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Acerca de ccoutodafonte

1968, La Coruña. En la Comunidad de Madrid desde 2005. Sector: jardinería. Blog: www.laramadeoro.com.

Love is in the air!

Última semana de junio 2012

En el aire de LRO, haciendo acrobacias, copulan los vencejos e inician su ritual las libélulas y caballitos del diablo. El macho -libélula pasea con su novia cogida por el cuello. No de la mano, sino por el cuello. Ella no dice que no. Se están unos minutos así, tonteando, hasta que por fin encuentran una hoja, una caña, una piedra que les gusta. Entonces la hembra-libélula arquea el lomo y, transformando el tándem en una rueda, recoge unas gotas de esperma en los «órganos sexuales accesorios» de su novio. (los órganos sexuales «de verdad», donde fabrica el esperma, los tiene al final del cuerpo). La hembra dejará los huevos sobre la superficie de la charca o donde mejor le pille (en el lodo de la orilla, por ejemplo). De los huevos saldrán unas larvas extrañas, carnívoras, que no abandonarán el agua hasta dentro de tres, cuatro, cinco años. Un buen día sus branquias empezarán a transformarse y las larvas/ninfas tendrán que salir a la superficie a respirar. Se agarrarán con todas sus fuerzas a una hoja de iris, quizá a un junco. En muy poco tiempo la cutícula que cubría su cuerpo se rasgará de arriba a abajo, por la espalda. La libélula al principio no tendrá color (al final, tampoco). Después será azul, o roja, o color ocre. Y empezará a patrullear la charca. Con sus fuertes mandíbulas machacará  miles de moscas y mosquitos, mariposas,  escarabajos, crisopas (como ninfa  acuática eliminaba larvas de otros insectos,  pero también renacuajos y alevines). Un día cualquiera se cruzará en su camino otra libélula. Se reconocerán. Y entonces el macho-libélula la cogerá por el cuello, y ella no dirá que no…

Fotos: 1. Ninfa que sacamos del fondo de la alberca el día que la limpiamos (si no lo hacemos se atascan los goteros cada cinco minutos). Mezclada entre las algas, al final sólo se llevó un susto. De haberse quedado donde estaba no hubiera podido agarrarsse a nada para desprenderse de su cutícula y convertirse en adulto. Al limpiar la alberca pasamos todo ese bicherío a la charca que se forma allí mismo, con el agua que rezuma del viejo mortero… 2. Foto de Gema en el estanque de su casa: metamorfosis a toda pastilla (nada que ver con las mariposas) 3. Las cutículas se quedan ahí prendidas, como broches de papel, hasta que el sol y el viento las desmenuzan. 4. Rueda de apareamiento de dos Aeshna, otra superfoto de Gema. 5. Libélula roja del género Sympetrum, el que más abunda en LRO (¿quizá el adulto de la foto 1..?).

NOTAS. Guía de los insectos, de M. Chinery (Ed. Omega),2006, como siempre. Y Wildlife gardening for everyone, VVAA Royal Horticultural Society, 2007. Más las pacientes observaciones de Gema, que pasa horas agachada (y maravillada) al pie de su estanque.

Arenero, tipi, crocosmias.

Desde el verano de 2005.

A los niños de entre tres y cinco años les encanta escarbar en la arena. No sé por qué lo hacen pero es así. A veces escarban concienzudamente, como las gallinas, otras veces se rebozan en la arena, y se revuelcan al sol como los perros al salir del agua. Hace unos años, cuando nacieron mis primeros sobrinos, mi hermana mayor y yo les construimos un arenero. Excavamos –¡a mano!– un rectángulo de tres por dos, colocamos al fondo un fieltro geotextil, encima una capa drenante de unos veinte centímetros de grava, y, para terminar, una capa espesa (35 cm) de arena de granulometría media (1). Rodeamos el rectángulo con una de esas borduras prefabricadas, hechas con rodillos de madera partidos al medio y cosidos con alambre (hubiera preferido rodillos enteros clavados a diferentes alturas, como si fuera la empalizada de un fuerte vaquero, pero se nos iba del presupuesto y era más complicado). Compramos unas cañas enormes en un pueblo vecino –famoso por sus “fogueteiros”– y con un rollo de brezo para vallados, recortando aquí y atando allá, construimos un tipi indio en la esquina. Rodeamos el arenero con crocosmias –esas plantas naranjas, de origen sudáfricano, que antes llamaban Montbretias–. Las crocosmias tienen un pequeño bulbo (un cormo en realidad), que se reproduce alegremente por los suelos arenosos del litoral. En la zona de la que hablo –Costa da Morte, provincia de La Coruña– las crocosmias empiezan a asilvestrarse por las orillas de los caminos y los pinares. No son todavía invasivas (me parece), como los también sudafricanos Carpobrotus (que sí llegan a cubrir roquedos enteros), y no digamos los «plumeros», género Cortaderia (que se escapan de las medianas de la A6 y aparecen ya por cualquier rincón) pero es cierto que cada vez se ven más, mezcladas con los helechos, madreselvas, tojos, brezos, y demás flora autóctona. Bueno, fuimos al pinar vecino y nos trajimos al arenero unas docenas de cormos de crocosmia. Al enterrarlos cortamos las hojas por la mitad, para reducir la transpiración de las plantas y hacerles más llevadero el trasplante.

Esquema casero. Un consejo para areneros sureños: reemplazar crocosmias por GIRASOLES.

Han pasado los años. Los primeros niños que jugaron en el arenero hoy prefieren entretenerse con el ipod. Pero detrás de ellos vinieron otros y tomaron el relevo. Y ya hay uno más en camino, me dicen.  Así que el arenero, que creíamos destinado a durar dos o tres años, lleva ya ¿seis, siete? aceptando los revolcones de unos y otros niños.

Cada verano se reponen unos cuantos sacos de arena limpia, que se rastrilla y lava con cuidado. En invierno el arenero se queda tapado con una lona. Esta lona, cuando se levanta a finales de mayo, está cubierta de ramas y hojas resecas que el viento ha llevado hasta allí. La bordura de madera ha envejecido pero resiste. El drenaje ha funcionado bien. Y los niños y las crocosmias progresan adecuadamente.

NOTAS

(1) Si la arena es muy fina, se pega a las manos y los juguetes; además, el viento la levanta y se mete en los ojos; pero si la arena es muy gruesa puede arañar la piel de los niños.

A la avispa-mamut le gusta la flor del puerro

Mediados de junio 2012

He dejado que algunos puerros se suban a flor sólo por el placer de verlos así.   Ayer por la mañana me acerqué a regarlos – unas salpicaduras rápidas, que no hay agua para más- y me encontré una especie de avispa gigante, de patas peludas y antifaz amarillo, libando el néctar de la flor del puerro.  Una Megascolia maculata flavifrons, avispón (en este caso, avispona, por el tamaño y el color de la cabeza), que los ingleses llaman «mammoth-wasp»,  y que sólo pueden verse en días cálidos- de las zonas cálidas- de los países cálidos... Como con la aristoloquia y la mariposa arlequín, el majuelo y la blanquita…si hay avispa-mamut debería haber escarabajo-rinoceronte, cuyas larvas son necesarias a la avispa en el momento de la puesta. Leo en internet que los plaguicidas+herbicidas han provocado una reducción salvaje de las poblaciones de estos escarabajos, con la inevitable y rápida reducción del número de avispas-mamut. Pero aquí, en LRO, tengo la impresión de que  el uso intensivo de acolchados orgánicos (ramas trituradas, siegas de cesped, y  heno humedecido, que un conocido nos regaló porque  no le valía ya como forraje para sus caballos) ha creado las condiciones idóneas  para que proliferen  los escarabajos, grillos, etc.  No todos ellos son útiles en la huerta -más lo serían en los composteros-, pero la mayoría  sí son al menos inofensivos.  Así que nos llevaremos bien.  Cada vez que el grillotopo se coma una cebolla o una lechuga (¡esta noche han sido tres!), trataré de sobrellevarlo recordando  a esta preciosa avispa-mamut, con sus pintas de heroína enmascarada.

Rabanitos de Tara

Junio 2012

«Sólo quedan unos rábanos, señorita Escarlata», le dice Mummy a la pobre Vivian Leigh cuando llega por fin a Tara, después de atravesar Atlanta en llamas, esquivando por los caminos al ejército del general Sherman, y con  su prima Melanie recién parida en la parte de atrás del carro … «Los sucios yankies se han comido todos los pollos.», añade Mummy. Y menos mal que, al pasar por lo que queda de Los Doce Robles, la casona del pusilánime Ashley Wills, le han echado el guante a una vaca que erraba por los campos incendiados.. Así que  Escarlata O´Hara, al límite de sus fuerzas, sale arrastrándose hasta la huerta, se agacha, arranca un rabanito, y lo muerde sin contemplaciones, llorando. Se incorpora para regresar a casa  -su madre muerta, su padre loco, sus hermanas enfermas de tifus-  y, con el rabanito todavía en la mano (suponemos),  pronuncia su conocida declaración de principios: que va a sobrevivir como sea, que mentirá, robará, matará si es preciso, pero  ni ella ni ninguno de los suyos volverán a pasar  hambre. De testigo, el rabanito que aprieta en el puño.

Hambre y rábanos. Por lo visto, cuando uno come rábanos (Raphanus sativus) es que ha llegado a lo más bajo. Eso se les da a los caballos, a los cerdos, a los conejos…diría mi abuelo. Pero ¿qué diría hoy si se entera de que por un manojo de apenas 300 gramos de rabanitos te pueden cobrar más de dos euros en cualquier tienda?.  (¿Qué diría si ve a los turistas japoneses, de paseo por las Rías Baixas, agachándose a lamer las algas de las bateas…?). Los franceses se los comen tal cual, untados con un poco de mantequilla, o bien los utilizan  como ingrediente -ligeramente picante- en salsas y ensaladas de verano. Aquí es complicado tener rabanitos a partir de mediados de junio.  Lo suyo es sembrarlos al final del invierno -cuando ya no hay peligro de helada- o al principio del otoño -pasada la canícula-. En LRO los sembramos  la segunda semana de marzo, por primera vez desde que tenemos la huerta.  Germinaron enseguida y los aclaramos sobre el mismo caballón, con muchísima paciencia. Se regaron a fondo desde el principio (si el invierno y la primavera hubieran sido normales, y no tan insoportablemente secos, no habría hecho falta). Crecieron bien. Bonitos.  A las seis semanas de la siembra arrancamos y comimos los primeros. Muy ricos. Pero en cuanto las temperaturas  empezaron a rondar los 30 grados los rabanitos se subieron a flor. Casi de un día para otro. Los que arranqué a partir de entonces estaban fibrosos e incomibles, sin remedio. Conclusión, ¿vale la pena seguir sembrándolos, a la sombra y  con el suelo siempre húmedo, por aquello de comer ensaladas veraniegas al estiilo nórdico y por aquello de que en el sobre de semillas afirman, sin despeinarse, que pueden cultivarse en cualquier momento del año?. Ni hablar.   Ni hablar de volver a sembrar rabanitos antes de septiembre. La señorita Escarlata los comía en pleno agosto, de acuerdo,  pero en la tierra pródiga de Tara, en el húmedo y fértil estado de Georgia. Y además,  a lo mejor es un poco snob empeñarse en echarle rabanitos a la ensalada de verano cuando nosotros podemos echarle, qué se yo…¿los mejores tomates del mundo?.

(De todos modos, para los que vivan más al norte  y tengan la inmensa suerte de poder dormir con manta todo el verano – incluso de poder abrir el paraguas de vez en cuando-  aquí va un link en francés con un montón de recetas a base de radis/rabanito: http://www.750g.com/recettes_radis.htm)

Carraspique

Junio 2012

La especie Iberis ciliata tiene en Madrid dos subespecies, una de suelos calizos y otra de suelos silíceos. Esta nuestra es la segunda: Iberis ciliata ssp. contracta. De flor entre rosa y malva, de hojas finas, lineares. Crece formando una especie de cojines  por las laderas resecas y guijarrosas de LRO, en el mismo suelo pobretón  donde han fallado año tras año mis intentos (ingenuos) de hacer arraigar un puñado de albaricoqueros (resiten cuatro, de siete que se plantaron). El carraspique tiene un primo jardinero: Iberis sempervirens, que llaman «cestillo de plata», muy utilizado en rocallas y taludes; la flor del cestillo es blanca, y las hojas más oblongas que lineares. Por aquí  el carraspique se extiende cada vez más. Cosa de haber abandonado el arado. Y de que el suelo, con ser tan magro, le ofrece a cambio un drenaje perfecto, vital para su supervivencia en zonas de heladas fuertes. La flor dura poco: unas dos o tres semanas, salvo que llueva (¡!).

En unos viveros yankis he encontrado esta variedad hortícola (inexistente en la naturaleza) llamada «Absolutely Amethyst», marca registrada. Ahí la cuelgo, para que ustedes comparen.

La Gran Pradera

Primera quincena de junio

Primera quincena de junio de1893.  Antonin Dvorak, con su mujer y sus hijos, acaba de llegar al pequeño pueblo de Spillville, una colonia de pioneros checos en el estado de Iowa. Dvorak lleva un año impartiendo clases de música en el conservatorio de Nueva York. Ahora está de vacaciones. Además, en la ciudad hace calor. Para llegar hasta Iowa ha tenido que atravesar los Apalaches, el Missisipi, y dirigirse al oeste cruzando la Gran Pradera.  Han parado unos días en Chicago. Parte del trayecto lo han hecho en tren y otra parte, apenas el tramo final, en diligencia. En Spillville sus compatriotas le han recibido por todo lo grande. Ya ha dado algunos recitales de órgano en la iglesia.  Pero ha asistido también -y esto es lo más importante- a los recitales de otros: ha vuelto a escuchar negro spirituals, que ya conocía, y ha escuchado por vez primera  las canciones de la tribu kickapoo. Antonin Dvorak, músico académico, de formación centroeuropea, compone entonces  su Cuarteto Americano. Tres días bastaron para terminar la partitura. Algo había encontrado en esos paisajes abiertos, cada día menos salvajes, algo que estaba ya en la música de los esclavos y los indios. Los musicólogos no terminan de aclararnos en qué consiste exactamente ese algo: ¿la escala pentatónica, un atisbo de ciertas melodías populares..?.  Lo único cierto es que, al escucharlo (en particular este segundo movimiento), el oído salta de las colinas de Bohemia a las llanuras del continente americano. Y cuando el oído escucha, el ojo ve: ve ese paisaje -que ya no existe-  tal como lo vió Dvorak hace 120 años.

Ya no había bufalos. Los últimos indios que se resistían a ser encerrados en una reserva habían sido cobardemente masacrados en Wounded Knee (1890). E incluso la Gran Pradera, la tierra más fértil que uno pudiera imaginar – «tierra negra», después de miles de años almacenando carbono y nutrientes bajo su superficie- , tampoco era ya lo que había sido.  Los agricultores blancos llevaban varias décadas roturando la tierra, y en algunos lugares – al este, en los primeros asentamientos europeos- empezaban a manifestarse síntomas de pérdida de fertilidad… Pero  ahí estaba aún, en su fastuoso despliegue de junio, cuando la familia Dvorak la cruzó.

Hay una pradera «de hierbas altas», que crecía desde Minnesota hasta Arkansas, al este de las Montañas Rocosas, y una pradera de «hierbas cortas» que crecía desde Montana hasta Texas, al oeste de la cadena montañosa. La Gran Pradera es, sobre todo, la primera, beneficiada por la humedad que sube del Golfo de Méjico,  y lindando (antaño) con los espectaculares bosques que crecían en la región de los Grandes Lagos y todo a lo largo de la costa atlántica (los bosques del «Indian Summer», véase entrada  29-10-11). Iowa está en el corazón de la Tall Grass Prairie, y  A. Dvorak, quizá con los primeros acordes de su cuarteto ya en la cabeza, pudo verla, escucharla, olerla, en el mejor momento del año.

Para que se forme y se conserve una pradera como ésta hacen falta tres cosas : 1. un clima templado, 2.  el ramoneo de los grandes mamíferos (antes búfalos, después vacas),  que estimulan así la brotación  de las gramíneas cespitosas, abonando de paso el terreno, y 3. el uso cuidadoso del FUEGO. No hay pradera sin fuego.  Los indios habían observado que cuando un rayo encendía el fuego en la pradera, pocas semanas después de que se apagara empezaba a crecer una alfombra de brotes verdes…a la que acudían raudos los búfalos. Los indios aprendieron a manejar el fuego a conveniencia, y lo mismo los cowboys: el fuego de primavera -absolutamente controlado, claro, como las rutas de los rebaños-  limpia los restos vegetales permitiendo que se caliente la tierra, saca de delante cualquier posible «woody invader» (zumaques, principalmente), y, sobre todo, hace que broten con vigor las gramíneas estivales que interesaban  al cazador/ganadero (Andropogon gerardii, llamado «big bluestem», y Sorghastrum nutans,  «indian grass»).

Las gramíneas tienen sus puntos de crecimiento (meristemos) protegidos bajo tierra, es decir,  a salvo del fuego y  adaptados a la sequía. Una de las cosas más increíbles de la  Tall Grass Prairie es precisamente esto: las praderas pueden considerarse bosques dados la vuelta -«upside-down forests»-, pues aproximadamente dos tercios de su masa se encuentra bajo el suelo. Durante miles de años habían sido eficientes depósitos de carbono. El comienzo de la roturación a gran escala supuso también la primera gran liberación de CO2 a la atmósfera. Lo que significa, en otras palabras, que la conservación de las praderas es esencial en la lucha contra el cambio climático, pues son sumideros de CO2 eficaces y poco exigentes (a diferencia de un bosque, que da mucho pero también pide).

Antes de la llegada de los blancos la pradera ocupaba un tercio del continente norteamericano. Hoy apenas subsiste el 4%. Entre una cosa y otra, el cataclismo. Para explotar al máximo la fertilidad de la pradera  hicieron falta muchos brazos, muchos bueyes, mucha determinación. Esos «dos tercios» enterrados de la biomasa total de la pradera suponían una enorme dificultad para el labriego que quería hincar ahí, ahí precisamente, la reja de su arado…Pero lo consiguieron. De conservar o ampliar lo poco que queda en pie se encargan ahora, con no menos empeño y no menos dificultades, algunos de sus descendientes. Por su parte, los descendientes de ciertas tribus indias (seminolas, navajos, pequot..) poseen a día de hoy los mayores casinos del pais (en las reservas no se pagan impuestos federales) y con parte de sus ganancias han empezado a comprar tierras. Un poquito aquí, otro poquito allá.

La mujer del colono, 1884, H.Dunn, South Dakota Art Museum

Nosotros somos hijos del Mayo del 68. Nos es mucho más fácil identificarnos con los indios cheyenes que con esta señora sudorosa y exhausta del cuadro. Sin embargo, ése es el mundo del que venimos. Nuestro viejo mundo europeo, que vio morir en la miseria a miles de campesinos todo a lo largo del siglo XIX (el de la revolución industrial y la explosión demográfica que le siguió, el de las fallidas revoluciones liberales…). Los que llegaban en barco a los EEUU y después arriesgaban su vida en la Pradera eran «los más pobres entre los pobres», como escribió A.Dvorak en una carta refiriéndose a los pobladores de Spillville. ¿Deseaba esta señora de la izquierda que los indios fueran exterminados?. No. Se parece demasiado a mi bisabuela de Ortigueira, volviendo a casa al caer la tarde… ¿Deseaba que los indios la dejaran en paz?. Sí.  Lo que yo no sé -habría que preguntarles a los historiadores- es si había alguna forma realista de conseguirlo, de hacer compatible la cultura nómada del búfalo con el cultivo de cereales (y más aún, con la cría  de vacas para carne, que es una forma de nomadismo, y  que también acabó chocando -como tantos western nos cuentan- con los intereses de los sedentarios agricultores).

Guerreros cheyenes. E.S. Curtis, 1905

Caballo Loco y mi bisabuela de Ortigueira. Tenemos la suerte de haber nacido en un mundo que no nos obliga a elegir, así que podemos intentar comprenderlos  a los dos. De la Gran Pradera de Iowa se conserva apenas un 0.1%. Leo en  la web que ese minúsculo recordatorio de lo que un día fue la  Tall Grass Prairie, antes de la llegada de los blancos, crece principalmente en sus cementerios. Es decir, entre las lápidas de los pioneros.

NOTAS

(1) Hace años compré por amazon este libro: The Last Stand of the Tall Grass Prairie, de A. Larrabee y J. Altman, Friedman/Fairbax Publishers 2001. Venía con el cuño de una biblioteca municipal, Cuyahoga County Public Library, biblioteca que existe y tiene su web (acabo de comprobarlo), lo que me hace suponer que algún gracioso se metió el libro en la cartera y después lo vendió por ahí. Internet y la globalización han hecho que acabe en mis manos, en un pueblo tórrido de la meseta castellana.  De este libro didáctico y lleno de  imágenes preciosas he sacado toda la información -y citas-  sobre la Gran Pradera. Las dos primeras fotos también proceden de ahí.

(2) Hay planes en marcha para recuperar parte de la Gran Pradera, incluyendo la reintroducción de búfalos en semi-libertad. El  grueso de lo que se conserva está en la comarca llamada Flint Hills, en Kansas y una parte de Oklahoma. Hay cuatro áreas protegidas. La más importante  es la que gestiona la Universidad de Kansas: Konza Prairie, de cuya web he obtenido la foto de la pradera incendiada (konza.ksu.edu).  Algo parecido, aunque a escala más modesta, existe también en Iowa y otros estados.

(3) Los datos sobre la estancia de Dvorak en Spillville proceden en su mayoría de la Dvorak American Heritage Association (dvorak.nyc.org).  Un año después de este paseo por la pradera, la familia Dvorak regresó definitivamente a Europa.

 

Sospechosos habituales: el alacrán cebollero (grillotopo)

Últimos días de primavera

A éste lo pillé esta mañana. Llevaba varios días preguntándome por qué se marchitaban las lechugas de la huerta de abajo. Las hojas aparecen lacias; se tira de ellas y resulta que la lechuga no tiene cuello, ni raíces. Y una galería como de dos centímetros de diámetro recorre la línea de lechugas, y la cruza hasta la de los puerros, donde los más tiernos (los grandes no) muestran exactamente los mismos síntomas. Grillo topo, también llamado alacrán cebollero (Grillotalpa grillotalpa) Enemigo de todos los céspedes del planeta tierra. ¿Y en las huertas? En las huertas es más bueno que malo (¡o debería!) porque el grueso de su dieta son larvas/insectos del suelo, considerablemente más dañinos. Con todo y eso, y a la vista de que éste de la foto (y sus amigos) suelen servirse de mis lechugas como guarnición, consulto el libro de referencia en estos casos, Jardinez avec les insectes (V. Albouy, Ed. de Terran , 2009) que, aún siendo bastante comprensivo con toda esta fauna de costumbres dudosas, no por ello deja de incluir un buen listado de posibles métodos represivos.  El más útil este caso: recipientes enterrados hasta el borde, para que los grillotopos se caigan de patas en él cuando salen de noche a la fresca. La segunda alternativa que propone Ms. Albouy me parece bastante chusca; consiste en colocar en torno a cada hortaliza un collarín protector formado por  un «gros pot de fromage en plastique», es decir, uno de esos envases de requesón o de nata fresca… (Por pequeña que fuera la huerta, tendríamos que pasarnos el invierno comiendo queso para poder tenerla protegida en primavera contra el alacrán cebollero).  En cuanto a los depredadores, son muchos y variados. Pájaros (la abubilla, p.ej), topos, y una avispa que los parasita. Pero la realidad sobre el terreno es que hay que pillarlos. Abriéndoles las galerías, colocando recipientes, buscándolos con paciencia entre el acolchado de paja. Lo que yo hago a continuación es esto: primero, la «ficha policial» (ésta), y después los llevo a la parte de abajo de la finca, a la maleza. Allí los dejo quedar, con la esperanza de que los rabilargos y los alcaudones lo encuentren y se entiendan con él.

Extrañas criaturas de la ciénaga

Mayo 2012

Vuelve el misterio a LRO.  La foto fue sacada en el Marais d´Orx, en la costa aquitana, hace dos años. Parecen volcanes apagados en miniatura, o quizá criaturas anfibias, que viven con la mitad del cuerpo al aire y la otra mitad en el lodo… Pero ni siquiera está claro que puedan moverse. ¿Son duros o blandos?. ¿Cómo respiran?. ¿Saben hablar español o sólo francés…? ¿Son acaso seres de otra galaxia?.

EL PRIMERO QUE ESCRIBA SOLUCIONANDO EL MISTERIO SE LLEVA UN TARRO DE MERMELADA DE MORA DE LRO.

(Hermanos latinoamericanos que leéis este blog: el presupuesto de LRO no da para envíos ultramarinos, ¡pero escribidnos igualmente si sabéis la solución!)