La Gran Pradera

Primera quincena de junio

Primera quincena de junio de1893.  Antonin Dvorak, con su mujer y sus hijos, acaba de llegar al pequeño pueblo de Spillville, una colonia de pioneros checos en el estado de Iowa. Dvorak lleva un año impartiendo clases de música en el conservatorio de Nueva York. Ahora está de vacaciones. Además, en la ciudad hace calor. Para llegar hasta Iowa ha tenido que atravesar los Apalaches, el Missisipi, y dirigirse al oeste cruzando la Gran Pradera.  Han parado unos días en Chicago. Parte del trayecto lo han hecho en tren y otra parte, apenas el tramo final, en diligencia. En Spillville sus compatriotas le han recibido por todo lo grande. Ya ha dado algunos recitales de órgano en la iglesia.  Pero ha asistido también -y esto es lo más importante- a los recitales de otros: ha vuelto a escuchar negro spirituals, que ya conocía, y ha escuchado por vez primera  las canciones de la tribu kickapoo. Antonin Dvorak, músico académico, de formación centroeuropea, compone entonces  su Cuarteto Americano. Tres días bastaron para terminar la partitura. Algo había encontrado en esos paisajes abiertos, cada día menos salvajes, algo que estaba ya en la música de los esclavos y los indios. Los musicólogos no terminan de aclararnos en qué consiste exactamente ese algo: ¿la escala pentatónica, un atisbo de ciertas melodías populares..?.  Lo único cierto es que, al escucharlo (en particular este segundo movimiento), el oído salta de las colinas de Bohemia a las llanuras del continente americano. Y cuando el oído escucha, el ojo ve: ve ese paisaje -que ya no existe-  tal como lo vió Dvorak hace 120 años.

Ya no había bufalos. Los últimos indios que se resistían a ser encerrados en una reserva habían sido cobardemente masacrados en Wounded Knee (1890). E incluso la Gran Pradera, la tierra más fértil que uno pudiera imaginar – “tierra negra”, después de miles de años almacenando carbono y nutrientes bajo su superficie- , tampoco era ya lo que había sido.  Los agricultores blancos llevaban varias décadas roturando la tierra, y en algunos lugares – al este, en los primeros asentamientos europeos- empezaban a manifestarse síntomas de pérdida de fertilidad… Pero  ahí estaba aún, en su fastuoso despliegue de junio, cuando la familia Dvorak la cruzó.

Hay una pradera “de hierbas altas”, que crecía desde Minnesota hasta Arkansas, al este de las Montañas Rocosas, y una pradera de “hierbas cortas” que crecía desde Montana hasta Texas, al oeste de la cadena montañosa. La Gran Pradera es, sobre todo, la primera, beneficiada por la humedad que sube del Golfo de Méjico,  y lindando (antaño) con los espectaculares bosques que crecían en la región de los Grandes Lagos y todo a lo largo de la costa atlántica (los bosques del “Indian Summer”, véase entrada  29-10-11). Iowa está en el corazón de la Tall Grass Prairie, y  A. Dvorak, quizá con los primeros acordes de su cuarteto ya en la cabeza, pudo verla, escucharla, olerla, en el mejor momento del año.

Para que se forme y se conserve una pradera como ésta hacen falta tres cosas : 1. un clima templado, 2.  el ramoneo de los grandes mamíferos (antes búfalos, después vacas),  que estimulan así la brotación  de las gramíneas cespitosas, abonando de paso el terreno, y 3. el uso cuidadoso del FUEGO. No hay pradera sin fuego.  Los indios habían observado que cuando un rayo encendía el fuego en la pradera, pocas semanas después de que se apagara empezaba a crecer una alfombra de brotes verdes…a la que acudían raudos los búfalos. Los indios aprendieron a manejar el fuego a conveniencia, y lo mismo los cowboys: el fuego de primavera -absolutamente controlado, claro, como las rutas de los rebaños-  limpia los restos vegetales permitiendo que se caliente la tierra, saca de delante cualquier posible “woody invader” (zumaques, principalmente), y, sobre todo, hace que broten con vigor las gramíneas estivales que interesaban  al cazador/ganadero (Andropogon gerardii, llamado “big bluestem”, y Sorghastrum nutans,  “indian grass”).

Las gramíneas tienen sus puntos de crecimiento (meristemos) protegidos bajo tierra, es decir,  a salvo del fuego y  adaptados a la sequía. Una de las cosas más increíbles de la  Tall Grass Prairie es precisamente esto: las praderas pueden considerarse bosques dados la vuelta -“upside-down forests”-, pues aproximadamente dos tercios de su masa se encuentra bajo el suelo. Durante miles de años habían sido eficientes depósitos de carbono. El comienzo de la roturación a gran escala supuso también la primera gran liberación de CO2 a la atmósfera. Lo que significa, en otras palabras, que la conservación de las praderas es esencial en la lucha contra el cambio climático, pues son sumideros de CO2 eficaces y poco exigentes (a diferencia de un bosque, que da mucho pero también pide).

Antes de la llegada de los blancos la pradera ocupaba un tercio del continente norteamericano. Hoy apenas subsiste el 4%. Entre una cosa y otra, el cataclismo. Para explotar al máximo la fertilidad de la pradera  hicieron falta muchos brazos, muchos bueyes, mucha determinación. Esos “dos tercios” enterrados de la biomasa total de la pradera suponían una enorme dificultad para el labriego que quería hincar ahí, ahí precisamente, la reja de su arado…Pero lo consiguieron. De conservar o ampliar lo poco que queda en pie se encargan ahora, con no menos empeño y no menos dificultades, algunos de sus descendientes. Por su parte, los descendientes de ciertas tribus indias (seminolas, navajos, pequot..) poseen a día de hoy los mayores casinos del pais (en las reservas no se pagan impuestos federales) y con parte de sus ganancias han empezado a comprar tierras. Un poquito aquí, otro poquito allá.

La mujer del colono, 1884, H.Dunn, South Dakota Art Museum

Nosotros somos hijos del Mayo del 68. Nos es mucho más fácil identificarnos con los indios cheyenes que con esta señora sudorosa y exhausta del cuadro. Sin embargo, ése es el mundo del que venimos. Nuestro viejo mundo europeo, que vio morir en la miseria a miles de campesinos todo a lo largo del siglo XIX (el de la revolución industrial y la explosión demográfica que le siguió, el de las fallidas revoluciones liberales…). Los que llegaban en barco a los EEUU y después arriesgaban su vida en la Pradera eran “los más pobres entre los pobres”, como escribió A.Dvorak en una carta refiriéndose a los pobladores de Spillville. ¿Deseaba esta señora de la izquierda que los indios fueran exterminados?. No. Se parece demasiado a mi bisabuela de Ortigueira, volviendo a casa al caer la tarde… ¿Deseaba que los indios la dejaran en paz?. Sí.  Lo que yo no sé -habría que preguntarles a los historiadores- es si había alguna forma realista de conseguirlo, de hacer compatible la cultura nómada del búfalo con el cultivo de cereales (y más aún, con la cría  de vacas para carne, que es una forma de nomadismo, y  que también acabó chocando -como tantos western nos cuentan- con los intereses de los sedentarios agricultores).

Guerreros cheyenes. E.S. Curtis, 1905

Caballo Loco y mi bisabuela de Ortigueira. Tenemos la suerte de haber nacido en un mundo que no nos obliga a elegir, así que podemos intentar comprenderlos  a los dos. De la Gran Pradera de Iowa se conserva apenas un 0.1%. Leo en  la web que ese minúsculo recordatorio de lo que un día fue la  Tall Grass Prairie, antes de la llegada de los blancos, crece principalmente en sus cementerios. Es decir, entre las lápidas de los pioneros.

NOTAS

(1) Hace años compré por amazon este libro: The Last Stand of the Tall Grass Prairie, de A. Larrabee y J. Altman, Friedman/Fairbax Publishers 2001. Venía con el cuño de una biblioteca municipal, Cuyahoga County Public Library, biblioteca que existe y tiene su web (acabo de comprobarlo), lo que me hace suponer que algún gracioso se metió el libro en la cartera y después lo vendió por ahí. Internet y la globalización han hecho que acabe en mis manos, en un pueblo tórrido de la meseta castellana.  De este libro didáctico y lleno de  imágenes preciosas he sacado toda la información -y citas-  sobre la Gran Pradera. Las dos primeras fotos también proceden de ahí.

(2) Hay planes en marcha para recuperar parte de la Gran Pradera, incluyendo la reintroducción de búfalos en semi-libertad. El  grueso de lo que se conserva está en la comarca llamada Flint Hills, en Kansas y una parte de Oklahoma. Hay cuatro áreas protegidas. La más importante  es la que gestiona la Universidad de Kansas: Konza Prairie, de cuya web he obtenido la foto de la pradera incendiada (konza.ksu.edu).  Algo parecido, aunque a escala más modesta, existe también en Iowa y otros estados.

(3) Los datos sobre la estancia de Dvorak en Spillville proceden en su mayoría de la Dvorak American Heritage Association (dvorak.nyc.org).  Un año después de este paseo por la pradera, la familia Dvorak regresó definitivamente a Europa.

 

7 modos de preparar las berenjenas

Mayo 2012

Esta es una canción popular sefardí, en español  ladino, que hizo famosa María Salgado hace unos años. Se la escuché hace tiempo a ella en la radio, pero aquí la interpreta un dúo llamado Pratie Heads, de Carolina del Norte (…cosas raras que uno encuentra por la noche en internet).  Recordando lo que se cultivaba, se comía y se cantaba por estos pagos hace más de cinco siglos entramos  -¡por la puerta grande!- en la nueva temporada de la huerta. Hoy se plantan las primeras berenjenas, variedad ‘Milka’.  ¿Por qué hoy y no, por ejemplo, la semana que viene? Porque acaba de entrar un anticiclón, hace calor ma non troppo, y la tierra todavía está fresca gracias a las lluvias del puente de mayo.

La berenjena (Solanum melongena) es una de las pocas solanáceas hortícolas -tomates, pimientos, patatas- que no nos hemos traído de América. Su flor es, con  la del calabacín, la más bonita de la huerta. Los judíos sefardíes la apreciaban enormemente, (y los moros que nos la trajeron, y los cristianos, y cualquiera que tenga un mínimo de amor a la buena mesa).  Yo las cocino siguiendo la receta de mi madre (octavo modo de preparar las berenjenas): se parten por la mitad en sentido longitudinal; se quita la carne con una cucharita, se trocea y se dora en la sartén con tomate y cebolla (y aceite de LRO), todo bien salpimentado, hasta que está blando; se vuelven a rellenar, se cubren de queso y  la mete en el forno, de cabeza a la cocina!.

Siete modos de guisados
se guisá la merenjena
la primera de la guisá
es la vava de Elena
ya la hace bocaditos
y la mete´n una cena
esta comida la llaman
comida de merenjena

A mi tio, Cerasi
que le agrada beber vino:
con el vino, vino, vino
mucho y bien a él vino

La segunda que la guisa
es la mujer del Shamas
la cavaca por arientro
y la hinchi d´aromat
esta comida la llaman
la comida la dolmá

La tracerá que la guisa
es mi prima Ester de Chiote:
la cavaca por arientro
y la hinchi dárroz moti
esta comida la llaman
la comida la alomondrote.

La alburnia es saborida
en color y en golor
ven haremos una cena
mos gozaremos los dos
antes que venga el gosano
y le quite la sabor

En las mesas de la fiestas
siempre brilla el jandrajo
ya l´hacemos pastelicos,
ellos brillan en los platos
asperando a ser servidos
con los güevos jaminados.

La salata maljasina
es pastosa y saborida,
mi vecina la prepara
con mucho aceite de oliva,
estos platos acompañan
a los rostros de gallinas.

La setena que la guise
es mejor y más janina
la prepara Filisti,
la hijà de la vècina
ya la mete en el forno
de cabeza à la cocina
con aceite y con pimienta
ya la llama: una meyína.

¿A dónde han ido todas las flores?

¡A ninguna parte!. Sólo se han puesto a cubierto mientras esperan a que vuelva el sol. Pero están ahí mismo, en forma de yema, de tubérculo, de semilla sepultada bajo el hielo y los restos de hojas secas. Son las flores de la próxima primavera. Este petirrojo no lo sabe, ni tiene tiempo para aprenderlo. Mejor será darle algo de comer mientras la tierra acaba de girar alrededor del sol y recomienza su “tour” anual. Migas de pan, frutos secos, trozos de manzana. No hay que darles a los pajarucos cosas saladas, tampoco restos de comida cocinada, con excepción de verduras cocidas (patatas, sobre todo). Por ahí venden bolas de manteca con pipas y cacahuetes bien picados, especiales para páridos (carboneros y herrerillos, capaces de colgarse cabeza abajo, como acróbatas, bien agarrados a la bola). Estos comederos son fáciles de preparar en la cocina. No hay que tener reparos con la manteca: muchos, o la mayoría, de los pájaros que se acercarán a comer son carnívoros. Envuélvase la bola en una redecilla (en esta época del año seguro que hay alguna a mano, de esas en las que vienen las naranjas), y cuélguese donde se pueda, en un punto alto y no demasiado pegado a la casa. Y para los que no son páridos, como este petirrojo y toda la patulea de verderones, verdecillos, pinzones, etc., platillos anchos con el mismo menú, bien sujetos en la horcadura de un árbol (árbol sin hojas, copa despejada; NO una encina), en la “mesa” que forman los brazos desnudos de una cepa… donde sea, pero siempre en un lugar en el que se sientan seguros, es decir, lejos de nosotros y con buena visibilidad (para salir zumbando si se acerca una rapaz, un gato…). Mejor todavía es poner comederos a diferentes alturas. Los libros de “wildlife gardening” aconsejan ponerles también un poco de agua en recipientes poco profundos, y renovarla todos los días a mediodía (porque se congelará)…

El petirrojo de la foto sobrevive como puede entre el humo de las calefacciones de gasoil y los tejados nevados de la ciudad de Ginebra. En LRO se dejó ver uno este verano por las huertas. Deben de ser muy posesivos y territoriales, nada gregarios, porque siempre se les ve a su aire, sin compañía, o bien a la gresca con algún gorrión que haya osado asomarse. Son bastante frescos, incluso más que los mirlos.

¿Cómo sobrevivirán en invierno los pájaros más pequeños y frágiles de LRO, los que no se hayan marchado a África?. Supongo que se apañan  mejor que sus primos suizos. De todos modos, antes de venirme al norte les dejé las cabezuelas secas de los girasoles –a reventar de pipas– colgadas del bordillo de la parra. Otros años hemos dejado un comedero sujeto con piedras en un lugar bastante apartado, cerca de la alberca. Pero mucho más importante que los comederos –tan artificiales, al fin y al cabo– es haber dejado los arbustos sin podar, la pradera llena de hierbas secas. Estas zonas no son sólo depósitos de semillas para los pájaros que prefieran el menú vegetariano. Es que por ahí se refugian los insectos y larvas en invierno. También hemos dejado montones de manzanas y verduras estropeadas en zonas más o menos libres de helada. En esos composteros al sol (más o menos…), además de los restos vegetales, siempre se pueden rebuscar escarabajos y lombrices. Por otro lado, el pilón nunca se hiela en invierno, porque el chorro que sale ahora es desproporcionadamente potente para una lámina de agua tan pequeña… Las hojas de los iris están siempre empapadas y el chorro salpica incluso las piedras de alrededor.

Las flores siguen aquí, sólo que de otra manera. Se dejarán ver de nuevo muy a finales de febrero, cuando empiecen a espabilarse los almendros. Para entonces podremos desentendernos de los pájaros, que andarán ya buscándose unos a otros entre los arbustos, y será el momento de comenzar a podar las viñas.

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La letra de la canción que sigue –Where have all the flowers gone?– no trata, en realidad, ni de pájaros ni de flores. Es un alegato pacifista muy conocido, compuesto por Pete Seeger hace más de cincuenta años. Escojo esta versión, quizá un poco cansina –en comparación con la de Joan Baez, M.Dietricht, etc.–, porque, a pesar de eso, me sigue pareciendo la mejor y la más entrañable. Los que cantan en el vídeo son ya casi cuatro ancianos, Peter, Paul and Mary, que hicieron famosa la canción en los años 60, junto al propio Seeger. Aunque la letra no tenga nada que ver ¡con los comederos para pájaros!, sé que a esta gente no le hubiera parecido mal verla incluida aquí.