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Acerca de ccoutodafonte

1968, La Coruña. En la Comunidad de Madrid desde 2005. Sector: jardinería. Blog: www.laramadeoro.com.

Instrucciones para una duna

EryngioHe leído que, para hacer una duna, lo primero y más importante es ver la manera de frenar poco a poco el viento.

La historia empieza en el momento en que las olas dejan sobre la playa su  cargamento de arena, traída y llevada  por las corrientes marinas a lo largo de la costa. Cuando el sol haya secado esa arena, el viento  volverá a levantarla y se la llevará en volandas tierra adentro, hasta que un obstáculo natural   (una simple elevación del terreno) le obligue a detenerse.  Esto sucede, entonces, por encima de la línea de la pleamar: el golpeteo de las olas no llega hasta ahí, todo lo más sus salpicaduras; la arena se  aquieta (esta vez sí) y las primeras plantas pueden empezar a enseñorearse de ella. Estas plantas valerosas, que asoman arrastrándose por el lado que  está más cerca de mar, parecen aguantar de todo sin quejarse. Sequía extrema, poca o ninguna materia orgánica, y mucha más sal que la que ninguna otra planta podría tolerar. Si estas primeras plantas consiguen afianzarse, sus  larguísimas raíces irán tejiendo una especie de madeja subterránea en la que quedará prendida la arena.  Es decir, la duna. Una segunda duna se irá formando detrás, más estable que la primera. Aunque las olas le pasen por encima durante las mareas vivas del invierno, ya no podrán desarraigarla tan fácilmente. Le darán un buen meneo, la arena volverá a cubrir las plantas…pero será sólo un susto. Al abrigo de esos vaivenes, mientras tanto, se irá formando la tercera duna, que es, según leo, la definitiva, donde más variedad de plantas y bichos se instalan, con intención de quedarse.
En la segunda duna -la duna «viva»-  el barrón y los cardos plateados se reparten el suelo. (foto de arriba). El barrón (Ammophila) con raíces largas y enmarañadas, que se extienden horizontalmente a diferentes niveles, como la grama en la huerta de LRO. Y el cardo plateado con su raíz pivotante, taladrando la arena hasta localizar la más mínima gota de agua perdida al fondo. También hay cardos plateados (Eryngium) en LRO, a varios cientos de kilómetros de distancia, muy lejos del mar. Como hay lechetreznas y torviscos entre las viñas: los mismos que crecen en la cara protegida de la duna fija. Y si seguimos tierra adentro, ya en el pinar, las mismas jaras blancas, las mismas «uvas de gato» (los Sedum que crecen en el tejado de la casilla), y hasta una siempreviva  (Helychrisum) prima hermana de la nuestra.

barreras en la dunaA  veces, por razones que no tienen que ver ni con las mareas ni con las lunas ni con ninguna de las cosas lógicas y buenas que gobiernan estos asuntos, la duna desaparece, destrozada por los pisoteos, por los tractores que recogen arena (¡ilegalmente!), o por algún proyecto urbanístico del tipo «paseo marítimo».  Al irse la duna, el viento se cuela por el pasillo que ha quedado en su lugar, y  es muy posible que acabe creando problemas donde no los había (por ejemplo: inundando de arena esas instalaciones municipales, construidas  sin pensarlo dos veces en la misma trasduna). Puede suceder también que, pasado un tiempo, se quiera rebobinar. Entonces, imagino, habrá que facilitar la acumulación de arena en el sitio debido; ayudar discretamente al viento y al mar, como han hecho en esta playa de la foto, con   pantallas de brezo cosido -muy ligeras – que parecen seguir las curvas de nivel del cordón preexistente.

NOTAS
Manual  que anda por casa, muy básico y útil:  Guía de las plantas dunares de Galicia. MªJosé Leira Ambrós. Ed.Casa de las Ciencias.

Sol de septiembre

2012-06-21 01.26.30De hora en hora las uvas pasan del verde al morado.  Los higos se rajan.  Las manzanas se sonrojan por el lado que da al sol.  La corteza de las almendras se abre y cae al suelo. Las aceitunas siguen engordando despacio, sin llamar la atención.  Los jabalíes empiezan a venir por las noches a la charca; son, seguramente, los que nacieron esta primavera.   En la orilla del camino hay conejos, liebres, tórtolas, y turistas de Madrid recogiendo moras y endrinas.
Ya no están tan erguidas las matas de la huerta: en un determinado momento de la pasada semana –cuando las temperaturas nocturnas pegaron el primer bajón importante- las tomateras, todavía vencidas de fruta, la mejor del verano, la más dulce,  renunciaron  a la carrera y detuvieron la producción de nuevos brotes.
Los pájaros empiezan a reunirse (“ya os llega la muerte, ya os llega..”, les decía Anastasio, el anterior propietario de LRO, cuando se acercaba el otoño).  A lo lejos, si uno se retrasa en el campo a la caída de la tarde, se oyen guñidos y quejidos tristes: ¿quizá venados? De debajo de las tejas salen lagartijas del tamaño de un meñique. Las ranas  ya no  alborotan. El Rey Moro (Brintesia circe), esta mariposa negra de la foto, hace lo que puede entre la hierba seca de la pradera. Aún le queda septiembre, sí, pero cada noche será más fría que la anterior y contra eso no hay remedio. Las mariposas  irán desapareciendo, poco a poco, hasta que se haga el silencio en la pradera.
La luz de estos días es un milagro. ¿Viene del mismo sol que la luz del resto del año? Se diría que viene de más atrás, del otro extremo de la galaxia. A primera hora de la mañana, como al atardecer, la luz llega a LRO en rayos oblicuos y  largos. Reparte  sombras desproporcionadas por donde pasa y entra a fondo en cada cosa que toca, cambiándole el color,  haciendo que todo parezca más verdadero, valioso, e intenso.

Caín y la paloma

Cain y la paloma-phPienso que podría irme a vivir con los animales, tan serenos y satisfechos de sí mismos.
Me quedo mirándoles mucho, mucho tiempo.
No sudan ni gimen por la condición en que se encuentran;
no yacen despiertos en la oscuridad ni lloran por sus pecados;
no me hartan discutiendo sus deberes para con Dios.
Ninguno está descontento; ninguno enloquece con la manía de poseer cosas;
ninguno se arrodilla ante otro, ni ante el recuerdo de alguien que vivió miles de años atrás;
ninguno es respetable ni desdichado en toda la tierra.
Así se muestran ante mí y yo los acepto.
Me brindan testimonios de mí mismo; me aseguran con claridad que los poseen.
Me pregunto dónde habrán obtenido esos testimonos.
¿Habré pasado por allí hace muchísimos años,  dejándolos caer por negligencia…?

(Walt Whitman,  Hojas de hierba, ed. Río Nuevo 1980,p.87. Traducción de Pedro Mañé)

NOTAS
He preferido la traducción, bastante literal, de este señor Mañe, a la archifamosa de León Felipe; en ésta última el verso quizá más importante, el segundo, no recoge bien, en mi opinión, el sentido del original: los animales son «self-confident»,  adjetivo que el poeta traduce por «sufridos».
La foto está hecha en los jardines de las Tullerías, en Paris. Caín llora, horrorizado y contrito, mientras una paloma regordeta toma tranquilamente el sol en su cabeza.

Acolchado: sí y no, y a veces.

Todo el verano

acolchado sandías(Lo primero: hay que desterrar del disco duro el anglicismo “mulching”.  ¿Por qué usar   ese gerundio cacofónico en vez de nuestro castizo  “acolchado”, que es palabro cierto, y bien bonito?.)
En LRO se usa como acolchado todo cuanto nos viene a la mano.  La tierra no debe estar desnuda. Hay que protegerla de la insolación del mediodía, y del impacto del chorro de agua, y tratar de ponerle difícil las cosas a las malas hierbas (con una capa espesa de acolchado la luz no llega a las semillas que, de ese modo, tienen más complicada la germinación). Durante un par de años cometí el error de traer paja de fuera: comprada en una ocasión (lo que ya es una locura absoluta), y reciclada de unas pacas de heno para caballos en otra (estoy casi segura al 98% de que los primeros grillotopos vinieron con esa remesa de heno). Ahora, después de mucho romperme los cuernos, por fin he aprendido. Procuro desbrozar antes de que granen las hierbas que voy a usar de acolchado. Las dejo secar “in situ”, Y después, ya en pleno verano, las rastrillo y me las llevo a la huerta.
acolchado con brozaCuando algún cliente, o algún vecino, o el jardinero del ayuntamiento, me  guarda las siegas de césped, lo mezclo con mi broza y obtengo el acolchado de calidad PRIMA. Las siegas aportan el nitrógeno y  mi broza vieja el carbono. Las siegas tapan los vacíos entre la paja reseca, haciendo más eficaz la cobertura. Pero la paja reseca impide que el césped se apelmace en exceso. Las siegas se descomponen rápido, incorporando sus componentes al suelo. La paja, más estable, me permite no tener que estar acolchando cada quince días… Un acolchado, en fin, no es más que un «compostaje» (¡otro palabro dudoso!) en superficie, más lento que el del «compostero» (donde las temperaturas son más altas) y que protege el suelo y las hortalizas mientras el proceso de descomposición arranca..
En algunos cultivos, además, esos cojines de paja cumplen alguna otra función añadida. Sobre ellos se recuestan mis preciosas sandías “Crimson”,   como en una chaisse longue diseñada a medida, y ahí  van engordando lánguidamente –sin magullarse ni ensuciarse- hasta que llega el día de hincarles el diente. En capas de hasta cuarenta centímetros de paja coloco los tomates morunos, que de lo contrario se revolcarían, o se romperían, por muchas cuerdas y tutores que pongamos por todas partes (no son tomates de enrame); la alternativa es usar cajas de madera, las que dejan los fruteros en la puerta de la tienda, pero el inconveniente de las cajas, en mi opinión, es que dificultan el riego (el manejo de la manguera), además de lo evidente: que no aportan nada ni a la química ni a la física del suelo, como sí hacen los acolchados orgánicos a medio y largo plazo.
¿Todo son ventajas, pues,  en el acolchado de la huerta ?. Algunos dicen que sí.  Yo creo que sí…casi siempre. Algunas cosas que he aprendido:

  1. Si hay grillotopos, el acolchado se convierte para ellos en un hotel de cinco estrellas. Mis vecinos no sabían lo que era un bicho de estos hasta que me vieron a mí llorando por las esquinas. Ya he sugerido que los primeros pudieron llegar de otra zona, que sí estaba infestada, camuflados entre el heno. PERO después de dos años de lucha sin cuartel empiezo a conjeturar otra razón para mis grillotopos (no incompatible con la primera): mis vecinos aran y aran hasta que se les acaba el gasóleo…En LRO, sin embargo, apenas se mueve la tierra. Y la enseñanza, por desgracia, es ésta: sólo a base de cavar y de pasar la mulilla he conseguido que el grillotopo no acabe conmigo.  Y sólo cuando hay indidios fiables (v.gr.: varios días sin bajas en la línea de cebollas) de que el grillotopo se ha ido por piernas –excavando galerías de hasta un metro de profundidad-  puede uno plantearse empezar a acolchar la huerta (y dejando libres las calles para seguir dándole a la azada, por si el grillotopo asomara de nuevo)
  2.  Si hay riego por goteo, y el  agua viene con alguna impureza, (aquí las «impurezas» pueden ser del tamaño de una rana…)  remolachasla paja que tapa las tuberías es un engorro a la hora de controlar posibles fugas, atascos, o defectos en los goteros. Es una pequeña molestia. Se gana más que se pierde, desde luego. Pero dejar las tuberías en la superficie está descartado, pues son de polietileno negro y el agua se cocería en su interior (las de color arcilla, más caras, se calientan algo menos)
  3. Cuando uno acolcha, y lo hace sin tasa,  no debe olvidar que una cebolla  no  es tan buena bebedora como un tomate o una berenjena. Es bueno que la cebolla asome en la superficie de la tierra, y se coloree con el sol, y se endurezca un poco… (En Galicia ni siquiera se las riega: nada de nada). Como da la casualidad de que las cebollas son el menú principal del grillotopo, mi consejo de hortelana resabiada es éste: no acolchar las cebollas.

NOTAS
Sólo hablo del acolchado en nuestras huertas de verano, aquí en la Hispania profunda. En zonas muy húmedas o  frías habría que matizar mucho (el acolchado puede impedir que se caliente la tierra, puede provocar pudriciones, en fin).  También es otro cantar el acolchado de árboles y arbustos, según y cómo, y dónde, y con qué… Un resumen completo y actualizado de todas estas cosas puede leerse en el libro Medioambiente y espacios verdes, UNED 2013, pp.213-233

Azul-puerro

puerros y xela¿Cómo se llama este color, entre el glauco (que tira al verde) y el azul metalizado (que tira al plata)?. Es el color de las hojas de los puerros, que son largas y afiladas, como las de las cebollas, pero planas y más oscuras. El azul-puerro casa bien con el naranja pálido de las calabazas «cacahuete», con el púrpura de las lechugas «hoja de roble», con las flores abiertas de los calabacines, con la paja que les sirve de acolchado, y con el blanco de mi perra Xela (al fondo, dentro de la huerta y con correa; así estará hasta que los perdigones crezcan y vuelen; véase post del día 10/07/2013 ). En el libro Mariages heureux au potager (1) se recomienda plantar juntos puerros y apios, pues unos y otros prefieren los suelos ricos en estiércol (¡nunca fresco!) y  necesitan ser aporcados cuando ya están crecidos. Lo del estiércol maduro puede solucionarse, como sugiere John Seymour -esa especie de hombre-orquesta rural del que ya hemos hablado otras veces- poniendo los puerros justo después de recoger las patatas precoces, que se suponen bien estercoladas antes de la plantación (resumen de los cuatro pasos: 1. el pasado otoño se estercoló la parcela en la que 2. más adelante, en marzo, se plantaron las patatas, 3.recogidas a principios de julio, y 4. seguidas inmediatamente por los puerros). Respecto al «aporcado», o «recalzado», se trata de cubrir con tierra los puerros hasta el punto en que empiezan a abrirse las hojas, de modo que se blanquee la parte enterrada (no recibe luz/ la clorofila no trabaja). Lo mismo suele hacerse con el apio. El día que uno agarra la azada para proceder al aporcado, si puerros y apios están juntos el trabajo es más sencillo.  La alternativa es acolchar salvajemente, en capas muy espesas; en este caso, la broza/paja que se use como acolchado no sólo servirá para evitar la evaporación excesiva del agua de riego e impedir la germinación de malas hierbas (funciones básicas de cualquier acolchado orgánico), sino que también  impedirá que la luz haga verdear la base del puerro. ¿Mejor acolchar que aporcar, entonces?. No me atrevería a asegurarlo. A más tierra disponible, más superficie tendrán las raíces para explorar…y más hermoso saldrá el puerro (2). Por otro lado, el puerro es uno de los manjares predilectos del grillotopo, y el acolchado favorece su presencia (¡ojo, si esa fiera anda cerca, hay que retirar el acolchado y cavar, cavar, cavar, cavar  hasta aburrirle!).azul puerro
Por estos pagos de la meseta -los de LRO-, puerros y apio comparten alguna característica más. Crecen lentamente y  sufren con la solana. Se plantan ahora, sí, pero donde el sol no caiga a plomo, y con la idea de consumirlos en otoño y en invierno. Hay variedades que – aseguran los libros- «aguantan perfectamente el calor»… Atentos, en cualquier caso, a  quién nos da el consejo. Ya lo hemos visto más veces, al hablar de otras hortalizas: si el susodicho tiene el huerto al norte de los Pirineos, habrá que aplicarle una rebaja de 10 ó 20º a todo lo que diga.
Voilà la receta clásica de la «vichyssoise»: 3 puerros, 2 patatas medianas, media cebolla, medio litro de leche, medio de agua, sal y pimienta blanca. A cocer todo junto. Después se pasa la batidora, se añade algo de nata de cocina o de leche entera si está muy espesa la mezcla,  se deja enfriar, se enfría un poco más en la nevera, y hala.

NOTAS

(1) «Matrimonios felices en el huerto», Rustica editions, 2007
(2) Si el puerro ha sido enterrado profundamente, entonces esta afirmación mía es una tontuna, pues el puerro -como las restantes liliáceas- sólo desarrolla raíces por debajo del bulbo/engrosamiento del tallo.  Pero si se le ha dejado bastante arriba -para evitar pudriciones en tierra muy pesada o en zonas húmedas, cuando la plántula aún es muy frágil- entonces el aporcado protege esas raíces, y, en mi opinión, las fortalece.

Orquídeas callejeras

orquídea callejera 4-4-09Una mañana muy, muy  temprano, hace de esto varios años, al bajar a trabajar, me encontré en medio de la calzada una orquídea recién atropellada. Le quedaban dos hojas,  el tallo estaba roto y las raíces al aire. Por algún lado andaría la maceta, quizá envuelta todavía en celofán.  El escenario parecía sugerir un fallido intento de reconciliación, esa misma noche/madrugada, que  seguramente había concluido con la maceta volando por la ventana (“¡…mira lo que hago yo con tu orquídea!”). La planta estaba a punto de deshidratarse,  sucia y  hecha unos zorros, pero no tan triturada como para darla por muerta.
Las Phalaenopsis son unas orquideas  facilonas. Cuando volví a casa a mediodía envolví las raíces en un amasijo de papel de periódico empapado,  cubierto a su vez por un trapo también húmedo, como un muñón o un vendaje de emergencia.  Lo até con un cordel, sin apretar, y lo dejé así unos días. A la sombra. Cuando las dos hojitas empezaron a estar otra vez tersas desenvolví el paquetito y trasplanté la orquídea a una maceta con sustrato. El sustrato específico para orquídeas y restantes plantas epifitas (que crecen sobre árboles: no necesitan tierra, sino una mezcla de corteza y musgo, muy ligera). Para mi propio asombro, la planta fue capaz de producir dos tallos llenos de capullos ese mismo año.  Era un orquídea blanca. En pleno verano la coloqué, con otra orquídea que andaba por casa, entre las plantas de la terraza, con luz indirecta y un grado de humedad relativamente alto (la compañía de otras plantas, transpirando a todo trapo,  y todas ellas muy juntas, facilita las cosas; también la colocación de cacharros con agua, siempre en puntos inaccesibles para las salmanquesas, que pueden caerse dentro y ahogarse). Torquídeas,canna,etcodo iba bien. Pasó el verano. Pero el día nueve de septiembre  cayó sobre Madrid una de esas granizadas impredecibles y salvajes  que se llevan por delante la cosecha de uvas del año (como así fue). En la terraza las bolas de granizo llegaron a tener el diámetro de una ciruela. Y a la pobre orquídea, que ya estaba tan recuperada, el granizo le perforó las hojas de lado a lado, como si alguien nos hubiera cañoneado con saña desde la terraza de enfrente. Bueno, ya he escrito que las Phalaenopsis son facilonas.  En la foto que encabeza este post se ven las hojas rotas de la orquídea. Es de la primavera siguiente a la granizada…y ahí estaba otra vez, floreciendo sin despeinarse. Como no soy partidaria de conservar mucho tiempo las plantas, y como bastantes pruebas le había mandado ya Dios a esta pobre orquídea, decidí regalársela a  una amiga de buen corazón y buena mano que recoge y cuida todo lo que encuentra (perros, gatos, pájaros…). Se la coloqué delante de la ventana de la cocina, que da a un patio estrecho, y justo detrás del fregadero (luz tamizada + vapor de agua). La orquídea florece como loca todos los años, en parte porque la cuidan lo justo y necesario (es uno de esos seres vivos que prefieren que se les deje un poco en paz), y en parte porque ahí, en la ventana, tiene asegurado el contraste de temperaturas entre día y noche que la mayoría de las orquídeas necesitan para formar flores. cymbidium a la intemperieUno de los fracasos clásicos de la gente que tiene orquídeas  (y calefacción central) es precisamente ése: las hojas están verdes, me dicen, pero “no echan flor”. Terapia de choque, sin dudarlo.  Hay que poner a la orquídea de patitas en la calle todas las noches durante veinte días o un mes, y meterla dentro por la mañana. En Madrid esta operación puede hacerse en otoño, antes de que las temperaturas nocturnas bajen de los quince-doce grados (lo que las mataría, pues las Phalaenopsis, al fin y al cabo, vienen de Tailandia y alrededores: no saben del frío).  Ese contraste de más de quince grados la espabilará, y enseguida, más pronto que tarde, empezará a formar los tallos florales de la próxima estación.

Robinson grita

(Continuación del post de ayer «Robinson siembra»)

«El Señor es mi Pastor. Nada me falta. A verdes prados me conduce, a arroyos de agua clara…»
Robinson grita  porque acaba de morir Rex, su perro.  Corre al  «Valle del Eco” para oir alguna voz, la que sea, humana o no. Vuelve a la cueva, abre de nuevo los Salmos y, totalmente hundido,  murmura esto: “Las Escrituras ya no significan nada para mí…El mundo es sólo una pelota que gira…”. Con estas palabras termina la primera parte del Robinson Crusoe de Luis Buñuel.

El perro de Robinson (el original) no tenía nombre.  Todo lo que dice de él Defoe  en el libro es esto: “Mi perro fue un compañero cariñoso y agradable durante dieciséis años, y luego murió de vejez…”. De hecho, del único de sus animales que habla  por extenso es del loro, Poll (también el único con nombre propio). Los gatos andan por ahí. Cuando nace una camada, Robinson arroja las crías al mar.
La versión de Luis Buñuel está en youtube.  Es una película extraña,  intensa y pertubadora, y parece difícil no quedar subyugado por algunas escenas: la muerte de Rex, ya muy anciano, mientras la lluvia azota la isla y no parece querer amainar nunca; la desolación de Robinson tras su entierro, la inútil invocación al Señor en medio de las “verdes selvas” (o verdes prados, según la traducción), los gritos dementes en la orilla del mar, tea en mano …. Es un Robinson que no tiene “casi” nada que ver con el del Defoe. Éste, aunque siembra su cebada y cría cabritos,  y no para un instante de trajinar, también ha sentido vacilar su mente en alguna ocasión, en especial al principio.  Pero no se deja abatir, al contrario. La desesperación le lleva a la contrición (ha sido mal hijo, desobediente, avaro, etc), y ésta le hace postrarse ante el Señor, e incluso darle gracias por lo bien que cuida de él. Los Salmos que Robinson musita en el libro (“Sirve al Señor y regocíjate”) no son los mismos que su alter-ego   berrea en la película («a verdes prados me conduce…», como la isla, puro verdor).  El Robinson de Buñuel  ya no va a tener tan presente a Dios, y sólo vuelve a abrir la Biblia una vez,  para completar la formación de Viernes, que le deja desconcertado con sus preguntas. Con todo, lo más conmoverdor de la película, en mi opinión,  es que  lo que provoca el estallido del hasta entonces paciente Robinson es la muerte de Rex.  Ahora  SÍ. Ahora, muerto el perro, él está  solo y no es nadie: un cero a la izquierda.
…Pero no hay nada de esto en el libro. Sólo en un pasaje muy concreto el Robinson de Defoe parece estar a punto de perder la compostura; sucede cuando, tras más de veinte años de soledad en la isla,  es testigo de cómo un barco naufraga otra vez frente a sus costas (curiosamente, en él vendrá un segundo perro; Robinson sólo habla de él una vez, al salvarlo, y después le perdemos la pista).  En el momento en que más esperanzado estaba de poder volver a tener compañía humana– “¡aunque sólo fuera uno, Señor, aunque sólo fuera uno!”- la Providencia decide que no, que ha de seguir solo.

“…Cuando murmuraba estas palabras mis manos se entrelazaban fuertemente y los dedos oprimían de tal modo las palmas de las manos que, de haber tenido algo en ellas, lo habría aplastado sin darme cuenta. Los dientes me rechinaban, y la fuerza con que se encajaron era tal que hasta un buen rato después no conseguí separarlos…” (p.238).

De todos los episodios de vacilación del protagonista, Buñuel parece haber retenido únicamente ese párrafo. Añade al perro, cuidado con devoción hasta el final (le hace sopitas, va a cazar para él un pichón…).  Cambia el sentido de los salmos, para descubrir que no encuentra consuelo en ellos. Y reemplaza al Dios providencial de Defoe por la inmensidad verde de la selva, una selva espesa, indiferente, ciega y sorda, que devuelve al hombre el eco de su voz… y nada más.

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La segunda parte de la película se centra en Viernes.  Hemos olvidado al perro y a los gatos (que se han asilvestrado); el viejo Robinson, ya un poco chocho, se para a hablar con las hormigas, a dejarles miguitas de pan… Todo transcurre, más o menos, como en el libro. El protagonista, tras salvar de la muerte al capitán de un barco español, al que sus marineros amotinados iban a liquidar, conseguirá volver a su tierra. El libro todavía continúa con algunas aventuras. La película se detiene ahí, en el instante de abandonar la isla.
La escena final  también está en youtube, con el título «Robinson se viste de gala para dejar la isla». Si se atiende bien a lo que sucede en esta última escena, hay dos detalles  más llamativos que las ropas de Robinson y Viernes. El primero, lo que el «master» le dice al «salvaje» antes de subirse a la barca: «después de todo lo que has visto hoy, ¿no te da un poco de miedo venir a la civilización?». (Robinson se refiere al motín y a la crueldad de los marinos sublevados: los blancos no somos caníbales, Viernes, pero tampoco criaturas celestiales). Y el segundo, que nuestra memoria retendrá seguramente para siempre (¡aunque olvide el resto de la película!),  es lo que Robinson,  ya bien instalado en la barca,  ve y escucha cuando se gira por última vez a mirar su isla. Lo que ve: una panorámica de esos «verdes prados», a los que había gritado en vano en el momento de desolación. Y lo que escucha: alguien que le llama…unos ladridos…
Rex.

NOTA
La película completa: http://www.youtube.com/watch?v=b-YoBU0XT90. La escena que va desde la muerte de Rex hasta los gritos desolados a la orilla del mar: minutos 37 a 43. Son los siete minutos imprescindibles

Robinson siembra

Una isla del Caribe, hacia 1700

Crusoeharvest_0Robinson ha podido recuperar de entre los restos de su barco naufragado  un montón de herramientas y cosas útiles. Está bien instalado. Tiene mosquetes, pólvora, hachas, un catalejo,  un tonel de ron, incluso un poco de papel y tinta.  Sabe que no va a morir de hambre: la isla es rica en cabras salvajes, palomos y tortugas. Aún así, tiene la intención de empezar a criar cabritos, para no quedarse sin carne cuando se le termine la pólvora. Recoge uvas silvestres y pone a secar los racimos.   Ha pasado ya, en la completa soledad de la isla, sus primeras crisis. Ha empezado incluso a leer las Escrituras…

“…Durante esos días sucedió que, registrando mis cosas, encontré un saquito que había estado lleno de grano para alimento de las aves de corral  que llevábamos en el barco…. El poco grano que quedaba en el saco fue devorado por las ratas, y no encontré más que cascarillas y polvo; y como quería emplear el saco para alguna otra cosa…sacudí las cascarillas al pie de  la roca, a un lado de mi fortificación. Fue un poco antes de las grandes lluvias que no ha mucho mencioné, cuando arrojé aquel polvo sin fijarme en nada, y no volví a acordarme (…). Pero experimenté la más grande sorpresa y estupefacción cuando, poco tiempo después, advertí que aparecían diez o doce espigas perfectamente iguales a las de nuestra cebada europea, o mejor dicho, de la misma clase que la inglesa.  Fue indescriptible mi asombro y la confusión de mis pensamientos (…). Y más extraño me pareció aún cuando ví allí cerca, a lo largo de la roca, algunos otros tallos que resultaron ser de arroz…”.

Después de dar gracias a Dios por el milagro, y de enfriar un tanto su devoción al recordar el episodio del saquito (no hay tal milagro, pues), Robinson se pone manos a la obra. A finales de junio las espigas maduran; Robinson recoge los granos y los reserva para una futura siembra. Pero tarda dos  años en aprender cuál es el momento óptimo para sembrar en su isla, la Isla de la Desesperación, que –según él empieza a intuir- no anda lejos de las bocas del Orinoco. Aprende entonces que allí sólo hay dos estaciones, la seca y la lluviosa, y que la primera siembra debe hacerse en febrero, antes de las lluvias del equinoccio. Lo siguiente  es poner un vallado de estacas –que arraigarán, formando un seto vivo- y   matar tres pájaros con el mosquete, para colgarlos después de un palo en el centro del sembrado (  “…que es lo que hacemos en Inglaterra con los ladrones notables”).

cebada higuera mayo-07

La cebada que sembramos en LRO, meciéndose al viento.

Sin arado y sin azada, Robinson conseguirá fabricarse una especie de pala de madera con la que abrir los surcos. Usará una rama en vez del rastrillo. Tejerá canastos. Buscará arcilla, la amasará, y después de muchos meses y esfuerzos, logrará cocer una olla de barro que resista el fuego. Vaciará un tronco y lo usará como mortero. Y con unas corbatas de muselina pertenecientes a alguno de los marineros ahogados, se hará un cedazo. Por último, tras mil y un ensayos, da con la manera de hornear su pan, calentando primero ladrillos de arcilla, colocando encima los bollitos y tapándolos con una vasija boca abajo, que a su vez cubre de áscuas..

“Y de este modo cocí mis panes de cebada tan bien como en el mejor horno del mundo; y en poco tiempo, además, me convertí en pastelero, pues me hice varios pasteles de harina de arroz, y también cremas…”.

Pan de Cebada 3NOTAS
Las citas proceden de la edición de Edhasa (Las aventuras de Robinson Crusoe, 2000)
La foto de la hogaza pertenece al blog de recetas asopaipas.com, y el dibujo de Robinson segando, a N.C.Wyeth (edición de Valdemar).
Continúa aquí: https://laramadeoro.com/2013/07/17/robinson-grita/: )

Entre los calabacines

entre los calabacinesEntre los calabacines, ayer por la mañana, descansaban a la sombra una perdiz y sus doce crías. Se levantó despacio y fue a acurrucarse debajo de una anchusa (una que he dejado sin cortar, porque me encantan sus flores azules) con los doce perdigones apretados contra ella, convencida de que  ya no la veía…
Cuando me encuentro una perdiz, una paloma o una tórtola, procuro espantarlas haciendo aspavientos y simulando estar muy indignada. Incluso les arrojo  (suavemente) algún palo. La idea es que, si se acostumbran al ser humano, si creen por una décima de segundo que el ser humano es inofensivo, pierden las pocas probabilidades de supervivencia que puedan tener al empezar la temporada de caza. Pero esta vez no podía ponerme a dar gritos. Los perdigones eran minúsculos. Parecían pollitos de gallina recién nacidos.  Así que hice como que no los había visto, salí despacio de la huerta, llamé a los perros y los metí en la casilla.

…Media hora más tarde vino mi vecino Perico a por alfalfa. Aquella alfalfa que habíamos sembrado como «abono verde», junto con avena, al poco de llegar a la finca. Sigue rebrotando cada año, y por lo visto es una «delicatessen» para conejos y liebres. Perico tiene una sobrina nieta de cinco o seis años a la que ha regalado un gazapillo que se encontró  hace unos días en el camino. El gazapillo va engordando a base de lechuga y alfalfa, y se deja acariciar por la niña, que lo lleva en brazos de aquí para allá. Le conté a Perico lo de la perdiz mientras cortaba alfalfa con su hoz. «Hocino», me corrigió, el que usaban antes las mujeres. Los hombres usaban una  hoz grande que llamaban «carbonera» (..pero  había mujeres que trabajaban más que los hombres, «y eso que a ellas sólo les daban un cuartillo de vino», etc ). Me dejó hacerle una foto al hocino, para que quedara bien claro, para las generaciones venideras, la diferencia con una hoz: el hocino tiene dientes, no filo, y es más pequeño; la hoja, además, no está en el mismo plano que el mango (guardo la foto para otro post, el de la guadaña y demás instrumentos cortantes). Volvimos a entrar en la huerta y buscamos a la perdiz con sus crías.  Ya no estaban. Ni rastro. ¿Por dónde entraron?. ¿Por dónde salieron?. Ni idea. Pero estaban aquí mismo hace un momento, rondando la huerta, el frescor de la tierra regada, la poca sombra que pueda proporcionarles un calabacín o una anchusa.  Le enseñé a Perico las fotos. Me dijo que los perdigones no echarían a volar antes de quince o veinte días. Durante ese tiempo hay que vigilar muy de cerca  a los perros.  Llevarlos al campo por turnos -uno a uno- y ver de tenerlos siempre al lado (incluso con la correa).

perdiz y perdigón
P.D. Este perdigón de la foto (en rojo) es el bobalicón del grupo. Sus hermanos corrían como centellas entre los calabacines mientras él se quedaba  ahí parado. En Galicia, si fuera un cachorro, le dirían «o da teta de atrás»,  al que sus hermanos no dejan acercarse a los pezones con más leche; relegado a patadas hasta la última fila, crece infraalimentado y un tanto ido (…Pero el que ríe de último ríe mejor. A lo mejor sus hermanos, por listos, acaban metiéndose en un lío. El de la teta de atrás va pasito a pasito, siempre sobre seguro).

María Magdalena tenía un chucho

Maria Magdalena y su chucho Gemaldegalerie Berlin-phHans Baldung «Grien» («el Verde»; aseguran los manuales que por el uso que hacía de tal color) pintó esta Crucifixion en 1512.  Se conserva en la Galería de Pintura de  Berlín. Cuando la ví -hace ya tres o cuatro años- y descubrí ese perrillo que se sienta en la larga y verde falda de la Magdalena, como en un césped mullido, mirando  en dirección contraria a la escena principal, me acordé  de mis propios perros y de la indiferencia con que, pase lo que pase a su alrededor, se lamen una pata, o se rascan una oreja, o buscan concienzudamente la mejor postura  para dormir ….   Los perros, al menos los míos, no son compasivos (sólo les interesa su dueño, al que ven como un  gran «tuper-ware» con patas).  Sin embargo, la mera presencia de ese perrillo en la Crucifixion su tranquila despreocupación  por todo lo que no es aquí y ahora, le da una humanidad al cuadro que quizá (?) el pintor no pretendía:  los perros nos ponen los pies en la tierra (en la carne) y el pintor  de crucifixiones lo que busca, suponemos, es que pensemos sólo en el cielo (en el alma).  Escribo «quizá» porque, aunque en otras crucifixiones hay otros perros, no son exactamente como éste. Lo habitual es un chucho famélico royendo un hueso, para recordarnos de forma explícita  que estamos en el Calvario y que el Hijo de Dios, en su deseo de redimirnos, ha llegado  a lo más bajo, pues el hueso que el perro roe, o los restos que husmea, están entre calaveras y fémures humanos (así, en este mismo museo, en el cuadro de Gérard David). Esta atención de los pintores  religiosos del XVI   a la indiferencia de los animales es muy propia de las Crucifixiones, pues los perros y caballos  (materia sin alma) se mezclan con los soldados y la chusma que hace escarnio del Nazareno. Pero el motivo aparece también en otras escenas. En los  «diluvios universales», por ejemplo, como el que pintó Jan Van Scorel  más o menos por las mismas fechas que Baldung «el Verde», pero en un estilo todavía más tenebroso y manierista. El cuadro -una extravagancia de cuerpos  retorcidos, monstruos marinos, etc-  se conserva en el Museo del Prado  (1).   En la esquina inferior derecha, una vaca, un caballo, un zorro, y una grulla, nos contemplan impertérritos mientras el mundo desaparece a sus pies. Un poco más arriba, otro caballo  ramonea la hierba entre los cadáveres .  Un galgo  y otra vaca lo acompañan, no menos flemáticos. Y aquí y allá, por todo el cuadro, los animales nos miran de frente, ajenos  por completo al drama circundante y a su propia muerte, que no va a tardar ya mucho.
En lo que se refiere a las crucifixiones, cabe pensar , entonces, que la intención del pintor era didáctica: el perro, en su desinterés por todo lo que no sea estrictamente material, es la antítesis del sacrificio de Jesús de Nazaret, la antítesis de la pasión, que está teniendo lugar en ese  preciso momento y a la que el chucho, ignorante en cosas de teología,  da  tranquilamente la espalda. Pero «Grien»  no fuerza las tintas, como sucede en tantas  crucifixiones estándar, las del perro-flaco-roe-fémures; yendo en este caso contra sí mismo y contra el propio motivo estereotipado,  «Grien» pinta  con gran detalle, con cariño incluso, un perrillo  que parece bien alimentado y que se está muy quieto, muy formal, esperando el final del acto en un lugar donde se siente protegido y además no pasa frío.
En el «Diluvio» la mirada de los animales tampoco es casual. Van Scorel está poniendo en sus ojos -los ojazos de esas pobres terneras despistadas- toda  la  retahíla de tópicos sobre la vanidad del mundo (entre guerras, pestes, hambrunas, etc, el espectador del siglo XVI era mucho más receptivo a esos tópicos que nosotros).  Y aquí el mensaje vuelve a ser evidente, descarnado, como en aquellas crucifixiones del perro-flaco…
Somos libres de imaginar, pues, que ese perrillo  del cuadro de «Grien» acompaña a todas partes a María de Magdala. Que es suyo desde que era un cachorro.  O mejor, que un buen día se le acercó, todo temeroso, y ella aceptó su compañía. Y que dentro de una hora o dos, cuando a la buena de María le entre el hambre (que le entrará),  buscará algo que llevarse a la boca y le dará las sobras al chucho; el chucho la hará reir dando vueltas de contento a su alrededor, ella lo acariciará,  pensará sin querer en otras cosas (hay que tender la colada, arreglarse las trenzas…), y entonces, aunque sólo sea por un rato,  las penas se  le harán livianas.
Hans Baldung. The Crucifixion. 1512. Oil on wood. Gemaldegalerie, Berlin, Germany. More.perrito en la crucifixión-ph



http://www.goear.com/listen/efe9e3a/na-machamba-joao-afonso

NOTAS
(1) Yo sólo lo he visto en el catálogo del museo. Nunca he conseguido encontrarlo expuesto. Las reproducciones del Diluvio Universal que encuentro en la red son de muy mala calidad, así que cuando arregle el escáner (mi poco compasivo perro Ceibe se comió el cable que lo conecta al ordenador), escanearé la imagen del catálogo y actualizaré el post.