Las últimas vacaciones (1)

Fueron en agosto de 2019.

Y empezaron en la Roca dels Moros, especie de abrigo rupestre con pinturas del mesolítico (o epipaleolítico, otro nombre para lo mismo: hace 8.000 años), en las afueras de la localidad leridana de El Cogull. Las pinturas -bajo un frágil saledizo de roca caliza, a la intemperie- representan a nueve mujeres endomingadas (faldas de campana, pulseras), a un hombre diminuto con un gran falo, y a diferentes animales semisalvajes, uno de los cuales -un ciervo- aparece de costado en el suelo, a medio destripar.

En el centro de interpretación no había nadie, ningún visitante, así que la guía, encantada de poder hablar con alguien, nos explicó por extenso las diferencias entre el mundo epipaleolítico del pre-litoral levantino, donde estábamos aquel día, (cazadores-recolectores trashumantes, sin roles, reparto equitativo de tareas, paridad, negociación, bailes, co-educación, sororidad: todo esto podía inferirse de las pinturas) y el mundo “supuestamente más avanzado” del neolítico. Aclara la guía el “supuestamente”: con el neolítico llega la agricultura, con esta la acumulación, con esta el capitalismo, y con el capitalismo el heteropatriarcado. La conclusión era que, muy probablemente, una cazadora-recolectora empoderada de Lérida (esbelta, morena, un poco hippi: tal las representadas en la pared del abrigo) tenía mucho más que ver con los indios brasileños del Amazonas (la guía menciona, según leo en mis notas del viaje, a “las tribus amerindias, desde la Baja California hasta Brasil”) que con su vecino labrador de -pongamos- Zaragoza.
Aun nos entretuvo más frente a las pinturas. Las mujeres parecen bailar. Son las protagonistas de la escena… Pero se impone hacer un alto y rebobinar. ¿Por qué dar por hecho que eran “mujeres”?
– En realidad -nos aclara entonces la guía- no sabemos cuántos géneros había en el epipaleolítico. Podían ser dos o tres, o quizá cuatro…

Para llegar hasta el abrigo donde están las pinturas hemos atravesado extensas plantaciones de melocotoneros y nectarinos -en la parte norte, próxima al Segre- y almendros y olivos después, ya en lo más hondo de Las Garrigas, una tierra seca y hasta reseca, de caminos de tierra sin asfaltar como en nuestra Sierra Oeste, a la que se parece mucho pero en versión “caliza”, con más tomillos que romeros, quizá, y lentiscos en vez de terebintos, y alzinas rechonchas, de hojas alargadas, en vez de nuestras encinas, sus primas hermanas. Kilómetros de caminos en los que no nos cruzamos con nadie. Aparcamos el coche en un altozano, con vista panorámica sobre las plantaciones y sembrados (cereal ya recogido; la tierra removida), y bajamos a comer el bocadillo en los bancos de un merendero, apenas tres paredes de cemento, con barbacoa y mesa para comidas colectivas. Todo muy limpio. Por la pared exterior, al dar la vuelta al merendero, una única gran estelada, decorada con pintadas antiguas, domina por completo el paisaje.

Seguimos por la Seu d´Urgell y Puigcerdá. Una especie de Suiza pre-pirenaica, con hermosas segundas residencias, tan a mano para ir a esquiar a Andorra, coches de lujo, gente bien con lazo amarillo y bolso de Tous tomándose el vermú en una terraza junto al parque, un parque inmenso, con su lago y sus cisnes y su embarcadero. Para comprar un poco de pan y un poco de queso, sin embargo, hay que cruzar a Bourg-Madame (del otro lado de la carretera empieza Francia) porque en Puigcerdá, como en toda España, se celebrá hoy la Asunción de la Virgen y las tiendas están cerradas. (Continuará)

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