Una mariposa y un ciruelo

Finales de marzo/principios de abril

El Prunus pisardii que ahora está plantado en LRO (en el Casi-jardín número dos, entrada del 25-12-2011) proviene de una ciruela recogida hace años en una ciudad del norte, al pie de un enorme ejemplar que crecía en el medio y medio de un solar “de próxima construcción”. ¿Seguirá en pie aquel ciruelo espectacular, que podía mantener él solito a varias familias de mirlos y ratones…?.

Bueno, la ciruela germinó en la maceta donde la enterré, se vino conmigo hasta Madrid, y siguió creciendo pacíficamente lejos de aquel solar amenazado. Una mañana de finales de marzo –el arbolito tendría ya unos cuatro años– salí a la terraza con mi taza de café y descubrí que el Prunus había sido literalmente invadido por una multitud de orugas verdes del tamaño de un pulgar…

Primera reacción: ¡se van a enterar éstas!. Segunda reacción: quizá habría que saber antes quiénes son y por qué han llegado hasta aquí…Cojo el autobús y me voy a comprar una guía de orugas. Las identifico enseguida, porque son gordas y lustrosas, inconfundibles: orugas de la mariposa Iphiclides podalirius, llamada “chupaleches” o “cola-de- golondrina”, que se alimentan de todo tipo de hojas de Prunus, género que abarca –entre otras cosas– la totalidad de frutales de hueso. Siguiente paso: hacer las paces. Sacarlas del ciruelo, para que no lo liquiden, y llevarlas a un sitio mejor. Vacío la cesta de la bici, traslado las orugas al interior (seis en total, más una que dejé quedar en el ciruelo), y las tapo con una rejilla de plástico, para que no puedan entrar ni salamanquesas ni mirlos, visitantes asiduos de la terraza (junto a un mosquitero que aparecía todos los años por marzo; curiosamente, no tenía palomas, de las que todo el mundo se quejaba…). Siguiente paso: darles de comer.

Vivía yo entonces cerca del Parque del Retiro –de donde sin duda había venido la madre Iphiclides a hacer la puesta–, así que hasta allí me fui en cuanto pude para recoger en el Huerto de los Franceses (junto a la noria), una buena cantidad de hojas de almendro. Con esas hojas frescas tapicé el fondo del cesto. Y la cosa funcionó. Las orugas se fueron zampando día tras día las hojas de almendro que les llevaba cada mañana del parque, mezcladas, por aquello de tener una dieta variada, con hojas de Prunus pisardii adultos. Pasados unos días las orugas se transformaron en una especie de estuches angulosos, rígidos, y se fijaron a los mimbres del cesto. Así se estuvieron durante varios días. Y por fin llegó la sorpresa.

A media mañana, cuando el sol de primavera ya calentaba un poco, vi cómo la primera mariposa –que me pareció muy grande– subía retrepando por las paredes del cesto. Me había perdido la salida de la crisálida, pero llegué justo a tiempo para destapar el cesto y que ella pudiera estirar sus alas en el borde, despacio, todavía muy adormilada  (Leí después en la guía que las mariposas hacen eso, nada más liberarse la exuvia, para que la linfa circule bien por la compleja red de venas que atraviesa sus alas). Pasados unos minutos –no lo recuerdo, ¿quizá un cuarto de hora?– la mariposa echó a volar con energía y desapareció para siempre.

Y esa es la historia. Aquella primavera, siete “colas-de-golondrina” engordaron como orugas, puparon, y finalmente se transformaron en adultos en mi terraza de Madrid. Las vi marcharse por los tejados del barrio, tan frágiles que daba miedo pensarlo. Pero hasta las mariposas, supongo, son más duras de lo que nosotros creemos. Si la madre de esas orugas consiguió llegar desde el Retiro, quizá sus hijas lograron hacer también el camino de vuelta. Lo cierto es que en el Huerto de los Franceses es fácil ver “colas-de-golondrina” revoloteando. Y en LRO todavía más.

El Prunus pisardii fue trasplantado hace tres años. Está sano y parece contento. Las colas-de-golondrina lo frecuentan durante meses, y alguna pone sus huevos en él. Pero ahora sabe defenderse solo. Por más que un par de orugas dejen sin hojas algunas ramas eso ya no va a poner en peligro la supervivencia del árbol. Ya no. Además, en LRO hay muchos almendros, con lo que la presión de las orugas se reparte entre todos. Y también hay muchos pájaros, que se comen  a su vez a las orugas y mantienen  la cosa en su justa medida (lo que no podía suceder en mi terraza en el centro de Madrid)…

No creo que este ciruelo –con sus genes nórdicos– pueda alcanzar nunca en LRO  el tamaño de su progenitor, el que crecía en aquel solar edificable. (¿Se lo habrán llevado ya por delante los bulldozers?). Sea como sea, lo que no tiene duda es que el hijo de aquel viejo ciruelo va a seguir creciendo, dando sombra, floreciendo, y alimentando a pájaros, ratones, orugas de Iphiclides, etc. unos dos mil kilómetros más al sur.

NOTAS

Un libro muy útil, al que le deben la vida las mariposas de esta historia: Guía de campo de las mariposas y polillas de España y de Europa, D. J. Carter y B. Hargreaves, Ed. Omega 1987.

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