Ah, wild sea…!

Ah, wild sea...!600pix

Ah, wild sea…!
and the Galaxy stretching out
over the island of Sado!

Este haiku de Matsuo Basho, en inglés y en japonés, lo encontré escrito/pintado hace años en una pared de Leyden. Como en la mayoría de los haikús, ni hay verbos principales ni se cuenta realmente nada. El autor de los versos se limita a nombrar las cosas, maravillado por su simple existencia: mar salvaje, y  la galaxia que extiende, más allá de la isla de Sado. Otras maravillas más cercanas: los amasijos de algas, restos de redes y nasas, ramas partidas, pequeños crustáceos e invertebrados, que quedan prendidos a las rocas al retirarse la ola (alguna vez he llegado a encontrar ¡manzanas!). Los tesoros de las arribazones. Y el olor, imposible de reproducir. El mar de la foto no es el del Japón. Es el del Canal de la Mancha. Está sacada desde lo alto del faro de Carouan, un atardecer de septiembre de 2007 (habíamos cogido el último trayecto del ferry, La Bohème III, y a punto estuvimos de perder el viaje de regreso y de quedarnos a pasar allí la noche). Con el sol poniente y la marea todavía baja, ese trozo de agua parecía un océano, y los salientes rocosos -con sus retazos de algas- un lejano archipiélago. O una galaxia cercana.  Asomada a la ventana más alta del faro, mientras la gente se apresuraba a regresar a La Bohème, me acordé de esos versos y (por una décima de segundo, como suelen ser estas cosas) me pareció conocer desde siempre a su autor,  Matsuo Basho, aquel poeta pobre que vagabundeaba por la isla de Kyushu, hace tres siglos.

California

360px-Eucalipto_GaliciaMi abuelo llamaba California a su cuchitril de La Grela (barrio industrial al sur de La Coruña).  Tenía un sofá  desvencijado y varios armaritos que había ido apañando aquí y allá, cada uno de un color, sin tiradores ni nada. En una esquina, una pila de manzanas. En otra esquina, una pila de patatas. Para nosotros, sus nietos, que por entonces  éramos rapaces, aquello era el ideal de vida. Un grifo pegado a la pared, un retrete con su pozo negro y todo, un banco en la puerta, cajas de botellas bien ordenadas esperando a ser reutilizadas. El novamás era el alambique, en el que hacía un orujo de hierbas finísimo, según recuerdo que comentaban los adultos. Usaba el bagazo de las uvas de San Vicente, la aldea en que había nacido (y en la que conservaba otro terreno, después vendido): “mal vino, buen orujo”, sentenciaba. Otro artilugio que nos entusiasmaba, hasta el punto de provocar peleas entre nosotros, era el embotellador. Uno colocaba las botellas,  otro bajaba la palanca para empujar el corcho, y un tercero pegaba las etiquetas. Creo que también embotellaba vino comprado a granel, y lo mismo -pero en envases de plástico- con el aceite de colza. Las botellas se iban después al “almacén de coloniales” que el abuelo tenía en la calle Juan Flórez  (ahora hay un gimnasio). Allí, como en el chabolo, siempre olía a una mezcla de aceite, vinagre, bacalao, manzanas, y gasolina.  Con el añadido, en California, del olor de los eucaliptos y  el tufo que subía desde la refinería cuando soplaba viento del sur.  Todas esas cosas y muchísimas más (conservas, linternas, lapices, escobas, etc, etc), las vendía después por los bares y pequeños colmados de la Costa da Morte.
Al abuelo le encantaban las camelias, que por entonces no debían de ser tan fáciles de encontrar. Tenía varias, plantadas muy cerca de la pared. Y muchos rosales, todo muy junto y muy mezclado. Unas judías, unas lechugas.  Lo recuerdo timbrando en el portal de casa de mis padres, a última hora de la tarde. Traía una o dos cajas de patatas, que descargaba en un momento mientras sujetaba la puerta del ascensor con una pierna, y  un ramo enorme de camelias o de rosas para mi madre. Siempre era igual. Nosotros cenando en la cocina, con los pijamas ya puestos, y el abuelo todo sucio de tierra, que llegaba corriendo, nos daba un beso y desaparecía.  California. ¿Desde cuándo llamaría así a aquella chabola llena de flores, hortalizas, trastos y orujo, que sobrevolaba las instalaciones de Repsol en las afueras de la Coruña?.
Mi abuela, que no quería saber nada de aquel tinglado, intentó vender el monte al poco de morir él, aprovechando el rumor de una inminente recalificación…La operación quedó en nada. Un buen día uno de mis tíos encontró instalados en California a una familia de gitanos, o de rumanos, no sé. Con niños y animales  (así me lo contaron), e imposibles de desalojar. Poco más o menos en el momento de la “ocupación” la parte baja del monte, propiedad del concello de Arteixo (creo), sí empezaba a edificarse. Y en ella levantaba sus instalaciones…IKEA, ni más ni menos, con el centro comercial adosado de rigor. repsol Coruña
A mi abuela se le ha ido la cabeza hace tiempo. Por suerte, nadie se interesa ya mucho por aquel terreno olvidado. Y  mientras las infraestructuras de acceso a La Grela se han modernizado de la noche a la mañana, y hordas de ciudadanos corren raudos cada fin de semana al centro comercial, allá arriba, entre los eucaliptos, alguien que no tiene otro sitio a donde ir mantiene ocupado el chabolo, el lodazal, la tierra chamuscada por la contaminación del polígono… y quizá considere aquel rincón, su rincón,  equiparable a California.

NOTAS

No tengo fotos. Supongo que a nadie de la familia se le ocurrió nunca inmortalizar aquello. Estas que he subido   proceden de wikipedia y de atlantico.net
Mi hermana mayor conservó el codiciado embotellador. Hace un par de años me lo regaló, para que lo llevara a LRO. Aquí lo tengo.

Paisaje de invierno

desde la finca de la herrería reducida

Finca de la Herrería (o Dehesa de las Ferrerías de Fuentelámparas), al suroeste de San Lorenzo. Detrás, el monasterio. Y allá lejos, el monte Abantos. “Fresneda adehesada”,  llaman a la Herrería. Los fresnos se pelaron  durante décadas para usar los ramos del año como forraje para el ganado al mediar el verano, cuando el prado se agostaba.  “Adehesada” por eso, porque la fresneda es una masa  aclarada que podían cruzar las vacas. Hoy sólo se ven turistas, o gente del pueblo con sus niños y sus perros. Pero en las fincas vecinas sigue habiendo explotaciones ganaderas, y las vacas pastan entre  fresnos y robles desmochados. La mayoría de los árboles de la Herrería, como los de la foto, ya no se tocan. Crecen  sin agobios, con su copa más o menos recuperada,  pero si se explora a fondo el lugar todavía pueden encontrarse algunos fresnos aislados que sí, que sí  han sido podados recientemente, conservando la silueta que debió de marcar este paisaje durante cientos de años.  Cuando Felipe II se asomaba a la ventana no vería otra cosa. Fresnos en la parte baja, robles melojos más arriba, frailes trajinando en el huerto,  torrenteras desordenadas… Y vacas con sus terneros.

 

Paisaxe de inverno

Vimbios+ coles, Son dic-07

Cós vimbios –Salix viminalis, semellantes a fogueiras- ataranse as vides ós emparrados.
As follas das coles, de abaixo arriba, daranse a comer ós coellos e ás pitas.
No cumio pelado do monte de Ribasieira zoa o vento. E na franxa detrás das vimbieiras, onde aínda se conserva un mínimo de terra,  vense medrar os bidueiros, os salgueiros  (recoñécense pola cor rosada das ponlas) e os condenados, omnipresentes eucaliptos.

Brezos, brecinas, queirugas.

Agosto 2012, una aldea del norte.

En la ladera que baja  a la playa, en las zonas más rocosas y ásperas, más expuestas al sol, al viento, al salitre, donde la tierra es escasa y pobre,  florecen desde la primavera diversas especies de brezos y brecinas – queirugas grandes e pequenas, géneros Erica, Calluna y Daboecia-  mezclados con gramíneas, toxos (Ulex), algunos cardos y poco más.

El viento del nordeste rompe las ramas resecas de los pinos y esculpe a su manera las masas de laurel y madreselva que crecen ya muy abajo, donde sí se ha acumulado una buena capa de tierra. El monte se ha quemado varias veces. En la parte alta crecen los eucaliptos, inmediatamente más abajo (otro tono de verde), grupos de pino marítimo; en la siguiente franja, donde haya un mínimo de humedad, helechos y zarzas, y donde no, queirugas... Cuando éramos niños esa bajada a la playa era un pastizal, dividido por regos que canalizaban el agua de lluvia y de los manantiales de la parte alta; el agua lo empapaba todo, todo el año, y hacía salir al camino unas babosas gordísimas, como no he vuelto a ver desde entonces; las vacas de Evaristo, que pastaban pendiente abajo, levantaban parsimoniosamente la cabeza cuando nos veían bajar corriendo…. Pero el fuego, la sustitución de los carballos por pinos y eucaliptos, el abandono de los pastos, han contribuido a que el suelo sea ahora más pobre y más ácido. Donde la tierra es mínimamente rica todavía hay tojos y xestas (ginesta, retama). Pero donde domina el brezo la cosa no tiene duda: ahí ya no puede crecer nada más.

La Gran Pradera

Primera quincena de junio

Primera quincena de junio de1893.  Antonin Dvorak, con su mujer y sus hijos, acaba de llegar al pequeño pueblo de Spillville, una colonia de pioneros checos en el estado de Iowa. Dvorak lleva un año impartiendo clases de música en el conservatorio de Nueva York. Ahora está de vacaciones. Además, en la ciudad hace calor. Para llegar hasta Iowa ha tenido que atravesar los Apalaches, el Missisipi, y dirigirse al oeste cruzando la Gran Pradera.  Han parado unos días en Chicago. Parte del trayecto lo han hecho en tren y otra parte, apenas el tramo final, en diligencia. En Spillville sus compatriotas le han recibido por todo lo grande. Ya ha dado algunos recitales de órgano en la iglesia.  Pero ha asistido también -y esto es lo más importante- a los recitales de otros: ha vuelto a escuchar negro spirituals, que ya conocía, y ha escuchado por vez primera  las canciones de la tribu kickapoo. Antonin Dvorak, músico académico, de formación centroeuropea, compone entonces  su Cuarteto Americano. Tres días bastaron para terminar la partitura. Algo había encontrado en esos paisajes abiertos, cada día menos salvajes, algo que estaba ya en la música de los esclavos y los indios. Los musicólogos no terminan de aclararnos en qué consiste exactamente ese algo: ¿la escala pentatónica, un atisbo de ciertas melodías populares..?.  Lo único cierto es que, al escucharlo (en particular este segundo movimiento), el oído salta de las colinas de Bohemia a las llanuras del continente americano. Y cuando el oído escucha, el ojo ve: ve ese paisaje -que ya no existe-  tal como lo vió Dvorak hace 120 años.

Ya no había bufalos. Los últimos indios que se resistían a ser encerrados en una reserva habían sido cobardemente masacrados en Wounded Knee (1890). E incluso la Gran Pradera, la tierra más fértil que uno pudiera imaginar – “tierra negra”, después de miles de años almacenando carbono y nutrientes bajo su superficie- , tampoco era ya lo que había sido.  Los agricultores blancos llevaban varias décadas roturando la tierra, y en algunos lugares – al este, en los primeros asentamientos europeos- empezaban a manifestarse síntomas de pérdida de fertilidad… Pero  ahí estaba aún, en su fastuoso despliegue de junio, cuando la familia Dvorak la cruzó.

Hay una pradera “de hierbas altas”, que crecía desde Minnesota hasta Arkansas, al este de las Montañas Rocosas, y una pradera de “hierbas cortas” que crecía desde Montana hasta Texas, al oeste de la cadena montañosa. La Gran Pradera es, sobre todo, la primera, beneficiada por la humedad que sube del Golfo de Méjico,  y lindando (antaño) con los espectaculares bosques que crecían en la región de los Grandes Lagos y todo a lo largo de la costa atlántica (los bosques del “Indian Summer”, véase entrada  29-10-11). Iowa está en el corazón de la Tall Grass Prairie, y  A. Dvorak, quizá con los primeros acordes de su cuarteto ya en la cabeza, pudo verla, escucharla, olerla, en el mejor momento del año.

Para que se forme y se conserve una pradera como ésta hacen falta tres cosas : 1. un clima templado, 2.  el ramoneo de los grandes mamíferos (antes búfalos, después vacas),  que estimulan así la brotación  de las gramíneas cespitosas, abonando de paso el terreno, y 3. el uso cuidadoso del FUEGO. No hay pradera sin fuego.  Los indios habían observado que cuando un rayo encendía el fuego en la pradera, pocas semanas después de que se apagara empezaba a crecer una alfombra de brotes verdes…a la que acudían raudos los búfalos. Los indios aprendieron a manejar el fuego a conveniencia, y lo mismo los cowboys: el fuego de primavera -absolutamente controlado, claro, como las rutas de los rebaños-  limpia los restos vegetales permitiendo que se caliente la tierra, saca de delante cualquier posible “woody invader” (zumaques, principalmente), y, sobre todo, hace que broten con vigor las gramíneas estivales que interesaban  al cazador/ganadero (Andropogon gerardii, llamado “big bluestem”, y Sorghastrum nutans,  “indian grass”).

Las gramíneas tienen sus puntos de crecimiento (meristemos) protegidos bajo tierra, es decir,  a salvo del fuego y  adaptados a la sequía. Una de las cosas más increíbles de la  Tall Grass Prairie es precisamente esto: las praderas pueden considerarse bosques dados la vuelta -“upside-down forests”-, pues aproximadamente dos tercios de su masa se encuentra bajo el suelo. Durante miles de años habían sido eficientes depósitos de carbono. El comienzo de la roturación a gran escala supuso también la primera gran liberación de CO2 a la atmósfera. Lo que significa, en otras palabras, que la conservación de las praderas es esencial en la lucha contra el cambio climático, pues son sumideros de CO2 eficaces y poco exigentes (a diferencia de un bosque, que da mucho pero también pide).

Antes de la llegada de los blancos la pradera ocupaba un tercio del continente norteamericano. Hoy apenas subsiste el 4%. Entre una cosa y otra, el cataclismo. Para explotar al máximo la fertilidad de la pradera  hicieron falta muchos brazos, muchos bueyes, mucha determinación. Esos “dos tercios” enterrados de la biomasa total de la pradera suponían una enorme dificultad para el labriego que quería hincar ahí, ahí precisamente, la reja de su arado…Pero lo consiguieron. De conservar o ampliar lo poco que queda en pie se encargan ahora, con no menos empeño y no menos dificultades, algunos de sus descendientes. Por su parte, los descendientes de ciertas tribus indias (seminolas, navajos, pequot..) poseen a día de hoy los mayores casinos del pais (en las reservas no se pagan impuestos federales) y con parte de sus ganancias han empezado a comprar tierras. Un poquito aquí, otro poquito allá.

La mujer del colono, 1884, H.Dunn, South Dakota Art Museum

Nosotros somos hijos del Mayo del 68. Nos es mucho más fácil identificarnos con los indios cheyenes que con esta señora sudorosa y exhausta del cuadro. Sin embargo, ése es el mundo del que venimos. Nuestro viejo mundo europeo, que vio morir en la miseria a miles de campesinos todo a lo largo del siglo XIX (el de la revolución industrial y la explosión demográfica que le siguió, el de las fallidas revoluciones liberales…). Los que llegaban en barco a los EEUU y después arriesgaban su vida en la Pradera eran “los más pobres entre los pobres”, como escribió A.Dvorak en una carta refiriéndose a los pobladores de Spillville. ¿Deseaba esta señora de la izquierda que los indios fueran exterminados?. No. Se parece demasiado a mi bisabuela de Ortigueira, volviendo a casa al caer la tarde… ¿Deseaba que los indios la dejaran en paz?. Sí.  Lo que yo no sé -habría que preguntarles a los historiadores- es si había alguna forma realista de conseguirlo, de hacer compatible la cultura nómada del búfalo con el cultivo de cereales (y más aún, con la cría  de vacas para carne, que es una forma de nomadismo, y  que también acabó chocando -como tantos western nos cuentan- con los intereses de los sedentarios agricultores).

Guerreros cheyenes. E.S. Curtis, 1905

Caballo Loco y mi bisabuela de Ortigueira. Tenemos la suerte de haber nacido en un mundo que no nos obliga a elegir, así que podemos intentar comprenderlos  a los dos. De la Gran Pradera de Iowa se conserva apenas un 0.1%. Leo en  la web que ese minúsculo recordatorio de lo que un día fue la  Tall Grass Prairie, antes de la llegada de los blancos, crece principalmente en sus cementerios. Es decir, entre las lápidas de los pioneros.

NOTAS

(1) Hace años compré por amazon este libro: The Last Stand of the Tall Grass Prairie, de A. Larrabee y J. Altman, Friedman/Fairbax Publishers 2001. Venía con el cuño de una biblioteca municipal, Cuyahoga County Public Library, biblioteca que existe y tiene su web (acabo de comprobarlo), lo que me hace suponer que algún gracioso se metió el libro en la cartera y después lo vendió por ahí. Internet y la globalización han hecho que acabe en mis manos, en un pueblo tórrido de la meseta castellana.  De este libro didáctico y lleno de  imágenes preciosas he sacado toda la información -y citas-  sobre la Gran Pradera. Las dos primeras fotos también proceden de ahí.

(2) Hay planes en marcha para recuperar parte de la Gran Pradera, incluyendo la reintroducción de búfalos en semi-libertad. El  grueso de lo que se conserva está en la comarca llamada Flint Hills, en Kansas y una parte de Oklahoma. Hay cuatro áreas protegidas. La más importante  es la que gestiona la Universidad de Kansas: Konza Prairie, de cuya web he obtenido la foto de la pradera incendiada (konza.ksu.edu).  Algo parecido, aunque a escala más modesta, existe también en Iowa y otros estados.

(3) Los datos sobre la estancia de Dvorak en Spillville proceden en su mayoría de la Dvorak American Heritage Association (dvorak.nyc.org).  Un año después de este paseo por la pradera, la familia Dvorak regresó definitivamente a Europa.

 

Extrañas criaturas de la ciénaga

Mayo 2012

Vuelve el misterio a LRO.  La foto fue sacada en el Marais d´Orx, en la costa aquitana, hace dos años. Parecen volcanes apagados en miniatura, o quizá criaturas anfibias, que viven con la mitad del cuerpo al aire y la otra mitad en el lodo… Pero ni siquiera está claro que puedan moverse. ¿Son duros o blandos?. ¿Cómo respiran?. ¿Saben hablar español o sólo francés…? ¿Son acaso seres de otra galaxia?.

EL PRIMERO QUE ESCRIBA SOLUCIONANDO EL MISTERIO SE LLEVA UN TARRO DE MERMELADA DE MORA DE LRO.

(Hermanos latinoamericanos que leéis este blog: el presupuesto de LRO no da para envíos ultramarinos, ¡pero escribidnos igualmente si sabéis la solución!)

Para qué sirve una motosierra

Marzo 2012

Tengo una motosierra Stihl MS-200, con un espadín de 40 cm. Estoy contenta con ella, pero he de decir que procuro utilizarla lo menos posible; prefiero con mucho los serrotes, grandes y pequeños, en especial los de doble hilera de dientes (cuyo único inconveniente es que no pueden afilarse). De todos modos, confieso que nunca me ha gustado apear árboles vivos, ni siquiera grandes ramas, ni con motosierra ni con serrote ni con nada. En el momento de meter la cadena en el tejido vivo siempre me tengo que parar un instante y plantearme, una vez más, la misma-eterna pregunta: ¿es de verdad necesario hacer esto?. A veces no lo tengo tan claro. Otras, sin embargo, la respuesta es un SÍ rotundo: cuando las raíces de un fresno empiezan a levantar el suelo de un garaje, o cuando el abeto de Navidad –tan canijo al principio– llega por fin al segundo piso y tapa la ventana de la cocina, o cuando un pino piñonero plantado en un talud empieza a inclinarse peligrosamente sobre el aparcamiento… Todos estos casos son errores que se podían haber evitado el día de la plantación, errores que al final acaban pagando los árboles, precisamente cuando más grandes y más hermosos están.

Bueno, pues para ejemplificar lo útil que puede llegar a ser una motosierra cuando se trata de “arreglar” errores humanos, vamos a resumir la historia del Bosque de Zérnikov: cómo se descubrió e intentó hacer desaparecer la esvástica vegetal que crecía en el bosque; una esvástica formada por alerces (Larix decidua), de 60 por 60 metros, plantada hacia 1938 por un guarda forestal en medio de un pinar y descubierta por casualidad cincuenta años más tarde.

(Un paréntesis antes de seguir. En los libros de botánica se explica que las coníferas son en su mayor parte árboles de hoja persistente. Pinos, abetos, píceas, etc. Pero hay tres excepciones a esta regla general: el ciprés de los pantanos –Taxodium–, la metasecuoya –Metasequoia–, y el alerce –Larix–. Estos tres géneros, aun compartiendo las características botánicas de las coníferas en lo que se refiere al modo de reproducción, tipos de tejidos, etc., son árboles que pierden la hoja en invierno, después de un otoño espectacular en el que sus copas adquieren tonalidades cobrizas –el ciprés–, rosadas o rojas –la metasecuoya–, y de un amarillo luminoso los alerces. De estos tres géneros de conífera caducifolia, sólo una especie de Larix es autóctona en Europa, L. decidua, que crece desde los Alpes Dolomitas hasta las llanuras del Vístula, en Polonia. El Bosque de Zérnikov, en el distrito de Uckermark, está al nordeste de Alemania, en lo que antes se llamaba Prusia Oriental, ahora Brandemburgo, no lejos de la frontera polaca…).

La historia, en cinco actos, puede ser contada de atrás adelante.

Empezando, pues, por el año 2000, quinto y último acto (¡de momento!), no creo que los operarios del departamento forestal del land de Brandemburgo vacilaran ni medio segundo cuando el día uno de diciembre, de buena mañana, los motores de una docena de motosierras volvieron a hacer retumbar el Bosque de Zérnikov. Y esta vez no se detuvieron hasta que la esvástica de alerces quedó patas arriba. Con hachas les hubiera llevado semanas; con unas buenas motosierras, horas.

Y digo “esta vez” porque hubo otras antes. En el 2000, en efecto, se talaron veinticinco alerces. Pero es que en el año 1995 –cuarto acto–  se habían talado ya cuarenta y tres. Los alerces, en el entretanto, habían brotado de nuevo, de modo que la cruz gamada volvía a ser reconocible cinco años después de aquella primera tala. Un aeroplano la fotografió en noviembre de ese año, cuando el dorado de los alerces destaca contra la masa verde de los pinos. La agencia Reuters difundió la imagen.  En noviembre del 2000 la BBC, la CNN, y todos los medios de comunicación europeos, pusieron otra vez el grito en el cielo: “la esvástica de alerces del  Bosque de Zérnikov vuelve a ser perfectamente reconocible desde el aire”.

Tercer acto: 1992. Nadie supo (¿?) durante cincuenta años de la existencia del tal bosque. Para distinguir la esvástica hacían falta dos requisitos: tener un avión y pasar con él por encima de Zérnikov la primera quincena de noviembre. Si se pasa antes o después –o si no se tiene un avión…– la esvástica se diluye en el verde de los pinos que la rodean. Hace falta, además, una tercera cosa, que las autoridades locales te expidan un permiso de vuelo. Pero el distrito de Uckermark pertenecía a la República Democrática de Alemania. Poco amiga de dar permisos, seguramente. Hizo falta que cayera el muro y que se reunificaran las dos Alemanias para que un buen día de noviembre de 1992, el piloto de un aeroplano –¿un funcionario reconociendo la zona, un hobby-pilot…?– descubriera desde el aire una enorme, enorme esvástica dorada. Consiguió que no le diera un infarto y la fotografió. Poco después las autoridades del recién creado land de Brandemburgo empezaron a hacer gestiones para talar rápidamente los alerces. Y no les resultó fácil. Aunque parte del bosque seguía perteneciendo al estado, otra parte fue parcelada y su propiedad –muy discutida– pasó a diferentes manos. Por otra parte, no todos los propietarios estaban por la labor de dejar entrar las motosierras, por muy “anticonstitucional” que fuera aquella esvástica. Entre unas cosas y otras, hubo que esperar tres años hasta las primeras talas.

Segundo acto: entre 1992 y el final de la guerra. Según las investigaciones publicadas, los archivos demuestran que las autoridades comunistas sabían de sobra que en ese bosque había una enorme esvástica vegetal. Pero, por lo visto, no le dieron mayor importancia. Ellos mismos, pensaría el funcionario de turno, ¿no hacían también inmensos diseños florales con la forma de la hoz y el martillo?.

Y llegamos así al comienzo de la historia, que es el final de la nuestra. Aunque todavía no se conocen los detalles (1), los periodistas apuntan a esta versión del primer acto: en 1938, un guarda forestal de la aldea de Zérnikov pagó no sé cuantos pfenings a un grupo de las juventudes nazis locales para que le ayudaran a plantar un centenar de alerces en el bosque. Y así se hizo. Por esos distritos del norte de Berlín pasaban las divisiones de la Wehrmacht que estaban empezando a concentrarse en la frontera. Muy pronto se pondrían en marcha camino de Dantzig, iniciando a su paso la segunda guerra mundial. Había que celebrarlo, desde luego, pensó nuestro entusiasta guarda nazi, mientras regaba los pequeños alerces recién plantados. Lejos estaba de sospechar que por esas mismas llanuras, cuatro años después, entrarían los tanques rusos que dividirían su país en dos, como una nuez, y les privarían de libertad durante cincuenta años.

Los alerces no tenían culpa, pero los errores se pagan. Y se pagan caros: en el año 1995, cuando se iniciaron las talas, los árboles pasaban de dieciséis metros. No sé si los ecologistas tuvieron algo que decir, quizá aceptaron la tala masiva como un mal menor. Pero eso es lo que pasa cuando se planta un fresno demasiado cerca del garaje, o un abeto debajo de la ventana de la cocina, o un pino piñonero en un talud… Que al final hay que talarlo. Y para eso precisamente sirve una motosierra. (2)

NOTAS
(1). Por ejemplo, la fecha exacta de la plantación, entre el 38 y el 40. O quién fue exactamente el piloto que la descubrió.

(2) Supe de esta historia a raiz de un viaje a Berlín hace dos años: M. Kopleck, Past Finder. Berlin Ch. Links Verlag, edición francesa, Berlin 2008, p. 89. El bosque está cien kilómetros al norte de Berlín. Otra fuente, que difiere en algunos detalles: archives.cnn.com/2000/WORLD/europe/12/04/germany.swastika.reut/

La foto del alerce dorado pertenece al catálogo de semillas de semencesdupuy.com

El misterio de los encapuchados (y 2)

Marzo 2012

(Continuación de la entrada publicada el 1-12-11).

Ante los MILES y MILES de peticiones que he recibido solicitando nuevos datos  (y ante la velocidad a la que se están cepillando a los “encapuchados” en este pueblo…), vamos a adelantar un par de semanas la solución al misterio. Primero unas pistas: 1- Junto a los extraños petits hommes escapuchados crecían también estos otros personajes no menos enigmáticos, tapados con una especie de capirotes hechos con ramas de abeto. Entre las ramas, con dificultad, asoma alguna que otra hoja de forma reconocible… 2- El huerto está junto al lago Leman, al pie de los Alpes. ¿Qué cultivos de cierta altura han de estar tapados durante el invierno en zonas donde nieva y/o hiela durante dos o tres meses al año?

No hay muchas opciones. O son cardos o son alcachofas. A ambos hay que protegerlos del frío, pero a los cardos, además, hay que blanquearlos. Así que los encapuchados deben de ser cardos, porque están requetetapados, y los capirotados con ramas de abeto deben de ser alcachofas. ¿O quizá también cardos, que inicialmente sólo se protegen del frío, pero destinados a ser “encapuchados” cuando llegue el momento del blanqueo (más de 20 ó 30 días con la capucha puesta y el corazón del cardo de pudre)…?.

Los cardos se cultivan como anuales. Se consumen a lo largo del invierno, desde finales de diciembre hasta principios de abril. Se van tapando y destapando poco a poco, a medida que se necesitan, y se comen los pecíolos cocidos. La especialidad de Ginebra es prepararlos al horno, gratinados, con bechamel y una capa de queso por encima (unos dos millones de calorías). Hacia mediados de abril no queda ni rastro de ellos. Habrá que limpiar la huerta, estercolar, quizá iniciar un nuevo cultivo. Las alcachofas, sus primas hermanas, se cultivan como vivaces, porque lo que se come es la flor (el “capítulo floral”). En abril se les quita el capirote, para que crezcan y florezcan al sol, y se comen cocidas desde finales de agosto.

El “Cardo-Espinoso-Plateado de Plainpalais”, una variante local del “Cardo de Tours”, es una planta emblemática de Ginebra. Pero para que el cardo llegara hasta aquí tuvieron que pasar muchas cosas.

La historia es larga. Para empezar, tuvo que producirse la Reforma de la Iglesia en el siglo XVI.  Tuvo que nacer Juan Calvino, recibir la llamada de Dios, y dedicar su vida a discutir con los obispos de Roma si llega con la fe para evitar ir al infierno, o si hacen falta además buenas obras, o si no vale ni una ni otra cosa, y sólo se salva el que recibe la “gracia” divina, haga lo que haga, crea en lo que crea, etc, etc.

Estas discusiones sobre la gracia, por raro que parezca, nos llevan directamente a los cardos de Plainpalais.. El reformista Juan Calvino encontró refugio en Ginebra, y poco a poco, usando métodos no siempre muy limpios (dizque), consiguió que sus partidarios se hicieran con el gobierno de la ciudad. En Francia los calvinistas recibieron el nombre de “hugonotes”. Estallaron las llamadas guerras de religión. Y tuvo que correr mucha, pero que mucha sangre antes de que el Rey Cristianísimo –Enrique IV, a la sazón– detuviera las matanzas y promulgara un Edicto de Tolerancia. Unas décadas después, Luis XIV, su nieto, decidió dar marcha atrás. Revocó el Edicto y expulsó de Francia a los que no quisieron renunciar a la fe reformada. Pues bien, en la maleta de uno de esos hugonotes que hubieron de dejar su tierra y ponerse en camino, un jardinero procedente de Tours, viajaron los cardos plateados y las alcachofas hasta Ginebra. Las sembró en los huertos de Plainpalais (hoy una plaza de hormigón), los cuidó, abonó, multiplicó… Y así hasta hoy.

N.B. Dicen los entendidos del lugar que las “costillas” de los cardos son tanto más tiernas y sabrosas cuanto más espinosas.