Campanas de plástico

Cuidado estos días.
Cuando marzo “marcea”- y lo ha hecho- la tentación es fuerte. Empieza abril. A mediodía hace calor. Todos los almendros brotados; las viñas podadas, las parejas de perdices corriendo por el camino -delante del coche, despistadísimas-; el cuco cantando desde finales de mes; jaramagos, silenes, muscaris, lupinos… Y aunque es un poco arriesgado, vamos poniendo ya las primeras cosas en la huerta (las patatas no cuentan; se pusieron hace veinte días pero aún no asoman, y si no asoman, el frío no les hace daño). En LRO se plantaron el 30 de marzo algunas berenjenas. Los tomates serán los del semillero de Marica, y aún están pequeños; los pimientos, del semillero de Miguel Manduca, y aún están pequeños… Así que berenjenas, en el trozo de tierra donde en 2020 hubo habas (y después, en verano-otoño, nada). En el mismo caballón, sembrados a voleo, rabanitos del año pasado. Los ramos secos, coronados de silicuas, aguantan acartonados en el cobertizo todo el invierno. Hay que ir partiendo una a una esa especie de legumbres puntiagudas, que hacen clac entre los dedos, como las retamas, y que aprovecharán el espacio y el agua, pues crecen enseguida (en un mes los estaremos comiendo, seguro, en ensalada o con un rizo de mantequilla) entre hortalizas mucho más lentas.

Pero sí, es un poco pronto. La primera quincena de abril suele traer bajadas bruscas (imprevisibles, como lo es casi todo ya) de las temperaturas mínimas. ¡No hay que fiarse! Hemos tapado con garrafas de plástico, sin culo y sin tapón, las berenjenas recién plantadas. Que además -justificación- son muy pocas, solo la primera media docena. La plantación se va haciendo escalonadamente, para no tener todos los pies de una hortaliza maduros a la vez (y luego, ¿qué hacemos con dos docenas de hermosas berenjenas, esperando turno para entrar en el pisto o en una tanda de verduras a la plancha?) Tras esta primera docena vendrá una segunda dentro de quince días. ¿Habrán adelantado algo las precoces, con esa protección de las garrafas? No sé. Ya veremos.

NOTA de ayer, 3 de abril: Truenos, chaparrón. Y GRANIZADA repentina a las tres y media de la tarde. Así, sin venir a cuento.

Patatas tempranas

Variedad Jaerla, 90 días, para recoger cuando el calor empiece a apretar mucho. Enmienda orgánica: estiércol de los caballos (y dos burras) de Rescate Equino/Madrid HelpHorses (https://madridhelphorses.org/quienes-somos/)

Aquí abajo, Miguel Manduca y Samir cavando su huerta, para lo mismo: patatas tempranas. Enmienda orgánica: estiércol muy descompuesto de cabra y oveja (¡ganado lanar, ganado lanar…!, berreaba Miguel antes de jubilarse, cuando tenía su propio rebaño). Les ofrezco al pasar mi “mulilla” mecánica, a lo que Manduca responde: cuantri más labres ahora, mejor agarra después la mulilla. Y tiene razón. “Después” es dentro de una semana, diez días, mediado el mes. Porque Miguel Manduca es desconfiado hasta la exageración: no se fía, a ver si vuelve a helar y se echa a perder el patatal… A Samir le deja un cachito de la huerta detrás del olivo, justo por donde hoy andaba su hija pequeña, tratando de trasladar a una familia de chinches, de zapateros, del pie del olivo a las hierbas. Todo en vano. Tiene los dedos tan rollizos que no es capaz de pellizcar a las chinches. Samir y Manduca cavan en silencio. La niña resopla, vuelve a intentarlo, empuja a las chiches con un palito…

Las acelgas resisten el frío

Nueve días después de la nevada. Nueve días bajo una capa de 40 centímetros de nieve. Se plantaron en otoño (última plantación del 2020; un poco tarde de más, pero es que aquí los veranos son eternos!). En cuanto salga el primer rayo de sol primaveral pegarán el estirón, y estarán hermosas hasta mayo/ junio, momento en que el calor provocará su floración (se “espigarán”), como es de justicia. Habrán cumplido de sobra. No son la verdura más rica de la huerta, pienso yo, pero reemplazan gallardamente a las lechugas cuando el frío se nos echa encima (o a las espinacas, si no las hay; éstas también resisten el frío pero, a diferencia de las acelgas, son de ciclo muy corto; ya se sembrarán, si eso, en cuanto el deshielo se complete). Después, en ese mismo bancal, se podrán sembrar unas judías.

De Cayena a Padrón

No plantamos guindillas todos los años, solo uno de cada dos o de cada tres. Más que suficiente. Proceden de un único sobre de semillas Clemente Viven (Guindillas de Cayena), que, si no recuerdo mal, me habían regalado en la liquidación de una sección de jardinería (atentos por estas fechas: mallas de sombreo, estacas, semillas, sacos de mantillo… todo lo que se considera “fuera de temporada” pasa a los saldos de otoño).
Se hace un mínimo semillero por febrero-marzo. Se riega con parsimonia. Se protege muy bien del frío nocturno. Se tiene paciencia. A finales de mayo (al menos en esta zona, de clima continental) se plantan en la huerta. Las guindillas crecen despacio, florecen tarde, cuajan tarde, maduran tarde. Mucho más tarde que los pimientos de comer a mordiscos -los italianos o los morrones, por ejemplo-, porque a estos hay que aclararlos (quitar flores, quitar fruto cuajado) y a las guindillas no. Es lo que tienen en común los de Cayena con los de Padrón, no menos rabiosos: interesa que haya muchos, no que sean pocos, grandes y gordos (razón del aclareo). Un buen día de finales de septiembre -y después, durante todo octubre- ahí los veo por fin. Tres plantas olvidadas al final del bancal de los tomates, que han dado guindillas color carmesí, de nariz respingona, de piel satinada, para casi un lustro. Voy cosiendo los pedúnculos con aguja e hilo. Hago collares para colgar en la cocina, la bodega y la caseta de herramientas. Así se secarán bien -aunque el carmesí se apagará un tanto, como le pasa al vino, y el satén se hará pergamino- y se conservarán por siempre jamás, rechumidas como momias egipcias, entre los rastrillos y los trastos de la caseta.

Consejos a la juventud en tiempos de crisis

Pisar bien la tierra alrededor de las coles recién plantadas.
Arrancar las hojas bajas de las coles.
No enterrar el cuello de las lechugas.
Poner tutores a todas las tomateras, incluso a las que nos venden como “de mata baja”.
Los tutores se ponen antes; las tomateras, después.
Arrancar las hojas bajas de las tomateras.
Despuntar regularmente las tomateras, para que los racimos que quedan maduren bien.
Los calabacines aguantan la media sombra.
Si hay flores silvestres cerca (es decir, insectos), los calabacines cuajarán mejor.
Los rabanitos crecen muy rápido y son compatibles con todo.
No regar con el chorro a tope: doblar un poco la manguera, o colocarla en el interior de una maceta (sobre el suelo), o hacer un manguito con sacos y atarlo con un alambre al extremo…

 

 

 

 

 

 

El riego por goteo es para perezosos (o para huertas muy grandes).
Cavar favorece el enraizamiento y la penetración del agua donde esta es escasa.
Cavar favorece la aireación donde el agua sobra.
Cavar en exceso, allí donde el agua es escasa, favorece la evaporación.
Hay que elegir entre cavar o acolchar.
Acolchar impide que el agua se evapore (se riega colocando la manguera debajo)
El acolchado orgánico mantiene mullida la tierra, rica para las lombrices.
El acolchado orgánico, al descomponerse, aporta nutrientes al suelo.
Cavar perjudica al grillotopo.
Pero acolchar lo favorece.
El acolchado protege la tierra del golpeteo de la lluvia y el granizo.
Pero el acolchado es perjudicial al final del invierno, porque impide que el sol caliente la tierra.
Solución de compromiso: se puede cavar al principio, en primavera, y colocar el acolchado después, incluso renovándolo al “limpiar” la huerta en otoño.
Mucho cuidado con el verbo “limpiar”.
Las gallinas de Perico se comen los restos de la huerta: ¡y también al grillotopo!
Mirlos, rabilargos, alcaudones… a todos les gusta comer grillotopos.
Grillotopos y cebollas son incompatibles.
Grillotopos y patatas son incompatibles.
Hacer lo que se pueda (y más) por cazar grillotopos.
Lo mismo con los buprestes, que devoran las hojas de los albaricoqueros.
Las orugas de Chupaleches no son nocivas a menos que se acumulen muchas en el mismo árbol (en cuyo caso las recogeremos delicadamente, para redistribuirlas)
Las mariposas Macaón son, además de preciosas, inofensivas en la huerta: sus orugas solo comen hojas de ruda e hinojo; se les pueden dejar algunas plantas, enteramente para ellas.

Habas y guisantes se siembran enseguida.
Donde el verano es intenso, habas y guisantes se recogen también enseguida: mayo a más tardar.
Y en su sitio se plantan tomateras.
Las varas de la poda de los almendros sirven de tutores para los guisantes pero no para los tomates (tampoco para las judías)
Los mejores pimientos son los de septiembre.
Los mejores puerros, los de abril.
Si se aprietan mucho las cebollas en la línea, saldrán más pequeñas. Si se las espacia, más grandes.
En tierras pesadas: manzanos y ciruelos.
En tierras ligeras: perales y almendros.
Nada justifica no tener un compostero.
Nada justifica no aprender a obtener semillas propias. Nada justifica no intentarlo.
El hortelano que trabaja solo puede quitarse la mascarilla en la huerta.
Nada justifica no volvérsela a poner en cuanto sale.

Barbie Jardinera

 

NOTAS:
Completar con una guía de buenas asociaciones: https://laramadeoro.wordpress.com/wp-admin/post.php?post=1528&action=edit
La foto de la macaón es del jardín de Gema.

Marmelos

En la libreta de hule donde lo anotaba todo y siempre (ahora: solo aquí y solo a veces) encuentro por fin esta entrada: “10 de febrero de 2010. Plantamos un olivo Manzanilla, un nectarino Fantasía -que pasa por autofértil-, un almendro Ferragnés para reemplazar al que se secó en verano, y dos membrilleros Wranja. Nunca llegamos a comprobar la auto-fertilidad del nectarino porque no pasó de esa primavera (entonces no supe por qué; hoy, visto lo visto con sucesivas plantaciones de nectarinos y albaricoques, estoy segura de que fueron larvas de bupreste). Los demás árboles siguen vivos. Los marmeleiros Wranja, que recuerdo haber comprado poco convencida, porque tenía el capricho de unos Gamboa (algo habría leído por ahí), alternan años de mucho y años de poco, pero apenas requieren cuidados -una mínima poda- y da gusto verlos  ahora, a las puertas de octubre, cuando el calor aún aprieta a mediodía pero de noche hay que echar ya dos mantas. Las uvas: garnachas y moscateles, estas últimas ya casi pasificadas, es decir, perfectas.

Otoñada

Momento de esparcir los hollejos del rosado por la viña. Cuando descubemos y prensemos el tinto, en unos quince días, traeremos el resto. Hollejos, semillas, escobajos. Cosas que la viña produjo con ayuda del sol y ahora toca devolverle, para que se descompongan ahí mismo.

En la cancilla del jardín cuelgan dos cencerros de latón, que tintinean y hacen ladrar a los perros cuando se acerca alguien. Es Miguel Manduca, el cabrero jubilado, que viene a traerme una bolsa de pimientos. Me trae a mayores una calabaza de dos kilos “que te manda el moro” (Samir, deduzco, el hermano de Wasah; han metido su rebaño en las instalaciones que Miguel ya no usa). Entra a inspeccionar la bodega. Una habitación de 10 metros cuadrados escasos, robada a lo que tenía que haber sido un garaje. Las cubas están tapadas con bolsas grandes de basura, de las de 100 litros, y atadas con pulpos para que no se oxide el vino. A Miguel, que siempre está contento, le gusta todo. El olor a mosto. El suelo fregado. El termómetro de plástico. La foto de mi tatarabuela de Ortigueira, con el cubo “para el cerdo” en la mano izquierda… (Manos artríticas, idénticas a las suyas,  pero fotografiadas a una distancia -insignificante- de casi cien años y ochocientos kilómetros). ¿Ya está cociéndose?, pregunta. A todo trapo, Miguel. Y suelto un pulpo para que pueda ver el sombrero (la torta de hollejos que el gas hace subir a la superficie). Hay que mecerlo, ya lo sé. Le enseño el apaño: un palo de azada, comprado en el chino, con un disco de encina atornillado en la base.  También esto le gusta (su amigo Severo, más exigente, tendría algo que decir: que si es muy pequeño, que si es muy grande…). El Joaquín -me dice Miguel- ha recogido ya el albillo pero aún no ha empezado con la garnacha.  Mal hecho, mal hecho. Y suelta unas risitas zorrunas, y asiente con la cabeza, dándose la razón a sí mismo, porque – aun estando como está, con la espalda doblada, dos prótesis de rodilla etc- Miguel sigue siendo, además de listo y observador (como todos los cabreros), un poco/bastante cotilla. Ha llovido fuerte durante tres días, continúa (en el pluviómetro de la cocina: 57 litros), y ahora, por confiado, recogerá solo uvas aguadas, ¡el Joaquín! O a lo mejor no -replico, solidarizándome con el otro-. Ya escurrirán. Volverá el calor. Yo misma he dejado dos “líneos” de uvas sin recoger. Poca cosa, pero de mucha sustancia. Tendrán más grado. Haré con ellas una barriquita “premium”, para paladares finos como el de Severo… (vuelta a reírse el cabrero)

Miguel Manduca ahora va siempre con la mascarilla. Ya no se pone cantuesos en la nariz (además, tampoco los hay; la floración es en abril). Me dice que Severo está aburridísimo. Sus hijos no le dejan salir apenas. Le regañan si llega tarde, si se entretiene callejeando.  No tiene ya cuchillos ni hoces que afilar. Nada que hacer. Le digo a Miguel que pare a recogerlo “en lo que sube al tinao”, y se pasen un momento por aquí. Tengo cosas que preguntarle. Dudas sobre la fermentación del rosado, que se hace casi como el blanco, pero con algunas diferencias (por ejemplo: ¿no me estaré pasando limpiándolo tanto?, ¿no habrá que dejarle una parte de los lodos, para que sepa a algo? Este es el tipo de cosas que sabe Severo)

Gracias a esos 57 litros  de lluvia habrá níscalos enseguida. Miguel vendrá con una bolsa hasta la cancilla. Después de cincuenta y cinco años paseando su rebaño por la comarca, tiene mentalmente localizados todos y cada unos de los pinos piñoneros y carrascos de la Sierra Oeste, e incluso en los años malos, los años sequísimos, él se las arregla para encontrar níscalos y traerme a mí unos pocos. Llamará a la cancilla e insultará cariñosamente a los dos perros que fueron suyos (al jubilarse, vender el rebaño y trasladarse al pueblo, sus dos perros, ya viejos, se vinieron para aquí; Chispa es más tranquila; pero su hermano Curro -al que Miguel llama Curro “Bezoya” (¿?), como el agua mineral- era nervioso y mordía a las ovejas y las cabras; Miguel le amenazaba con el garrote, a voz en cuello, pero no llegaba  a darle porque no le sostenían las rodillas, ni la hernia, ni la espalda…)
-¡Curro, Cuuurro Bezoia!  ¡Vas a llevar una hostia…!
Y el perro viejo caracolea a su alrededor, haciéndole fiestas.

Mientras escribo esto vuelve a lloviznar. Con puntualidad británica, Miguel Manduca entrará en la bodega dentro de dos semanas con su bolsa de níscalos. En ese momento estaremos embotellando de prisa y corriendo el tinto del año pasado, para trasegar a las barricas recién vaciadas el vino nuevo, el que está fermentando ahora, sin que pase mucho tiempo entre una operación y otra (a ser posible, no más de 24h; si la madera se seca puede picarse).Y luego en primavera Miguel volverá otra vez, pero con una bolsa de espárragos. Primero se oirán los cencerros de la cancilla, después la voz cantarina del cabrero:
– ¡Curro Bezoia, mariconazo!
Para entonces los hollejos se habrán descompuesto por completo. Estaremos filtrando y embotellando el rosado, y, si no hay contratiempos, si nos espabilamos, puede que terminando de podar las cepas. 

(Foto de hoy, una semana después de la charla con Miguel Manduca. Uvas para la barrica praemium + Curro)

NOTA
Flores de cantueso en la nariz: era el sistema que usaba Miguel para protegerse cuando no había mascarillas .
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Climatéricos tomates

Recogidos ayer, sus células siguen respirando, oxidándose y produciendo gases. Así el etileno, que los tomates que han iniciado la maduración (ese rubor en la piel aún verde) sintetizan en cantidad y desprenden discretamente por el aire de la cocina. Los otros tomates, más verdes, perciben el etileno de sus vecinos, y el efecto es que su propia maduración se acelera. También lo haría (acelerarse) en presencia de otra climatérica-fruta/verdura, tal las manzanas, las peras o los plátanos. No las uvas, sin embargo; no los limones, no las fresas… ni siquiera los pimientos, que comparten la huerta de verano con los tomates. Todos se fatigan y producen etileno -¡todos hemos de morir!-  pero estos últimos, los no-climatéricos, no lo producen en suficiente cantidad, una vez arrancados, como para terminar de madurar manteniendo el tipo.
* Los tomates de la foto estarán rojos, rojos como tomates, en dos o tres días. En cuanto a esas grietas que se ven en la piel de alguno,  nada que ver con el estado de maduración, y sí mucho que ver, me parece, con la irregularidad del riego. La tierra está ya muy seca cuando la riego ( tanto como me lo permiten las reservas de agua de LRO: un día sí y un día no). Pero la tierra es arenosa, el agua se filtra enseguida… La mata de tomates, ya contraída de sed cuando yo llego, aunque se refresca, no se sacia.  El agua sube bruscamente (ávidamente) por sus tejidos, y no es de extrañar entonces que los tomates se agrieten.

Para ralentizar la crisis climatérica (=sofocos + emisión de etileno): frío. Pero prolongarles la juventud (ficticia)  será siempre a costa de perder sabor. ¿Vale la pena? No, los tomates de la nevera nunca saben a nada. 

 

Injerto de escudete

Mi vecino Baba tiene buena mano para los injertos, tanto para los de escudete (= de yema), que se pueden hacer ahora, al ir terminando el verano, como para los de púa, que solo pueden/deben hacerse al final del invierno/comienzo de la primavera. Injertamos tres pistacheros y dos ciruelos. Si la yema prende, brotará en marzo de 2021.

El injerto paso a paso, según las fotos de arriba:

1- Cubo con esquejes de pistacheros (en esos esquejes van las yemas que nos interesan), conservados al fresco y ligeramente húmedos. Se cortaron del árbol solo 2 ó 3 días antes (cuantos menos, mejor).
2- Corte en el patrón: con una navajita bien afilada se hace una T (dos cortes; trás en horizontal, trás en vertical) en la piel/corteza del patrón (aquí, un brinzalillo de 2 años). Cuidado con el corte: apenas un dibujo, para llegar al cambium sin dañarlo y poder despegar las dos solapas, es decir, los dos sobacos de la T (paso 4)
3- Corte de la yema que queremos injertar, dejándola en el centro de una especie de mandorla, el famoso “escudete”. La yema crece como todas las yemas del año: en la axila de la hoja, que hemos cortado para que no transpire (y la yema se deshidrate)  pero dejando el pecíolo o parte de él (se ve bien en el paso 5 ampliado: esa especie de rabito). Atención: se corta la mandorla/escudete llegando al cambium (lo verde) pero si queda algo de madera adherida hay que desprenderla con la punta de la navaja.Se trata de que verde y verde se toquen: el verde del patrón (la T) y el verde del escudete por dentro. Toda la importancia que se de a esto es poca. Además, es en detalles así donde se ve la buena mano del injertador.
4- Se inserta el escudete en el bolsillo que forma la T del patrón.
5- Se ata por encima y por debajo el escudete. Nudo firme: no puede entrar aire ahí dentro. Verde y verde bien pegados. Hay quien usa cintas de tejidos vegetales, (biodegradables). Opinión de Baba, que comparto: la goma es mejor, porque se puede tensar sin que pierda firmeza el atadillo
6- La próxima primavera, si todo está en orden y nosotros aquí para contarlo, la yema brotará. Se le deja crecer un poco… Y cuando el brote esté fuerte, entonces se retira toda la copa del patrón. En otras palabras: se corta sin miramientos todo lo que está por encima de nuestra yema brotada.