El kaso de los guisantes okupados

Fotos 1 y 2

Larvas comiéndose los guisantes y dejando por ahí lo que les sobra. En ninguna vaina okupada encuentro un posible orificio/ventanuco de entrada, y donde sí  lo encuentro (orificio/ventanuco) no hay ya okupación, lo que prueba, como se verá más abajo, que no es de entrada sino de salida. Así pues, ¿como pudo entrar en la vaina una larva de tan buen ver? Leo en la web que por un orificio/ventanuquillo muy pequeño, pequeñísimo, taladrado en la vaina cuando esta aún estaba tierna y la larva, recién eclosionada, tampoco tenía aún las hechuras que tiene ahora. El tejido de la vaina habría ido achicando el orificio de entrada a medida que ella misma crecía.

La larva de las fotos es de color verdoso, con verrugas punteadas en la espalda y cabeza oscura. Las más pequeñas, de tres o cuatro milímetros. Las más grandes, del tamaño de la uña de mi dedo pulgar (foto 1). Comen uno, dos, tres guisantes.  A veces hay más de una por vaina. Tapizan con su excrementos las paredes. Y cuando terminan de crecer, pasadas varias semanas, abren un agujero y se van, para pupar en el suelo. Ahora bien, estos últimos pasos -desde que la larva termina de crecer, se va, se entierra, pupa, la crisálida despierta, sale el adulto y volvemos a empezar- sé que son así porque lo he leído, pero de hecho aún no me he visto nunca frente a frente con el insecto adulto (el que puso los huevos, de los que salió la larva etc). Busco por los libros y las webs de “plagas”: tal vez, pero solo tal vez (enseguida explico mis dudas), se trate de una larva/oruga de un lepidóptero,  Cydia (o Laspeyresia) nigricana, la polilla del guisante.

Como las okupadas no tienen orificio, busco en el cesto alguna vaina que sí lo tenga y que documente lo dicho (= estará vacía; el orificio es de salida). Voilá:

 

 

 

 

Fotos 3 y 4

La primera observación es evidente: ¿cómo iba a salir una larva tan gorda por un agujero de apenas dos mm? Lo del orificio de entrada lo habíamos solucionado, ¿pero este…?  Al abrir la vaina  me encuentro, además, un escenario distinto al de las fotos 1 y 2. La vaina deskupada está bastante más limpia que las primeras. O en otras palabras: no hay vainas desokupadas y con orificio que además estén llenas de excrementos. Así que hay un problema (y puede que se deba, no lo niego, a siete temporadas de The good wife comprimidas en dos meses de cuarentena): si no está ya la ex-okupa, y si todo está tan limpio, ¿cómo puedo dar por seguro que la que se fue por la ventana (fotos 3-4) es pariente de esas otras  que aún puedo pillar con las manos en la masa, dejándolo todo perdido (fotos 1-2)? No lo sé. No tengo pruebas. 

El insecto adulto responsable de la desfeita en fotos 1 y 2  sí pudo ser la polilla del guisante, principal sospechosa, por la que me incliné de buenas a primeras al empezar a escribir esto. Pero las fotos 3 y 4 me dan que pensar. Leo entonces que hay otro  delincuente habitual en los bancales de leguminosas:  un gorgojo (coleóptero, Bruchus pisorum), cuyas larvas pupan dentro de los guisantes.

Investigo.

  1. Las fotos de larvas  que encuentro por la web no me aclaran nada. Ninguna es exactamente como las fotos 1 y 2.  Parecidos razonables, sí, pero nada concluyente. Leo que las larvas del gorgojo son mucho más pequeñas que las de la polilla, pero claro, las de la polilla pasan por diferentes estadios larvarios, y en los primeros ¿no podrían confundirse con las del gorgojo?. 
  2. El otro factor: los hábitos de limpieza de las larvas. Este tema en concreto no parece despertar el interés de ningún entomólogo (ni de nadie, en general). Sin embargo, tendríamos que poder confirmar que las larvas del gorgojo no dejan la vaina tan sumamente llena de m. como las de la polilla. Solo entonces daríamos el kaso por cerrado. Y esta sería entonces la hipótesis:

    las larvas que entraron y todavía están ahí  no son necesariamente de la misma familia que las que ya salieron. Las del gorgojo habrían llegado antes, puede que en el propio sobre de semillas; hicieron en un visto y no visto lo que tocaba (engordar+ pupar, sin manchar demasiado) y salieron rápidamente (fotos 3 y 4) cuando las otras -las de la polilla- aún seguían empachándose (fotos 1 y 2). Lo que no hay o no encuentro (pero cabe añadir: de momento) es vainas desokupadas con orificio tamaño XL  y que estén llenas de m.

Las larvas del gorgojo son diminutas y podrían estar ya dentro del grano cuando las sembré. Por eso, señorías, podrían haber empezado el ciclo antes que las polillas, porque habrían llegado primero al escenario del crimen: en cuanto empezó a hacer calor, allá por la segunda prorroga del estado de alarma, el adulto de gorgojo ya estaba allí (=arrancó el primero, comió, pupó ahí mismo y se despidió a la francesa). Pero las larvas de la polilla tienen un ciclo más largo. Incluso pudiera ser que NO salieran nunca de su despensa: que se quedaran ahí dentro hasta que la vaina se secara y se abriera sola (clac, clac, como las legumbres de las retamas en el monte, si el horticultor las indulta para futuras siembras), o, en caso de decidirse a marchar, lo hicieran a bocados… y no precisamente por un ventanuquillo.

                                               Debullando chícharos

 

Nota: que la polilla y el gorgojo sean los sospechosos habituales no excluye un tercero, un cuarto… Valga esta nota como reconocimiento de mi ignorancia.

… y post scriptum de confirmación (?), dos semanas después: aquí la vaina-estercolero  con agujero suficientemente amplio para que salga la larva rechoncha (si bien flexible) de la polilla del guisante:

 

 

¿Habas o judías?

 

Foto 1: Vicia faba, HABA. Semilla redondeada y chata. Legumbre de vaina espesa (no se come), tirando a cilíndrica.  Foto 2. Phaseolus vulgaris, JUDíA.  Semilla arriñonada. Legumbre de piel fina (se come en verde), tirando a plana.

El haba, esa gran desconocida
Su vaina/legumbre cilíndrica se parece tanto a la de la judía estándar, más esbelta, como una cebolla pequeña se puede parecer a un ajo grande. O pongamos: como una cebolleta a un puerro. ¿Un pepino a un calabacín? Pero, a diferencia de esas otras parejas, al habaVicia faba L.- sí se la confunde constantemente con su pariente judíaPhaseolus vulgaris L. A día de hoy es muy raro, seguramente excepcional, encontrar legumbres de haba en el mercado, así que no podemos compararlas con las de las judías, y, a menos que uno conozca las plantas (muy distintas: para empezar, la judía es trepadora, el haba  no), la confusión entre semillas sí es posible (la de la judía, bastante más fina y arriñonada… pero ¡hay tantas variedades ya!)
Las palabras con las que nos referimos casi indistintamente a una u otra en español -haba/habichuela, faba, alubia, judía (1)-  tampoco contribuyen a deshacer el lío. Mi madre llama habas a las semillas de las judías/Phaseolus, y judías a su vaina, que también se come cuando está tierna, antes de granar. Mi madre, en la ciudad, no recuerda ya la diferencia con el haba-haba (la semilla del haba/Vicia faba, lo único que se come de ella). Y así tenemos que las fabas de Lourenzá, por ejemplo, son semillas de judía, no habas-habas, y lo mismo las fabes asturianas, o las pochas de Sangüesa… En cuanto al témino “alubia”, que en sus orígenes se refería a una tercera especie, de la que se hablará más abajo, en la actualidad se usa para todo. Para la semilla de la judía, para la semilla del haba-haba, e incluso para la judía de la judía (¡perdón!, para la vaina de la judía: para la judía entera). En una ocasión pregunté en una tienda de delicatessen  si tenían habas frescas. No las tenían. Pero me ofrecieron, sin dudarlo, un bote de “habitas envasadas”… que de hecho eran semillas de judía y (lógicamente) del pasado verano.

Cultivo
La judía/Phaseolus  es americana. Se cultiva muchísimo y en todas las provincias (según la estación), pero en especial en las de clima templado-cálido y húmedo, lo que las hace perfectas para la costa norte y noroccidental, donde casi se pueden cultivar todo el año. Es la facilona del par. El haba/Vicia faba es originaria del Viejo Mundo, como el guisante (otro precolombino), y no tolera en absoluto el calor extremo, lo que la hace cultivo preferente de invierno allí donde el agua escasea y el verano es tórrido.

Resumen, producto de muchos cultivos fallidos/exitosos en LRO, provincia de Madrid: la judía necesita calor y agua y no tolera el frío; el haba necesita menos calor, mucha más agua, y sí tolera el frío (frío relativo y puntual de hasta -2 ó  -3º: el de Oslo, no creo). Para el haba el factor limitante es la falta de agua. Para la judía, el frío. (2)

Teniendo en cuenta que en el clima mediterráneo llueve en invierno (¡cuando llueve!), y que en el norte de España hay zonas costeras donde hace mucho frío, algunas conclusiones prácticas:
Como a la judía/Phaseolus no le va el frío, se siembra cuando de noche no bajamos de 10-12º y el suelo está caliente.  Cuando acaba Semana Santa (mediados de abril). Como el haba/Vicia faba necesita mucha agua, en la costa la sembramos cuando queramos siempre que el frío no sea excesivo (tipo Oslo); pero en el centro y el sur solo podremos hacerlo en los meses más lluviosos (= los del invierno); por eso precisamente -para encarar las bajas temperaturas- tiene el haba la vaina forrada por dentro con una especie de guata que a la veraniega judía le sobraría, como llevar suéter en agosto. El haba también resiste mejor los suelos pesados con tendencia a empaparse y, por tanto, a enfriarse.
Si tenemos agua abundante, un sistema de riego organizado, unas mallas de sombreo… es decir, si nos sobra el agua y hemos discurrido la manera de rebajar algunos grados la calorina estival, ¿podríamos sembrar habas/Vicia faba ahora en mayo, para cosecharlas en verano? Supongo que sí… pero no creo que valiera la pena.

Habas vs. judías
Vuelvo a mi madre en La Coruña. A mis abuelos labriegos de Cambre y Cecebre, a mis tatarabuelos. Cuanto más atrás, más plausible me parece que aún cultivaran habas por judías, y que, como los granos/semillas se parecían tanto, a todo le llamaran faba. La verdadera razón de la sustitución de una planta por otra, del haba/Vicia por la judía/Phaseolus, no se pudo deber a la intolerancia del haba a la sequía porque nunca, que yo sepa, la costa del Atlántico ha pasado por “seca”… No, la verdadera razón, quizá la única, debió de tener que ver con la productividad: las judías producen muchísimo más que las habas y en muchísimo menos tiempo. Cualquiera que las siembre lo sabe. En LRO sembramos las habas a finales de octubre y empezamos a comer ahora: han pasado cinco meses. Pero si sembráramos unas judías precoces ahora mismo, ¡estaríamos empezando a cosechar en mes y medio!  Antes, hace diez años, todavía lo hacíamos. ¿Por qué no seguimos haciéndolo?  Pues porque no podemos, simplemente. No tenemos pozo (ni queremos tenerlo), sino solo un manantial, en la parte alta de la finca, que va llenando por gravedad dos albercas. Ya no llueve como antes; los manantiales no se cargan. Y no teniendo garantizado un mínimo volumen de agua de riego para el verano, hay que aprovechar al máximo el ciclo de invierno/primavera. El agua que hemos almacenado estos meses pasados será, en primer lugar, para los frutales jóvenes. En segundo lugar, para  los tomates y los pimientos, que no pueden reemplazarse por nada. Ahora bien, las judías/Phaseolus sí pueden reemplazarse por algo: por habas/Vicia faba. A ellas, cultivadas de noviembre a mayo, ya las ha regado la lluvia. Y si producen menos que sus primas americanas, qué se le va a hacer. 

Y, bueno, tampoco todo son ventajas con las judías. Hasta que empezaron a aparecer las variedades enanas había que contar con un buen tinglado de estacas/cañas y cuerdas con las que entutorar los tallos.  Si no circula bien el aire, la huerta se convertirá en un criadero de hongos (antracnosis, botritis…), tanto más probable cuanto más arcilloso sea el suelo.
En la foto de arriba se ve como crece la planta del haba. Aunque no sea trepadora, agradece un apoyo que la proteja del viento. Lo que se ve en la foto (ampliar) es un mallazo, de los que se usan para el hormigón armado, partido con una cizalla en varios trozos y clavado en la tierra.

 Habas, judías… y alubias. Una tercera en discordia
“Alubias” llamaban los árabes  -o dólico,  en griego (3)- a una especie de haba trepadora de vaina larga, bien adaptada a la sequía, que se conocía desde siempre en Africa occidental, pero con parientes próximos en Asia. Una tercera en discordia, pues, género Vigna unguiculata (L.) Walp: al igual que la judía americana, una leguminosa trepadora; al igual que el haba, cultivada en Europa desde antiguo. Si los romanos distinguían phaseolus de faba… su phaseolus solo podía ser esta, la alubia o dólico de Africa. Tienen como característica una mancha oscura, como un ojo, en el lateral del grano. Al -lubías fueron primero; después “judías caretas”, por la mancha en cuestión.  ¿Y habas caretas, caritas o carillas, fabas, habichuelas caretas? ¡Por qué no!  Y en América, con la que intercambiamos desde muy pronto todo este batiburrillo de legumbres y fantasía lingüística: fríjoles largos, chícharos de la boquita negra, porotos caretos o “caupís” (ni quechua ni aimará, aunque lo parezca, sino alegre adaptación del inglés cow pea, por su uso en los estados del sur como forrajera),etcétera.

Hoy, según rastreo por la web, las alubias/dólicos/Vigna son solo una reliquia gastronómica en Europa: en Extremadura y el Algarve,  Vandée y Poitou-Charentes (mongette, le dicen allí), Puglia, Toscana y el Véneto  (fagioli dell´occhio)…Y fin.  Por descontado, su cultivo retrocede aún más rápido que el del haba.  Añado para terminar el post: 1., mi propósito formal de encontrar semillas de Vigna para probar su cultivo en LRO; si está mejor adaptada que la judía al calor y la sequía, aunque produzca menos, ¿qué se puede perder?; y 2., esta receta de carillas de Talavera de la Reina, con el deseo de que puedan volver a abrir pronto, cuanto antes, los restaurantes de la zona: https://www.directoalpaladar.com/recetas-de-legumbres-y-verduras/carillas-oreja-rescatamos-receta-escondida-toledano-pueblo-velada-legumbre-extraordinaria (*la foto procede de ahí)

Notas

(1) Judía, de etimología incierta. La RAE y M.Moliner la relacionan con “judío”, sin más aclaración. Alubia procede del persa (RAE), y haba es la forma latína, junto a phaseolus, tomado del griego. El listado de nombres vulgares es maravilloso e inabarcable: faséolo, fréjol, fríjol, frisuelo, bajoca, pocha, poroto, chaucha etc.
(2) Otro factor limitante, aunque hasta cierto punto controlable (con enmiendas), sería el pH: el haba disque acepta el suelo calizo, la judía no. En LRO nunca ha sido un problema.
(3)  “El largo”, en griego, hacía referencia a la longitud de su legumbre. Tal fue su nombre científico, Dolichus unguiculatus, antes de pasar al género Vigna.

******
Las reproducciones del haba y la judía  (al comienzo, por ese orden) están la wikipedia. La primera es de O. Wulhelm Thomé,  Flora von Deutschland, Österreich und der Schweiz, 1885. La segunda pertenece a la Flora des Serres et des Jardins, prestigiosa revista del siglo XIX -por entregas, como era costumbre- dirigida por L. Van Houtte. (leyenda: Phaseolus compressus, sin. de vulgaris).  De la lámina de la alubia/dólico, también en la wiki, no encuentro datos.

Semilleros de la cuarentena

1. Calabazas

Hace tres semanas. Sembradas en fibra de coco, a dos centímetros de profundidad (la uña del dedo y hasta la falange, más/menos). Riego por pulverización. Bien tapadas. La humedad y el calor ablandarán el tegumento de la semilla, y el embrión, al desperezarse, lo partirá. Se airean todos los días, pero sin pasarse (que no se enfríe ni seque el sustrato). Cuando el tallo ha crecido un palmo, o casi, y se han formado ya dos o tres hojas verdaderas (las dos primeras eran aún los cotiledones, hojas embrionarias) hay que ir pensando en plantar fuera, o bien en repicar las plántulas en un sustrato más rico en nutrientes (la fibra solo tiene eso: fibra). Pero si las noches son aún frescas, que lo son, o podrían serlo, los semilleros se pueden dejar algunos días más tapados. Las hojas  están transpirando y fotosintetizando. La “tapadera”, entonces, ha de ser transparente y tener chimenea (última foto: garrafa), para que no se condense la humedad y se nos pudra todo. Riego diario, muy suave.

La hoja verdadera es muy diferente de los cotiledones

N.B. Calabazas y calabacines se pueden sembrar en el exterior desde ahora, pasado el riesgo de heladas serias. Cuando la plántula asome de la tierra -que es cuando el frío podría acabar con ella, no antes- el relativo riesgo nocturno de esta época del año ya habrá pasado del todo. El interés de sembrar dentro, en casa y con tapadera, era -además de entretenerse durante la cuarentena- el de adelantar dos semanas la germinación. ¿Vale la pena? En zonas donde el verano entra pronto, como aquí, y sin apenas transición del frío (muy moderado) al calor (intenso), no estoy muy segura… porque las semillas que se pondrán fuera -mañana mismo- crecerán tan rápido y tan fuertes que enseguida igualarán, y aún adelantarán, a las criadas al calor de la cocina, los plásticos y las garrafas recortadas..

2. Madroños de Gema

(https://laramadeoro.com/2020/02/11/futuros-madronos/)
Hay unos doce fuera de peligro. Con “hojas verdaderas” y buen aspecto. Crecen despacio, pero crecen. Seguirán donde están hasta el otoño (por lo menos) y después aún tendrán que pasar a una maceta.


3.
Tomates de Miguel Manduca
O planta ya, o empiezan a pudrírsele las plántulas, que en este momento más parecen lechugas que tomateras. Han llegado justo justo al final de la cuarentena. Como aún no tiene 70 años Miguel podrá subir a la huerta entre las 8 y las 10h, pero a su colega Severo -que pasa mucho de esa edad- solo le dejarán de 10 a 12 (lleva encerrado las siete semanas, afilando y volviendo a afilar los mismos cuchillos y tijeras en el patio de su casa). Podrán saludarse cuando se crucen; uno de subida, el otro de bajada… Wasah o su hermano, no sé bien, le ha pasado ya la mulilla a la huerta, estercolada a fondo con la basura del rebaño (basura que Miguel lleva a la huerta en Navidad, para que hoy, justamente, esté lista para recibir las plántulas de tomatera)

Sigilosamente

25 de marzo de 2020


Miguel Manduca, uno de mis vecinos, cabrero jubilado, está encerrado en casa desde hace una semana. Rabia por salir, pero no puede.
Ya lo he contado en otros lugares: Miguel vendió el rebaño, traspasó (de algún modo) la instalación a Wasah, el nuevo pastor, y él conservó para su uso y disfrute la casilla y la huerta. Comparten el pozo y la alberca/estanque que hay frente a la casilla. El “moro”  necesita el agua para dar de beber a su rebaño. Miguel Manduca para regar la huerta. En el estanque viven unas carpas gordas como tiburones, que Miguel alimenta con pan duro, y que si te acercas mucho a ellas capaces son de llevarte un dedo. Todos los años siembra en la huerta unas patatas precoces (variedad ‘Jaerla’), y esos mismos días de febrero, cuando empieza a haber más luz, inicia un semillero de tomates y pimientos usando como recipiente unas cajas de polispán y dos piezas de loza (lo que queda de ellas) de un cuarto de baño que alguien desmontó y tiró en el monte. Miguel pasa por un cedazo varias paladas de tierra buena; rellena con esa tierra el lavabo, por ejemplo; vacía una cajita de semillas de tomate; lo cubre con una capa de estiércol fino; riega todo suavemente, con una lata grande agujereada (especie de alcachofa de ducha pero de Conservas Zallo-Bonito superior en escabeche) y después tapa el sembrado con maderas, trozos de uralita, chapas. Esto es esencial hacerlo, porque de madrugada todavía hace frío. Aún estamos en marzo. Encima de los semilleros Miguel coloca unos ladrillos, unas piedras, para que el viento no los destape y las plántulas se hielen.
Desde el pueblo hasta el tinao y la huerta se llega caminando. Un kilómetro, poco más o menos. Cuesta arriba al ir, cuesta abajo al volver. Miguel sube por la mañana a destapar sus semilleros (ha de darles el aire y el sol), y vuelve a subir de noche a taparlos. De paso se para a charlar con unos y con otros. Le vigila las gallinas y los patos a Wasah mientras él o su hermano entran a limpiar en el tinao. Tienen dos gallinas pintadas, por cierto, que alguien le debió de traer de Marruecos. Gallinas pintadas o de Guinea. Muy guapitas, dice Miguel. Pero también desconfiadas, chillonas, un poco locas… A veces Miguel se ocupa de las ovejas y las cabras “del moro”, a quien ha enseñado cómo llamarlas para que le obedezcan (en buen español con acento de Ávila, pero condimentado con una serie de largos cúúrrrri-curri-curri, o bien: chivi-chivi-chivi-chivi,  muy rápido, en staccato, y amenazas intercaladas del tipo: me cago en Roma, me cago en ros, me cago en la madre del diablo verde, etc.- que ellas entienden al instante, sin que haya que repetírselo).
Yo vivo en la parte alta del pueblo. Todos los días, con o sin cuarentena, paseo a mis perros por el viñedo y el descampado que me separa de la huerta de Miguel. Ahí precisamente conocí a Severo. A Wasah, a Lalo, a la Inés.

Wasah se ha llevado estos días el rebaño. Lo habrá soltado en algún lugar seguro, bien alambrado, para no tener que pasar el día en el tinao mientras dure la cuarentena. Se turna con su hermano, creo, para atender a las gallinas. Recoger los huevos, rellenar bebederos, y darle de comer a la mastina que protege el gallinero de “las zorras”  (la tratan bien y le hablan con cariño pero, que yo sepa, nunca la sacan de paseo). El que venga de los dos hermanos para muy poco. No más de diez, quince minutos.

Oigo la furgoneta de Wasah que arranca y se va.  

Vuelve a hacerse el silencio.
No se ve a nadie por los alrededores. No se oye a nadie. Cacarean un poco las gallinas. Ladra la pobre mastina.
Son las ocho de la mañana y no hay ni un alma. Como ayer, como anteayer, pasan en vuelo rasante las primeras golondrinas.
Pero el tiempo ha cambiado: hoy saldrá el sol. Vuelvo a ver a la abubilla que ya vi el otro día, recién llegada de Africa. Camina con la cresta levantada entre los caños de patatas ‘Jaerla’, que están blandos, frescos, gracias a la llovizna de estos días pasados.
Me pongo unos guantes de plástico, de los que dan en la frutería del Carrefour. Sigilosamente deshago el nudo que cierra la puerta de la huerta de Miguel. La abubilla levanta el vuelo. Voy hasta los semilleros y empiezo a retirar, uno a uno, los ladrillos y las piedras.  Las plántulas de los tomates ya tienen tres o cuatro centímetros. Es esencial que les dé el sol. Pero decido no destapar del todo los pimientos, que apenas asoman entre el estiércol, por miedo a que se enfríen (o se sequen; mañana tocará regarlos). Solo los entreabro, colocando un trozo de ladrillo entre la tapa y el semillero. Vuelvo a atar el cordel de la puerta. Me quito los guantes. Silbo a los perros y desaparezco.

Esta noche, sigilosamente, mientras mis perros echan a correr por el descampado, volveré a entrar en la huerta de Miguel, me pondré un par de guantes limpios, taparé los semilleros que acabo de dejar aireándose, volveré a colocar los ladrillos y ataré de nuevo el cordel de la puerta. Saldrá la luna. Los grillos empezarán a desgañitarse. En el pueblo, ahí abajo, la gente estará ya abriendo las ventanas, los balcones: en cinco minutos darán las ocho. Las tres gatas que aún conserva Miguel (felizmente castradas, las tres) vendrán un momento a saludar. Comprobaré que en la tolva tienen pienso. En silencio absoluto, para que las gallinas de Guinea -¡esas locas!- no se pongan a chillar y me delaten, echaré unos curruscos de pan duro al estanque. Después, sigilosamente, me quitaré los guantes, silbaré a los perros y me volveré a casa.

 

Severo en la viña ( y 5)

Aquí va, para terminar la serie, la poda completa en vaso abierto de una vieja cepa de garnacha.  Fue hace exactamente una semana, cuando las cepas ya estaban llorando (i.e., la savia subiendo con fuerza).
Severo solo usa la tijera de dos manos y la azolilla. Las dos herramientas que usaba su abuelo. No le ve la utilidad a la tijera de una mano, y en cuanto al serrote, ¿para qué llevarlo, si su trabajo lo puede hacer igual (o mejor, en manos de un hombre hábil) el filo vertical de la azolilla, solo un poco más corto que el de una hachuela/destralillo?
Severo, que no es amigo de tontunas, dedica a cada cepa todo el tiempo que considera necesario. Unos diez minutos de media, contando la retirada de los sarmientos y la limpieza del pie con la azada (esto último no se incluye;  la tarea me correspondía a mí, y quedó para el final).  Por eso el vídeo es largo… Pero si alguien tiene de verdad interés en aprender a podar, que haga clic en el “on” una y otra vez. Todos los cortes que da Severo  tienen una razón de ser. Y los que no da, también. 

Por último. Un buen podador se está moviendo todo el rato alrededor de la cepa, como un bailarín a cámara lenta, buscando el ángulo bueno para meter la tijera (por detrás de la yema) y que el corte sea limpio (al bies, sin desgarros). ¡Cámbiate!, me grita Severo cuando, por vagancia, hago varios cortes desde el mismo sitio. ¡Cámbiate ya! ¡Baja los brazos!

¡Piensa un poco! 

8 de marzo 2020. Una última copa de moscatel, antes de meternos  en la madriguera.

                                        ¡Salud y rápida cuarentena a todos!

 

 

Severo en la viña (parte 4)

Para que la poda vaya sobre ruedas -sin mordiscos en los sarmientos, sin tirones en los brazos…-  todas las herramientas han de estar afiladas y engrasadas. Severo limpia y cuida con mimo sus tijeras. Todos los filos van protegidos por un trapo y una caperuza de cuero. También la azolilla.

(El problema de Severo es que está muy sordo. A veces le pregunto algo pero él no me oye, aunque dice “dime” a cada rato, preventivamente, y hemos de andar a gritos por la viña. Tú hazle caso, me dice Miguel Manduca.  Hazle siempre caso a Severo, que sabe más que el buey Limón.)

 

Severo en la viña (parte 3)

Si no se les quita lo seco las cepas se arreviejan. A los muñones sin yemas, o con una clara desproporción entre lo viejo (que es mucho) y lo nuevo, que es una chuchurría, Severo les dice cucazos. Fuera con ellos. Y Miguel, para que me quede claro, completa la descripción: peñuscos, miseria, guarrería… La herramienta para quitar todo eso: la azolilla (zapapico pequeño con dos filos, uno vertical y otro horizontal)

Cuando se raspan bien los cortes de esos cucazos reviejos, apurándolos con las tijeras una segunda y hasta una tercera vez, se sacan trozos finos de madera, como monedas, que Severo llama centimiles.

 

Continuará

Severo en la viña (parte 2)

En una viña como es debido las cepas están mondadas y/o chapodadas antes de la poda. Mondar: seleccionar los sarmientos y dejarlos largos, sin rebajar (diferencia con chapodar, que era solo recortarlos todos -chá, chá, chá…¿de ahí vendrá el palabro?- quizá para que pase mejor el arado por las calles).

Mondadas, chapodadas, o como buenamente quedaron tras la vendimia (nuestro caso), llega el momento de podar. En cada brazo quedará un pulgar y en cada pulgar dos o tres yemas: la casquiza de abajo, que no cuenta, y dos al aire (o solo una, si ya no hiela). No se puede dejar ninguna yema que no haya sido seleccionada. Para ello, dice Severo, hay que lamer bien los sarmientos, mejor dicho, sus cicatrices, que hemos dejado al ras. Mucho ojo con esas yemas casquizas que puedan quedar por los sobacos de la cepa. Ante la duda: pase de desroñador (véase parte 1).
Muy importante: la yema al aire del pulgar ha de estar cubierta por un tocón. Este tocón le dará resistencia al nuevo sarmiento (el que brote de la yema al aire) cuando se cargue de racimos… Para estar bien seguros de que dejamos tocón, el corte se hace por medio y medio de la yema/nudo siguiente, tal como hace Severo en el vídeo (arreglando una cepa podada por mí, con pulgares demasiado largos):

 

Continuará

Severo en la viña (parte 1)

Nadie sabe más que Severo. A él le enseñó su abuelo cuando tenía diez años. Durante los cincuenta, sesenta, setenta siguientes… Severo podó viñas sin parar. Las de la familia y las del tío León, y todas las que se le ponían  por delante. Las chapodó, sarmentó, despampanó, desroñó…
Severo es el mejor: el último de los buenos, el único que aún puede contestar a todo cuanto se le pregunta.
Para celebrar la clase -en el campo, acompañados de Miguel Manduca, buen amigo de ambos- yo llevé un queso San Simón da Costa y él una botella de moscatel.

Chapodar: cortar un poco los sarmientos nada más terminar la vendimia, de modo que cuando llegue el momento de la poda -propiamente dicha- solo haga falta rebajarlos, dejándolos reducidos a un pulgar de dos yemas.

Desroñar: quitar las tiras de corteza vieja, llenas de tierra y suciedad, usando un desroñador ( herramienta entre el hocino/fouciño y la serpeta)