Palabros (1)


Entre el 2006 y el 2008 estuve contratada como profesora de  jardinería en los Talleres del Parque de la Fuente del Berro (Madrid).  La mayoría de los alumnos eran jubilados, prejubilados, amas de casa, con las mañanas desocupadas y muy buena disposición. Empezábamos  muy serios, hablando del tema programado para ese día –“el riego por goteo”, “las plantas de rocalla”…-  pero siempre, siempre sin excepción, terminábamos por los cerros de Úbeda (la trilla en Segovia, la mermelada de limón…). Así que, al mes de empezar, me propuse como único objetivo realista de aquel curso  que mis alumnos aprendieran a usar bien las palabras del siguiente listado:

Sustrato.
Sería sinónimo de” soporte”, es decir: “cualquier cosa”. Cada sustrato es una mezcla de diferentes ingredientes. Tendríamos que leer la etiqueta antes de comprarlo para ver si esa mezcla sirve –o no- para lo que ese día queremos hacer con ella (por ejemplo, a los rosales les gusta un sustrato pesado y rico; a las azaleas uno más ligero y ácido, etc).  Sí, las casas comerciales – Compo, Burés, etc- ofrecen sacos de “sustrato universal”. Hablaremos de él al final del post.
Tomasiño cargando tierraTierra. Así, sin más, la tierra  que tenemos bajo los pies es un compuesto en parte mineral (partículas más o menos gruesas, procedentes de la fragmentación de la “roca madre” que está ahí mismo, bien abajo) y en parte orgánica (lo que resulta de la descomposición de restos vegetales y animales). Más el agua y los gases. No todo es tierra sólida: no habría vida en ella. En el agua están disueltas las sales minerales que las raíces absorben.  Esas sales proceden en su mayoría –como los gases- de la parte orgánica descompuesta (las moléculas se rompen y va saliendo de todo: el carbono, nitrógeno, etc,  en diferentes combinaciones, listas para que la planta los aproveche).

Mantillo. Son restos orgánicos, en su mayor parte vegetales (si no en su totalidad), que se encuentran en fase de descomposición  avanzada.  Toda la “tierra” fértil ha de tener, pues, su parte orgánica.  El mantillo del bosque es esa capa de hojas húmedas, musgos, hongos, plumas, excrementos…que huele tan bien en otoño. En su fase final de descomposición (una legión de invertebrados y microorganismos la llevan a cabo), la fracción más rica y concentrada, la “quintaesencia” del mantillo descompuesto, es lo que podríamos llamar “humus”.   El mantillo aparece descrito a veces como “enmienda” orgánica:  como es vegetal, como tiene  fibra, mejora de forma estable la estructura del suelo (la “física”), haciendo que retenga mejor el agua (lo justo y necesario, sin encharcar), facilitando al mismo tiempo la aireación y la vida de los microorganismos.  Al terminar la descomposición también mejorará la “química”.
NOTA: hay otras enmiendas además de las orgánicas; enmiendas calizas, por ejemplo, para corregir el pH del suelo cuando es muy bajo…

Compost.
No debiera ser nada. No es palabro castellano. Es un anglicismo que casi siempre reemplaza a mantillo. Y sin embargo… cada vez se usa más con un significado propio, diferente de “mantillo”, en el que predomina el componente vegetal. “Compost” se usa, pues, como “producto de la descomposición de la materia orgánica de diferentes orígenes  y producido en un compostero controlado” (quiere decirse: no en un montón abandonado  donde se echan a la buena de Dios los restos de la cocina, los excrementos del perro…eso, así, sólo vale para atraer a las ratas al jardín).

esterco de cabalo espallado pola horta

Abono orgánico. (Foto: estiércol de caballo cubriendo lo que queda de la huerta en invierno; lo suyo sería taparlo bien con una buena manta de hojas secas).  El abono orgánico,  el que compramos como tal, en realidad está formado casi exclusivamente (“casi”, según lo que nos vendan en cada caso…) de restos orgánicos animales. Estiércoles deshidratados. Muy ricos químicamente –no sólo en los tres “macronutrientes” imprescindibles, N, P, K-  pero no siempre estables en el suelo o no siempre disponibles para las raíces (la capacidad de asimilar ese alimento depende del estado del suelo y de la planta; si éste es malo, el abono no hace nada; sería como ofrecerle una mariscada a un enfermo terminal). Por otra parte, los abonos fuertemente nitrogenados -y los orgánicos, con matices según el origen, lo son-  duran un telediario (en realidad, la estabilidad del N depende de su forma de presentación: amoniacal, nítrica…pero como principio general creo que vale). En conclusión: un abono mejora la alimentación de la planta (siempre y cuando todo vaya bien), pero una “enmienda” –mantillo, humus- mejora  las condiciones del suelo (y a la larga, lo hemos visto, también la alimentación).  El abono es “química” y para  ya; la enmienda es “física y química”, y para un buen rato.
NOTA: Además de los abonos orgánicos hay abonos minerales, que, de hecho, son los que más se venden. La diferencia entre unos y otros es la que va de un plato de lentejas con chorizo a un bote de Micebrina

                             (Continuará. Palabros 2: turba)

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2 pensamientos en “Palabros (1)

  1. Aparte de extranjerismo, hay connotaciones inetresantes: mantillo es palabra de jardineros (yo no se la oígo a campesinos ni hortelanos, que usan…estiercol, abono…etc.), compost de neorurrales, recicladores y ecologistas.

    • Claro, es que ellos s’olo necesitan estiércol: abono orgánico para sus hortalizas, que quieren comer desde el minuto uno. Pero si quisieran sembrar un césped, o plantar un macizo ornamental, el estiercol sería demasié. Mucho mejor mantillo, o bien abono “de liberación lenta”, es decir, de los que van soltando sus nutrientes poco a poco. (Me vuelvo medio loca con el teclado del ciber, ya estamos otra vez)

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