Di li Alberi et verdure

E. H. Gombrich sobre el Tratado de la pintura de Leonardo (en concreto, sección sexta del Codex Urbinas, Di li Alberi et verdure): “lejos de considerar la pura mirada como medio para conseguir su meta (= análisis científico de las apariencias naturales), Leonardo nunca se cansó de subrayar la importancia del razonamiento”. Así, para reproducir la estructura de un árbol:

Leonardo entendía que las ramas se dividen poco más o menos como el delta de un río. Cuantos más tributarios nacen, menos agua lleva cada uno. Esto le hace concluir que si se suma el grosor de las ramas o ramitas tras cada subdivisión la suma debe coincidir con la anchura del tronco o de la rama que quede por debajo (…) Como consecuencia de este principio leemos en el fol.246r que el crecimiento anual de un árbol se refleja en estas ramificaciones, cuya suma equivale siempre a su vez a la anchura total del tronco. Se trata de una hipótesis de gran sencillez y elegancia, aunque vuelve a ser una construcción a priori a la que se llega más por razonamiento abstracto que por medición. Guardo en mi archivo una carta de la East Malling research Station de la Horticultural Society, que fue consultada a petición mía. El autor quedó impresionado por el estudio de “biométrica”, como él decía, de Leonardo, pero no pudo confirmar sus ideas. Ninguno de los ocho manzanos que midió se ajustaba a la predicción de Leonardo, siendo en realidad la suma total de los diámetros de las ramas muy superior al diámetro del tronco, aunque en la parte inferior, próxima a la primera división, la discrepancia fuera menos llamativa…”

Y sobre la representación de árboles con hojas, “uno de los problemas más recalcitrantes y complejos de la historia de la pintura”:
(…) Recordando los métodos reducidos de la tradición bizantina, representando todas las hojas de un árbol, y las fórmulas globales de Giotto, no sólo resultan admirables los métodos de Van Eyck para representar la luz y el follaje, sino que se aprecia lo conseguido por Leonardo en las extraordinarias páginas del Tratado, que aspiran a la clasificación científica de todas las posibilidades (…). Siempre sistemático, enumera cuatro factores que afectan al aspecto de las hojas de los árboles, a los que llama lustre, luz, transparencia y sombra… (…) Ha confundido a veces a los traductores, pero dentro de su contexto el significado es claro. Los extremos son la oscuridad de la sombra y la claridad del lustre. Entre ambos se halla la cualidad intermedia, que Leonardo desea dividir en dos: una más oscura próxima a la sombra, que llamará transparencia, y otra más clara próxima al lustre, que llama luz..”

E.H. Gombrich, Nuevas visiones de viejos maestros. Estudios sobre el arte del Renacimiento vol. 4, Debate, 2000, pp.44 y ss.

Reproducción de “Estudio de un árbol” y “Estudio de un bosquecillo”, Leonardo da Vinci; hacia 1498. Windsor Royal Library

Verano 2020 (2)

Las calabazas Musquée de Provence sembradas durante el confinamiento (https://laramadeoro.com/2020/05/02/semilleros-de-la-cuarentena/).  Las recojo con el pedúnculo y algo del tallo; primero, porque me gusta verlas así; segundo, porque la carne se conservará mejor. Junto a la torre de calabazas: tres botellas de nuestro Volare!, que quiso ser rosa-rosado y quedó en  morado-rojizo, el color – acabo de oir a mis espaldas-  “de esos vinos que parecen muy baratos”. Demasiado oscuro para pasar por rosé a pesar de haber fermentado sin el hollejo. Cosas de la garnacha y sus antocianos. Bastó esa primera y única noche macerando para teñir la cuba de rojo (no cometeremos el mismo error este año).
En el plato, delante del vino, una docena de higos secados al sol y ya enharinados (irán a un tarro de cristal).

Ranas del Mundo Flotante . El jardín de la alberca: una vieja plancha de poliespán donde juegan al veo-veo las ranas y la culebrilla de agua (Natrix maura, buena nadadora). De la plancha saltan al agua y del agua a esos espumarajos amarillos, algas -pelotas de algas- que me taponan a cada poco la manguera de riego.
(+La promesa de hace ocho años, una versión por rana de It´s no easy bein´green,, tanto más fácil de cumplir ahora gracias a open-spotify.
https://open.spotify.com/track/6uzrWKmal2hga8cb9VE0Yf)

Cebollino, para mezclar bien picado con perejil y cilantro (a un euro el ramillete, esta misma mañana en la puerta del mercado Maravillas). Finas hierbas, pues. En tortilla y/o con unas rodajas de queso, que puede ser rulo de cabra o  la torta fresca -cuajada solo unas horas antes- que nos trae Inés todos los lunes a casa. De la familia del ajo, el puerro, etc. Pero vivaz: decae en invierno y resucita en marzo. Cuanto más se le cortan las puntas, más ahíja, más se ensancha.

(Vincent Van Gogh pintó su Pot de fleur avec ciboulette en la primavera de 1887, cuando vivía con su hermano en Montmartre; de estos mismos meses -leo en el catálogo- son el cesto con crocus, el castaño en flor, los limones sobre un plato…  Pero yo identifico las finas hierbas con el pleno verano, y no con esa primavera de Paris, quizá porque ahora, con el calor, los cebollinos saben y huelen más, o eso me parece; o quizá porque las asocio estrechamente al queso, y las cabras de Inés no paren hasta abril/mayo?)

Climatéricos tomates

Recogidos ayer, sus células siguen respirando, oxidándose y produciendo gases. Así el etileno, que los tomates que han iniciado la maduración (ese rubor en la piel aún verde) sintetizan en cantidad y desprenden discretamente por el aire de la cocina. Los otros tomates, más verdes, perciben el etileno de sus vecinos, y el efecto es que su propia maduración se acelera. También lo haría (acelerarse) en presencia de otra climatérica-fruta/verdura, tal las manzanas, las peras o los plátanos. No las uvas, sin embargo; no los limones, no las fresas… ni siquiera los pimientos, que comparten la huerta de verano con los tomates. Todos se fatigan y producen etileno -¡todos hemos de morir!-  pero estos últimos, los no-climatéricos, no lo producen en suficiente cantidad, una vez arrancados, como para terminar de madurar manteniendo el tipo.
* Los tomates de la foto estarán rojos, rojos como tomates, en dos o tres días. En cuanto a esas grietas que se ven en la piel de alguno,  nada que ver con el estado de maduración, y sí mucho que ver, me parece, con la irregularidad del riego. La tierra está ya muy seca cuando la riego ( tanto como me lo permiten las reservas de agua de LRO: un día sí y un día no). Pero la tierra es arenosa, el agua se filtra enseguida… La mata de tomates, ya contraída de sed cuando yo llego, aunque se refresca, no se sacia.  El agua sube bruscamente (ávidamente) por sus tejidos, y no es de extrañar entonces que los tomates se agrieten.

Para ralentizar la crisis climatérica (=sofocos + emisión de etileno): frío. Pero prolongarles la juventud (ficticia)  será siempre a costa de perder sabor. ¿Vale la pena? No, los tomates de la nevera nunca saben a nada. 

 

Injerto de escudete

Mi vecino Baba tiene buena mano para los injertos, tanto para los de escudete (= de yema), que se pueden hacer ahora, al ir terminando el verano, como para los de púa, que solo pueden/deben hacerse al final del invierno/comienzo de la primavera. Injertamos tres pistacheros y dos ciruelos. Si la yema prende, brotará en marzo de 2021.

El injerto paso a paso, según las fotos de arriba:

1- Cubo con esquejes de pistacheros (en esos esquejes van las yemas que nos interesan), conservados al fresco y ligeramente húmedos. Se cortaron del árbol solo 2 ó 3 días antes (cuantos menos, mejor).
2- Corte en el patrón: con una navajita bien afilada se hace una T (dos cortes; trás en horizontal, trás en vertical) en la piel/corteza del patrón (aquí, un brinzalillo de 2 años). Cuidado con el corte: apenas un dibujo, para llegar al cambium sin dañarlo y poder despegar las dos solapas, es decir, los dos sobacos de la T (paso 4)
3- Corte de la yema que queremos injertar, dejándola en el centro de una especie de mandorla, el famoso “escudete”. La yema crece como todas las yemas del año: en la axila de la hoja, que hemos cortado para que no transpire (y la yema se deshidrate)  pero dejando el pecíolo o parte de él (se ve bien en el paso 5 ampliado: esa especie de rabito). Atención: se corta la mandorla/escudete llegando al cambium (lo verde) pero si queda algo de madera adherida hay que desprenderla con la punta de la navaja.Se trata de que verde y verde se toquen: el verde del patrón (la T) y el verde del escudete por dentro. Toda la importancia que se de a esto es poca. Además, es en detalles así donde se ve la buena mano del injertador.
4- Se inserta el escudete en el bolsillo que forma la T del patrón.
5- Se ata por encima y por debajo el escudete. Nudo firme: no puede entrar aire ahí dentro. Verde y verde bien pegados. Hay quien usa cintas de tejidos vegetales, (biodegradables). Opinión de Baba, que comparto: la goma es mejor, porque se puede tensar sin que pierda firmeza el atadillo
6- La próxima primavera, si todo está en orden y nosotros aquí para contarlo, la yema brotará. Se le deja crecer un poco… Y cuando el brote esté fuerte, entonces se retira toda la copa del patrón. En otras palabras: se corta sin miramientos todo lo que está por encima de nuestra yema brotada.

Verano 2020 (1)

30 de junio-5 agosto

Cuándo hay que desbrozar. Cuándo exactamente. Cuando lo que quede detrás, una vez apagado el motor, sea esto:

Crepitar de verano: cardos amarillos y amor de langostas. Locusta migratoria, en fase solitaria (solitaria-conyugal), a la que corresponde ese color pálido, entre pardusco y verde agua. Leo que las langostas se oscurecen cuando empiezan a ser muchas. Pero aquí yo  nunca veo más de una o dos, y siempre con ese aspecto, un poco clorótico. No sé dónde ponen los huevos, si es que los ponen y prosperan. No sé tampoco quién se las come, quizá los rabilargos, las urracas. Un crujido en el pico, como de churros recién sacados de la sartén. 
Los cardos: Centaurea ornata. Casi lo único que sigue en flor. Otro crepitar, como el de la hojarasca bajo las encinas.


A majano, como a milladoiro, se le sobreentiende el colectivo (conjunto de- cantos), pero no a mojón ni a mogote ni a hito ni a hita (ni a pedra-fita). Y también el material: piedras, únicamente. En cuanto a la función: a veces balizas (como mojón), a veces recordatorios (como hito), a veces nada, y siempre y en cualquier caso, seguro refugio de lagartijas.
Leo que milladoiro se contaminó con humilladero; derivó en humilladoiro y quedó como término asociado a los romeros, del Camino o de cualquier ermita. Los peregrinos franceses los llamaban montjoies.  Marcaban la buena dirección, la del oeste, y eran como puntadas petrificadas de la Vía Láctea. O Montes do Gozo en miniatura, que iban prefigurando -como metas volantes- la colina de San Marcos de Bando, a las puertas de Compostela.

Los majanos del campo, sin embargo, son solo lo que parecen: un montón de cantos (mis vecinos jamás les dicen “guijarros”, pero sí usan “guija” para la grava fina en que se desmigaja el granito, tenida por buena para las cepas). Señalan una parcela despedregada hace décadas, o siglos, allí donde se iba a sembrar cereal o a plantar una viña. Pasaba primero el arado. Las piedras que había levantado la reja se recogían una a una, doblando la espalda y cargando capachos. A veces podían aprovecharse para muros secos, para rediles, bancales o pequeños chamizos (de los que alguna huella queda entre las zarzas) pero lo que interesaba de verdad era la tierra. ¡Qué hito ni qué hita!  Desde entonces viven en el majano las musarañas, los lagartos ocelados, los sírfidos -que parecen avispas pero en realidad son moscas-, algunas serpientes, los colirrojos tizones. En el lado que da al norte, bajo las piedras medio enterradas y más frescas de la base: bichos-bola, escolopendras, lombrices, puede que algún sapo… Dicen  los que las han visto -Miguel Manduca- que también entre las piedras se refugian durante el día las luciérnagas, pero yo, aunque las busco, no he vuelto a verlas desde que era niña. De hecho solo las vi una vez, en una pradera da Costa da Morte que olía mucho a menta y a hierba mojada; por eso las asocio a eso -ese olor y esa humedad- y para nada a los rastrojos de LRO, ni siquiera al relativo frescor de los majanos. 
Lucecús. Mi padre había cogido una linterna y nos llevaba caminando detrás, en silencio para no asustarlas. La pradera estaba -y está- cercada por un valado de piedra. Pero no un valado cualquiera, un muro como otro, con las piedras sin escoger, mejor o peor amontonadas. No. El valado aquel era -y es- una muy respetable obra de autor, del cantero Xosé de Canduas “el Pantera”, q.e.p.d.,  personaje de otros tiempos, como las luciérnagas, que solo trabajaba cuando se levantaba con ganas, y había que decirle amén a todo, sin chistar, porque tenía plena conciencia de su valía y podía mandarte al carallo ...  (He tardado cuarenta años en darme cuenta, hoy, al pasar por el majano del camino de LRO: bien a la fresca en el valado del Pantera, os lucecús tendrían donde recogerse durante el día.) (1) 

Helado de maracuyá, flor de la pasión. 
La Passiflora caerulea, aunque americana del sur, tolera bien el frío y pasablemente bien el calor de la meseta. Florece y el fruto cuaja. No es sabroso, sabroso como el maracuyá, fruto de su prima  Passiflora edulis. Aún así, los pájaros se lo llevan cuando tienen sed, y después van dejando sus semillas por los patios y setos de las casas del pueblo. Aupándose ágilmente entre las ramas de un olivo, las lianas de la pasíflora -zarcillos largos, hojas lobuladas oscuras y ásperas- conseguirán llegar a lo alto y embarullar la copa. No será fácil deshacerse de ella  si, en vez de cerrar filas con el viejo olivo, nos apiadamos de la exótica Passiflora -¡tan hipnóticas son sus flores!- y tardamos demasiado en arrancarla. (En los anodinos setos de arizónica ya  es otro cantar. Así en la foto; bayas de pasionaria, como bombillas encendidas, sobre el seto de la vecina; únicas  luces de verbena que habrá este verano)
El helado artesano de maracuyá, el mejor del mundo, lo hace Mambaye en la heladería-chocolatería de Valdeisabella (calle Dr. Mampaso, 2A, San Martín de Valdeiglesias, chocolates y pastas ecológicos, también a domicilio: iseba1@hotmail.com)

Última alfalfa en flor. Cuarenta grados a la sombra a las seis de la tarde. Hoy, ayer, anteayer, y dicen que mañana, pasado mañana y al otro. Así hay que vivir.  Chicharras en los pinos. Saltamontes en las hierbas sin segar. Avispas entre los racimos de uvas, ya en pleno envero. Muy arriba, tan arriba que no sé si los veo o me lo invento, dos buitres bailando.  Abajo, nada. Ni un rabilargo se atreve a cruzar el secarral hasta que empieza a caer el sol.
En el vídeo: trío de pulgones-hormigas-mariquita , trasteando en una alfalfa sembrada hace más de diez años. Perico ‘Somatén’ se la lleva a veces para sus conejos. Aparca la C15 en el camino, sin apagar el motor, y saca un hocino de debajo del asiento.  Qué raíces tendrá la alfalfa, para soportarlo todo tan bien. La sequía, los cortes repetidos de la hoz.

 

5 de agosto
Por el lado de Robledo de Chavela el cielo vuelve a estar azul. Mil hectáreas han ardido, según informan en la radio local, de unos montes que ya nadie cuida seriamente en invierno. Enebros, encinas y pinos, pero también todo lo otro: cardos amarillos, majanos; cepas perdidas, sin podar, que aún producían algo y hasta maduraban, pasando ahora del verde al morado; zorros nacidos en primavera, que irían de noche a rechupetear esos racimos; serpientes que ya habrían mudado varias veces;  jaras de flor blanca, jaras de flor rosa; retamas que hacían ¡clac! al rasgarse sus legumbres; rabilargos de antiquísima estirpe (cuentan que llegaron en el siglo XVI en un galeón portugués, procedentes de Japón y Corea; desde Lisboa  subieron Tajo arriba… y hasta aquí llegaron), chicharras en el pinar, langostas, hormigas, alfalfa que alguien sembró hace una década, quién sabe si una pareja de luciérnagas….  Mil hectáreas de todo eso. Y así hay que vivir..

 

NOTAS
(1) P.P. Passolini usó en una ocasión “la desaparición de las luciérnagas” -ocurrida en los primeros 60, según su propia constatación- como término ante/post quem para explicar la política italiana contemporánea… o cualquier otra cosa. En el momento de confrontación de apocalípticos e integrados (el libro de U. Eco es también de la época) él representaba posturas muy puritanas, que no le parecían contradictorias con su  condición de “marxista humanista” (tampoco debía de serlo conducir un Alfa Romeo y salir con él  a vacilar por las afueras de Roma -esos descampados maravillosos, extraordinariamente poéticos, que filmó en Mamma Roma, en Pajaritos y Pajarracos… en los que para poder construir, entre otras cosas, las autopistas por las que él conducía a todo gas, ya no era posible encontrar luciérnagas…). Mi padre nos enseñó las luciérnagas, con mucho misterio, mucha ceremonia, a finales de los 70. Una amiga de Cotos de Monterrey fotografió una hace tres años (aquí a la derecha, sin flash). Una. Pero lo que yo recuerdo es un dibujo de luces, como un encaje, que se encendía y apagaba, e iba avanzando por la hierba. Las luciérnagas desaparecieron pronto, en pocos meses. Mis padres -como los padres de todo el mundo, que ni eran marxistas-humanistas ni lo contrario- querían construir ahí mismo una piscina; los vecinos ya habían construido la suya, el concello había asfaltado la bajada a la playa…

(Passolini. La compilación de artículos, Escritos corsarios, está en internet, formato pdf y libre acceso. Sobre las luciérnagas: artículo de 1 de febrero de 1975. De lectura  soporífera hoy, en mi opinión, salvo los párrafos iniciales)

Cointreau, l´unique

En el jarrón: espigas de acedera redonda, Rumex induratus, hermana de la más conocida, y a veces cultivada,  R. acetosa: la oseille de los franceses, quienes, según tengo entendido, se las comen en ensalada, mezcladas con otras hierbas del campo que ellos saben (los gabachos, como las ovejas).  Pero aquí nadie come las acederas. Antes sí, me dice Miguel, el cabrero; comían también las hojas de las collejas (Silene),de las pamplinas (Stellaria), y hasta los amargos ajoporros (Allium ampeloprasum). Ahora las ensaladas vienen en bolsas de plástico, de modo que las acederas del campo solo las comen, si acaso, los corzos o los conejos (estos prefieren la alfalfa; claramente).  Las matas de Rumex induratus florecen entre las cepas de LRO. La desbrozadora las respeta, como a los cantuesos, porque alegra el corazón verlas ahí. Los frutos forman una nube de minúsculas valvas translúcidas, que parecen de piel de cebolla, y como el solsticio coincide con el comienzo de su agostamiento (que será veloz: en diez días, todo reseco), la luz de la tarde-noche prende en ellas y va dejando manchas rosas, cristales rosas por la viña.

Gelatina de naranja con leche condensada y Cointreau. La chica de la sección de bebidas del Carrefour no sabía lo que era el Cointreau. Le fue a preguntar al encargado, que tampoco lo sabía. ¿Cómo se escribe?, me preguntaron. Pues nada, no, no lo tenemos.  Es como un Licor 43, les expliqué, un licor de naranja. Pero mucho más fino. Y triple-seco, además. Transparente como el agua. 

El licor Cointreau, l´unique, se destila en Angers. Allí, junto al Loira, en la Escuela Superior de Agricultura, obtuve mi título (BTSA, Aménagements Paysagers), siguiendo la modalidad para adultos, es decir, a distancia. Por entonces trabajaba en una cooperativa de espacios verdes en Luxemburgo. Una semana al mes cogía el tren hasta Angers, enganchando la Gare du Nord con la de Austerlitz, para las clases presenciales, y el resto del mes mandaba las tareas por correspondencia. Tareas redactadas en mi vacilante francés, acompañadas de esquemas, planos de plantación, dibujos en papel calco, todo a mano, con rotrings y lápices de colores… (Hoy diríamos, condescendientes: rudimentario teletrabajo en el ocaso del siglo XX)  
Necesité ayuda durante el segundo año para preparar la presentación oral, última parte, pero la más importante, del examen final en Angers. Mis compañeros en la coperativa eran mayoritariamente portugueses. ¿Cómo iba a mejorar mi francés, si me pasaba el día hablando en gallego? En la Alianza Francesa de Luxemburgo me dieron un nombre (¡que he olvidado!); una señora en la cincuentena, quizá algo menos, casada, si no recuerdo mal, con un mandamás de la Alianza. Una mujer extraña, también. Tristona, severa, amargada como un ajoporro… et pour cause. Su acento impecable no admitía duda: París, París de la France. Y, sin embargo, ella era ¡serbia! Nacida en la Krajina, actual Croacia. De convicciones socialistas, educada bajo el régimen de Tito…. todo un sargento post-comunista, con los complementos esperables: voz ronca, austeros jerséis de pico, maletín de cuero gastado. Exactamente lo que yo necesitaba para espabilar. Algo se fue suavizando, sin embargo, con el paso de las semanas. Nunca dejó de tratarme de usted (ni yo a ella, solo faltaba). Pero me contó de su vida. De muy niña había pasado algún tiempo en Francia, a donde habían emigrado sus padres. La familia regresó a Yugoslavia, y ella -con el corazón roto- hubo de acompañarlos. Y así hasta que estalló la guerra.1992, 1993… Hizo las maletas y salió a escape. Trabajó en lo que pudo. Se casó, ya mayor, y tuvo una niña. No renunció a sus ideales políticos, aunque daba la impresión de defenderlos por puro hábito, sin mayor entusiasmo. Lectora  ávida de Le Monde Diplomatique, seleccionaba artículos para ir enriqueciendo mi modesto vocabulaire, pero me cortaba en seco si trataba de polemizar… Un día, ya hacia el final,  quiso que viera su DNI actualizado. Me señaló  la indignité de tener que especificar su nacionalidad (serbia) junto a su ciudadanía (croata), como dos conceptos diferenciados, cada uno en su casilla. Lo más anti francés que se pueda concebir. Lo menos ilustrado. ¿No estaba de acuerdo, no me parecía claro, claro como el agua?  Tanto le amargaba recordar aquello -sus padres finalmente desplazados a Belgrado, la casa familiar abandonada- que se negó a que su hija, francesa, aprendiera la lengua de sus abuelos de la Krajina.  A veces tomaba conmigo un té. Me pedía que le contara despacio, con orden y sin atropellarme, cada viaje a Angers.  Angers. El Cointreau. La Loire. Los tapices del Apocalipsis y el buen rey René… De esas cosas hablábamos. Y hoy me estrujo la cabeza tratando de recordar su nombre. ¿Cómo es posible que lo haya olvidado? No consigo recordarlo, hélas, y eso que de ningún modo hubiera podido sacar el título sin su ayuda. Repasó conmigo la presentación hasta la víspera del examen. Un pequeño discurso de diez minutos (cronometrados) sobre la haie champêtre de Mme. Hirsch (el seto de la Sra. Hirsch, en Olingen), tema de mi rapport de stage. 
– Ce n´est pas  “estage”! – bramaba ella, hecha una furia serbo-croata- Stage, ssstage, faites attention, Madame, sssstage.. avec une s liquide!  

Sobre la gelatina, unas gotas de chocolate negro. El libro junto a la gelatina, Pierre Michon. Otro gabacho bueno, como la ensalada de oseilles y como el Cointreau de Angers, que en la foto no se distingue bien (en su tacita duralex, detrás del plato), porque es cristalino, transparente, claro como el agua.

P.D. La receta del cosmopolitan, que no está de más tener localizada: https://www.cointreau.com/es/es/cocteles/cosmopolitan

 

 

 

Alfilerillos y abrojos: estrategias combinadas para explorar y explotar Marte

Stefano Mancuso (El futuro es vegetal, Galaxia Gutenberg 2019, pp. 98-101  ) escoge  la semilla del alfilerillo (Erodium cicutarium) como modelo para diseñar un plantoide que explore los primeros horizontes del suelo de Marte. 

La larga arista de la semilla (que se parece mucho a un espermatozoide) empieza a enrollarse en función de la humedad del aire. Las cerdas presentes le ayudan a desplazarse y, en cuanto encuentra una hendidura en el suelo,por pequeña que sea, la semilla se coloca cabeza abajo. LLegados a este punto, con la punta del arpón introducida en la hendidura, los ciclos debidos a la variación de la humedad entre el día y la noche le confieren la fuerza de propulsión necesaria para penetrar en el suelo. Cada espira de la arista propulsa a la semilla más al fondo y, además, la forma de la punta hace que el movimiento de penetración sea constante (…) Para estudiar su aplicación en sondas que pudieran enterrarse a sí mismas susceptibles de ser utilizadas en misiones de explotación interplanetaria (1), se valoró la capacidad de la semilla para introducirse en distintos suelos con capacidades mecánicas similares a las de la Luna, Marte o los asteroides (…)

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Propongo yo aquí, para combinar con el tornillo-alfilerillo de Mancuso, el fruto espiralado y pinchudo (el abrojo) de la alfalfa de secano, Medicago polymorpha. Una leguminosa silvestre, anual, de flor amarilla, muy común, que veo comer con gusto a las cabras y ovejas de mi vecino Wasah. 

 

 

 

 

 

 

En Marte, como en cualquier otro planeta que tuviéramos que explorar (o explotar, vid. infra, notas 1 y 2), el alfilerillo podría perforar la tierra, sí, pero el abrojo rodaría por su superficie, como un cardo corredor (Eryngium, o similar), y la colonizaría rápidamente. Lo haría incluso con más habilidad que el cardo, pues, gracias a su estructura de acordeón circular con garfios (tipo velcro, vid. nota 3),  el abrojo iría enganchándose a todo con ahínco de pionero, y ni una tormenta racheada lograría arrancarlo de su soporte. Al cardo corredor, por el contrario, lo imagino volando sin rumbo por el sistema solar… pero también al alfilerillo si no lograra prenderse bien, nada más tocar suelo, a la primera rugosidad marciana que se topara. Este es, de hecho, el problema que parece tener el  plantoide-alfilerillo. ¿No podríamos solucionarlo combinando las dos estructuras, alfilerillo/abrojo, ambas espirales, pero una en vertical (tornillo) y otra en horizontal (velcro, con el añadido de rodante)? Yo lo veo claro. Rodando y enterrándose, rodando y enterrándose, alfilerilllos y abrojos acabarían convirtiendo el paisaje de Marte en una preciosa pradera forrajera, (explotable) de color predominantemente amarillo, entreverado de malva claro. 

(Fuentes:  iz., floravascular.com, Medicago: flor y fruto/abrojo; dcha., naturalista.mx, Erodium. El nombre “alfilerillo” se aplica tanto a la flor como al fruto, como a las semillas que van comprimidas dentro, y que cuando están maduras, a punto de caramelo, salen propulsadas ante el menor roce)

NOTAS

(1) En el texto, sic: explotación interplanetaria (p.99). Puede que sea una errata (por “exploración”, deslizándose una -t- del inglés exploration), o no, porque el original es italiano. Explorations y exploitations  (+/- explosions) a menudo se suceden.
(2) Por otra parte, el Erodium cicutarium, el alfilerillo de S. Mancuso, también les gusta a las cabras, como la alfalfa de secano. También es forrajera.  (Y llegados aquí, ¿estamos ya pensando en lo mismo, en mandar un rebaño a Marte?)
(3) https://www.velcro.es/about-us/history/  El suizo inventor del velcro  se inspiró en los abrojos de bardana que traía en el pelo su perro. Mancuso menciona  esta invención en la p.107.

Fotos de Bonifacia: zoocoria.  Boni , mi perra, lleva en el hocico los abrojos de LRO (y seguro que no pocos alfilerilllos, espiguillas, etc), alguno de los cuales quedará en el coche, cuyas alfombrillas sacudiré en un área de servicio de la A6 (cuando nos dejen subir, pronto),  y caerán entonces al suelo, y el viento las barrerá en parte hacia esa cuneta de León, donde germinarán, aunque otra parte llegará al pelo de otro perro, que ha bajado también con su dueño a estirar las patas, porque aún les queda mucho hasta Valencia, donde germinarán también… 

Análisis de macetas (caso 3)

Así a simple vista, dos handicaps serios: 1, la falta de espacio entre las sillas y la máquina de coca-cola; y 2, el tamaño de la propia mole de la máquina, que haría ridícula cualquier maceta convencional (en plan unas petunias, diría mi sobrina; en plan una apática bola de boj…). Algo había que poner, sin embargo, para quitarle dureza a ese rincón. El responsable del bar solucionó la papeleta con una maceta alargada y ancha, suficientemente grande (en consideración al handicap 2), y plantando dos coles dentro. La col de delante -de las que crecen a medida que se refaldan- ha terminado por eclipsar visualmente a la máquina, al tiempo que envuelve y da intimidad al cliente sentado junto a la maceta. Las plantas no estorban a nadie. Tampoco ensucian (ahí está el platillo, para recoger el agua). Para alegrar un poco el conjunto se han sembrado unos tagetes, ya muy pasados, pero que se resembrarán pronto sin intervención de nadie, y una gitanilla roja al fondo, que está bien donde está porque delante no duraría nada.

Es posible que detrás de esta maceta haya algún animal. En plan un conejo, o unas gallinas. No digo literalmente detrás, triturando los cables de la máquina de coca cola… sino en algún lugar no muy alejado del bar -digamos en el patio- para que el dueño pueda llevarles unas hojas de col de vez en cuando. Por eso está tan alta la primera col (las hojas que faltan pueden haberse reciclado ya en huevos fritos). En cuanto a la segunda, parece una col rizada, de las que no “suben”. Pero es un acierto no haber puesto dos coles idénticas: ninguna destacaría. La maceta es más alegre y bien proporcionada así. Dos tallos refaldados dejarían demasiada pared a la vista. Además, las hojas de la col rizada parecen de papel froissé -llaman la atención por eso-, y su tono verde manzana casa bien con lo que queda de las gitanillas.

El kaso de los guisantes okupados

Fotos 1 y 2

Larvas comiéndose los guisantes y dejando por ahí lo que les sobra. En ninguna vaina okupada encuentro un posible orificio/ventanuco de entrada, y donde sí  lo encuentro (orificio/ventanuco) no hay ya okupación, lo que prueba, como se verá más abajo, que no es de entrada sino de salida. Así pues, ¿como pudo entrar en la vaina una larva de tan buen ver? Leo en la web que por un orificio/ventanuquillo muy pequeño, pequeñísimo, taladrado en la vaina cuando esta aún estaba tierna y la larva, recién eclosionada, tampoco tenía aún las hechuras que tiene ahora. El tejido de la vaina habría ido achicando el orificio de entrada a medida que ella misma crecía.

La larva de las fotos es de color verdoso, con verrugas punteadas en la espalda y cabeza oscura. Las más pequeñas, de tres o cuatro milímetros. Las más grandes, del tamaño de la uña de mi dedo pulgar (foto 1). Comen uno, dos, tres guisantes.  A veces hay más de una por vaina. Tapizan con su excrementos las paredes. Y cuando terminan de crecer, pasadas varias semanas, abren un agujero y se van, para pupar en el suelo. Ahora bien, estos últimos pasos -desde que la larva termina de crecer, se va, se entierra, pupa, la crisálida despierta, sale el adulto y volvemos a empezar- sé que son así porque lo he leído, pero de hecho aún no me he visto nunca frente a frente con el insecto adulto (el que puso los huevos, de los que salió la larva etc). Busco por los libros y las webs de “plagas”: tal vez, pero solo tal vez (enseguida explico mis dudas), se trate de una larva/oruga de un lepidóptero,  Cydia (o Laspeyresia) nigricana, la polilla del guisante.

Como las okupadas no tienen orificio, busco en el cesto alguna vaina que sí lo tenga y que documente lo dicho (= estará vacía; el orificio es de salida). Voilá:

 

 

 

 

Fotos 3 y 4

La primera observación es evidente: ¿cómo iba a salir una larva tan gorda por un agujero de apenas dos mm? Lo del orificio de entrada lo habíamos solucionado, ¿pero este…?  Al abrir la vaina  me encuentro, además, un escenario distinto al de las fotos 1 y 2. La vaina deskupada está bastante más limpia que las primeras. O en otras palabras: no hay vainas desokupadas y con orificio que además estén llenas de excrementos. Así que hay un problema (y puede que se deba, no lo niego, a siete temporadas de The good wife comprimidas en dos meses de cuarentena): si no está ya la ex-okupa, y si todo está tan limpio, ¿cómo puedo dar por seguro que la que se fue por la ventana (fotos 3-4) es pariente de esas otras  que aún puedo pillar con las manos en la masa, dejándolo todo perdido (fotos 1-2)? No lo sé. No tengo pruebas. 

El insecto adulto responsable de la desfeita en fotos 1 y 2  sí pudo ser la polilla del guisante, principal sospechosa, por la que me incliné de buenas a primeras al empezar a escribir esto. Pero las fotos 3 y 4 me dan que pensar. Leo entonces que hay otro  delincuente habitual en los bancales de leguminosas:  un gorgojo (coleóptero, Bruchus pisorum), cuyas larvas pupan dentro de los guisantes.

Investigo.

  1. Las fotos de larvas  que encuentro por la web no me aclaran nada. Ninguna es exactamente como las fotos 1 y 2.  Parecidos razonables, sí, pero nada concluyente. Leo que las larvas del gorgojo son mucho más pequeñas que las de la polilla, pero claro, las de la polilla pasan por diferentes estadios larvarios, y en los primeros ¿no podrían confundirse con las del gorgojo?. 
  2. El otro factor: los hábitos de limpieza de las larvas. Este tema en concreto no parece despertar el interés de ningún entomólogo (ni de nadie, en general). Sin embargo, tendríamos que poder confirmar que las larvas del gorgojo no dejan la vaina tan sumamente llena de m. como las de la polilla. Solo entonces daríamos el kaso por cerrado. Y esta sería entonces la hipótesis:

    las larvas que entraron y todavía están ahí  no son necesariamente de la misma familia que las que ya salieron. Las del gorgojo habrían llegado antes, puede que en el propio sobre de semillas; hicieron en un visto y no visto lo que tocaba (engordar+ pupar, sin manchar demasiado) y salieron rápidamente (fotos 3 y 4) cuando las otras -las de la polilla- aún seguían empachándose (fotos 1 y 2). Lo que no hay o no encuentro (pero cabe añadir: de momento) es vainas desokupadas con orificio tamaño XL  y que estén llenas de m.

Las larvas del gorgojo son diminutas y podrían estar ya dentro del grano cuando las sembré. Por eso, señorías, podrían haber empezado el ciclo antes que las polillas, porque habrían llegado primero al escenario del crimen: en cuanto empezó a hacer calor, allá por la segunda prorroga del estado de alarma, el adulto de gorgojo ya estaba allí (=arrancó el primero, comió, pupó ahí mismo y se despidió a la francesa). Pero las larvas de la polilla tienen un ciclo más largo. Incluso pudiera ser que NO salieran nunca de su despensa: que se quedaran ahí dentro hasta que la vaina se secara y se abriera sola (clac, clac, como las legumbres de las retamas en el monte, si el horticultor las indulta para futuras siembras), o, en caso de decidirse a marchar, lo hicieran a bocados… y no precisamente por un ventanuquillo.

                                               Debullando chícharos

 

Nota: que la polilla y el gorgojo sean los sospechosos habituales no excluye un tercero, un cuarto… Valga esta nota como reconocimiento de mi ignorancia.

… y post scriptum de confirmación (?), dos semanas después: aquí la vaina-estercolero  con agujero suficientemente amplio para que salga la larva rechoncha (si bien flexible) de la polilla del guisante: