Honorables rosas chinas

23 de noviembre 2011

Rosa chinensis ‘Mutabilis’ frente a la casilla de La Rama de Oro, un veinte de octubre, y en la parte trasera del Museo del Quai Branly, en París, a finales de septiembre.

También en LRO la floración de las rosas `Mutabilis’  remonta en otoño, pero no es ni la sombra de lo que fue entre abril y junio. Me imagino que las cosas serían diferentes si regara intensamente todo el verano, pero no quiero hacerlo. He comprobado que estos rosales están fuertes, y muy sanos, con un riego semanal durante julio y agosto. Es suficiente. Si la floración es algo menor que en primavera lo asumo como algo normal  Regarlos más no sólo no está previsto en el “régimen de aguas” de LRO; es que me da en la nariz que… que sí tendrían más flor en septiembre, pero seguramente también más oídio y más marsonia (“mancha negra”).

Ese espacio frente a la casilla, orientado al este, era un terreno en pendiente hacia las viñas. Levantamos un pequeño muro de piedra y lo rellenamos con la tierra procedente de la excavación del estanque. Es una tierra pesada, que mezclamos –¡por añadidura!– con varios sacos de tierra también arcillosa (muy rica y ligeramente caliza) procedente del jardín de uno de mis clientes. Por la tarde la propia casilla proyecta su sombra sobre el macizo, así que la evaporación se reduce en las horas más calurosas. Al pie del muro, pero por dentro, colocamos en su día un tubo de drenaje perforado, que recogiera el agua excedente y la evacuara por un saliente en el punto más bajo. La idea era proteger los cimientos del muro y, de rebote, evitar que las raíces de las plantas se encharcaran.

Estos rosales ‘Mutabilis’ –cuyas flores van pasando del amarillo melocotón al rosa pastel o magenta– están plantados en compañía de una jara blanca, varias estipas y media docena de verbenas de Buenos Aires. El pasado año añadí otro rosal chino, un ‘Old Blush China’, que es igual de remontante que el `Mutabilis’, con hojas igualmente pequeñas y apuntadas, ¿y quizá un poco más fragante? (nada del otro mundo, en cualquier caso). Cuentan los manuales que este ‘Old Blush’ fue uno de los primeros rosales chinos en llegar a Europa, gracias al capellán –de origen sueco– de un barco de la Compañía de las Indias Orientales. El rosal salió de la provincia china de Guangzhou y llegó por mar hasta Uppsala en la segunda mitad del siglo XVIII, dejando maravillado a todo el que la contempló. Por entonces pocos imaginaban que pudiera existir algo así: rosales floreciendo durante meses y no sólo entre mayo y junio… Se piensa que el rosal ‘Mutabilis’ llegó casi un siglo más tarde, tal vez procedente de la misma provincia china (para ser precisos: del mismo vivero chino), pasando primero por la Isla de la Reunión (escala comercial de muchos barcos), por los jardines de la familia Borromeo en el Lago Como después, y de ahí, finalmente, a Ginebra, a las manos del botánico y viverista Henri Corrévon, al que se atribuye el inicio de su comercialización por Europa. (1)

Así que mis rosales  pertenecen a una vieja estirpe aristocrática, oriunda de Guangzhou. No se puede pasar junto a ellos sin hacerles un saludo reverencial agachando la cabeza. Esto debe saberlo, y respetarlo, todo el que se acerque por LRO…

En verano, cuando los rosales se aletargan un poco, las verbenas toman el relevo. Cada pie de verbena dura unos dos años, pero aunque fueran anuales daría lo mismo porque se resiembran solas con mucha facilidad, de forma que, para tener siempre en flor el macizo, me basta con trasplantar esas pequeñas verbenas cuando ya miden un palmo. En la parte de delante, entre las piedras, hay Erigeron karvinskianus y un pie de Gipsophila en la parte del muro que da al pilón. En el capítulo de las marras habrá que anotar dos hinojos de color bronce. ¡Qué bien habrían quedado mezclados con las rosas Mutabilis! (así los vi en un libro de J.P. Collaert). ¿Era demasiado pesada la tierra para unos hinojos?. Como no estoy ni mucho menos conforme con este fracaso, volveré a intentarlo en cuanto pueda. Para terminar, en las dos esquinas del macizo hay romeros rastreros. Tanto más sanos y florecientes –prácticamente diez meses al año– cuanto menos caso se les hace.

 (1) La historia más completa y coherente de las rosas chinas en Europa la he encontrado en este libro: La Rosa, una herencia de color, de Peter Harkness. Ed. Cartago 2005.

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Gilles Clément + Paris

Septiembre 2010

Los tres grandes jardines que Gilles Clément ha diseñado en la Ville de Paris, por orden cronológico:

1. Jardines del Parc André-Citroën, en las antiguas fábricas de montaje de automóviles.

2. Jardines del Museo de Etnología del Quai Branly.

3.Jardines del Arco de La Défense, entre los cementerios de Puteaux y Neuilly.

Los visité en septiembre del 2010. A los tres es sencillísimo llegar, caminando desde el centro al Quai Branly, y en transporte público a los otros dos. Lo que reproduzco a continuación es una selección de fotos y de anotaciones que hice sobre la marcha. Para el que tenga prisa: si hay que escoger uno, sin duda el jardín que rodea el museo del muelle Branly, porque el museo –un capricho de Jacques Chirac, amante y buen conocedor de las culturas orientales– es en sí mismo una visita obligada, recomendable contrapunto del Louvre, que está tan cerca.

Coloco las fotos en el orden en que yo los vi (2-1-3), con la luz de por la mañana en el Quai Branly, y casi a tientas en La Défense.

El jardín de G.Clément para el Museo de Etnología del Quai Branly:

El edificio, Jean Nouvel; la fachada vegetalizada, P. Blanc (el que hizo en Madrid la fachada de Caixa Fórum). Lo primero, los pavimentos (cuando la tentación sería la de levantar la cabeza, aunque sólo fuera por la omnipresencia de la vecina Torre Eiffel). En todos hay mezcla de materiales (incluso pequeños objetos incrustados en trocitos de cristal) y en todos se escapa de la regularidad. Nada más entrar, las masas de miscantus, que con sus espigas llegan a medir dos buenos metros. Todas las plantaciones en masas: de helechos, de hippuris. Plantas de ribera, de sombra, de suelos frescos, como corresponde a la orilla del Sena. Pero los miscantus –y otras gramíneas– así como la densidad de plantación producen la impresión, nada más entrar, de estar en un lugar exótico, como el propio museo (piraguas polinesias, máscaras ceremoniales del Congo.). Del otro lado del museo, es decir, mirando al oeste, plantas que buscan la luz, como esos rosales chinensis ‘Mutabilis’, gemelos de los de La Rama de Oro. Y el cierre, con juncos de hierro (sólo pasan los patos, haciendo fintas entre los barrotes).

El jardin de G. Clément en el Parc Citroen:

Está envejeciendo, pero con bastante dignidad, creo yo, si se piensa en que es un parque de verdad: un parque con gente, niños corriendo, perros, parejas escondidas –o no– detrás de los setos. Jardines temáticos, por colores (plata, oro…). De nuevo los miscantus, que en esta época del año no saben pasar desapercibidos. Las fotos 3 y 4 están sacadas desde el punto más alto y más bajo del talud: si las espigas no se cortan, y a menos que la nieve las venza, durante todo el invierno aprehenderán y desprenderán luz, como linternas a pleno día. Y el “jardin en mouvement”, lo más provocador, incluso tantos años después. Lo que en Francia llaman “friche” aquí lo llamaríamos despectivamente “descampado”, (con connotaciones que no tendría un simple “terreno inculto”). Pero no es eso. Las manos de los hombres –por suaves que sean– pasan también por este trozo del parque, e incluso al decidir “rien faire” se está interviniendo (y a mí me parece que en la buena dirección). Por lo demás, imagino: sólo retirada de basura –que algunos días no será poca, visto el gentío– y pequeños, pequeñísimos desbroces puntuales aquí y allá. Y ya sólo queda sentarse a observar la sucesión ecológica, sin más. Pero lo que en La Rama de Oro es tan fácil aquí, en el centro de París, se convierte en un desafío (¡mayúsculo!) a la educación estética que –con los pertinentes matices nacionales– hemos recibido todos. ¿Lo permitirían si todo el Parc Citroen, o un parque de extensión equivalente, fuera jardín en movimiento?. ¿Lo permitiría la Sra. Ana Botella, nuestra concejala de Medio Ambiente?. Mucho me temo que no, que esto es sólo una excepción consentida (eso que se llevan los saltamontes y pajarucos del barrio).

El jardín de G. Clément en La Défense (de la inmensidad que este barrio, en el que hasta un mirlo ha de echarle valor para venir a hacerse un nido, G. Clement ajardinó, en concreto: “Les jardins promenades à l’ouest de L’Arche”):

Se nos hizo de noche. Pero llegamos a tiempo para ver, también aquí, los dibujos en el pavimento, los macizos desiguales y densos, las tapizantes y gramíneas a discreción. Masas de gunnera, de helechos, nandinas…  Un poco más allá, el cementerio, justo al pie de las moles de cristal y hormigón, de los que le separa un seto (un seto espeso, creo que de tejo, pero no sé si suficiente para amortiguar la impresión). Y si uno levanta la cabeza, más rascacielos, bloques de oficinas, infraestructuras sin terminar colgando literalmente en el vacío…