Acerca de cccouto

1968, La Coruña. En la Comunidad de Madrid desde 2005. Sector: jardinería. Blog: www.laramadeoro.com.

Narcisos ‘Tête-à-tête’

En una sopera de porcelana Santa Clara, o en un cestillo del montón, con un platillo de café dentro. Aguanta bien en casa. Se riega el platillo o la sopera, un centímetro de agua al día, más/menos. Pasada la floración, cuando las hojas se marchiten y haya que cortarlas, guardaré los bulbos hasta septiembre. No en la maceta, sino limpios de tierra y raicillas, en una bolsa etiquetada que dejaré en la bodega o la caseta de herramientas (¿recordaré dónde?; a veces, sin contar con ellas, me viene a la mano un sobre de semillas olvidado, una cajita de lata -de esas con la inscripción “Fumar mata”, cortesía de los cazadores, que aparecen con cierta frecuencia entre los romeros de LRO- guardando en su interior, quién sabe, un escarabajo reseco, un cárabo que murió patas arriba; un trozo de loza con el dibujo de un tulipán, encontrado en un camino; dos mitades de un huevo de mirlo, de color verde gris; unas semillas perfectamente desconocidas, quizá del hibisco aquel…).
En septiembre, por tanto, si me acuerdo y los reencuentro en el batiburrillo de la caseta de herramientas, enterraré esos bulbos al pie del muro del jardín, por donde la hiedra ‘Gloria de Marengo’ cubre ya, lenta pero segura, no sólo la reja que corona el muro, sino también el suelo, rodeando los arbustos y buscando la luz. Los narcisos se “naturalizan” mejor que ningún otro bulbo. Los de esta variedad ‘Tête-à- Tête’ son de flor pequeña, muy precoz. Cuando ni los lilos ni las rosas tienen flor (ni siquiera los iris), ese centelleo de los daffodils marca el final del invierno. En lugares más frescos son los galanthus, blancos y hasta blanquísimos (true white), que estos días, con sus cientos de variedades, ocupan las portadas de las revistas inglesas. Aquí primero va el amarillo, como en el campo (diminutas flores amarillo azufre, primas carnales de los jaramagos), y solo después, en las viñas sin arar, los azules de los nazarenos (Muscari armeniacum) y los anagallis (también en este post antiguo, uno de los primeros: https://laramadeoro.com/2011/09/26/salvajes-y-azules/)

¿En qué piensan los gatos?

Estos dos de la foto, que tan abiertamente me dan la espalda, son y no son míos. Lo son, porque desde hace tres años -pronto serán cuatro- los alimento y cuido. No lo son, sin embargo, porque jamás me han dejado ni dejarán acercarme.
Son míos. Cuando empezaron a rondar por este jardín, preparé una jaula trampa, los llevé a castrar, y les puse nombre en el momento de volver a soltarlos. Sandokán y Rubi. Pero no son míos, es decir, ellos no se consideran míos, y no pierden ocasión de hacérmelo saber, cada noche, cuando vienen a recibirme (a recibir la cena, más bien) con el lomo erizado y enseñándome los colmillos.
Creo que son hermanos, por los muchos arrumacos que se hacen y lo bien que se llevan. Pasan el día en el monte de aquí detrás, entre las viñas, o zascandileando por los chalés del pueblo. Al jardín no pueden bajar porque los perros no los quieren, y ellos, los perros, sí tienen clara conciencia de ser muy míos. Pero Sandokán y Rubi han encontrado ya su sitio en el mundo, o al menos su mirador/restaurante: está en el tejado de la caseta del jardín, donde guardamos botellas usadas, herramientas, pienso… El pasado invierno, en un ataque de amor (condenado a no ser jamás correspondido), les instalé esa especie de “chalé suizo para gatos” que se ve en la foto de abajo, construido con tablillas machihembradas, forradas después con un aislante térmico de polietileno, y con una plancha de tejas de resina sobre la tapa de madera. Sin saber mucho de gatos, yo diría que es un buen refugio; la pared trasera está cosida con un cable a la verja de hierro del jardín y el conjunto se levanta sobre unos pies de plástico que lo nivelan y aíslan del tejado. La idea -la mía, no la suya, como enseguida se vio- era que Sandokán y Rubi no se fueran después de cenar, que se quedaran a dormir ahí, en una colchoneta mullida y limpia que les puse dentro. Pero es que estos gatos no son exactamente domésticos (¿lo es, de verdad, algún felino?) y pasaron olímpicamente del refugio. Solo entran si yo me pongo pesada y les meto alguna comida especial (unas cabezas de gambas, por ejemplo), pero después se vuelven a la calle y se acomodan debajo de un coche, lugar que encuentran mil veces preferible (dónde va a parar) a su exclusivo chalé suizo.

Futuros madroños

Semillero de Gema, en la sierra de Madrid. Cubiletes de yogur y sustrato de siembra estándar. El árbol florece en otoño, cuando los (lentísimos) frutos del año anterior están por fin madurando. Las semillas del madroño, como las de la mayoría de los árboles de zonas templadas (=cuatro estaciones marcadas) vienen programadas para no confundir el otoño con la primavera, de modo que, si no detectan suficiente frío, saben que aún no ha llegado el momento de germinar… Y no lo hacen. Por eso las semillas del madroño han de pasar dos o tres meses en la nevera: para tener garantizado un invierno de verdad. Un invierno frío, como los de antes (1).
Pasado el invierno del frigorífico, se siembra y se pasa a la fase dos: la primavera del garaje. Temperaturas de 15-20ª, que se consiguen fácilmente cubriendo el semillero con una chimenea de plástico, es decir, con una garrafa de agua sin la base.


En LRO, que no está en la sierra norte, sino en el valle del Alberche, al oste, en una zona de clima más suave (continental, pero con un aquel mediterráneo…), conservamos dos madroños relictos de cuando el agua corría por todas partes, y hasta nevaba un poco en enero.Los madroños, encaramados a las rocas, con las raíces siempre al fresco, vivían bien entonces. Como los alcornoques, de los que apenas queda uno -uno solo, muy hermoso- en la finca de enfrente, y como los laureles, las zarzaparrillas, los jacintos de bosque y las peonías, P. broteroi, hoy definitivamente desaparecidas.
Si los madroños de Gema siguen creciendo, algunos se vendrán a repoblar LRO, pero solo en aquellos rincones (rocosos, umbríos) donde todavía pueda tener sentido seguir intentándolo. En el resto de la finca, cada año más árida, ya no lo tiene. Apostamos preferentemente por los almendros y los pinos piñoneros, los pistacheros, los quejigos… Así como los pájaros se van a anidar más al norte, y los viticultores se mudan con sus bártulos a las faldas de los Pirineos, quizá en la sierra donde vive Gema, que es/era tierra de rebollos y encinas, pero no de alcornoques y madroños, el paisaje se irá pareciendo cada día más al que teníamos antes aquí. Y el nuestro al que tenían ¿en Toledo? Y el de Toledo…

NOTAS
(1) La temperatura de una nevera normal está entre 4-6 grados. Así que un sótano frío también vale. Se trata siempre de lo mismo: de fingir un invierno como Dios manda. Lo que de hecho hizo Gema fue ponerlas en un táper en el garaje, donde hace mucho, mucho frío, pero no hiela. En el táper metió sustrato de siembra, que es lo que tenía por casa. (Lo más seguro para evitar podredumbres, sin embargo, es arena, o una mezcla de arena y fibra de coco humedecida. Incluso si las metemos en bolsitas etiquetadas en la nevera). Unos tres meses más tarde, en cuanto las primeras semillas empezaron a germinar, la humedad del sustrato se condensó en la tapa-del-táper y apareció algo de moho. Momento de airear y sembrar/repicar a toda prisa (en los cubiletes de yogur)

Cuern@s limpi@s

Hace una semana que vine de Hungría con mi padre y cuatro corzos en la maleta…”
Google es una caja de sorpresas. Escribo en el buscador “limpiar cuernos”, y doy con un foro de cazadores en el que un tal Patton, autor de la frase transcrita, pide consejo para blanquear y pulir cuernos de corzo. Patton no se da cuenta, me parece, de que al que lee su mensaje siempre le quedará la duda de si su padre iba también en la maleta (posible comienzo para una novela de Henning. Mankell).

Un amable taxidermista madrileño contesta a Patton. Aprovecho esa respuesta para poner a punto los cuernos del corzo que se ahogó este verano en la alberca de LRO (:https://laramadeoro.com/2019/07/23/parva-naturalia-1/).

¡Mejor VIVOS! (foto: fencaça.pt)

Mi pregunta es la siguiente -continúa Patton-: tengo los cráneos cocidos, y quería saber si es muy complicado pulirlos… Otra ambigüedad del español, porque “tengo los cráneos cocidos” (o “tengo los huesos molidos”, por ejemplo) podría referirse, de hecho, a los suyos propios, como quien dice “los sesos”. Pero no es el caso. Sabemos que Patton habla de lo que lleva en la maleta. De lo que se trajo de Hungría. Así que cuatro cráneos de corzo (cinco cráneos en total, si se cuenta el de su padre) pasados por agua hirviendo y después lavados con alcohol “y dos gotas de amoníaco”. Así 48 horas. Después se dejan unos días al sol, mientras se va preparando la madera donde los queremos clavar; en nuestro caso, en un taco corriente de pino, pues la idea es usar los cuernos como colgador en la entrada de la cocina. A diferencia de Patton, no nos interesa pulir el cráneo; no lo tenemos entero, además, sólo un trocito de la frente, y está perfecto tal como está. Pero de querer hacerlo (¿de dónde les viene a los cazadores, a ellos precisamente, ese prurito de blancura + pulimento?): lija de 150, rotor eléctrico con disco de fieltro (a baja velocidad), y pasta de pulir, o bien “blanco de España“, producto que yo desconocía, y que -según informa el experto taxidermista del foro- se usa mucho para los alicatados del baño.
Google es, en efecto, la cueva de Alibabá. En el citado foro (corzo.info), antes de cerrar el apartado “pulido de cráneos”, se nos recomiendan dos direcciones: la boutique del taxidermista -hasta aquí todo normal, aunque se adivina algo viscoso, de mucho miedo, estilo museo de Ríofrío- y un lugar de nombre novelesco, el Instituto Jungla… del que no queda ni rastro por el callejero de internet (la consulta de corzo.info es de hace trece años) pero sí una referencia en el blog de un taxidermista profesional (taxidermidades.com), que conserva para la posteridad, más bien desinteresada en estas cosas, y no sin motivo, el recuerdo del “curso de taxidermia por correspondencia” (¡Aprenda a disecar!, rezaba el anuncio) que el susodicho Instituto, sito en la calle Goya, empezó a editar en 1947 adaptando al español las Lessons in Taxidermy de un señor de Omaha, Nebraska, 1905… etcétera. (A un lado google -donde el conocimiento, infinito y caótico, se amontona al alcance de un clic impredecible, que empieza donde le dices pero termina donde a él le parece- y al otro, los fascículos primorosamente editados, cosidos a mano, dibujados a mano, que el Instituto Jungla, o la Larousse agricole, o quien fuera, iba soltando gota a gota… y ninguna gota se perdía)

 

NOTAS. Gracias a corzo.info, por los datos, y sobre todo a taxidermidades.com. Añado este aviso: el olor de los cuernos al cocerse es insoportable.
En el Palacio Real de Riofrío (Segovia, cerca de La Granja) hay un “museo de la caza” que pone los pelos de punta.
Y una precisión lingüística, que me lleva a corregir el título del post: técnicamente, los cérvidos tienen “cuernas“, que se mudan cada año, y no cuernos, que son perennes (los de las vacas). La RAE, por su parte, acepta “cuerno” para todos los casos.

Buen día para nacer

Nació hace cosa de una hora, en el tinao (majada) de Miguel Manduca, traspasado a Wasa hace tres años, cuando él, Miguel, vendió su rebaño y pudo por fin jubilarse. Algún día habrá que contar esa historia. Hoy, de momento, en el tinao de Wasa-Manduca hay un cordero más. La hierba no estaba helada. Tampoco llovía. No se oían tiros, a pesar de ser domingo, ni coches pasando cerca. Lo primero que vimos fue a la borrega de pie, lamiéndolo: una especie de trapo echado a su lado. Tardó unos cuarenta minutos en levantarse; cuando por fin lo consiguió, temblando como una hoja, volvió a desplomarse enseguida, agotado por el esfuerzo. Volví en diez minutos con la cámara. Su madre le animaba todavía, de todas las maneras posibles, para que se sostuviera, para que aguantara firme y echara a andar sin miedo. Una vez conseguido, lo siguiente fue dar con las ubres. Otra proeza. ..

Peras 1920

Variedades más cultivadas en Francia hacia 1920

Una de las planches en couleurs de la Larousse agricole. Sobre las peras “Buenas Cristianas” (segunda hilera, segunda pera por la izquierda), este post antiguo: https://laramadeoro.com/2012/03/26/peras-buenas-cristianas/

Comentarios 2020
La ‘Buen Cristiano’ actual madura a finales de agosto. Pera de verano/otoño, pues, de “media temporada”, que sigue a nuestra ‘Blanquilla’ de LRO, la ‘Ercolini’ y la limonera, y a estas dos peras tempranas que también están en la foto: la ‘Duquesa de Angoulema’ y la ‘Louisse Bonne’ (última hilera; aún se encuentran los plantones de peral on-line, pero no la fruta). ‘Buen Cristiano’, de orígenes disque medievales (1), dio lugar al peral Williams de los ingleses; al Barlet de los yanquis. Es la pera-pera por excelencia. La más cultivada. La más aromática y jugosa. La más probable en la mesa de Downtown Abbey.

Las “peras de invierno” (en negrita) son las que se recogen tarde, desde finales de septiembre, y terminan de madurar al frío, conservándose aceptablemente hasta enero o febrero (y marzo; y hasta el infinito y más allá si uno se empeña en tenerlas medio congeladas). Hojeando listados de variedades, encuentro que las más antiguas, anteriores a los modernos sistemas de refrigeración, son casi siempre de finales de verano/ otoño. De la plancha de la Larousse, solo la tardía `Decana del congreso’ (última hilera, abajo, Doyenné du comice), a pesar de su cutis delicado, podría pasar de Reyes. Otras peras de invierno antiguas, muy conocidas y comercializadas, pero que no salen en esta plancha: la Anjou y la Beurrée Bosc.
La pera invernal más famosa, tampoco incluida en la Larousse agricole, es la ‘Conferencia’, conseguida en un vivero inglés a finales del XIX. Son las peras que comerá usted hoy si baja al mercado a por fruta (2), y no solo porque a esa variedad le guste el frío de enero o de las cámaras frigoríficas industriales, que sí le gusta, sino también por su “resistencia a los golpes” (meses de traqueteo y manipulación). Pero cuando la Larousse publicó esta plancha (1921) la Conference aún no se había extendido por el continente. No sé si la ‘Conferencia’ sale reproducida en alguna otra plancha… Quizá no. A lo mejor el conde de Grantham las comía en Yorkshire. Pero lo más probable es que Claude Monet, en Giverny, comiera en enero peras ‘Anjou’, o solo compota de peras, espolvoreada de canela.

Perales Conferencia en Ponferrada. El consejo regulador de esta variedad, la más cultivada en el Bierzo, organiza una ruta el 7 de mayo para ver los perales en flor (www.peraconferenciadelbierzo.org)

Notas
(1) Ms. La Quintinie la consideraba la mejor pera del mundo. Prodigándoles los necesarios cuidados, Monsieur podía hacer llegar sus peras Bon chrétien hasta Cuaresma y servírselas a Luis XIV en su punto de madurez.
(2) En el Carrefour virtual las `Conferencia’ bio ya están agotadas hoy, 25 de enero. Entre las no-bio, ¡hay incluso blanquillas y limoneras, las peras de julio-agosto! Pero la ficha que acompaña la foto no especifica su origen, probablemente Aragón/Cataluña. En cuanto al precio: 1,59 el kilo, tiradas (= fruta que pasa meses en cámaras frigoríficas), mientras que las ‘Conferencia’ bio agotadas estaban a más de cinco euros (y no eran caras). Sobre la producción de peras en España, variedades, problemas, etc, aquí: https://www.interempresas.net/Horticola/Articulos/208480-El-cultivo-del-peral-en-Espana-situacion-actual-e-innovacion-varietal.html

Belles formes de fruitiers


Quelques belles formes de fruitiers, fotos de la Larousse agricole, fascículo 95, en el apartado taille (poda), y subapartado “poda de frutales”. Son manzanos en pirámide, en espiral simple, espiral doble y vaso alto.

A vueltas todavía con las podas de formación de bonsais (https://laramadeoro.com/2020/01/16/bonsais-sin-remordimientos/). La foto procede de un fascículo de la Larousse Agricole, uno de los siete que tengo en casa. Están editados entre 1921 y 1922. No tengo el fascículo de la “B” -o de la “bo”-, así que no puedo asegurarlo al cien por cien, pero supongo que a principios de los años veinte del pasado siglo apenas se sabía aún lo que era un bonsai, y sería remotísima, quizá inexistente, la posibilidad de encontrar uno en Europa. No sé qué hubieran pensado de ellos los (poco contemplativos) agrónomos franceses: à quoi bon?, dirían. ¿Qué producen? ¿Madera, fruta…? ¿Para qué valen entonces? Pero el principio de la “poda rigurosa para controlar el crecimiento” no les hubiera enseñado nada nuevo -¡ni por supuesto escandalizado!- pues lo aplicaban en fruticultura desde los tiempos de La Quintinie, director del Potager du Roi (Versalles), quien sistematizó y perfeccionó las antiguas técnicas de taille -en buena medida, como todo el arte jardinero, procedentes de Italia- para producir más fruta, más rápido, de más calidad, y de más fácil recolección.

A los suscriptores de esta Larousse les llegaba un fascículo por semana, que debían pasar a recoger por la librería donde hubieran formalizado el pago. En total son unas mil páginas, llenas de detalles técnicos, de dibujos, esquemas y fotografías, a los que se añade, al comienzo, un “bulletin hebdomadaire des campagnes” (consejos tipo: la alimentación de las vacas lecheras; época de siembra de los guisantes, etc). En España no teníamos nada que se le pareciera, ni de lejos.
Los fascículos encuadernados (dos tomos) se encuentran en anticuarios on-line a una precio aproximado de doscientos cincuenta euros. Pero la enciclopedia está escaneada, aquí: http://biblio.rsp.free.fr/LA/ (en el Reseau de Semences Paysanes). Aprovecho para buscar “bonsai”. Y en efecto, no hay nada entre “bonnet “(deuxième estomac des ruminants) y “book” (mot anglais signifiant livre).

Los bonsais ni siquiera eran muy conocidos cuando yo era niña; de hecho, que yo recuerde, los descubrimos como novedad en los viveros y floristerías a finales de los ochenta, quizá en los noventa.Tiempo en que aparecieron en el mercado los kiwis, por ejemplo. Las pizzas precocinadas, los yogures líquidos. Los hornos micro-ondas. Los ordenadores blancos,que pesaban un quintal, Un teléfono móvil a pilas, de marca Motorola… Y en medio de todas esas cosas, el olmo-bonsai de mi tío Fernando, que no tardó en palmar (el bonsai, no mi tío) porque todos pensábamos que, siendo tan pequeño, de aspecto tan frágil, y habiendo costado tanto (¿diez mil pesetas?) tenía forzosamente que ser mimado como una “planta de interior”.

Nota. Aprovecho para iniciar un tag / “categoría” con la reproducción de algunas páginas escaneadas de la Larousse agricole.

Bonsais sin remordimientos

Chaenomeles, membrillero japonés, en Bonsai Colmenar. También en flor los camelios, y a punto de caramelo los Prunus mume. Pero el invierno tiene más cosas: los pinos y enebros; las estructuras desnudas de los árboles caducos; las yemas hinchadas, las hojas moradas de frío.

No tengo bonsais. Requieren tiempo, un espacio seguro (a salvo de los perros, por ejemplo), y también un ritmo determinado, una cierta circunspección, de la que carezco.

-Hay que podarlos mucho, ¡pero no los torturamos! – me asegura raudo y veloz, sin que yo haya dicho todavía ni pío (pero adelantándose, por si acaso lo estaba pensando), el propietario de estos árboles de Colmenar. Se lo dirán constantemente: que criar bonsais es torturar arbolitos, y hasta le habrán mandado algún tuit afeándole la conducta…Y sin embargo, las personas que rechazan los bonsais por razones morales, ¿por qué no sienten lástima de los omnipresentes, insostenibles y tristes setos de coníferas, formados con árboles -¡cientos de árboles!- plantados a una distancia de cincuenta centímetros y mantenidos en un estricto marco geométrico de dos/tres metros de alto por uno/dos de ancho, en el mejor de los casos, que los condena a vivir poquísimo y con frecuencia enfermos? ¿Y -se me ocurre- de dónde pensarán que sale la fruta que compran en el súper? ¿Habrán visto, al pasar con el coche por la A2, por ejemplo, las plantaciones intensivas de melocotones, nectarinas, manzanas, etc. que ocupan hectáreas y hectáreas por las provincias de Zaragoza y Lérida? Hace años aprendí a hacerlo: a podar frutales en seto, y también a formar palmetas y cordones sobre una estructura de alambres, con distancias de plantación mínimas, para constreñir adrede el crecimiento de las raíces, y practicando técnicas tan poco piadosas como el “anillado”. Y, puestos a hacer la confesión completa, ¿qué hago en realidad con las cepas cada mes de febrero? Corto con el serrote brazos viejos improductivos, rebajo sarmientos de dos metros a apenas un pulgar con un par de yemas.


Así que no, no me parece que haya nada moralmente reprobable en criar un bonsai, sometiéndolo a podas y pinzamientos continuos. Lo cual tampoco quiere decir que todos los bonsais, o mejor, todas las técnicas de conducción de bonsais, me gusten. El principio de envejecimiento forzoso, por ejemplo, me da qué pensar. Cuando es exagerado, como en esos árboles a los que arrancan tiras del cambium (foto a la izquierda) para dejar al descubierto la madera muerta, me rechina un poco, e instintivamente me gusta menos, como el “rejuvenecimiento forzoso” en las personas mayores. Es ese artificio extremo, que, según me explica el director del centro, domina más en la escuela china que en la japonesa, lo que encuentro poco atractivo. Puede que esa preferencia estética de los occidentales, que tendemos a valorar a priori lo más “natural” (pura apariencia también: como en la historia de los jardines, ¡a veces para hacer casual hay que arrasar el campo de verdad!) se explique por diferencias culturales. Seguro que sí. Pero lo que no acabo de entender, por más vueltas que le doy, es qué puede tener que ver la moral con los diferentes sistemas de poda.

NOTAS
Las fotos están sacadas en el jardín de Bonsai Colmenar (www. bonsaicolmenar.com). Entre los árboles, bajo las mesas, los jardineros dejan deliberadamente los pétalos caídos; tampoco se obsesionan con abrillantar las macetas o arrancar las hierbas que puedan salir entre dos adoquines… Todo eso va incluido en el jardín. Las estanterías de madera que sostienen las bandejas son todas diferentes. No solo por el tamaño o la altura, sino porque a unas les ha dado más el sol y a otras las ha deformado un poco el agua de riego, la lluvia o el hielo. Las propias bandejas parecen también diferentes. Los arboles lo son. Lo (ligeramente) roto, lo desigual, lo alterado por el paso del tiempo. Las cavidades y grietas de las piedras, las superficies rugosas, un poco de sustrato caído (y el mirlo que se acerca a inspeccionar)… Todas esas cosas se valoran aquí, pero ninguna se deja al azar.

Foto que hizo Laura en octubre, cuando al manzano aún no le habían caído las hojas.