Palabros (2)

la turbera antes y despuésTurba. En el colegio, en la EGB de antes (ahora ya no lo sé) nos hacían memorizar la serie “ antracita, hulla, lignito, turba”. Millón de años arriba, millón de años abajo, todo venía a ser lo mismo:  fósiles vegetales sepultados, de cuando la tierra era verde hasta en los polos.  Las turberas son inmensos yacimientos de esos fósiles, esfagnos (un tipo de musgo) en su mayor  parte,  que se han acumulado en zonas cenagosas y frías, permanentemente encharcadas, es decir, sin aire.  Los organismos descomponedores que trabajan en un bosque templado no pueden de ninguna manera trabajar ahí. Los que lo hacen son otros (bacterias “an-aerobias”), y el producto final, como era de esperar, también es otro. En las turberas los restos orgánicos  no se descomponen y forman humus, liberando lentamente sus componentes. En la turbera no hay “humi-ficación”  sino “carbonización”. Otra historia. El resultado de la acumulación de esos restos, durante miles y miles de años, es un colchón de fibras compactas. Como esponjas comprimidas, muy fibrosas y ligeras pero muy pobres químicamente (¡no hay humus!). E inertes. Esto es, un material perfecto para las raicillas de las plantas recién germinadas. Por eso se usa tanto en los viveros de producción y es un componente básico de los “sustratos universales” para macetas (en los restantes sustratos, aunque en menor proporción, también suele estar presente).

…Y todo estaría muy bien si no fuera porque la extracción industrial de turba para jardinería ha provocado la desaparición de marismas  enteras en el norte de Europa, paisajes frágiles donde crece (crecía) el rosolí y cría (criaba) el gallo lira. Una loncha de turba de un metro de espesor de esta turba (la extraen con palas excavadoras) ha tardado 1000 años en formarse. Y esa misma turba, ese tesoro delicado, se va después a rellenar nuestras macetas de geranios. Como efecto secundario –por si  este desaguisado irracional  no fuera suficiente- la extracción de la turba libera a la atmósfera toneladas de CO2 .

gallo lira en una turbera

 (Foto de Erlend Haarbeg para el blog wild-wonders.com)

ATENCION pues a los “sustratos universales” (y a todos los demás también) que vamos a comprar.  Cada casa comercial tiene su receta.  Al leer la etiqueta hay que fijarse  sobre todo en dos cosas:

  1. Proporción de materia orgánica y procedencia de la misma; normalmente no la llevan; la reemplazan por abonos minerales, es decir, por el “bote de micebrina” (véase post anterior). A más vegetal, más calidad.
    2.  ¿LLeva turba?; seguro que sí;  en España es difícil encontrar sustratos sin ella.

Conclusión: lo que solemos comprar en los dichosos “Garden Center” es una esponja de turba triturada a la que le han agregado/inyectado abonos minerales.   Limitándonos por un momento al aspecto jardinero del asunto,  lo recomendable  sería  mezclar el sustrato con “tierra” de verdad, para que el producto final sea más consistente, pues una vez que se seca la turba no hay forma de rehidratarla (el agua corre maceta abajo, sin que nada la frene), y una vez que se consume la micebrina, que lo hará en un visto y no visto, ¿qué hacemos?; ¿empezamos otro bote, y otro…?.  La tierra del jardín lleva también hongos y bacterias (y otras cosas) que le darán vida al sustrato (larga vida, lo que NO nos ahorrará tener que cambiarlo algún día, bastante después, cuando las raíces crezcan y el aporte de materia orgánica se reduzca/detenga –en una maceta es lo normal : no caen hojas ni vienen los animales a anidar…)
drosera rotundifoliaPero el párrafo anterior, en realidad, SOBRA.  A base de romperme la cabeza una y otra vez, y de agobiarme pensando en el rosolí (una especie de Drosera, planta carnívora, la alta-tecnología del mundo vegetal; la foto procede de wikipedia)  he llegado a la conclusión de que lo mejor  es  que cada uno se haga propio “sustrato” para macetas, mezclando tierra limpia del jardín con un puñadito de humus y, si  hiciera falta aligerar la mezcla, con un poco de fibra de coco (la venden en todas partes; son como un ladrillo marrón, que hay que deshacer en un cubo de agua antes de usarlo).  Pero incluso la fibra de coco (o similar) se puede reemplazar por mantillo casero de hojas secas, no completamente desmenuzadas (a medio camino).

Y una última cosa. Lo de verdad importante, lo esencial  de toda esta película, es preguntar una y otra vez en las tiendas por sustratos SIN TURBA, dar la lata en Atención al Cliente, patalear, y no llevarse jamás uno de esos sacos de “sustrato universal” en los que, aunque ni el vendedor lo sepa, van incluidos los huevos del gallo lira,  las flores del rosolí, de las andrómedas, las llanuras brumosas del Mar Báltico, y hasta una porción  de los frondosos bosques tropicales que ocupaban nuestro hemisferio antes de las glaciaciones.

organic and peat free vegetable compost

Foto: en este vivero inglés el sustrato más vendido es el “compost libre de turba” (peat free). De modo que el producto existe; sólo falta que nosotros, como consumidores, lo exijamos. (Por cierto, en la etiqueta de la foto se especifica claramente que el compost es vegetal, es decir, puro mantillo.)

NOTAS
En los paises europeos firmantes de la red Natura 2000 ya no se permite la extracción de turba. En la actualidad el gran proveedor de nuestros mercados es Estonia.
La primera foto procede de pronatura.ch. A la derecha, la turba virgen. A la izquierda, la explotación industrial.

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Palabros (1)


Entre el 2006 y el 2008 estuve contratada como profesora de  jardinería en los Talleres del Parque de la Fuente del Berro (Madrid).  La mayoría de los alumnos eran jubilados, prejubilados, amas de casa, con las mañanas desocupadas y muy buena disposición. Empezábamos  muy serios, hablando del tema programado para ese día –“el riego por goteo”, “las plantas de rocalla”…-  pero siempre, siempre sin excepción, terminábamos por los cerros de Úbeda (la trilla en Segovia, la mermelada de limón…). Así que, al mes de empezar, me propuse como único objetivo realista de aquel curso  que mis alumnos aprendieran a usar bien las palabras del siguiente listado:

Sustrato.
Sería sinónimo de” soporte”, es decir: “cualquier cosa”. Cada sustrato es una mezcla de diferentes ingredientes. Tendríamos que leer la etiqueta antes de comprarlo para ver si esa mezcla sirve –o no- para lo que ese día queremos hacer con ella (por ejemplo, a los rosales les gusta un sustrato pesado y rico; a las azaleas uno más ligero y ácido, etc).  Sí, las casas comerciales – Compo, Burés, etc- ofrecen sacos de “sustrato universal”. Hablaremos de él al final del post.
Tomasiño cargando tierraTierra. Así, sin más, la tierra  que tenemos bajo los pies es un compuesto en parte mineral (partículas más o menos gruesas, procedentes de la fragmentación de la “roca madre” que está ahí mismo, bien abajo) y en parte orgánica (lo que resulta de la descomposición de restos vegetales y animales). Más el agua y los gases. No todo es tierra sólida: no habría vida en ella. En el agua están disueltas las sales minerales que las raíces absorben.  Esas sales proceden en su mayoría –como los gases- de la parte orgánica descompuesta (las moléculas se rompen y va saliendo de todo: el carbono, nitrógeno, etc,  en diferentes combinaciones, listas para que la planta los aproveche).

Mantillo. Son restos orgánicos, en su mayor parte vegetales (si no en su totalidad), que se encuentran en fase de descomposición  avanzada.  Toda la “tierra” fértil ha de tener, pues, su parte orgánica.  El mantillo del bosque es esa capa de hojas húmedas, musgos, hongos, plumas, excrementos…que huele tan bien en otoño. En su fase final de descomposición (una legión de invertebrados y microorganismos la llevan a cabo), la fracción más rica y concentrada, la “quintaesencia” del mantillo descompuesto, es lo que podríamos llamar “humus”.   El mantillo aparece descrito a veces como “enmienda” orgánica:  como es vegetal, como tiene  fibra, mejora de forma estable la estructura del suelo (la “física”), haciendo que retenga mejor el agua (lo justo y necesario, sin encharcar), facilitando al mismo tiempo la aireación y la vida de los microorganismos.  Al terminar la descomposición también mejorará la “química”.
NOTA: hay otras enmiendas además de las orgánicas; enmiendas calizas, por ejemplo, para corregir el pH del suelo cuando es muy bajo…

Compost.
No debiera ser nada. No es palabro castellano. Es un anglicismo que casi siempre reemplaza a mantillo. Y sin embargo… cada vez se usa más con un significado propio, diferente de “mantillo”, en el que predomina el componente vegetal. “Compost” se usa, pues, como “producto de la descomposición de la materia orgánica de diferentes orígenes  y producido en un compostero controlado” (quiere decirse: no en un montón abandonado  donde se echan a la buena de Dios los restos de la cocina, los excrementos del perro…eso, así, sólo vale para atraer a las ratas al jardín).

esterco de cabalo espallado pola horta

Abono orgánico. (Foto: estiércol de caballo cubriendo lo que queda de la huerta en invierno; lo suyo sería taparlo bien con una buena manta de hojas secas).  El abono orgánico,  el que compramos como tal, en realidad está formado casi exclusivamente (“casi”, según lo que nos vendan en cada caso…) de restos orgánicos animales. Estiércoles deshidratados. Muy ricos químicamente –no sólo en los tres “macronutrientes” imprescindibles, N, P, K-  pero no siempre estables en el suelo o no siempre disponibles para las raíces (la capacidad de asimilar ese alimento depende del estado del suelo y de la planta; si éste es malo, el abono no hace nada; sería como ofrecerle una mariscada a un enfermo terminal). Por otra parte, los abonos fuertemente nitrogenados -y los orgánicos, con matices según el origen, lo son-  duran un telediario (en realidad, la estabilidad del N depende de su forma de presentación: amoniacal, nítrica…pero como principio general creo que vale). En conclusión: un abono mejora la alimentación de la planta (siempre y cuando todo vaya bien), pero una “enmienda” –mantillo, humus- mejora  las condiciones del suelo (y a la larga, lo hemos visto, también la alimentación).  El abono es “química” y para  ya; la enmienda es “física y química”, y para un buen rato.
NOTA: Además de los abonos orgánicos hay abonos minerales, que, de hecho, son los que más se venden. La diferencia entre unos y otros es la que va de un plato de lentejas con chorizo a un bote de Micebrina

                             (Continuará. Palabros 2: turba)

Jardín limpio, cliente contento

 chaumont 07Voy de visita al festival de jardines de Chaumont-sur-Loire cada tres años. He ido ya en el 2007 y en  el 2010. Este año tocaba, pero entre la vendimia y el vino se me ha echado el tiempo encima y ya no podré ir. No faltaré, sin embargo, a la cita de primavera.
La primera vez fuimos en la furgoneta desde Madrid, sin prisas, haciendo varias paradas por el camino; al llegar a Chaumont, que es uno de los pueblos que se esparcen por la orilla del Loira (muy cerca de Amboise) nos quedamos a dormir en el camping. La segunda vez cogí un tren muy temprano en la estación de Austerlitz, en Paris; la parada es en Onfray, a dos kilómetros del castillo donde se celebra el festival. Fui caminando hasta Chaumont, pasé el día allí, y al atardecer regresé a París. En las dos ocasiones me quedé con la impresión de que el tiempo y el dinero invertidos  (150 euros en el segundo caso, por un “forfait” de avión +2 noches) eran muy poca cosa para lo que se podía obtener a cambio: ver en unas seis horas el mejor festival de jardines de Francia y volver a casa con la cabeza en estado de ebullición.

Al mes de volver quedé con un amigo jardinero en Madrid para tomar una cerveza. Venía todo sudoroso, después de horas trabajando con la sopladora, barriendo y recogiendo en bolsas de plástico las hojas caídas al pie de las plataneras… Saqué la cámara digital y empecé a enseñarle mis fotos. Déjate de mariconadas, me dijo. Mis fotos de Chaumont –como la que reproduzco aquí arriba– no le interesaban ni mucho ni poco. Pasamos a hablar de otras cosas.
Y es que aquí no tenemos nada que pueda compararse a un festival como el de Chaumont. Tenemos festivales gastronómicos, musicales, y otro tipo de cosas estupendas. Pero de jardines, nada. Cuando uno salta desde la plataforma en la que trabajan los grandes paisajistas –los de “Casa y Jardín”, para entendernos– va a darse de bruces directamente contra el suelo: el terreno de los jardineros de mantenimiento, que son albañiles o agricultores reciclados en el mejor de los casos, y en el peor (que es lo habitual), jóvenes españoles sin cualificación, que sienten el mismo interés por podar un rosal que por conducir una carretilla elevadora; estos jardineros que pululan por las comunidades de vecinos y urbanizaciones de las afueras se reparten el business con los emigrantes sudamericanos, marroquíes y rumanos, quienes, como ellos mismos, trabajan por cuatro perras (qué remedio) y han aprendido  a marchas forzadas en las grandes compañías de mantenimiento, las que se llevan las contratas de los ayuntamientos (desbrozar cunetas, limpiar aparcamientos, etc). Pueden ser buenos trabajadores, pueden  tener pericia en el manejo de las máquinas, pero ni saben una palabra de botánica o agronomía, ni consideran que sea necesario saberla para cuidar un jardín. Naturalmente, los propietarios del jardín no son exigentes. En España no lo son, ni siquiera cuando creen serlo… Y lo que están dispuestos a pagar a estos jardineros  improvisados es lo mínimo (ocho euros/hora, cinco si es en negro).  Chaumont. Soluciones para suelos muy secos.Una familia de nivel económico medio dedicará el  95% de su presupuesto a la casa y al coche, pero ¿al jardín?. Con que esté limpio basta. Seto de “arizónicas”, + extensión de césped + puñado de rosales sin padre ni madre en la entrada. Este tipo de propietario estándar –el de los miles de chalés/segundas residencias surgidos como hongos al calor de la burbuja inmobiliaria, o el coprietario distraído de una comunidad de vecinos– tampoco considera la posibilidad de que haya otra forma de hacer las cosas. Y si sale a otros países de vacaciones, no ve lo que no llama su atención, aunque lo tenga delante de los ojos (foto 2: Chaumont, soluciones para suelos muy secos; más abajo, foto 3: chumberas, rosas y gramíneas). O puede que sí lo vean  y puede que sí se admiren, pero eso no significa que vayan a hacer comparaciones constructivas y a extraer de ellas la menor conclusión práctica. ¿Por qué somos así?. No lo sé.
pompas de jabón en un cuasi-desiertoEl ciudadano español medio tampoco le pide mucho a su ayuntamiento en cuestión de espacios verdes públicos. Pide, de hecho, lo mismo que para su pequeño jardín (el que lo tiene). Y ni él, ni su jardinero, ni el representante de la administración necesitan festivales de jardinería ni nada por el estilo. En todo caso, si se hace una “feria del jardín” a lo grande, como acostumbramos a hacerlo todo por aquí, lo que encontraremos en ella es lo último en maquinaria, nuevos cachivaches, pérgolas y casitas de jardín, barbacoas, horripilantes cabezas de Buda, tumbonas de maderas imputrescibles (procedentes de selvas tropicales en peligro de extinción), etc, etc.  Supongo que la falta de empatía con la naturaleza (¡la de verdad, no la de adorno!) es un defecto cultural que arrastramos desde la noche de los tiempos pero ¿por qué nos hemos curado en tantas otras cosas y en esta seguimos así?.
Cuando salgo al extranjero a ver jardines siempre vuelvo cabizbaja. En España no hay nada comparable –no digo ya a los grandes festivales, ¡pienso simplemente en las rotondas ajardinadas de Francia, por ejemplo!– no hay nada comparable porque casi nadie lo echa en falta (y los que sí lo hacen todavía son minoría: basta con abrir los ojos).  Como cuando paseamos por el campo. Si uno se da un paseo a pie por cualquier zona rural del sur de Inglaterra, o de Aquitania, o de la Toscana… puede estar bien seguro de que no se va encontrar ni neumáticos, ni bolsas de plástico, ni restos de palés, ni trozos de uralita… Por supuesto, las posibilidades de que se encuentre un perro abandonado, esquelético y muerto de miedo, son también muy bajas, e irán disminuyendo a medida que nos dirijamos al norte.

crocus hederifolius


En este jardín (Oxford), las hojas se descomponen al pie de los árboles, y en el mantillo que se acaba formando  brotan unos crocus diminutos.

En cuanto a mi colega jardinero, no me afectó gran cosa su desinterés.  Es un buen hombre que preferiría otro tipo de trabajo, mejor pagado y menos ingrato. Me quedé, eso sí, con ganas de decirle que estaba haciendo el canelo. Que las hojas de las plataneras debía soplarlas hacia el centro del césped, esparcirlas lo más posible y, acto seguido, pasar la segadora por encima. La bolsa de la segadora irá recogiendo una mezcla impagable de briznas de hierba y hojarasca triturada. Lo que él –y una mayoría de sus clientes y colegas, para qué negarlo– consideran “suciedad” es lo que mantiene fértil y protegido el suelo (por no hablar de la cantidad de pequeños invertebrados que encontrarán refugio en esa capa mullida y caliente de materia orgánica). De modo que, en vez de tanto sudar y tanto ir y venir al contenedor,  a lo mejor debería limitarse a ir vaciando esas bolsas al pie de  árboles y arbustos, devolviéndoles lo que es suyo, los nutrientes que ellos mismos han fabricado y de los que depende en buena medida su futuro. Así se mantienen esos jardines ingleses que tanto admiramos (foto 4). Y la única diferencia respecto al mantillo de los bosques  (foto 5, abajo) es la velocidad: allí todo es lento, aquí, por razones estéticas (y a veces funcionales: no resbalar por un camino lleno de hojas), se acelera el proceso de descomposición, pues las hojas secas vuelven a la tierra ya trituradas, amontonadas, y mezcladas con hierba.

hojas que formarán el mantillo

Notas.
Los troncos de la primera foto, pintados de azul y puestos cabeza abajo, como hombres caminando, procedían de los bosques azotados por las tormentas que arrasaron Francia en 2005. Algunos años después leí esta noticia en una revista de jardinería: los hombres azules de Chaumont habían arraigado en el fondo el estanque y se estaban cubriendo de hojas. Es decir, volvían a ser árboles.

Malvarrosa, malvanegra

Desde los últimos días de abril

Foto 1. En un pueblo del sur de Inglaterra, junto a los portales, dos o tres baldosas (o sólo una) levantadas para plantar en ese minúsculo espacio de la acera unas lobelias, unos bulbos, una malvarrosa de casi dos metros (Althaea rosea). He visto esa misma ansiedad jardinera en Amsterdam, incluso en las calles más céntricas. Hay mini-jardines como éste por todas partes. Mini-jardines en los que dejarán su tarjeta de visita los perros del barrio, (¿o a lo mejor no?) sin que por ello los vecinos renuncien a sus flores. Nadie parece obsesionado por poner barreras o proteger de alguna manera lo que ha plantado.

 

Foto 2.  En LRO, intentando reproducir la escena de la foto 1, plantamos hace ya tres años una Althaea rosea `Nigra’.  Mirando al este, protegida por el muro de la casilla y con el suelo relativamente fresco, la malva no sufrió exageradamente en verano y siguió dando flores desde finales de abril hasta principios de junio. Es menos exuberante que sus hermanas del norte, como era de esperar, y florece precozmente.  ¿Ataques de “roya”?. Sí. Pero menos que en las plantas que he visto en Galicia, en Holanda, en Inglaterra. Aquí hace demasiado calor, incluso para los hongos. Sólo si la primavera es muy, muy húmeda los ataques son más serios. Como sucede con la “yesca” de las viñas o con la “abolladura” de los frutales de hueso, la gravedad de los daños de la roya en la Althaea (y en los rosales, que son sensibles al hongo) dependen de la fase de desarrollo de la planta en ese momento, de su estado general de salud, del tiempo que dure el ataque, de su intensidad…Y no sé si se me olvida algo. En cualquier caso, aquí no se hacen tratamientos de ninguna clase: lo que no sea capaz de adaptarse al clima se arranca y listo.
Las varas secas de la Althaea se quedan en su sitio hasta que las troncha el viento. Sé que este año la planta está agotada (¡es “vivaz” pero no eterna!). No pasa nada. Con las semillas que he guardado recomenzará pronto la historia.

Ventajas de estarse quietos

Noviembre 2006-2010

Cuando se la deja en paz, es decir, cuando no se la parte en mil pedazos una y otra vez, la tierra cierra sus grietas y empieza a cubrirse de verde. En este caso –el espacio donde hoy crecen nuestras moras, cerca de la casilla– el problema de partida era el de siempre. El anterior propietario había arrancado en su día las zarzas y los terebintos para poder sembrar garbanzos, pero hacía mucho que ya no se sembraba ni se plantaba nada ahí. A pesar de ello, el arado siguió machacando ese trozo de tierra año tras año, sólo para “verlo todo limpio”, aumentando de ese modo la erosión y, con ella, la pérdida de materia orgánica. En ese espacio –a diferencia de otras partes de la finca– la tierra al menos era llana y las grietas relativamente pequeñas. La solución consistió en estarse lo más quietos posible.

Al principio todo va muy lentamente. Un puñado de “tomatitos del diablo” (Solanum nigrum) que no miden más de un palmo, unos manojos de grama… Al año siguiente ya ha aumentado algo la capa orgánica del suelo: empiezan a asomar manzanillas, amapolas… Al año siguiente: anchusas, fumarias, zanahorias silvestres, gramíneas más variadas… Ya no recuerdo con exactitud qué plantas iban sucediéndose año tras año en este trozo de tierra. Debería haber tomado nota en su momento, para no olvidar en qué orden iban apareciendo y siendo sustituidas, pero entonces, al comprar la finca y empezar a organizar las cosas, no me parecía importante registrar algo así. Ahora lo único que recuerdo bien es que año tras año iban quedando menos manchas de tierra desnuda, que la erosión se detuvo, dejamos de hundirnos hasta casi la rodilla cuando rompía a llover, y que a base de desbrozar y desbrozar entre las calles de las moras (esas hojas rojizas que se ven en la foto) fuimos favoreciendo la cubierta de gramíneas y desplazando las hierbas silvestres de mayor porte hacia los lados y el pie de las rocas.

Entre la primera y la segunda foto han pasado cuatro años. Además de los trabajos de drenaje en la parte alta (una historia para no dormir, que cuento en otra entrada), lo único que hemos hecho aquí –y muy lentamente– es plantar cuatro líneas de moras, desbrozar en verano las calles, y podar y desenmarañar con calma esos dos esquejes de granado que el anterior propietario había clavado al pie de las rocas. Hace dos años añadimos un macizo de lavandas para que siempre, incluso en plena canícula, haya flores atractivas para los insectos. Por último, aprovechamos el frescor al pie de las rocas para sembrar unas calabazas (esa trenza verde que se desparrama por el medio de la foto). Y eso es todo, me parece. Ningún arado, ni motocultor ni “mulilla”, ha vuelto a despedazar la tierra.

Los casijardines de LRO (2)

Diciembre 2011

Foto 1. Antes del casijardin, junto al muro sur de la casilla, donde más pega el sol durante el verano. Estas primeras fotos son de cuando todavía estábamos limpiando. Como la casilla no tenía tejado, no había un solo rincón donde cobijarse. Usábamos algunos de los trastos que había dejado tirados el anterior propietario para sentarnos y descansar, entre viaje y viaje al contenedor del pueblo.

Foto 2. A lo largo del 2008 hicimos la excavación (¡manual!) del suelo del futuro emparrado, (que quedó por debajo del nivel del camino), construimos el muro de sostenimiento e instalamos la estructura para la parra. La plantación es del 2009, y la foto, con el casijardin terminado, de  mayo 2010. El Prunus pisardii de la esquina procede de una ciruela germinada hacía años, en un jardín de Luxemburgo… (es una historia larga); tuve el arbolito conmigo en la terraza de Madrid, en una maceta, hasta que hubo un sitio mejor al que llevarlo. Es el mismo pruno que se me había llenado de orugas de Iphiclides (“Colas-de-golondrina”, en la categoría Gente corriente).

Foto 3. Los iris proceden en su mayor parte de los jardines de Nuevo Baztán, a donde habíamos ido de excursión un fin de semana; los acababan de arrancar y dividir; hurgamos entre el montón de rizomas desechados y nos trajimos los que tenían mejor aspecto a LRO. Los primeros cantuesos, y alguna de las jaras, son comprados. Ahora los reemplazo (cuando se secan o uno de los perros los rompe) por ejemplares que me traigo del fondo de la finca. La jara más bonita, la que está junto al pruno, es una ‘Peggy Samons’. Los tomillos serpoles también son comprados. Sufren bastante en pleno verano (todo el follaje churruscado…), pero después rebrotan sin mayores problemas, y así tendrán que ir saliendo adelante mientras el pruno no crece (y con él, su sombra). Los romeros son rastreros. El de la esquina del muro se plantó ahí, precisamente, para camuflar las aristas del último bloque de piedra. Las estipas junto al pruno lucirían más si formarán un grupo más numeroso. Sólo hay tres. Su principal función es proteger el cuello del pruno. No sólo de la insolación, sino sobre todo de una no deseada embestida de la furgoneta al maniobrar marcha atrás… Sobre la estructura de hierro, mientras las parras no crecen, hemos colocado un entramado de varillas de sauce. Xela se recuesta a mediodía a la sombra del pruno, sobre los tomillos serpoles (que aguantan hasta cierto punto el pisoteo). Para que dejara en paz a las lagartijas que se mueven por el muro de sostenimiento he colocado macetas con cactus. Las dejo semienterradas todo el verano. Y para terminar: regamos este casijardín dos veces a la semana, con manguera, entre finales de junio y mediados de septiembre. El resto del año, nada.

Los casijardines de LRO (1)

Diciembre 2011

Quedan tres días para el solsticio de invierno. Tres días eternos, los más oscuros del año. ¿Qué hacemos?. Sobre todo comer bien y dormir mucho. Aguantar un poco más, que esto del invierno se cura… ¿Y recordar el mes de abril, por ejemplo?.

En LRO se han casi-ajardinado dos únicos rincones. Ambos están especialmente bonitos entre abril y junio, pero aguantan sin mayores trastornos hasta el final del otoño. Uno detrás de las camas de las fresas, y otro junto al emparrado de la casilla. Dos “casijardines” por los que se está pasando todo el tiempo.

¿Y por qué ajardinar nada en una finca rústica?. Para ser coherente con mis principios (respetar el orden natural de las cosas: la sucesión ecológica, la flora autóctona), ¿no debería dejarlo todo tal cual?. En esos dos rincones he decidido que no, que prefiero meterles mano. Razones. Primero, si lo dejo todo tal cual, ya a finales de junio tendré agostadas las hierbas y se impondrá el desbroce también ahí, en las proximidades de la zona de mayor paso (como en otros lugares “sensibles” de la finca que también se desbrozan… o deberían: caminos, calles entre viñas, y lindes). Esos dos rincones de los que hablo también quedarían desnudos, rapados al cero. Segundo. Si pongo cerca de mí –cerca de la casilla, cerca de la furgoneta– unas masas de arbustos o plantas vivaces perfectamente adaptados a este clima y suelo, hay muchas probabilidades de que me pueda permitir cuidarlos (regarlos, limpiar ramas secas), porque los tengo muy a tiro, no me supone ningún esfuerzo especial atenderlos. Y, en consecuencia, tengo masas verdes, e incluso flores, también en uno de los momentos más angustiosos del año, cuando todo, salvo las huertas, está reseco o pelado por la desbrozadora. Así, no sólo están más bonitos los alrededores de la casilla, sino también más contentos los insectos y algunos productos de la huerta, como los calabacines, por ejemplo, que a veces no cuajan, se quedan canijos y amarillean, precisamente por una mala polinización. Esta última razón (atraer y proteger a los insectos, y hacerlo no sólo dentro de la huerta, donde ya se siembran anuales ornamentales, en particular tagetes y caléndulas) es también la que me ha llevado, por un lado, a dejar pequeños islotes sin desbrozar incluso en esas zonas sensibles que enumeré antes, y, por otro, a preparar una “tira de flores” permanente junto a las moras (hablaré de ella en otra entrada).

Así que, en pleno verano, y en las zonas de más trajín, en LRO tendremos:

1- verde + flores en los casijardines y en la “tira de flores”, además de las anuales sembradas en las huertas, y 2- refugios de hierbas altas, secas, llenas de semillas, en los islotes salvados por la desbrozadora (como en la zonas alejadas que se quedan sin desbrozar, claro).

Estas dos fotos corresponden al casijardin número uno, orientado al este y plantado en tierra muy ligera, al pie de unas rocas (rocas que mantienen fresco el suelo y protegen las plantas de los rayos del sol poniente): Heuchera `Purple Rain’, Euphorbia `Red Wings’, Santolina sp., Artemisia `Powis Castle’, Salvia officinalis (en flor en la foto), Sedum spectabile, Geranium sp. (¡que no Pelargonium!), Salvia aurea, Stachis bizantina (la que está en primer plano en esta segunda foto), Thymus citrodorus, Iris germanica. En el extremo del casijardín, dando la vuelta a las piedras, hemos plantado un grupo de lavandas, que parecen cuidar de sí mismas bastante bien. El cuasijardin se riega dos o tres veces a la semana, con manguera.

Honorables rosas chinas

23 de noviembre 2011

Rosa chinensis ‘Mutabilis’ frente a la casilla de La Rama de Oro, un veinte de octubre, y en la parte trasera del Museo del Quai Branly, en París, a finales de septiembre.

También en LRO la floración de las rosas `Mutabilis’  remonta en otoño, pero no es ni la sombra de lo que fue entre abril y junio. Me imagino que las cosas serían diferentes si regara intensamente todo el verano, pero no quiero hacerlo. He comprobado que estos rosales están fuertes, y muy sanos, con un riego semanal durante julio y agosto. Es suficiente. Si la floración es algo menor que en primavera lo asumo como algo normal  Regarlos más no sólo no está previsto en el “régimen de aguas” de LRO; es que me da en la nariz que… que sí tendrían más flor en septiembre, pero seguramente también más oídio y más marsonia (“mancha negra”).

Ese espacio frente a la casilla, orientado al este, era un terreno en pendiente hacia las viñas. Levantamos un pequeño muro de piedra y lo rellenamos con la tierra procedente de la excavación del estanque. Es una tierra pesada, que mezclamos –¡por añadidura!– con varios sacos de tierra también arcillosa (muy rica y ligeramente caliza) procedente del jardín de uno de mis clientes. Por la tarde la propia casilla proyecta su sombra sobre el macizo, así que la evaporación se reduce en las horas más calurosas. Al pie del muro, pero por dentro, colocamos en su día un tubo de drenaje perforado, que recogiera el agua excedente y la evacuara por un saliente en el punto más bajo. La idea era proteger los cimientos del muro y, de rebote, evitar que las raíces de las plantas se encharcaran.

Estos rosales ‘Mutabilis’ –cuyas flores van pasando del amarillo melocotón al rosa pastel o magenta– están plantados en compañía de una jara blanca, varias estipas y media docena de verbenas de Buenos Aires. El pasado año añadí otro rosal chino, un ‘Old Blush China’, que es igual de remontante que el `Mutabilis’, con hojas igualmente pequeñas y apuntadas, ¿y quizá un poco más fragante? (nada del otro mundo, en cualquier caso). Cuentan los manuales que este ‘Old Blush’ fue uno de los primeros rosales chinos en llegar a Europa, gracias al capellán –de origen sueco– de un barco de la Compañía de las Indias Orientales. El rosal salió de la provincia china de Guangzhou y llegó por mar hasta Uppsala en la segunda mitad del siglo XVIII, dejando maravillado a todo el que la contempló. Por entonces pocos imaginaban que pudiera existir algo así: rosales floreciendo durante meses y no sólo entre mayo y junio… Se piensa que el rosal ‘Mutabilis’ llegó casi un siglo más tarde, tal vez procedente de la misma provincia china (para ser precisos: del mismo vivero chino), pasando primero por la Isla de la Reunión (escala comercial de muchos barcos), por los jardines de la familia Borromeo en el Lago Como después, y de ahí, finalmente, a Ginebra, a las manos del botánico y viverista Henri Corrévon, al que se atribuye el inicio de su comercialización por Europa. (1)

Así que mis rosales  pertenecen a una vieja estirpe aristocrática, oriunda de Guangzhou. No se puede pasar junto a ellos sin hacerles un saludo reverencial agachando la cabeza. Esto debe saberlo, y respetarlo, todo el que se acerque por LRO…

En verano, cuando los rosales se aletargan un poco, las verbenas toman el relevo. Cada pie de verbena dura unos dos años, pero aunque fueran anuales daría lo mismo porque se resiembran solas con mucha facilidad, de forma que, para tener siempre en flor el macizo, me basta con trasplantar esas pequeñas verbenas cuando ya miden un palmo. En la parte de delante, entre las piedras, hay Erigeron karvinskianus y un pie de Gipsophila en la parte del muro que da al pilón. En el capítulo de las marras habrá que anotar dos hinojos de color bronce. ¡Qué bien habrían quedado mezclados con las rosas Mutabilis! (así los vi en un libro de J.P. Collaert). ¿Era demasiado pesada la tierra para unos hinojos?. Como no estoy ni mucho menos conforme con este fracaso, volveré a intentarlo en cuanto pueda. Para terminar, en las dos esquinas del macizo hay romeros rastreros. Tanto más sanos y florecientes –prácticamente diez meses al año– cuanto menos caso se les hace.

 (1) La historia más completa y coherente de las rosas chinas en Europa la he encontrado en este libro: La Rosa, una herencia de color, de Peter Harkness. Ed. Cartago 2005.

Uvas de gato (2º parte)

Septiembre  2011

Los Sedum spectabile y telephium, con su cohorte de híbridos, son plantas erguidas, de hojas anchas como espátulas, y de floración muy decorativa hacia la segunda mitad del verano. Son como las parientes “crecidas” de los sedum rastreros. Sus condiciones de vida son, sin embargo, muy similares, con la única salvedad de que necesitan más suelo (más profundidad de suelo, pero no más rico; la planta se abriría, afeándose). He leído que proceden de China. No están mal combinadas con sus parientes rastreras, pero mucho, mucho mejor,  proyectadas contra un grupito de gramíneas (stipas, calamagrostis…) y en proximidad de unos Ophiopogon nigriscens: los tonos apagados de las flores ya pasadas del Sedum casan bien con el color chocolate de los ophiopogon.  Así las ví hace tiempo en el festival de Chaumont; desde entonces las he vuelto a ver –el mismo patrón, con pequeñas variantes– en muchas revistas y en otros jardines del norte.  Las gramíneas –en particular la stipa– tienen tan poca necesidad de agua como el sedum y el ophiopogon. Y una cosa más. Las flores de estos sedum están entre las más visitadas por los insectos en septiembre y octubre. ¿Quizá porque en el secarral de La Rama de Oro nadie más –salvo achicorias y erigeron– tiene valor para florecer en este momento del año?.