Sellos de flores

» El Sr. Andrade me escribe siempre a mano. Usa su maravillosa pluma Waterman y un papel azul celeste, muy suave, que después introduce en un sobre apaisado del mismo color. Sé que en Navidades también felicita por carta a Juanito Ros (su padre murió el año pasado; por suerte para él, antes de que Venecia termine de hundirse), a Marisa, a Duveisa, a Hao (…). Lo imagino con las cartas en el bolsillo del abrigo, caminando despacio hasta la oficina de correos. Si el tiempo acompaña, el Sr. Andrade para a tomar un cafe y unas golosinas. Si está nevando, las pocas veces que esto aún sucede, sube de todos modos hasta Correos y va pisando con energía la nieve, como cuando era un niño, para oír el crujido bajo sus botas. En la última carta que he recibido -con un sello de la Confederación Helvética que representa una Hemerocallis fulva; he empezado a coleccionar estos sellos de flores para Miranda, mi hija, así que le he pedido que me envíe más- me cuenta que va dos veces al mes al mercadillo de Nyon. Que ha comprado dos platillos japoneses preciosos, de porcelana Imari (o quizá una copia, realizada en Delft o en Ansbach), por un franco suizo cada uno. Que en el lago hay muchas serretas y porrones (negros, moñudos y bastardos, especifica). Que una mañana muy temprano vio un zorro en el parque: se sostenía en las patas de atrás y apoyaba las de delante en una papelera, donde hurgaba a fondo en busca de restos de meriendas, patatas fritas con ketchup… Me cuenta que le duelen un poco las rodillas. Que le cuesta apartar la mirada de la nieve pero lo hace. Que sabe que es un hombre afortunado..

Perfiles de cebra, pp. 429-30

Camelias blancas, ahora mismo en flor.
FELIZ 2020

Limpiar barricas

Tres barricas de roble francés reciclado. De 128 litros, porque las grandes de todo (256) no nos entraban por la puerta de la bodega. Tienen ya cinco años, pero tendrán que durar alguno más. No por lo que aporten al sabor del vino -que ya es nada- sino como recipientes para que continúe «haciéndose», suavemente. Solo trasegamos una vez. En invierno, cuando el frío, no demasiado intenso este año, ha facilitado la decantación de los sólidos e «impurezas» varias que pudieran haber quedado por el vino. Lavamos la barrica a la antigua. Primer lavado con la manguera. A continuación, meneo (¡enérgico!) con una cadena dentro, que rasque bien las paredes. Tercer lavado con agua caliente. Y ya está: a darle swing a derecha e izquierda, con ganas, hasta que el agua empiece a salir clara.
Cuando haya goteado bien (quince, veinte minutos con el agujero hacia abajo), volvemos a meter el vino, que teníamos esperando/ tiritando en la cuba de acero.

Tierra seca en Jalalabad

Mural pintado en honor del Dr- Nakamura, «Hijo de Afganistán». Kabul, 12 de diciembre 2019

Hace diez días, el 4 de diciembre, en Jalalabad, los talibanes, u otros como ellos pero que prefieren que se les llame de otra manera (?), acribillaron el coche del doctor y jardinero Tetsuo Nakamura, junto a cinco personas más que viajaban con él. Hoy, que por fin termina la COP25, la prensa encuentra un hueco para la noticia. El Presidente de Afganistán (Pdte. Ghani) ha asegurado durante el funeral que los responsables de estas muertes «irán con seguridad al infierno».
Esto hacía Tetsuo Nakamura: https://www3.nhk.or.jp/nhkworld/en/ondemand/video/2058552/

Y su biografía actualizada: https://en.wikipedia.org/wiki/Tetsu_Nakamura

Comienzo del fin

Vanessa cardui apurando las flores de una abelia, el mejor de los arbustos todo-terreno que se plantaron hace años entre las rocas, pegados a la casilla, a su calor, y ahora crecen solos, sin riego ni protección alguna. Queda en flor esa abelia y el rosal ‘Old Blush’, mi preferido entre los chinos, cuyas flores no dan de comer más que a las cetonias (y en primavera, con el sol en lo alto). Dos cólias -amarillo azufre, lunar negro y lunar plateado- aletean con la vanesa en torno a la abelia. Casi no se alejan de ella. Vuelan bajo, como sofocadas, se posan enseguida y pliegan las alas.

Hemos repuesto ya, para compensar las bajas de este año atroz, tres almendros (dos ‘Guara’ y un ‘Ferragnés’, de floración tardía), una higuera `Cuello de Dama’ y un hermoso nogal sin pedigrí. Quedan por plantar al menos otros cuatro almendros y tres olivos. Quedan también muchas almendras sin recoger. Hay más que el año pasado, pero pocas buenas. Las guardamos en saquitos de yute, que fueron de patatas, y vamos descascarillándolas poco a poco con un artilugio muy útil que compré en Griñón (modelo «cocodrilo»; lo tienen en cualquier ferretería; la ventaja respecto al martillo es que la cáscara no sale volando).
Crecen bien, pero despacio, las coles, alcachofas y puerros. La alberca de arriba rebosa. El pilón frente a la casilla vuelve a tener agua, y ya rebosa también, aunque más discretamente que la alberca, sobre un cauce tupido de tierra y grama que habrá que limpiar más pronto que tarde.

Hace dos días, de vuelta de poner los ajos, se me cruzó un meloncillo en el camino. Eran las tres de la tarde. Cruzó disparado, sin mirar, y se puso a salvo de un brinco entre las zarzas del otro lado. Nunca había visto uno tan de cerca (de lejos puede parecer un gato paticorto, o un hurón de buen año…) Tienen el pelaje oscuro, color chocolate, y la cabeza pequeña y puntiaguda.
No sé si veo o adivino a los alcaudones. Una pareja de plumas negras y blancas, con una gota de rojo teja.¿No deberían haberse ido? ¿Con qué otros pájaros me los confundo entonces?
Los cazadores, como cada año, han arrancado postes y carteles: propiedad privada, prohibido cazar. Ni caso. Cojo el mazo, unos carteles nuevos (fotocopias plastificadas), y volvemos a empezar. Cartuchos rojos o verdes, en los que me cabe el pulgar, aparecen entre las cepas peladas.
Al guardar la azada en la casilla me encontré una larga culebra de escalera deslizándose lentamente, muy lentamente, entre dos bloques de piedra de la pared. ¡Qué bien hicimos en dejarlos así, sin mortero! Una salamanquesa pequeña y adormilada, de cuatro o cinco centímetros, se cayó de espaldas desde el quicio de la puerta. Pero la culebra ya estaba yéndose. No la vio. Puse a la salamanquesa del derecho y la empujé con un dedo para que se metiera entre los capachos y cajas que usamos para la vendimia (el resto del año se ordenan justo ahí, detrás de la puerta).

El fin de semana pasado vino por LRO la familia de Anastasio, el anterior propietario, fallecido por Todos los Santos. Plantaron un almendro y enterraron las cenizas de Anastasio en el alcorque. El almendro crecerá en la parte alta de la finca, donde él solía poner su huerta. El valle del Tórtolas, que vierte en el Alberche, se extiende a sus pies: un ancho paisaje de encinas, olivos, viñedos, jaras. Muy a lo lejos, chalés desperdigados (urbanizaciones fantasma, en suelo rústico), plásticos de un invernadero, antenas del centro espacial de Robledo No fue nada triste. Anastasio tenía un montón de nietos, que bajaron riendo y alborotando por el camino. Cuando se despidieron subí a echar un vistazo. Añadí un tutor, del lado del viento dominante (noroeste) y protegí el tronco con un manguito de malla de plástico, muy fea, pero también muy necesaria para que los corzos no estropeen la corteza cuando vienen a frotarse los cuernos.

En quince días, a partir de ya, empezará a crecer el sol.

Por San Martín el ajero

Después de una semana de lluvia (lluvia despaciosa, de la buena), el cielo estaba azul y la tierra fresca. También estaba blanda, la tierra; fácil de trabajar. Preparé para los ajos una cama ancha, de modo que me cupieran dos líneas (más una tercera por el medio, haciendo un quincunx) y de un codo de alto, para que las raíces estén siempre bien drenadas.
Desde mediados de noviembre (San Martín) y a lo largo de todo el invierno, cualquier día es bueno para plantar ajos, con la sola limitación del hielo o del suelo encharcado. En cuanto a la luna, ya es otro cantar. Los que se lo creen a pies juntillas me reprocharían haber plantado ayer. Conviene al ajo la luna menguante, no el cuarto creciente en que estamos. ¿Por qué no esperar un poco, qué trabajo cuesta? Pues sí cuesta. Los ajos «de siembra» no pueden aguantar eternamente en su redecilla, porque corren el riesgo de empezar a brotar; y eso es peor, en mi opinión, que lo que diga la luna.

Uno planta cuando le cuadra. Hay que hacerlo en una tierra limpia de hierbas, raicillas, piedras. Una tierra en tempero, como la de ayer. En un caballón alto y bien drenado. En un rincón aireado, que quede expuesto al sol cuando el sol llegue. Con un material vegetal sano; ni viejo y reblandecido, ni con la yema verdeando, apuntando ya al cielo. A la profundidad adecuada: no tan abajo que se pudran, o se enfríen y tarden demasiado en brotar, ni tan arriba que el viento o un chaparrón, o el pico de un pájaro hambriento, los puedan descalzar a la primera de cambio. Por San Martín el ajero, dicen, siembra ajos con el dedo: escarbando con la mano en la tierra muy suelta, o empujando simplemente el diente de ajo, bien hacia dentro. Si además de todas esas cosas uno puede organizarse y esperar a que la luna se ponga a tiro, ¿por qué no? Dicen que plantando en creciente el ajo «sube» antes de tiempo, es decir, antes de echar buenas raíces. Es posible. Mi vecino Miguel Manduca, el cabrero, lo cree así. Pero también es posible que no. Lo único seguro es que si los dientes de ajo están malos, la tierra encharcada, la parcela poco soleada… no habrá nada que recoger en el mes de junio. En esto también está de acuerdo Manduca.

(Otros requisitos que se imponen a la luna; tener tiempo y tener la espalda bien. No dejarse olvidada la faja en el armario; cavar firme, sacudir los terrones con energía)

Barranco Moreno

Durante dos meses las Cuevas de la Araña, en Bicorp (Valencia), estarán cerradas por reformas. El eco-museo nos ofrece una visita alternativa al Barranco Moreno, cuyos abrigos también están llenos de pinturas (arte levantino, a las puertas del Neolítico). Trazos geométricos, en zigzag abierto (¿el mar, los dibujos de la lluvia, cualquier sueño recordado de buena mañana…?) y ciervos y cabras del tamaño de una mano escondidos en los pliegues de la roca. La guía, una mujer joven, arqueóloga, resulta molesta con sus constantes bromas y tonterías (sobreentendidos políticamente correctos… ¡incluso aquí!), pero no queda más remedio que aceptarlo, sin chistar, porque los abrigos están bajo llave. Se puede hacer abstracción de las risas. Buscar al ciervo de perfil: revivir la emoción del hombre que lo pintó hace siete mil años. Imaginarlos a ambos exactamente aquí, una mañana de noviembre exactamente como esta (quizá un poco más fría…). Del lado del barranco que mira al sur crecen palmitos. Enfrente, del lado norte, fresnos que amarillean. Helechos donde remansa el agua; romeros donde se escurre. Zarzaparrillas (Smilax aspera) retrepando sobre los lentiscos, que son los hermanos levantinos -más pequeños y finos- de los terebintos de LRO (Pistacia lentiscus, P. terebinthus). Dominio de los pinos carrascos. Algún quejigo. Enebros y sabinas arbustivos (poco suelo, mucha pendiente) en el exterior del pinar, por las orillas soleadas del camino.

Robin Lane Fox, o el arte de vivir en las nubes

Historiador, helenista, ex alumno de Eton, profesor de Oxford y experto en jardinería del Financial Times. Uno de esos excéntricos británicos -orgullosos defensores del estereotipo, indeed– que tienen a gala hacer y decir siempre lo que les sale del nabo. Otro ilustre amante del latín y el griego antiguo, estudiante de classics en Balliol College, e igual de liberado mentalmente que Mr. Lane, ocupa en la actualidad el 10 de Downing Street.

Mr. Lane Fox, en efecto, lee directamente a Homero en la edición de Loeb Classical Texts. Da clases como profesor emérito en un college y es el jefe de jardineros en otro. Fue contratado por Oliver Stone como asesor para su película sobre Alejandro Magno (excelente jinete, solicitó al director poder participar en la carga de caballería de las tropas macedonias; y lo hizo; en primera línea). El éxito en España de su bestseller, El mundo clásico, y un Festival de Flores en Córdoba, en el que Lane Fox era jurado, llevó a una curiosa entrevista en El Pais Semanal, cuyo enlace adjuntamos más abajo. En ella se omiten algunas de las facetas del personaje que -como se verá- podrían no contribuir demasiado a la venta de sus libros.
Desde hace cuarenta y siete años Mr. Lane complementa toda esta actividad -clases, flores, cabalgadas- con un artículo semanal en el suplemento de ocio del Financial Times. En 2010 reunió algunos de sus artículos en el libro Thoughtful Gardening, publicado por Penguin Books.

Thoughtful Gardening, cara A.
El libro está dividido en cuatro secciones, una por cada estación del año.
Son deliciosos sus artículos sobre viajes y sobre libros. Los pasajes de la correspondencia de Katherine Mansfield, por ejemplo, en los que se pone de manifiesto su amor a los jardines, más aún, su dependencia anímica de las flores; o el relato de su visita al vivero Latour-Marliac, al que Monet encargaba los nenúfares de Giverny; o la crítica que hace de la adaptación para la BBC de Mansfield Park, un completo churro, en el que se minusvaloran aspectos esenciales del libro de Jane Austen, como su denuncia del papanatismo de ciertos garden designers (y sus clientes)… Deliciosa la descripción del Jardín Botánico de Bangkok, donde se filmó la citada carga de caballería de Alejandro; de la avenida de King Cherris de Seul, un largo paseo entre nubes de pétalos blancos; del jardín de la Odessa post-soviética -el invernadero en mal estado, las ramas rotas de un magnolio- que le trae a la memoria al Príncipe Bolkonsky (Guerra y Paz), el momento en que se despide de su jardín y su casa para marcharse a combatir; de su viaje a Capri en primavera, con el detalle de los diferentes tipos de Lithospermum , esas florecillas rastreras, de color azul índigo, que crecen también por los pinares de Galicia; de la Bahía de Nápoles y las pinturas del Museo Arqueológico, cuya visita acompaña de la lectura del poeta Estacio y completa, más tarde, con un paseo por los alrededores para herborizar (esos ciclámenes miniatura, el famoso Allium neapolitanum, orquídeas silvestres etc).. Precisas y enormemente útiles son sus recomendaciones sobre variedades vegetales: magnolias de hoja caduca, rododendros, cerezos japoneses, peonías arborescentes para la primavera; deutzias, iris, espuelas de caballero, hasta kniphofias (que aquí no se ven casi, pero en Inglaterra por todas partes) para el verano; dahlias, salvias, manzanos ornamentales y asters en otoño… Útiles son también sus «seis reglas sobre esquejes»; su listado de rosas trepadoras que toleran la sequía; sus observaciones sobre el cultivo de Galanthus (campanillas de invierno) al sol o a la sombra, con más o menos mantillo; sus instrucciones, muy concretas, para sembrar flores anuales en el exterior, o para mantener contenida mediante la poda una exuberante glicinia, o una retama del Etna con tendencia a envejecer y enmarañarse por dentro… Habiéndose formado en el Alpinum de Munich, Lane Fox muestra una admiración a prueba de modas por las rocallas alpinas y por los jardines botánicos en general. En cuanto al diseño, su modelo es el del jardín clásico, italianizante (referencia: Edith Wharton, en su faceta de paisajista), con relativa libertad para los colores… y fumigados a conciencia para que nada ni nadie los perturbe.

Y así llegamos a la cara B. Porque el culto y observador Mr. Lane no habla de las plantas en abstracto: en sus recomendaciones sobre el jardín «concienzudo» (thoughtful), y precisamente porque lo es, no puede dejar a un lado sus opiniones sobre el cambio climático o la jardinería sostenible (the organic fantasy, p.35). Lane Fox lo hace, se moja, pero para apuntarse del lado de los que defienden seguir como hasta ahora (my firm advice: do nothing, p.18) porque, para empezar, no hay que exagerar, y porque además, ¿acaso cree usted que yo voy a salvar el planeta porque deje de usar glifosato e Imidacloprid en mis macizos? Y sobre el alza constante de las temperaturas, los veranos tórridos de los últimos años, la escasez de nieve: ¡Pero si los arbustos de invierno -mahonias, viburnos…- florecen como locos, huelen mejor que nunca, y los macizos de fucsias y salvias jamás estuvieron tan bonitos! ¡Aguantan en Oxfordshire hasta diciembre!
Wonderful!

Un ejemplo de su forma de razonar, característica de mediados del siglo XX, es el capítulo titulado Sickly Chestnuts (Castaños de Indias enfermizos, pp. 185-187) De un tiempo a esta parte los castaños de Indias tienen serios problemas con el insecto equis, que no es mortal de necesidad para el árbol, pero sí lo debilita y afea. Bien, pues inyectemos mejunjes a base de Imidacloprid. El problema, que Lane reconoce abiertamente, es que este insecticida puede favorecer, de rebote, la aparición de dos bacterias, fulana y mengana. Una no tiene por qué ser mortal para el castaño (en principio); la otra, casi seguro que sí… ¿Qué hacemos entonces? ¿Renunciamos al insecticida? Definitely not! Si he entendido bien el artículo (es la duda que me queda), Mr. Lane propone que nos limitemos a esperar a que las multinacionales del sector investiguen, investiguen… hasta tener a punto ese nuevo producto (we need a chemical, p. 187) que ha de eliminar también a fulana y a mengana. En este caso, ni siquiera hay que considerar los efectos sobre el medio ambiente. La cadena de efectos secundarios sobre el propio vegetal a tratar se la pasa Mr Lane por el desfiladero de las Termópilas.

En definitiva. Robin Lane Fox cuestiona o minimiza los efectos del cambio climático (pp.18-19: lo cuestiona:as ever, there have been weather catastrophes, but carastrophes are not evidence of sustained change,,,; o no lo cuestiona, porque la donna é mobile, y entonces lo saluda con alborozo: gardeners can profit from a clear benefit, p.22); promueve el uso de abonos químicos y herbicidas, incluso cita a Vita Sackville-West (¡1956!) como autoridad en su defensa, además de relatar un viaje altamente instructivo a las instalaciones de la multinacional Bayer en Düsseldorf, cuyos productos promociona con nombre y apellidos, sin rebozo; declara una y mil veces su afición a la caza del zorro con jauría de perros (prohibida por su extrema crueldad en 2004, para gran desconsuelo de nuestro helenista y de todos los patricios latifundistas del país); difunde una antigua receta de «ardilla a la sidra»; propone capturar a las ardillas con trampas, o con ayuda de un galgo, o directamente a tiros («en ambientes rurales, recomiendo el uso prudente de una pistola», p.89); intenta cargarse a los conejos de su jardín dejándoles platillos con leche y glifosato (p.146); hace chistes malos sobre la partenocarpia de cierto genero de gorgojos, en el que solo existen individuos hembras (¿qué tal si, usando la ingenieria genética, introducimos en la colonia un macho? ¡Qué risa!; p. 80); y para terminar esta sucinta enumeración –last, but not least– propone calmar a los tejones, responsables del caos nocturno en su bordura de crocus, con cebos a base de mantequilla de cacahuete y Prozac (p.105; lo dice y lo hace).

NOTAS:
Artículo citado: https://elpais.com/elpais/2017/12/04/eps/1512412299_415603.html

R.Lane Fox, soldado de Alejandro el Grande.

G. Altares no pregunta nada sobre esas cosas que a Lane Fox le resbalan. Respecto al brexit: Mr. Lane le confirma que votó en contra, aunque «básicamente no está ocurriendo nada». El Brexit es una estupidez, claro, pero «nada comparable a las conquistas de Alejandro». Sí pero no, o no pero sí… (al estilo tercerista de Jeremy.Corbyn)

Cançó protesta contra los mirlos

10:30 (actualizado a las 16:30: lo mismo; y las 20:30: lo mismo en la NII; lo mismo también en Irún)

Dedicado al camionero Luis, que lleva más de veinticuatro horas en la Junquera con un tráiler de lechugas que tenía que haber entregado ayer en Ginebra. Todavía no sabe si el cliente las va a aceptar, pero mucho se teme que no. Mientras él trepa por las paredes del camión, rezando para que no se le acabe el gasóleo (y con él, la posibilidad de mantener refrigerada la carga) los responsables de que esté ahí atascado con sus lechugas cantan a coro Venim del nord, venim del sur…

A los pájaros les asustan los reflejos de los cedés colgados de las ramas de los árboles. He comprobado, sin embargo, que el efecto no suele ser duradero. Aunque depende un poco del cedé (los hay más eficaces que otros, como este de la foto), de la orientación y de la longitud de la cuerda que los sostiene, en general a los pocos días los mirlos se acostumbran. Si uno quiere proteger sus cerezas, sus manzanas, sus higos.., tendrá que cambiar con frecuencia el cedé de rama, de modo que los reflejos vengan por donde (todavía) el pájaro no se lo espera.
Todo el mundo tiene por casa cedés que no escucha nunca. Esta es una posible salida (porque, además, creo que son difíciles de reciclar).

Solo tiene tiene 5 años pero ya produce en abundancia. Peritas blancas de Aranjuez, que maduran a finales de agosto. El cedé ahuyenta con eficacia a los mirlos.

Actualizado día 13, 10:00: lo mismo. Aurevoire a las lechugas. (https://elpais.com/politica/2019/11/12/actualidad/1573557549_796979.html )

Rojizo rosado

Se llevan más los rosados pálidos, incluso muy pálidos, asalmonados o rosa-cebolla Este de Domaine Reno, procedente de garnachas de la côte vermeille (Collioure, ciudad hermanada con Soria, y en cuyo camposanto hay una tumba que pone: Antonio Machado, seguido de: Ana Ruiz, madre del poeta; habían cruzado a pie los Pirineos, pero ella creía, dicen, que iban camino de Sevilla; muertos el uno y la otra, con tres días de diferencia, en el gélido febrero de 1939)… este rosado tira mucho al rojo, demasiado, diría a lo mejor un enólogo exquisito, y también de sabor recuerda a sus hermanos tintos, que sí fermentaron con todo el hollejo.
Las reinetas fueron a dar a una tarta, con masa quebrada y mermelada de ciruela.
El libro que se ve en una esquina: ¿Acaso no matan a los caballos?, una edición de Tiempo Contemporáneo/Buenos Aires-1969 que encontré en un puesto de libros callejero con el cartel «LIQUI-DACIÓN» (páguese un euro, y el libro elegido pasará al estado líquido).
Al fondo de la foto, entrando en un visto y no visto, rácana y paliducha -como esos rosados etéreos que se han puesto de moda-, un poco, pero muy poco, de luz de noviembre.