La vida en la periferia

Invierno 2013

la vida en la periferiaUn plátano de sombra hueco en el camino de Fessy. ¿Está vivo, muerto, catatónico?. Si está muerto, ¿por qué  sigue en pie?. ¿Vale para algo?.¿Quizá para guardar  la bombona de repuesto, o una escalera, o una pila de cajas, o..?. Si está vivo ¿brotará?. ¿Florecerá?. ¿Qué le ha pasado?. ¿Cuánta gente cabría dentro, bien apretada?. ¿Dónde está la copa?.  Si se apoya una bici o una moto, si se recuesta uno contra él, ¿se desplomaría?. ¿Quién lo plantó y cuándo?. ¿Anida algún pájaro en él…?.
(Todas las respuestas, próximamente…)

Cerrar las grietas

Antes del invierno

palos y pedras en las grietasLa lluvia y la pendiente convierten las grietas en cárcavas allí donde no hay nada que sujete la tierra.
(1) En el campo el problema era el arado. Al dejar de arar la hierba ha vuelto a crecer y sus raíces se han convertido en la mejor herramienta contra la erosión. Donde las grietas eran profundas hemos  utilizado un relleno de palos y piedras -para que escurra el agua de lluvia entre ellas-, todo cubierto de tierra y rizomas de grama.

(2) En el camino. La sociedad de cazadores, en vísperas de abrirse la veda, mete una pala excavadora para tapar esas cárcavas con la tierra (fértil) que va mordiendo de aquí y de allá, en los taludes linderos de las fincas contíguas… No echan zahorra (no gastan dinero en eso). No echan nada. Rutinariamente, para que el camino aguante unas semanas, repiten año tras año la operación. El camino se va ensanchando tontamente, y los cazadores -encantados- pueden pararse a charlar cuando se cruzan, cada uno en su respectivo 4×4. No les importa que, si la primavera viene lluviosa, en unos pocos días toda esa tierra robada al campo, a los nidos de abejarucos y serpientes,  vuelva a correr pendiente abajo…
grieta con grama y tierraCuando limpiamos de grama las huertas, operación agotadora donde las haya, capachos enteros de rizomas y tierra se van a continuación al camino. Después procuramos pisotear el mejunje pasándole con la furgo por encima, para que la grieta quede bien bien tapada. Vaciamos también -mezclado con lo demás- los haces de sarmientos (picados con la tijera de dos manos) que hayan podido quedar olvidados por la viña, e incluso los calderos con ceniza de la chimenea. En alguna ocasión hemos llevado escombro: pero cuidado, ha de ser escombro seleccionado, menudo, que colmate bien el fondo de la grieta al tiempo que deja correr el agua .  Hay que ir vaciando saquito a saquito  y cubrirlo todo cuidadosamente con tierra (llevar azada en el maletero). Los trozos grandes de cemento, ladrillos, yeso, etc, además de horrendos son peligrosos (si una moto de cross o un «quad» -verdaderas plagas del campo-  los pinza y te los deja para arriba…adios neumático)

Trasmocho (1): ramos del año

Fresnos y sauces en invierno

fresno Herrería reduc

 A estas podas les decían «de trasmocho». O «desmoche». Se cortaban con hachuela los ramos de uno o dos años, lo más cerca posible de la inserción, y los toconcitos que iban quedando formaban con el tiempo una cabeza grande y pesada. Así los fresnos y melojos de la Herrería (post del día 15, y foto de la izquierda). Así los «vimbieiros» de las Rías Baixas (post del día 10, y fotos de abajo). Allí los ramos del año (ramones) servían para forraje, aquí para atar las vides. Y en ambos casos, y en todas partes, para tejer cestos, incluso nasas. Cuando el trasmocho se hacía por leña, entonces los turnos de poda forzosamente eran más largos (8, 10 años… lo que fuere, según la especie), y lo que se cortaba, con bastante más trabajo, ya no eran los esbeltos ramos de la última primavera, sino las gruesas ramas  que se habían ido formando a lo largo de ese tiempo…(continuará)

vimbieiras cambados reducparra-vimbio reduc

NOTAS:
En Francia, a los árboles deformados por estas podas radicales se les llama trognes. El sustantivo tiene por lo visto un segundo sentido en francés, entre peyorativo y admirativo: un trogne es la cara colorada y regordeta del que le gusta el vino… He tenido recientemente entre las manos un libro dedicado a ellos (Le Trogne: l’ arbre paysan aux mille usages, Dominique Mansion, Ed. Ouest-France, 2010). El libro es una colección de fotografías de viejos árboles trasmochos, retratados con inmenso amor y gratitud, y un almacén precioso de información sobre su cultivo y aprovechamiento.
Trognes y restos de  setos champêtres fueron/son objeto de un mimo envidiable por parte de muchas asociaciones francesas, alarmadas por la hecatombe que suponían para sus paisajes los programas de concentración parcelaria llevados al extremo y muchas -demasiadas- veces totalmente injustificados….A día de hoy lo que les trae de cabeza es el proyecto de aeropuerto del Grand-Ouest, una  enormidad incomprensible, habida cuenta de que toda esa zona lleva años conectada con París por un TGV, un tren de alta velocidad, que además se está renovando. El aeropuerto se llevaría por delante dos mil hectáreas agrícolas, cien kilómetros de setos y trognes, etc. – ¿Pasará como con nuestro aeropuerto de Ciudad Real? Ya veremos.
http://www.lemonde.fr/idees/article/2012/12/13/notre-dame-des-landes-une-resistance-qui-ne-se-laissera-pas-dicter-sa-conduite_1805511_3232.html

                

Things-are-beautiful

gruta-10-11-06En el interior de la gruta de LRO hay una inscripción china – malamente  grabada, con un clavo y una piedra- que se supone dice esto: Things-are-beautiful.  El ideograma original está en una tablilla de madera que compré en el jardín botánico de Montreal  mucho antes de llegar aquí. Un hombre chino, o medio chino-medio canadiense, vendía tablillas de éstas a la entrada del jardín. En cada una de ellas estaba inscrito el ideograma correspondiente a las diversas virtudes, algunas de ellas universales ( Bondad, Sabiduría, Salud…), otras más caseras  (Fertilidad, Felicidad Conyugal…). El hombre, un tanto excéntrico, me aseguró con muchos gestos y exclamaciones que el ideograma que yo había escogido decía “Thing-beautiful”. Como quería llevarme sólo una tablilla, una que sobresaliera entre todas,  que expresara lo único de verdad imprescindible, me hice a la idea de que aquello podría valer como ideograma de la Belleza y  la compré.  Ya en España una amiga me dijo al verla: si el tal chino desvariaba, ¿cómo puedes saber tú que la tablilla realmente dice eso y no cualquier tontuna…?.  Entonces me pareció imposible  replicar. Me quedé con la duda. Pero hoy pienso que, en el fondo, da lo mismo. Con que uno se lo crea es suficiente (pregunta que se han hecho los historiadores durante décadas: ¿está realmente el apóstol Santiago enterrado en la cripta de la catedral?; un milenio largo de peregrinaciones demuestra que eso es lo de menos).
La inscripción funciona, es un hecho. Uno entra en la “grotta” de LRO, escucha el repiqueteo del agua, pasa la mano por el musgo, y lee en la pared el ideograma de la Belleza: Things- are- beautiful… como sentenció aquel medio chino, quizá medio loco, en un jardín de Canadá. Y con eso es suficiente.

NOTAS

la tablilla

la tablilla

Si por una rara casualidad alguno de los lectores de este blog sabe chino, que me escriba, por favor; pagaré por sus servicios de traducción esta fantástica coliflor `Skywalker’.

la coliflor 'Skywalker'

la coliflor

De rama en rama

Julio 2012

 

Para poder cargar con la familia Tarzán al completo la rama en la que todos ellos se sientan ha de cumplir, según los manuales técnicos al uso (1), las siguientes características:

 

  1. Ha de tener un diámetro no inferior a un tercio del diámetro del tronco (o de la rama de orden inmediatamente anterior en la que va inserta)
  2. Ha de tener un ángulo de 45-60º. Si más, la rama se parte. Si menos, aplastan a la mona Chita.
  3. Ha de estar suficientemente separada de la siguiente, que además no crecerá exactamente encima (la de la familia Tarzán no habría podido desarrollarse tanto, pues la rama vecina la habría sombreado, achicándola, y no habría sitio para Jane).

Para conseguir todo esto basta con ir formando el árbol de rama en rama desde los primeros años, en cuanto el tallo haya crecido hasta una altura suficiente para que podamos escoger la primera (pongamos a unos dos metros del suelo, según la especie arbórea y lo que queramos hacer con el árbol: ¿colocar una mesa debajo, aparcar el coche o el elefante?, ¿nada?). La propia naturaleza haría el trabajo por nosotros si nos estamos quietos (morirán las ramas bajas y el árbol se irá estirando). Pero si queremos adelantarnos, porque a la familia Tarzán le corre prisa,  y ajustar la altura y forma  general de la copa a esa función descrita, entonces podemos ir haciendo la selección de ramas  nosotros, dejándolas -eso siempre-  bien separadas y bien orientadas.  Lo suyo es que que el árbol siga creciendo hacia arriba y mantenga su porte natural.  Si quisiéramos –pero  NO queremos- formarlo artificialmente, como un “vaso” de tres o cuatro ramas, entonces hay que proceder a cortar el tallo/tronco,  dejando por debajo las 3 ó 4 ramas estructurales elegidas.  No queremos, decía, porque eso se hace cuando el árbol es demasiado grande para el espacio que ha de ocupar (una acera de Madrid, por ejemplo) o cuando se trata de árboles frutales ( para que la mano llegue a la fruta).
En fin, después se continúa eligiendo las siguientes ramas, que a su vez van insertas en estas principales…La película acaba bien –incluso con los árboles en vaso- si la formación prosigue ordenadamente. La película acaba mal si aparece por la selva un funcionario municipal indocumentado, que procede a terciar o desmochar el árbol con su motosierra (terciar: dejar un tercio de cada rama y eliminar el resto). Y encima le dice a Mister Tarzán que lo hace porque en su pueblo “siempre se ha hecho así” (como tirar a la cabra del campanario), añadiendo : que al árbol «le sienta bien» la operación y que esos cortes sirven para «rejuvenecer» al árbol (y a la cabra, que queda como nueva al llegar al suelo…). Si esto sucede, si se tercia la copa, las ramillas que broten la próxima primavera formarán una bola enmarañada sin orden ni concierto. Todas ellas nacerán de yemas subcorticales, en el perímetro de la herida. La inserción es insegura. Muy peligrosa. A ese árbol no volverá a subirse nadie, so pena de partirse la crisma …lo que seguramente no sucederá, porque al año o  a los dos años volverá el susodicho con la motosierra, y ¡zas!, nuevo terciado cuando el árbol apenas había empezado la compartimentación de las heridas (una solución intermedia hubiera sido la poda «en cabezas de mimbrera», pero exige más pericia y más tiempo).  Conclusión: el debilitamiento  del árbol es progresivo, imparable, y árboles que podían llegar a ser dos, tres, cuatro veces centenarios, malviven mutilados y terminan muriéndose de forma irracional a los  20 ó 30 de haber sido plantados.

NOTAS.

(1)  Fuentes principales: Las podas de las especies arbóreas ornamentales, F.Gil-Albert, Ed. Mundi-Presa.  Todo el capítulo quinto, sobre podas de formación. Y pp.27 a 32:»aspectos que condicionan la solidez estructural de un árbol».  Y Ch. Drénou, La poda de los árboles ornamentales, Ed. Mundi-Presa, en especial pp.162 y ss: «Seis ideas recibidas sobre la poda radical».
(2) ¡Todo esto no tiene nada que ver con las podas de trasmocho, escamondas, etc, que se hacen en zonas rurales por razones de aprovechamiento ganadero y forestal.! Esa sí es otra película, que corresponde a otra entrada del blog.

Sólo una piedra

Febrero 2012

El rincón de las fresas.

Oí que el guarda del coto la llamaba Valentina la Buena. No sé si todo el mundo la llamaba así, desde siempre, o si fue una expresión casual que ni siquiera el guarda recuerda ya. Apenas tuvimos tiempo de conocerla. Supimos que había muerto al poco de estar con ella en LRO. Ese día quedamos en organizar una comida para los hermanos e hijos de su familia, la familia que nos había vendido la finca; lo haríamos después de la vendimia, por el Pilar. Pero Valentina la Buena no llegó a octubre. Murió ese verano en el Hospital de Alcorcón, donde había ingresado muy grave unos pocos días antes.

Los anteriores propietarios eran seis hermanos. Cuando les compramos la finca quedaban cuatro: las tres mujeres y el más joven de los tres varones, Anastasio, que era quien se encargaba de seguir cuidándolo todo. Valentina andaba cerca de los ochenta pero no los aparentaba. Era delgada, enjuta, muy vivaracha. Ella no vino a la notaría el día de la compraventa porque la acababan de operar.

Un tiempo después fuimos a buscarla, a ella y a su marido, a la residencia de ancianos a la que se habían ido a vivir. Valentina llevaba un sombrero de paja  de ala plana, con un lazo rosa alrededor. Pasamos la mañana con ellos en la finca. Como su hermano, al que le encanta sentarse a contarnos historias, también ella nos contó ese día muchas cosas. Del tiempo en que no había cajas de plástico, ni mangueras, cuando los cestos de uvas se cubrían cuidadosamente con hojas de la propia viña y los cestos de higos con hojas de la propia higuera. Del tiempo en que el campo estaba lleno de gente los doce meses del año, y había tanto trabajo que nunca se podía parar. La guardia civil se dejaba caer por allí algunos domingos, para obligarles a ir a misa. A Anastasio, el benjamín, un guardia le requisó una vez las hogazas de pan que llevaba  al pueblo. Él era solo un niño. Un niño montado en un burro. Sesenta años después sigue recordando aquello, y lo único que se le olvida es que que ya nos lo contó muchas veces (añadiendo, por cierto, «que también los guardias pasaban hambre»). Sus padres sembraban cereal donde ahora hay viñas. Lo llevaban a moler y después hacían pan, ellos mismos. La huerta se regaba por surcos. Había tres albercas, y mucha más agua que hoy. “En invierno y en primavera se la oía bajar por el camino, no se podía ni pasar…”.

De todas las historias que escuché aquella mañana una me conmovió especialmente. Valentina había descubierto una piedra, una roca grande de granito, junto a la huerta de las fresas. Se agachó un poco y nos señaló una  hondonada en la parte de arriba de la piedra: ese hueco lo hizo mi padre con un hierro, dijo, para llenarlo de brasas y colocar encima la olla; ahí comíamos en invierno. Un conejo, unas patatas.

Pensé entonces  en esa otra Rama de Oro, la que no tenía nombre, y en las familias que durante décadas trabajaron esta tierra con sus manos, plantaron árboles, sembraron.  Pensé también en lo fácil que es olvidarse de todo, y en lo poco que significan las cosas cuando no sabes nada. Habíamos plantado las fresas en ese rincón porque está mirando al sur y al abrigo de las rocas. Es seguramente uno de los lugares más protegidos de LRO. Pero si es un buen sitio para las fresas, mejor lo será para la gente, en especial en invierno, cuando la mitad de la finca está helada. Vi claramente la escena. Un señor de mediana edad, duro como una encina, prepara el fuego sobre la piedra. Y sus seis hijos le miran con respeto, y esperan allí acuclillados.

Todo eso está grabado en la piedra de granito. Valentina la Buena nos lo hizo ver. Valentina la Buena, que trabajó de sirvienta en varias casas de Madrid desde que era una niña, y que murió en el hospital de Alcorcón mucho antes de lo debido, faltando a su palabra de volver por el Pilar.

Manual de heridas (1)

Parece difícil de creer, pero hasta hace relativamente pocos años no se tenía la menor idea de cómo cicatrizaba un árbol sus heridas. Se sabía lo evidente: que, a diferencia de los animales, los árboles no regeneraban el tejido de la herida, sino que intentaban aislarla y cubrirla, dejando dentro –cuando lo conseguían– el trozo de madera necrosada, ese “clavo” con el que después habrían de vérselas los carpinteros… Pero no hubo una explicación del mecanismo fisiológico hasta que Alex Shigo introdujo el concepto de compartimentación y lo sintetizó en las siglas C.O.D.I.T («compartimentation of the decay in trees»). Publicó sus conclusiones en 1975. A España no llegaron hasta diez años más tarde, y por la puerta de atrás. La mayoría de su obra sigue sin traducirse, por razones que desconozco. En cuanto a las originales, pueden comprarse online en la web de sus herederos y socios: www.shigoandtrees.com.

Javier López, al que llamo por sistema siempre que tengo dudas sobre lo que debo hacer con un árbol (www.arbolsano.com), me pasó hace años unas fotocopias del Compendio de arboricultura moderna. Me quedé bastante sorprendida, con la impresión de que iba a tener que cuestionarme muchas de las cosas que me habían enseñado en los cursos de poda hasta ese momento. Este no es el lugar para hablar de la compartimentación, ni yo la persona indicada para hacerlo. Baste con insistir en la idea de partida: cuando uno tiene una motosierra o un serrote en la mano debería poder visualizar en su cabeza lo que va a pasar con toda probabilidad en el interior de ese ser vivo si el corte está mal hecho, o si se hace en un momento del año en que la compartimentación será más difícil, o simplemente es un corte gratuito, o realizado en una especie arbórea que compartimenta mal, y que, por tanto, condenará al árbol a una muerte lenta pero segura, etc. En los cursos de poda tradicionales –al menos en los dirigidos a estudiantes y jardineros de a pie– también se recomienda el «saneamiento y regularización» de las heridas (mucho más que una simple limpieza de tierra y trozos rotos de corteza), incluso su cierre con productos «cicatrizantes»; capítulo aparte serían las grandes heridas y oquedades; ahí todavía se sigue recomendando la instalación de tubos de drenaje, secado de las paredes con hornillos y sopletes, etc, etc. Ningún experto en arboricultura moderna hace eso ya, pero los antiguos hábitos se reproducen monótonamente en las webs más frecuentadas sobre jardinería y paisajismo… A. Shigo insiste mucho en esto de las dosis y el sentido común: no llega con saber cortar («dónde», «cómo», «cuándo»), es que también hay que saber «cuánto». Si cortamos y limpiamos de forma obsesiva eliminaremos las barreras químicas con las que el propio árbol está autoprotegiéndose y acabaremos dañando sin remedio la «zona cambial» (ese anillo de células con capacidad de reproducirse activamente, y del que depende, no sólo el crecimiento de cada primavera, sino también  la generación de los tejidos protectores que aislan la madera herida de la sana).

Yo ya no cojo las tijeras con la misma alegría. Ni limpio nada antes de estar bien segura. Un ejemplo: la goma que supuran los frutales de hueso; he estado quitándosela a los troncos durante mucho tiempo, convencida de estar haciendo lo correcto, cuando lo único que hacía, en realidad, era dejar esos árboles todavía más desprotegidos.

En LRO hay pocos árboles y en su mayoría están enfermos. Ya he contado al hablar de los drenajes lo que les pasó a los melocotoneros cuando el anterior propietario desvió hacia ellos el agua excedente de la terraza grande. En cuanto a las encinas y almendros más grandes, todavía recuerdo el consejo que me dio el guarda del coto de caza una de las veces que vino por aquí: tienes que «cortar con la motosierra todos los brazos, para que se ponga verde otra vez…». Eso es lo que hacía el anterior propietario (aunque dudo que lo hiciera su padre en los años cincuenta, y no sólo por falta de motosierra). Y eso es, pues, lo que yo he heredado. Heridas de motosierra de hasta veinte centímetros de diámetro que no han empezado siquiera su compartimentación; ramas desordenadas, tocones necrosados, desgarros, inserciones muy frágiles. Y heridas brutales como las de la encina que encabeza esta entrada; heridas hechas por puro capricho, tan irracionales como apalear una serpiente o lanzar una botella de cristal contra las piedras.

Bueno, he empezado un catálogo de “heridas” de todos los árboles de la finca. Me gustaría dejar registrado cómo se van cerrando. Lo harán lentamente, muy poco a poco, como todo lo que hacen los árboles («trees make love quietly», reza uno de los leit-motiv de A. Shigo). Mi objetivo es familiarizarme con esas heridas, seguirlas de cerca, como si yo misma las llevara grabadas en un brazo. Las primeras de la serie (habrá más) serán las de los melocotoneros.

Estrictamente para pájaros

Septiembre 2011

…es a finales de septiembre la orla espinosa de bosque, coloreada de endrinas, escaramujos, bayas de majuelo y las últimas moras maduras. Las endrinas se van derechas al congelador; dentro de unos días las mezclaremos con orujo, anís, un poco de canela y corteza de limón, y en seis meses el licor estará a punto. Con los escaramujos de Rosa canina sólo sé hacer ramos –un tanto minimalistas– que se conservan dos o tres semanas en su jarro de cristal. Los majuelos no están sanos; los veo decaer de año en año, sin remedio, y la fruta (que no es una baya exactamente, sino un «pomo», una especie de minúscula manzana) ni cuaja bien ni termina de madurar; de esto habría que hablar un día en “la otra rama de oro”, la de los madroños y melojos en retroceso. En cuanto a las moras, se las dejamos íntegramente a los pájaros y a los paseantes; en LRO cultivamos dos variedades hortícolas, ‘Royal Crown’ y ‘Dicksen’, que maduran en agosto. Por estas fechas, ya un poco saturados de moras, los ojos (y las manos) se nos van a los higos.

Estrictamente para pájaros, en el jardín, son los setos de piracantas, que se llenan ahora de racimos anaranjados, escarlatas o amarillos. Los pájaros no se acercarán a comer las piracantas amarillas, ni las sinforinas blancas, ni nada que no tenga aspecto de estar bien maduro. También los cotoneaster se llenan ahora de fruta roja. Y las nandinas. Y los berberis. Los pájaros que tengan que volverse a Africa engullirán cuanto puedan antes de partir. En LRO son los abejarucos, oropéndolas, alcaudones… Todos ellos prefieren insectos y lombrices, pero en este momento del año no parecen hacerle  ascos a nada.

A muchos kilómetros de aquí, en la montaña, los pájaros pierden la cabeza por las bayas del serbal (botánicamente, creo que también son pomos). Hace años, tantos que ni me acuerdo, grabé un vídeo de pocos segundos en medio de un bosquete de serbales; miré hacia arriba y filmé lo que veía mientras giraba sobre mí misma; era, literalmente, una descarga de granizo naranja. Y se me ocurrió pensar en Strictly for the birds, aquel disco viejuno de Menuhin&Grappelli. El vídeo se perdió hace tiempo, con el ordenador en el que estaba guardado. Pero lo volveré a grabar en cuanto vuelva a cruzarse un serbal en mi camino.

Terebintos, zumaques, pistacheros

Noviembre 2010

Hay dos arbustos en La Rama de Oro que se comen literalmente el otoño. Mires hacia donde mires, allí están. Son el terebinto, que tiende al rojo a partir de finales de octubre, y el zumaque, que va pasando del ámbar (cuando la mitad de las hojas están todavía verdes) al naranja intenso. Son de la misma familia, la familia del anacardo y del  pistachero.  Los dos destacan fuertemente contra el verde oscuro de las encinas.  Los dos pierden su follaje muy poco después. Sobre la ramas quedan, en el caso del terebinto, esas agallas en forma de cuerno que justifican el nombre local de “cornicabra” (como esa variedad de olivo que inunda Castilla). En el caso del zumaque, los tirsos florales, que se mantienen erguidos –aunque ennegrecidos y mustios– hasta que la lluvia y el viento los vencen.

Los zumaques no son exactamente autóctonos. He leído que los trajeron los árabes en el siglo X, y que sus ramas, ricas en taninos, se usaban hasta anteayer para curtir pieles. Un amigo ciclista, que se conoce muy bien todos los caminos, me hizo observar que no había muchos zumaques en la zona; que, en realidad, sólo los había en dos o tres fincas. ¿Es posible, entonces, que fueran plantados deliberadamente, por la misma persona que después, en agosto, cortaba los ramos del año y los ponía a macerar?. En el pueblo hay una calle que se llama así: calle de las tenerías. ¿Es posible, entonces, que los propietarios anteriores a los anteriores propietarios –que de esto no saben nada– se dedicaran a curtir pieles?. ¿Es posible que en La Rama de Oro hubiera ganado a principios del pasado siglo, vacas de raza avileña, negras y mansas, como las que todavía cría uno de mis vecinos?.En cuanto al terebinto/cornicabra, otro vecino me dijo que hacía años habían intentado desde no sé qué organismo oficial animar a los agricultores de la zona a injertar en ellos pistacheros. Pero el injerto era trabajoso, las marras muchas. No sé si fue por cansancio, o por desidia, o por la lentitud del árbol en empezar a producir, pero la cosa quedó en nada. En La Rama de Oro se han plantado ocho pistacheros ya injertados; de momento van creciendo, pero tan lentamente que parece que no, que no quisieran crecer ni estar ahí (un par de centímetros al año, y con desgana). Creo que, a pesar de lo que dicen los libros, habría que regarlos muchísimo más (yo sólo lo hago dos veces al mes). Las hojas no se colorean en otoño; se ponen lacias y un buen día caen al suelo, sin llamar ni poco ni mucho la atención.

Zumaques y terebintos son otra cosa, aunque su fruto no se coma ni el arbusto, en realidad, tenga ya ningún aprovechamiento.

Donde crecen juntos, hombro con hombro, creo que el zumaque le gana terreno al terebinto. Sus raíces son fuertemente invasivas, pero además produce cientos de semillas aplanadas y peludas. Los pequeños frutos del terebinto (¿pistachos silvestres?) se los comen algunos pájaros, y las raíces, aunque también vigorosas, parecen ceder ante las del zumaque. Pero no lo sé seguro. Sólo es una impresión de estos cinco años: las colinas de La Rama de Oro dominadas por los zumaques no paran de crecer y extenderse.