Manual de heridas (1)

Parece difícil de creer, pero hasta hace relativamente pocos años no se tenía la menor idea de cómo cicatrizaba un árbol sus heridas. Se sabía lo evidente: que, a diferencia de los animales, los árboles no regeneraban el tejido de la herida, sino que intentaban aislarla y cubrirla, dejando dentro –cuando lo conseguían– el trozo de madera necrosada, ese “clavo” con el que después habrían de vérselas los carpinteros… Pero no hubo una explicación del mecanismo fisiológico hasta que Alex Shigo introdujo el concepto de compartimentación y lo sintetizó en las siglas C.O.D.I.T (“compartimentation of the decay in trees”). Publicó sus conclusiones en 1975. A España no llegaron hasta diez años más tarde, y por la puerta de atrás. La mayoría de su obra sigue sin traducirse, por razones que desconozco. En cuanto a las originales, pueden comprarse online en la web de sus herederos y socios: www.shigoandtrees.com.

Javier López, al que llamo por sistema siempre que tengo dudas sobre lo que debo hacer con un árbol (www.arbolsano.com), me pasó hace años unas fotocopias del Compendio de arboricultura moderna. Me quedé bastante sorprendida, con la impresión de que iba a tener que cuestionarme muchas de las cosas que me habían enseñado en los cursos de poda hasta ese momento. Este no es el lugar para hablar de la compartimentación, ni yo la persona indicada para hacerlo. Baste con insistir en la idea de partida: cuando uno tiene una motosierra o un serrote en la mano debería poder visualizar en su cabeza lo que va a pasar con toda probabilidad en el interior de ese ser vivo si el corte está mal hecho, o si se hace en un momento del año en que la compartimentación será más difícil, o simplemente es un corte gratuito, o realizado en una especie arbórea que compartimenta mal, y que, por tanto, condenará al árbol a una muerte lenta pero segura, etc. En los cursos de poda tradicionales –al menos en los dirigidos a estudiantes y jardineros de a pie– también se recomienda el “saneamiento y regularización” de las heridas (mucho más que una simple limpieza de tierra y trozos rotos de corteza), incluso su cierre con productos “cicatrizantes”; capítulo aparte serían las grandes heridas y oquedades; ahí todavía se sigue recomendando la instalación de tubos de drenaje, secado de las paredes con hornillos y sopletes, etc, etc. Ningún experto en arboricultura moderna hace eso ya, pero los antiguos hábitos se reproducen monótonamente en las webs más frecuentadas sobre jardinería y paisajismo… A. Shigo insiste mucho en esto de las dosis y el sentido común: no llega con saber cortar (“dónde”, “cómo”, “cuándo”), es que también hay que saber “cuánto”. Si cortamos y limpiamos de forma obsesiva eliminaremos las barreras químicas con las que el propio árbol está autoprotegiéndose y acabaremos dañando sin remedio la “zona cambial” (ese anillo de células con capacidad de reproducirse activamente, y del que depende, no sólo el crecimiento de cada primavera, sino también  la generación de los tejidos protectores que aislan la madera herida de la sana).

Yo ya no cojo las tijeras con la misma alegría. Ni limpio nada antes de estar bien segura. Un ejemplo: la goma que supuran los frutales de hueso; he estado quitándosela a los troncos durante mucho tiempo, convencida de estar haciendo lo correcto, cuando lo único que hacía, en realidad, era dejar esos árboles todavía más desprotegidos.

En LRO hay pocos árboles y en su mayoría están enfermos. Ya he contado al hablar de los drenajes lo que les pasó a los melocotoneros cuando el anterior propietario desvió hacia ellos el agua excedente de la terraza grande. En cuanto a las encinas y almendros más grandes, todavía recuerdo el consejo que me dio el guarda del coto de caza una de las veces que vino por aquí: tienes que “cortar con la motosierra todos los brazos, para que se ponga verde otra vez…”. Eso es lo que hacía el anterior propietario (aunque dudo que lo hiciera su padre en los años cincuenta, y no sólo por falta de motosierra). Y eso es, pues, lo que yo he heredado. Heridas de motosierra de hasta veinte centímetros de diámetro que no han empezado siquiera su compartimentación; ramas desordenadas, tocones necrosados, desgarros, inserciones muy frágiles. Y heridas brutales como las de la encina que encabeza esta entrada; heridas hechas por puro capricho, tan irracionales como apalear una serpiente o lanzar una botella de cristal contra las piedras.

Bueno, he empezado un catálogo de “heridas” de todos los árboles de la finca. Me gustaría dejar registrado cómo se van cerrando. Lo harán lentamente, muy poco a poco, como todo lo que hacen los árboles (“trees make love quietly”, reza uno de los leit-motiv de A. Shigo). Mi objetivo es familiarizarme con esas heridas, seguirlas de cerca, como si yo misma las llevara grabadas en un brazo. Las primeras de la serie (habrá más) serán las de los melocotoneros.

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