A siete siglos de distancia

La génesis de este libro fue el deseo de averiguar qué efecto tuvo en la sociedad el desastre más mortífero que recuerda la historia, la Muerte negra de 1348-1350, la cual, según se estima, mató un tercio de la gente que vivía entre la India e Islandia. Teniendo en cuenta la situación en nuestro tiempo, resulta patente la razón de mi curiosidad. La respuesta fue esquiva porque el siglo XIV sufrió, en palabras de un contemporáneo, tantos “extraños y grandes peligros y adversidades”, que su desórdenes no pueden atribuirse a una sola causa (…) Todos esos desórdenes, salvo la peste, brotaron de un estado de cosas preexistente a la Muerte Negra y se prolongaron después de haberse extendido la pandemia.
Si mi pregunta inicial quedó, en parte, sin contestación, el período en sí mismo (…) encerraba un interés seductor y, a mi juicio, consolador para el actual, de similar confusión. Porque, si las dos últimas décadas (…) han sido un tiempo de malestar poco común, tranquiliza saber que la especie humana ha sobrevivido a azares peores.
(…) El siglo XIV fue una mala época para la humanidad. Hasta hace poco los historiógrafos propendían a detestarlo y eludirlo, porque no lograban que encajase dentro de la pauta del progreso de los seres humanos. Mas, tras las espantosas experiencias del siglo XX, sentimos mayor simpatía por una edad desconcertada… Reconocemos con una dolorosa sensación los síntomas de un período de angustia en el que no existe percepción de un futuro cierto.”

Extracto del preámbulo de Un espejo lejano, Barbara W. Tuchman, 1978  (ed. española Plaza & Janés 1990) * Gracias a E. Rius/ notasparalectorescuriosos.com, por su recomendación. Al protagonista, Enguerrand de Coucy, también lo cita P. L.Fermor -otra lectura de estos días- hacia el final de Entre los bosques y el agua, pero en un contexto infinitamente más amable (el Danubio a la altura de las Puertas de Hierro, 1934, cuando el río aún fluía libre hacia el Mar Negro).

En la foto: lilas recogidas esta mañana.

 

Espárragos

Primera quincena de abril

Ayer uno de mis perros hizo salir de la maleza a un hombre que se había metido en LRO a robar espárragos. Que lo hagan conmigo delante es lo que más me molesta. (¡Roben ustedes espárragos, pero mantengan las formas!). Además, es que hay muy pocos. ¿Y cómo va a haberlos, si no llueve?.

Este manojo de espárragos fue pintado por Edouard Manet en 1880, tres años antes de su muerte. Un amigo y cliente le compró al pintor el cuadro. Le pagó 1000 francos, en vez de los 800 convenidos, y el pintor, a la vuelta de correo, le hizo llegar a su cliente un espárrago más, para cubrir así los doscientos francos de diferencia…

El espárrago extra puede verse en el Museo d´Orsay, lejos de sus compañeros de mesa, que se conservan –tan frescos como el primer día- en un museo de Colonia. Manet murió muy joven, en 1883, con apenas cincuenta años. Había pintado bodegones toda su vida, pero en esos años finales ya no hizo otra cosa.

Sólo quería pintar flores, “pintar  todas las flores”  (“Je voudrais les peindre toutes…”).  Pocas semanas antes de morir pintó estas lilas blancas, que también están en flor ahora, como los manzanos. Manet apreciaba mucho los bodegones flamencos y holandeses del siglo XVII. Mientras en los paises del sur se miraba con cierto desprecio  este tipo de cuadros “menores”–y los artistas con algo de ambición debían dedicarse a la pintura de historia y de exaltación religiosa-, los buenos burgueses del norte se dejaban maravillar por la representación de unos limones a medio pelar,  unos arenques, un puñado de melocotones…

Este elegante bodegón de Jan Fyt puede verse en el Museo Thyssen, en Madrid.  El motivo está sacado enteramente de la primera quincena de abril: tulipanes, primerísimas peonías, flores de Viburnum opulus…y un manojo de espárragos blancos, especialidad holandesa (y flamenca) donde las haya.  Todos son buenos. Espárragos de tierras arenosas y fértiles, cultivados en el inmenso delta que forma el Rin en su desembocadura. Espárragos de tierras de aluvión, regadas por el Tajo en la vega de Aranjuez. Espárragos  silvestres y duros, mis preferidos, finos como el cordel, que crecen entre el rusco y las retamas, al pie de la viejas encinas achaparradas de LRO. Espárragos de Tudela, gordos y grandes como cohetes…

NOTAS
La anécdota de los espárragos de Manet está recogida en el catálogo del Museo de Orsay. Cuando no me los roban todos, me como los espárragos que quedan dándoles unas vueltas en la sartén, con un poco de aceite de oliva y unos granos de sal gorda.