“…Otra cosa que no se aprecia cuando se es joven es que las flores tienen personalidad. Son distintas unas de otras, lo mismo que las personas. Mira, te voy a mostrar un caso. ¿Ves aquella rosa de allí, que está sola en el florero?. Sobre una mesita rinconera, entronizada en un florerito de plata, había una magnífica rosa atercipelada, de un color granate tan oscuro que diríase casi negro. Era una flor deslumbrante, con pétalos de perfecta curvatura, de piel tan tersa e inmaculada como el ala de una mariposa recién nacida. -¿Ves qué preciosidad? –me preguntó la señora Kralefsky-. ¿Ves qué maravilla?. Pues lleva ahí dos semanas. Casi no lo puedes creer, ¿verdad?. Y cuando vino no estaba en capullo. No, no, venía ya bien abierta. ¿Pero sabes que estuvo tan enferma que temí que no saliera adelante?. La persona que la cortó tuvo el tremendo descuido de ponerla con un manojo de margaritas. ¡Fatal, absolutamente fatal!. No te puedes imaginar lo cruel que es la familia de las margaritas. Son unas flores muy toscas, muy plebeyas, y claro, poner entre ellas una aristócrata como la rosa es simplemente buscarle tres pies al gato. Cuando llegó estaba tan ajada y descolorida que yo ni siquiera la ví entre las margaritas. Pero por suerte LAS OÍ . Yo estaba aquí, echando una cabezadita, cuando empezaron, sobre todo, según me pareció, las amarillas, que siempre son tan pendencieras. Bueno, naturalmente yo no entendía lo que estaban diciendo, pero sonaba horrible. Al principio no me dí cuenta de a quién se dirigían; creí que discutían entre sí. Entonces me levanté a echar un vistazo, y me encontré a esa pobre rosa toda espachurrada en medio de las otras, que no hacían más que ensañarse con ella. La saqué, la puse sola y le dí media aspirina. La aspirina es muy buena para las rosas. Monedas de dracma para los crisantemos, aspirina para las rosas, coñac para el guisante de olor, y para las flores carnosas del tipo de las begonias, unas gotitas de zumo de limón. Pues volviendo a nuestra rosa: apartada de la compañía de las margaritas y con el tentempié se reanimó enseguida y ahora está muy agradecida; se nota que está haciendo un esfuerzo por conservarse bella el mayor tiempo posible, en prueba de gratitud. Al decir esto dirigió una mirada afectuosa a la flor, espléndida en su peana de plata. – Sí, yo he aprendido muchas cosas sobre las flores….”
(G.Durrell, Mi familia y otros animales, «Las flores parlantes», Alianza editorial, 2000)
NOTAS
La flor granate de la foto es una ‘Tuscany Superb’, variedad de Rosa gallica que se encuentra con facilidad en los catálogos de «rosas antiguas». Como todas ellas, florece entre mayo y junio, sólo una vez…y no como las «rosas modernas», que aprovecho para ir presentando aquí, rosas que florecen ininterrumpidamente desde mayo hasta noviembre…
El pino (song) y el bambú (zhú) atraviesan el frío y la noche invernal sin apenas inmutarse (algunas ramas partidas, la punta de las hojas helada). El tercer amigo, el albaricoquero (méi) , se suma ahora a sus dos compañeros. Lo hace en un momento muy preciso del año, a la salida del invierno, cuando marzo quiere ser abril pero todavía parece febrero: las yemas están hinchadas, ya se ve el color de los pétalos, y sólo falta que la temperatura suba un poco para que las flores se decidan a abrirse del todo.
Este motivo song-zhú-mei – o también, según donde se lea, Suihan Sanyou, «tres amigos del invierno»- empezó a utilizarse en la pintura y la cerámica chinas hace mil años. Los japoneses lo heredaron y lo estilizaron. Lo convirtieron en Matsu-take-ume. Y lo reprodujeron, con un sinfín de variaciones, en teteras, platos, biombos, kimonos, arreglos florales. Los libros de arte insisten en el valor simbólico de cada planta, como cuando se trata de analizar la supuesta «vanitas» que todo bodegón barroco debe esconder… Los pintores, entonces, ¿escogían éste o aquel motivo por su valor moral?. El pino por su fortaleza. El bambú, por su perseverancia. El albaricoquero por su humildad, quizá por su optimismo (floreciendo mientras aún nieva, sin amilanarse). Y los tres -con el bambú en cabeza- vendrían a representar originariamente al «hombre letrado», hombre superior, ideal de Confucio…
Ayer
Del bambú (uno de los dormideros preferidos por los gorriones): el frufrú de las ramas cuando las mueve el viento. Del pino: el olor de la pinocha en verano, cuando el sol lo tuesta todo. Del albaricoquero: estos días antes del desborre, aquí o en la isla de Hokkaido: unas ramas en un frasco de agua, junto a la ventana de la cocina. Y dentro de seis meses, la mermelada.
NOTAS
La primera foto, de wikipedia, reproduce una pintura en papel de Zháo Mengjian, hacia 1200. La segunda es un plato de cerámica japonesa, hiperestilizada (atención al pino bajo la nieve: en la parte inferior; la nieve es esa línea que lo cubre, como una bolsa transparente). Procede de aquí: tokiojinja.com. A pesar de todos esos nombres exóticos diseminados por el post, el nombre más corriente para la tríada pino-bambú-albaricoquero parece ser ésta: Sho-chiku-bai, que no es ni chino ni japonés, sino, por lo visto, la lectura china de los caracteres kenji (japoneses)… Anoto esta tercera (o cuarta) forma de referirse al mismo motivo porque en un museo de arte asiático es algo tan familiar como lo sería en uno nuestro, por ejemplo, una «Adoración de los pastores»…Tan familiar que hasta le ha dado nombre a un tipo de sake, el más tradicional. (Véase la reproducción, con las tres etiquetas circulares, correspondientes a cada uno de los tres amigos. Procede de una tienda de venta de alcohol on-line)
Un pueblo perdido de Francia. La sopa de coles, el vino, la amistad de dos viejunos con un extraterrestre -un «bon gars», procedente de un planeta triste-, el gato que va a cumplir trece años, la bicicleta, las flores, la huerta, los recuerdos de los tiempos mozos, la noche estrellada, los concursos de pedorretas (en la misma longitud de onda que la radio del marciano). La joie de vivre. Y del otro lado, los jovenzuelos con sus motos. El ajetreo. Un alcalde muy moderno que quiere llevar a la aldea «la expansion E-CO-NO-MI-QUE!». Osea, los bulldozers, los chalets, los «parques de ocio». La masa de gente que les echa cacahuetes a los dos protagonistas, esas dos rarezas, que se niegan a vender sus huertas para que se sigan construyendo adosados («…les vieux cons, les vieux cons!», les grita el gentuzo.).
Pero en el planeta OXO quieren empezar a plantar coles, fuente de la felicidad, así que los dos viejunos reciben una oferta apetitosa, extensible al gato…y a la huerta entera.
(«La soupe aux choux», película de 1981, dirigida por J. Girault. Con L.de Funés, J.Carmet y J.Villeret .).
(Resumen de El tulipán negro, de Alejandro Dumas; los fragmentos transcritos pertenecen al capítulo sexto, «El odio de un tulipanero». Ed.Akal,2000. Traducción de P.Hernúñez)
Corre el año 1672. Cornelio Van Baerle, joven y acomodado ciudadano de Dordrecht, ha invertido en sus arriates e invernaderos de tulipanes una buena parte de la fortuna familiar. Poco a poco se va haciendo con su cultivo. Produce nuevas y hermosas variedades, y su fama se extiende por las Provincias Unidas.
“…Van Baerle pertenecía a aquella ingeniosa e ingenua escuela que tomara por lema, ya en el siglo VII, este aforismo: “Es ofender a Dios despreciar las flores”. Premisa de la que la escuela tulipanera, la escuela más selecta, extrajo en 1653 el silogismo siguiente: “Es ofender a Dios despreciar las flores. Cuanto más bella es la flor, más se ofende a Dios al despreciarla. El tulipán es la más hermosa de todas las flores. Luego quien desprecia al tulipán ofende a Dios infinitamente…”
Puerta con puerta vive su archienemigo Isaak Boxtel, otro tulipanero, eclipsado por la fama (justificada) de los tulipanes de Van Baerle. Boxtel, corroído por la envidia y la curiosidad, decide espiar todos los movimientos de su vecino. Éste no sospecha nada. Además de excelente tulipanero, Van Baerle es un hombre distraído y de buen corazón.
“…De modo que, para hacerse una idea de lo que era un condenado olvidado por Dante, había que ver a Boxtel por aquella época. Mientras Van Baerle escarbaba, abonaba, regaba sus arriates, mientras que de rodillas sobre el declive del césped analizaba cada vena del tulipán en flor y meditaba sobre las modificaciones que en él podían hacerse, las combinaciones de colores que podían intentarse, Boxtel, escondido tras un menudo sicomoro que había plantado a lo largo de la tapia, y que le servia de biombo, seguía con ojos desorbitados y la boca llena de espumarajos cada paso, cada gesto de su vecino…
…Una vez dueño de ella, tan rápidos progresos hace el mal en el alma humana, que pronto Boxtel no se contentó con espiar a Van Baerle. Quiso también ver sus flores; en el fondo era un artista, y la obra maestra de un rival le interesaba muchísimo.
Compró un telescopio, y con él pudo seguir, además de al propietario, toda la evolución de la flor desde el momento en que su pálida yema brota el primer año hasta aquel en que, tras haber cumplido los cinco, moldea su noble y gracioso cilindro…
¡Ay, cuántas veces el desdichado envidioso, encaramado en su escalera, vio en los arriates de Van Baerle tulipanes que le cegaban por su belleza, que le quitaban el aliento por su perfección!…¡Cuántas veces, en medio de sus torturas, de las que ninguna descripción podría dar idea, se vió Boxtel tentado a saltar al jardín a la llegada de la noche y destrozar las plantas, devorar los bulbos con los dientes e inmolar al mismísimo propietario si se atrevía a defender a sus tulipanes!.
Mas matar a un tulipán es, a los ojos de un verdadero floricultor, un crimen tan horrendo…
Matar a un hombre, pase…”
En estos momentos, como todo tulipanero que se precie, Van Baerle trabaja sin descanso en la obtención de un tulipán negro. El que lo consiga recibirá un premio de 100.000 florines, ofrecidos por la Sociedad Tulipanera de Haarlem. Boextel sabe que su odiado vecino está a punto de lograrlo. “…Daba la una de la madrugada y Van Baerle subía a su laboratorio, el cuarto de vidrieras en el que tan bien penetraba el telescopio de Boxtel… Éste lo observaba escogiendo semillas, regándolas con sustancias destinadas a alterarlas o colorearlas. Se enteraba cuando, calentando ciertas de aquellas semillas y humedeciéndolas luego, y combinándolas después con otras mediante una especie de injerto, operación minuciosa y maravillosamente ingeniosa, Van Baerle encerraba en las tinieblas a las que debía dar el color negro, ponía al sol o bajo la lámpara a las que debía dar el rojo, observaba en un permanente reflejo de agua las que debían producir el blanco…”
…Y entonces empieza de verdad la historia. 1672. Juan de Witt es desde hace casi veinte años el Gran Pensionario (algo así como Primer Ministro) de la próspera República de las Provincias Unidas. Pero el ejército de Luis XIV, el rey francés, ha empezado la invasión del país, obligando a sus habitantes a inundar huertos y prados para cortarle el paso. Enfurecida, la población se vuelve contra el republicano De Witt y reclama el regreso del heredero de la casa de Orange, Guillermo III. Juan de Witt tiene un hermano, Cornelio, alcalde de Dordrecht y padrino…de nuestro amable tulipanero Van Baerle. Cuando la animadversión de los ciudadanos empieza a crecer, éste De Witt visita a su ahijado, simula interesarse por sus tulipanes y, ya a solas en el secadero de los bulbillos, le hace entrega de un misterioso paquetito, para que lo guarde en un lugar seguro… Van Baerle lo esconde allí mismo, en un cajón de bulbos. Y como no vive más que para sus flores, ni siquiera pregunta qué contiene el paquete. Los lectores sí lo sabemos: es la correspondencia entre el Gran Pensionario y el Marqués de Luvois, ministro de la guerra del Rey Sol. Los hermanos de Witt han tratado de negociar con los franceses para evitar la guerra; ahora bien, si las cartas cayeran en manos de los orangistas, éstos podrían tergiversarlo todo, incluso acusarles de alta traición. ..
Padrino y ahijado se abrazan y se despiden.
No pueden sospechar que, muy cerca de ellos, mirando a través de un telescopio, alguien más ha asistido a la escena…
A nasty green thing, una cosa verde y desagradable, dijeron los académicos, sin arrugarse, cuando John Constable les presentó su cuadro. Hoy este «Water-meadow at Salisbury» está valorado en varios millones de euros ( veintiocho le dieron a la Baronesa Thyssen por su «Esclusa»). Pertenece al Victoria and Albert Museum de Londres, pero estos días – hasta el 17 de febrero- forma parte de una exposición en la ¡Royal Academy! sobre los orígenes de la pintura de paisaje en Inglaterra.
Estamos a unos treinta y pocos kilómetros del mar, en la enorme llanura del sur de Inglaterra, cruzada por una miríada de ríos y arroyos de aguas calcáreas (chalk streams), famosas por la calidad de sus truchas y salmones. Lo que se ve junto al río son sauces trasmochos: pollards, seguramente en agosto. Los ramos del año no han sido cortados aún y el prado amarillea. Entre las hierbas y juncos de la orilla habrá algún nido de carricerín; entre las raíces de los alisos, río arriba, algún nido de martín pescador. Los pollos estarán crecidos, haciendo sus primeras pruebas de vuelo. Algún paseante vendrá al atardecer, después del té y la tertulia -quizá el propio John, o su amigo Fischer, obispo de la Catedral, que lo ha invitado a pasar con él unos días-. Con las fuertes lluvias invernales el río se hinchará y el prado quedará intransitable. Para entonces los sauces serán verdaderos pollards, con sus cabezones rasurados al viento. Pero a ellos no les molesta tener durante meses los pies en el agua. Por lo demás, un antiguo sistema de canales y compuertas regula la entrada y salida del agua en el prado, «prado de diente», llano y siempre empapado, como en Holanda. Las vacas podrán ramonear las briznas del mundialmente famoso «Raygrass inglés» en cuanto se despejen las nubes y vuelva el sol. Sospechamos (siendo el pasto tan espeso) que el dueño del prado, o el que lo arriende, o el paisano con derecho a entrar en él, no necesita el sauce para forraje. Utilizará esos ramos flexibles para hacerse media docena de nasas en forma de embudo (?); irá colocándolas con paciencia -metido hasta la cintura en el agua- y volverá a revisarlas cada día, y a vaciarlas de truchas si la cosa va bien. O puede que, previsor, sí se lleve los ramones. Y que los ensile, pensando en dárselos a sus vacas en invierno, un poco fermentados, cuando el prado vuelva a ser un puro charco…
El «famoso Raygrass inglés», Lolium perenne, crece desde siempre en toda Europa. Pero es verdad que prefiere las zonas húmedas y el clima oceánico. Entiendo que también podríamos llamarlo raigrás normando, raigrás bretón, raigrás asturiano…Lo que sí han inventado y exportado los ingleses, desde el siglo XVIII, son sus céspedes ornamentales, formados por una mezcla de gramíneas en las que siempre termina por dominar el raigrás. Pero ésa es otra historia.
El veinte de enero de 2009 el Sr. Obama tomó posesión como 44º Presidente de los EEUU y se instaló con su familia en la Casa Blanca. Dos meses después, asomando ya la primavera en Washington D.C, la Sra. Obama, acompañada de una patrulla de niños de un colegio próximo, empezó a cavar el rectángulo de tierra destinado a albergar su «kitchen garden», su pequeño huerto urbano. El lugar: un recoveco del South Lawn, cerca de la verja, para que cualquier transeunte pudiera verlos en plena faena. Objetivo: iniciar una campaña estatal en favor de la alimentación sana. Menos hamburguesas y más verduras. Implicar a los niños. Fomentar la instalación de huertos comunitarios «all across the country», al estilo de los Victory Gardens de la segunda guerra mundial. El movimiento estaba iniciado desde mucho antes, naturalmente. Pero el apoyo activo de Michelle ha tenido el previsible efecto multiplicador, y cuatro años después de convertirse ella misma en hortelana, los huertos colectivos -cultivados por asociaciones (escuelas, iglesias, parques de bomberos, grupos variopintos…) o divididos en parcelas individuales, pero compartiendo servicios comunes- se cuentan por miles en todos los estados. Al año siguiente de instalar su huerto, Michelle puso en marcha su segundo proyecto en la misma dirección: Let´s move!, con intención de dar la voz de alarma sobre el problema de la obesidad infantil en los EEUU y empezar a promocionar actividades deportivas en los colegios y vecindarios (a finales de los 90, según ella misma cuenta, la Educación Física fue eliminada del currículo en muchos estados). Hace unos meses, a punto ya de terminarse el mandato presidencial de su marido, Michelle publicó este libro, American Grown, contando su experiencia con el huerto de la White House y explicando algunas cosas sobre el estilo de vida americano que, en su opinión, habría que empezar a cambiar. El libro se deja leer. Los treinta dólares que cuesta cada ejemplar se ingresan en la cuenta del Servicio de Parques Nacionales (los jardines de la Casa Blanca pertenecen a lo que aquí llamaríamos «Patrimonio»; Michelle tuvo que pedir permiso para montar el huerto y seguir al pie de la letra las indicaciones de los técnicos). Pero para los republicanos el huerto y el libro son sólo una pérdida de tiempo: una tontuna más de la Barbie Jardinera Negra, como los conciertos de blues que organizaron los Obama al poco de llegar, para reivindicarlo como parte del tesoro cultural americano… De la primera página a la última Michelle utiliza sus hortalizas para hablar de otras cosas: la importancia de trabajar en equipo, de intercambiar puntos de vista, de ayudar a otros (los excedentes de su huerto se van a un comedor social de Washington; otros huertos comunitarios se integran directamente en la red de Bancos de Alimentos), del reto de dar de comer bien a los niños, de que ellos se impliquen, aprendiendo de dónde sale una lechuga o un pimiento. Tras vencer la resistencia del Presidente, que veía peligrar la cancha de baloncesto, Michelle y su patrulla de voluntarios -pertenecientes a cuarenta nacionalidades diferentes, estudiantes en un colegio bilingüe de Washington- consiguieron autorización para una colmena. Y ahí está instalada ya, a pocos metros de la cancha. Muchos trabajadores de la Casa Blanca participan en el huerto. Por ejemplo: el decano de los carpinteros, apicultor aficionado los fines de semana, que lleva treinta años en su puesto y es quien realmente lió a Michelle con lo de la colmena; la jefa de cocinas, filipina, que escoge personalmente las verduras para las cenas oficiales; el jefe de mantenimiento, que vigila que todo esté en orden, que toma nota de las cosas que funcionan y las que no, y propone los cambios…(los túneles de plástico, por ejemplo, los habían instalado demasiado cerca unos de otros, y se estorbaban cuando había que sacudir la nieve; o las calabazas, sembradas demasiado pronto, o la idea de incluir flores, que son muy bonitas pero quitan espacio, y en la Casa Blanca son muchos a la mesa…)
Sí. El libro de Michelle es un monumento a la corrección política y el buen rollo. Emigrantes y refugiados de una ONG de San Diego, que tratan de autoabastecerse con su pequeño huerto; un veterano de Irak que ha vuelto a la vida civil como productor y vendedor de manzanas; huertos municipales en Camden, la segunda ciudad más peligrosa de los EEUU y una de las más pobres; huertos en macetas en dos colegios de Brooklyn, puro asfalto; una delegación del Congreso Nacional Indio, con el jefe de los Chikasaw al frente, asistiendo a Michelle en la siembra de las «tres hermnas» -calabaza, judía, maiz-; un huerto bio en Hawai, que es también un centro de reeducación, «para que los jóvenes hawaianos recuperen sus tradiciones», etc, etc, etc. Pero es que comer «al menos un poco mejor» no debería se tan difícil, dice Michelle, consciente de que muchas veces es casi imposible acceder a verduras frescas, incluso para la gente que sí podría permitírselo (una McBurger con queso vale un euro; es barato, lo encuentras en cualquier sitio, y «tapa» antes el agujero en la barriga). Si los huertos se extienden, los mercados locales también lo harán. Y luego ha de entrar en acción la iniciativa de la gente, como la de esos 45 colegios de Boston con su «Local Lunch Thursday» (todos los jueves comen verduras de producción local), o los ayuntamientos que solicitan ayuda financiera al Programa de Comida Fresca (así, como suena), para abrir fruterías y mercados de verdura, o los emprendedores que han recuperado, en Detroit y Chicago, la vieja tradición del «Vegetable Truck» (para inmenso placer de los ancianos del barrio), Y junto a esto, los acuerdos con las grandes «corporaciones» del ramo, para que abran puestos de verdura y fruta fresca en los puntos peor provistos de cada estado. O el Acta firmada por el Presidente, subiendo los estándares mínimos para las empresas encargadas de los comedores ecolares En fin. Muchas cosas. Y no llega con comer mejor: también hay que moverse más. Recuperar las liguillas escolares. Dedicar más dinero, a través de Let´s move! a adecentar espacios públicos donde los niños puedan jugar -y vencer la tentación del sofá+playstation- al menos en las inhóspitas grandes ciudades.. O instalar aparcamientos de bicis, para animar a los niños a ir al cole pedaleando. O poner a disposición de las asociaciones deportivas el South Lawn (la enorme pradera de la Casa Blanca) cuando empieza el buen tiempo. O… ¿En qué quedará todo esto?. Nadie lo sabe, y Michelle lo reconoce. En su capítulo introductorio Michelle comenta de pasada los problemas que tuvo Mme. Roosevelt cuando quiso instalar un Victory Garden en la Casa Blanca: intentaron disuadirla desde el Departamento de Agricultura, pensando que su ejemplo podría tener efectos no deseados (¿para quién?, para los grandes productores, que preveían hacer su agosto en plena guerra; en esos jardines se llegó a producir el 40% del alimento nacional). La acusación más repetida contra Mme. Obama es la de que su huerto no pasa de pijo-huerto, y de que basta con ver los modelos que se pone para ir a cavar…. Sin embargo, en el pais del marketing este reproche no tiene demasiado sentido (cuanto haga o deje de hacer la Primera Dama será, quiéralo ella o no, «marketing»). Es verdad, a los europeos todo esto nos parece un poco raro. El punto de partida: ¿por qué ha de hacer nada la señora que duerme con el Presidente?, ¿por qué ha de tener un papel institucional?. Pero si las cosas son así, si en los EEUU la Primera Dama participa en la campaña y, de algún modo, es también ella «elegida» por los votantes, entonces lo que vale para Barak vale también para Michelle, y viceversa. Y mejor que se dediquen a plantar zanahorias, pienso yo, que a tomar el Té con gente peligrosa. Mejor rastrillar la tierra del huerto que desollar renos en Alaska. Mejor preocuparse de lo que comen los niños -uno de cada tres, según las estadísticas, corren el riesgo de acabar diabéticos por culpa de su obesidad- que de lo que dice la Biblia sobre esto o aquello. Mejor batir el récord mundial de «mayor-número-de-personas-saltando- en 24 horas» (literal, p.199) que batirlo en número de cabezas nucleares…
El huerto de Mme. Roosevelt no fue adelante. El de Michelle lleva cuatro años produciendo. En el libro, organizado por estaciones, da cumplida cuenta de sus éxitos y fracasos. Incluye una selección de recetas, algunas estupendas (judías con almendras tostadas, que me dispongo a preparar). Si este bonito pijo-huerto pudiera seguir cuatro años más, si llegara a hacerse cotidiano e imprescindible para la gente que trabaja ahí, desde el personal de limpieza hasta los de seguridad, pasando por jardineros y «chefs», quizá ya nadie se plantearía levantarlo después, fuera quien fuera el inquilino de la Casa Blanca.
NOTAS American Grown, «The story of the White House kitchen garden and the gardens across America». Michelle Obama. National Park Foundation, 2012.
La foto de los Obama-farmers procede de la web: eat-the-view.com
Y el vídeo oficial:
Platos de peltre y/o de plata. Un vaso de buen vino blanco del Rhin, o del Mosela, quizá un Riesling. Un segundo vaso, roto. Unas aceitunas venidas en barricas desde España, por mar. Un mantel de lino bien planchado, un cuchillo de madera y plata. Unas cáscaras de ¿avellana?. Un pastel de frutas. Y un limón a medio pelar.
Un cuenco de porcelana Ming (período Wan-Li, apunta el catálogo). Un mantel quizá de seda ¿india?. Una naranja con sus hojas (presumiendo de estar recién cogida). Un caracol que nos dice: esta naturaleza aquietada (traducción literal de «stillleven») no lo está tanto: estos frutos se ajarán, y usted, que ahora los contempla, también. Un cuchillo de plata, un vaso de buen vino blanco, quizá un Riesling. Y un limón a medio pelar.
Una fuente de porcela china, una naranja con sus hojas (¡fresquísima!). Una Copa Nautilus. Un vaso pequeño, de buen vino blanco del Rhin, quizá un Riesling. La empuñadura de un cuchillo de plata. Un mantel de terciopelo. Una mesa de mármol. Un reloj abierto, que nos dice (sin exagerar) que el tiempo corre, que somos polvo. Unas pepitas de uva que quizá intentan, también ellas, decir algo. Y un limón a medio pelar. Un azucarero de porcelana china, con su cucharita de plata, su platillo de plata. Una Copa Nautilus. Una naranja con sus hojas (recién cogida, ¡muy fresca!). Una copa alta de buen vino tinto. Un tapiz persa, de terciopelo, directamente traído de la provincia de Herat. Una mesa de mármol veteado.
Y un limón a medio pelar.
Un aguamanil de porcelana, con su tapa labrada ¿en oro?. Un cuenco Ming, también con sus engastes. Un cuchillo con el mango de ágata. Unas cáscaras de avellana -allí donde, en el cuadro vecino, se esparcían pepitas. Un Nautilus, nacar y oro. Un racimo de uvas. Un tapiz persa.
Y un limón a medio pelar.
Y la única conclusión posible: ninguno de estos limones podría haber sido, por ejemplo, una manzana.
Los cuadros reproducidos pertenecen a W. Heda, Van de Velde III, y los tres últimos, los más delicados, tan lujosos y elegantes que hacen chirriar los dientes, a W. Kalf. Salvo el primero, el más sencillo (mantel blanco en vez de tapiz, peltre en vez de plata), que es de los años 40, los demás se pintaron entre 1650 y 1665, en el zénit artístico y comercial de las Provincias Unidas. Los cinco cuadros (stillleven/naturaleza quieta- parada) están juntos en la sala 27 del Museo Thyssen.
Un limón sobre un cuenco de porcelana, sobre un tapiz persa. Hay que entrecerrar un momento los ojos e imaginar todo lo que había detrás de esa imagen. El bosque de mástiles -cientos y cientos- de los grandes veleros trasatlánticos de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, fondeados en el todopodeoso puerto de Amsterdam (hoy no podemos imaginarlo, siquiera con barcos de recreo: la estación de tren, construida en el XIX, cierra la vista al Zuidersee). La Bolsa más potente de Europa, más que la de Londres. Las mejores imprentas, los mejores cartógrafos. Los mejores relojeros, los mejores ópticos. Los mejores ingenieros. Los mejores astilleros, los mejores orfebres. Y también los hortelanos más cualificados: los limones, tan apreciados como las naranjas, sólo podían ser cultivados in situ con mil y un cuidados, en invernaderos acristalados diseñados expresamente para ellos. Pero hay más. El amarillo-limón complementa al azul Ming, brilla como el nácar y recuerda al oro. Y el lujo tiene un aquel ácido: el limón que aliña un plato de ostras (también frecuentes en este tipo de bodegones). Pero los holandeses siempre han tenido los pies en el suelo. Una mezcla curiosa de finesse y terrenalidad, lo que seguramente explica que pudieran colocar juntos una fuente de plata con un arenque, o un mueble lujosísimo, de maderas taraceadas, con esa escoba que la señora de la casa acaba de dejar apoyada junto a él… Todo es material. Material, perecedero, sabroso, bueno.
NOTAS
(1) Están…o deberían, en esa sala de ese museo. Pero la verdad es que no encontré en su sitio, ni en ningún otro, el bodegón de Van der Velde cuando fui por última vez a verlos, hace un par de meses. ¿Qué ha pasado con él?. Los detalles sobre los objetos proceden del catálogo virtual del Museo Thyssen.
(2) Sobre la materialidad. Muchos entendidos en bodegones insisten en el caracter moral de estos cuadros holandeses. Como vanitas camufladas (al contrario que en muchos bodegones del sur, escalofriantes y explícitos). O como llamadas a la moderación: la copa de vino que nunca está llena hasta el borde, la mezcla de naranjas (dulces) y limones (ácidos)… Hoy nos resulta trabajoso imaginar todo eso. Sólo vemos la belleza de los objetos, tal como están. Pero el reto es ver también lo que los hizo tan intensamente reales (las cuevas de las que se extraía el lapislázuli, las ovejas que dieron su lana para los tapices, las viñas desborrando a orillas del Mosela, etc.)
(3)Unas gotas de limón en la ostra, con la contracción muscular que sigue, son la prueba más segura de que está viva. En el caso de la ostra, lo que se come es su agonía. Literalmente.
El Padre Lampros sale a herborizar con el protagonista y el hermano Othon, otrora guerreros, hoy pacientes estudiosos de la flora de la Marina.
“Cierta mañana nos acompañó hacia un declive del jardín que los jardineros del convento habían escardado, y nos hizo detener ante un lugar en que se veía un gran paño de color rojo extendido sobre el suelo. Nos dijo que creía haber salvado del escardillo una planta digna de alegrar nuestros ojos; pero cuando hubo alzado el trapo no vimos más que un joven brote de esa especie de llantén al que Linneo dio el nombre de mayor y que se encuentra en muchísimos senderos.
Cuando, para observarla con más detención, nos inclinamos sobre ella, vimos que había brotado con una regularidad poco común y un vigor nada corriente. Su círculo formaba una verde circunferencia subdividida por hojas ovaladas, que daban una forma dentada a la misma, y cuyo centro de crecimiento se destacaba limpiamente en medio de ellas. La encarnadura de la figura producía una profunda impresión de frescor y delicadeza, y su espiritual simetría le daba el aspecto de algo indestructible. Al verla nos estremecimos y sentimos cuán profundamente unidos anidan en nosotros la delicia de vivir y la delicia de morir. Al incorporarnos, nuestras miradas tropezaron con el rostro del padre Lampros. El padre nos acababa de hacer la confidencia de un misterio.·
Cincuenta páginas después. La fértil Marina está siendo arrasada por las huestes del Gran Guardabosques. El orden clásico se desploma. Arden las viñas y los campos de trigo. La biblioteca, los herbarios, todo. El protagonista ha arrancado de una pica la cabeza del Príncipe y la ha escondido piadosamente en un ánfora.
“…En la ladera vimos que el convento de Maria Lunaris también estaba envuelto en llamas (…) La gran vidriera que había junto al altar de la imagen sacra ya se había derrumbado, y en el vacío marco de la misma vimos al Padre Lampros. A su espalda ardía como un horno abierto, y nosotros corrimos hasta el foso del monasterio para llamarlo desde allí. Estaba de pie, revestido de sus ornamentos sacerdotales (…) Parecía escuchar y, sin embargo, no oyó nuestras llamadas. Entonces yo saqué del ánfora la cabeza del príncipe y la levanté con mi mano derecha. Al ver la cabeza nos estremecimos, pues la humedad del vino había atraído los pétalos de las rosas, de manera que toda ella tenía un tinte de oscuro color púrpura.
Pero al levantar yo la cabeza otra imagen nos vino a conmover profundamente. Vimos cómo el rosetón, cuya redondez se mantenía intacta, se teñía de una luz verde, y el dibujo de la vidriera se nos antojó extrañamente familiar. Nos pareció que habíamos visto su modelo en el llantén que el Padre Lampros nos había mostrado en el jardín del monasterio, y aquel espectáculo nos reveló la oculta razón de su existencia.
Al mostrarle yo la cabeza del príncipe, el padre volvió a nosotros su mirada, y lentamente, medio saludándonos, medio mostrándonos algo, levantó la mano como en la Consacratio, y las llamas hicieron fulgir la gran cornalina de su diestra. Y como si con aquel gesto hubiera hecho un poderoso signo, vimos que el rosetón estallaba en una lluvia de oro….”
Ernst Jünger, En los acantilados de mármol, Destinolibro 251, 1990. p.86. y pp.177-8, Traducción de Tristán La Rosa.
NOTA: Cornalina: piedra preciosa, que el Padre Lampros llevaría engastada en un anillo
«The farmers won. We lost…». El remake americano de Los siete samurais, dirigido por John Sturges, introduce variaciones curiosas en el guión. Todas ellas se justifican si se parte de esta premisa: que el público occidental no podría entender
(1) ni el abismo social entre samurais y campesinos (Japón, S.XVI),
(2) ni la furibunda arremetida de Kikuchiyo contra sus paisanos (por mucho que en el propio ataque se incluyera la explicación: ¿pero cómo queréis que seamos los campesinos si vosotros, los soldados/samurais/pistoleros, no paráis de dar por saco…?).
Para solucionar lo primero (1), J. Sturges añade a la división social -mucho más permeable en la sociedad americana- la diferencia racial: los pistoleros son yanquis, los campesinos mejicanos. Esta división, pensaría Sturges (y alguna razón tendría, todavía en 1960), es más profunda que la otra; así el público, que captará claramente la desigualdad, valorará mejor el altruismo de los Magnificent Seven, quienes, a pesar de no tener nada en común con esos campesinos, están dispuestos a defenderlos por apenas veinte dólares… Voilà el tema de la película. Los campesinos y el campo quedarán en segundo plano (incluso en el trailer). ¿Un manifiesto imperialista, y/o racista, que viene a decir que los mejicanos no saben cuidar de sí mismos?. Yo no creo que ésas fueran las intenciones conscientes del director. Se cuida muy mucho de dejar claro que los pistoleros no tienen prejuicios, ni raciales ni de clase; de ahí la escena inicial, con Yul Brynner y Steve Mc Quenn llevando al cementerio a un difunto mejicano, que los “blancos” del pueblo no quieren que sea enterrado allí. Y todo a lo largo de la película se subrayan –de forma, en mi opinión, empalagosa- los vínculos afectivos de los pistoleros con la aldea campesina, y la añoranza que sienten de tener un hogar, y hasta el Abuelo, al concluir todo, les ofrece quedarse a vivir con ellos, es decir, mezclarse. Estos son, al menos, los principios ideológicos, explícitos e intachables. Pero claro, otra cosa es que la historia concluya de forma coherente con esos principios. Y es el final lo que cuenta.
(2) El alegato anti-campesinos del séptimo samurai tampoco sería bien entendido en el mundo occidental de los años sesenta. Sin embargo, el séptimo «magnífico», el tal Chico – pistolero mejicano, que se comporta como yanqui, réplica del personaje japonés, interpretado por un actor alemán, que baila como un cherokee…- repite poco más o menos las mismas palabras de Kikuchiyo. ¿Las mismas?. No…Ni en el mismo contexto ni el mismo tono. Una versión muy abreviada, que pronuncia deprisa, casi sin venir a cuento, y parece que lo hiciera por puro mimetismo con el original japonés, como la escena en que se le ve pescando con las manos (¡qué hábil es para esas cosas, verdad, pues “lo lleva en la sangre”!, y, sin embargo, qué torpe cuando Yul Brynner le hace el “test” de velocidad con la pistola…). En el personaje de Chico se reúnen parte de las características de Kikuchiyo – es hijo de labriegos y tiene su mismo desparpajo- y parte de las del joven samurai Katsushiro- es casi un adolescente, y como tal protagonizará la inevitable historia de amor con una de las mozas del pueblo. Pero la «cara Kikuchiyo» de Chico no es problemática, no tiene las contradicciones del original, que no sabe ni quién es y vive con una pierna en cada uno de esos dos mundos, cuyos defectos (¡de ambos!) conoce tan bien.
El verdadero alegato de la película corresponde a otro pistolero, el interpretado por Charles Bronson: Bernard O´Reilly . Ya en la segunda parte de la película nos enteramos de que no es Bernard, sino Bernardo, de que es un híbrido de mejicano e irlandés. Pero, atención, su alegato no es contra los campesinos, sino en su defensa, y no lo mueve esa mezcla de amor-odio con la que todos nos relacionamos con nuestros orígenes (no sólo Kikuchiyo), sino una visión más elevada y políticamente correcta de las cosas…
Antes de reproducir las palabras de O´Reilly hay que explicar cuál es la situación cuando las pronuncia. Los campesinos están divididos. En su primer encuentro armado con los bandidos han tenido algunas bajas; unos desean pactar con su jefe, Calvera, y otros prefieren seguir luchando. En la película japonesa también había dudas entre los campesinos, naturalmente, pero sólo se expresaban en forma de comentarios por lo bajinis, mezquinos y vergonzantes, sin pasar de ahí… Esta es otra de las diferencias. Porque en la versión americana los campesinos tienen que cometer un error: pecar de algo, y de algo muy gordo, para que los pistoleros puedan ser ensalzados como corresponde. Y al director no le parece correcto -ni suficiente como motor de la trama- sugerir simplemente que los campesinos son cobardes, como sí se hacía en la película japonesa, sin tapujos, y no sólo por boca de Kikuchiyo, sino en el propio desarrollo de la aventura, pues el campesino valiente es la excepción y no la norma ( un valiente que, por otra parte, estaba desquiciado desde el rapto de su mujer). No. En la película americana no se afirma de ningún modo que los campesinos sean cobardes. El «pecado» que motivará la definitiva intervención de los Siete será una traición, responsabilidad personal y exclusiva de los dos o tres que la llevan a cabo . Los campesinos partidarios de parar la lucha dejan entrar a Calvera en la aldea. Calvera desarma por sorpresa a los Siete y los pone de patitas en el monte, sin atreverse a liquidarlos (por miedo al Gran Hermano del Norte, que bajaría a pedirle cuentas). Calvera no puede ni concebir que los Siete pistoleros regresen a la aldea. Pero vaya si lo hacen. Y Calvera, al morir, repite, atónito: ¿pero por qué lo han hecho…?, ¿por qué?. Porque son buenos y altruistas, Calvera, y además no se dejan chulear por nadie. Puros yanquis.
Volvemos a Bernardo. Tres niños mejicanos que cuidan de él le dicen que están avergonzados de la cobardía de sus padres. Y entonces Bernardo los agarra y les da una buena azotaina. Y acto seguido les larga (nos larga) este discurso, inexistente en la versión japonesa (como el propio híbrido B. O´R.): “ ¿Pensáis que soy valiente porque llevo un revólver?. ¡Pues vuestros padres son mucho más valientes, porque tienen la responsabilidad de todos vosotros, de vuestros hermanos, de vuestras madres, y esa responsabilidad es como una roca que pesa toneladas (…)!. Cuidar una granja, trabajar como un mulo cada día, sin ninguna garantía de ver premiado su esfuerzo. ¡A mí me ha faltado valentía para un trabajo semejante!»
El desenlace. A los campesinos se les va a perdonar su traición. Ya Bernardo nos ha dicho que debemos hacerlo. Y por eso los que han dejado entrar a Calvera, en el ardor del combate (eso sí, ¡sólo cuando ven que la cosa va bien…!) agarran sillas y machetes y se van también ellos a zurrar a los bandidos. Lejos del realismo (tan, tan humano) de Kurosawa, aquí todos son valientes. Todos somos buenos. Pero…a pesar de las proclamas de que, además, todos somos iguales, y de que el pistolero “podría” hacerse campesino, y el campesino pistolero…Nada de eso. Al final del combate sólo siguen vivos tres de los siete magníficos, Yul y Mc Queen, como es de rigor, y Chico, el séptimo pistolero…
En la versión original Kurosawa ha hecho sobrevivir a Kanbei, a Schichiroji … y al joven aristócrata Katsushiro. Pero no a Kikuchiyo, el séptimo samurai.
…Los dos mayores se despiden y se marchan, tan chulos como llegaron. Sólo Chico, 100% mejicano y 100% campesino, en el último momento da media vuelta. Tiene un affaire con una chica de la aldea, como el jovencito samurai de Kurosawa. (Pero mientras en la película japonesa Katsushiro sí se ha acostado con la chica –la víspera de la batalla, lo que es importantísimo, y no por un simple deseo de satisfacer al samurai, para que se «desahogue «antes del combate…no, es un asunto mucho más serio y primitivo, que tiene que ver con el miedo a la muerte, y con el deseo de conjurarla cuando ya sentimos su aliento en la cara-, en la versión americana, decía, no pasan de hacer manitas. Señal de que la relación es «formal»). Hay más. En la versión japonesa la chica, una vez superado el peligro, pasa rápidamente junto a su amante y se mete en el agua feliz y contenta, cantando, para participar del ritual de la plantación del arroz. En la peli americana hay un cruce de miradas lánguidas… En la japonesa todo es más natural. El cándido Katsushiro se detiene, perplejo, y Kurosawa nos sugiere que está pensando seguir tras la joven. ¿Como Chico?. ¡Todo lo contrario!. Aquí se va a imponer la libertad por encima de las convenciones sociales, porque Katsushiro no es sólo un genuino samurai: es que, además, es un aristócrata. Y si el aristócrata-samurai terminará como un campesino (la escena final así lo indica, véase vídeo más abajo, con Kanbei y Schichiroji solos), el campesino Kikuchiyo terminará como un samurai. ¿Entendieron algo de todo esto John Sturges/el productor/guionistas de Hollywood?. En la versión americana el campesino Chico/Kikuchiyo regresa a la aldea. Hace lo que se espera de él. Se quita resueltamente el cinturón con la pistola y se arremanga: ha vuelto con los suyos.
Los yanquis se vuelven a sus business. Los campesinos mejicanos a los suyos. Y el bicho raro Bernardo O´Reilly, como no podía ser de otro modo, descansa bajo su lápida.
En la moderna y entretenidísima versión americana han triunfado el buenismo, la condescendencia , y el orden social. La grandeza de la versión original, en mi opinión, es precisamente la muerte de Kikuchiyo. Hacerlo sobrevivir y regresar a la aldea sería muy bonito…Y una simpleza. Kurosawa, al dejarlo morir luchando, está haciendo realidad lo que J. Sturges proclama pero no cumple. Que un campesino, como cualquier otro hombre, sí puede elegir su destino. Cabeza de labriego y corazón de samurai, Kikuchiyo muere como él ha deseado. Es en su muerte donde por fin se revela como lo que de verdad es: un valiente samurai, el más valiente de los siete.
NOTA
En la película americana el campo está casi totalmente ausente. Apenas un almiar por aquí, un bieldo por allá. Sólo es un decorado. En la escena final la chica parece disponerse a desgranar una mazorca, pero con tan poca disposición que nos hace dudar. Por el contrario, en la versión original TODO gira en torno al calendario agrícola. Adjunto el link con la maravillosa escena de la plantación de arroz: http://www.youtube.com/watch?v=v2fRCkNy8Os
«¡Los campesinos son gente cobarde! ¡Siempre están preocupados por algo, cuando no es la lluvia es la sequía!. Se acuestan con miedo y se levantan con miedo. Los pobres tienen miedo hasta de su sombra. ¡Se hacen los santos pero no lo son!. Tacaños, astutos, quejicas, malvados, estúpidos y asesinos…¿Y quién ha hecho que sean unas bestias?. ¡Vosotros, los samurais!. Quemáis sus aldeas, destruís sus casas, les robáis la comida, les obligáis a trabajar, seducís a sus mujeres ¡y les matáis si se resisten! ¿Qué queréis que hagan..?»
Así, con estas palabras, es como descubrimos que Kikuchiyo, el séptimo samurai, era hijo de labriegos. Hasta entonces sólo veíamos en él lo mismo que veían sus seis compañeros: un joven de carácter alocado e indócil, impropio de un auténtico samurai. Un poco después lo vemos con la hoz en la mano, ayudando a segar la cebada. Dice que detesta a los campesinos pero es el que mejor se lleva con ellos. Nunca se calla. Es infantil, impulsivo. Para probar que es un auténtico samurai enseña un «diploma» que ha comprado por ahí, perteneciente a un tal «Kikuchiyo». Ni siquiera sabe cuál es su verdadero nombre…
Flash-back. Un grupo de campesinos se ha acercado a la ciudad en busca samurais que acepten defender la aldea contra los bandidos que periódicamente les roban la cosecha. Ya se han llevado la del arroz. Ahora la cebada está creciendo… y ya falta poco para que madure. Cuando esté segada y trillada los bandidos volverán. Los campesinos buscan samuráis pobres, pues no tienen nada con que pagarles. La oferta es que les defiendan a cambio de su manutención. Tres comidas diarias, nada más. Los samurais comerán arroz; los campesinos, mientras tanto, sólo comerán mijo. Al primer samurai, Kanbei, lo descubren en plena acción, cuando arriesga su vida por salvar la de un niño que ha sido secuestrado… Los campesinos, testigos de su forma de proceder, le ofrecen el trabajo. Y como corren malos tiempos para los samuráis de fortuna -guerreros que vagan por el pais buscando un señor al que servir- a Kanbei no le cuesta demasiado reunir un pequeño grupo. En principio son seis. Un séptimo, Kikuchiyo, no ha pasado la prueba (se emborracha, no sabe tener cerrada la boca …), así que se limita a seguirles, esperando que en algún momento acepten su compañía. Cuando llegan al pueblo nadie sale a recibirles. Pero Kikuchiyo, que demuestra conocer bien la mentalidad de los campesinos, toca a rebato con el «gong» de la plaza pública… «Ya tenemos al séptimo», dice Kanbei. Y entonces empieza la segunda parte de la película. La relación entre campesinos y samuráis, que va pasando de la desconfianza más profunda a una cierta solidaridad (los samurais comparten su comida, los campesinos se ríen…). La preparación de las defensas del pueblo. El entrenamiento de los campesinos. El descubrimiento de las mujeres, que han sido apartadas y escondidas antes de la llegada de los samurais. La cosecha y la trilla. La historia de amor entre el más joven de los samurais y una de las chicas. El ataque de los bandidos. La batalla bajo la lluvia. La muerte de cuatro samurais y varios campesinos. La liberación de la aldea. Y por fin el recomienzo: las mujeres plantan el arroz mientras los hombres cantan y bailan junto a ellas, todos metidos en el agua, siguiendo el ritmo de los tambores y flautas…
¿Quiénes son los siete samurais?. Aparte de Kanbei y de Kikuchiyo:
el segundo samurai, el leal y afable Schichiroji, viejo amigo de Kanbei;
el samurai más joven, Katsushiro, número tres, muy guapo, elegante, y de buena familia (como se deja adivinar por su ropa, por la limosna que entrega a escondidas a los campesinos…);
el cuarto, el samurai de nervios de acero, enjuto y parco de palabras, de técnica pefecta con su espada;
el quinto, fortachón y risueño, al que encuentran cortando leña;
y el sexto, guerrero muy apañado, pero más desdibujado en el guión que sus compañeros (*al menos en la versión que yo tengo en casa, no sé si completa)
Kanbei y Scichiroji han sobrevivido al combate, lo que era previsible desde el comienzo. «Los campesinos han ganado. Nosotros hemos perdido», son las palabras que pronuncia Kanbei antes de abandonar definitivamente la aldea, mientras pasan junto a las tumbas de sus cuatro compañeros muertos y escuchan la música que llega desde la plantación. El tercer samurai que se salva es…. (Continúa mañana; me voy a regar).