Severo en la viña (parte 4)

Para que la poda vaya sobre ruedas -sin mordiscos en los sarmientos, sin tirones en los brazos…-  todas las herramientas han de estar afiladas y engrasadas. Severo limpia y cuida con mimo sus tijeras. Todos los filos van protegidos por un trapo y una caperuza de cuero. También la azolilla.

(El problema de Severo es que está muy sordo. A veces le pregunto algo pero él no me oye, aunque dice “dime” a cada rato, preventivamente, y hemos de andar a gritos por la viña. Tú hazle caso, me dice Miguel Manduca.  Hazle siempre caso a Severo, que sabe más que el buey Limón.)

 

Guadañas y tai-chi

guadaña
(Foto: J.M. Díaz Bernárdez. El paisano lleva la guadaña en la mano izquierda, un carabullo para guiar a las ovejas en la derecha, el paraguas colgado del cuello y, aunque no se vea en la foto, seguro que hay una piedra de afilar en algún bolsillo ).
No conozco a nadie en el pueblo que me pueda enseñar a afilar y cabruñar la guadaña como es debido. Perico, que es el más cabal de los labriegos de por aquí, dice que él ni siquiera sabe segar, que él nunca segó. Segaba su padre, cuya guadaña conserva amorosamente en el garaje, como un fetiche. A Perico lo contrataron de “factotum” en el Ayuntamiento, allá por los años 70, y aunque le tiraba mucho el campo, sólo pudo consagrarse realmente a la huerta y el viñedo cuando se jubiló (el verbo “consagrarse”, en este caso, es muy preciso). Anastasio sí segaba. Me cuenta que iban en cuadrillas de a siete, avanzando hacia delante y procurando seguir el ritmo que marcaba el más diestro. Pero Anastasio es desordenado y le cuesta trabajo explicarse.
Total, que he terminado en internet, estudiando a fondo los vídeos de youtube sobre el tema. Los hay en todos los idiomas. Hay incluso varios tratados en inglés, muy actualizados, y un par de empresas que venden accesorios on line (por ejemplo: piedras de afilar “doppelbock”, las más cotizadas, que, a juzgar por lo que cuestan, deben de estar hechas con algún mineral caído de la luna).  Los enlaces que copio aquí abajo son una selección de los que, sin tener ningún conocimiento previo,  me han parecido mejores:

Con subtítulos en francés (y neerlandés): Le battage de la faux/ het haren van ees zeis. ¡Muy útil!. La yunca de cabruñar es portátil; se clava en el suelo procurando que quede bien recta.https://www.youtube.com/watch?v=mQUj2yf_4t8&feature=player_detailpage

En inglés adjunto tres links. En Gran Bretaña sigue habiendo competiciones de siega con guadaña, y seguramente hasta se retransmiten por TV en horario de máxima audiencia. Los vídeos que más abundan en la web sobre la materia proceden, sin embargo, de granjas yankis de permacultura.

El primer vídeo, a cargo de un granjero “permacultor” del estado de Washington, es muy bueno y detallado; quizá un poco largo de más, pero si usted es capaz de seguir las explicaciones  -con la cámara enfocando a las manos del que habla, lo que es de gran ayuda- aprenderá a afilar y cabruñar (sharp /hone & peen; atención al modelo de yunca, anvil)). https://www.youtube.com/watch?v=vn70UfJcULI&feature=player_detailpage
Este segundo vídeo también me ha enseñado alguna cosa: el protagonista es otro segador-permacultor-barbado de los EEUU, muy bien dispuesto y parlanchín, pero que casi se carga a su propia perra (Sabrina) mientras intenta el pobre no autolesionarse; curiosamente, es el único segador en todos los vídeos que he visto (y he visto unos cuantos) ¡que lleva guantes!. https://www.youtube.com/watch?v=4BMI9C672xQ&feature=player_detailpage
El protagonista de este tercer vídeo es un anciano británico llamado Ernie, que perfectamente podría ser el padre de Perico. No se aprende mucho (y a él se le escucha mal), pero la imagen de Ernie con su guadaña de los años 40 vale la pena. Un detalle práctico en el que insite: que la lama de la guadaña se mueva siempre horizontal al suelo. https://www.youtube.com/watch?feature=player_detailpage&v=vDq8fPX0JPw

Para concluir, copio directamente los dos vídeos que me han resultado más prácticos.
1. Para cabruñar la guadaña ya mismo, este vídeo en asturiano, protagonizado por Manolo:

2. Una vez lista la guadaña, queda aprender a segar, esto es, el “baile” del segador. Muchos -los permacultores, por ejemplo- tienen la extraña manía de ir descalzos (como la protagonista del siguiente link; no he podido verlo hasta el final porque me pone muy nerviosa; seguro que en los últimos minutos del vídeo se la llevan en ambulancia al centro de salud: https://www.youtube.com/watch?v=yzmrLFHRaTY&feature=player_detailpage). El enlace que he escogido -Los Alegres Segadores de Nueva Zelanda- propone utilizar un paso de tai-chi para segar sin perder el ritmo.
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Conclusión: En LRO ya he empezado a usar la guadaña, teniendo bien presentes los consejos de toda esta gente, a los que agradezco mucho su ayuda. Como Manolo, ajusteme les gafes, escupín, afilela y cabruñela. Pero la siega la hago como el de las antípodas, con la única diferencia de que yo voy calzada (¡si el  alegre segador neozelandés viera los matojos resecos y pinchudos de por aquí, creo que también él  preferiría ponerse las botas!). Por último: el día que se saca la guadaña los perros se quedan en casa.

Entre los calabacines

entre los calabacinesEntre los calabacines, ayer por la mañana, descansaban a la sombra una perdiz y sus doce crías. Se levantó despacio y fue a acurrucarse debajo de una anchusa (una que he dejado sin cortar, porque me encantan sus flores azules) con los doce perdigones apretados contra ella, convencida de que  ya no la veía…
Cuando me encuentro una perdiz, una paloma o una tórtola, procuro espantarlas haciendo aspavientos y simulando estar muy indignada. Incluso les arrojo  (suavemente) algún palo. La idea es que, si se acostumbran al ser humano, si creen por una décima de segundo que el ser humano es inofensivo, pierden las pocas probabilidades de supervivencia que puedan tener al empezar la temporada de caza. Pero esta vez no podía ponerme a dar gritos. Los perdigones eran minúsculos. Parecían pollitos de gallina recién nacidos.  Así que hice como que no los había visto, salí despacio de la huerta, llamé a los perros y los metí en la casilla.

…Media hora más tarde vino mi vecino Perico a por alfalfa. Aquella alfalfa que habíamos sembrado como “abono verde”, junto con avena, al poco de llegar a la finca. Sigue rebrotando cada año, y por lo visto es una “delicatessen” para conejos y liebres. Perico tiene una sobrina nieta de cinco o seis años a la que ha regalado un gazapillo que se encontró  hace unos días en el camino. El gazapillo va engordando a base de lechuga y alfalfa, y se deja acariciar por la niña, que lo lleva en brazos de aquí para allá. Le conté a Perico lo de la perdiz mientras cortaba alfalfa con su hoz. “Hocino”, me corrigió, el que usaban antes las mujeres. Los hombres usaban una  hoz grande que llamaban “carbonera” (..pero  había mujeres que trabajaban más que los hombres, “y eso que a ellas sólo les daban un cuartillo de vino”, etc ). Me dejó hacerle una foto al hocino, para que quedara bien claro, para las generaciones venideras, la diferencia con una hoz: el hocino tiene dientes, no filo, y es más pequeño; la hoja, además, no está en el mismo plano que el mango (guardo la foto para otro post, el de la guadaña y demás instrumentos cortantes). Volvimos a entrar en la huerta y buscamos a la perdiz con sus crías.  Ya no estaban. Ni rastro. ¿Por dónde entraron?. ¿Por dónde salieron?. Ni idea. Pero estaban aquí mismo hace un momento, rondando la huerta, el frescor de la tierra regada, la poca sombra que pueda proporcionarles un calabacín o una anchusa.  Le enseñé a Perico las fotos. Me dijo que los perdigones no echarían a volar antes de quince o veinte días. Durante ese tiempo hay que vigilar muy de cerca  a los perros.  Llevarlos al campo por turnos -uno a uno- y ver de tenerlos siempre al lado (incluso con la correa).

perdiz y perdigón
P.D. Este perdigón de la foto (en rojo) es el bobalicón del grupo. Sus hermanos corrían como centellas entre los calabacines mientras él se quedaba  ahí parado. En Galicia, si fuera un cachorro, le dirían “o da teta de atrás”,  al que sus hermanos no dejan acercarse a los pezones con más leche; relegado a patadas hasta la última fila, crece infraalimentado y un tanto ido (…Pero el que ríe de último ríe mejor. A lo mejor sus hermanos, por listos, acaban metiéndose en un lío. El de la teta de atrás va pasito a pasito, siempre sobre seguro).

NO sin mi desbrozadora

Todo el verano

no sin mi desbrozadora

No se puede vivir sin desbrozar en una finca donde no se ara. Tampoco hay ya  rebaños  ni caballerizas que mantengan a raya las hierbas (hasta hace dos años venía el pastor, Miguel, con sus ovejas y cabras, pero la artrosis ya no le deja aventurarse tan lejos del tinao).  Si viene una primavera lluviosa, como ésta, la pradera nos llega al cuello – literalmente, e incluso más arriba-, lo que está muy bien de marzo a mediados de junio,  cuando todo está aún verde y los insectos enloquecen de felicidad entre la avena loca, las alfalfas, las anchusas….  Pero la cosa cambia mucho  en cuanto empieza a hacer calor de verdad, al rondar los treinta grados. El campo se convierte entonces en un peligroso y crujiente almacén de paja seca, y ya no se puede esperar más: hay que sacar las máquinas, ponerlas a punto, preparar la mezcla de gasolina y aceite. De junio a septiembre se hacen, como mínimo, tres depósitos semanales (en realidad, uno diario durante la segunda quincena de junio).  Tenemos dos desbrozadoras manuales, de las que se cuelgan de la cadera agarradas a un arnés, y con un cabezal de corte “de pelo”, esto es, de hilo de nylon grueso.  La primera es una Stihl 230, que de joven trabajaba con mucha furia pero que desde hace un año empieza a dar problemas (el carburador, dizque; pero cambiarlo no baja de 200 euros). Su hermana pequeña es una Stihl 55,  con menos potencia pero mucho más segura al arrancar. Una es mi brazo derecho, la otra mi brazo izquierdo.  Todos los días están zumba que zumba por la finca. Han de desbrozar los caminos, las zonas contíguas a la casilla y las huertas, y las calles entre las viñas. La pradera de abajo  se deja a su aire (linda con la viña de Perico, tan perfectamente arada que no puedo imaginar mejor cortafuegos que ése).
hierbas enredadas en el cabezalLa hierba alta y de caño duro se corta moviendo la máquina de arriba abajo. Aquí no interesa ir formando haces largos, que se tiendan ordenadamente a un lado, como al guadañar. Primero, porque el diámetro de corte no pasa, en el mejor de los casos, de 40 cm, y habría que darle un fuerte impulso a la máquina para que, además de cortar, desplazara toda esa broza. Y ni esta máquina ni mis brazos están pensados para eso. Segunda razón: mucha de esa hierba no se recoge (sólo una parte; luego lo explico), así que interesa dejarla bien triturada, para que se descomponga antes y rebaje unas décimas (¿?) el riesgo de incendio.
La desbrozadora corta mal -¡ fatal!-  los tallos de las margaritas, de las alijonjeras, y de las malvas. Se enredan salvajemente  al cabezal  y hay que parar el motor para deshacer la maraña. Un incordio. Por eso es recomendable cortar esos cañotos con la hoz antes de empezar con la máquina. Y digo la hoz en vez de la guadaña porque guadaña -por la que llevo suspirando AÑOS- aún no tengo. (Está de camino: mi amigo Rubén me la va a traer de Asturias este verano, una guadaña negra, elegantísima, con su “kit” de afilado incluido…).
¿Qué se hace con la broza?. Con la mejor, esto es, la más fina y más limpia (sin grama ni demasiadas semillas), se acolchan la huerta y el pie de los árboles frutales. La más basta se divide en dos: una parte se queda “in situ”, procurando pasarle una segunda y hasta una tercera vez la desbrozadora, y otra parte se rastrilla y se acumula en los composteros, que están en zonas donde se llega bien con la manguera. Siempre que se puede se mezcla con hierba fresca -verde, nitrogenada- que me traigo de otros jardines o incluso de las segadoras de césped del Ayuntamiento (cuando las pillo). En esos composteros, más o menos regados, sembraré cucurbitáceas el próximo año, o sacaré la  tierra de la parte baja -la hierba ya descompuesta – con una pala de mango largo, como si fuera  un horno de pan…