Cinco limones a medio pelar

Otoño 2012

Platos de peltre y/o de plata. Un vaso de buen vino blanco del Rhin, o del Mosela, quizá un Riesling. Un segundo vaso, roto. Unas aceitunas venidas en barricas desde España, por mar. Un mantel de lino bien planchado, un cuchillo de madera y plata. Unas cáscaras de ¿avellana?. Un pastel de frutas. Y un limón a medio pelar.

Un cuenco de porcelana Ming (período Wan-Li, apunta el catálogo).  Un mantel quizá de seda ¿india?. Una naranja con sus hojas (presumiendo de estar recién cogida). Un caracol que nos dice: esta naturaleza aquietada (traducción literal de “stillleven”) no lo está tanto: estos frutos se ajarán, y usted, que ahora los contempla, también. Un cuchillo de plata, un vaso de buen vino blanco, quizá un Riesling. Y un limón a medio pelar.

Una fuente de porcela china, una naranja con sus hojas (¡fresquísima!). Una Copa Nautilus. Un vaso pequeño, de buen vino blanco del Rhin, quizá un Riesling. La empuñadura  de un cuchillo de plata. Un mantel de terciopelo. Una mesa de mármol. Un reloj abierto, que nos dice (sin exagerar) que el tiempo corre, que somos polvo. Unas pepitas de uva que quizá intentan, también ellas, decir algo. Y un limón a medio pelar.
Un azucarero de porcelana china, con su cucharita de plata, su platillo de plata. Una Copa Nautilus. Una naranja con sus hojas (recién cogida, ¡muy fresca!). Una copa alta de buen vino tinto. Un tapiz persa,  de terciopelo, directamente traído de la provincia de Herat. Una mesa de mármol veteado.
Y un limón a medio pelar.

Un aguamanil de porcelana, con su tapa labrada ¿en oro?. Un cuenco Ming, también con sus engastes. Un cuchillo con el mango de ágata. Unas cáscaras de avellana -allí donde, en el cuadro vecino, se esparcían pepitas. Un Nautilus, nacar y oro. Un racimo de uvas. Un tapiz persa.
Y un limón a medio pelar.

Y la única conclusión posible: ninguno de estos limones podría haber sido, por ejemplo, una manzana.

Los cuadros reproducidos pertenecen a W. Heda, Van de Velde III, y los tres últimos, los más delicados, tan lujosos y elegantes que hacen chirriar los dientes, a W. Kalf.  Salvo el primero, el más sencillo (mantel blanco en vez de tapiz, peltre en vez de plata), que es de los años 40, los demás se pintaron entre 1650 y 1665,  en el zénit artístico y comercial de las Provincias Unidas.  Los cinco cuadros (stillleven/naturaleza quieta- parada) están juntos en la sala 27 del Museo Thyssen.
Un limón sobre un cuenco de porcelana, sobre un tapiz persa. Hay que entrecerrar  un momento los ojos e imaginar todo lo que había detrás de esa imagen.  El bosque de mástiles -cientos y cientos- de los grandes veleros trasatlánticos de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, fondeados en el todopodeoso puerto de Amsterdam (hoy no podemos imaginarlo, siquiera con barcos de recreo: la estación de tren, construida en el XIX, cierra la vista al Zuidersee). La Bolsa más potente de Europa, más que la de Londres. Las mejores imprentas, los mejores cartógrafos. Los mejores relojeros, los mejores ópticos. Los mejores ingenieros.  Los mejores astilleros, los mejores orfebres. Y también los hortelanos más cualificados: los limones, tan apreciados como las naranjas,  sólo podían ser cultivados in situ con mil y un cuidados, en invernaderos acristalados diseñados expresamente para ellos. Pero hay más. El amarillo-limón complementa al azul Ming,  brilla como el nácar y recuerda al oro. Y  el lujo tiene un aquel ácido: el limón que aliña un plato de ostras (también frecuentes en este tipo de bodegones). Pero los holandeses siempre han tenido los pies  en el suelo. Una mezcla  curiosa de finesse y terrenalidad, lo que seguramente explica que pudieran  colocar juntos una fuente de plata con un arenque,  o un mueble lujosísimo, de maderas taraceadas, con esa escoba que la señora de la casa acaba de dejar apoyada junto a él… Todo es material. Material, perecedero, sabroso, bueno.

NOTAS

(1) Están…o deberían, en esa sala de ese museo. Pero la verdad es que no encontré en su sitio, ni en ningún otro, el bodegón de Van der Velde cuando fui por última vez a verlos, hace un par de meses. ¿Qué ha pasado con él?. Los detalles sobre  los objetos proceden del catálogo virtual del Museo Thyssen.
(2) Sobre la materialidad. Muchos entendidos en bodegones insisten en el caracter moral de estos cuadros holandeses. Como vanitas camufladas (al contrario que en muchos bodegones del sur, escalofriantes y explícitos). O como llamadas a la moderación: la copa de vino que nunca está llena hasta el borde, la mezcla de naranjas (dulces) y limones (ácidos)…  Hoy nos resulta trabajoso imaginar todo eso. Sólo vemos la belleza de los objetos, tal como están. Pero el reto es ver también lo que los hizo tan intensamente reales  (las cuevas de las que se extraía el lapislázuli,  las ovejas que dieron su lana para los tapices, las viñas desborrando a orillas del Mosela, etc.)
(3)Unas gotas de limón en la ostra, con la contracción muscular que sigue, son la prueba más segura de que está viva. En el caso de la ostra, lo que se come es su agonía. Literalmente.


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21 pensamientos en “Cinco limones a medio pelar

  1. Preciso y precioso Barbie, pero sí, la simbología era importante entonces en el momento de elaborar el cuadro, auqnue ahora eso sea lo de menos.

    El que más me gusta, por la luz, por ser el menos ostentoso es el primero

    Las que el catálogo llama copas Nautilus están hechas con conchas de uno de los dos cefalopodos (como los calamares y las sepias o los pulpos) que tienen conchas externas, el Nautilus y el más raro Argonauta, o sea, son conchas de animales marinos a los que se añadía un pie y un asa a veces. (Disculpa si, como supongo en una naturalista avezada como tú, ya lo sabías)

    • Sí, la simbología existía, aunque fuera ya un tanto light…Quizá había sido más importante unas décadas antes (como lo es en el cuadro de Heda, el que más te gusta, con su vaso roto, pero cronológicamente “descolgado” de los que siguen). A mí me gusta pensar que para un Willem Kalf la supuesta simbología era sobre todo una buena excusa…para no privarse de pintar objetos tan sumamente refinados, y con precios de vértigo, en una sociedad que en algún momento había aprobado normativas contra el lujo/ostentación.
      Y el nautilus, como ese primo suyo del que nos hablas,¿no son animales de aguas cálidas? (yo no soy una naturalista avezada, Libélulo, sólo una entusiasta con muy poca vergüenza). Lo que habría que “ver” también tras esa copa es, entonces, una isla en los trópicos (?); en cualquier caso, a muchísimas millas naúticas de la opulenta Amsterdam-

      • Sí, son de aguas cálidas, cefalópodos con concha externa (como los anmonites del mesozoico), pero Holanda ya tenía por esas fechas posesiones en Indonesia, las Antillas, …

  2. Me parece- después de leer con deleite tu post- que es acertado tu criterio sobre la delectación en contemplación del lujo ya que la religión calvinista, censuraba la ostentación. En cualquier caso, tu descripción me ha ayudado a degustar los bodegones sin verlos y, sin haber probado jamás la agonía de una ostra, imaginármela. Como en los buenos textos, cuando nunca te has sentido tan enamorada, ni dolida, ni debajo del agua y, sin embargo, leyendo puedes llegar a sentirlo. Genial, Barbie.

    • Merceditas/Emma, si no has visto aún esos bodegones ¡ya estás yendo!. ¡Pero ya!. ¡Ya!. Recordad que la Baronesa anda mal de cash, e igual que se deshizo sin contemplaciones del mejor cuadro de Constable, se deshará de cualquier otra cosilla, qué se yo, ese bodegón de Van der Velde (¿dónde está? ¿por qué no está en su sitio de siempre?) en cuanto tenga que llevar su colección de Rolls a pasar la ITV. Al loro.
      P.D. Yo sí he presenciado la agonía de la ostra (mi padre me la enseñó, para ilustrarme…), pero nunca he sido capaz de digerirla.

      • Pues a mi me encantan, las ostras, es lo único que suelo comer por docenas, además de las croquetas de bacalao de mi madre

      • Yo no soy capaz. Imposible. Pero qué digo, si es que, aunque lo fuera, ¿a cuánto debe de andar el kilo?. Ya no me acuerdo ni de cuándo fue la última vez que las ví en casa. (Percebes sí: el verano pasado; había un furtivo en la playa, muy muy temprano; me vió bajar canturreando y el hombre debió de pensar “¡os ecoloxistas!”, tiró enseguida la bolsita que llevaba – dos kilos de percebes recién arrancados- y desapareció entre las rocas; cuando volvió, si es que volvió, que no me quedé para comprobarlo, ya estaba mi madre encendiendo la olla…)

      • No, las ostras se pagan por unidades o docenas y están las de calidad media a un euro cada una, en cambio los percebes son muchísimo más caros, hace que no los pruebo (y es lógica la diferencia de precio: unas de sultivan comodamente aunque es cultivo delicado, los otros hay que recolectarlos jugánodose la vida y además a menudo se esquilman)

  3. Querida Barbie; como Lansky digo ‘preciso y preciso’ esto que escribes y aún añado ‘preciosista’. Qué bárbara.
    Viendo estos bodegones me vienen a la memoria dos que pasaron por las manos de nuestra familia, por una herencia lejana (los pulimos de inmediato con un chasquido de dedos) de un tal Luis Egidio Meléndez, un español, medio español, casi contemporáneo de los Van de Vele que mencionas, o algo posterior.

    Os recomiendo ver sus obras en Wikipedia porque son de una finura extraordinaria, que poco o nada tiene que envidiar a esas maravillas que nos muestras. De hecho, me sorprende que el barón de Tita no hubiera comprado nada de Meléndez para la colección Thyssen, porque aunque a la mayoría no nos dice nada el nombre de L.E.Meléndez creo que merece un puesto en el más alto punto del ranking de los bodegonistas.

    Ya me diréis.

    Abracito.
    Grillo

  4. ¡Pero sí, Grillo, es el que pintó esa “chocolatera” que está en el Prado!. Me gustan los bodegones porque me gustan las “cosas”, y admiro a los que preferían pintar eso, un cacharro o una fruta, en vez de escenas de batalla, retratos de familia, etc. Los de L. meléndez, con sus pepinos y sus membrillos picados, y sus mesas de madera gastada, todo más castizo y raído, resultan además muy cercanos… En el blog han salido más veces, los bodegones, y supongo que han de salir más. Me da vértigo pensar que tuvísteis una de esas pequeñas maravillas en casa. El Barón compró uno -o dos, no recuerdo- de Chardin, contemporáneo parisino de Meléndez. (¿Quizá éste último le olía demasiado a ajo…?)

      • Por cierto, que en algún catálogo (no recuerdo cuál) leí que las ostras de los cuadros holandeses se asociaban a la lujuria. Ostras y limón= pecado mortal (dizque). ¿Viste la exposición de Chardin el año pasado en Madrid?. Tuve que contenerme para no robar el Vaso de agua y cafetera (y tres ajos)… ¡Cuánto mejor no quedaría en mi casa que en ese lejano museo de sabe Dios dónde!. Chardin son palabras mayores, desde luego, porque engancha directamente con estos holandeses del XVII. Y el Chardin que más me gusta, el último. (Calvo Serraller ha escrito cosas muy lúcidas sobre la fase final de los buenos pintores; en su opinión, siempre es la mejor, porque uno es lo que de verdad “es” al final, cuando ya no le importa tres pepinos -o tres ajos- ni la consideración social ni lo que los demás piensen)

  5. Paco Calvo Serraller es sabio. Va a misa todo lo que dice. Punto. Lo conozco, vivimos muy cerquita y es un tipo cultísimo y amable. Me reí las tripas en una cena en su casa con F. Savater y varios más.

    ¡¡¡¡ Ostras Pedrín !!! Ni más ni menos que en Arzac cogí una intoxicación de ostras y tuvieron que traerme a Madrid en ambulancia, porque solo me fiaba de ‘mi cuadro médico’ de aquí. Desde entonces no he vuelto a probar ningún tipo de bivalvo.
    Y el caso es que se lo dije – ¿Cómo que un puré caliente de ostras? Lo cierto es que a los demás invitados (de un coloquio) no les pasó nada.

    Antes podía ponerme púo de ostras en El Aguilucho de Madrid. El caso es que no lo hecho de menos. Pienso en ostras y se me pone mal cuerpo; perdón: peor cuerpo.

    Voy a echar una fama terrible de pendantón y de conocer gente… Nada: simple edad y haber vivido mucho, haber dicho SÍ casi siempre.
    Tendré que encontrar un huequito oportuno donde contaros una antigua travesura con Tita Cervera y Manolo Segura, increíble. Yo pensé que nos echaban del local donde fuimos muchos a cenar.

    Grillo

    • A mí me pasó algo parecido, pero con “longueirones” (navajas), y no precisamente en Arzac, sino en una tasca inmunda de Carril. Tampoco terminé en una ambulancia, sino con la cabeza en el water durante un buen rato, y después varios días con fiebre y hecha unos zorros. (Entre tus ostras y mis longueirones acabamos de darle la puntilla al “glamour” del post…)
      La columna de Calvo Serraller en Babelia es una de las razones para saltar de la cama los sábados. El suplemento ha ido bajando de nivel con los años (ésa es la impresión que tengo), pero las columnas de Calvo Serraller mantienen el mismo nivel de siempre. Fui a dos cursos suyos: uno sobre Pintura de Historia (en El Escorial), del que salí con la mirada transformada, y otro en La Coruña sobre….¡el bodegón en el Museo del Prado!. Desde hace más de quince años soy parte de su silenciosa y constante legión de admiradores.
      A Tita y sus arrebatos místico-arbóreos, y a todos los vips que actúan un poco como ella, querría dedicarle un día un post, pero la verdad es que, como con tantas otras cosas, también en esta estoy dividida (por un lado me encantan todas esas mujeres de rompe y rasga, que hacen de su culo un pandero; pero, por otra, tengo ganas de apalearla por haber vendido el cuadro de Constable; léase, sin ir más lejos, la columna que le dedicó esa semana C.Serraller….)

      • En efecto, el nivel de Babelia ha ido bajando de forma sostenida, claro que yo ya no colaboro en ella (esta pedantería, cierta, es para que Grillo no se autodefina, curándose en salud, de pedantón)

        Barbie, como no soy fetichista de según qué cosas, yo me conformaría con una buena copia de uno de esas maravillosas naturalezas muertas (¿muerta? y una leche) del Chardin de la última época.De hecho, me pido uno que tiene dos pipas, una jarra, varios vasos de cerámica, vidrio y metal, -y cómo se curra las texturas de materiales tan distintos…- sobre una mesa con una caja abierta, rigor formal, atmósfera intimista, vamos, ni el moderno Morandi, al que también adoro

        Y si bien es cierto que con tanta escatología vomitiva hemos dejado hecho un asco este post tan glamuroso, lo cierto es que hay un cuadro de unta l Diego que tiene un vómito en una esquina…tachán….

  6. Cierto amigote Lans: baja el nivel de Babelia… y casi de todo ‘El País’. Son malos tiempos para la kultura y aprende uno más de vuestros blogs que de toda la prensa escrita o virtual.

    ¿Sabéis el del borracho que iba vomitando de noche en todas las farolas y reconocía lo devuelto que había comido comido en cada tasca? En una de esas se acercó un perro a comerse los vómitos y dijo – ¿Dónde me habré comido este perro?

    Se acabó del todo el glamur. Lo siento Barbie, bonita.

    (Y encima tomo tu blog para publicitar un post que acabo de colgar en el mío. He perdido el pudor, ‘proclamo’. )

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