruñar (sharp /hone & peen; atención al modelo de yunca, anvil)). https://www.youtube.com/watch?v=vn70UfJcULI&feature=player_detailpage
Este segundo vídeo también me ha enseñado alguna cosa: el protagonista es otro segador-permacultor-barbado de los EEUU, muy bien dispuesto y parlanchín, pero que casi se carga a su propia perra (Sabrina) mientras intenta el pobre no autolesionarse; curiosamente, es el único segador en todos los vídeos que he visto (y he visto unos cuantos) ¡que lleva guantes!. https://www.youtube.com/watch?v=4BMI9C672xQ&feature=player_detailpage
El protagonista de este tercer vídeo es un anciano británico llamado Ernie, que perfectamente podría ser el padre de Perico. No se aprende mucho (y a él se le escucha mal), pero la imagen de Ernie con su guadaña de los años 40 vale la pena. Un detalle práctico en el que insite: que la lama de la guadaña se mueva siempre horizontal al suelo. https://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=vDq8fPX0JPw

Para concluir, copio directamente los dos vídeos que me han resultado más prácticos.
1. Para cabruñar la guadaña ya mismo, este vídeo en asturiano, protagonizado por Manolo:

2. Una vez lista la guadaña, queda aprender a segar, esto es, el “baile” del segador. Muchos -los permacultores, por ejemplo- tienen la extraña manía de ir descalzos (como la protagonista del siguiente link; no he podido verlo hasta el final porque me pone muy nerviosa; seguro que en los últimos minutos del vídeo se la llevan en ambulancia al centro de salud: https://www.youtube.com/watch?v=yzmrLFHRaTY&feature=player_detailpage). El enlace que he escogido -Los Alegres Segadores de Nueva Zelanda- propone utilizar un paso de tai-chi para segar sin perder el ritmo.
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Conclusión: En LRO ya he empezado a usar la guadaña, teniendo bien presentes los consejos de toda esta gente, a los que agradezco mucho su ayuda. Como Manolo, ajusteme les gafes, escupín, afilela y cabruñela. Pero la siega la hago como el de las antípodas, con la única diferencia de que yo voy calzada (¡si el  alegre segador neozelandés viera los matojos resecos y pinchudos de por aquí, creo que también él  preferiría ponerse las botas!). Por último: el día que se saca la guadaña los perros se quedan en casa.

Devota perdiz

OLYMPUS DIGITAL CAMERADecididamente, las perdices no son nada listas. Esta de la foto, madre devota donde las haya, se ha puesto a incubar justo debajo de una rama de moras ‘Royal Crown’, por donde paso todos los días -¡con los perros!- para abrir las llaves de riego de la alberca. ¿No tienen olfato?. ¿No tienen cabeza?. Todavía no sé qué rayo de luz o de buena fortuna la salvó de la hoz. Siempre andamos igual.  Encontramos el nido ayer por la mañana mientras desbrozábamos y limpiábamos esa terraza, la de las moras, y también la de esa charca que se forma con el agua que rezuma del viejo mortero de la alberca. Mohamed, que viene a ayudarme de vez en cuando, me insiste en que hay que impermeabilizar por dentro la alberca, idea recurrente todos los meses de agosto, cuando cuesta Dios y ayuda regar las huertas. Pero si lo hiciéramos nos quedaríamos sin charca. Así que no tiene sentido darle vueltas.

Mohamed menea la cabeza cada vez que surge el tema. En casa le llamábamos “Cacho Pan”, porque al principio, hace ya unos años, cuando aún no existía  la amistad que existe ahora, siempre se mostraba púdico y algo cuentista a la hora de cobrar. Mientras doblaba sin prisa los billetes que yo le tendía, Mohamed repetía rutinariamente la cantinela de siempre: que podíamos pagarle con lo que tuviéramos, cualquier cosa, que a él con un “cacho pan” le bastaba… Ahora nos reímos bastante juntos. No tiene ningún problema en tomarse “un botellín” conmigo a media mañana, y en hablarme largo y tendido de sus hijos,  sus amores, en particular del de tres años, que coge de la mata los tomates cherri , los chupa un poco y después los tira, “como un pajarito”, me dice su padre, imitando los gestos del niño.

OLYMPUS DIGITAL CAMERALe hice a la perdiz un doble semicírculo de zarzas y hierba fresca -idea peregrina, decían sin decirlo los ojos de Mohamed- para que no se sienta tan a la intemperie ahora que hemos desbrozado el herbazal que la rodeaba. Aunque sé que cuando están incubando  ni sufren ni padecen, y no hay nada bajo las estrellas que las haga moverse del nido -ni el zumbido de la desbrozadora, desde luego-, al atardecer subí a asegurarme  de que la perdiz seguía allí. Y hoy por la mañana bien temprano, otra vez.

Las patatas están sanísimas y en flor.  De los injertos, sólo un tercio parece haberse afianzado; los otros se secaron al poco de brotar, ahogados, suponemos, por el empuje de los brotes que empezaron a salir por debajo del corte. He levantado una de las dos camas de fresas y en su lugar he plantado puerros. Ya estamos comiendo rabanitos y lechugas. En un montón de paja y tierra, donde están sembrados los calabacines, una serpiente de 125 cms (los medí) nos ha dejado quedar su preciosa muda de encaje.

Cinco minutos

El tractor de Anastasio LRO se compró en noviembre de 2006. Durante la primavera siguiente nos dedicamos a discurrir (y ejecutar) un sistema de drenaje para las dos tablas/terrazas de arriba. El antiguo propietario, Anastasio, venía casi todos los días a ayudar, con el tractor o con los brazos, y a veces se traía a algún amigo.

23 de febrero de 2007:

“…Antonio “Totano” tiene de segundo mote “el alemán” porque -como me explica él mismo- “me a-atranco al hablar”.  Tartamudea, “se enga-tilla”, le dice Anastasio en las barbas, “no le entiende ni su madre”.  Uno ya ha cumplido los 65, el otro alguno más, y los dos parecen mayores.
La única vez que Totano se subió a un barco fue hace 50 años, para cruzar el estrecho con todos los reclutas de su quinta, rumbo a Ceuta. Tampoco Anastasio sabe gran cosa del mar. Hace poco su mujer se emperró en apuntarlo a una excursión que organizaban en la parroquia. Todos juntos hasta Santiago de Compostela, en autobús. Se acercaron a visitar La Coruña, e incluso Noia, pero de aquella visita él sólo recuerda lo grandes que eran las raciones en los bares. El mar le da lo mismo.
Como cada vez que le veo, Anastasio me habla dos, tres, cuatro veces de su padre y sus hermanos mayores. Como éstos ya “estaban grandes” y se iban por ahí a ganar un jornal, el padre lo llevaba a él, que sólo tenía seis años, a pasar la noche a LRO. Dormían juntos en una choza, “aquí, donde aparco el tractor”, abrigados del viento por un rodal de melojos que aún existe.  Por la mañana, cuando Anastasio se despertaba y buscaba a su padre junto a él, sobre las pajas, nunca lo encontraba. Cien veces me ha contado la escena. Se despertaba y se echaba a llorar, porque otra vez estaba solo. Porque su padre se había ido a buscar “un conejo para el desayuno”. Con pocos años más ya iba Anastasio con dos burros cargados de uvas por el sendero de LRO. Que entonces -como me recuerda con frecuencia- no era más que un senderito estrecho, cerrado. Cada burro cargaba noventa o cien kilos de uvas. Y él iba y venía, iba y venía, iba y venía, hasta que llevaba al pueblo los “15.000 kilos” que producían las dos fincas (LRO y la otra, que le compró un argentino; “ése que vende camisetas en el Rastro”; Anastasio, que es coqueto, le ara las viñas a cambio de unas modernas camisetas sin mangas). …Y cuando él tenía trece años, un día, vió a su padre llorando. Había querido levantar un capacho cargado hasta arriba de uvas y no había sido capaz. Lloraba  el hombre, sentado en una piedra. “En esa piedra de ahí” (Anastasio tiene el prurito de la exactitud; le gusta calcular la producción de uvas en decenas y unidades, no en miles ni cientos).  Y entonces Anastasio cogió el capacho al vuelo y lo subió hasta la terraza de arriba. “Mi padre lloraba porque se hacía viejo”, me explica. “Era un sentimental”.  Y otra vez se le llenan los ojos de lágrimas a él, al hijo, cincuenta  y tantos años después, sin darse cuenta de que ya me ha contado la misma historia muchas veces.  Como la otra, casi tan repetida, de cuando  acusaron falsamente a su padre de haber robado unas patatas, porque -decía el guardia civil instructor del caso- había dejado “una huella que coincidía con la de su alpargata”, y le había dado una bofetada en público, y lo que lloraron después todos en casa, “¡Porque era mentira!”, grita Anastasio, rabioso, dándose con el puño en la pierna. Ya mayor, buscó hasta debajo de las piedras al maldito guardia civil, y finalmente dió con él. Lo habían destinado a un pueblo cerca de San Lorenzo. “¡Vengo a matarte!, le dije”. Pero lo que  encontró  aquel día fue a un viejo tembloroso, sentado al fondo de una tasca, sin uniforme.  No veía bien, se estaba quedando ciego. Y él, que iba a decidido a vengar a su padre, acabó tomándose un vino en silencio.
Su padre murió hace treinta años. “Daba este brazo -dice Anastasio, estirándolo bien delante de él, delante de mí-  por volver a verlo cinco minutos “. Otras veces da “esta pierna”. Otras veces, lo que fuera. “Con cinco minutos me conformaba…”, musita mirando al suelo, sin acabar de creerse que no haya forma de arreglarlo.

Hoy hemos conseguido arrancar, por fin, el viejo tubo del desagüe (atascado),  aunque todavía han quedado algunos trozos de PVC enterrados. “To-totano” vino a ayudar. Casi no puede con el alma, pero ahí sigue, dándole a la azada dentro de la zanja. Le he pagado cincuenta euros, lo que Anastasio dijo. Terminamos la zanja de la terraza grande y llevamos algunos capachos con grava a la de arriba.  Ellos se fueron a las seis. Yo me quedé un rato más, cortando las zarzas del arroyo.
Lloviznó toda la tarde.”

El tractor de Anastasio                                 (Anastasio y uno de mis sobrinos,  marzo de 2009)

El séptimo samurai (y 2)

Verano 2012

“The farmers won. We lost…”. El remake americano de Los siete samurais, dirigido por John Sturges,  introduce variaciones curiosas en el guión. Todas ellas se justifican si se parte de esta premisa: que el público occidental no podría entender

(1) ni  el abismo social entre samurais y campesinos (Japón, S.XVI),
(2) ni la furibunda arremetida de Kikuchiyo contra sus paisanos (por mucho que en el propio ataque se incluyera la explicación: ¿pero cómo queréis que seamos los campesinos si vosotros, los  soldados/samurais/pistoleros, no paráis de dar por saco…?).

Para solucionar lo primero (1), J. Sturges añade a la división social  -mucho más permeable en la sociedad americana- la diferencia racial: los pistoleros son yanquis, los campesinos mejicanos.  Esta división, pensaría Sturges (y alguna razón tendría, todavía en 1960), es más profunda que la otra; así el público,  que captará claramente la desigualdad, valorará mejor el altruismo de los Magnificent Seven, quienes, a pesar de no tener nada en común con esos campesinos, están dispuestos a defenderlos por apenas veinte dólares… Voilà el tema de la película. Los campesinos y el campo  quedarán en segundo plano (incluso en el trailer). ¿Un manifiesto imperialista, y/o racista, que viene a decir que los mejicanos no saben cuidar de sí mismos?.  Yo no creo que ésas fueran las intenciones conscientes del director.  Se cuida muy mucho de dejar claro que los pistoleros no tienen prejuicios, ni raciales ni de clase; de ahí la escena inicial, con Yul Brynner y Steve Mc Quenn llevando al cementerio a un difunto mejicano, que los “blancos” del pueblo no quieren que sea enterrado allí. Y todo a lo largo de la película se subrayan –de forma, en mi opinión, empalagosa- los vínculos afectivos de los pistoleros con la aldea campesina, y la añoranza que sienten de tener un hogar, y hasta el Abuelo, al concluir todo, les ofrece quedarse a vivir con ellos, es decir, mezclarse.  Estos son, al menos, los principios ideológicos, explícitos e intachables.  Pero claro, otra cosa es que la historia concluya de forma coherente con esos principios. Y es el final lo que cuenta.

(2) El alegato anti-campesinos del séptimo samurai tampoco sería bien entendido en el mundo occidental de los años sesenta.  Sin embargo, el séptimo “magnífico”, el tal Chico – pistolero mejicano, que se comporta como yanqui, réplica del personaje japonés, interpretado por un actor alemán, que baila como un cherokee…- repite poco más o menos las mismas palabras de Kikuchiyo. ¿Las mismas?. No…Ni en el mismo contexto ni el mismo tono. Una versión muy abreviada, que pronuncia deprisa, casi sin venir a cuento,  y parece que lo hiciera por puro mimetismo con el original japonés, como la escena en que se le ve pescando con las manos (¡qué hábil es para esas cosas, verdad, pues “lo lleva en la sangre”!, y, sin embargo, qué torpe cuando Yul Brynner le hace el “test” de velocidad con la pistola…). En el personaje de Chico se reúnen parte de las características de Kikuchiyo – es hijo de labriegos y  tiene su mismo desparpajo- y  parte de las del joven samurai  Katsushiro- es casi un adolescente, y como tal protagonizará la inevitable historia de amor con una de las mozas del pueblo. Pero la “cara Kikuchiyo” de Chico no es problemática, no tiene las contradicciones del original, que no sabe ni quién es y vive  con una pierna en cada uno  de esos dos mundos, cuyos defectos (¡de ambos!) conoce tan bien.

El verdadero alegato de la película corresponde a otro pistolero, el interpretado por Charles Bronson: Bernard O´Reilly . Ya en la segunda parte de la película nos enteramos de que no es Bernard, sino Bernardo, de que es un híbrido de mejicano e irlandés. Pero, atención, su alegato no es contra los campesinos, sino en su defensa, y no lo mueve esa mezcla de amor-odio con la que todos nos relacionamos con nuestros orígenes (no sólo Kikuchiyo), sino una visión más elevada y políticamente correcta de las cosas…

Antes de reproducir las palabras de O´Reilly  hay que explicar cuál es la situación cuando las pronuncia. Los campesinos están divididos. En su primer encuentro armado con los bandidos han tenido algunas bajas; unos desean pactar con su jefe, Calvera, y otros prefieren seguir luchando. En la película japonesa también había dudas entre los campesinos, naturalmente, pero sólo se expresaban  en forma de comentarios  por lo bajinis, mezquinos y vergonzantes, sin pasar de ahí… Esta es otra de las diferencias. Porque en la versión americana los campesinos tienen que cometer un error:  pecar de algo, y de algo muy gordo, para que los pistoleros puedan ser ensalzados como corresponde. Y al director no le parece correcto -ni suficiente como motor de la trama-  sugerir  simplemente que los campesinos son cobardes,  como sí se hacía en la película japonesa, sin tapujos, y  no sólo por boca de Kikuchiyo, sino en el propio desarrollo de la aventura, pues  el  campesino valiente es la excepción y no la norma ( un valiente que, por otra parte, estaba desquiciado desde el rapto de su mujer).  No. En la película americana no se afirma de ningún modo que los campesinos sean cobardes. El “pecado”  que motivará la definitiva intervención de los Siete será una traición, responsabilidad personal y exclusiva de los dos o tres que la llevan a cabo .  Los campesinos partidarios de parar la lucha dejan entrar a Calvera en la aldea. Calvera desarma por sorpresa a los Siete y los pone de patitas en el monte, sin atreverse a liquidarlos (por miedo al Gran Hermano del Norte, que bajaría a pedirle cuentas).  Calvera no puede ni concebir que los Siete pistoleros regresen a la aldea. Pero vaya si lo hacen. Y Calvera, al morir, repite, atónito: ¿pero por qué lo han hecho…?, ¿por qué?. Porque son buenos y altruistas, Calvera,  y además  no se dejan chulear por nadie. Puros yanquis.

Volvemos a Bernardo. Tres niños mejicanos que cuidan de él le dicen que están avergonzados de la cobardía de sus padres. Y entonces Bernardo los agarra y les da una buena azotaina. Y acto seguido les larga (nos larga) este discurso, inexistente en la versión japonesa (como el propio híbrido B. O´R.): “ ¿Pensáis que soy valiente porque llevo un revólver?. ¡Pues vuestros padres son mucho más valientes, porque tienen la responsabilidad de todos vosotros, de vuestros hermanos, de vuestras madres, y esa responsabilidad es como una roca que pesa toneladas (…)!. Cuidar una granja, trabajar como un mulo cada día, sin ninguna garantía de ver premiado su esfuerzo. ¡A mí me ha faltado valentía para un trabajo semejante!”

El desenlace. A los campesinos se les va a perdonar su traición. Ya Bernardo nos ha dicho que debemos hacerlo. Y por eso los que han dejado entrar a Calvera, en el ardor del combate (eso sí, ¡sólo cuando ven que la cosa va bien…!) agarran sillas y machetes y se van también ellos a zurrar a los bandidos.  Lejos del realismo (tan, tan humano) de Kurosawa, aquí todos son valientes.  Todos somos buenos. Pero…a pesar de las proclamas de que, además,  todos somos iguales, y de que el pistolero “podría” hacerse campesino, y el campesino pistolero…Nada de eso.  Al final del combate sólo siguen vivos tres de los siete magníficos, Yul y Mc Queen, como es de rigor, y  Chico, el séptimo pistolero…

En la versión original Kurosawa ha hecho sobrevivir a Kanbei, a Schichiroji … y al  joven aristócrata  Katsushiro. Pero no a Kikuchiyo, el séptimo samurai.

…Los dos mayores se despiden y se marchan, tan chulos como llegaron. Sólo Chico, 100% mejicano y 100% campesino, en el último momento da media vuelta. Tiene un affaire con una chica de la aldea, como el jovencito samurai de Kurosawa. (Pero mientras en la película japonesa Katsushiro sí se ha acostado con la chica –la víspera de la batalla, lo que es importantísimo, y no por un simple deseo de satisfacer al samurai, para que se  “desahogue “antes del combate…no, es un asunto mucho más serio y primitivo, que tiene que ver con el miedo a la muerte, y con el deseo de conjurarla cuando ya sentimos su aliento en la cara-, en la versión americana, decía, no pasan de hacer manitas.  Señal de que la relación es “formal”). Hay más. En la versión japonesa la chica,  una vez superado el peligro, pasa rápidamente junto a su amante y se mete en el agua feliz y contenta, cantando, para participar del ritual de la plantación del arroz. En la peli americana hay un cruce de miradas lánguidas… En la japonesa todo es más natural. El cándido Katsushiro se detiene, perplejo, y Kurosawa nos sugiere que está pensando seguir tras la joven. ¿Como Chico?. ¡Todo lo contrario!. Aquí se va a imponer la libertad por encima de las convenciones sociales, porque Katsushiro no es sólo un genuino samurai:  es que, además, es un aristócrata. Y si el aristócrata-samurai terminará como un campesino (la escena final así lo indica, véase vídeo más abajo, con Kanbei y Schichiroji solos), el campesino Kikuchiyo terminará como un samurai. ¿Entendieron algo de todo esto John Sturges/el productor/guionistas de Hollywood?. En la versión americana el campesino Chico/Kikuchiyo regresa a la aldea.  Hace lo que se espera de él. Se quita resueltamente el cinturón con la pistola y se arremanga: ha vuelto con los suyos.

Los yanquis se vuelven a sus business. Los campesinos mejicanos a los suyos. Y el bicho raro Bernardo O´Reilly, como no podía ser de otro modo,  descansa bajo su lápida.

En la moderna y entretenidísima versión americana han triunfado el buenismo, la condescendencia , y el orden social. La grandeza de la versión original, en mi opinión, es precisamente la muerte de Kikuchiyo. Hacerlo sobrevivir y regresar a la aldea sería muy bonito…Y una simpleza.  Kurosawa, al dejarlo morir  luchando, está haciendo realidad lo que J. Sturges proclama pero no cumple. Que un campesino, como cualquier otro hombre,  sí puede elegir su destino.  Cabeza de labriego y corazón de samurai, Kikuchiyo muere como él ha deseado. Es en su muerte  donde  por fin se revela como lo que de verdad es: un valiente samurai, el más valiente de los siete.

NOTA
En la película americana el campo está casi totalmente ausente.  Apenas un almiar por aquí, un bieldo por allá.  Sólo es un decorado. En la escena final la chica parece disponerse a desgranar una mazorca, pero con tan poca disposición que nos hace dudar.  Por el contrario, en la versión original  TODO gira en torno al calendario agrícola. Adjunto el link con la maravillosa escena de la plantación de arroz:
http://www.youtube.com/watch?v=v2fRCkNy8Os

El séptimo samurai (1)

Verano 2012

¡Los campesinos son gente cobarde! ¡Siempre están preocupados por algo, cuando no es la lluvia es la sequía!. Se acuestan con miedo y se levantan con miedo. Los pobres tienen miedo hasta de su sombra. ¡Se hacen los santos pero no lo son!. Tacaños, astutos, quejicas, malvados, estúpidos y asesinos…¿Y quién ha hecho que sean unas bestias?. ¡Vosotros, los samurais!. Quemáis sus aldeas, destruís sus casas, les robáis la comida, les obligáis a trabajar, seducís a sus mujeres  ¡y les matáis si se resisten!  ¿Qué queréis que hagan..?”

Así, con estas palabras, es como descubrimos que Kikuchiyo, el séptimo samurai,  era hijo de labriegos. Hasta entonces sólo veíamos en él lo mismo que veían sus seis compañeros: un joven de carácter alocado e indócil, impropio de un auténtico samurai. Un poco después lo vemos con la hoz en la mano, ayudando a segar la cebada. Dice que detesta a los campesinos pero es el que mejor se lleva con ellos. Nunca se calla. Es infantil, impulsivo. Para probar que es un auténtico samurai enseña un “diploma” que ha comprado por ahí, perteneciente a un tal “Kikuchiyo”. Ni siquiera sabe cuál es su verdadero nombre…

Flash-back. Un grupo de campesinos se ha acercado a la ciudad en busca samurais que acepten defender la aldea contra los bandidos que periódicamente les roban la cosecha. Ya se han llevado la del arroz. Ahora la cebada está creciendo… y ya falta poco para que madure. Cuando esté segada y trillada los bandidos volverán. Los campesinos buscan samuráis pobres, pues no tienen nada con que pagarles.  La oferta es que les defiendan a cambio de su manutención. Tres comidas diarias, nada más.  Los samurais comerán arroz; los campesinos, mientras tanto, sólo comerán  mijo. Al primer samurai, Kanbei, lo descubren en plena acción, cuando arriesga su vida por salvar la de un niño que ha sido secuestrado… Los campesinos, testigos de su forma de proceder, le ofrecen el trabajo. Y como corren malos tiempos para los samuráis de fortuna -guerreros que vagan por el pais buscando un señor al que servir- a Kanbei  no le cuesta demasiado reunir un pequeño grupo. En principio son seis. Un séptimo, Kikuchiyo, no ha pasado la prueba  (se emborracha, no sabe tener cerrada la boca …), así que se limita a seguirles, esperando que en algún momento acepten su compañía. Cuando llegan al pueblo nadie sale a recibirles. Pero Kikuchiyo, que demuestra conocer bien la mentalidad de los campesinos, toca a rebato con el “gong” de la plaza pública… “Ya tenemos al séptimo”, dice Kanbei.  Y entonces empieza la segunda parte de la película. La relación entre campesinos y samuráis, que va pasando de la desconfianza más profunda a una  cierta solidaridad (los samurais comparten su comida, los campesinos se ríen…). La preparación de las defensas del pueblo. El entrenamiento de los campesinos. El descubrimiento de las mujeres, que han sido apartadas y escondidas antes de la llegada de los samurais. La cosecha y la trilla. La historia de amor entre el más joven de los samurais y una de las chicas.  El ataque de los bandidos. La batalla bajo la lluvia. La muerte de cuatro samurais y varios campesinos. La liberación de la aldea. Y por fin el recomienzo: las mujeres plantan el arroz mientras los hombres cantan y bailan junto a ellas, todos metidos en el agua, siguiendo el ritmo de los tambores y flautas…

¿Quiénes son los siete samurais?. Aparte de Kanbei y de Kikuchiyo:
el segundo samurai,  el leal y afable Schichiroji, viejo amigo de Kanbei;
el samurai  más joven, Katsushiro, número tres, muy guapo, elegante, y de buena familia (como se deja adivinar por su ropa, por la limosna que entrega a escondidas a los campesinos…);
el cuarto, el samurai de nervios de acero, enjuto y parco de palabras, de técnica pefecta con su espada;
el quinto,  fortachón y risueño, al que encuentran cortando leña;
y el sexto, guerrero muy apañado,  pero más desdibujado en el guión  que sus compañeros (*al menos en la versión que yo tengo en casa, no sé si completa)

Kanbei y Scichiroji han sobrevivido al combate, lo que era previsible desde el comienzo. “Los campesinos han ganado. Nosotros hemos perdido”, son las palabras que pronuncia Kanbei antes de abandonar definitivamente la aldea, mientras pasan junto a las tumbas de sus cuatro compañeros muertos y escuchan la música que llega desde la plantación.  El tercer samurai que se salva es….  (Continúa mañana; me voy a regar).

Sólo una piedra

Febrero 2012

El rincón de las fresas.

Oí que el guarda del coto la llamaba Valentina la Buena. No sé si todo el mundo la llamaba así, desde siempre, o si fue una expresión casual que ni siquiera el guarda recuerda ya. Apenas tuvimos tiempo de conocerla. Supimos que había muerto al poco de estar con ella en LRO. Ese día quedamos en organizar una comida para los hermanos e hijos de su familia, la familia que nos había vendido la finca; lo haríamos después de la vendimia, por el Pilar. Pero Valentina la Buena no llegó a octubre. Murió ese verano en el Hospital de Alcorcón, donde había ingresado muy grave unos pocos días antes.

Los anteriores propietarios eran seis hermanos. Cuando les compramos la finca quedaban cuatro: las tres mujeres y el más joven de los tres varones, Anastasio, que era quien se encargaba de seguir cuidándolo todo. Valentina andaba cerca de los ochenta pero no los aparentaba. Era delgada, enjuta, muy vivaracha. Ella no vino a la notaría el día de la compraventa porque la acababan de operar.

Un tiempo después fuimos a buscarla, a ella y a su marido, a la residencia de ancianos a la que se habían ido a vivir. Valentina llevaba un sombrero de paja  de ala plana, con un lazo rosa alrededor. Pasamos la mañana con ellos en la finca. Como su hermano, al que le encanta sentarse a contarnos historias, también ella nos contó ese día muchas cosas. Del tiempo en que no había cajas de plástico, ni mangueras, cuando los cestos de uvas se cubrían cuidadosamente con hojas de la propia viña y los cestos de higos con hojas de la propia higuera. Del tiempo en que el campo estaba lleno de gente los doce meses del año, y había tanto trabajo que nunca se podía parar. La guardia civil se dejaba caer por allí algunos domingos, para obligarles a ir a misa. Al hermano de Valentina, cuando era un niño, un guardia le requisó las hogazas de pan que llevaba  al pueblo, y todavía hoy lo recuerda con rabia (y se le olvida que ya nos lo contó muchas veces). Sus padres sembraban cereal donde ahora hay viñas. Lo llevaban a moler y después hacían pan, ellos mismos. La huerta se regaba por surcos. Había tres albercas, y mucha más agua que hoy. “En invierno y en primavera se la oía bajar por el camino, no se podía ni pasar…”.

De todas las historias que escuché aquella mañana una me conmovió especialmente. Valentina había descubierto una piedra, una roca grande de granito, junto a la huerta de las fresas. Se agachó un poco y nos señaló una  hondonada en la parte de arriba de la piedra: ese hueco lo hizo mi padre con un hierro, dijo, para llenarlo de brasas y colocar encima la olla; ahí comíamos en invierno. Un conejo, unas patatas.

Pensé entonces  en esa otra Rama de Oro, la que no tenía nombre, y en las familias que durante décadas trabajaron esta tierra con sus manos, plantaron árboles, sembraron.  Pensé también en lo fácil que es olvidarse de todo, y en lo poco que significan las cosas cuando no sabes nada. Habíamos plantado las fresas en ese rincón porque está mirando al sur y al abrigo de las rocas. Es seguramente uno de los lugares más protegidos de LRO. Pero si es un buen sitio para las fresas, mejor lo será para la gente, en especial en invierno, cuando la mitad de la finca está helada. Vi claramente la escena. Un señor de mediana edad, duro como una encina, prepara el fuego sobre la piedra. Y sus seis hijos le miran con respeto, y esperan allí acuclillados.

Todo eso está grabado en la piedra de granito. Valentina la Buena nos lo hizo ver. Valentina la Buena, que trabajó de sirvienta en varias casas de Madrid desde que era una niña, y que murió en el hospital de Alcorcón mucho antes de lo debido, faltando a su palabra de volver por el Pilar.