NO sin mi desbrozadora

Todo el verano

no sin mi desbrozadora

No se puede vivir sin desbrozar en una finca donde no se ara. Tampoco hay ya  rebaños  ni caballerizas que mantengan a raya las hierbas (hasta hace dos años venía el pastor, Miguel, con sus ovejas y cabras, pero la artrosis ya no le deja aventurarse tan lejos del tinao).  Si viene una primavera lluviosa, como ésta, la pradera nos llega al cuello – literalmente, e incluso más arriba-, lo que está muy bien de marzo a mediados de junio,  cuando todo está aún verde y los insectos enloquecen de felicidad entre la avena loca, las alfalfas, las anchusas….  Pero la cosa cambia mucho  en cuanto empieza a hacer calor de verdad, al rondar los treinta grados. El campo se convierte entonces en un peligroso y crujiente almacén de paja seca, y ya no se puede esperar más: hay que sacar las máquinas, ponerlas a punto, preparar la mezcla de gasolina y aceite. De junio a septiembre se hacen, como mínimo, tres depósitos semanales (en realidad, uno diario durante la segunda quincena de junio).  Tenemos dos desbrozadoras manuales, de las que se cuelgan de la cadera agarradas a un arnés, y con un cabezal de corte “de pelo”, esto es, de hilo de nylon grueso.  La primera es una Stihl 230, que de joven trabajaba con mucha furia pero que desde hace un año empieza a dar problemas (el carburador, dizque; pero cambiarlo no baja de 200 euros). Su hermana pequeña es una Stihl 55,  con menos potencia pero mucho más segura al arrancar. Una es mi brazo derecho, la otra mi brazo izquierdo.  Todos los días están zumba que zumba por la finca. Han de desbrozar los caminos, las zonas contíguas a la casilla y las huertas, y las calles entre las viñas. La pradera de abajo  se deja a su aire (linda con la viña de Perico, tan perfectamente arada que no puedo imaginar mejor cortafuegos que ése).
hierbas enredadas en el cabezalLa hierba alta y de caño duro se corta moviendo la máquina de arriba abajo. Aquí no interesa ir formando haces largos, que se tiendan ordenadamente a un lado, como al guadañar. Primero, porque el diámetro de corte no pasa, en el mejor de los casos, de 40 cm, y habría que darle un fuerte impulso a la máquina para que, además de cortar, desplazara toda esa broza. Y ni esta máquina ni mis brazos están pensados para eso. Segunda razón: mucha de esa hierba no se recoge (sólo una parte; luego lo explico), así que interesa dejarla bien triturada, para que se descomponga antes y rebaje unas décimas (¿?) el riesgo de incendio.
La desbrozadora corta mal -¡ fatal!-  los tallos de las margaritas, de las alijonjeras, y de las malvas. Se enredan salvajemente  al cabezal  y hay que parar el motor para deshacer la maraña. Un incordio. Por eso es recomendable cortar esos cañotos con la hoz antes de empezar con la máquina. Y digo la hoz en vez de la guadaña porque guadaña -por la que llevo suspirando AÑOS- aún no tengo. (Está de camino: mi amigo Rubén me la va a traer de Asturias este verano, una guadaña negra, elegantísima, con su “kit” de afilado incluido…).
¿Qué se hace con la broza?. Con la mejor, esto es, la más fina y más limpia (sin grama ni demasiadas semillas), se acolchan la huerta y el pie de los árboles frutales. La más basta se divide en dos: una parte se queda “in situ”, procurando pasarle una segunda y hasta una tercera vez la desbrozadora, y otra parte se rastrilla y se acumula en los composteros, que están en zonas donde se llega bien con la manguera. Siempre que se puede se mezcla con hierba fresca -verde, nitrogenada- que me traigo de otros jardines o incluso de las segadoras de césped del Ayuntamiento (cuando las pillo). En esos composteros, más o menos regados, sembraré cucurbitáceas el próximo año, o sacaré la  tierra de la parte baja -la hierba ya descompuesta – con una pala de mango largo, como si fuera  un horno de pan…

Mona Lisa, buena para freir

Finales de marzo, primera quincena de abril.

Mona LisaHemos terminado de plantar  los ochenta kilos de patatas previstos para este año. Variedades Mona Lisa y Shanon, de las pocas que pueden encontrarse en el mercado con la certificación ecológica (en LRO se las compramos todos los años a Ecomanjar, en Lástras de Cuéllar, un pueblo muy pequeño, perdido Segovia adentro…).
Mona Lisa es de piel amarilla; Shanon de piel roja. Mona Lisa es buena para freir. Shanon, buena para cocer. Mona Lisa es la más rica. Shanon se conserva un poco mejor…Las dos son tempranas o semitempranas, lo que significa que estarán en la tierra no mucho más de 100 días. Las recogeremos a mediados o finales de julio, y ya no se volverán a plantar más. En otros lugares sí lo hacen, porque tienen suficiente agua para regarlas también en verano. Estos afortunados del norte plantan variedades de ciclo más largo, que en general se conservan mejor (estas primeras tienen “más agua”), o bien repìten plantación en agosto, para recogerlas en noviembre y guardarlas todo el invierno.
Aquí se planta a la antigua. Es decir, con la azada. La tierra queda abonada antes de Navidades con sabroso estiércol de oveja y cabra. Las patatas “de siembra” descansan mientras tanto en la fresquera, a oscuras. El pistoletazo de salida lo da la última cepa podada: en cuanto se termina con las viñas, sin transición, empiezan a verse hogueras (los sarmientos quemados) y los tractorcitos y motocultores cruzándose por el camino con las cajas de patatas en el remolque. Este año hubo que esperar a que escurriera un poco la tierra -después de las lluvias de marzo- , así que nos metimos en faena una o dos semanas más tarde de lo normal. Sabiendo como sabemos lo rápido que se instala aquí el calor, y estando la tierra con tan buen tempero (húmeda pero ya no empapada), hay que faire vite, ¡a todo gas!: desbrozar bien la parcela, pasar la mulilla, y marcar los surcos con estacas y cuerdas. Después hay que cavar, acostar las patatas -con los ojillos hacia arriba, buscando la luz- y taparlas con unos centímetros de tierra fina. Si se entierran muy abajo, pueden pudrirse. Si se entierran muy arriba, verdean.patatas 2013
¿Habría alguna alternativa al azadón, para no tener que volver a casa con la espalda molida y para no hacer tanto daño a la microfauna del sueno con el paso de la mulilla?. Haberla, haila, pero sale a siete euros la pieza.  En invierno se podría cubrir todo de una buena capa de paja por encima del estiércol. La paja  ( entre 5-7 euros, si no ha llovido, cada paca) , además de impedir la germinación de las hierbas, protegería la tierra del golpeteo de la lluvia  y también del frío extremo. Las lombrices y demás profesionales del sector (sector: Descomponer y Mullir) mantendrían la tierra esponjosa debajo del acolchado. En primavera bastaría con agacharse, apartar un poco la paja, acostar la patatina… y listo.

NOTAS

Una buena colección de recetas: http://www.patatasalacarta.com

En las otras huertas -de menor tamaño que la de las patatas, y con bancales  o “camas” bien separados- sí seguimos ese sistema, usando como acolchado un poco de paja y TODAS las hierbas desbrozadas a lo largo y ancho de la finca, más siegas de césped y todo cuando “resíduo verde” pillamos por ahí (Véase post https://laramadeoro.com/2012/05/08/lasagna-vs-deep-bed/)

La Gran Quema

Primera semana de abril, después de la lluvia

2013-04-06 12.07.48Este pasado viernes los guardas forestales nos extendieron un permiso de quema válido durante seis días, a utilizar desde ayer. Quemamos los sarmientos procedentes de la poda de las viñas, troncos y ramas de los frutales enfermos, y toda cuanta ramallada  fuimos recogiendo por ahí.
Un momento antes de encender la hoguera hay que llamar por teléfono a una centralita de la Comunidad de Madrid, para confirmar nuestras coordenadas geográficas y avisarles de que ya, ya estamos con la cerilla en la mano.  Todavía un poco antes limpiamos el perímetro de la futura hoguera con el rastrillo y la azada; sacamos las mangueras, que llevaban recogidas todo el invierno, y corremos a la alberca a “abrir el agua”. La manguera se queda ahí detrás, encharcando los endrinos, durante toda la operación de quema. Entonces sí se puede empezar. Lo primero, un buen manojo de alijonjeras secas, que arden con sólo mirarlas fijamente…Encendida esa primera llama, los sarmientos prendieron enseguida.  El día anterior ya no había llovido, el suelo estaba seco y,  por añadidura, toda la mañana estuvo soplando un viento suave del oeste (como siempre en esta finca, que cae sobre el Tórtolas, afluente del Alberche, afluente del Tajo: nuestro viento dominante llega desde Lisboa). Después comienza el trajín de la carretilla. Hay que recoger los haces dispersos de sarmientos que  al podar fuimos dejando a los lados de la viña. Se llevan a la hoguera poco a poco, para que las llamas no se desmadren, para que al que está junto a ella, bieldo en mano, no le termine saliendo el corazón por la boca (algún año nos ha pasado).
En los entreactos de la carretilla/hoguera/carretilla…escuchamos el primer canto del cuco, que cada año se enseñorea del mes de abril, como las ranas (al atardecer,) y las últimas parejas de perdices en celo.
2013-04-06 18.15.46Comimos allí mismo, vigilando el fuego. Por la tarde, cuando ya sólo quedaban rescoldos, llegó nuestro vecino Perico, con su tractor y unas cañas largas, para ayudarnos a plantar cuarenta barbados de vid. Estos barbados serán injertados de albillo la próxima primavera…(Pero todo esto es ya otra historia, que queda para otro día.)

Cerrar las grietas

Antes del invierno

palos y pedras en las grietasLa lluvia y la pendiente convierten las grietas en cárcavas allí donde no hay nada que sujete la tierra.
(1) En el campo el problema era el arado. Al dejar de arar la hierba ha vuelto a crecer y sus raíces se han convertido en la mejor herramienta contra la erosión. Donde las grietas eran profundas hemos  utilizado un relleno de palos y piedras -para que escurra el agua de lluvia entre ellas-, todo cubierto de tierra y rizomas de grama.

(2) En el camino. La sociedad de cazadores, en vísperas de abrirse la veda, mete una pala excavadora para tapar esas cárcavas con la tierra (fértil) que va mordiendo de aquí y de allá, en los taludes linderos de las fincas contíguas… No echan zahorra (no gastan dinero en eso). No echan nada. Rutinariamente, para que el camino aguante unas semanas, repiten año tras año la operación. El camino se va ensanchando tontamente, y los cazadores -encantados- pueden pararse a charlar cuando se cruzan, cada uno en su respectivo 4×4. No les importa que, si la primavera viene lluviosa, en unos pocos días toda esa tierra robada al campo, a los nidos de abejarucos y serpientes,  vuelva a correr pendiente abajo…
grieta con grama y tierraCuando limpiamos de grama las huertas, operación agotadora donde las haya, capachos enteros de rizomas y tierra se van a continuación al camino. Después procuramos pisotear el mejunje pasándole con la furgo por encima, para que la grieta quede bien bien tapada. Vaciamos también -mezclado con lo demás- los haces de sarmientos (picados con la tijera de dos manos) que hayan podido quedar olvidados por la viña, e incluso los calderos con ceniza de la chimenea. En alguna ocasión hemos llevado escombro: pero cuidado, ha de ser escombro seleccionado, menudo, que colmate bien el fondo de la grieta al tiempo que deja correr el agua .  Hay que ir vaciando saquito a saquito  y cubrirlo todo cuidadosamente con tierra (llevar azada en el maletero). Los trozos grandes de cemento, ladrillos, yeso, etc, además de horrendos son peligrosos (si una moto de cross o un “quad” -verdaderas plagas del campo-  los pinza y te los deja para arriba…adios neumático)

Camino al solsticio

Mediados de noviembre

El año suele comenzar a finales de febrero, lentamente, entre amarillos y blancos; y termina hacia mediados de noviembre, todavía más lentamente, entre naranjas y rojos. El amarillo  de los jaramagos y el blanco de los almendros. El naranja de los zumaques, el rojo de los terebintos. De aquí en adelante los colores se apagan y todo se ralentiza.

Está lloviendo bastante desde hace tres semanas. Da gusto escuchar el repiqueteo del agua en el pilón y quedarse en la casilla mirando a las musarañas (a las salamanquesas, más bien, que todavía no se han retirado a sus cubiles de invierno). Da gusto no hacer nada. O mejor aún, repasar las cosas que fueron bien, olvidarse alegremente de las que fueron mal, y empezar a echar cuentas frente al fuego de la chimenea, un año más: tantos tomates pondremos el próximo abril, tantos pimientos, tantas cebollas…La huerta está levantada. Los tutores reutilizables limpios y recogidos. Las cuerdas, sombrajos, mangueras, cubos y capachos, todo está ya a cubierto. Las calabazas, ordenadas en la fresquera. Y los cestos con los últimos pimientos, berenjenas y calabacines, que se conservarán, con suerte, un par de semanas. En casa, en el suelo de la galería, he colocado tres cajas  de tomates verdes; terminarán de madurar ahí mismo, mejor o peor…  En LRO todavía no nos hemos planteado poner algún tunel de plástico y prolongar la producción en pleno invierno. Lo que no significa que las huertas se queden vacías. Una línea de alcachofas. Varias líneas de coliflor y brécol. Los ajos que plantaremos este fin de semana. En cuatro puntos diferentes he cavado la “trampa para grillotopos” (recomendación de Lansky), rellena de estiércol y mantillo. Ayer, mientras las preparaba, un sapo agazapado entre la paja de las judías (ya heladas) me advirtió del error que sería pasar la mulilla. No. La tierra se queda como está. Pero los días se acortan a toda velocidad: hay que acolchar con paja -o con lo que haya; me temo que sólo hojarasca y ramas rotas-  las alcachofas, la docena de escarolas que aún no hemos arrancado, las últimas acelgas, y aporcar bien el pie de las coles para que el viento no las venza. No son éstos los únicos trabajos. He cargado la furgoneta de estiércol en el tinao del pastor (a cambio: castañas de mi tierra y pienso para sus perros). Voy extendiéndolo donde en febrero se plantarán las patatas precoces. Aunque me da mucha pereza, tengo que hacer también otras  cosas: limpiar con la azada el cauce del arroyo (“arroyo de pluviales”, le dicen);  limpiar y reinstalar el contador del manantial (que en su día, en medio del escarnio general de los vecinos, legalizamos ante la Confederación del Tajo); reponer en las lindes las últimas estacas que nos han robado; colocar las tejas en la bodega;  preparar el licor de endrinas (esto no me da pereza), para que podamos empezar a beberlo en abril; desatascar el tubo que lleva el agua desde el manantial de la higuera hasta la alberca ( higos podridos y hojas secas lo atascan todos los años); cocer y cocer y seguir cociendo salsa de tomate.; cocer y seguir cociendo pisto/ratatouille; descongelar las moras y hacer ya la mermelada; y el membrillo.  Y el trabajo más importante:  ir picando con motosierra y serrote los árboles que se han secado. Dos encinas. Un enorme melojo, en el que todavía este año anidó una pareja de tórtolas (antes las había a miles, me dicen; ahora apenas un par de parejas, cosa que a los cazadores no parece importarles ni mucho ni poco). No voy a abrirme las carnes llorando por esos árboles. Lo que sí haré, ya esta semana, es plantar tres quejigos, o tres pinos carrascos, o tres enebros de la miera, en sustitución de cada uno de los caídos. (Lo que suma: nueve árboles).

Un zorzal en la higuera, que ya esta casi pelada

…El próximo día trece este blog cumplirá un año y dos meses. Ya va tocando descansar.  Engrasarse bien, dejarse crecer el pelo, leer.  Nada del otro mundo: sólo aletargase un poco hasta después del solsticio, como hacen los sapos, las culebras bastardas…Y regresar con la luz, apenas empiecen a hincharse las yemas de los almendros.

Rutina

Todo el verano, cada verano

Nada más llegar: comprobar los estragos del grillotopo/alacrán cebollero en la huerta (una cebolla, una remolacha y un apio de media, por noche)
Comprobar que en las trampas para el grillotopo no han caído cárabos ni estafilinidos, que no hacen daño  en la huerta (todo lo contrario) pero siempre se caen de patas en los botes y cajas que dejo enterrados. Hay que liberarlos enseguida (bajo el acolchado de paja), para que no se deshidraten.
Comprobar que no han caído lagartijas a la alberca (en lo que va de verano he salvado a tres y he retirado el cadáver de una cuarta: no son nada listas)
Abrir la primera tanda de goteros. Limpiar primero el filtro.
Subir a la alberca vieja: escuchar unos segundos la caída del agua en su interior. Comprobar el nivel. Si hay suficiente agua, regar moras y frambuesas, a mano. Primero, recoger algunas tarrinas de moras (de buena mañana la piel está tersa, después se empieza a tostar)
Bajar a la segunda huerta y comprobar que el viento no ha tirado los sombrajos. Si los ha tirado, volver a atarlos.
Abrir la segunda tanda de goteros.
Revisar los tutores de los tomates. Y las ataduras. Despuntar. Recoger los tomates maduros, pimientos, calabacines y pepinos. Colocar las cajas a la sombra.
Mirar bien el interior de las coles. Empiezan a dejarse ver las chinches y no se puede tener piedad con ellas (como la tuve en primavera con el grillotopo…). Chinche que asoma, chinche que se despide.

Doblarle las hojas a las cebollas que ya estén bonitas, para que maduren bien y después se conserven mejor.
Vaciar unas regaderas en la media docena de melones que nos dejaron los jabalíes (el resto, zapateados).

Ya han pasado tres o cuatro horas horas. Si el calor no aprieta, quitar hierbas en las huertas, a mano o con una azadilla. Habría que desbrozar tanto, tanto…que no desbrozo nada. Si el calor aprieta, parar. Rellenar, al salir, el cubo de agua  y la bandeja con pienso que le dejo en la puerta a un perro que ví cruzar hace dos días por el camino (ni se paró  ni se dió la vuelta para mirarme)

Al atardecer hay que volver y terminar de regar. Y mañana otra vez.
Y pasado.
Y al otro.
Y al siguiente.

Lasagna vs. Deep bed

Todas las primaveras

La gente de mi pueblo prepara siempre las huertas de la misma manera, sea cual sea su tamaño: esparciendo estiércol y pasando a continuación una fresadora (arrastrada por un tractor o una motoazada). Cuando la huerta es grande, ésta es seguramente la solución más práctica. Es cierto que el paso de la fresadora perturba  considerablemente la vida del suelo, pero también lo es que la alternativa más ecológica exigiría disponer de grandes cantidades de paja, broza, césped seco o similar.  Lo que  no siempre es posible (y menos al precio al que se ha puesto la paja/heno después de un invierno tan seco). Ahora bien, cuando la huerta es mediana o pequeña  sí hay alternativas a la fresadora. Dos alternativas. La primera es para los muy trabajadores. La segunda para los medianamente vagos.  La primera trabaja el suelo hacia abajo; la segunda, crea nuevo suelo hacia arriba (y al hacerlo mejora, de paso, la estructura del de abajo).

1. La primera forma de preparar la tierra  implica dejarse la espalda cavando. Instrucciones para preparar un bancal profundo estándar, en palabras de su gran divulgador, el británico John Seymour: (1) se estercola bien la superficie, (2) se cava una primera hilada (de unos 30 cm de ancho) hasta la profundidad de una pala, y se separa esa tierra; (3)se mulle la tierra en la profundidad otra pala utilizando un bieldo/horca(* es decir, hablamos de trabajar la tierra unos 60 cm).  Y (4) se rellena esa hilera con la tierra de la siguiente hilera. Una vez terminado el proceso no se puede volver a pisar encima del bancal. “El suelo tan suelto permite que las raíces penetren hacia abajo en lugar de extenderse hacia los lados (…). Las hortalizas serán más grandes y se las podrá cultivar más juntas…”.

Para mullir (paso 3) hay cosas en el mercado más eficaces y descansadas que el bieldo. Hablo de la “grelinette”, que he encontrado traducida como “horca de doble mango”. Yo no la he comprado todavía, pero lo haré pronto. Vale unos 100 euros. Si la tierra es pedregosa no vale de nada…pero en ese caso tampoco el bieldo (se romperían los dientes). Habrá que recurrir al castizo azadón.

2. La segunda forma –la de la “lasaña”-  implica carretar una enorme cantidad de restos orgánicos. Cargar la carretilla varias veces con la horca/bieldo y tirar de ella hasta la huerta. Pero eso es todo. Lumbares y cervicales quedan a salvo, en especial si: 1- hemos tenido buen cuidado de ir amontonando toda esa materia orgánica en un punto accesible y sin desniveles, y 2- cogemos bien la carretilla, por la empuñadura y con la espalda recta. Esquema de una lasaña estándar, adaptación del que propone  J.P.Collaert, que a su vez sigue a P.Lanza:

Materiales de partida; cartones de buena calidad (100% celulosa, una exquisitez para las lombrices), que servirán, sobre todo, para impedir la germinación de las malas hierbas: capas alternas de hojas secas/paja, etc y siegas de césped/restos vegetales frescos. Y algo de mantillo maduro (de nuestros composteros o comprado) para rematar la faena, de forma que las plántulas tengan a dónde agarrarse para empezar a crecer. Es decir, que la lasaña vendría a ser como un compostero  extendido sobre cartones  (la temperatura es lógicamente menor que en un cajón-compostero de un metro de alto, pero eso es bueno para las delicadas raíces de las hortalizas recién llegadas) y cubierto con una última capa de mantillo, con  un espesor total de unos 30-40 cm.

En realidad, esto de la lasaña es una variante casera de las técnicas más extendidas de agricultura “sans labour”,  “agricultura de conservación”, etc,  que tienen como objetivo principal e irrenunciable conservar/incrementar la fertilidad del suelo.  Lo característico de todas ellas es el no-laboreo, unido a la protección del suelo con capas de materia orgánica. Lo peculiar de la lasaña, dentro de esta tendencia más amplia de la agricultura de conservación (y dentro del “subgrupo” de los “huertos-elevados”, llamados por ahi “raised beds” o “jardins en butte”…), sería el uso de cartones y la colocación alterna de los diferentes materiales. La lasaña es especialmente manejable y útil cuando se trata de mini-huertos, como éste que reproduzo abajo, que se hizo mi amiga Gema cerca de Madrid. El huerto-lasaña está sostenido por traviesas de madera, lo que facilita la retención de los materiales que la forman, y además permite desbrozar sin miedo por toda la periferia (nota: la malla verde es una barrera anti-gatos). La primera foto es del comienzo de la primera lasaña (año 2011, recién desbrozada la parcela), las restantes son de hace unas pocas semanas, al ampliar la superficie cultivable con una segunda lasaña, contígua a la primera (¡atención a la “loncha” de tierra grumosa en que ha quedado convertida la lasaña 1, doce meses después de amontonar broza, hierba y mantillo sobre los cartones!).

Estas son las pre-huertas para pimientos y tomates de LRO, sin cartones pero alternando las capas:

 

Una última cosa. Por mucho que digan sus partidarios, a mí me parece complicado poner tubérculos y bulbos en una lasaña, a menos que esté ya en fase muy avanzada de descomposición (es decir, que sea casi “tierra”). Aquí hay que regar mucho, y el riesgo de pudrición es alto. Los puerros tampoco fueron bien en lasaña cuando lo intenté, porque no era capaz de aporcarlos como es debido. Sí he comprobado, en cambio, que todas las hortalizas de fruto y de hoja  crecen mejor en lasaña que en la tierra (véase “Cosas que he aprendido sobre los tomates…”, entradas de octubre/2011)

NOTAS

J. Seymour (1914-2004) citaba entre los precursores del método del bancal profundo a los hortelanos que vivían en los alrededores de Paris antes de la llegada del automovil (huertas intensivas, con superávit de estiércol de caballo), y también a los hortelanos chinos. Citaba igualmente a R.Steiner, padre de la biodinámica, pero omitiendo rigurosamente cualquier connotación esotérica. En su libro de referencia, The Complete Book to Self-sufficiency, (1976) lo mismo aprendes a desplumar un pollo que a tejerte un jersey de lana. Se tradujo al español como El Horticultor autosuficiente, (Ed. Blume, varias reediciones ), pero es mucho más que un manual de horticultura.
P. Collaert, fundador y asíduo de la revista “La Gazette des jardins”, es el autor de L´Art du jardin en Lasagnes, Édisud, 2010, que toma como punto de partida el Lasagna gardening book de la norteamericana Patrizia Lanza, Rodale Press, 1998.

La horca “grelinette”  fue diseñada por Monsieur Grelin, en un pueblo de labradores de la Alta Saboya.  ¿Por qué no la llamamos también nosotros “grelinete” en castellano?

Romance del Bio-Huerto

Las habas entre alcachofas
Zanahorias con la cebolla
Los espárragos con nada
Lechugas con cualquier cosa.

Las fresas con cebollinos
Y también con la borraja.
¡Por el aire va el pepino!
Por el suelo, calabazas.

Guisante con girasol,
El apio con la espinaca,
El ajo con cualquier col,
Y anís con la remolacha.

El tomate y el pimiento…
Con albahaca y tagetes al sol.
Rabanitos con los puerros,
Y siempre solo el melón.   

Judías con el maíz,
Acelga y calabacín.
Y así termina este cuento:
Juntos pero no revueltos 

GLOSA

Esta es una posible asociación de hortalizas (¡una entre muchas!). Los criterios para la asociación: combinar diferentes  velocidades de crecimiento, diferentes formas de ocupar el espacio, y –antes que ninguna otra cosa– combinar hortalizas de familias diversas, para no provocar ataques masivos del mismo parásito. Los libros de referencia para la asociación de cultivos son los de Gertrude Frank, que nadie tiene (porque es difícil encontrarlos) pero todo el mundo cita. En la LRO nos vamos arreglando con La Gazette des jardins y las diferentes publicaciones de Terre Vivante.

Estrofa 1. La alcachofa se mantiene en la huerta unos 3 años; entre líneas, para aprovechar el suelo y de paso enriquecerlo en nitrógeno, pueden ir habas. Zanahoria y cebolla repelen recíprocamente a sus parásitos. Los rizomas de espárragos son demasiado agresivos para compartir terreno con nadie. Las lechugas, como los rabanitos o las espinacas, van a toda velocidad; por eso son buenos acompañantes de hortalizas lentas, como los puerros o las coles (estrofa 4, v. 3).

Estrofa 2. Los cebollinos despistan con su olor a los parásitos de las fresas. Quedan muy bien en macetas, no sólo en el huerto. Siendo de la misma familia, el pepino prefiere trepar y la calabaza arrastrarse.

Estrofa 3. Los girasoles, cuando ya tienen 20 cms o más, aceptan que se siembre al pie un par de guisantes o de judías, siempre que la tierra sea rica y fresca; en LRO, con guisantes, sólo es posible a principios de primavera; después hace demasiado calor. La variante es usar como tutor maíz en vez de girasol (estrofa 5, v. 1). En este caso todavía hace falta más agua, o un rincón al pie de un muro no muy alto orientado al norte (de forma que las raíces estén a la sombra pero la “cabeza” del maíz al sol; en LRO es la única manera de cultivar algo de maiz).

La espinaca crece rápido y en cualquier parte. Ver estrofa 1, lo dicho sobre las lechugas. La espinaca, eso sí, es de primavera y de finales de otoño. En el verano de LRO el papel que desempeñaba la espinaca –especie de “cubre-lo-todo”–  pasa al acolchado de paja.

La cebolla y el ajo son de vegetación poco exuberante, por eso pueden compartir bien el espacio con las opulentas coles (¡el rabanito no, porque es de la misma familia!). Pero si no hay problema de espacio, lo que mejor les va a las coles es la proximidad de los tomates, cuyo olor desbarata el ir y venir de sus parásitos…

Las hojas de remolacha no son ni muy grandes ni muy abundantes. Por eso se recomienda sembrarlas con semillas de aromáticas: coriandro, anís, comino…. En LRO haremos la prueba por primera vez este año.

Estrofa 4. El tomate y el pimiento son plantas golosas que, además, pasan bastantes meses en el huerto; los pies de tomate se separan unos 60 cms. unos de otros; en ese espacio es perfecto sembrar (o plantar) albahaca, que desconcertará a los insectos que anden buscando tomate; además, así la tendremos bien a mano para hacer salsas de tomate y salsas al pesto; las raíces de los tagetes mantendrán alejados los nemátodos del suelo.

Rabanitos (o lechugas, o espinacas) y puerros: sí, pero cuando ya están bien aporcados los puerros, o (mejor) cuando en vez de aporcarlos optamos por acolchados muy espesos.

Es mejor que el melón vaya solo, como los pepinos y las calabazas, porque crece mucho y de forma desordenada, lo que complicaría el cultivo de hortalizas intercaladas.

Estrofa 5. Para judía y maíz, ver estrofa 3.

El ORO de LRO

Febrero 2012

Todos los “residuos verdes” de LRO son debidamente reciclados en la propia finca. Lo que se desbroza y se rastrilla. Los restos de las plantaciones. Los restos triturados de las podas. Residuos muy escogidos de la cocina (cáscaras de huevo machacadas, mondas de patata y cebolla, restos de fruta…). Y a todo esto se añaden las hojas secas y las siegas de césped que me voy trayendo de algunos jardines de confianza. El producto de esa descomposición (palabro cierto castellano, preferible a “compostaje”), es el mantillo (palabro preferible a “compost”, siempre que sus componentes sean estrictamente vegetales). Ese mantillo es oro puro: lo que mantiene fértil y bien estructurada la tierra año tras año. Sin agua no hay nada, de acuerdo. Pero sin ese mantillo tampoco.

Las “malas hierbas” (habría que hablar de ellas un día) se pueden echar también al montón, pero es de desear que no lleven semilla, es decir, es de desear que sean arrancadas o desbrozadas antes de que semillen. Las plantas y las frutas enfermas pueden mezclarse con lo demás, pero sólo si vamos a controlar bien todo el proceso, vigilando la temperatura en el centro del montón (así se eliminan esporas, huevos de insectos no deseados, etc). Si no es este el caso, si nuestro compostero es sólo un montón de resíduos variopintos más o menos olvidado en un rincón del jardín, entonces es más prudente retirar las plantas enfermas, bien quemándolas, bien metiéndolas en bolsas de plástico cerradas, como cualquier basura.

Aprendí a “compostar”, es decir, a acelerar la descomposición natural de la materia orgánica (que de todos modos iba a descomponerse, pero a otro ritmo) utilizando sobre todo este libro: Compost et paillage au jardin, de D. Pépin (Ed. Terre Vivante, 2003). Con ese punto de partida y la práctica de los últimos años, hemos acabado reduciendo el proceso a lo siguiente:

El triturado que no se usa como acolchado termina en el compostero.

1- Amontonar en capas sucesivas materiales “marrones” y “verdes”. Es marrón: lo duro, lo viejo, lo seco, lo rico en lignina, en carbono. Es verde: lo tierno, lo nuevo, lo fresco, lo rico en tejidos blandos, en nitrógeno. Es marrón, por ejemplo, una hoja seca o un puñado de serrín. Es verde una brizna de hierba o unos recortes de lechuga. Lo marrón da estructura al montón. Permite que corra el aire. Se descompone lentamente. Lo verde se apelmaza enseguida, se descompone en pocos días. Lo marrón enfría el “compost” , lo verde lo calienta. Lo marrón y lo verde deben ir mezclándose con cada nuevo aporte, y añadiendo de vez en cuando unas paladas de ceniza de la chimenea, unas hojas de ortiga y/o de consuelda el que tenga la suerte de tenerlas cerca… La calidad del producto final la determina la buena proporción de materiales de origen. La buena mezcla, como con el vino y como con todo. Por cierto: yo creo que los excrementos animales no valen, por muy controlada que tengamos su alimentación. En mi opinión, tardan en descomponerse y son una lata. (Otra cosa es usar el compostero de urinario, como hacen algunos diseñadores de retretes ultra modernos y fashion; hace años vi una exposición de arquitectura ecológica en Holanda en la que, entre otras cosas, enseñaban la torreta-compostero donde dizque había hecho aguas menores la reina Beatriz el día anterior, de paso que iba a la inauguración. Pero esto del váter-seco no es ninguna tontuna nórdica: es una forma inteligente de incorporar nuestra urea –nuestro nitrógeno excedente– al proceso de descomposición de la materia orgánica…).

2- Mantener una temperatura elevada en el centro del montón, para que las bacterias trabajen a buen ritmo, sobre todo en la primera fase del proceso. Por eso es bueno “encerrar” la materia orgánica (con unos palés, por ejemplo): así la altura del montón sube, no se desparrama todo por los lados, y se hace más presión en el centro. En invierno la descomposición se ralentiza. Aquí hemos puesto composteros un poco por todas partes (para no tener que andar trasegando la hierba y demás),  pero en las zonas donde hiela durante semanas tapamos el montón con sacos o con malla permeable. Pasada la primera fase –de descomposición rápida– la temperatura baja de forma natural. Al voltear entonces el compostero, materiales verdes que habían quedado en la periferia pasan al centro, y así vuelve a recalentarse un poco el montón. Si en la finca hubiera gallinas (en esta no), garantizo que irán a dormir a lo alto del compostero, encaramadas al palet y con el culo hacia dentro, para aprovechar el calorcillo.

3- Mantener un buen nivel de humedad, para que las lombrices trabajen contentas y para que lo “verde” no se seque. Hay que regar el compostero en verano. Cuando entre las capas de materia orgánica se vean una especie de hilos/filamentos blancos (hifas), eso quiere decir los hongos se están enseñoreando del montón, señal de que está demasiado seco.

4- Mantener una buena aireación. La descomposición corre a cargo de bacterias, hongos y una larga lista de invertebrados. Es decir, seres vivos. Es decir, seres que respiran, que necesitan oxígeno. El “compostaje” es una descomposición aerobia (en presencia de oxígeno); sin aire la descomposición también se produce, pero es otra historia (el producto final es diferente, se desprenden gases que pueden ser tóxicos, etc). Para mantener la aireación conviene voltear la mezcla cada cierto tiempo (con una buena horca).

En LRO seguimos estos principios al pie de la letra. Amontonar residuos orgánicos se ha convertido en una rutina, ya ni nos damos cuenta. No se tira nada, pero con todo y eso siempre echamos en falta no tener más. Nunca es suficiente. El “compost” –que deberíamos llamar tranquilamente mantillo, pues, excluyendo alguna que otra cáscara de huevo, y los propios invertebrados que se incorporan al montón, es enteramente vegetal– se utiliza sobre todo en las huertas, mezclado con el estiércol de las ovejas. En algunos composteros se siembran directamente cucurbitáceas, que tiran que da gusto verlas (véase “ABC del calabacín”). Pero cuando hay que preparar una “lasaña” también se echa mano de los composteros (véase “Lasaña vs. Deep bed”), o cuando se planta un árbol, o cuando hay que rellenar una maceta…