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Acerca de ccoutodafonte

1968, La Coruña. En la Comunidad de Madrid desde 2005. Sector: jardinería. Blog: www.laramadeoro.com.

Cuando lloran las viñas

Finales de marzo-abril

Cuando al cortar un sarmiento -ramo de un año, con las yemas aún bien cerradas- se forman gotas de savia en el borde de la herida, entonces se dice que la viña está llorando.  A veces sólo caen unas lagrimillas de nada. Otras, en las viñas más robustas, lo que caen son verdaderos lagrimones, que dejan pringosa la cuchilla de la tijera y las manos del que la está usando.
Las viñas se podan entre el comienzo de los lloros y el comienzo de la brotación. En esta zona de Madrid, por lo que hemos visto desde que llegamos, ninguna viña brota antes de mediados de marzo (como pronto) y ninguna rompe a llorar antes de mediados  o finales de febrero (como prontísimo, y según como venga de cálido y lluvioso el final del invierno). En ese mes que va de quince a quince han de quedar los viñedos pelados. Si hay quien empieza a podar antes, eso se debe a que tiene tantas viñas que no le daría tiempo a dejarlas todas podadas antes de la brotación. Cuestión de mano de obra y de «logística», que no de fisiología vegetal. Si el invierno viene muy frío y seco -si la llantina se retrasa- entonces hay que podar un poco más tarde; la savia que empiez a circular ayudará a cicatrizar las heridas de poda, pero si los lloros son abudantísimos (es decir, si nos metemos mucho, mucho en abril) la cepa se debilitará, se desangrará, de forma peligrosa e innecesaria.
Las cepas tienen varios brazos. Los manuales de poda dicen que en cada brazo ha de quedar uno o dos sarmientos bien podados: a dos yemas (pulgares) si el sarmiento es débil; a más de dos yemas (varas), si el sarmiento es vigoroso. Pero cuando uno baja al campo y se ve cara a cara con esas cepas, que en el caso de LRO tienen -algunas de ellas- más de veinticinco  o treinta años, nada es tan sencillo como dicen los manuales. Los seres vivos somos diversos. Viñas, perros, niños, flores. Podemos tener presentes algunas normas básicas, pero la verdad es que esas normas son pocas y no valen de nada si no se contextualizan…Las variables, además, no son siempre previsibles. Esto lo sabe cualquiera que tenga los ojos abiertos. Así que en la poda de los frutales, como en casi todo lo que tiene que ver con la «conducción» de seres vivos (conduire es el verbo que se usa en francés para las podas de formación), lo primero y más importante, en mi opinión, es el simple sentido común. Y la observación. Por ejemplo. Los manuales de poda dicen que los cortes han de ser limpios, sin dejar tocones. Pero el anterior propietario me explicó que si hacía eso el pámpano que brotaría después, con sus racimos colgando, se quebraría en la inserción: que había que dejar un toconcillo largo junto al pulgar escogido, para que el tal toconcillo sostuviera el peso de lo que crecería después en el pulgar…Y así es con todo. A veces hay que dejar más de dos sarmientos por brazo, a veces más de dos yemas por pulgar (porque la orientación de esas mismas yemas así lo exige), a veces hay que cortar con el serrote brazos enteros, a veces hay que preferir el sarmiento más débil, pero mejor colocado, en detrimento del más saludable, o a la inversa…
Todo es así. Siempre. Lo más útil, creo yo, es tratar de entender el porqué de cada corte, aún sabiendo que la decisión puede ser discutible. Pero nunca cortar al tuntún. No hacerlo de este u otro modo «porque lo dice el manual», frase que odio, pero tampoco «porque siempre se ha hecho así», lo que sería irracional, además de arrogante.

En fin, la poda de las viñas de LRO se terminó este año sobre el calendario previsto, quizá un poco tarde. Las lluvias de estos últimos días han sido muy insuficientes. La tierra sólo está superficialmente húmeda, y por eso los sarmientos apenas lloriquean.

Espárragos

Primera quincena de abril

Ayer uno de mis perros hizo salir de la maleza a un hombre que se había metido en LRO a robar espárragos. Que lo hagan conmigo delante es lo que más me molesta. (¡Roben ustedes espárragos, pero mantengan las formas!). Además, es que hay muy pocos. ¿Y cómo va a haberlos, si no llueve?.

Este manojo de espárragos fue pintado por Edouard Manet en 1880, tres años antes de su muerte. Un amigo y cliente le compró al pintor el cuadro. Le pagó 1000 francos, en vez de los 800 convenidos, y el pintor, a la vuelta de correo, le hizo llegar a su cliente un espárrago más, para cubrir así los doscientos francos de diferencia…

El espárrago extra puede verse en el Museo d´Orsay, lejos de sus compañeros de mesa, que se conservan –tan frescos como el primer día- en un museo de Colonia. Manet murió muy joven, en 1883, con apenas cincuenta años. Había pintado bodegones toda su vida, pero en esos años finales ya no hizo otra cosa.

Sólo quería pintar flores, “pintar  todas las flores”  (“Je voudrais les peindre toutes…”).  Pocas semanas antes de morir pintó estas lilas blancas, que también están en flor ahora, como los manzanos. Manet apreciaba mucho los bodegones flamencos y holandeses del siglo XVII. Mientras en los paises del sur se miraba con cierto desprecio  este tipo de cuadros “menores”–y los artistas con algo de ambición debían dedicarse a la pintura de historia y de exaltación religiosa-, los buenos burgueses del norte se dejaban maravillar por la representación de unos limones a medio pelar,  unos arenques, un puñado de melocotones…

Este elegante bodegón de Jan Fyt puede verse en el Museo Thyssen, en Madrid.  El motivo está sacado enteramente de la primera quincena de abril: tulipanes, primerísimas peonías, flores de Viburnum opulus…y un manojo de espárragos blancos, especialidad holandesa (y flamenca) donde las haya.  Todos son buenos. Espárragos de tierras arenosas y fértiles, cultivados en el inmenso delta que forma el Rin en su desembocadura. Espárragos de tierras de aluvión, regadas por el Tajo en la vega de Aranjuez. Espárragos  silvestres y duros, mis preferidos, finos como el cordel, que crecen entre el rusco y las retamas, al pie de la viejas encinas achaparradas de LRO. Espárragos de Tudela, gordos y grandes como cohetes…

NOTAS
La anécdota de los espárragos de Manet está recogida en el catálogo del Museo de Orsay. Cuando no me los roban todos, me como los espárragos que quedan dándoles unas vueltas en la sartén, con un poco de aceite de oliva y unos granos de sal gorda.

La tira de flores

 Primaveras desde el 2008

El primer año en la historia de esta “tira”, 2008, sembré amapolas de California, acianos, y nigelias (para la floración de primavera), y cosmos a continuación (para el otoño). Todas estas flores son anuales. Para separar la tira del espacio en torno –que se desbroza– le coloqué delante una pequeña bordura hecha con varas de sauce. Saqué un ramal desde la línea de goteros de las moras vecinas, e instalé riego también en las flores. Con el paso de los meses me dio miedo la facilidad para resembrarse y escaparse a la aventura que observé en las amapolas, así que les impedí semillar y las arranqué en cuanto empezaron a secarse. Los acianos no se resembraron. Las nigelias siguen haciéndolo, por aquí y por allá, cinco años después de la siembra.

Entre el 2009 y el 2010 no tuve tiempo para sembrar flores, así que planté dos romeros y varias matas de tomillo y dejé que entre unos y otros crecieran las hierbas. En primavera los arbustos quedaron sofocados bajo las redes de arvejón, y hacia el verano la tira se llenó de coniza, grama, milnudos, alijonjera… y la invasión fue tal que por primera vez consideré la posibilidad de aceptar el término “malas hierbas”. Es verdad que la tierra de partida era malísima. El mantillo y el abono que añadimos al sembrar las anuales el primer año no había sido suficiente para mejorar el suelo en condiciones.

En el 2011 (en junio, que es tarde; debería haberlo hecho en primavera) limpié la tira de grama y demás gentuza. Incorporé mantillo en cantidad y retiré los goteros. Planté tres Carex testacea, cuatro matas de rudbeckias, tres de geranio (¡que no Pelargonium!), dos de gauras rosas… y por donde quedó sitio, lechugas y puerros, las sobras de la huerta.  Lo acolché todo bien con paja de la finca (restos del desbroce), y la cosa fue bien. No espectacular, pero bien. Las plantas convivieron en paz con los anagallis y algunas fumarias tardías (hay muchas más en primavera), alguna zanahoria silvestre, alguna festuca. Lo regué a mano dos o tres veces por semana. El único problema sobrevino hacia finales de septiembre, cuando los jabalíes –después de liarla en la huerta de las coles– anduvieron hoceando también por la tira (tierra blanda y fresca + restos orgánicos en superficie = lombrices aseguradas). Pero el estropicio no era irreversible.

Las matas de tomillo y romero, incluso algunas flores atrevidas de gaura se conservaron dignas a pesar del frío y las heladas. No se retiraron las hojas secas de rudbeckias y geranios, para que esos restos vegetales de la propia planta protegieran del frío las yemas ya formadas en la base (las flores del 2012, que están al caer).

Bufo bufo

Ultimos días de marzo 2011

En el compostero que hay junto a la charca  me encontré el año pasado con este hermoso sapo (sapo común, Bufo bufo). Fue más o menos por estas fechas. Estaba vaciando el compostero para llevarme todo el contenido hasta la huerta de abajo. El sapo entró sin querer en mi carretilla, escondido entre la tierra y las hierbas. Se infló como un globo para avisarme de que estaba ahí –cosa que le agradecí mucho– y acto seguido dió un saltito desde el borde de la carretilla y se volvió a la charca. Teniendo en cuenta el tamaño, es muy probable que se tratara de una hembra.

El sapo común migra cada primavera, como casi todos los anfibios (unos lo hacen cada año, otros de cuando en cuando, pero todos acaban haciéndolo, más tarde o más temprano). ¡Razón fundamental para NO tratar de introducir anfibios en un estanque artificial!, ni adultos ni jóvenes: tratarán de volver a la charca donde nacieron para hacer allí su puesta anual. Otros, los pioneros, cuando la charca esté superpoblada saldrán de ella para buscar nuevos territorios. Los sapos, además, viven casi todo el año fuera del agua, sólo la necesitan imperativamente para criar. Después se dispersan, en un radio de varios kilómetros. Así que, incluso si lo que se introducen son huevos o larvas, también en ese caso habría que plantearse muy en serio si de verdad es seguro y suficientemente grande el espacio que rodea esa charca/estanque, tanto para la dispersión post-nupcial, como para las migraciones anuales y las salidas a la aventura de los pioneros. Demasiado peligroso. Introducir anfibios en un jardin que no cumpla todos esos requisitos es hacerles correr el riesgo (alto) de morir atropellados en un momento u otro. En El Libro Rojo de los Anfibios de España, una vez hecho el repaso de las consabidas amenazas que se ciernen sobre los anfibios en su conjunto (destrucción hábitat, eutrofización charcas, pesticidas, aumento radiación ultravioleta…) ésta es la siguiente causa de mortandad que aparece citada en el caso concreto del sapo: «atropellos masivos en puntos negros de las carreteras». Y añade, al final de la entradilla: «El uso de pasos artificiales debería ser una medida correctora habitual en la nueva construcción de carreteras».

Hace tiempo leí en un periódico francés un reportaje sobre cierto monsieur que dedicaba unos veinte días al año al rescate de los sapos en celo. Había colocado unos plásticos blancos a ambos lados de la carretera, semienterrados, y cada pocos metros excavaba una hondonada donde iban a caer de narices los sapos (obnubilados, histéricos en su afán por llegar a la charca). Entonces aparecía aquel buen hombre, los recogía en un cubo, y los llevaba al otro lado de la carretera. Lo mismo unos días después, cuando los sapos iniciaban el camino de retorno. Algunos senderistas y ciclistas domingueros encontraban aquella instalación de pésimo gusto. Un túnel de plástico en medio del paisaje, un horror. Pero los sapos se salvaban, se salvaban porque aquel hombre se había empeñado, sin  esperar a que ninguna administración/institución se decidieran por fin a hacer algo. (El sapo de la foto es un macho. Lo encontré también en LRO, pero muy lejos de la charca).

Cuando uno construye un estanque en el jardín lo que hace es crear un deteminado hábitat. Con el tiempo (¡enseguida!) el estanque explotará de vida, sin que nosotros tengamos que hacer nada.  Y es más, si en la zona existen suficientes corredores verdes, es posible que algún anfibio acabe llegando a nuestro estanque, por los pasos seguros de ida y vuelta que ellos habrán descubierto, y lo harán siempre por su propio pie (un adulto pionero, que cantará a grito pelado para hacerse notar).

Bueno, y como lo prometido es deuda (entrada del 9-12-11), ahí va una nueva versión de It´s no easy bein green

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Orange Beauty (¿tulipanes o narcisos?)

Abril 2012

Los psicólogos y sociólogos dicen que hay diferentes temperamentos: melancólicos y sanguíneos, telúricos y solares, apocalípticos e integrados… Siguiendo esa secuencia, ¿no podríamos hablar nosotros, ya que estamos en el jardín, de tulipanes y narcisos?

Los dos son bulbos que se entierran en otoño y florecen en primavera. Tierra mullida y fértil, con un DRENAJE PERFECTO, a media sombra hasta la brotación, riegos moderados. Sí, pero, a diferencia del narciso, que se queda enterrado (y feliz) de por vida, el tulipán degenera de un año para otro. Es importante no olvidarlo. El tulipán se agota produciendo bulbillos, con reservas insuficientes para formar flores de calidad al año siguiente. A cambio, es tan bonito y sofisticado que puede lucir solo en una maceta, sin compañía de nada. Hay variedades con flecos, como los famosos tulipanes «perroquets», variedades estriadas, variedades multicolores… Los tulipanes más hermosos son los tulipanes más enfermos: un virus deforma los pétalos, rompe el color, y es esa anomalía lo que multiplica el valor de la flor.

Que una gran nación como los Países Bajos, en su momento de máximo desarrollo económico, cultural y político, estuviera a punto de la bancarrota total en 1637 por culpa de los tulipanes, sólo dice cosas buenas, en mi opinión, de la gente que la habita. La historia es conocida, así que me limito a transcribir el célebre caso de un granjero que pagó por un solo bulbo ‘Viceroy’ (variedad blanca con vetas azul-rosadas) «dos toneladas de trigo, cuatro de centeno, cuatro bueyes bien cebados, ocho cerdos, doce ovejas, dos barricas de vino, cuatro de mantequilla, mil libras de queso, una cama, un traje, y una fuente de plata». (1)

Bueno, al contrario que los tulipanes, los narcisos sí son de una fidelidad a toda prueba. Siempre idénticos a sí mismos, vuelven año tras año, siempre sanos, siempre dispuestos a seguir multiplicándose. No pretenden ser sofisticados, sino naturales y casual. En solitario resultan anodinos. Pero pueden formar preciosas alfombras al pie de un árbol de hoja caduca, por ejemplo. Apoyándose unos en otros, los narcisos llenan, cubren, acompañan, se extienden… pero no destacan.

En los inciertos tiempos que nos ha tocado vivir todo el mundo prefiere lo seguro, lo que más «eternidad» parezca ofrecernos, incluso en el humilde espacio de un jardín. Es una ilusión, claro, pero ¿cómo evitarla? Todos los que tienen un jardín quieren plantas «que duren mucho» y se porten bien. Que no ensucien, que no enfermen, que se reproduzcan solas sin llegar a ser un estorbo, y que además aporten «una nota de color», siquiera durante unas semanas. Si usted quiere este tipo de jardín, entonces no hay duda: usted pertenece al grupo de los narcisos.  Ahora bien… si usted no tiene miedo a las bellezas efímeras y solitarias, y está dispuesto a cuidarlas con devoción, y a apreciarlas en su fugacidad, como las estrellas fulgurantes e irrepetibles que son, ¡entonces es usted un valiente tulipán!

Pero las cosas nunca son tan simples. Narcisos y tulipanes seguramente conviven –y pelean– dentro de cada uno de nosotros. Y pudiera suceder que todos fuéramos, a ratos, tulipanes o narcisos… Nunca simultáneamente, eso no. Si el tulipán es de los buenos ¿cómo podríamos combinarlo con narcisos sin que éstos parezcan una poca cosa o aquél un intruso extravagante…?

Durante un par de años estuve encaprichada con una dahlia ‘Bo-Kai’, que acabó sucumbiendo al frío intenso del invierno madrileño. La primavera siguiente me consagré a la veneración del tulipán ‘Orange Beauty’, el de la foto que encabeza esta entrada. Duró 15 días en flor, ¡pero qué 15 días! Cuando se apagó su llamarada naranja, que mantuvo en vilo –y creo que muertas de envidia– al resto de plantas de la terraza, desenterré el bulbo y lo tiré al compostero. No hay que dramatizar. Desde hace un año me tiene loca una Peonía japonesa variedad ‘Lavender’. Las yemas han brotado perfectamente; tiene unas hojas rojizas, como las de los rosales, pero aún no asoma la flor. (…Seguiré informando).

NOTAS

(1). La historia completa de la locura nacional holandesa en torno al bulbo la cuenta con todo detalle Simon Schama en The embarrassment of riches, Vintage Books, Nueva York, 1987, pp. 350-366.

El tulipán reproducido en la segunda foto, Semper Augustus, está en el libro Tulips, de Judith Leyster, publicado en 1643 y expuesto en el Museo de Haarlem. De ahí proceden los tulipanes de las postales y calendarios que se venden por las calles de Amsterdam.

Peras Buenas Cristianas

Última semana de marzo

(Conversación entre el Barón de Charlus y el joven e inexperto Charles Morel en un restaurante)
“–Pregunta al maître si hay Bon Chrétien.
–¿Bon Chrétien?, no entiendo.
–Ya ves que estamos en la fruta, es una pera. Seguro que Madame de Cambremer la tiene en casa, pues la condesa de Escarbagnas, que es ella, la tenía. Monsieur Thibaudier se la manda y ella dice: “Una Bon Chrétien bien hermosa”.
–No, no lo sabía.
–Bueno, ya veo que no sabes nada. Si ni siquiera has leído a Molière… Bueno, puesto que no debes de saber pedir, como no sabes lo demás, pide simplemente una pera que se coge precisamente cerca de aquí, la Louise-Bonne-d’Avranches.
–¿La…?
–Espera, como eres tan torpe, pediré yo mismo otras que me gustan más: maître, ¿tiene usted la Doyennée des Comices?. Charlie, deberías leer la preciosa página que ha escrito sobre esta pera la duquesa Emilia de Clermont-Tonnerre.
–No, señor, no tengo.
¿Tiene la Triomphe de Jodoigne?.
–No, señor.
–¿La Virginia-Baltet?, ¿la Passe-Colmar?. ¿No?. Bueno, pues como no tiene nada, nos vamos. La Duchesse-d’Angoulème no está todavía madura; anda, Charlie, vámonos.” 

M. Proust, En busca del tiempo perdido, Ed.Alianza, 1998, Vol. 4, p. 500. Traducción de Consuelo Berges.

Con permiso del Barón de Charlus, en LRO tenemos Peritas de Agua. El viejo peral que las produce está empezando a florecer ahora. Tiene una enorme herida en el tronco, que le hizo el anterior propietario sin querer al pasar con el arado entre las viñas. Se han plantado además otros tres peralillos, un Conferencia y dos Williams. Cuando los rabilargos, esos bandidos con alas (malos cristianos), empiezan a dejarse ver por el viejo peral, ésa es la señal inequívoca de que ya están maduras las peras.

Una mariposa y un ciruelo

Finales de marzo/principios de abril

El Prunus pisardii que ahora está plantado en LRO (en el Casi-jardín número dos, entrada del 25-12-2011) proviene de una ciruela recogida hace años en una ciudad del norte, al pie de un enorme ejemplar que crecía en el medio y medio de un solar “de próxima construcción”. ¿Seguirá en pie aquel ciruelo espectacular, que podía mantener él solito a varias familias de mirlos y ratones…?.

Bueno, la ciruela germinó en la maceta donde la enterré, se vino conmigo hasta Madrid, y siguió creciendo pacíficamente lejos de aquel solar amenazado. Una mañana de finales de marzo –el arbolito tendría ya unos cuatro años– salí a la terraza con mi taza de café y descubrí que el Prunus había sido literalmente invadido por una multitud de orugas verdes del tamaño de un pulgar…

Primera reacción: ¡se van a enterar éstas!. Segunda reacción: quizá habría que saber antes quiénes son y por qué han llegado hasta aquí…Cojo el autobús y me voy a comprar una guía de orugas. Las identifico enseguida, porque son gordas y lustrosas, inconfundibles: orugas de la mariposa Iphiclides podalirius, llamada “chupaleches” o “cola-de- golondrina”, que se alimentan de todo tipo de hojas de Prunus, género que abarca –entre otras cosas– la totalidad de frutales de hueso. Siguiente paso: hacer las paces. Sacarlas del ciruelo, para que no lo liquiden, y llevarlas a un sitio mejor. Vacío la cesta de la bici, traslado las orugas al interior (seis en total, más una que dejé quedar en el ciruelo), y las tapo con una rejilla de plástico, para que no puedan entrar ni salamanquesas ni mirlos, visitantes asiduos de la terraza (junto a un mosquitero que aparecía todos los años por marzo; curiosamente, no tenía palomas, de las que todo el mundo se quejaba…). Siguiente paso: darles de comer.

Vivía yo entonces cerca del Parque del Retiro –de donde sin duda había venido la madre Iphiclides a hacer la puesta–, así que hasta allí me fui en cuanto pude para recoger en el Huerto de los Franceses (junto a la noria), una buena cantidad de hojas de almendro. Con esas hojas frescas tapicé el fondo del cesto. Y la cosa funcionó. Las orugas se fueron zampando día tras día las hojas de almendro que les llevaba cada mañana del parque, mezcladas, por aquello de tener una dieta variada, con hojas de Prunus pisardii adultos. Pasados unos días las orugas se transformaron en una especie de estuches angulosos, rígidos, y se fijaron a los mimbres del cesto. Así se estuvieron durante varios días. Y por fin llegó la sorpresa.

A media mañana, cuando el sol de primavera ya calentaba un poco, vi cómo la primera mariposa –que me pareció muy grande– subía retrepando por las paredes del cesto. Me había perdido la salida de la crisálida, pero llegué justo a tiempo para destapar el cesto y que ella pudiera estirar sus alas en el borde, despacio, todavía muy adormilada  (Leí después en la guía que las mariposas hacen eso, nada más liberarse la exuvia, para que la linfa circule bien por la compleja red de venas que atraviesa sus alas). Pasados unos minutos –no lo recuerdo, ¿quizá un cuarto de hora?– la mariposa echó a volar con energía y desapareció para siempre.

Y esa es la historia. Aquella primavera, siete “colas-de-golondrina” engordaron como orugas, puparon, y finalmente se transformaron en adultos en mi terraza de Madrid. Las vi marcharse por los tejados del barrio, tan frágiles que daba miedo pensarlo. Pero hasta las mariposas, supongo, son más duras de lo que nosotros creemos. Si la madre de esas orugas consiguió llegar desde el Retiro, quizá sus hijas lograron hacer también el camino de vuelta. Lo cierto es que en el Huerto de los Franceses es fácil ver “colas-de-golondrina” revoloteando. Y en LRO todavía más.

El Prunus pisardii fue trasplantado hace tres años. Está sano y parece contento. Las colas-de-golondrina lo frecuentan durante meses, y alguna pone sus huevos en él. Pero ahora sabe defenderse solo. Por más que un par de orugas dejen sin hojas algunas ramas eso ya no va a poner en peligro la supervivencia del árbol. Ya no. Además, en LRO hay muchos almendros, con lo que la presión de las orugas se reparte entre todos. Y también hay muchos pájaros, que se comen  a su vez a las orugas y mantienen  la cosa en su justa medida (lo que no podía suceder en mi terraza en el centro de Madrid)…

No creo que este ciruelo –con sus genes nórdicos– pueda alcanzar nunca en LRO  el tamaño de su progenitor, el que crecía en aquel solar edificable. (¿Se lo habrán llevado ya por delante los bulldozers?). Sea como sea, lo que no tiene duda es que el hijo de aquel viejo ciruelo va a seguir creciendo, dando sombra, floreciendo, y alimentando a pájaros, ratones, orugas de Iphiclides, etc. unos dos mil kilómetros más al sur.

NOTAS

Un libro muy útil, al que le deben la vida las mariposas de esta historia: Guía de campo de las mariposas y polillas de España y de Europa, D. J. Carter y B. Hargreaves, Ed. Omega 1987.

Romance del Bio-Huerto

Las habas entre alcachofas
Zanahorias con la cebolla
Los espárragos con nada
Lechugas con cualquier cosa.

Las fresas con cebollinos
Y también con la borraja.
¡Por el aire va el pepino!
Por el suelo, calabazas.

Guisante con girasol,
El apio con la espinaca,
El ajo con cualquier col,
Y anís con la remolacha.

El tomate y el pimiento…
Con albahaca y tagetes al sol.
Rabanitos con los puerros,
Y siempre solo el melón.   

Judías con el maíz,
Acelga y calabacín.
Y así termina este cuento:
Juntos pero no revueltos 

GLOSA

Esta es una posible asociación de hortalizas (¡una entre muchas!). Los criterios para la asociación: combinar diferentes  velocidades de crecimiento, diferentes formas de ocupar el espacio, y –antes que ninguna otra cosa– combinar hortalizas de familias diversas, para no provocar ataques masivos del mismo parásito. Los libros de referencia para la asociación de cultivos son los de Gertrude Frank, que nadie tiene (porque es difícil encontrarlos) pero todo el mundo cita. En la LRO nos vamos arreglando con La Gazette des jardins y las diferentes publicaciones de Terre Vivante.

Estrofa 1. La alcachofa se mantiene en la huerta unos 3 años; entre líneas, para aprovechar el suelo y de paso enriquecerlo en nitrógeno, pueden ir habas. Zanahoria y cebolla repelen recíprocamente a sus parásitos. Los rizomas de espárragos son demasiado agresivos para compartir terreno con nadie. Las lechugas, como los rabanitos o las espinacas, van a toda velocidad; por eso son buenos acompañantes de hortalizas lentas, como los puerros o las coles (estrofa 4, v. 3).

Estrofa 2. Los cebollinos despistan con su olor a los parásitos de las fresas. Quedan muy bien en macetas, no sólo en el huerto. Siendo de la misma familia, el pepino prefiere trepar y la calabaza arrastrarse.

Estrofa 3. Los girasoles, cuando ya tienen 20 cms o más, aceptan que se siembre al pie un par de guisantes o de judías, siempre que la tierra sea rica y fresca; en LRO, con guisantes, sólo es posible a principios de primavera; después hace demasiado calor. La variante es usar como tutor maíz en vez de girasol (estrofa 5, v. 1). En este caso todavía hace falta más agua, o un rincón al pie de un muro no muy alto orientado al norte (de forma que las raíces estén a la sombra pero la “cabeza” del maíz al sol; en LRO es la única manera de cultivar algo de maiz).

La espinaca crece rápido y en cualquier parte. Ver estrofa 1, lo dicho sobre las lechugas. La espinaca, eso sí, es de primavera y de finales de otoño. En el verano de LRO el papel que desempeñaba la espinaca –especie de “cubre-lo-todo”–  pasa al acolchado de paja.

La cebolla y el ajo son de vegetación poco exuberante, por eso pueden compartir bien el espacio con las opulentas coles (¡el rabanito no, porque es de la misma familia!). Pero si no hay problema de espacio, lo que mejor les va a las coles es la proximidad de los tomates, cuyo olor desbarata el ir y venir de sus parásitos…

Las hojas de remolacha no son ni muy grandes ni muy abundantes. Por eso se recomienda sembrarlas con semillas de aromáticas: coriandro, anís, comino…. En LRO haremos la prueba por primera vez este año.

Estrofa 4. El tomate y el pimiento son plantas golosas que, además, pasan bastantes meses en el huerto; los pies de tomate se separan unos 60 cms. unos de otros; en ese espacio es perfecto sembrar (o plantar) albahaca, que desconcertará a los insectos que anden buscando tomate; además, así la tendremos bien a mano para hacer salsas de tomate y salsas al pesto; las raíces de los tagetes mantendrán alejados los nemátodos del suelo.

Rabanitos (o lechugas, o espinacas) y puerros: sí, pero cuando ya están bien aporcados los puerros, o (mejor) cuando en vez de aporcarlos optamos por acolchados muy espesos.

Es mejor que el melón vaya solo, como los pepinos y las calabazas, porque crece mucho y de forma desordenada, lo que complicaría el cultivo de hortalizas intercaladas.

Estrofa 5. Para judía y maíz, ver estrofa 3.

Para qué sirve una motosierra

Marzo 2012

Tengo una motosierra Stihl MS-200, con un espadín de 40 cm. Estoy contenta con ella, pero he de decir que procuro utilizarla lo menos posible; prefiero con mucho los serrotes, grandes y pequeños, en especial los de doble hilera de dientes (cuyo único inconveniente es que no pueden afilarse). De todos modos, confieso que nunca me ha gustado apear árboles vivos, ni siquiera grandes ramas, ni con motosierra ni con serrote ni con nada. En el momento de meter la cadena en el tejido vivo siempre me tengo que parar un instante y plantearme, una vez más, la misma-eterna pregunta: ¿es de verdad necesario hacer esto?. A veces no lo tengo tan claro. Otras, sin embargo, la respuesta es un SÍ rotundo: cuando las raíces de un fresno empiezan a levantar el suelo de un garaje, o cuando el abeto de Navidad –tan canijo al principio– llega por fin al segundo piso y tapa la ventana de la cocina, o cuando un pino piñonero plantado en un talud empieza a inclinarse peligrosamente sobre el aparcamiento… Todos estos casos son errores que se podían haber evitado el día de la plantación, errores que al final acaban pagando los árboles, precisamente cuando más grandes y más hermosos están.

Bueno, pues para ejemplificar lo útil que puede llegar a ser una motosierra cuando se trata de “arreglar” errores humanos, vamos a resumir la historia del Bosque de Zérnikov: cómo se descubrió e intentó hacer desaparecer la esvástica vegetal que crecía en el bosque; una esvástica formada por alerces (Larix decidua), de 60 por 60 metros, plantada hacia 1938 por un guarda forestal en medio de un pinar y descubierta por casualidad cincuenta años más tarde.

(Un paréntesis antes de seguir. En los libros de botánica se explica que las coníferas son en su mayor parte árboles de hoja persistente. Pinos, abetos, píceas, etc. Pero hay tres excepciones a esta regla general: el ciprés de los pantanos –Taxodium–, la metasecuoya –Metasequoia–, y el alerce –Larix–. Estos tres géneros, aun compartiendo las características botánicas de las coníferas en lo que se refiere al modo de reproducción, tipos de tejidos, etc., son árboles que pierden la hoja en invierno, después de un otoño espectacular en el que sus copas adquieren tonalidades cobrizas –el ciprés–, rosadas o rojas –la metasecuoya–, y de un amarillo luminoso los alerces. De estos tres géneros de conífera caducifolia, sólo una especie de Larix es autóctona en Europa, L. decidua, que crece desde los Alpes Dolomitas hasta las llanuras del Vístula, en Polonia. El Bosque de Zérnikov, en el distrito de Uckermark, está al nordeste de Alemania, en lo que antes se llamaba Prusia Oriental, ahora Brandemburgo, no lejos de la frontera polaca…).

La historia, en cinco actos, puede ser contada de atrás adelante.

Empezando, pues, por el año 2000, quinto y último acto (¡de momento!), no creo que los operarios del departamento forestal del land de Brandemburgo vacilaran ni medio segundo cuando el día uno de diciembre, de buena mañana, los motores de una docena de motosierras volvieron a hacer retumbar el Bosque de Zérnikov. Y esta vez no se detuvieron hasta que la esvástica de alerces quedó patas arriba. Con hachas les hubiera llevado semanas; con unas buenas motosierras, horas.

Y digo “esta vez” porque hubo otras antes. En el 2000, en efecto, se talaron veinticinco alerces. Pero es que en el año 1995 –cuarto acto–  se habían talado ya cuarenta y tres. Los alerces, en el entretanto, habían brotado de nuevo, de modo que la cruz gamada volvía a ser reconocible cinco años después de aquella primera tala. Un aeroplano la fotografió en noviembre de ese año, cuando el dorado de los alerces destaca contra la masa verde de los pinos. La agencia Reuters difundió la imagen.  En noviembre del 2000 la BBC, la CNN, y todos los medios de comunicación europeos, pusieron otra vez el grito en el cielo: “la esvástica de alerces del  Bosque de Zérnikov vuelve a ser perfectamente reconocible desde el aire”.

Tercer acto: 1992. Nadie supo (¿?) durante cincuenta años de la existencia del tal bosque. Para distinguir la esvástica hacían falta dos requisitos: tener un avión y pasar con él por encima de Zérnikov la primera quincena de noviembre. Si se pasa antes o después –o si no se tiene un avión…– la esvástica se diluye en el verde de los pinos que la rodean. Hace falta, además, una tercera cosa, que las autoridades locales te expidan un permiso de vuelo. Pero el distrito de Uckermark pertenecía a la República Democrática de Alemania. Poco amiga de dar permisos, seguramente. Hizo falta que cayera el muro y que se reunificaran las dos Alemanias para que un buen día de noviembre de 1992, el piloto de un aeroplano –¿un funcionario reconociendo la zona, un hobby-pilot…?– descubriera desde el aire una enorme, enorme esvástica dorada. Consiguió que no le diera un infarto y la fotografió. Poco después las autoridades del recién creado land de Brandemburgo empezaron a hacer gestiones para talar rápidamente los alerces. Y no les resultó fácil. Aunque parte del bosque seguía perteneciendo al estado, otra parte fue parcelada y su propiedad –muy discutida– pasó a diferentes manos. Por otra parte, no todos los propietarios estaban por la labor de dejar entrar las motosierras, por muy “anticonstitucional” que fuera aquella esvástica. Entre unas cosas y otras, hubo que esperar tres años hasta las primeras talas.

Segundo acto: entre 1992 y el final de la guerra. Según las investigaciones publicadas, los archivos demuestran que las autoridades comunistas sabían de sobra que en ese bosque había una enorme esvástica vegetal. Pero, por lo visto, no le dieron mayor importancia. Ellos mismos, pensaría el funcionario de turno, ¿no hacían también inmensos diseños florales con la forma de la hoz y el martillo?.

Y llegamos así al comienzo de la historia, que es el final de la nuestra. Aunque todavía no se conocen los detalles (1), los periodistas apuntan a esta versión del primer acto: en 1938, un guarda forestal de la aldea de Zérnikov pagó no sé cuantos pfenings a un grupo de las juventudes nazis locales para que le ayudaran a plantar un centenar de alerces en el bosque. Y así se hizo. Por esos distritos del norte de Berlín pasaban las divisiones de la Wehrmacht que estaban empezando a concentrarse en la frontera. Muy pronto se pondrían en marcha camino de Dantzig, iniciando a su paso la segunda guerra mundial. Había que celebrarlo, desde luego, pensó nuestro entusiasta guarda nazi, mientras regaba los pequeños alerces recién plantados. Lejos estaba de sospechar que por esas mismas llanuras, cuatro años después, entrarían los tanques rusos que dividirían su país en dos, como una nuez, y les privarían de libertad durante cincuenta años.

Los alerces no tenían culpa, pero los errores se pagan. Y se pagan caros: en el año 1995, cuando se iniciaron las talas, los árboles pasaban de dieciséis metros. No sé si los ecologistas tuvieron algo que decir, quizá aceptaron la tala masiva como un mal menor. Pero eso es lo que pasa cuando se planta un fresno demasiado cerca del garaje, o un abeto debajo de la ventana de la cocina, o un pino piñonero en un talud… Que al final hay que talarlo. Y para eso precisamente sirve una motosierra. (2)

NOTAS
(1). Por ejemplo, la fecha exacta de la plantación, entre el 38 y el 40. O quién fue exactamente el piloto que la descubrió.

(2) Supe de esta historia a raiz de un viaje a Berlín hace dos años: M. Kopleck, Past Finder. Berlin Ch. Links Verlag, edición francesa, Berlin 2008, p. 89. El bosque está cien kilómetros al norte de Berlín. Otra fuente, que difiere en algunos detalles: archives.cnn.com/2000/WORLD/europe/12/04/germany.swastika.reut/

La foto del alerce dorado pertenece al catálogo de semillas de semencesdupuy.com