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Acerca de ccoutodafonte

1968, La Coruña. En la Comunidad de Madrid desde 2005. Sector: jardinería. Blog: www.laramadeoro.com.

Eurovegas con champán.

Una buena noticia para LRO:

http://www.publico.es/488984/eurovegas-pincha-en-espana
http://ccaa.elpais.com/ccaa/2013/12/14/madrid/1387045135_871303.html
http://www.abc.es/madrid/20131213/abci-eurovegas-madrid-201312131121.html

eurovegas 019

Para celebrarlo, hemos comprado en el súper una botellita de «Viuda de Clicquot Ponsardin», una dorada  bien gorda (que en estos momentos está en el horno, con unas patatas de la huerta), y un ciclamen enano que decorará la mesa y después se volverá a la ventana. Un amigo muy cachondo nos dijo hace dos años que si «aquello» salía adelante toda la tierra en un radio de treinta o cuarenta kilómetros (LRO incluida) se revalorizaría muchísimo. Lo dijo con buena intención, lo sé. Pero a mí me entraron ganas (siempre desde el cariño) de saltarle allí mismo a la yugular.
Un solo ejemplo. En LRO  a duras penas conseguimos regar en verano nuestras cuatro minúsculas huertas… Hemos renunciado a las frambuesas, y ni se nos pasa por la cabeza plantar ningún árbol que no sea capaz de sobrevivir a las sequías pertinaces. ¿De dónde pensaban sacar el agua estos señores para llenar las cisternas de seis casinos y doce «complejos vacacionales» (36.000 habitaciones)…?.
Aunque sólo fuera por eso, hoy ya estaría justificado cenar con champán.

eurovegas 012

La etiqueta de la botella, la más cara que hemos comprado nunca, dice que está hecho con las siguientes uvas: pinot noir, chardonnay y pinot meunier.  Variedades muy finas, con las que se hacen también los mejores borgoñas.
La dorada al horno la preparamos así: con unas rajitas en el lomo rellenas de jamón, y toda la bandeja cubierta de cebolla, rodajas de patatas, limón y vino blanco. Y unos pimientos de LRO, que a catorce de diciembre todavía están como el primer día.
Los ciclámenes aguantan bien el frío, como los pensamientos. Lo que no soportarían es el ambiente de una habitación caldeada. Proceden de Oriente Medio: de Israel, Líbano, Siria…y hasta Persia. Su floración coincide, pues, con la recogida de la aceituna (de noviembre a enero)

Tropicales y azules

Jardín Botánico de Basilea. Diciembre.

Irena puella y Vanda caerulea

Una opulenta orquídea azul pastel (Vanda caerulea o alguno de sus híbridos) y un pájaro casi turquesa (Irena puella), pendenciero y seguro de sí mismo, que nos recordó mucho a nuestros rabilargos. Antes era difícil encontrar Vandas en las tiendas de jardinería. En el viejo manual de orquídeas que tengo encima de la mesa («Superbes orchidées», ed.Chanticleer) ni siquiera las incluyen. Pero recientemente las he visto en un gran centro de venta para mayoristas, en Madrid. Lo que significa que han dejado de ser una rareza cara. Las venden con las raíces prácticamente al aire, apenas protegidas con un poco de musgo, y enganchadas a un minúsculo cesto de madera que cuelga del techo con un hilo de nylon. ¡Nada que ver con las acomodaticias Phalaenopsis! Las Vandas, aquí, sólo podrían cultivarse en una galería muy iluminada (pero con posibilidad de atenuar la luz en verano), y con un humidificador encendido casi permanentemente. O bien en el baño, si uno tiene la suerte de tenerlo orientado al sur. Complicado. Complicadísimo, en realidad, a menos que se puedan reproducir las condiciones de luz, calor y humedad de – pongamos-  las selvas de Mindanao. (Luz intensa de mañana, lluvia fina a mediodía, bruma y nubes al atardecer, humedad constante del océano y de la propia selva, bombeando y transpirando sin descanso, todos los días del año, todas las horas del día….)

Alternativa: renunciar; disfrutar de las Vandas en las fotografías de los libros y en los invernaderos de los jardines botánicos; mirar ahora mismo por la ventana y agradecer la silenciosa floración del durillo, tan  consoladora en pleno invierno.

Una playa y unas rocas

piedras playa san pedro

En una playa de la Costa da Morte, repantingada al sol en lo alto de las rocas, leí entre los 9 y los ¿15? años los libros más importantes, los que nunca se olvidan, y no porque sean especialmente buenos – que no lo son- sino porque se leen con una furia loca que sólo se puede tener a esa edad.  Ese batiburrillo de lecturas, en el que conviven sin estorbarse  Mortadelo y Simone de Beauvoir (por ejemplo), termina educándote  el oído, enseñándote a poner más o menos bien los puntos  y las comas, y abriéndote la puerta (aunque de esto no te das cuenta hasta más tarde) al único refugio seguro, personal e intransferible, que pase lo que pase, caigas donde caigas, tendrás a lo largo de tu vida.
En esta playa de la Costa da Morte los niños hacíamos naves espaciales utilizando los palos, botellas, redes,  trozos de plástico, que llegaban con las olas. Cuando nos cabreábamos unos con otros (lo habitual al final del día), nos liábamos a patadas con las naves enemigas… y todo el fuselaje volvía al mar. A veces llegaban cadáveres de delfines. Olían muy mal, y a alguno hubo que enterrarlo en la arena. Otras veces llegaban cosas más insólitas. Un obús, por ejemplo, que vinieron a llevarse unos militares de La Coruña.  En otra ocasión –la más celebrada en nuestros recuerdos-   mi madre y la vecina encontraron un muerto. Sin cara, muy destrozado. Un secretario del juzgado vino a levantar acta. Y después se lo llevaron, como el obús, a La Coruña. No volvimos a saber de aquel hombre, que ni fue identificado ni nadie reclamó.

En esta misma playa mi padre nos enseñó a colocar unos sedales con cebo (miñocas bien gordas) sujetos con una piedra en la línea de la marea baja.  Nunca jamás pescamos nada, por descontado, aquello era una completa “toleada”. Pero en una ocasión quedó prendida una gaviota. Nos la llevamos a casa sin dudarlo un segundo. Le quitamos el anzuelo del gaznate y la dejamos descansando en el garaje, con un platillo lleno de agua y restos de comida. La gaviota se puso bien enseguida, ¡y resultó tener un genio de mil demonios!: cuando nos asomábamos a ver cómo iba, la muy bruta  se echaba a Dios, chillando y aleteando y amenazando con mordernos.  En cuanto le dimos el alta médica (creo recordar que ya al día siguiente) nuestra gaviota se marchó sin mirar atrás, volando con energía mar adentro.
En esta playa de la Costa da Morte (en la bajada a la playa, mejor dicho:  https://laramadeoro.com/2012/08/15/brezos-brecinas-queirugas/ ) aprendí, ya veinteañera, a distinguir las gramíneas más comunes y las diferencias  entre unos y otros tipos de brezo. Una vez me llené el bolsillo del pantalón de semillas de Briza minima, y después las sembré en una maceta, en el alféizar de la casa de Madrid.  Mis perros, en particular estos últimos, que son castellano-manchegos, disfrutan como locos bajando a la carrera por ese prado, y escarbando después en la arena húmeda de la orilla.
A esta playa se acercaban con frecuencia los percebeiros furtivos.  Un día uno de ellos me confundió con  alguien de la Xunta, quizá alguna inspectora del Concello, no sé.  Yo bajaba por el camino, con los perros,  e hice como que no le veía ( confieso que no me paré a pensar si aquello estaba bien o mal). Pero él  también me vió a mí. No había nadie más en la playa, era tempranísimo. Como alma que lleva el diablo, el furtivo soltó la redecilla que tenía en la mano y desapareció “súbito” monte arriba, escalando las mismas rocas por donde, imagino, había bajado.  Yo me quedé leyendo un buen rato, acurrucada en la arena al pie de las rocas.  Los perros se bañaron y anduvieron por ahí husmeando. Subió la marea, cerré el libro, y, sin pensármelo dos veces, eché mano de aquella redecilla que iba a llevarse el mar.  Kilo y medio de hermosos percebes, que mi madre coció  en un visto y no visto –casi tan rápido como el furtivo escaló el monte- con un poco de sal y unas hojas de laurel.
Pasaron los años. Del Concello mandaron a alguien para que desbrozara el camino de bajada a la playa. Hasta entonces lo habían mantenido franqueable las dos vacas de una señora de la aldea (siempre vestida de negro, siempre triste, huraña). La señora se murió, y no sabemos qué pasó con las vacas.  Con el tiempo los del Concello instalarían también unas escaleras, una especie de cajones de madera  rellenos de tierra compactada con cal. Quedaron bien. Pero a mí me hubiera gustado que, ya puestos,  instalaran también un contenedor de basura en la parte alta del camino, y que vinieran a vaciarlo una vez a la semana, etc.. No lo trajeron, pero sí uno de esos paneles informativos, tan vistosos.

Y en ésas andábamos cuando, una noche de noviembre de 2002, un viejo barco (fabricado en Japón, propiedad de una compañía de Liberia, con bandera de Las Bahamas, registrado en Grecia, asegurado en Londres) cargado de fuelóleo (propiedad de una compañía rusa, con sede en Suiza,), procedente de Letonia y con destino Singapur…
se partió en el mar y cubrió de negro la playa.

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Once años después, las rocas siguen negras. La foto es de hace dos meses. Sí, es verdad que vuelve a haber mejillones. Pocos, pero empieza a haberlos. También se ven algunas de esas anémonas verdes y rojizas que siempre me han recordado la fruta escarchada de los roscones de Reyes. No he vuelto a ver cangrejos, ni lorchos, esos peces feísimos que antes nadaban en todas las pozas de la playa. Pero no me atrevo a decir que no los haya. Quizá tendría que buscarlos con más afán. Eso sí: antes estaban ahí siempre, sin necesidad de llamarles para que vinieran. Vuelve a haber percebes, es verdad (… y sería bueno que ni los furtivos ni las vecinas sin conciencia, como la que esto escribe,  fueran a meterles mano).  A veces se ven correlimos, u otros pájaros parecidos que no puedo distinguir sin prismáticos, correteando por la orilla. Pero menos, muchos menos que antes.  Y ahora me parece mentira, teniendo en cuenta que yo bajaba sobre todo a leer, lo bien que lo recuerdo todo: la de tesoros escurridizos y viscosos que crecían entre las grietas, la cantidad de pájaros que había, lo mullidas que estaban las rocas, al trepar por ellas descalza, porque había alfombras de “herba de namorar”  cubriéndolas.

Las escaleritas de madera se han deteriorado mucho, y en el Concello ya no hay dinero para arreglarlas.  Las hierbas se van enseñoreando de ellas poco a poco. Pero a los turistas no parece importarles. De hecho, cada año vienen más, y quizá porque no tienen recuerdos, a ellos esas piedras negras no les dicen nada.  Creerán que la playa siempre ha sido así.  

Duermevela

Continuación de «Vino casero en cinco pasos (más o menos)»:  5 (fermentación maloláctica)
Paso anterior: https://laramadeoro.com/2013/11/07/aguachirle/

cromatografía vino 1-12-13

He recibido noticias de Pedro, el amigo que se ha quedado a cargo del vino estos días que yo estoy fuera. El vino no dormía: se hacía el dormido. Lentamente, silenciosamente, el ácido málico empieza por fin a convertirse en láctico  (sobre todo en la cuba de acero, columna de la derecha). La cromatografía que me ha enviado Pedro parece una acuarela cubista: el papel secante -ya empapado en el reactivo (1)- va revelando la presencia de los diferentes ácidos en forma de manchurrones amarillos, más o menos intensos. El  tartárico primero, el málico después, y arriba de todo, el láctico. Pero esto es sólo un comienzo. Hay que aprender a esperar. La segunda fermentación es muy lenta, discretísima, sin los borboteos y las «fiebres» de la primera. Para que el proceso arrancara tuvimos que dejar programada la calefacción (bomba de aire) seis horas al día, a 21º, siempre de noche. Un buen aislamiento de las cubas, con esas mantas térmicas que se utilizan para las paredes de las casas, hubiera sido perfecto. Pero en el pueblo no las tenían; me las encargaban, dijeron, sólo si compraba los rollos completos. Durante un par de semanas de octubre, las envolvimos con plástico de burbujas y mantas de casa. Estos días, sin embargo, cuando ya se ha echado encima el frío de verdad, no hay mantas ni plásticos que valgan.  

Por lo demás, apenas ha llovido por nuestra zona. En los registros que encuentro en la red se dice que el agua recogida en noviembre no llega a quince litros. Es decir, nada.  El cereal germinado con la lluvia de octubre (y ya de por sí escaso: cada vez se siembra menos) se quedará raquítico y débil, demasiado poca cosa todavía para aguantar con decoro estas primeras heladas.  En las huertas de LRO todos estarán durmiendo o, como el vino, haciéndose los dormidos. Todos se callan y esperan, qué remedio, mientras cuentan los días que faltan para que vuelva el sol. Así las semillas de las amapolas, que cada año empiezan de cero, las yemas de todos los árboles, las salamanquesas entre las piedras de la casilla, los ratones en la bodega, las serpientes de escalera en los tubos de drenaje (comidos por las hierbas, ya no drenan nada), las tijeretas debajo de los tiestos, las mariquitas  que se apretujan hasta incrustarse – de canto- entre la corteza de las cepas viejas.

(1) El papel, el reactivo, y el indicador (azul) se vende todo junto on-line, en un «kit de fermentación maloláctica».

Shishi odosi

cervus nipponDicen los libros que los ciervos sica estuvieron a punto de desaparecer en Japón al mediar la Era Meiji. En esa época (finales del siglo XIX y primera mitad del XX) los ciervos habían pasado de ser objeto de veneración a ser objeto de caza masiva. Esta persecución, sumada a la deforestación acelerada de las islas, puso a los ciervos al borde de la extinción. Hasta ese momento habían sido considerados mensajeros del cielo. Vagaban libremente, como las vacas en la India, y a veces se acercaban hasta las aldeas y los templos. Todavía lo hacen a día de hoy, según cuentan las guías turísticas, en la ciudad de Nara, antigua capital del Imperio del Sol Naciente. Las últimas poblaciones salvajes viven  en Hokkaido  y en algunas de las islas más montañosas y desapacibles del norte.  Para evitar que los ciervos se comieran los brotes tiernos de los arbustos del jardín, los monjes  inventaron el shishi odosi, el «espanta-ciervos», un artilugio formado por una caña hueca de bambú, en la que siempre circula el agua, y que va llenando poco a poco una segunda caña, sujeta en un balancín. Cuando esta segunda está llena, se cae hacia delante, se endereza de nuevo, y golpea la piedra que tiene detrás.

espanta-ciervosHace unos quince o veinte años empezaron a ponerse de moda por aquí los jardines japoneses.  Una versión simplificada y vacía de contenido, en realidad, como son siempre estas cosas (1). Lejos de la exquisitez inimitable de los jardines originales, se nos enseñó que un «jardín japonés» podía ser, simplemente, una colección de arces de follajes púrpuras combinados con alguna conífera, unas azaleas rosas y blancas, cuatro o cinco pedruscos y  una pantalla de bambúes. Se dieran o no las condiciones de clima y suelo (más parecidas a las de Asturias que a las de Madrid) una caricatura de jardín japonés vestía mucho en los patios interiores de ese Gran Banco o esa Gran Constructora que, no mucho tiempo después,  se desintegrarían en el aire de la noche a la mañana, llevándose con ellos sus azaleas, sus piedras de granito imitando el Monte Meru, y, por supuesto, los ahorros de sus clientes. Lo japonés se puso de moda – como el shushi y los libros de autoayuda pseudo-budistas, o las versiones del Bushido (2) adaptadas a las altas finanzas- justo en los años del pelotazo. No sé por qué, pero así fue. ¿Y qué quedó de todo aquello? En mi pueblo de la meseta madrileña, un Acer japonicum penando en una mediana. En el hueco de las escaleras mecánicas de un Centro Comercial de mi otro pueblo, en La Coruña, una pequeña extensión de arena rastrillada (llena de colillas) con tres piedras de diferente tamaño colocadas al buen tuntún. Las casas comerciales de jardinería, como Intermas, sacaron al mercado shishi-odosis, por la módica cantidad de setenta euros. No había ciervos que espantar, y el toc-toc-toc… acababa sacando de sus casillas al jardinero, pero  el cacharro se ponía igualmente, junto al cerezo que no daba cerezas y al puentecito de madera rojo que no cruzaba ningún río.(3)

descarga (3)La primera parte de «Kill Bill»  (Q.Tarantino) se rodó en 2003, momento en que todo lo japonés hacía furor. Tampoco sé muy bien por qué esa quietud radical de los jardines japoneses -las piedras parecen ahí colocadas desde el origen del mundo-  se combina de forma tan eficaz con la violencia. Por ahí deben de ir las explicaciones. Lo más limpio, inmutable y ordenado  suele hacernos saltar las alarmas. Pero puestos a hablar de violencia, quizá sea más soportable en su forma desatada, desmelenada, al estilo Kill Bill, que en la contenida y surnoise de ciertos consejos de administración. La escena tiene lugar de noche, bajo la nieve, en un coqueto jardín privado de Tokio: estanque de aguas someras y orillas despejadas, piedras colocadas con cuidado, imitando islas o montes, arbustos de hoja persistente  podados rigurosamente (pero asimétricos: no hay dos iguales), pinos y enebros, alguno incluso en miniatura, la linterna de piedra, el paso de piedras irregulares («paso japonés»), la galería de bambú…
Tal como se reproduce más abajo, la escena está dividida en tres tramos, precedidos de una breve introducción: Combate + desenlace + anti-clímax. Los dos primeros tienen música. En el tramo central, donde todo se decide, sólo se escucha el viento, la respiración de los guerreros, y el monótono golpeteo del shishi odosi (minuto 5:12, y otra vez desde 6:12) 


NOTAS
(1) No se puede evitar. Seguro que a algunos japoneses del siglo XXI les encantaría encontrar un jardín morisco, o un olivar… en las faldas del Fujiyama.
(2) «El Camino del Samurai».
(3) Quizá no haya que renunciar a nada. Lo complicado es tomar de cada estilo de jardín aquello que SÍ puede adaptarse a nuestro mundo (nuestros vegetales,/ clima/ entorno cultural). Por ejemplo: podar nuestras santolinas y las lavandas en formas más o menos esféricas pero asimétricas. Este mínimo detalle es típicamente japonés -ajeno al jardín  occidental- pero suele quedar muy bien…Como el uso en grandes masas de los iris ( usando, en lugar de las especies japonesas, los híbridos de jardín, rizomatosos, que soportan bien la sequía), etc. Lo que no funciona, me parece, es la imitación literal. En cuanto al shishi-odosi, resulta tan extraño en un jardín de Madrid como, no sé, ¿un botafumeiro?

Brsch

Entre noviembre y diciembre

brsch en la mesaAsí, de carrerilla, sin vocales ni articulaciones donde pararse a tomar aire, como si abriéramos de golpe un grifo que llevara tres años atascado, así se decía en ucraniano antiguo “remolacha”. Brsch  – nos  asegura google, pronunciando /borsch/-  es también el guiso que se prepara con ella. En LRO plantamos remolachas  todos los años. El grillotopo suele comerse alguna, en especial las de la primera tanda (en primavera) pero no las devora con esa ansiedad paranoica con la que ataca, por ejemplo, las cebollas. Las de este año son de la variedad “Detroit”, compradas en plantón a Hortiaroma.  Redondas y muy dulces.  Les lleva  tres meses (o más) acabar de engordar. Les gusta el suelo muy rico, como a las patatas. Fresco, desde luego, pero hemos observado que aguantan el calor mejor de lo que suponíamos. Al arrancarlas las metemos en bolsas de papel, con las hojas y todo, y las guardamos así envueltas en la parte de abajo de la nevera.

Al brsch, por lo que leo, se le puede echar carne o no. Pollo, tocino, buey, cordero: lo que a cada cual le apetezca. O nada. Se le puede pasar la batidora o no (1). Vale con tomate y también sin él.  Hay quien le pone col. Hay quien le pone puerro. Hay quien le pone puerro y  apio. Se supone que ha de hacerse con mantequilla, que será lo suyo en esas tierras eslavas. Pero no son pocos los que recomiendan hacerlo con aceite…de oliva. Unos le echan yogur, otros nata agria, otros ni una cosa ni la otra. En una página dedicada a las sopas ucranianas leo que también se le puede añadir pampushki, pirozhki,  galushki, vatrushki…
Conclusión: el brsch es un plato sociable y generoso en el que, mientras predomine la remolacha,  uno puede ir echando TODO LO QUE ENCUENTRE ESE DÍA EN LA NEVERA.
ingredientes borsch
En casa  hacemos un brsch modesto, sin galuski ni piroski.  La receta es como sigue:
Se doran en mantequilla un par de cebollas picadas; se incorpora  la remolacha cruda cortada en rodajas finas (un kilo largo), se revuelve  y se le añaden un par de patatas también muy troceadas; si hay col se le echa, pero si no la hay nadie bajará a comprarla…Una media hora antes hemos puesto a cocer unas alas de pollo o unos huesos de buey (que serán la merienda de los perros), con una zanahoria buena, una penca de apio, y  un puerro gordo (o tres finos).  Una vez retirados los huesos  y la penca de apio, se vierte el caldo en la olla donde estaba dorándose la remolacha. Se le  mezcla medio tarro de nuestra salsa de tomate casera.  Y se deja cocer todo a fuego bajo, con la olla tapada, una hora bien a gusto. Aquí sí le pasamos la batidora. Al servirlo –muy, muy caliente- le añadimos en el plato una pella de nata fresca. Se le pica un poco de perejil por encima, y a la mesa.

NOTAS
(1) Los puristas dirían que NO

Palabros (2)

la turbera antes y despuésTurba. En el colegio, en la EGB de antes (ahora ya no lo sé) nos hacían memorizar la serie “ antracita, hulla, lignito, turba”. Millón de años arriba, millón de años abajo, todo venía a ser lo mismo:  fósiles vegetales sepultados, de cuando la tierra era verde hasta en los polos.  Las turberas son inmensos yacimientos de esos fósiles, esfagnos (un tipo de musgo) en su mayor  parte,  que se han acumulado en zonas cenagosas y frías, permanentemente encharcadas, es decir, sin aire.  Los organismos descomponedores que trabajan en un bosque templado no pueden de ninguna manera trabajar ahí. Los que lo hacen son otros (bacterias “an-aerobias”), y el producto final, como era de esperar, también es otro. En las turberas los restos orgánicos  no se descomponen y forman humus, liberando lentamente sus componentes. En la turbera no hay “humi-ficación”  sino “carbonización”. Otra historia. El resultado de la acumulación de esos restos, durante miles y miles de años, es un colchón de fibras compactas. Como esponjas comprimidas, muy fibrosas y ligeras pero muy pobres químicamente (¡no hay humus!). E inertes. Esto es, un material perfecto para las raicillas de las plantas recién germinadas. Por eso se usa tanto en los viveros de producción y es un componente básico de los “sustratos universales” para macetas (en los restantes sustratos, aunque en menor proporción, también suele estar presente).

…Y todo estaría muy bien si no fuera porque la extracción industrial de turba para jardinería ha provocado la desaparición de marismas  enteras en el norte de Europa, paisajes frágiles donde crece (crecía) el rosolí y cría (criaba) el gallo lira. Una loncha de turba de un metro de espesor de esta turba (la extraen con palas excavadoras) ha tardado 1000 años en formarse. Y esa misma turba, ese tesoro delicado, se va después a rellenar nuestras macetas de geranios. Como efecto secundario –por si  este desaguisado irracional  no fuera suficiente- la extracción de la turba libera a la atmósfera toneladas de CO2 .

gallo lira en una turbera

 (Foto de Erlend Haarbeg para el blog wild-wonders.com)

ATENCION pues a los “sustratos universales” (y a todos los demás también) que vamos a comprar.  Cada casa comercial tiene su receta.  Al leer la etiqueta hay que fijarse  sobre todo en dos cosas:

  1. Proporción de materia orgánica y procedencia de la misma; normalmente no la llevan; la reemplazan por abonos minerales, es decir, por el “bote de micebrina” (véase post anterior). A más vegetal, más calidad.
    2.  ¿LLeva turba?; seguro que sí;  en España es difícil encontrar sustratos sin ella.

Conclusión: lo que solemos comprar en los dichosos “Garden Center” es una esponja de turba triturada a la que le han agregado/inyectado abonos minerales.   Limitándonos por un momento al aspecto jardinero del asunto,  lo recomendable  sería  mezclar el sustrato con “tierra” de verdad, para que el producto final sea más consistente, pues una vez que se seca la turba no hay forma de rehidratarla (el agua corre maceta abajo, sin que nada la frene), y una vez que se consume la micebrina, que lo hará en un visto y no visto, ¿qué hacemos?; ¿empezamos otro bote, y otro…?.  La tierra del jardín lleva también hongos y bacterias (y otras cosas) que le darán vida al sustrato (larga vida, lo que NO nos ahorrará tener que cambiarlo algún día, bastante después, cuando las raíces crezcan y el aporte de materia orgánica se reduzca/detenga –en una maceta es lo normal : no caen hojas ni vienen los animales a anidar…)
drosera rotundifoliaPero el párrafo anterior, en realidad, SOBRA.  A base de romperme la cabeza una y otra vez, y de agobiarme pensando en el rosolí (una especie de Drosera, planta carnívora, la alta-tecnología del mundo vegetal; la foto procede de wikipedia)  he llegado a la conclusión de que lo mejor  es  que cada uno se haga propio “sustrato” para macetas, mezclando tierra limpia del jardín con un puñadito de humus y, si  hiciera falta aligerar la mezcla, con un poco de fibra de coco (la venden en todas partes; son como un ladrillo marrón, que hay que deshacer en un cubo de agua antes de usarlo).  Pero incluso la fibra de coco (o similar) se puede reemplazar por mantillo casero de hojas secas, no completamente desmenuzadas (a medio camino).

Y una última cosa. Lo de verdad importante, lo esencial  de toda esta película, es preguntar una y otra vez en las tiendas por sustratos SIN TURBA, dar la lata en Atención al Cliente, patalear, y no llevarse jamás uno de esos sacos de “sustrato universal” en los que, aunque ni el vendedor lo sepa, van incluidos los huevos del gallo lira,  las flores del rosolí, de las andrómedas, las llanuras brumosas del Mar Báltico, y hasta una porción  de los frondosos bosques tropicales que ocupaban nuestro hemisferio antes de las glaciaciones.

organic and peat free vegetable compost

Foto: en este vivero inglés el sustrato más vendido es el “compost libre de turba” (peat free). De modo que el producto existe; sólo falta que nosotros, como consumidores, lo exijamos. (Por cierto, en la etiqueta de la foto se especifica claramente que el compost es vegetal, es decir, puro mantillo.)

NOTAS
En los paises europeos firmantes de la red Natura 2000 ya no se permite la extracción de turba. En la actualidad el gran proveedor de nuestros mercados es Estonia.
La primera foto procede de pronatura.ch. A la derecha, la turba virgen. A la izquierda, la explotación industrial.

Palabros (1)


Entre el 2006 y el 2008 estuve contratada como profesora de  jardinería en los Talleres del Parque de la Fuente del Berro (Madrid).  La mayoría de los alumnos eran jubilados, prejubilados, amas de casa, con las mañanas desocupadas y muy buena disposición. Empezábamos  muy serios, hablando del tema programado para ese día –“el riego por goteo”, “las plantas de rocalla”…-  pero siempre, siempre sin excepción, terminábamos por los cerros de Úbeda (la trilla en Segovia, la mermelada de limón…). Así que, al mes de empezar, me propuse como único objetivo realista de aquel curso  que mis alumnos aprendieran a usar bien las palabras del siguiente listado:

Sustrato.
Sería sinónimo de” soporte”, es decir: “cualquier cosa”. Cada sustrato es una mezcla de diferentes ingredientes. Tendríamos que leer la etiqueta antes de comprarlo para ver si esa mezcla sirve –o no- para lo que ese día queremos hacer con ella (por ejemplo, a los rosales les gusta un sustrato pesado y rico; a las azaleas uno más ligero y ácido, etc).  Sí, las casas comerciales – Compo, Burés, etc- ofrecen sacos de «sustrato universal». Hablaremos de él al final del post.
Tomasiño cargando tierraTierra. Así, sin más, la tierra  que tenemos bajo los pies es un compuesto en parte mineral (partículas más o menos gruesas, procedentes de la fragmentación de la «roca madre» que está ahí mismo, bien abajo) y en parte orgánica (lo que resulta de la descomposición de restos vegetales y animales). Más el agua y los gases. No todo es tierra sólida: no habría vida en ella. En el agua están disueltas las sales minerales que las raíces absorben.  Esas sales proceden en su mayoría –como los gases- de la parte orgánica descompuesta (las moléculas se rompen y va saliendo de todo: el carbono, nitrógeno, etc,  en diferentes combinaciones, listas para que la planta los aproveche).

Mantillo. Son restos orgánicos, en su mayor parte vegetales (si no en su totalidad), que se encuentran en fase de descomposición  avanzada.  Toda la “tierra” fértil ha de tener, pues, su parte orgánica.  El mantillo del bosque es esa capa de hojas húmedas, musgos, hongos, plumas, excrementos…que huele tan bien en otoño. En su fase final de descomposición (una legión de invertebrados y microorganismos la llevan a cabo), la fracción más rica y concentrada, la “quintaesencia” del mantillo descompuesto, es lo que podríamos llamar “humus”.   El mantillo aparece descrito a veces como “enmienda” orgánica:  como es vegetal, como tiene  fibra, mejora de forma estable la estructura del suelo (la “física”), haciendo que retenga mejor el agua (lo justo y necesario, sin encharcar), facilitando al mismo tiempo la aireación y la vida de los microorganismos.  Al terminar la descomposición también mejorará la “química”.
NOTA: hay otras enmiendas además de las orgánicas; enmiendas calizas, por ejemplo, para corregir el pH del suelo cuando es muy bajo…

Compost.
No debiera ser nada. No es palabro castellano. Es un anglicismo que casi siempre reemplaza a mantillo. Y sin embargo… cada vez se usa más con un significado propio, diferente de «mantillo», en el que predomina el componente vegetal. «Compost» se usa, pues, como «producto de la descomposición de la materia orgánica de diferentes orígenes  y producido en un compostero controlado» (quiere decirse: no en un montón abandonado  donde se echan a la buena de Dios los restos de la cocina, los excrementos del perro…eso, así, sólo vale para atraer a las ratas al jardín).

esterco de cabalo espallado pola horta

Abono orgánico. (Foto: estiércol de caballo cubriendo lo que queda de la huerta en invierno; lo suyo sería taparlo bien con una buena manta de hojas secas).  El abono orgánico,  el que compramos como tal, en realidad está formado casi exclusivamente (“casi”, según lo que nos vendan en cada caso…) de restos orgánicos animales. Estiércoles deshidratados. Muy ricos químicamente –no sólo en los tres “macronutrientes” imprescindibles, N, P, K-  pero no siempre estables en el suelo o no siempre disponibles para las raíces (la capacidad de asimilar ese alimento depende del estado del suelo y de la planta; si éste es malo, el abono no hace nada; sería como ofrecerle una mariscada a un enfermo terminal). Por otra parte, los abonos fuertemente nitrogenados -y los orgánicos, con matices según el origen, lo son-  duran un telediario (en realidad, la estabilidad del N depende de su forma de presentación: amoniacal, nítrica…pero como principio general creo que vale). En conclusión: un abono mejora la alimentación de la planta (siempre y cuando todo vaya bien), pero una “enmienda” –mantillo, humus- mejora  las condiciones del suelo (y a la larga, lo hemos visto, también la alimentación).  El abono es “química” y para  ya; la enmienda es “física y química”, y para un buen rato.
NOTA: Además de los abonos orgánicos hay abonos minerales, que, de hecho, son los que más se venden. La diferencia entre unos y otros es la que va de un plato de lentejas con chorizo a un bote de Micebrina

                             (Continuará. Palabros 2: turba)