Ventajas de estarse quietos

Noviembre 2006-2010

Cuando se la deja en paz, es decir, cuando no se la parte en mil pedazos una y otra vez, la tierra cierra sus grietas y empieza a cubrirse de verde. En este caso –el espacio donde hoy crecen nuestras moras, cerca de la casilla– el problema de partida era el de siempre. El anterior propietario había arrancado en su día las zarzas y los terebintos para poder sembrar garbanzos, pero hacía mucho que ya no se sembraba ni se plantaba nada ahí. A pesar de ello, el arado siguió machacando ese trozo de tierra año tras año, sólo para “verlo todo limpio”, aumentando de ese modo la erosión y, con ella, la pérdida de materia orgánica. En ese espacio –a diferencia de otras partes de la finca– la tierra al menos era llana y las grietas relativamente pequeñas. La solución consistió en estarse lo más quietos posible.

Al principio todo va muy lentamente. Un puñado de “tomatitos del diablo” (Solanum nigrum) que no miden más de un palmo, unos manojos de grama… Al año siguiente ya ha aumentado algo la capa orgánica del suelo: empiezan a asomar manzanillas, amapolas… Al año siguiente: anchusas, fumarias, zanahorias silvestres, gramíneas más variadas… Ya no recuerdo con exactitud qué plantas iban sucediéndose año tras año en este trozo de tierra. Debería haber tomado nota en su momento, para no olvidar en qué orden iban apareciendo y siendo sustituidas, pero entonces, al comprar la finca y empezar a organizar las cosas, no me parecía importante registrar algo así. Ahora lo único que recuerdo bien es que año tras año iban quedando menos manchas de tierra desnuda, que la erosión se detuvo, dejamos de hundirnos hasta casi la rodilla cuando rompía a llover, y que a base de desbrozar y desbrozar entre las calles de las moras (esas hojas rojizas que se ven en la foto) fuimos favoreciendo la cubierta de gramíneas y desplazando las hierbas silvestres de mayor porte hacia los lados y el pie de las rocas.

Entre la primera y la segunda foto han pasado cuatro años. Además de los trabajos de drenaje en la parte alta (una historia para no dormir, que cuento en otra entrada), lo único que hemos hecho aquí –y muy lentamente– es plantar cuatro líneas de moras, desbrozar en verano las calles, y podar y desenmarañar con calma esos dos esquejes de granado que el anterior propietario había clavado al pie de las rocas. Hace dos años añadimos un macizo de lavandas para que siempre, incluso en plena canícula, haya flores atractivas para los insectos. Por último, aprovechamos el frescor al pie de las rocas para sembrar unas calabazas (esa trenza verde que se desparrama por el medio de la foto). Y eso es todo, me parece. Ningún arado, ni motocultor ni “mulilla”, ha vuelto a despedazar la tierra.

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