Amapolas azules del Himalaya

Mayo 2012

De repente miré hacia arriba y  allí, como en un trozo azul caído del cielo, había un grupo de amapolas azules, tan deslumbrantes como zafiros…” (Kingdon-Ward, en 1924)

Yo no he visto nunca una amapola azul, pero sé que existen porque lo he leído: en las faldas del Himalaya, desde el Hindu-Kush hasta las provincias del sur de China, las amapolas no son rojas sino azules. El primer europeo que las vió fue un jesuita francés, el Padre Delavaye, que herborizaba y evangelizaba a un tiempo (o lo intentaba al menos) por el norte de la provincia de Yunnan. Esto fue hacia 1885. Treinta años después un oficial de la Armada Británica, Frederik M. Bailey, volvió a encontrar amapolas azules mientras exploraba las gargantas del río Tsangpo (Brahmaputra); cortó una y la colocó cuidadosamente en su billetera. Unas semanas después envió la amapola prensada al director de los Jardines de Kew, en Londres.

Eran los años dorados de los cazadores de plantas. Gente que subía montañas, se perdía en la selva, hacía lo que fuera por dar con una nueva variedad de orquídea, de rododendro, de azucena, y poder enviar sus semillas a los viveros de Europa. Uno de esos cazadores, Francis Kingdon-Ward, hizo el viaje hasta la India, y desde ahí hacia el Tsangpo, siguiendo paso a paso la ruta descrita por Bailey. Encontró las amapolas, naturalmente, y con las semillas recogidas aquellos días (las amapolas son muy fecundas, producen infinidad de semillas cada una) se inició su cultivo comercial en Europa.

Pero aunque la semilla de la amapola azul pueda comprarse por catálogo, nosotros en España jamás veremos una. Necesitan un clima muy fresco en verano (alta y media montaña) y a la vez muy húmedo (lluvias monzónicas). Un suelo ácido, medianamente profundo y muy rico en materia orgánica. En una web especializada citan como  idóneos para su cultivo los siguientes lugares: Escocia, Irlanda, costa de la Columbia Británica, Alaska, y norte de Noruega. Raro sería que una planta que se da bien en Alaska fuera a estar contenta  en un jardín de, por ejemplo, las afueras de Alcorcón. Tampoco lo estaría en nuestras provincias del norte, que sí son húmedas (aunque ni siquiera por allí llueve como antes) pero no suficientemente frescas en verano.

A nosotros nos toca el calor, la sed, y los suelos pobretones. Nos toca la amapola roja. No está mal, pensaría un pastor de yaks del Tibet si la viera…La amapola roja, omnipresente estos días por cualquier prado, cualquier cuneta, cualquier olvidado montón de escombros. Pero tenemos los ojos tan acostumbrados a ella que ya casi ni la vemos.  No vemos sus pétalos enormes, enteros, finos y brillantes como papel de seda, ni vemos sus tallos orgullosos, un poco peludos, ni esos frutos globosos, curiosísimos (cápsulas con tapa),  con los que dentro de un mes o dos, cuando todo se agoste, podremos formar grandes ramos secos, mezclados  con un haz de avena loca. Este paisaje de la foto  no será un campo de zafiros, como el que vió Frank Kingdon-Ward aquel día, pero creo que pasaría perfectamente por un campo ¿de rubíes?.

NOTAS.

http://www.meconopsis.org es la web con más información sobre la amapola azul. La otra fuente que he utilizado es el Atlas de Jardinería, John Grimshaw, Edilupa Ediciones 2004. La primera foto procede de la web de un vivero de Inglaterra: Dunge Valley Rhododendron Garden (dungevalley.co.uk); la segunda, de amazon.com. Kingdon-Ward escribió 25 libros contando sus andanzas detrás de esas flores nunca vistas. Se pueden encontrar en internet sin mayores problemas.

La tira de flores

 Primaveras desde el 2008

El primer año en la historia de esta “tira”, 2008, sembré amapolas de California, acianos, y nigelias (para la floración de primavera), y cosmos a continuación (para el otoño). Todas estas flores son anuales. Para separar la tira del espacio en torno –que se desbroza– le coloqué delante una pequeña bordura hecha con varas de sauce. Saqué un ramal desde la línea de goteros de las moras vecinas, e instalé riego también en las flores. Con el paso de los meses me dio miedo la facilidad para resembrarse y escaparse a la aventura que observé en las amapolas, así que les impedí semillar y las arranqué en cuanto empezaron a secarse. Los acianos no se resembraron. Las nigelias siguen haciéndolo, por aquí y por allá, cinco años después de la siembra.

Entre el 2009 y el 2010 no tuve tiempo para sembrar flores, así que planté dos romeros y varias matas de tomillo y dejé que entre unos y otros crecieran las hierbas. En primavera los arbustos quedaron sofocados bajo las redes de arvejón, y hacia el verano la tira se llenó de coniza, grama, milnudos, alijonjera… y la invasión fue tal que por primera vez consideré la posibilidad de aceptar el término “malas hierbas”. Es verdad que la tierra de partida era malísima. El mantillo y el abono que añadimos al sembrar las anuales el primer año no había sido suficiente para mejorar el suelo en condiciones.

En el 2011 (en junio, que es tarde; debería haberlo hecho en primavera) limpié la tira de grama y demás gentuza. Incorporé mantillo en cantidad y retiré los goteros. Planté tres Carex testacea, cuatro matas de rudbeckias, tres de geranio (¡que no Pelargonium!), dos de gauras rosas… y por donde quedó sitio, lechugas y puerros, las sobras de la huerta.  Lo acolché todo bien con paja de la finca (restos del desbroce), y la cosa fue bien. No espectacular, pero bien. Las plantas convivieron en paz con los anagallis y algunas fumarias tardías (hay muchas más en primavera), alguna zanahoria silvestre, alguna festuca. Lo regué a mano dos o tres veces por semana. El único problema sobrevino hacia finales de septiembre, cuando los jabalíes –después de liarla en la huerta de las coles– anduvieron hoceando también por la tira (tierra blanda y fresca + restos orgánicos en superficie = lombrices aseguradas). Pero el estropicio no era irreversible.

Las matas de tomillo y romero, incluso algunas flores atrevidas de gaura se conservaron dignas a pesar del frío y las heladas. No se retiraron las hojas secas de rudbeckias y geranios, para que esos restos vegetales de la propia planta protegieran del frío las yemas ya formadas en la base (las flores del 2012, que están al caer).

Salvajes y azules

Junio 2010

Son los acianos, las borrajas y las achicorias. Tres azules que cualquiera puede ver cuando cruza España entre mayo y septiembre. No son iguales, sin embargo.

El azul de los acianos es intenso y brillante, con reflejos morados en el interior de su sofisticada cabezuela. Su lugar está en las orillas de los campos de trigo, mezclado con las amapolas y las manzanillas. En La Rama de Oro se sembraron hace tiempo en una tira de flores junto a las moras. Pero la tierra no era la que ellos buscaban; con seguridad necesitaban un suelo algo más fresco, más rico, y quizá más suelto. Las flores silvestres no aceptan que se las lleve y se las traiga.

El azul de las borrajas es plano. Un azul mate, sin matices. La verdadera borraja, la de los libros de cocina, es probablemente una planta hortícola, aunque naturalizada –asilvestrada– en esos prados multicolores que enloquecen a las abejas, apicultores y abejarucos. Su lugar está en los huertos de suelo ligeramente calizo de la mitad norte; sus primas hermanas,  las rústicas anchusas, empiezan a florecer por aquí ya a mediados de mayo, como en todas las praderas estacionales del centro y sur de la península; viven con apenas nada, en unos suelos pobretones que estallan de color en mayo y junio para agostarse después en apenas quince días. Si por lo que sea reciben algo de agua en verano –en LRO, porque están muy cerca del montón de compost donde crecen las calabazas– las anchusas logran mantener su roseta de hojas ásperas hasta el invierno.

El azul de las achicorias, parecido al de la flor del romero, es el de un cielo despejado, limpio de nubes. Su lugar está en las escombreras y cunetas más martirizadas. Florecen rápido, cuando ya el calor aprieta, y sus tallos rígidos, hirsutos (como los de su prima hermana la “alijonjera”) le plantan cara a la hoz y se enredan en el nylon de la desbrozadora.

Hyacinthoides en abril.

Anagallis en julio.

Claro que hay otros azules. Pero lo cierto es que no son tan frecuentes como la gama inabarcable de blancos, rosas, violetas. En La Rama de Oro crecen un puñado de jacintos silvestres; asoman su espiga de campanillas azulonas en abril, casi a escondidas, al abrigo de los zumaques y mirando al norte; por lo que voy leyendo, estos Hyacinthoides hyspanica debieron de ser más abundantes cuando por esta zona había más melojos que encinas, más madroños que almendros… más caballos que motos y “quads”.

Pero quizá el azul más persistente en LRO sea el de una planta minúscula, de hojas diminutas y tallos rastreros: desde junio en adelante, sin amilanarse por el calor, serpentea  entre cepas y olivos el azul pensativo (con esa gota de púrpura en la base de los pétalos) de las Anagalis foemina. Quizá el desbroce la haya favorecido, como al resto de plantas de yema baja.  A día de hoy, es nuestro azul cotidiano durante meses.

El terrón grande

Febrero 2010

La reproducción de la izquierda la pintó Alberto Durero en 1503. Está en el Museo Albertina de Viena. La foto de la derecha la hice hace un par de años, en un triángulo de separación entre dos carreteras por las que se accede al Puente del Pasaje (muy cerca de La Coruña). Aquel día llevaba parada unos diez minutos, sin poder incorporarme al puente, y de puro aburrimiento me fijé en la mancha verde que tenía a mi lado. Tres de las hierbas del “terrón” de Santa Cristina están también en la acuarela de Durero: el diente de león, el llantén, y la ¿pamplina?; son de diferentes especies, desde luego, pero pertenecen al mismo género: Taraxacum, Plantago, Stellaria. Son plantas de suelos húmedos (en El terrón grande se ve incluso un charco en la parte baja), reconocidas “malas hierbas” de los céspedes convencionales, cuyos dueños se resisten a dejar que se vayan transformando en (preciosas) praderas estacionales.

Recordar ese cuadro –que ví hace cinco años en una exposición de la Galería Albertina en Madrid– me hizo más corta la espera y me alegró la mañana.