La casca de los almendrucos

Severo y Miguel Manduca el otoño anterior a la pandemia. El sistema del bloque de hormigón permite quitar después la corteza con más facilidad. Hay un paisano que compra los sacos en el polígono, a diferente precio según sean almendras dulces o amargas, que estas últimas también valen, pero no para comer (cosmética, aceites, no sé si piensos…). Este 2021 el precio del kilo de almendra dulce ha bajado: 70 céntimos, en vez del euro más o menos convenido desde hace unos años. Cosas que no se entienden, sin embargo: el precio de la bolsita de almendra ha subido en el súper.

Níscalos por fin

La crisis de 2009 paralizó las obras de la enésima promoción inmobiliaria del pueblo. Dos enormes pinos se salvaron de los buldóceres y, con ellos, los micelios de níscalos que fructifican puntualmente a sus pies cada año. Los perros corren por ahí. Yo voy moviendo un poco las acículas con un palo fino. Y aquí están por fin, burbujeando a unos dos o tres metros del tronco. A las máquinas les dio tiempo a empezar los movimientos de tierra. Cantuesos y jaras han recolonizado las orillas de las zonas ya excavadas, y en el fondo, que se encharca todos los inviernos, hay ranas haciendo su puesta en abril, y después todo son renacuajos, y después niños, que vienen de Madrid a pasar el fin de semana y chillan de alegría cuando ven el bullir en el agua, y tratan de pescarlos y llevárselos a casa, a esos renacuajos a medio hacer, en recipientes improvisados que después sus madres les ordenan devolver a la charca…
Ahora es octubre. Así que níscalos, que vienen a ser, en el equinoccio de otoño, como el croar de las ranas o los gritos de los niños madrileños en el de primavera. Los corto con cuidado y los guardo en la chaqueta dada la vuelta, procurando que no se me rompan mucho. Nada es como antes, ya lo sé (¿cuándo era Antes, en realidad?), pero hoy comeremos níscalos, con ajo y perejil y una copa de garnacha.

Esplendor en la hiedra

En septiembre y octubre huele a miel en el jardín. ¡No hay que podar las hiedras! No, al menos, hasta marzo. Ahora florecen y cuajan. Y también ahora, cuando tan pocas flores se ven ya por el campo, las abejas terminan de reunir sus reservas para el invierno. Después maduran las bayas; racimos densos, de color negro mate, que alimentan a las tórtolas turcas que empiezan a verse por aquí, rondando los comederos de los perros y los gatos (jugándose la vida, de hecho: más les valía meterse entre la hiedra y no salir). En el vídeo también se ven avispas. Se las distingue bien por la librea amarilla/negra, muy marcada, y porque no tienen ni pelambrera (las abejas sí; unas más y otras menos) ni corbículas de polen en las patas traseras.

Esta es una abeja de la miel, una abeja «común», Apis mellifera, que murió en acto de servicio al pie de la hiedra que cubre el tejadillo de la entrada de la bodega. Hay otras que se le parecen. Las del género Colletes , las del género Andrena... se distinguen principalmente (i.e., ante la duda, hay que mirar ahí) por la venación de las alas y por el tamaño y forma de la lengua. Apis, Colletes, Andrena y alguna más tienen en común las tres celdillas submarginales (sm, en la foto de abajo). Mi abeja es Apis mellifera porque la celdilla marginal (m) llega casi al extremo del ala. Además, porque tiene la lengua larga y fina de las abejas del género. Además, por esas patas planas características que le cuelgan en vuelo, literalmente «cargadas hasta las trancas»… (Link: M.Chinery, guía de insectos + http://www.abejassilvestres.es/resources.html – o directamente: //www.abejassilvestres.es/media/Chuleta_id_abejas.pdf)

Manual de heridas (3)

 «El mes de agosto había batido todos los récords de temperaturas. Los árboles que había podado tarde –ya iniciada la brotación- solo estaban compartimentando a medias. Las heridas, abiertas. Expuestas a agrietarse. ¿De qué valía todo lo demás, me preguntaba una y otra vez, si los árboles se morían? Que yo comprendiera cómo funcionaba la fisiología del árbol, que yo hubiera leído a Alex Shigo y conociera los mecanismos de defensa del método CODIT… nada de todo eso, ni mi comprensión ni mis conocimientos, habían podido ayudar a aquellos frutales enfermos. Decidí empezar un registro de todos los cortes, un completo Manual de Heridas, con fotos y comentarios, del que pensaba poder sacar importantes conclusiones de un año para otro.
(…)… me había obsesionado con aquellos árboles podados mal y a destiempo por orden de un cliente al que no había sabido decir no. Quería saber más sobre su resistencia, pero este dato no estaba en los libros porque las variables eran infinitas: ¿hasta dónde puedo cortar las ramas sin que hacerlo tenga consecuencias irreversibles? ¿Cuánto más puedo machacarlos, cuántas primaveras seguidas, antes de que ya sea tarde? Me asomaba a la ventana un momento: ¿cuántos cubos de detergente -qué cifra exacta- puede echar en el alcorque ese señor de ahí, el que acaba de limpiar el suelo de su carnicería, antes de que el árbol diga basta? Y ni siquiera lo va a decir. No avisará. No le dirá a nadie: mañana, cuando este descerebrado vuelva a vaciar su cubo, o esa jardinera ignorante termine de podarme, me rendiré por fin. Una vez inclinada la balanza -¡pero si solo era un cubo, solo un rasguño!, ¡solo una bolsa de plástico tirada al mar!-, el árbol se limitará a morirse, en silencio, sin más, como los animales del bosque cuando les talan a matarrasa la carballeira, o les desecan la charca donde año tras año, primavera tras primavera, iban a poner sus huevos las ranas y los sapos.

(…)  (Unos años después)
…Cuando regresé a La Coruña fui enseguida a revisar los árboles del Manual de Heridas. Muchos habían muerto (entre la mitad y un tercio, para ser exactos, la misma proporción que los que dejé plantados), y de ninguno de los supervivientes se puede decir que esté “espléndido”. Solo que están vivos y que hacen lo que pueden por seguir estándolo. El Manual, si he de decir la verdad, de poco me sirvió. Una vez abierta la herida, lo único que puede hacerse es cuidar del estado general del árbol para que se vaya acostumbrando a vivir con ella; ni siquiera es bueno andar limpiándola: las gomas que supura el corte, las costras de resina… nada debe retirarse. Por cada árbol que muere planto cinco. Nunca se sabe. Y a veces pienso que si vinieran dos buenos inviernos, dos seguidos, como los de antes (¿cuándo era Antes, M. Andrade?) quizá esos árboles volverían a brotar con fuerza…»

Perfiles de cebra, fragmentos: p. 167,169,.249

Copa de carballo. Plantado en Arillo, La Coruña, hace quince años.

Rinocerontes XXS

Dos machos: el grande es Oryctes nasicornis y el pequeño, de color castaño, Phyllognathus excavatus . Son de la misma familia (escarabeidos), y los dos tienen cuerno (grande o pequeño) en forma de media luna (cuarto creciente). Los dos aparecieron muertos estos días, uno en el campo y otro dentro de la furgoneta. He leído que los adultos de escarabajo-rinoceronte apenas se alimentan. Viven unos pocos meses, lo justo para procrear. Revolotean como drones al atardecer, cerca de los puntos de luz, quizá también -pienso ahora- cerca de los faros de los coches (?). Las larvas son otro cantar: gordas como langostinos pelados, el doble o el triple de grandes que las del escarabajo sanjuanero, viven durante años entre los restos de hojas secas, serrín y leña fina; por ejemplo, la que «sobró» después de cortar las ramas que rompió la nevada en enero. Muchos montones quedaron por ahí apilados. En parte porque los forestales ya no expedían más permisos de quema; en parte porque está bien que sea así… Las larvas de los escarabajos rinoceronte se alimentan de esa madera en descomposición. Aceleran el proceso. Ayudan. No son los únicos escarabajos que lo hacen, pero sí los más espectaculares (ciervos volantes no he visto aún, no aquí).
A estos dos los he guardado en una vieja caja de lata, Veritables Bergamotes de Nancy, que es perfecta para que se conserven bien (no le he puesto etiqueta; si me olvido de que los rinocerontes están ahí -y lo olvidaré, seguro-, daré un respingo cuando vuelva a abrirla, pero entonces recordaré muchas cosas: LRO, nieve, leña, montones de ramas, el final del verano, escarabajos volando al ponerse el sol)
Mañana iré a buscar entre la hojarasca, por si apareciera también alguna hembra.

Llueve, vermú, salsa de tomate

Cuarenta litros de lluvia tras el cristal de la ventana
Vermú Dabuti, de El Molar, en la Sierra Norte de Madrid.
Tres tipos de tomates cultivados en LRO este verano: los de Manduca, los de Cheché (plantones de Mariquiña, Sarria) y los «rosa» comprados en el Rincón Verde, en La Coruña. Todos empiezan a pasarse de maduración, que es como hacen mejor salsa. Tarros y tarros para el invierno. Con cebolla, un poco de ajo. Hay quien añade un trozo de pimiento rojo. Sal y azúcar.

El arte de atar los tomates

De las muchas formas que hay de hacerlo, esta es la que yo prefiero, incluso para tomateras etiquetadas como «de mata baja». Es menos exigente de lo que parece, pues el tinglado de marcos de hierro que se ve en la foto lo hemos hecho anteriormente con palos clavados en tierra y cañas cerrando el marco por arriba. En este sistema los palos, bambúes etc del sistema tradicional (especie de tipi) se reemplazan por cordeles. Descripción:

1. Entre los marcos, por arriba de todo, se van pasando alambres, cuatro o cinco, como líneas del tendido eléctrico. Se pueden hacer orificios con un taladro en el propio marco. O se atan los cables al marco, sin más, pero con sujeciones bien fuertes (¡que no se muevan cuando tengan que soportar el peso de varios kilos de tomates!)
2. Al pie de cada tomatera se clava una estaquilla, piquete… o cualquier cosa similar que sirva para atar un cordel, como los vientos de una tienda de campaña, que suba hasta el alambre del tendido que esté más cerca. Se pueden poner tantos cordeles como hagan falta, según lo vigorosa que sea la tomatera, es decir, según el número de tallos con racimos que podamos dejar con ciertas garantías de que acaben madurando… (dejarlos por dejarlos, para «ver qué pasa», es una tontuna que hacíamos mucho al principio; ya no).
3. Después iremos atando o enredando a él ( a ese cordel/»viento» que sube) cada tallo elegido. Digo «enredando» porque los tallos de la tomatera son flexibles. Se puede pasar el cordel por debajo de los racimos más cargados.
(Otra opción, alternativa a 2.: los cordeles pueden atarse directamente desde debajo de una hoja de la propia planta, sin piquetes ni nada ; si el cordel no es excesivamente fino, y el tallo no está sobrecargado de tomates – cosa que hay que evitar siempre, despuntando brotes sin piedad-, no hay riesgo de que al atarlos corten/estrangulen la tomatera).

El tinglado vale al año siguiente, o ese mismo otoño (pues aquí los otoños son largos y suaves), para unas judías trepadoras. O para echar por encima un sombrajo y cultivar debajo unas lechugas, unas acelgas, poco amigas del sol directo.

Respecto a los cherris, me reafirmo: hay que despuntarlos mucho pero, en mi opinión, no vale la pena el lío de los tutores, palos, ataduras…. Demasiado trabajo. Que se espatarren por donde quieran con un buen, buen colchón de paja debajo, o, en su defecto, unas cajas de madera a modo de cojín para levantar un poco los tallos más largos. Función de la paja/cajas: poder regar por debajo, sin mojar excesivamente la planta.

Ribeira Sacra, norte/sur

(Miradores- Vinos de la D.O. – Hugo Van der Goes – Madroños)

El río, el Sil, cruza la Ribeira Sacra en sentido este/oeste: entra desde Valdeorras y vierte en el Miño (Los Peares). Sus orillas, entonces, solo pueden mirar al sur o al norte. Desde los miradores de Lugo vemos Orense. Desde los miradores de Orense vemos Lugo. La foto de arriba está hecha en Cividade (Lugo), no muy lejos ya de los Peares. En ese tramo final el cañón es tan escarpado que, si se vence el vértigo y se mira hacia las laderas, solo se ven matogueiras y rocas peladas. Arriba, manchas de carballos. Al fondo a la derecha (pero no sale en la foto) el embalse de Santo Estevo, propiedad de Iberdrola.

Moviéndose unos kilómetros hacia el este, sin embargo, el río se abre un poco, como una cuerda que perdiera tensión. El sol entra cómodamente hasta el agua, las laderas se suavizan (es un decir), y el paisaje empieza a diversificarse. En las laderas umbrías del lado orensano: bosques de castaños (robles, abedules etc, pero el castaño se impone, al menos en este tramo, porque su sistema radical lo acapara todo). En las laderas soleadas del lado lucense: terrazas vertiginosas de cepas en espaldera (mencías, godellos…). En medio de los castaños dormita lo que queda del monasterio de Santa Cristina de Ribas de Sil. De este lado, que es el lado de la solana, allí donde no hay viñas hay un bosque ralo que -prescindiendo de las encinas y añadiendo el brezal, indicativo de acidez- parece calcado del de LRO y huele y suena igual (jaras, retamas, pinos, y el suelo crujiente como un milhojas).

24/ 8/ 2021. Dos paradas en Monforte, capital de la Ribeira Sacra: en la sede de la Denominación de Origen y en el Colegio de los Escolapios, para ver La Adoración de los Magos (Hugo Van der Goes, hacia 1475).
Un rapaz muy joven -flaco, nervioso, listísimo- nos hace la presentación de los vinos de la D.O.. Es una alegría escucharle hablar, porque en él -que no pasará de los veintitantos- se reúnen los conocimientos del enólogo y la pasión heredada de su familia, de sus abuelos, a los que nombra una y otra vez. ¡Y qué bálsamo, también, esta copa de» mencía con algo de garnacha y caíño», para combatir las desolaciones que leemos hoy en la prensa! Compramos vino. Guímaro, Proencia… Lo que da de sí el presupuesto.

En la iglesia del Colegio de los Escolapios (1) nos fijamos en algunos detalles del cuadro de Van der Goes, que en realidad ya conocemos: los iris detrás de San José; las aguileñas o herba dos pitos (Aquilegia vulgaris) en la esquina derecha. Pero cuesta trabajo distinguir las flores, tal es la cantidad de mugre que las tapa, en un altar lateral de la iglesia, permanentemente en obras (la guía, que es joven y entusiasta, como el enólogo de la D.O., y siente personalmente cada defecto de su Colegio, le sigue echando la culpa al terremoto de Lisboa; ¡1755!). El original está en Berlín, que es donde lo vimos por primera vez. Esta es una copia, una copia estupenda pero sucia, mal iluminada, tratada -se diría- como cosa sin valor. En 1910, el Duque de Alba (heredero del Condado de Lemos y, por tanto, Patrón del Colegio) y el Rector de los Escolapios acordaron vender el cuadro original a «los alemanes». La Corporación Municipal apoyó el proyecto: el de los escolapios era el único centro de enseñanza media (además de primaria) en todo el Valle de Lemos. Había que arreglar el tejado, siempre a punto de desplomarse, y reformar de abajo arriba las instalaciones. Algunos políticos y escritores pusieron el grito en el cielo. Un ministro de educación paralizó la venta. El siguiente la reactivó, tras la intervención del Consejo de Estado. ¿Qué Ley de Patrimonio podía proteger el cuadro de Van der Goes, parte de la herencia que el cardenal Rodrigo de Castro legara al colegio -por entonces de los jesuitas- allá por 15…? El embajador del Kaiser entregó el dinero. Un millón doscientas mil pesetas, que hoy serían, según la guía que nos hace el tour, y que abre mucho los ojos al decirlo, ¡cincuenta millones de euros!. Y prometió una copia fiel del cuadro, que enviarían a Monforte tan pronto como se pudiera. Con intención de evitar el posible boicot por parte de los vecinos, los padres escolapios pusieron un anuncio en la prensa solicitando cuatro operarios «rubios y de ojos azules», cuatro desconocidos que pudieran hacerse los suecos si alguien se dirigía a ellos -aquí la guía dejó volar su fantasía, me parece, pues la historia del anuncio no la encuentro por ningún lado; le pregunto al terminar; me habla de un profesor que vivió cien años en el colegio y lo recordaba…- y, cuando «dos asturianos y dos guardiaciviles que respondían al perfil» se presentaron, La Adoración, bien empaquetada (siguiendo indicaciones del director del entonces Kaiser-Friedrich Museum, receptor formal del paquete), salió traqueteando en un carro de mulas por la puerta de atrás del Colegio en dirección a la estación de tren de Canabal, más discreta que la de Monforte, desde donde pudo ser facturada a Vigo. El viaje en carro se hizo de noche. No lo sabemos a ciencia cierta (en algún archivo estará el dato), pero cabe imaginar que se cargó en el primer tren que pasó por Canabal, de buena mañana. En el peirao vigués, una fragata del Káiser Guillermo la estaba ya esperando. Rewind: los dos guardiaciviles rubios se habían presentado en Monforte de incógnito (sic) para ver lo que se cocía allí, pero los escolapios les presentaron los documentos que acreditaban la legalidad de la venta, y ellos aceptaron participar en el traslado. La Adoración llegó a Berlín sin daño alguno. El dinero se invirtió, por orden del Ministerio de Instrucción, en títulos de Deuda Pública cuyas rentas habrían de percibir anualmente los PP Escolapios, el Colegio y el Patronato (entiéndase, la Casa de Alba). El tejado se arregló… más o menos. Después vino la Gran Guerra. Después, un buen día de 1920, apareció la copia apalabrada en el puerto de La Coruña, porque los alemanes cumplieron, y se mandó recado a los escolapios para que alguien se pasara a buscarla. Ahí termina la historia (2).
Y a mí, en agosto de 2021, la copia me vale. Por eso quisiera que la cuidaran un poco más. El suelo de la iglesia sigue siendo de madera, siempre «por falta de fondos», se lamenta la guía. Pero a mí también me gusta así. Un Escorial gallego con suelo de tablones (1923), machacados por el paso de muchas generaciones de niños. Hay un andamio en el presbiterio, delante del retablo del altar mayor, que está completamente tapado por plásticos blancos; dos operarios con casco taladran y perforan y martillean, recolocando piedras de la bóveda que quedaron desplazadas por el terremoto de Lisboa. El retablo tapado, nos cuenta la guía, para que lo imaginemos detrás de los plásticos, es de Francisco de Moure. Siglo XVII. Todo en madera de nogal, «precioso, pero se quedó sin pintar». Hace años se hizo un tratamiento contra la carcoma, pero… (3)

Otro día llegamos al Miño, a Maiorga, donde hay lanchas motoras que van y vienen desde Belesar, con pasajeros que se conocen, que hablan en castellano y bajan a tomarse juntos el vermú en el bar del embarcadoiro, muy apañado; cruzamos audis y 4×4 por el camino que baja desde Santa Mariña; amigos que llegan por tierra, a esperar a los del barco; muchos mercedes también, pero estos, casi con seguridad, los diríamos propiedad de roncos de mediana edad -emigrantes que vuelven en verano presumiendo de coche, pero después, con lágrimas en los ojos, se beben el vino y se comen los lacones de la casa familiar, como esos gusanillos blancos, los roncos do xamón (4)-. En Maiorga es abrumadora la presencia de los madroños. Alvedros, érbedos. Los madroños delante, los carballos detrás, retorcidos y de tronco corto, porque son Quercus robur y la mayoría jóvenes o muy jóvenes, menos esbeltos que nuestros melojos/rebollos de LRO, Quercus pyrenaica, aunque también de estos hay aquí, muy cerca, del lado orensano sobre todo, hasta Verín y la raia, donde hay quien los llama directamente veriños ou rebolos beriños (5).

NOTAS

(1) Otros nombres: la Compañía, por sus anteriores inquilinos; Nuestra Señora de la Antigua, por deseo del fundador, el Sr. Cardenal Rodrigo de Castro; el Escorial gallego, por su traza herreriana.
(2) De no estar en la Pinacoteca de la Plaza de Potsdam, Berlín, el cuadro estaría hoy en el El Prado o -lo que es más probable- en algún museo inglés o francés: de ningún modo en Monforte de Lemos. El Patrón y el Rector adjudicaron el cuadro al gobierno alemán tras ofrecerlo al español (que dijo no) y tras pública subasta, con sobres cerrados y demás.
(3) Dos fuentes, que no coinciden en todos los datos: Colegio de Nª Sª de la Antigua, por el P. Esteban Martínez González (Ed Uno, 2019) y para el entramado jurídico de la compraventa: Boletín do Museo Provincial de Lugo, 1993/94, artículos de Juan Díaz Ferreiros.

El libro del P. Esteban se vende en la entrada del Colegio. En el epílogo a la 1º edición del año 2000 leo que en 1988 y en 1999 se firmaron acuerdos con el Ayto. de Monforte para permutar terrenos adyacentes a cambio de algunas reformas: » todo el tejado y sus estructuras de soporte… pues persisten las goteras...» (p. 149)

En Berlín hay organizada una exposición monográfica sobre Van der Goes para la próxima primavera: https://www.smb.museum/en/exhibitions/detail/hugo-van-der-goes/

(4) Larvas del «escarabajo de patas rojas», más frecuente en verano: https://es.wikipedia.org/wiki/Necrobia_rufipes
(5) O cerquiños, o carballo negro. La asociación veriño/beriño a la villa de Verín se la oí hace años a un profesor de galego, compañero de claustro en el IES de Cambados. El término debe ser poco frecuente. No lo encuentro en la guía de árboles de ed. Bahía, por ejemplo. Desconozco si tiene algún fundamento etimológico serio, más allá de la evidencia geográfica o de la similitud fonética. A mí, en cualquier caso, me quedó claro que nunca encontraría un Q. pyrenaica en La Coruña. Todas las denominaciones, aquí: http://ilg.usc.es/indices/?m=2023

Economía circular en el jardín. 1: las bolsas de Ikea

  1. Hojas caídas, que se irán: o bien directamente al compostero; o bien a la zona de grama, para pasarles la segadora por encima, triturarlas, y después vaciarlo todo en el compostero; o bien al fondo del jardín, al pie de un ciruelo (que «Filomena» respetó más o menos), donde se acumulan palés, herramientas, regaderas…
  2. En invierno, al salir a dar una vuelta con los perros, me echo al hombro la bolsa para recoger leña – ramitas secas de almendro, de higuera, con las que encender la chimenea por la noche.
  3. Cepellón de un árbol que quiero trasplantar. La bolsa puede atarse (dobles asas, unas cortas y unas largas). Y el árbol aguanta ahí varios días.
    (4) Cuando la bolsa ya está machacada, de tanto ir y venir, se tira al contenedor amarillo. Pero a alguna todavía le hemos dado un cuarto uso: por debajo del tejadillo de la caseta de los gatos, para asentarlo e impermeabilizarlo.