Matemáticas verdes

(Continuación del post «Andrés, hijo de Juan, hijo de Pedro»)

…¿Cómo se come todo esto? ¿Puede la misma persona diseñar jardines formales y adorar al Lorenés?. Parece que sí.
I. En las historias escolares la ecuación es sencilla: «Francia, jardín formal, jardín arquitectónico, Le Brun, orden, sometimiento de la naturaleza, racionalismo, S.XVII»  versus   «Inglaterra, jardín natural, jardín pictórico,  Claudio de Lorena, desorden, naturaleza libre,  empirismo, S.XVIII». Y hay quien añade a la serie las inevitables connotaciones morales: la línea recta es conservadora y absolutista; la línea curva es progresista y liberal. Pero si uno afina la vista, el oído, y hasta el olfato (y deja en el cajón ciertos prejuicios), enseguida se dará cuenta de que nada es tan simple.
Primero, ¡atención!, ni la geometría tiene por qué ser «mala» ni los jardines formales «reaccionarios»… Pero esto lo dejamos para un poco más adelante. Segundo, ¿eran de verdad tan  rígidos los jardines de Le Nôtre que en ellos no había cabida para el azar, tan absolutamente inhumanos en su escala y concepto, tan «tristes y estériles (A.Baraton) que excluían la sorpresa, el juego, la douceur de vivre…?.
La historia de un jardín es una historia de seres vivos -hombres, animales y plantas mezclados- todos ellos diversos, y complejos, y cambiantes por definición.  Los árboles de Le Nôtre crecieron tanto que hacia 1725 ya no había manera de meterlos en vereda. Y el hombre que los plantó sabía que acabaría pasando eso. Sabía que las vistas se convertirían en «entre-vistas», y que en muchos lugares las líneas rectas quedarían ocultas. En cuanto a los parterres bordados (broderies, casi siempre de boj, o de una sola variedad de flor), el cronista de la Corte, Saint-Simon, nos informa de que a Le Nôtre le aburrían… Toda la vida, desde niño, había estado dale que dale, primero ejecutándolos, después diseñándolos él mismo. No le gustaban , dice Saint-Simon porque no se podía pasear por ellos. Y los jardines son para «ser paseados», no sólo contemplados (como  seguramente piensan los que ven en Versalles un puro ejercicio intelectual); de hecho, todo el diseño  fue concebido en función de la promenade, que el propio Rey Sol describiría en un célebre opúsculo. Al caminar, los diferentes elementos iban apareciendo poco a poco: un nuevo punto focal, una escultura especialmente hermosa (o especialmente cargada de significado, que quizá sólo captara la nueva amante del Rey…), o una orquestita que salía de detrás de un seto cuidadosamente recortado.  En ese diseño el parterre era necesario para rellenar los inmensos espacios entre escaleras, terrazas, bosquetes. A Le Nôtre le cansaban, pero entendía su función. ¿Con qué reemplazarlos sin alterar por completo el conjunto, sin interrumpir las vistas dominantes ni llamar la atención más de lo imprescindible?.   Chateau_Versailles_and_the_Grand_Canal_(Photo,_13-06-2010).jpegOtras cosas. En el supuestamente inmutable jardín del orden y el rigor matemático, veintitres hectáreas de cielo imprevisible se reflejaban en la superficie del Gran Canal: «..el canal refleja las nubes, la luz, todo lo que pasa, a la velocidad que le plazca al viento… le pur éphémére..» (E. Orsenna, op.cit. p.78). Y aún más efímera y- más reñida con la línea recta- era el agua en movimiento . Para un visitante de hoy es difícil imaginar lo que era Versalles en el XVII, porque habría que poner a funcionar (y se hace sólo a medias, los fines de semana de verano) todas las fuentes e «ingenios» hidráulicos que se repartían por el jardín, acompañando con su música el paseo del visitante…

II. Volvemos ahora al primer asunto. La geometría. Yo creo que todos llevamos dentro un similar deseo de luz y de orden, que se expresa de diferente manera y/o en diferentes grados según el temperamento de cada cual, pero que suele reactivarse, precisamente, cuando las cosas no van del todo bien.
El mundo que produjo a Le Nôtre es el que acababa de despertar de las guerras de religión y – apenas empezaba a aclararse el agua del Sena, que había corrido roja durante años- de las guerras de la Fronda.  Andrés creció entre tiros, estocadas, hogueras, cadáveres embarrados por esas callejas -sucias, sucísimas- de lo que hoy es el centro de París.  Fuera de las ciudades, el norte de Europa era todavía un mundo de bosques y ciénagas, ya en rápida disminución,  pero todavía cerrado: ¡y peligroso.!  El jardín era exactamente la antítesis de todo eso. Como los versos alejandrinos o la música de Lully. Era una forma de plantarle cara a la barbarie, no sólo la de los hombres enfrentados entre sí, sino también de la propia naturaleza,  amenazante e informe

Líneas rectas en LRO

Líneas rectas en LRO

III.  No es de extrañar, pues, que el mundo que produjo a Le Nôtre fuera también el que produjo a Descartes y a Spinoza. Líneas rectas, matemáticas:  para sugerir, por ejemplo, que en las cosas del mundo sublunar la razón va primero y la fe después…Esas líneas rectas del XVII, símbolo del amor a la ciencia, llevaban directamente a las Luces del XVIII. Y el romanticismo, tan liberal en ciertos aspectos, no dejaba de tener una cara oscura, una inclinación nostálgica y peligrosa hacia el pasado (lo veremos en otro post: por ejemplo, la afición de H.Walpole a las falsas ruinas ¡góticas!).
Tengo en alta estima a Monsieur Le Nôtre. Entiendo perfectamente su (humanísima) voluntad de poner orden en un mundo caótico.  Y creo que esto no es incompatible con la necesidad de recordar, ahora, que la utopía del «progreso ilimitado»  tocó fondo hace tiempo, dejando bien a la vista las limitaciones que encerraba. Nuestros dramas de hoy. Nosotros, los que  sufrimos por encontrar un sitio en el parking tumultuoso de Versalles, al que llegamos por una carretera asfaltada, con alumbrado público,  con uno o dos móviles a bordo, protegidos y bien desayunados… no sabremos nunca lo que es un bosque de verdad. Nos hemos quedado sin ellos; incluso sin su recuerdo. Y hasta los setos y la maleza que uno ve por el camino parecen guiñapos, retazos marginales de lo que debieron de ser en otros tiempos. La naturaleza hoy, aquí, es cualquier cosa menos amenaza. Todo es claridad cegadora. Mineral y humo. Todo es descampado, es decir, solar de próxima construcción…Los animales escapan. Van desapareciendo, simplemente, porque ya no tienen donde meterse. ¿Cómo podríamos encontrar consuelo en un jardín tan estricto, hecho de terrazas, fuentes, esculturas, senderos de grava, ánforas, escaleras, que no son ya lo que andamos buscando, lo que necesitamos?.  Le Nôtre era un hombre de su tiempo como nosotros lo somos del nuestro.  Sus jardines son una respuesta perfecta -un prodigio de buen gusto y serenidad- para el tiempo que le tocó vivir.  Y todavía hoy, en momentos particularmente convulsos, sentarse junto a un «charmillo» de Versalles puede calmarle a uno los nervios…  Pero por todas estas cosas, en realidad, también se puede juzgar con escepticismo la obra  de determinados paisajistas contemporáneos, que  han olvidado la hora que marca el reloj y que – al margen de consideraciones estéticas- continúan ajardinando enormes espacios sin prestar atención a a lo más urgente: la creación de ecosistemas viables, tan «biodiversos»  y autosuficientes como sea técnicamente posible (hasta una mediana abandonada nos dice más cosas, a día de hoy, que , por ejemplo, esas anchas avenidas asfaltadas del Parque Juan Carlos I, en Madrid…).
rangee_arbres_w650_h441Nuestra naturaleza animal echa de menos la libertad desordenada del bosque. En nosotros, que hemos nacido tan tarde, hay una desproporción de luz y sombra (de intelecto e instinto, o como cada cual quiera decirlo) inversa a la que se daba en el todavía agreste siglo de Le Nôtre. Por eso, en mi opinión, a algunos les  chirría ese despliegue de geometría y disciplina.  Porque, si no hacemos el esfuerzo de ponernos en la piel de un hombre del XVII, siempre veremos esas cosas como un yugo, no como una liberación. No como la geometría balsámica que sin duda era entonces, pues hacía olvidar  a un puñado de hombres del XVII el horror y el caos circundante, horror y caos que ellos (un grupo de privilegiados, sí)  veían materializados en el lodazal que había sido Versalles antes de ser jardín… o en esos bosques impenetrables, oscuros, llenos de peligros muy, muy reales, que tenían que atravesar cada dos por tres, y que nosotros -¡aunque a ellos les costaría trabajo creerlo!-  jamás de los jamases conoceremos ya.

                        (Continuará en el post:  «Peligro: curvas»).

NOTAS

Bibliografía básica, además del estupendo libro de Orsenna: Todos los jardines del mundo, de G.Van Zuylen, Gallimard, 1994. Y Grandes jardines de Europa, E. Kluckert, K¨önemann,2000.
La foto del los castaños de indias de Versalles (salvados de la terrible tormenta de diciembre de 1999)  es de Isabelle Rodrigues («France in photos»).

Andrés, hijo de Juan, hijo de Pedro

Sea-Port-at-Sunset-1639-xx-Claude-LorrainClaude Gellée, llamado «el Lorenés»: Puerto de mar al ponerse el sol.1639

I. Este es uno de los cuadros que el jardinero de Luis XIV,  André Le Nôtre, contemplaba por las noches cuando se sentaba a cenar en compañía de Francisca, su mujer. Quizá también le echara un ojo por las mañanas al salir a trabajar,  antes de calarse el sombrero y cerrar el portalón que daba a la calle. No era el único cuadro de Claudio de Lorena que poseía: una Fiesta campesina – de buena mañana, bajo el enorme roble de rigor- colgaba junto a los veleros y el sol poniente.  Y en su colección había además tres Poussin, varios Domenichino, dibujos de Rafael, de Rembradt, de Rubens… Todo un patrimonio, fruto del trabajo ininterrumpido durante más de setenta años al servicio de los reyes y «grandes» de Francia. El único vicio de Andrés, o mejor, la única libertad que tal vez podía permitirse en su vida privada, era precisamente ése: comprar cuadros y objetos hermosos, para contemplarlos siquiera unos minutos antes de volver al chantier (Saint-Germain, Chantilly, Sceaux… y siempre y en todo momento, Versalles).  Pero M. Le Nôtre también había invertido en títulos de renta y bienes inmobiliarios. A su muerte, con 87 años, el jardinero de Luis XIV dejaba tras de sí una pequeña fortuna que ningún hijo heredaría: Andrés, hijo de Juan, hijo de Pedro, todos ellos jardineros, podía hacer vivir árboles y flores (incluso esos olmos y robles tres veces centenarios de los que el Rey Sol se encaprichaba, y que había que arrancar, y transportar en carretas hasta Versalles, y sacar adelante como fuera) pero no podía hacer vivir a sus propios niños; ni a su primogénito, Jean-François, ni  a los otros dos que le siguieron.
Andrés plantaba robles, tilos, carpes. Contemplaba los crepúsculos del Lorenés.  Enterraba a sus hijos. Y a lo mejor se consolaba pensando en ese sobrino-nieto tan querido, Claudio, al que había ido enseñando todos los secretos del oficio. Claudio, el nieto de su hermana Isabel, se curtiría como jardinero en las Tullerías, bien entendu, y después ya se vería... Y también  estaban ahí sus dos sobrinas, hijas de su otra hermana y de Simon Bouchard,  el responsable de la Orangerie: cuando su padre muriera, esas niñas seguirían ocupándose de meter a cubierto, cada mes de noviembre,  los naranjos e higueras itinerantes del Rey Cristianísimo.

220px-Andre-Le-Nostre1Un día de 1700, cogidos del brazo, cada uno con su bastón en la mano libre, esquivando charcos aquí,  pisando despacio los adoquines allá para no trastabillar (pasaba él de los 80, ella de los 70) Madame y Monsieur Le Nôtre  cruzaron juntos las calles de París para ir al notario.  La señora Francisca, con su sólido sentido común y no poco retintín,  insistió en añadir este párrafo al testamento: » …Y hace constar que es la referida dama, su esposa, quien se ha preocupado por conservar los bienes que poseen, gracias a su buen gobierno y economía, habiendo sido siempre el referido testador muy proclive a gastar dinero para su gabinete de arte, sin pensar en ahorrar, etc» (1). En el testamento, sin embargo, no estaban ya los dos cuadros del Lorenés que Le Nôtre había comprado. El jardinero sin hijos se los había regalado al rey Luis, como los tres Poussin de su colección, hacía ya siete años . Y por ese motivo -por el hecho de haber pasado enseguida a las colecciones reales- hoy podemos verlos nosotros en el Louvre  (segundo piso, ala Richelieu, sala 15; en el catálogo virtual del museo se dan todos los datos: http://www.cartelen.louvre.fr ).

II.  Bueno. Le Nôtre había estudiado matemáticas y arquitectura en La Gran Galería del Louvre. Tenía mano para el dibujo. Y no digamos ojo. Él era el maestro jardinero que analizaba la topografía, diseñaba, preparaba los planos, organizaba los suministros, y dirigía cuadrillas de miles de hombres, a los que, según conviniera, ordenaba podar, regar, allanar, recrecer, retirar, abonar, trasladar, reponer… Todos los grandes jardines de Francia pasaron por sus manos entre 1650 y 1700, desde las Tullerías, donde se formó – con su padre y  con su abuelo-, hasta el último rincón del último bosquete de Versalles. Con más de treinta  jardines en su haber, André le Nôtre entraría en la historia de la jardinería como idólatra de la línea recta, la simetría, y el parterre «a la francesa». 750px-Versailles_Plan_Jean_DelagriveCabía esperar, pues, que las generaciones de la segunda mitad del XX no se sintieran demasiado a sus anchas en este tipo de jardines, percibidos como algo rígido y monumental,  lejanísimo, ajeno a nuestros referentes estéticos de hoy.   Pero el error, en mi opinión, está en juzgar Versalles -o cualquiera de sus hijos e hijastros- como si nosotros y nuestras circunstancias del XXI fuéramos a instalarnos en él mañana. ¿Qué sentido tiene acercarse con prisas, con poca y/o mala información (a codazos entre otros miles y miles de turistas, todos en bermudas, todos despistados) para acabar soltando un apático  «me gusta» o «no me gusta»?.  Si todavía vale la pena hacer cola junto a la verja de entrada (y  yo creo que sí)  es para preguntarse cómo pensaban, amaban, soñaban, se distraían, morían…. los hombres y mujeres  que crearon semejante jardín, y para preguntarse finalmente si, a pesar de las diferencias, ¿hay algo que podamos compartir todavía ese señor de la peluca y nosotros, a tantos siglos de distancia?. Admitida la dificultad inicial (que se supera, me parece; es como leer la Ilíada sin estar acostumbrado al lenguaje de la épica clásica: pasados los primeros cantos, el resto va rodando), lo que no se entiende bien es que alguien se permita, con una altivez y una falta de sentido histórico asombrosos, poner verde al susodicho Andrés:  »  … toda su obra está empapada de tristeza. Esos árboles domeñados parecen sumisos, sin vida, estériles, y son la viva imagen de ese hombre que, aún habiendo hecho fortuna, vivió como un criado y murió sin hijos (…) Cuando contemplo esas largas avenidas sin vida, ese rostro austero de labrador disfrazado de noble, mi corazón se queda helado y la incomprensión domina (…)».  El que lo firma no es ningún mindundi; es A. Baraton, actual director de los jardines de Versalles (2). Más adelante todavía le dedica unas líneas  a su falta de vocación jardinera («il est plus un architecte»), a su falta de originalidad, y a su nula evolución: «...tuvo el inmenso mérito, gracias a Luis XIV, de hacer posibles las ideas de Boyceau y de Mollet. Pero él no era un creador… Tenía amigos, medios, un rey que le adoraba… y en todo eso yo no veo al genio por ninguna parte, etc«. (2).  Baraton piensa, en definitiva, lo mismo que un alto porcentaje de esas hordas de turistas. Es el viejo prejuicio contra el orden clásico, nacido en el ocaso del siglo, apenas terminado de plantar el último bosquete del Trianon…

III. Es sabido que los jardines de Le Nôtre  serían furiosamente criticados por la generación siguiente, la de los «paisajistas ingleses». Sí. Pero estos mismos paisajistas dieciochescos iban a elevar a los altares a …¡Claudio de Lorena!, cuyos paisajes «sublimes» consideraron desde el  principio como el modelo  a seguir; es decir, a reproducir sobre el terreno, pues «crear un jardín es un pintar un cuadro » (A.Pope, gurú del jardín inglés). Paradójicamente,  el hombre que se había empapado cada día de su vida con esos paisajes pre-románticos, esa luz oblícua, ese permanente interrogante que flota en la línea de los horizontes del Lorenés, era el padre de la geometría hecha jardín, Andrés el Nuestro, enemigo número uno de Pope, Lord Shaftesbury, Horace Walpole y demás tratadistas del nuevo estilo de jardín .
¿Cómo se come todo esto?.

                                (Continuará en el post «Matemáticas verdes»)

NOTAS

(1) La anécdota del testamento la cuenta E. Orsenna en Portrait d´un homme heureux, Editions Fayard, 2000, p.147, utilizando como fuente la monografía de E.de Ganay, A. Le Nôtre, Paris, 1962.
(2) A.Baraton, Le Jardinier de Versailles, Editions Grasset, 2006, pp. 162-167. «El» Jardinero de Versalles, naturalmente, es él, M.Baraton, que empezó cobrando tickets en un cajero de la entrada y supo buscarse la vida. Un hombre que destesta que le tuteen o se refieran a él como «Alain, el jardinero» (lo considera un desdoro) y que, según él mismo cuenta, ha desempolvado el apelativo familiar «de la Vergne», para añadir y dar lustre a su sencillo Baraton (p.140)…

Margaritas pendencieras

Corfú, años 30

tuscany_superb_bs“…Otra cosa que no se aprecia cuando se es joven es que las flores tienen personalidad. Son distintas unas de otras, lo mismo que las personas. Mira, te voy a mostrar un caso. ¿Ves aquella rosa de allí, que está sola en el florero?.
Sobre una mesita rinconera, entronizada en un florerito de plata, había una magnífica rosa atercipelada, de un color granate tan oscuro que diríase casi negro. Era una flor deslumbrante, con pétalos de perfecta curvatura, de piel tan tersa e inmaculada como el ala de una mariposa recién nacida.
-¿Ves qué preciosidad? –me preguntó la señora Kralefsky-. ¿Ves qué maravilla?. Pues lleva ahí dos semanas. Casi no lo puedes creer, ¿verdad?. Y cuando vino no estaba en capullo. No, no, venía ya bien abierta. ¿Pero sabes que estuvo tan enferma que temí que no saliera adelante?. La persona que la cortó tuvo el tremendo descuido de ponerla con un manojo de margaritas. ¡Fatal, absolutamente fatal!. No te puedes imaginar lo cruel que es la familia de las margaritas. plebeyas margaritas de LROSon unas flores muy toscas, muy plebeyas, y claro, poner entre ellas una aristócrata como la rosa es simplemente buscarle tres pies al gato. Cuando llegó estaba tan ajada y descolorida que yo ni siquiera la ví entre las margaritas. Pero por suerte  LAS OÍ . Yo estaba aquí, echando una cabezadita, cuando empezaron, sobre todo, según me pareció, las amarillas, que siempre son tan pendencieras. Bueno, naturalmente yo no entendía lo que estaban diciendo, pero sonaba horrible. Al principio no me dí cuenta de a quién se dirigían; creí que discutían entre sí. Entonces me levanté a echar un vistazo, y me encontré a esa pobre rosa toda espachurrada en medio de las otras, que no hacían más que ensañarse con ella. La saqué, la puse sola y le dí media aspirina. La aspirina es muy buena para las rosas. Monedas de dracma para los crisantemos, aspirina para las rosas, coñac para el guisante de olor, y para las flores carnosas del tipo de las begonias, unas gotitas de zumo de limón. Pues volviendo a nuestra rosa: apartada de la compañía de las margaritas y con el tentempié se reanimó enseguida y ahora está muy agradecida; se nota que está haciendo un esfuerzo por conservarse bella el mayor tiempo posible, en prueba de gratitud.
Al decir esto dirigió una mirada afectuosa a la flor, espléndida en su peana de plata.
– Sí, yo he aprendido muchas cosas sobre las flores….”

(G.Durrell, Mi familia y otros animales, «Las flores parlantes», Alianza editorial, 2000)

NOTAS
La flor granate de la foto es una ‘Tuscany Superb’,  variedad de Rosa gallica que se encuentra con facilidad en los catálogos de «rosas antiguas». Como todas ellas, florece entre mayo y junio, sólo una vez…y no como las «rosas modernas», que aprovecho para ir presentando aquí, rosas que florecen ininterrumpidamente desde mayo hasta noviembre…

Las margaritas son de LRO, hace dos días.

No trespassing!

Mayo 

no tresspassing 400pixAl sur y al este de LRO se extiende una franja irregular de monte bajo que crece de espaldas al resto de la finca.  Es un tramo reservado para los animales salvajes, en el que no entramos nunca y en el que no deberían entrar ni siquiera  los perros. El objetivo se consigue sólo a medias. Entran los cazadores y la gente que viene a buscar espárragos. A estos últimos les perdonamos la vida ( …aunque no suelen dejarnos ni la prueba) porque la finca está abierta y ellos no hacen daño a nadie.  Los cazadores son harina de otro costal. Todos los inviernos nos arrancan los carteles de “propiedad privada/prohibida la caza”, y en estas zonas vedadas de las que hablo dejan quedar cajetillas de tabaco, latas, botellines, cartuchos de escopeta. Por no hablar de los perros abandonados a su suerte en el monte  -por ser viejos, estar heridos o cazar mal- cuando termina la temporada en febrero. (De eso, de ese drama tercermundista,  habría que hablar por extenso algún día.)
Alguien más se deja caer por aquí cuando no hay nadie: los que nos roban los postes del camino. Ya van por el tercer año. Sólo son postes linderos, sin alambre, clavados en dados de hormigón casero, y muy espaciados. Los pusimos como señalización para la retro-excavadora de la sociedad de cazadores, que arranca la tierra al pie de las encinas, amén de jaras, retamas, zumaques (todo lo que pilla), para tapar de mala manera las cárcavas del camino y ahorrarse unos euritos en zahorra (véase «Grietas»).  Los ladrones pican el hormigón, arrancan el poste, y adiós. Da mucha pereza estar siempre así, uno y otro año. ¿Quién se cansará antes?. Lo único indiscutible es que no vamos a cerrar la finca, por mucho que nos busquen las cosquillas los amigos de lo ajeno (también se llevan herramientas, sacos de cemento, mangueras, cosas de la huerta..).  Si los animales no pudieran entrar y salir a su aire, como siempre han hecho, ya no nos interesaría seguir aquí. Los jabalíes y los corzos, y los zorros, se acercan cada noche a beber a la charca y al estanque (nunca los he visto pero lo sé).  Cuando dan las nueve de la noche en verano, o las seis en invierno, la finca ha de estar despejada. No queremos tampoco que nadie se quede a dormir en la casilla. ¿Para qué?. ¿Para incordiar a los animales?. La simple presencia de una furgoneta, el ruido de un motor, un susurro de voces humanas, les asustaría.  La gente, a dormir al pueblo.
peonia broteroi 1ªsemana mayoEn la zona-prohibida de la que quería hablar hoy crece una mata de Paeonia broteri. Entro una vez al año, a principios de mayo, para ver la peonía. Y ya no vuelvo a meter la nariz hasta la siguiente primavera. Ese día aprovecho para retirar la basura que me han dejado quedar unos y otros. Estas peonías debían de nacer asociadas al melojar, más que a las encinas, por eso, como los melojos, están en regresión en LRO (en la misma lista que los jacintos de bosque, por ejemplo).  La peonía va menguando de año en año. El capullo es cada vez más minúsculo y la floración más desganada. El año pasado no floreció. Este año la mata está más tupida pero tampoco hay capullo. Para consolarme  he plantado en el jardín de casa una peonía arbustiva -de esos híbridos tremebundos que «fabrican» los japoneses-  triste remedo, a pesar de su espectacularidad, de lo que quisiera ver y ya no veo en los rincones umbríos de LRO. Pero tampoco en esto hay que rendirse: las peonías tienen raíces poderosas, y longevas, que pivotan como barrenas hasta las entrañas del bosque. Si ese rincón se mantiene fresco -y si ningún ladrón de postes me la pisa- es sólo cuestión de tiempo que vuelva a florecer.

¡Abejarucos!

 ¡Abejarucos por fin!.

El año pasado no vinieron. Fue una primavera desastrosa. No había llovido ni nevado durante meses.   Tampoco las jaras florecieron como lo están haciendo este año, ni los melojos brotaron con ganas, ni se pudo catar un solo espárrago silvestre.  Nada. No vinieron los abejarucos y lo atribuimos a que todo estaba seco: la pradera con pocas flores, la hierba baja y poco gustosa. Una de las primeras entradas de este blog, sin embargo, había sido para  esos pájaros, convertidos en santo y seña de cada primavera:

Hope is a thing with feathers

.. Pero no aparecieron. Ni uno. Como en este blog nos esforzamos  (de forma un tanto descabellada a veces) por subrayar lo que SÍ va bien, no tuve ánimos para decir la verdad. Decir, sencillamente, que los abejarucos no habían vuelto.
Pues bien, dos años después de su última visita, ¡aquí están!. Se me cruzo una pareja hoy a mediodía, cuando subía con el coche por el camino de LRO. Los ví con toda nitidez, como si se hubieran posado en mi mano. No solté el volante para hacerles fotos porque entonces no estaría ahora contándolo. Pero hay que creerme. Eran los abejarucos.

Nin meiga nin meigallo

xestas Porto do Son maioHai moitos anos, cando eu vivía en Vilariño (Cambados), cada primeiro de maio a señora Luisa, miña veciña, colocabame unha ponla de xesta no parabrisas do coche e outra no buzón da casa. Antes poñíamolas no carro e na frente das vacas, agora ímolas metendo polos parabrisas… dicía ela. A xesta, unha das moitas variedades de Cytusus ou Genista ( a «genista» da canción de Serrat) que empezan a florecer en canto asenta un pouco o tempo,  ten as floriñas amarelas, dun tono subido, rabioso, como as do seu  curmán o toxo (alecrín, alecrín dourado/ que naceu no monte/ sen ser semeado…). Os montes semellan fornos, as cunetas ferven… O motivo da xesta no coche , ou donde fose, seica era este: protexer as cousas moi valiosas
«antes do primeiro de maio
para botar fora as meigas
e os meigallos»