El amor no debe tocar nunca el suelo

Primavera-otoño 2012

«El amor no debe tocar nunca el suelo,
PARA QUE NO SE LO LLEVEN LAS HORMIGAS»
Pedro Casariego Córdoba (Cuaderno amarillo, rojo, verde y azul. Ardora Expres, 1998)

Ojo con ellas pues. Son golosas, irreflexivas, arramblan con todo lo que encuentran aunque no sepan muy bien para qué ha de servirles. En la huerta tienen una preferencia marcada por las acelgas que empiezan a subirse a flor. Tierra arenosa, calor intenso, acelgas que maduran deprisa. Ergo: pulgones. Ergo: hormigas. Y entre los frutales, a principios de la primavera -y muy en especial si no cae una gota-, por los melocotoneros. Es sabido que las hormigas pastorean a los pulgones. Los protegen de sus depredadores (mariquitas, crisopas…) y los conducen a los brotes más tiernos.  A cambio los pulgones les entregan su melaza: ese jugo azucarado que producen tras chupar y sorber la savia de las hojas frescas. Pero la película empieza más atrás. Con un exceso de abono, seguramente. O con una poda exagerada. Ambas cosas producen brotes numerosos pero débiles, excesivamente blandos,  tentadores. Sé lo que digo porque son mis propios errores los que me han enseñado.  Así como no volveré a plantar acelgas en una zona tan protegida, tampoco volveré a darles podas de formación tan agresivas a mis raquíticos frutales.  Las hormigas que recorren alocadamente el tronco del melocotonero, o el corazón de las acelgas, son sólo el eslabón más conspícuo de toda esta cadena de causas y efectos. El sol excesivo. La tierra pobre (cada año lo estará menos). Mi inexperiencia.  Una vez que se ha asimilado de verdad esta historia, entonces y sólo entonces puede uno plantearse combatir a los pulgones en alguna de sus fases de desarrollo. Sobre la melaza que produce el pulgón se desarrolla el hongo de la Fumagina -«negrilla»-; cuando las hojas están cubiertas de esta sustancia pringosa (y ahora oscura) la actividad fotosintética se reduce peligrosamente, tanto más cuanto los árboles/plantas son todavía muy frágiles…Así que no se les puede dejar a su aire. Un buen chaparrón limpia las hojas en un abrir y cerrar de ojos. ¿Hay agua en la alberca, con suficiente presión, para chorrear el melocotonero, las acelgas, al atardecer?. Plántense lavandas, salvias, y ajo, que las hormigas tratarán de dar un rodeo…y puede que hasta se aturullen  y se  les pierda el rebaño. Hay quien dice que albahaca, pero yo digo que no: que aquí, no. La albahaca quiere mucha agua, más de la que tenemos. ¿Y si ni por esas?. El último recurso es un aceite. Es decir, un insecticida, un pulgonicida (las hormigas deben irse antes, pues hacen mucho bien en otros frentes- bastará con un reguerito de azúcar). Un aceite de potasa (ya anda por ahí comercializado, como insecticida «bio»…), o un aceite de «neem».  Pero lo suyo sería que la tierra, de puro fértil, produjera plantas tan robustas que al pulgón se le quedaran los morros clavados en sus hojas y desistiera… Y una finca tan «biodiversa» que autorregulara sus poblaciones de parasitos/depredadores sin que nadie tuviera que intervenir (el principio más eficaz en una huerta de éstas  siempre será el de la «merienda de negros»). En conclusión. Las hormigas se llevarán todo lo que caiga al suelo. Trocean, trituran, limpian y esconden, incluso adultos y  larvas de muchos bichos malos (como esos saltamontes superabundantes que liquidan las judías en cuanto brotan: el vídeo de este post está filmado «in situ»). Hay que vigilarlas de cerca, por si acaso se llevan lo que no deben. Pero el balance, siendo justos, las hace más buenas que malas pues, aun siendo omnívoras, preferirán unas chuletillas de saltamontes a un poco de melaza de pulgón…  Y si favorecen el aumento del número de pulgones,  la culpa de que  ellos aparezcan ahí, ahí precisamente,  no es de las hormigas sino mía.

NOTAS:
Esta entrada estaba en la «bandeja de salida», a medio redactar, desde que Emma declaró su simpatía por las hormigas, «en especial las negras como el carbón, de culo gordo…». Sus  comentarios, así como las respuestas que siguieron, pueden leerse aquí: https://laramadeoro.com/2012/07/23/lro-hotel-resort-spa/#comments

Copio el siguiente párrafo del manual «Jardinez avec les insectes», citado mil veces en este blog: «La invención de la lucha biológica se remonta a los campesinos chinos, quienes, hace más de 2000 años, colocaban perchas de bambu entre los árboles de sus naranjales, para que una especie de hormigas carnívoras  pudieran pasar fácilmente de una rama a otra, limpiándolas de orugas y otros insectos vegetarianos…»

LRO Hotel Resort + Spa

Lonely Bees & Wasps Hotel

Habitaciones individuales, en tallos esponjosos de cañaheja, frambuesa, o rosal silvestre. Para avispas solitarias también hay bambú y  cañas comunes (Phragmites, procedentes de la finca de la Dionisia, vecina de LRO). Buenas vistas sobre la alberca nueva. Situación soleada pero no tórrida ( unos ramallos de sauce , sobre el ladrillo que forma el hotel, protegen las estancias del sol zenital).  Pequeño talud de tierra del otro lado de la roca. Restaurante para adultos a menos de cinco metros: umbelíferas silvestres, zarzamora, aromáticas y Sedum de los «cuasi-jardines»…

Habitación flotante para ranas

En planchas de poliespán alveoladas, con una teja, piedras, tierra, y varias ramas secas. Acceso individual desde el agua, por medio de una rama curva imputrescible (enebro).  Rampa de salida del estanque (otro tronco de enebro, más grande). Restaurante ahí mismo: mosquitos, efímeras, pequeños crustáceos…

El SPA de LRO incluye baños de barro y un circuito termal por piscinas de agua fresca, templada, o caliente.

Sólo he incluído dos de los “hoteles” que hemos fabricado expresamente para el bicherío, en zonas donde nos interesa particularmente tenerlo cerca (en el resto de la finca sería absurdo). Pero la mayoría de los refugios (hablo sólo de los “humanizados”, claro)  los han ido okupando ellos, como el montón de tejas viejas –recogidas en un contenedor de San Bernardo el año pasado- , hoy albergue para lagartijas. O como una de las arquetas de riego, en la que he visto acurrucarse, muy asustada, una culebra de agua. Todo lo que hacemos o dejamos de hacer tiene consecuencias. Un cesto lleno con retales de malla de sombreo se convierte en un nido donde hibernan y crían los ratones. En la salida del tubo de drenaje se ha instalado un sapo. Y en uno de los montones de sarmientos que no quemamos…y en las vigas podridas que retiramos de la bodega, hoy descomponiéndose en paz a la sombra….y en ese montón de piedras rastrilladas que he ido acumulando en una esquina de la huerta…

NOTAS

La médula esponjosa de Thapsia villosa -cañaheja- es perfecta para los nidos de avispas y abejas solitarias

Todo el mundo sabe que sin abejas y abejorros ninguna huerta ni plantación frutal producirá medianamente. Y todo el mundo ha visto alguna vez a las flemáticas ranas almorzando mosquitos en la orilla de una charca…. Pero ¿por qué «avispas solitarias»?. Esto lo he ido aprendiendo al llegar aquí. Aunque las avispas adultas son vegetarianas, como larvas son carnívoras. Por eso sus progenitores «cazan»: algunas hacen la puesta directamente sobre el insecto que parasitan (una larva de coleptero, una oruga…), pero muchas construyen primero un nido, lo llenan con sus presas aún vivas -paralizadas- y acto seguido hacen la puesta. Luego todo son diferencias. Algunas avispan se van y ahí queda eso (bien tapiado). Otras siguen llevando a sus crías alimento fresco…En fin. Que estas avispas solitarias son un auxiliar de primera cuando uno tiene un huerto con tendencia  a llenarse de pulgones, de saltamontes, o -lo peor- de grillotopos…Le tengo echado el ojo a dos géneros de avispa en concreto: Larra -que parasita grillotopos- y Pemphredon, que va limpiando de pulgones por donde pasa…

La fuente principal, además de los manuales que cito siempre -el de V.Albouy y el Chinery-, la web de Terre Vivante, con instrucciones  para hoteles super-sofisticados y fashionhttp://www.terrevivante.org/237-construire-un-hotel-a-inscetes.htm

Anthidium libando la flor de un Sedum spectabile

 

Love is in the air!

Última semana de junio 2012

En el aire de LRO, haciendo acrobacias, copulan los vencejos e inician su ritual las libélulas y caballitos del diablo. El macho -libélula pasea con su novia cogida por el cuello. No de la mano, sino por el cuello. Ella no dice que no. Se están unos minutos así, tonteando, hasta que por fin encuentran una hoja, una caña, una piedra que les gusta. Entonces la hembra-libélula arquea el lomo y, transformando el tándem en una rueda, recoge unas gotas de esperma en los «órganos sexuales accesorios» de su novio. (los órganos sexuales «de verdad», donde fabrica el esperma, los tiene al final del cuerpo). La hembra dejará los huevos sobre la superficie de la charca o donde mejor le pille (en el lodo de la orilla, por ejemplo). De los huevos saldrán unas larvas extrañas, carnívoras, que no abandonarán el agua hasta dentro de tres, cuatro, cinco años. Un buen día sus branquias empezarán a transformarse y las larvas/ninfas tendrán que salir a la superficie a respirar. Se agarrarán con todas sus fuerzas a una hoja de iris, quizá a un junco. En muy poco tiempo la cutícula que cubría su cuerpo se rasgará de arriba a abajo, por la espalda. La libélula al principio no tendrá color (al final, tampoco). Después será azul, o roja, o color ocre. Y empezará a patrullear la charca. Con sus fuertes mandíbulas machacará  miles de moscas y mosquitos, mariposas,  escarabajos, crisopas (como ninfa  acuática eliminaba larvas de otros insectos,  pero también renacuajos y alevines). Un día cualquiera se cruzará en su camino otra libélula. Se reconocerán. Y entonces el macho-libélula la cogerá por el cuello, y ella no dirá que no…

Fotos: 1. Ninfa que sacamos del fondo de la alberca el día que la limpiamos (si no lo hacemos se atascan los goteros cada cinco minutos). Mezclada entre las algas, al final sólo se llevó un susto. De haberse quedado donde estaba no hubiera podido agarrarsse a nada para desprenderse de su cutícula y convertirse en adulto. Al limpiar la alberca pasamos todo ese bicherío a la charca que se forma allí mismo, con el agua que rezuma del viejo mortero… 2. Foto de Gema en el estanque de su casa: metamorfosis a toda pastilla (nada que ver con las mariposas) 3. Las cutículas se quedan ahí prendidas, como broches de papel, hasta que el sol y el viento las desmenuzan. 4. Rueda de apareamiento de dos Aeshna, otra superfoto de Gema. 5. Libélula roja del género Sympetrum, el que más abunda en LRO (¿quizá el adulto de la foto 1..?).

NOTAS. Guía de los insectos, de M. Chinery (Ed. Omega),2006, como siempre. Y Wildlife gardening for everyone, VVAA Royal Horticultural Society, 2007. Más las pacientes observaciones de Gema, que pasa horas agachada (y maravillada) al pie de su estanque.

A la avispa-mamut le gusta la flor del puerro

Mediados de junio 2012

He dejado que algunos puerros se suban a flor sólo por el placer de verlos así.   Ayer por la mañana me acerqué a regarlos – unas salpicaduras rápidas, que no hay agua para más- y me encontré una especie de avispa gigante, de patas peludas y antifaz amarillo, libando el néctar de la flor del puerro.  Una Megascolia maculata flavifrons, avispón (en este caso, avispona, por el tamaño y el color de la cabeza), que los ingleses llaman «mammoth-wasp»,  y que sólo pueden verse en días cálidos- de las zonas cálidas- de los países cálidos... Como con la aristoloquia y la mariposa arlequín, el majuelo y la blanquita…si hay avispa-mamut debería haber escarabajo-rinoceronte, cuyas larvas son necesarias a la avispa en el momento de la puesta. Leo en internet que los plaguicidas+herbicidas han provocado una reducción salvaje de las poblaciones de estos escarabajos, con la inevitable y rápida reducción del número de avispas-mamut. Pero aquí, en LRO, tengo la impresión de que  el uso intensivo de acolchados orgánicos (ramas trituradas, siegas de cesped, y  heno humedecido, que un conocido nos regaló porque  no le valía ya como forraje para sus caballos) ha creado las condiciones idóneas  para que proliferen  los escarabajos, grillos, etc.  No todos ellos son útiles en la huerta -más lo serían en los composteros-, pero la mayoría  sí son al menos inofensivos.  Así que nos llevaremos bien.  Cada vez que el grillotopo se coma una cebolla o una lechuga (¡esta noche han sido tres!), trataré de sobrellevarlo recordando  a esta preciosa avispa-mamut, con sus pintas de heroína enmascarada.

Sospechosos habituales: el alacrán cebollero (grillotopo)

Últimos días de primavera

A éste lo pillé esta mañana. Llevaba varios días preguntándome por qué se marchitaban las lechugas de la huerta de abajo. Las hojas aparecen lacias; se tira de ellas y resulta que la lechuga no tiene cuello, ni raíces. Y una galería como de dos centímetros de diámetro recorre la línea de lechugas, y la cruza hasta la de los puerros, donde los más tiernos (los grandes no) muestran exactamente los mismos síntomas. Grillo topo, también llamado alacrán cebollero (Grillotalpa grillotalpa) Enemigo de todos los céspedes del planeta tierra. ¿Y en las huertas? En las huertas es más bueno que malo (¡o debería!) porque el grueso de su dieta son larvas/insectos del suelo, considerablemente más dañinos. Con todo y eso, y a la vista de que éste de la foto (y sus amigos) suelen servirse de mis lechugas como guarnición, consulto el libro de referencia en estos casos, Jardinez avec les insectes (V. Albouy, Ed. de Terran , 2009) que, aún siendo bastante comprensivo con toda esta fauna de costumbres dudosas, no por ello deja de incluir un buen listado de posibles métodos represivos.  El más útil este caso: recipientes enterrados hasta el borde, para que los grillotopos se caigan de patas en él cuando salen de noche a la fresca. La segunda alternativa que propone Ms. Albouy me parece bastante chusca; consiste en colocar en torno a cada hortaliza un collarín protector formado por  un «gros pot de fromage en plastique», es decir, uno de esos envases de requesón o de nata fresca… (Por pequeña que fuera la huerta, tendríamos que pasarnos el invierno comiendo queso para poder tenerla protegida en primavera contra el alacrán cebollero).  En cuanto a los depredadores, son muchos y variados. Pájaros (la abubilla, p.ej), topos, y una avispa que los parasita. Pero la realidad sobre el terreno es que hay que pillarlos. Abriéndoles las galerías, colocando recipientes, buscándolos con paciencia entre el acolchado de paja. Lo que yo hago a continuación es esto: primero, la «ficha policial» (ésta), y después los llevo a la parte de abajo de la finca, a la maleza. Allí los dejo quedar, con la esperanza de que los rabilargos y los alcaudones lo encuentren y se entiendan con él.

¡Arlequín! (y 2)

15 de mayo 2012

Un año después, aquí está por fin la foto de la mariposa Arlequín ( Zerynthia rumina, ver entrada «Arlequín»,  en esta misma categoría). La foto es de ayer por la tarde. En el orden normal de las cosas, si hay aristoloquias tiene que haber arlequines…y viceversa. El siguiente objetivo será la mariposa blanca, la Blanca del Majuelo: si hay majuelos -y aquí los hay, aunque sea en regresión-, debería haber mariposas blancas…(La historia la cuento mañana. Ahora me voy a regar las cebollas.)

Bufo bufo

Ultimos días de marzo 2011

En el compostero que hay junto a la charca  me encontré el año pasado con este hermoso sapo (sapo común, Bufo bufo). Fue más o menos por estas fechas. Estaba vaciando el compostero para llevarme todo el contenido hasta la huerta de abajo. El sapo entró sin querer en mi carretilla, escondido entre la tierra y las hierbas. Se infló como un globo para avisarme de que estaba ahí –cosa que le agradecí mucho– y acto seguido dió un saltito desde el borde de la carretilla y se volvió a la charca. Teniendo en cuenta el tamaño, es muy probable que se tratara de una hembra.

El sapo común migra cada primavera, como casi todos los anfibios (unos lo hacen cada año, otros de cuando en cuando, pero todos acaban haciéndolo, más tarde o más temprano). ¡Razón fundamental para NO tratar de introducir anfibios en un estanque artificial!, ni adultos ni jóvenes: tratarán de volver a la charca donde nacieron para hacer allí su puesta anual. Otros, los pioneros, cuando la charca esté superpoblada saldrán de ella para buscar nuevos territorios. Los sapos, además, viven casi todo el año fuera del agua, sólo la necesitan imperativamente para criar. Después se dispersan, en un radio de varios kilómetros. Así que, incluso si lo que se introducen son huevos o larvas, también en ese caso habría que plantearse muy en serio si de verdad es seguro y suficientemente grande el espacio que rodea esa charca/estanque, tanto para la dispersión post-nupcial, como para las migraciones anuales y las salidas a la aventura de los pioneros. Demasiado peligroso. Introducir anfibios en un jardin que no cumpla todos esos requisitos es hacerles correr el riesgo (alto) de morir atropellados en un momento u otro. En El Libro Rojo de los Anfibios de España, una vez hecho el repaso de las consabidas amenazas que se ciernen sobre los anfibios en su conjunto (destrucción hábitat, eutrofización charcas, pesticidas, aumento radiación ultravioleta…) ésta es la siguiente causa de mortandad que aparece citada en el caso concreto del sapo: «atropellos masivos en puntos negros de las carreteras». Y añade, al final de la entradilla: «El uso de pasos artificiales debería ser una medida correctora habitual en la nueva construcción de carreteras».

Hace tiempo leí en un periódico francés un reportaje sobre cierto monsieur que dedicaba unos veinte días al año al rescate de los sapos en celo. Había colocado unos plásticos blancos a ambos lados de la carretera, semienterrados, y cada pocos metros excavaba una hondonada donde iban a caer de narices los sapos (obnubilados, histéricos en su afán por llegar a la charca). Entonces aparecía aquel buen hombre, los recogía en un cubo, y los llevaba al otro lado de la carretera. Lo mismo unos días después, cuando los sapos iniciaban el camino de retorno. Algunos senderistas y ciclistas domingueros encontraban aquella instalación de pésimo gusto. Un túnel de plástico en medio del paisaje, un horror. Pero los sapos se salvaban, se salvaban porque aquel hombre se había empeñado, sin  esperar a que ninguna administración/institución se decidieran por fin a hacer algo. (El sapo de la foto es un macho. Lo encontré también en LRO, pero muy lejos de la charca).

Cuando uno construye un estanque en el jardín lo que hace es crear un deteminado hábitat. Con el tiempo (¡enseguida!) el estanque explotará de vida, sin que nosotros tengamos que hacer nada.  Y es más, si en la zona existen suficientes corredores verdes, es posible que algún anfibio acabe llegando a nuestro estanque, por los pasos seguros de ida y vuelta que ellos habrán descubierto, y lo harán siempre por su propio pie (un adulto pionero, que cantará a grito pelado para hacerse notar).

Bueno, y como lo prometido es deuda (entrada del 9-12-11), ahí va una nueva versión de It´s no easy bein green

.https://open.spotify.com/track/0Sw4gsv9DmRDFLiPTDmkpw

Una mariposa y un ciruelo

Finales de marzo/principios de abril

El Prunus pisardii que ahora está plantado en LRO (en el Casi-jardín número dos, entrada del 25-12-2011) proviene de una ciruela recogida hace años en una ciudad del norte, al pie de un enorme ejemplar que crecía en el medio y medio de un solar “de próxima construcción”. ¿Seguirá en pie aquel ciruelo espectacular, que podía mantener él solito a varias familias de mirlos y ratones…?.

Bueno, la ciruela germinó en la maceta donde la enterré, se vino conmigo hasta Madrid, y siguió creciendo pacíficamente lejos de aquel solar amenazado. Una mañana de finales de marzo –el arbolito tendría ya unos cuatro años– salí a la terraza con mi taza de café y descubrí que el Prunus había sido literalmente invadido por una multitud de orugas verdes del tamaño de un pulgar…

Primera reacción: ¡se van a enterar éstas!. Segunda reacción: quizá habría que saber antes quiénes son y por qué han llegado hasta aquí…Cojo el autobús y me voy a comprar una guía de orugas. Las identifico enseguida, porque son gordas y lustrosas, inconfundibles: orugas de la mariposa Iphiclides podalirius, llamada “chupaleches” o “cola-de- golondrina”, que se alimentan de todo tipo de hojas de Prunus, género que abarca –entre otras cosas– la totalidad de frutales de hueso. Siguiente paso: hacer las paces. Sacarlas del ciruelo, para que no lo liquiden, y llevarlas a un sitio mejor. Vacío la cesta de la bici, traslado las orugas al interior (seis en total, más una que dejé quedar en el ciruelo), y las tapo con una rejilla de plástico, para que no puedan entrar ni salamanquesas ni mirlos, visitantes asiduos de la terraza (junto a un mosquitero que aparecía todos los años por marzo; curiosamente, no tenía palomas, de las que todo el mundo se quejaba…). Siguiente paso: darles de comer.

Vivía yo entonces cerca del Parque del Retiro –de donde sin duda había venido la madre Iphiclides a hacer la puesta–, así que hasta allí me fui en cuanto pude para recoger en el Huerto de los Franceses (junto a la noria), una buena cantidad de hojas de almendro. Con esas hojas frescas tapicé el fondo del cesto. Y la cosa funcionó. Las orugas se fueron zampando día tras día las hojas de almendro que les llevaba cada mañana del parque, mezcladas, por aquello de tener una dieta variada, con hojas de Prunus pisardii adultos. Pasados unos días las orugas se transformaron en una especie de estuches angulosos, rígidos, y se fijaron a los mimbres del cesto. Así se estuvieron durante varios días. Y por fin llegó la sorpresa.

A media mañana, cuando el sol de primavera ya calentaba un poco, vi cómo la primera mariposa –que me pareció muy grande– subía retrepando por las paredes del cesto. Me había perdido la salida de la crisálida, pero llegué justo a tiempo para destapar el cesto y que ella pudiera estirar sus alas en el borde, despacio, todavía muy adormilada  (Leí después en la guía que las mariposas hacen eso, nada más liberarse la exuvia, para que la linfa circule bien por la compleja red de venas que atraviesa sus alas). Pasados unos minutos –no lo recuerdo, ¿quizá un cuarto de hora?– la mariposa echó a volar con energía y desapareció para siempre.

Y esa es la historia. Aquella primavera, siete “colas-de-golondrina” engordaron como orugas, puparon, y finalmente se transformaron en adultos en mi terraza de Madrid. Las vi marcharse por los tejados del barrio, tan frágiles que daba miedo pensarlo. Pero hasta las mariposas, supongo, son más duras de lo que nosotros creemos. Si la madre de esas orugas consiguió llegar desde el Retiro, quizá sus hijas lograron hacer también el camino de vuelta. Lo cierto es que en el Huerto de los Franceses es fácil ver “colas-de-golondrina” revoloteando. Y en LRO todavía más.

El Prunus pisardii fue trasplantado hace tres años. Está sano y parece contento. Las colas-de-golondrina lo frecuentan durante meses, y alguna pone sus huevos en él. Pero ahora sabe defenderse solo. Por más que un par de orugas dejen sin hojas algunas ramas eso ya no va a poner en peligro la supervivencia del árbol. Ya no. Además, en LRO hay muchos almendros, con lo que la presión de las orugas se reparte entre todos. Y también hay muchos pájaros, que se comen  a su vez a las orugas y mantienen  la cosa en su justa medida (lo que no podía suceder en mi terraza en el centro de Madrid)…

No creo que este ciruelo –con sus genes nórdicos– pueda alcanzar nunca en LRO  el tamaño de su progenitor, el que crecía en aquel solar edificable. (¿Se lo habrán llevado ya por delante los bulldozers?). Sea como sea, lo que no tiene duda es que el hijo de aquel viejo ciruelo va a seguir creciendo, dando sombra, floreciendo, y alimentando a pájaros, ratones, orugas de Iphiclides, etc. unos dos mil kilómetros más al sur.

NOTAS

Un libro muy útil, al que le deben la vida las mariposas de esta historia: Guía de campo de las mariposas y polillas de España y de Europa, D. J. Carter y B. Hargreaves, Ed. Omega 1987.

Scare-eyes

Febrero 2012

Ojos-que-espantan.

Un ornitólogo noruego, M. Markgren, escribió en 1960 un artículo sobre las reacciones de miedo y huida en las aves[1]. Había llegado a la conclusión de que una de las cosas que más les intimidaba era la mirada fija, penetrante, de dos ojos enormes. Construyó entonces el siguiente espantapájaros: un gran globo de plástico pintarrajeado con dos ojos descomunales,  formados por una serie de círculos concéntricos de diferentes colores. Ojos haciendo “chirivitas”, una especie de Gorgona esquemática, de mirada petrificante. Y el experimento demostró que ningún pájaro se acercaba a menos de quince metros. El modelo de espantapájaros recibió el nombre de su inventor, se hicieron variantes con diferente número de ojos, tamaños y coloridos, y desde entonces, según leo en internet, el Markgren scorecrow (o scare-eyes balloon) sigue siendo uno de los más utilizados para ahuyentar aves de los cultivos. En la web de la que he tomado la foto –enasco.com– los venden por cinco dólares y medio.

La mirada fija y directa no sólo ahuyenta a los pájaros. Cualquiera que haya tenido contacto con perros tímidos –esos perros aterrorizados que llenan los albergues de España, sin ir más lejos– sabe bien que, para evitar que entren en estado de pánico, no hay que mirarles jamás de frente. Los animales quieren pasar desapercibidos. Que un ser humano se fije en ellos puede ser el comienzo de una pesadilla. En el caso de los pájaros, supongo, la cosa es más sencilla. Basta con unos ojos de un tamaño superior al de los suyos: los ojos de cualquier posible depredador.

En LRO había una casilla de piedra, sin tejado, sin puerta, destrozada, pero con unos gruesos muros de granito bastante bien conservados. Una vez que estuvo todo arreglado nos planteamos la posibilidad de encintar las paredes. Incluso llegamos a comprar una masilla especial… un producto fantástico para cerrar juntas que, ante nuestras eternas dudas y sucesivos aplazamientos, acabó echándose a perder. Nos habíamos dado cuenta de que entre esos bloques de piedra se escondían un número indeterminado de reptiles, pequeños mamíferos, incluso pájaros. Esta foto pertenece a un lagarto ocelado (Lacerta lepida). Los “ojillos” que cubren su cuerpo están destinados a ahuyentar, o al menos despistar, a cualquier pájaro –u otro animal, quizá un zorro– que se les acerque con intenciones poco claras. Encontramos este lagarto en la casilla en la primavera de 2008, después dejamos de verlo; en el entretanto encontramos otros muchos reptiles, y vimos lagartos ocelados en otras zonas, cruzando el camino o tomando el sol en una piedra. No muchos, sólo dos o tres (¿o siempre el mismo, paseándose..?), pero sí los suficientes para tomar una decisión. No íbamos a encintar nada. Bastante trastorno había supuesto ya para todo ese bicherío de LRO la llegada intempestiva de nuestros perros (intentamos llevar sólo a uno de cada vez, y mantenerlo muy controlado, pero no siempre se puede evitar que busque ratones o que persiga una lagartija). Por  lo que leo en el Libro Rojo de los Reptiles de España, los lagartos ocelados están retrocediendo a pasos agigantados en todas partes: “En los últimos años se ha señalado su casi total desaparición en amplias áreas protegidas, como Doñana o los Aïguesmolls… o ha pasado en poco tiempo de presentar densidades mayores a 50 individuos por hectárea en Sierra Morena, de las dehesas extremeñas o de la desembocadura del Ródano, a mantener una presencia casi vestigial. Esta llamativa disminución podría ser un fenómeno generalizado…” (p. 226). Curiosamente, sin embargo, sigue apareciendo en los manuales de caza como especie cinegética, porque puede comer huevos de perdiz y de otras aves que el cazador, naturalmente, prefiere comerse él[2].

Foto de wikipedia.

Los ocelos de la mariposa Iphiclides, tan común en LRO, como los de la Papillo macaon o la Inachis Io, parecen cumplir la misma función que en los reptiles. Y que en el pavo real, en el pez torpedo, en las mariposas-búho de las selvas de Centroamérica… La estrategia es siempre la misma, que el que se acerca se sienta observado por unos ojos penetrantes que le miran de hito en hito;  en el caso de nuestro lagarto, por una miríada de ojillos repartidos por todo el cuerpo. ¡Ni te muevas, que te están mirando fijamente cien pares de ojos!, le dicen al águila culebrera los ocelos de su espalda. Y si gana medio segundo para salir disparado, antes de que el águila se despabile (que lo hará), pues mejor que mejor. Miradas que aturden, o que asombran y atemorizan. Unas veces para escapar de la muerte; otras, para paralizar de puro asombro-espanto a la hembra fértil. Lo demuestra la parada nupcial del pavo real. ¿Y quizá por eso los ocelos del lagarto macho son más grandes y más azules cuando está en celo…?.  ¿Y al ser más grandes y más azules mantendrá también más a raya –más cohibida– al águila que quiere cazarlo…?.

N.B. Sobre la mirada que mata, en particular de la Gorgona Medusa, un libro precioso de J.P. Vernant: La morte dans les yeux. Sobre este señor del espantapájaros, M. Markgren, no encuentro nada; si alguien tiene ese texto de 1960 ¡y da la casualidad de que además lee este blog!, me encantaría ponerme en contacto con él.


[1]  “Fugitive reaction in avian behaviour”, Acta Vertebratica, 2; encuentro la referencia bibliográfica en wikipedia, pero no el artículo.

[2] “El lagarto es un dañino consumidor de huevos que debe ser controlado”, La caza y el examen del cazador, J. M. Montoya, Ed. Mundi Presa 1989, p. 60. Sigue siendo el libro de texto de referencia para los alumnos del Ciclo Superior de “Gestión de Recursos Naturales y Paisajísticos”.

¿A dónde han ido todas las flores?

¡A ninguna parte!. Sólo se han puesto a cubierto mientras esperan a que vuelva el sol. Pero están ahí mismo, en forma de yema, de tubérculo, de semilla sepultada bajo el hielo y los restos de hojas secas. Son las flores de la próxima primavera. Este petirrojo no lo sabe, ni tiene tiempo para aprenderlo. Mejor será darle algo de comer mientras la tierra acaba de girar alrededor del sol y recomienza su «tour» anual. Migas de pan, frutos secos, trozos de manzana. No hay que darles a los pajarucos cosas saladas, tampoco restos de comida cocinada, con excepción de verduras cocidas (patatas, sobre todo). Por ahí venden bolas de manteca con pipas y cacahuetes bien picados, especiales para páridos (carboneros y herrerillos, capaces de colgarse cabeza abajo, como acróbatas, bien agarrados a la bola). Estos comederos son fáciles de preparar en la cocina. No hay que tener reparos con la manteca: muchos, o la mayoría, de los pájaros que se acercarán a comer son carnívoros. Envuélvase la bola en una redecilla (en esta época del año seguro que hay alguna a mano, de esas en las que vienen las naranjas), y cuélguese donde se pueda, en un punto alto y no demasiado pegado a la casa. Y para los que no son páridos, como este petirrojo y toda la patulea de verderones, verdecillos, pinzones, etc., platillos anchos con el mismo menú, bien sujetos en la horcadura de un árbol (árbol sin hojas, copa despejada; NO una encina), en la “mesa” que forman los brazos desnudos de una cepa… donde sea, pero siempre en un lugar en el que se sientan seguros, es decir, lejos de nosotros y con buena visibilidad (para salir zumbando si se acerca una rapaz, un gato…). Mejor todavía es poner comederos a diferentes alturas. Los libros de “wildlife gardening” aconsejan ponerles también un poco de agua en recipientes poco profundos, y renovarla todos los días a mediodía (porque se congelará)…

El petirrojo de la foto sobrevive como puede entre el humo de las calefacciones de gasoil y los tejados nevados de la ciudad de Ginebra. En LRO se dejó ver uno este verano por las huertas. Deben de ser muy posesivos y territoriales, nada gregarios, porque siempre se les ve a su aire, sin compañía, o bien a la gresca con algún gorrión que haya osado asomarse. Son bastante frescos, incluso más que los mirlos.

¿Cómo sobrevivirán en invierno los pájaros más pequeños y frágiles de LRO, los que no se hayan marchado a África?. Supongo que se apañan  mejor que sus primos suizos. De todos modos, antes de venirme al norte les dejé las cabezuelas secas de los girasoles –a reventar de pipas– colgadas del bordillo de la parra. Otros años hemos dejado un comedero sujeto con piedras en un lugar bastante apartado, cerca de la alberca. Pero mucho más importante que los comederos –tan artificiales, al fin y al cabo– es haber dejado los arbustos sin podar, la pradera llena de hierbas secas. Estas zonas no son sólo depósitos de semillas para los pájaros que prefieran el menú vegetariano. Es que por ahí se refugian los insectos y larvas en invierno. También hemos dejado montones de manzanas y verduras estropeadas en zonas más o menos libres de helada. En esos composteros al sol (más o menos…), además de los restos vegetales, siempre se pueden rebuscar escarabajos y lombrices. Por otro lado, el pilón nunca se hiela en invierno, porque el chorro que sale ahora es desproporcionadamente potente para una lámina de agua tan pequeña… Las hojas de los iris están siempre empapadas y el chorro salpica incluso las piedras de alrededor.

Las flores siguen aquí, sólo que de otra manera. Se dejarán ver de nuevo muy a finales de febrero, cuando empiecen a espabilarse los almendros. Para entonces podremos desentendernos de los pájaros, que andarán ya buscándose unos a otros entre los arbustos, y será el momento de comenzar a podar las viñas.

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La letra de la canción que sigue –Where have all the flowers gone?– no trata, en realidad, ni de pájaros ni de flores. Es un alegato pacifista muy conocido, compuesto por Pete Seeger hace más de cincuenta años. Escojo esta versión, quizá un poco cansina –en comparación con la de Joan Baez, M.Dietricht, etc.–, porque, a pesar de eso, me sigue pareciendo la mejor y la más entrañable. Los que cantan en el vídeo son ya casi cuatro ancianos, Peter, Paul and Mary, que hicieron famosa la canción en los años 60, junto al propio Seeger. Aunque la letra no tenga nada que ver ¡con los comederos para pájaros!, sé que a esta gente no le hubiera parecido mal verla incluida aquí.