Romance del Bio-Huerto

Las habas entre alcachofas
Zanahorias con la cebolla
Los espárragos con nada
Lechugas con cualquier cosa.

Las fresas con cebollinos
Y también con la borraja.
¡Por el aire va el pepino!
Por el suelo, calabazas.

Guisante con girasol,
El apio con la espinaca,
El ajo con cualquier col,
Y anís con la remolacha.

El tomate y el pimiento…
Con albahaca y tagetes al sol.
Rabanitos con los puerros,
Y siempre solo el melón.   

Judías con el maíz,
Acelga y calabacín.
Y así termina este cuento:
Juntos pero no revueltos 

GLOSA

Esta es una posible asociación de hortalizas (¡una entre muchas!). Los criterios para la asociación: combinar diferentes  velocidades de crecimiento, diferentes formas de ocupar el espacio, y –antes que ninguna otra cosa– combinar hortalizas de familias diversas, para no provocar ataques masivos del mismo parásito. Los libros de referencia para la asociación de cultivos son los de Gertrude Frank, que nadie tiene (porque es difícil encontrarlos) pero todo el mundo cita. En la LRO nos vamos arreglando con La Gazette des jardins y las diferentes publicaciones de Terre Vivante.

Estrofa 1. La alcachofa se mantiene en la huerta unos 3 años; entre líneas, para aprovechar el suelo y de paso enriquecerlo en nitrógeno, pueden ir habas. Zanahoria y cebolla repelen recíprocamente a sus parásitos. Los rizomas de espárragos son demasiado agresivos para compartir terreno con nadie. Las lechugas, como los rabanitos o las espinacas, van a toda velocidad; por eso son buenos acompañantes de hortalizas lentas, como los puerros o las coles (estrofa 4, v. 3).

Estrofa 2. Los cebollinos despistan con su olor a los parásitos de las fresas. Quedan muy bien en macetas, no sólo en el huerto. Siendo de la misma familia, el pepino prefiere trepar y la calabaza arrastrarse.

Estrofa 3. Los girasoles, cuando ya tienen 20 cms o más, aceptan que se siembre al pie un par de guisantes o de judías, siempre que la tierra sea rica y fresca; en LRO, con guisantes, sólo es posible a principios de primavera; después hace demasiado calor. La variante es usar como tutor maíz en vez de girasol (estrofa 5, v. 1). En este caso todavía hace falta más agua, o un rincón al pie de un muro no muy alto orientado al norte (de forma que las raíces estén a la sombra pero la “cabeza” del maíz al sol; en LRO es la única manera de cultivar algo de maiz).

La espinaca crece rápido y en cualquier parte. Ver estrofa 1, lo dicho sobre las lechugas. La espinaca, eso sí, es de primavera y de finales de otoño. En el verano de LRO el papel que desempeñaba la espinaca –especie de “cubre-lo-todo”–  pasa al acolchado de paja.

La cebolla y el ajo son de vegetación poco exuberante, por eso pueden compartir bien el espacio con las opulentas coles (¡el rabanito no, porque es de la misma familia!). Pero si no hay problema de espacio, lo que mejor les va a las coles es la proximidad de los tomates, cuyo olor desbarata el ir y venir de sus parásitos…

Las hojas de remolacha no son ni muy grandes ni muy abundantes. Por eso se recomienda sembrarlas con semillas de aromáticas: coriandro, anís, comino…. En LRO haremos la prueba por primera vez este año.

Estrofa 4. El tomate y el pimiento son plantas golosas que, además, pasan bastantes meses en el huerto; los pies de tomate se separan unos 60 cms. unos de otros; en ese espacio es perfecto sembrar (o plantar) albahaca, que desconcertará a los insectos que anden buscando tomate; además, así la tendremos bien a mano para hacer salsas de tomate y salsas al pesto; las raíces de los tagetes mantendrán alejados los nemátodos del suelo.

Rabanitos (o lechugas, o espinacas) y puerros: sí, pero cuando ya están bien aporcados los puerros, o (mejor) cuando en vez de aporcarlos optamos por acolchados muy espesos.

Es mejor que el melón vaya solo, como los pepinos y las calabazas, porque crece mucho y de forma desordenada, lo que complicaría el cultivo de hortalizas intercaladas.

Estrofa 5. Para judía y maíz, ver estrofa 3.

Rotaciones

Febrero 2012

Ando estos días dándole vueltas a la planificación de las cinco pequeñas huertas de LRO. Todavía no podemos preparar nuestros propios semilleros, lo que nos hace depender mucho de los proveedores de planta ecológica. Este año no se pondrán patatas, las compraremos en Lástras de Cuéllar, ni cebollas ni ajos, que nos traerá Diego de Villadelprado (colega agricultor, con su finca también certificada). Además de lo que hay en las huertas, muchas cucurbitáceas se siembran directamente en los composteros (calabazas, calabacín, melón) y por ello no se incluyen en la tabla. Hacia julio hacemos una segunda plantación de tomates y calabacín, para que haya producción en septiembre y octubre. Las tablas del 2010 y 2011 están coloreadas. Así se visualiza rápidamente la rotación, que es más una cuestión de sentido común que de principios estrictos e inamovibles (de hecho, la vamos adaptando de año en año): el naranja corresponde a cultivos «de fruto» (tomates, pimientos…); el amarillo pálido a los de «semilla» (leguminosas), el verde a los de «hoja» (lechuga, acelga…) y el azul a los tubérculos y bulbos (patata, cebolla…). Cuando las hortalizas del 2012 estén en la tierra, también colorearé la tabla correspondiente.

Matar una aceituna

 Enero 2012

La almazara del pueblo cerró ayer, quince de enero, y no volverá a abrir hasta que esté el aceite envasado. Estas últimas aceitunas están ya muy maduras; como no ha llovido apenas a muchas se las ve medio deshidratadas, feúcas, arrugadas por el frío. Si no se cogen rápido se las llevan los rabilargos. Las aceitunas de color violeta, las bien maduras, son las buenas para estrujar y hacer aceite. En LRO tenemos catorce olivos de la variedad manzanilla –la mitad de ellos recuperándose del incendio de 2002–, y veintiséis arbequinas de tres años, plantadas al tresbolillo en la tabla grande de las viñas. Los árboles son pequeños, incluso muy pequeños, así que recogemos la aceituna ordeñando pacientemente la rama (ordeñar: agarrar una ramilla bien cargada y arrastrar el puño cerrado hasta el extremo). Dentro de unos meses, presentando el ticket de la almazara, nos entregarán las garrafas de aceite, a razón de cuatro o cinco kilos por litro, según el año.

Las aceitunas de octubre, de noviembre, todavía verdes o violeta claro, de piel tersa, son las aceitunas de mesa. Los paisanos que tienen olivos siempre reservan un par de cubos para estas aceitunas de verdeo, que primero matan y después aliñan. Matar una aceituna es quitarle el amargor. Mi vecino Perico las mata con sosa (hidróxido de sodio): una cucharilla de café por cubo de aceitunas, bien cubiertas de agua. Antes de meterlas en el cubo les hace una rajita con la navaja, una a una, con toda la paciencia del mundo. Mi amigo Alejandro, que es de un pueblo de Cuenca, las mata metiéndolas en agua fresca y cambiándosela prácticamente todos los días durante varias semanas. También funciona sumergirlas en agua con sal una vez sajadas; con este segundo sistema se les puede cambiar la salmuera una vez a la semana, o cada dos… pero, con todo y eso, cuanto más lavadas siempre mejor. Así las hemos preparado en LRO. En cuanto al aliño, hay para todos los gustos. A todo el que veo metido en faena le pregunto cómo hace. He llegado a la conclusión de que todos los aliños llevan sal, ajo y tomillo. Ajo pelado cortado por la mitad, pero también ajos enteros un poco machacados. Hay quien les echa también laurel, o romero, o hinojo. Y en el sur, por lo que me cuentan, cáscaras de naranja, trocitos de cebolla y tiras muy finas de pimiento rojo y verde.

ABC del calabacín

Enero 2012
En LRO hemos cultivado calabacines verdes y calabacines genoveses (de piel más clara, con dibujos color crema, de textura mucho más suave). Como ya les tenemos bien cogido el punto puedo afirmar categóricamente que el cultivo del calabacín es el más fácil y el más descansado del mundo. Si alguien quiere discutírmelo, ¡aquí le espero!.

Para tener buenos y ricos calabacines hace falta muy poca cosa. Un compostero lleno de materia orgánica no del todo descompuesta. Media sombra mejor que solana. Agua. Y un sobre de semillas, que en esta finca, como en todas las que cumplen con el Reglamento de producción ecológica de la UE, han de ser de origen 100% ecológico (sin tratamientos de ninguna clase). Si las semillas son nuestras hay que andar con cuidado: las cucurbitáceas se hibridan muy fácilmente entre ellas así que, si en la finca hay más de una variedad de calabacín y calabaza, las posibilidades de que las hijas se parezcan a la madre son más bien escasas. La única forma de conseguir un calabacín con “pedigree” es hacer la polinización a mano (con un pincel, o simplemente pasando el dedo: primero por los estambres de la flor macho, y después por el estigma de la flor hembra). La flor hembra es muy diferente de la flor macho: bajo los pétalos deja ver el ovario hinchado, como un calabacín en miniatura. Cuando la polinización natural falla –cosa que sucede a menudo si no hay suficientes flores silvestres cerca, flores que atraigan a los insectos requeridos, o, al contrario, cuando hay en el vecindario alguno de esos arbustos que vuelven locas a las abejas, hasta el punto de que no salen de él…– ese ovario no fecundado no puede seguir engordando; amarillea y cae, sin más. La siembra se hace en abril: se escarba con la mano una especie de bolsillo en el centro del compostero, se rellena de compost maduro (un puñado), se entierran superficialmente dos semillas, se riega bien… ¡y a correr!. Si las dos semillas germinan, una de las plántulas deberá desfilar, por el bien de ambas. La producción es continua durante un par de meses, después decae. Por eso es necesario hacer una segunda siembra en julio, al menos por estos pagos.

Saltamontes contribuyendo a la polinización del calabacín (¿…o comiéndose tranquilamente la flor?).

Los calabacines, como la calabaza, se conservan bien al fresco –el calabacín un par de semanas, la calabaza meses– pero se congelan mal. Al descongelarlos son todo agua. Mejor hacerse primero la crema de calabacín (más patata, zanahoria, cebolla, quesitos, nata y pimienta negra), o de calabaza (con patata, cebolla, nata o yogur, un bulbo de hinojo, jengibre al que le guste y ¡mucho comino por encima!). En el congelador las dos cremas aguantarán meses. Es verdad que al decongelarlas estarán aguadas, pero en cuanto hiervan volverán a su textura normal y tendrán el mismo sabor de siempre. (Como esta que me acabo de comer hace diez minutos, con la etiqueta del día cuatro de agosto).

Pesto alla genovese

Diciembre 2011

Ya se ha helado la albahaca: se acabó la salsa al pesto hasta la próxima primavera. El ajo, el aceite y la albahaca que utilizamos para hacerla son de LRO; el aceite, en realidad, de la almazara del pueblo, a donde llevamos cada Navidad nuestra minúscula pero queridísima cosecha de aceitunas. Los piñones también podrían ser nuestros… si no fuera por ese señor que viene todos los años a llevarse las piñas de los dos únicos pinos que las producen en la finca, en la linde norte. Al principio se las llevaba sin más. Ahora que sabe que esos pinos son nuestros (hablando se entiende la gente)… se las sigue llevando de todos modos, pero al menos nos saluda al pasar con el saco cargado. Hemos plantado cinco pinos piñoneros en la parte alta de LRO, y dos más, muy hermosos, en la pradera del estanque. Estos nuevos pinos, con permiso del señor del saco, darán algún día piñones para nuestro pesto genovés.Y si tuviéramos un poco de suerte –y nos molestáramos en mantener mínimamente fresco el pie de los pinos durante el verano–, quién sabe… a lo mejor un día también teníamos níscalos. (*La foto es de abril; ahora la pradera está seca, y helada hasta bien entrada la mañana).

Todo sobre mis coles

Noviembre 2011

Es el primer año que pongo coles en la huerta. Empecé con las lombardas, en primavera, y continué con coles de Bruselas y coliflores hacia la mitad del verano. Todas esas coles fueron plantadas en la “lasaña” donde se habían cultivado los ajos en invierno (y el año anterior, tomates). Al poner las plántulas añadí medio saco de mantillo a cada una para compensar la bajada de nivel de la lasaña (la materia orgánica se fue descomponiendo e incorporando al suelo original: lo que al principio era un buen colchón de paja, hierba y estiércol, ahora se parece más a una alfombrita de baño… Bueno, sólo crecieron bien y pudieron ser consumidas las lombardas, que se habían plantado a finales de abril. Lo demás también fue consumido, naturalmente, pero no por mí, sino  por un poderoso ejército de chinches, orugas y pulgones.

Con los pulgones me fui arreglando (limpiando las hojas al regar, con paciencia), y con las orugas todavía, porque las retiraba con los dedos, una a una, y las echaba en la orilla del camino, en unos montones con restos de fruta que suelen visitar los mirlos y los ratones.  Pero las chinches… las chinches pudieron conmigo. Me he pasado horas agachada metiendo en un sombrero las orugas y chinches que iba retirando con los dedos. Y es que las chinches son muy cucas; se dejan caer al suelo en cuanto sienten que algo no va bien, y ahí, entre el acolchado y la tierra, se escabullen con facilidad. Además, se pasan el día dedicadas al noble deporte de reproducirse. No exagero. Tengo la impresión de que no hacen otra cosa de la mañana a la noche. Comer y trincar sin parar un segundo. El problema es que no quiero utilizar ningún insecticida, ni siquiera los blandos, por muy admitidos que estén en el Reglamento de producción ecológica. No hay insecticidas selectivos, y pienso que, aunque los hubiera, tener que recurrir a ellos es reconocer que las cosas no se han hecho bien, o no tan bien como se debería. (En las grandes fincas, donde hay mucha gente empleada que vive de lo que se produce, con las consiguientes nóminas que pagar a fin de mes, gastos fijos de transporte, cámaras, etc., las cosas son diferentes, y más cuando hay que vérselas con una plaga. No pretendo juzgarlos, ni mucho menos, porque no sé lo que haría yo misma si me viera al frente de algo así). Aquí, en LRO, es más fácil tomar decisiones. Si me cargo a la chinche, me cargo también a la tijereta, a la mariquita, a la libélula… Y no quiero cargarme a nadie. Así que lo que tengo que hacer es: primero, no desesperarme; segundo, descubrir qué es lo que hice mal.

Hipótesis: las chinches atacaron como fieras salvajes en pleno verano; en ese momento las lombardas ya estaban medianamente crecidas; las otras coles, sin embargo, eran todavía muy pequeñas, con hojas tiernas y apetitosas; las lombardas aguantaron mejor los ataques de la chinche, así que mi primera conclusión –a someter a prueba el próximo año– es que la plantación de verano la hice con plántulas demasiado pequeñas;  tenía que haberlas dejado crecer en un lugar protegido, incluso en módulos de invernadero, y no plantarlas hasta que estuvieran el doble de grandes. Por otra parte, yo no sabía de la existencia de esta chinche –Eurydema ornata–; estoy segura de que cuando vi a la primera paseándose entre las líneas de coles no le di la mayor importancia; al contrario, debí de quedarme contemplándola, encantada de haberla conocido (un bicho nuevo en la huerta, y de librea tan vistosa…) en vez de agarrarla de inmediato y mandarla a freir puñetas al camino. Además de ser más cuidadosa con las fechas de trasplante, y de andar más atenta a los primeros ejemplares, tendré que hacerme una lista con los principales predadores de la chinche (pájaros, lagartijas, arañas… pero habría que ser más precisos). Cualquier consejo, cualquier información al respecto, serán bien recibidos.

La historia no termina aquí.

OLYMPUS DIGITAL CAMERASaltamontes a la derecha, mimetizado con la tierra.

En plena ofensiva general de las chinches aparecieron otros personajes poco recomendables: los saltamontes azules. Al principio, como me pasó con las chinches, me limité a hacerles fotos. ¡Qué bonitos son, cuando, en pleno salto, despliegan ese velo azul turquesa que llevan recogido detrás de las patas!. Y así estuve, alelada, hasta que los pillé con las manos en la masa cepillándose una línea de judías recién germinadas (en la foto se ve al saltamontes a la derecha, mimetizado con la tierra). Unos días después de estas fotos, los preciosos saltamontes azules atacaron la última remesa de coles.Y los conejos remataron lo poco que los saltamontes habían dejado. Y a finales de septiembre, cuando parecía imposible que pasara nada más, cuando ya sólo quedaba media docena de coles de Bruselas y otra media de coliflores, aparecieron los que faltaban: los jabalíes. Echaron abajo la portezuela (hecha con un palé atado con alambres) y zapatearon a placer la cama de las coles.

Bueno. Termino. No me he rendido, eso jamás. He cogido los despojos de las coles y los he trasladado al otro extremo de la finca, a una huerta mejor cerrada. Allí están ahora las coles supervivientes, protegidas con unas mallas rígidas y unas estacas. Las primeras noches frías de verdad han empezado a poner las cosas en su sitio. No hay ni rastro de chinches ni de saltamontes. Y, aunque no me gustan los cazadores, tengo que decir que el comienzo de la temporada de caza ha alertado a conejos y jabalíes. No me alegro. Preferiría enfrentarme a ellos de otra manera: reforzando los cierres de las huertas, para empezar. O poniéndoles comida apetitosa en otros sitios.

En fin. Las coles siempre me han parecido unas plantas muy hermosas: erguidas, robustas, carnosas, sólidas, como pequeñas esculturas vegetales. Creo que aunque no fueran comestibles seguiría luchando con el mismo ahínco por sacarlas adelante.

Coltura promiscua

Agosto 2011

Leo en uno de los manuales de D. Soltner que en Italia central las viñas de Chianti se sujetan a los troncos de los arces campestres o de Montpellier, y que entre líneas se cultivan leguminosas (alfalfa), o incluso tabaco. Y que a este sistema de cultivo combinado se le llama así, “coltura promiscua”. Concluyo que la promiscuidad será tanto mayor cuanto mejores las condiciones del suelo y del clima. Así, mis abuelos podían sembrar en La Coruña judías trepando por el maíz, todo bien pegado, sin que ni las unas ni los otros dejaran por ello de crecer con energía en pleno mes de agosto. Lo que recuerdo de aquellos maizales es que allí casi no se entraba, y que precisamente por eso era un sitio perfecto para esconderse. Por estas tierras, en plena meseta castellana, también lo he visto hacer… Las plantas, sin embargo, eran menudas y de aspecto enfermizo, la producción menor, la maduración de las espigas precoz, los ataques de la araña roja en las judías bastante más serios (a cambio, los tomates están aquí  más sanos, y durante más tiempo, porque no les afecta el oídio hasta que las noches empiezan a refrescar, justamente ahora, al entrar en septiembre). Pero la “coltura promiscua” de maíz con judía no se inventó en mi pueblo, claro, está inventada desde hace mucho, en la región que va desde Nuevo México hasta el norte de Colombia (cosa que mis abuelos seguramente no sabían, aunque hubieran llegado a parecidas conclusiones sobre el cultivo a varios siglos y varios miles de millas marinas de distancia). Los indios hopis añadían un tercer ingrediente, la calabaza, y se referían a ellas como “las tres hermanas”…

Para cultivar juntas en este secarral a dos de esas tres hermanas, quizá bastaría ¿con que las calles fueran más anchas?. No estoy segura de que valga la pena. Puestos a combinar, me ha parecido más prudente reemplazar maíz por girasol (que necesita menos agua), y utilizar judías de ciclo corto, que he sembrado en la segunda mitad de agosto, cuando ya el girasol estaba algo crecido. Las plantas parecen sanas y están ya llenas de flores.

Mi abuelo dejaba sólo cinco metros de separación entre sus frutales, y por los rincones plantaba coles. Aquí el secano –incluso el secano relativamente fresco de La Rama de Oro– impone marcos de plantación que llegan al doble. He leído que en los olivares del sur el marco era deliberadamente amplio, para poder sembrar cereal mientras los árboles crecían (que se tomaban su tiempo). Y le he escuchado decir al anterior propietario de La Rama de Oro que su padre sembraba garbanzos entre los almendros y algarrobos. Así que la promiscuidad duraba pocos meses (los buenos) y se limitaba a cultivos de secano.

Cosas que he aprendido sobre los tomates en estos dos últimos años (3ª parte)

8. Que aprender a despuntar es una de las claves del éxito. Despuntar desde que la planta es pequeña. Despuntar radicalmente si el tomate es tipo enredadera, hasta el punto de no dejar más que un brote que vaya estirándose (bien atado a los tutores). Se le dejan formar 4 ó 5 racimos… y a correr. A partir de ahí se despunta también el brote terminal. No interesa que crezca ni que florezca más. ¡Interesa que maduren bien los seleccionados!. Que corra el aire, y que la planta no se venza por sobrepeso. Aprender a despuntar, de hecho, es aprender a renunciar. A los tomates-enredadera les basta un tutor individual. A mí me gustan más los palos normales, (poda de frutales, encinas…), porque los bambús y las cañas son resbaladizos. O unas barras de hierro corrugado.

9. Que hay que despuntar menos si es un tipo “mata baja”. Con todo y eso, y por mucho que me diga el del vivero que a estos se les deja a su aire… De eso nada. También a estos hay que despuntarlos. Pero es verdad que no tan radicalmente como a los enredadera porque, aunque así lo hiciéramos, la planta seguiría produciendo sin parar retoños. Lo que he aprendido es que a estos les viene bien una trama de tutores: cuatro postes a la misma altura y unas tablillas fuertes clavadas encima.  Según la longitud, y usando el sentido común, se pueden colocar varias tomateras debajo de cada estructura. La cosa consiste en ir atando cordeles desde la axila de las hojas de cada rama a esa especie de secadero o tendedero para ropa. A lo largo de estos dos años he sudado mucho para mantener erguidas las tomateras. Este sistema que describo es lo que tengo pensado para la huerta del 2012. A ver si a la tercera va la vencida.

10. Que con los cherris lo más sensato es relajarse y disfrutar. Haga lo que haga, los cherris acaban revolcándose por el suelo. Así que lo dicho. Despuntes terminales para que no me coman las calles entre líneas, y unas cuerdas aquí o allá, por las orillas, para poder regar sin mojar completamente las hojas (que de todos modos se mojan).

En la foto se ve el sistema del primer año: una caña horizontal sostenida por dos cruces de cañas, como en un secadero. Pero no fue suficiente, porque todos los cordeles iban al mismo punto y, al crecer la planta, se acababan apelotonando mucho las hojas en el centro. Mejor hubiera sido tener dos cañas horizontales, para que las ramas de la tomatera pudieran seguir abiertas, bien separadas, y que el aire y la luz circularan mejor.

Cosas que he aprendido sobre los tomates en estos dos últimos años (2ª parte)

5. Que si los tomates se reblandecen y ponen negros por la base (lo que los franceses llaman “cul noir”), o bien se resquebrajan por la zona del pedúnculo, eso se debe a que hemos dejado secar la tierra casi por completo antes de volver a regar. Con los tomates eso no vale. La tierra debe estar siempre fresca. Los tomates no pueden con el estrés hídrico, y lo manifiestan así… con el culo negro. En La Rama de Oro, con lasañas, y con temperaturas altísimas en verano, hay que regar un día sí y un día no. Los libros dicen que dos veces a la semana. En mi huerta no es suficiente. Pero es que el 95% de los libros de divulgación hortícola están escritos por gente del norte. ¡Cuidado con esto!.

6. Es verdad. Pudiera ser que a medida que pasen los años y la estructura de la tierra mejore, con los estercolados y aportes de mantillo constantes, pueda bajar la frecuencia del riego. Pero no es la situación a día de hoy.

7. Que, por otra parte, regar en exceso en esta zona, con 35 grados y más durante semanas, pero con bajadas nocturnas de cierta importancia desde mediados de agosto, favorece el desarrollo del oídio. Así que, en conclusión: tierra fresca de forma constante, pero jamás encharcada.

Cosas que he aprendido sobre los tomates en estos dos últimos años (1ª parte)

1. Que necesitan una buena cantidad de materia orgánica, y por eso se cultivan bien según el sistema de lasañas (véase entrada “Lasañas”, en “La tierra”).

 2. Que si se cultivan según el sistema de lasañas hay que colocar los tutores muy firmes. Pero muy muy firmes, y recalzar sin descanso el pie de las plantas durante todo el verano, pues las raíces, que son vigorosas, se mantendrán bastante arriba, donde el cúmulo de materia orgánica. Y al crecer y cargarse de tomates, la planta se desestabilizará.

3. Aumenta la desestabilización de la tomatera (a veces, el completo desarraigo) el hecho de que, al haber tanta paja y restos de siega en superficie, y además un nivel de humedad mayor que en el resto de la finca, también habrá muchas posibilidades de que pequeños y no tan pequeños roedores, mirlos, incluso sapos, vengan a escarbar al pie de cada planta.4. Que el sistema de lasañas no es incompatible con una buena cava antes de empezar a acumular las capas de materia orgánica. Algo así como un término medio entre el “método del bancal profundo” de J. Seymour y las lasañas estándar. Naturalmente, los partidarios de la lasaña preconizan su método allí donde la tierra es mala o donde no hay demasiadas ganas de cavar. Funciona. Y si ponemos buenos tutores, la verdad es que el problema no es grave. Menos aún, supongo, si la mala tierra de partida es algo arenosa. Ahora bien, en una tierra mala y dura, el trabajo que no hemos pasado cavando lo pasaremos después afianzando sin descanso los tutores y añadiendo nuevos soportes allí donde las tomateras empiezan a desmadrarse. Los partidarios a ultranza del sistema de lasañas me dirán:que la altura final de la lasaña no era suficiente, que hay que subir másque a lo mejor no riego lo suficiente, y por eso la “mala tierra dura” no se abre debajo de la lasaña, o no lo suficiente para que entren las raíces y se agarren a ella.

Yo insisto en que, con plantas muy vigorosas, es más seguro cavar un poco (no digo los 60 cm de J. Seymour, aquí no tiene sentido, pero al menos  20 ó 30) antes de colocar la lasaña. Las raíces bajarán, la planta estará mejor anclada. Y el agua en exceso se filtrará mejor. ¿Que con el tiempo el aporte de la enmienda orgánica mejorará la estructura del suelo y éste estará suficientemente mullido también en profundidad?. Ya lo sé. Y por eso creo que en los años venideros la cosa irá mejor. Pero en este primero no. Es una cuestión de tiempo. En los cuatro-cinco meses que tengo las tomateras ya crecidas y produciendo, una tierra muy mala, arcillosa, en la que he puesto por primera vez una lasaña, no va a dejar que  las raíces vigorosas de una tomatera la penetren. (Observación: la lasaña de tomates del año pasado no cuenta, porque vamos rotando; este año a los tomates les toca una lasaña nueva del trinque). ¿Que tengo que preparar la lasaña varios meses antes de trasplantar las tomateras, para que, en efecto, la tierra haya tenido tiempo de mejorar su estructura, incorporando la materia orgánica aportada, y ya francamente descompuesta?. Así sí, claro. Siempre y cuando uno tenga el tiempo y el espacio de su parte para poder planificar (y ejecutar!) con antelación suficiente a la llegada de los plantones…