Euphorbias on fire

Esta es la foto y el texto que me manda Bego de su jardín en Perbes (La Coruña). Sus Euphorbias characias son hijas de las mías de Madrid. Las condiciones de cultivo difieren, ça va de soi, pero no tanto como pudiera parecer: sombra seca y suelo permeable en ambos casos. Las de Bego, a un paso de la playa, crecen más y se vencen con su propio peso. Son más blandas. Las mías, aunque menos cabezonas, quizá se sostienen mejor. Menos humedad atmosférica. Bastante más frío. Resisten la nieve como si hubieran nacido en Siberia. Y el calor – a la sombra- como si vinieran de Namibia.

Florecen al mismo tiempo que los iris, con los que comparten parecidas exigencias de suelo (con que no se encharque nunca, todo irá bien) + tolerancia a la luz indirecta.

Beth Chatto ha sido la gran defensora del uso de las euforbias (vulgo “lechetreznas”) en los jardines de poca agua, como son – por paradójico que parezca- los de la costa, con suelos muy desmenuzados y pobres, que retienen malamente la humedad. Aquí (abajo) el esquema que propone para un jardín de arena y gravilla en Essex (1) : euforbias, hinojo, tomillo, iris, gypsophilla (para tapar, como una nube, los pies desnudos del hinojo) crisantemo marroquí (postrado, de follaje tupido, duro “como un almendruco”, que dirían mis vecinos) y diversos ajos ornamentales. Aunque en el esquema aparecen juntas, como las dos plantas de más envergadura del macizo, cuando el hinojo florece la flor de la euforbia ya está seca (y sigue siendo espectacular); los iris, por su parte, de floración menos sostenida, y a los que habremos cortado el tallo en cuanto se marchiten, mantendrán bien erguidas durante el verano sus hojas lanceoladas, sobresaliendo entre el tomillo, dando estructura al conjunto y, si hubiera suerte, preparándose para una segunda floración en septiembre. Única e importante diferencia: allí en Colchester el cielo está nublado día sí y día también. Beth Chatto propone este esquema para “open sunny island bed”, cosa que aquí, por la Hispania profunda, tiene bastante peligro. Anyway, el esquema nos sigue valiendo para media sombra (si full sun, entonces habría que regar más de lo que quisiéramos). Y si del esquema nos quedamos solo con las especies de floración primaveral, como estos iris y estas euforbias, entonces vale incluso para sombra profunda en verano, pero (nueva precisión…) siempre y cuando los árboles que proyectan esa sombra sean de hoja caduca, es decir, árboles que ahora, en marzo-primeros días de abril, cuando florecen nuestros iris+euforbias – + el crisantemo marroquí, var. ‘Africa Spring’, más algunos de esos ajos ornamentales- , aún no estén completamente brotados y dejen pasar la luz.

Beth Chatto, The dry garden, Orion ed. 1998, p,54

NOTAS
(1) En cuanto a la pluviometría: sur de Essex, 500 mm de lluvia anuales -sc. prólogo de The dry garden, p.5- prácticamente los mismos que en este jardín de la Sierra Oeste madrileña; la última media publicada en la web: 473 mm.

Trasmocho (y 5): escoba de bruja, cabeza de gato

(Nota, 8 de marzo/21- La borrasca “Filomena” ha destrozado muchos árboles que, se quiera o no, habrán de ser desmochados o terciados para tratar de salvar/rehacer lo que la nieve ha roto, lo que queda de las copas partidas. Al pensar en esto ayer -desde el coche, por los caminos, es indescriptible el destrozo, más visible cada día en encinas y olivos a medida que las hojas de las ramas muertas se van secando, en medio de la copa aún verde-  recordé este post y lo busqué, descartado desde hace años en la bandeja de borradores -supongo que por demasiado largo)

Terciado, que da > una escoba de bruja, que a su vez da, si se limpian los brotes al año siguiente>   una cabeza de gato.
Actualización: cuando el trasmocho (generalmente con motosierra y sin miramientos) se hace en cada una de las ramas estructurales en vez de en el tronco, entonces se le llama “terciado“, que es, por tanto, como un trasmocho/desmoche/descabezado aplicado a esas ramas primarias, dejando sólo  un tercio (+/-) de su longitud.

Foto 3. Cabezas de gato, tras retirar cuidadosamente la “escoba” (pelo a pelo, con tijera)

Foto 2: La herida se llena de brotes desordenados. Una escoba de bruja. Una melena enmarañada. Los brotes, muy numerosos, nacen de yemas adventicias en el perímetro del corte: las inserciones serán siempre débiles, proclives a romperse con el tiempo. Si se retiran esos brotes, todos, se forma entonces la cabeza de gato.

N.B: como se ve en la foto 3, si se amplía un poco, los jardineros que saben más , incluso cuando ven la cabeza de gato como un fin en sí mismo -que perpetuarán año tras año- acostumbran a dejar algunas varas aquí y allá sin cortar. Lo hacen sobre todo en árboles muy vigorosos, para que la escoba de brujas no se les desmadre…(más varas = más yemas = menor vigor de los brotes subsiguientes), y no tanto para reconstruir conscientemente una gran copa.

Ahora, foto 4, de una “cabeza de gato que ya va dejando de serlo”, porque se han escogido dos o tres brotes bien orientados; estos 2 ó 3 brotes han engordado y ya vuelve a verse algo parecido a una “copa” estructurada; todos los demás brotes vuelven a limpiarse:

Foto 4. Cabezas de gato que pronto dejarán de serlo, en fase de reconstrucción de la copa. Conviene rebajar esos brotes al primer desvío aceptable, para que -en primavera, cuando se llenen de hojas- no corran el riesgo de quebrarse con el viento/su propio peso.

Sobre la primera opción, pongamos (a): cabeza de gato año tras año.
¿Por qué hacerlo?
En la mayoría de los casos esta poda  no se escoge por razones ornamentales -(¿bonitos muñones?) sino para arremeter la copa. Es decir, para que una especie arbórea de gran porte pueda seguir creciendo sin estorbar en un espacio reducido (mejor hubiera sido seleccionar un árbol más pequeño al hacer la plantación… pero no siempre se puede elegir; ante lo irremediable, supongo que es preferible recurrir a estas podas en cabeza de gato y conservar el árbol que apearlo porque estorba al camión de la basura, o porque se ha construído junto a él un aparcamiento, o…). Ahora bien, las razones ornamentales -que, confieso, me cuesta compartir- también se dan. En el norte de Francia y en los Países Bajos he visto a menudo, tanto en el campo como en la ciudad, cortinas de tilos podados en tête de chat. Y aquí mismo: en muchas plazas y paseos de pueblo se siguen haciendo bóvedas de plataneras con puentes de injerto, lo que implica mantener una estructura -fragilísima- de pequeños muñones/cabecitas de gato.
Las cabezas de gato envejecen mal.
Cuando esas cabecitas -en plátanos ornamentales casi siempre- , pasados unos años, han engordado tanto (acumulando reservas) que se pone en peligro la estabilidad d la rama que la sostiene, entonces se procede a decapitar. Con la motosierra. ¡Adios a los muñones! Suena muy salvaje, y lo es , pero al menos no se hace por pura impericia, de forma rutinaria año tras año, como con los terciados municipales que todos conocemos… Ese corte, pasados varios años de engorde del muñón, se hace para mantener una estructura estable. Y además, para debilitar adrede el árbol (hay que mantener una especie grande en un espacio pequeño). Al año siguiente del corte los brotes salen disparados como flechas del perímetro de la herida ,formando la “escoba de bruja” que ya conocemos…  Si en los años siguientes no hacemos nada el desbarajuste de la copa será total.
O sea, que
o bien (a) reiniciamos la formación de una cabeza de gato;
o bien opción (b) tratamos de reconstruir la copa escogiendo los mejores ramos y eliminando el resto; como en la foto 4.
la opción (*c), abandonar el árbol a su suerte, no vale. Se formará una maraña de ramos con inserciones muy frágiles que competirán entre sí; muchos se secarán, otros se partirán al crecer y engordar, perdiéndose reservas innecesariamente, abriéndose la puerta a infecciones….. Así que NO: ahora no vale hacerse a un lado. El que ha provocado el problema, que apechugue y lo arregle (opciones a/b)

Lo último vale también para todos los demás trasmochos. Fue saliendo en los otros “posts”. Cuando un hombre decide formar un fresno trasmocho para ramoneo, o un melojo para leña, o un sauce para tejer nasas; cuando decide recepar un castaño o un quejigo; cuando decide formar un árbol, el que sea, contrariando el que sería su crecimiento natural, con su porte natural, si él no hubiera intervenido, entonces ya no debe separarse de él nunca (o al menos en una larga temporada…). Los chirpiales y los ramos de los trasmochos abandonados se desgarran y se secan por falta de cuidados. No pretendo decir que haya que seguir manteniendo una explotación que ya no es rentable, en un suelo cada año más seco, con un clima imprevisible…. Pero ¿es de verdad imposible  intervenir, siquiera  mínimamente, para que los árboles no se malogren y, con ellos, el paisaje?

Patatas tempranas

Variedad Jaerla, 90 días, para recoger cuando el calor empiece a apretar mucho. Enmienda orgánica: estiércol de los caballos (y dos burras) de Rescate Equino/Madrid HelpHorses (https://madridhelphorses.org/quienes-somos/)

Aquí abajo, Miguel Manduca y Samir cavando su huerta, para lo mismo: patatas tempranas. Enmienda orgánica: estiércol muy descompuesto de cabra y oveja (¡ganado lanar, ganado lanar…!, berreaba Miguel antes de jubilarse, cuando tenía su propio rebaño). Les ofrezco al pasar mi “mulilla” mecánica, a lo que Manduca responde: cuantri más labres ahora, mejor agarra después la mulilla. Y tiene razón. “Después” es dentro de una semana, diez días, mediado el mes. Porque Miguel Manduca es desconfiado hasta la exageración: no se fía, a ver si vuelve a helar y se echa a perder el patatal… A Samir le deja un cachito de la huerta detrás del olivo, justo por donde hoy andaba su hija pequeña, tratando de trasladar a una familia de chinches, de zapateros, del pie del olivo a las hierbas. Todo en vano. Tiene los dedos tan rollizos que no es capaz de pellizcar a las chinches. Samir y Manduca cavan en silencio. La niña resopla, vuelve a intentarlo, empuja a las chiches con un palito…

Para domar una glicinia

La glicinia china, aunque a veces lo disimule, es una trepadora temible (1). No tanto la japonesa, menos vigorosa y de largos racimos florales. Y no tanto aquí, en la meseta, donde bastante hace con sobrevivir al verano. Pero en cuanto uno empieza a subir hacia la España más fresca, Francia y further on…, las glicinias chinas revelan de qué son capaces cuando se sienten a sus anchas. Los tallos se enrollan a las bajantes del tejado; ahogan las ramas de los árboles que tienen cerca; estrangulan postes y barras, echan abajo los cierres -tipo malla- donde algún jardinero/propietario incauto creía que podría ir controlando su crecimiento. Y hay que podar con tiento, porque podar de más una glicinia suele provocar lo contrario de lo que se busca-

En verano
Lo suyo es retirar las espigas florales en cuanto se pasan, al empezar el verano. Poda de limpieza que, además de poner algo de orden, evita la formación de legumbres (para nada las queremos). La realidad, sin embargo, es que esos días suele haber mucho que hacer en el campo, y que las tales legumbres no estorban, y la planta crece tanto que no se ve nada, y es una aventura meter por ahí la tijera… Así que pasa el verano. Pasa el otoño también. Todos pasamos. Y la glicinia llega a diciembre tan campante, enmarañada y libre.

(Foto. No solo las flores son bonitas. A principios de diciembre la glicinia aún tiene ese tono dorado, un poco apagado. La hoja sale tarde en primavera, pero también cae muy tarde en otoño.)

Ahora, a principios de marzo/ finales de febrero.
1. Para contener a una glicinia china, además de una poda que favorezca la floración (y no el crecimiento vegetativo: uno suele ir a costa del otro; véase punto 2) se pueden retorcer/trenzar sobre sí mismas los primeros tallos, los que formarán el “tronco” y la estructura principal. Eso hará que la savia circule más despacio, que las yemas terminales no se beneficien del “subidón” primaveral. Tal es la poda de formación, que no acaba realmente nunca, pues a menudo -un año de cada dos o tres o cuatro…- hay que volver a retorcer ramas nuevas, laterales, y seguir formando nuevos brazos de la glicinia, bien para conducir su crecimiento por una fachada, por ejemplo, bien para reemplazar alguno que haya que ir retirando (por demasiado pesado, por haberse enrollado a la canaleta del tejado…) Fotos de las glicinas trenzadas de Lourizán (Pontevedra):

 

 

 

 

 


2
. Respecto a la poda de floración:
-Se dejan los ramos débiles que porten yemas redondeadas (yemas de flor, que ahora se distinguen tan bien); de los demás ramos, con yemas puntiagudas que darán nuevos brotes verdes (no flores) se escogen los mejores, se podan al ras los sobrantes, y esos mejores seleccionados se rebajan a dos o tres yemas:

3. Y la poda de renovación, que tiene que ver con 1.:
Los ramos más viejos de la glicinia china, ¿tienen espacio para crecer?, ¿se cruzan con otros?, ¿se están enroscando ya, demasiado cariñosamente, a las barras de esa barandilla…? Hay que seleccionar. Cortar sin dolor ramas viejas, por largas y gruesas que sean. Ya se encargará la robusta glicinia de tapar rápidamente los huecos. Y aquí es donde volver a trenzar ramos, en sustitución de lo que quitamos, puede tener su sentido.

Notas
(1 ) La glicinia china, Wisteria floribunda, se enrosca hacia la derecha, en el sentido de las agujas del reloj. La glicinia japonesa, W. japonica, va al revés: hacia la izquierda. La china es mucho más frecuente. Florece antes. Las espigas son más cortas. Para ver las flores, este otro post: https://laramadeoro.com/2020/02/24/viaje-mental-a-kameydo-ca-1910/

Chardonnay australiano+ almendros en flor

Todos saben igual. Se beben bien, se olvidan rápido. Pero hay algo muy bueno en estos vinos, además del precio (en el límite de los10 euros): te obligan a coger el atlas. Pasará al olvido el vino. Recordaremos, sin embargo, el río Murray.
La copa en flor, toda la copa del almendro, sigue tirada en el camino por donde subo a pasear a los perros. No cesa el bajo continuo de las motosierras y -últimamente- de la máquina trituradora del equipo de Conservación de Carreteras. Montañas de ramas, y hasta árboles enteros, que la nieve tronchó en enero.

… Tercer paisaje, Gilles Clément

(Continuación de Jardín de brezos, tercer paisaje: https://laramadeoro.com/2021/02/14/jardin-de-brezos-tercer-paisaje/ )

Gilles Clement escribió su Manifiesto del Tercer Paisaje hace ya quince años. En esa época se hablaba mucho de los espacios abandonados o pendientes de “ordenamiento” El libro de Clément tiene la gran virtud, en mi opinión, de enfocar el asunto desde el punto de vista de la biodiversidad y de aportar, además, una lista de conceptos útiles para el paisajista, o el jardinero, que quiera argumentar de forma atractiva el valor de esos espacios. Aún así, al manifiesto me resulta pesado en dos aspectos, como todos lo que escribe Clément, gurú de modales amables, entre naif y chiant, aficionado a mezclar churras con merinas, cuyos jardines me gustan tanto como me cansan sus libros (y este es el mejor). Primero, la envoltura filosófica y política en que lo envuelve todo. Su crítica recurrente, machacona, siempre en los mismos términos inapelables, al sistema liberal-capitalista, causa última y única de todos los males. Sugiere de pasada en el Manifiesto (con más detalle en otros libros) alternativas respetuosas con el medio ambiente en sociedades no industrializadas (¡claro está!) del Tercer Mundo… No profundiza en esto, en si todo es malo en nuestra sociedad, como parece dar a entender (los fundamentos son malos) o si hay algo bueno, en si hay más o menos cosas malas/buenas en esos otros sistemas, en fin, en si tiene algún sentido a estas alturas de la película seguir con las mismas monsergas setenteras -todo está bien menos Occidente, y cualquier ocurrencia tiene un pase con tal de que venga con el marchamo altermondialiste(2)- y más aún cuando él, Gilles Clément, las suelta desde su piso en Paris, tan ricamente, y vende sus libros en amazon, y los promociona en la tele… En alguno de sus textos comenta, por ejemplo, lo bien que compostan sus residuos vegetales en no sé qué aldea brasileña, pero ni pío de los esfuerzos que están haciendo en Alemania, en Holanda, etc, los urbanistas de las grandes ciudades para poner en marcha programas de economía circular. Lo mismo con su defensa extemporánea de Lamarck frente a Darwin (ya me lo había encontrado en La sagesse du jardinier, pretencioso desde el título), que estaría bien si se limitara a sus escritos sobre las tendencias autodestructivas de la humanidad (atención, Lamarck, en los textos citados por Clément, no vincula esas tendencias a un sistema o a una sociedad en concreto, sino al Homme, par son égoïsme…), pero da la impresión de que Lamarck le parece más gauchiste (con su teoría de la herencia de los caracteres adquiridos ) y Darwin más crudamente conservador (con su teoría de la selección natural/sálvese quien pueda).
Segunda crítica. Clément ofrece en el Manifiesto dos modelos de aplicación de sus conceptos en el diseño de espacios públicos, el de Saint-Nazaire y el de la isla Derborence, en Lille. Los dos son lugares muy hermosos y poéticos, emocionantes (touchants!) como todos los jardines que hace Clément. Pero, en mi opinión, la defensa de los terceros-paisajes es una cosa más sencilla, más cotidiana y más urgente. Los grandes proyectos no valen como referencia para los que estamos a pie de calle. Tercer paisaje es el que veo desde la ventana del baño: un trozo de encinar en el que iba a construirse una promoción de chalés pero que paró la crisis de 2009, ya realizados los primeros movimientos de tierra. Es una mediana sin mantenimiento en cualquier parte. Los solares de las casas que se vienen abajo, las cunetas llenas de basura en las que, entre botellines y bolsas de chuches, siguen germinando las amapolas. Tercer-paisaje son, por encima de todo, los descampados. Para protegerlos no hace falta el aparato intelectual de Gilles Clément, que -una vez depurado de adherencias filosóficas y clichés del 68, es decir, limitado a sus tres grandes conceptos: Jardín en Movimiento, Jardín Planetario y Tercer Paisaje- puede ser útil en medios universitarios o a nivel de ambiciosos proyectos paisajísticos y concursos públicos (él ha ganado unos cuantos; cosas del sistema capitalista y la libre concurrencia), pero no para el común de los mortales. Por ejemplo, en la web he encontrado una tesis doctoral de un ingeniero de Zaragoza, J. Montolari, en la que cartografía los terceros paisajes de su ciudad, los clasifica detenidamente y los valora como lo que son, lugares llenos de vida y de belleza. (3) En qué han quedado sus propuestas, en la práctica, lo desconozco (¿algún eco a nivel administrativo?), pero el pdf está bien, vale la pena leerlo, y su jovencísimo autor concluye con un párrafo que demuestra que tiene los pies en la tierra: “En la realidad actual, sopesando los factores sociales y económicos, sería posible dentro de la voluntad de lo público y también de la iniciativa privada, plantear actuaciones muy localizadas, que probablemente llevarían más inversión en la parte de información, concienciación y mantenimiento, que en la parte de construir infraestructuras verdes relacionadas con el Tercer Paisaje”.
En trabajos así los conceptos del Manifiesto pueden ser útiles -como el renombre del propio Clément, citado en boca de un paisajista con talento. Personalmente, sin embargo, prefiero mil veces, porque es mil veces más didáctico (¿de qué vale el Manifiesto si la mirada de la gente no cambia?), y de aplicación inmediata para cualquier concejal de Medio Ambiente o profesor de instituto, esto : http://javiergrijalbo.blogspot.com/p/descampados.html

En el Tercer Paisaje de brezos, el jardín de las fotos, yo me habría limitado a dividir el jardín, para que los perros no pudieran entrar en la “reserva”· de atrás, una landa en miniatura, después de arrancar los surrealistas naranjos, que bastante han penado ya, y de habilitar unos pasos japoneses para poder entrar a catalogar las plantas sin pisotearlas. Incluso en la parte de delante, la de la gente y los perros, eliminaría para siempre la segadora, limitándome a desbrozar, sin retirar la hierba, un par de veces al año.

NOTAS
(2) Los habitantes de Bali celebran la cosecha del arroz con ofrendas a Dewi-sri, la diosa del arrozal, y es todo una maravilla. Los del Luisiana (white trush, habría dicho hoy Clément) celebran la suya con el vuelo rasante de un avión que fumiga pesticidas. ¿Y por qué? Pues “parce que la Bible n´a rien prevu d´autre”. Y así está todo mezclado en sus libros, sin el menor empacho (i.e., de la Biblia al afán de lucro, a la PAC, los sopladores de hojas -una de las fijaciones de G.Clément- etc). Apud La sagesse du jardinier, cap. 4, “L’arbre, est-il capitaliste?”
Y aquí también el guiño a los teósofos (Teosofía, Biodinámica), por ejemplo, que “manipulan humildemente sus preparados naturales y ponen su confianza en las estrellas. Estas prácticas teñidas de esoterismo han sido consideradas charlatanería por aquellos a los que lo vivo-complejo (le vivant complexe) exaspera.,..” (Une brève histoire du jardin, p.68). No, Monsieur Clement, sobre todo por aquellos que, tratándose del suelo y los vegetales, creen simplemente en los datos corroborados por la ciencia ( y se puede decir esto rechazando con la misma firmeza que ud. el recurso a los pesticidas/herbicidas y demás merdes.)
(3) https://zaguan.unizar.es/record/85007/files/TAZ-TFG-2019-3452.pdf

 

Jardín de brezos, tercer paisaje

 

 

 

 


Calluna vulgaris
(foto de la derecha) es el brezo europeo ordinario, el de las landas y bosques aclarados de roble o pino, que crece un poco donde se le deje, desde Escandinavia hasta aquí, con tal de que el suelo sea pobre y algo fresco (y no calizo; pero esto es común a todos los brezos, con algunas ilustres excepciones: Erica carnea y su hibrido x darleyensis, y creo que alguno más). Es el brezo que produce polen para las colmenas del Bierzo (por ejemplo; son las que yo he visto conduciendo hacia Galicia; pero por todo el norte las hay) y que florece a la vez que los castaños: “Miel de castaños, robles y brezos”, por ese orden (1). El brezo que crece donde ya no crece nada, después de arder el monte una y otra vez. El último de la sucesión ecológica de la carballeira, pero también el primero para intentar la remontada (planta pionera, pues, en taludes arenosos, en extensiones de tierra ácida y pobrísima). Leo en el Catálogo de Viveros Bruns -manual de cabecera desde mis tiempos de peón jardinero en Luxemburgo, allá a principios de siglo- que Calluna vulgaris está “extraordinariamente sujeto a mutaciones genéticas”, y de ahí que el número de cultivares hortícolas sea tan vasto (link de variedades de Calluna: https://online.bruns.de/fr-fr/recherche?q=Calluna ; prestando atención al calendario de floraciones, se puede diseñar una extensión de brezos que vaya floreciendo por oleadas, de febrero a octubre)

Erica cinerea y Erica tetralix, sin embargo, son brezos exclusivamente atlánticos. El segundo necesita incluso algunos días de encharcamiento para estar a gusto. Dice “Bruns” que todas las Erica vienen de Sudáfrica: todas. Allí hay más de quinientas especies. Aquí apenas una docena. Y en el Atlas de Jardinería lo confirmo: 500 de las 735 especies de Erica son endemismos de El Cabo, con un clima mediterráneo similar al nuestro, con idénticos calores abrasadores pero colocados “al revés”, es decir, entre diciembre y febrero, que es cuando en nuestras antípodas maduran las uvas (cabernet-sauvignon, merlot… en su tierra de origen tiritando aún de frío)

En la foto de arriba se ven las Erica cinerea y las Calluna de un jardín abandonado cerca de La Coruña, en el que no se pasa la segadora desde 20016, puede que 2017. El suelo ha sido colonizado por brezos, helechos, incluso toxos, que se mezclaron a las gramíneas ya establecidas y a otras que fueron viniendo. La última vez que estuve allí descubrí gladiolos silvestres en algunos rincones. Lithospermum de color azulón… El jardín, sin segadora y sin gente, se había ido convirtiendo poco a poco en eso que Gilles Clément llama -un tanto petulantemente- “Tercer Paisaje”. Los terrain vague, los descampados de toda la vida. Nunca zumbaron con más energía las abejas (¡lástima de colmena!). Ni se vieron más lagartijas en la piedra de los bancos y de la fuente. De noche, no uno, sino media docena de murciélagos amagaban con entrar por la ventana de la cocina. Los naranjos amargos del jardín, inexplicablemente plantados hace cuarenta años (en un suelo escaso y pobre, puro granito), se abandonaron por fin a la cochinilla algodonosa y se dejaron morir en paz, pudriéndose la fruta a sus pies, un manjar de larvas, escarabajos, caracoles, ofrecido ya sin recato a los mirlos, de día, y de noche a los erizos, que entran al jardín por los tubos de drenaje, colonizados (pero no cegados) por las raíces de los árboles, el musgo, las hojas que nadie barre, y finalmente convertidos en cálidos cubículos para sus crías.

(Continuará: …Tercer paisaje, lectura crítica de G.Clément)

NOTAS
(1) El porcentaje de flor de castaño suele ser el más alto. Mieles solo de brezo recomendadas por “mieladictos”: https://mieladictos.com/guia-mieles-espana-y-portugal/mieles-de-brezo/  Pero las de castaño que se completan con brezo y/o roble también son muy ricas (de hecho, más suaves)

 

Turberas en Canadá

Cuando los viajes (2005).

Turberas en Gros Morne, Terranova; en la isla de Cape Breton, al sur; y también en Kouchibouguac, ya en tierra firme (Nueva Brunswick). (1)

Colchones de musgo y juncos reblandecidos por la nieve, que en las depresiones más hondas, según nos informa el folleto del Parque, llegan a los cuatro metros de espesor o, lo que es lo mismo, a los 8.000 años de antigüedad: ocho mil años uno tras otro, a lo largo de los cuales se han ido acumulando restos vegetales que, al no poder descomponerse -demasiado frío, humedad, acidez- se fosilizaron, se siguen fosilizando y hundiendo, hoy, ahora, haciéndose turba, cobijando una flora alucinante de plantas carnívoras -rosolís, que crecen sobre el musgo; y en la libreta anoto también: “sarracenias escarlata en roseta”- y dejando que anide en sus muelles hondonadas el Grand Chevalier, un archibebe de patas amarillas, como nuestras garcetas.
Las turberas alternan con ciénagas y montículos de gramíneas secas -aún es mayo, que en Canadá, deducimos, viene a ser como nuestros primeros días de marzo- y en sus orillas con bosques de alerces, achaparrados y densos, acompañados de ericáceas arbustivas (kalmias de hoja estrecha,por ejemplo, primas hermanas de nuestro madroño local). Los alisos aparecen después; y en la zona más alta, los abedules y coníferas, siempre las mismas: píceas negras y abetos balsámicos. Tuckamore, llaman por aquí a esas masas de arbustos y árboles cuando el viento huracanado las doblega (literamente)
Oímos, pero no vemos, a los pájaros del tuckamore. Sí vimos un grévol, para compensar, en el corazón del bosque de píceas, bien protegido del viento; un grévol macho, que se pavoneaba todo chulo en medio del sendero. Amelanchieres, arándanos, sauces, cornejos. Cieno por todas partes, como corresponde al mes de mayo.
Y luego, los alces. Salimos a la carretera -un Pontiac Gran Prix alquilado, con cambio automático- y ahí están enseguida, ramoneando de buena mañana los brotes de los abedules.

(…) Desplazándonos hacia el oeste el francés se hace frecuente. Las banderas tricolores en la puertas. Hasta unas virgencitas de escayola, con su manto azul, cobijadas en una especie de concha blanca. Poco tráfico y menos gente. Solo nos cruzamos trailers de compañías madereras. Camionetas Dodge- Chevrolet, Chryslers destartalados del año del rey Perico. Paramos en los “Convenience” a comprar de comer. Manzanas Granny Smith, “produce of USA”. El café que no es café, pero que calienta más o menos el cuerpo. Las salchichas hervidas y los huevos revueltos (*no comeremos en condiciones hasta Lunenburg, al sur de Halifax, en un B&B de sofás tapizados, alfombras, fotos enmarcadas, libros en las estanterías… una Europa en miniatura que, tras diez días en la carretera, agradecimos hasta las lágrimas). Durante kilómetros no vemos a nadie. Casas de madera de aspecto humilde. Masas de zumaques blancos, ¡tan parecidos a los nuestros! Tejones atropellados. Más alces. Vamos escuchando Radio Canadá y la emisora local de Cheticamp: música folk, canciones que dicen cosas como “Y en a du monde, ça grouille ici!…”

(…)“Acadian Lines” anuncia por megafonía la salida de sus autobuses. Al final de la retahíla de destinos añade “and beyond”, que la misma voz traduce, cansadamente, por “et les autres points plus à l´ouest”. Allí nos dirigimos todos.

(…) La libreta de notas (Viajes/2005) está llena de datos geográficos, horarios de autobuses, precios. Selecciono solo esta anotación, para terminar la primera parte del viaje:
“En Bouctouche, media hora de intimidad con una garza azul…” (2)
Y rápido resumen del resto. Fuimos en el Pontiac hasta la isla del príncipe Eduardo, donde solo vimos campos de patatas, tierra roja recién arada, viento desatado, sin árboles para frenarlo, que hacía volar por los aires la chapa de los establos y las dichosas green gables (3), pero donde nos acogió para pasar la noche Lora, ¡Lora!, cuando ya creíamos que habría que dormir en el coche, porque todos los inn estaban cerrados (la “temporada” empezaba en junio; por lo demás, en 2005 yo todavía anotaba en la libreta: “No hemos podido llamar por teléfono a España. Las cabinas no aceptan más que monedas de 10 ó 25 céntimos y no encontramos dónde cambiar…”). Lora estaba ayudando a su hijo con los deberes cuando escuchó el timbre. Su marido, miembro de la Policia Montada (foto a caballo en el hall), tenía guardia esa noche. Estaban solos. El viento soplaba con furia, ya había salido la luna. Ni siquiera recuerdo que hubiera farolas. Pero Lora nos abrió al momento. Nos preparó una cama y nos dio de cenar sin preguntarnos ni quiénes éramos ni cómo ni dónde ni por qué…. Unas semanas después le hicimos llegar desde España unos pendientes de plata y azabache, muy sencillos, comprados en una tienda para turistas en la Plaza del Obradoiro. Guardo su carta de agradecimiento como un tesoro: nunca, never -nos escribió Lora- me habían regalado nada así.

(…) Resumen rápido… Cruzamos la bahía en el tren Halifax/Montreal, al que nos subimos en Moncton. Vimos bosques de cadufolios. Los grandes arces, las hayas americanas. Pero ya era otro paisaje, más dulce y reconocible, como los huevos “Benedicte” de aquel B&B de Lunenburg.

NOTAS
(1) Parques Nacionales en Canadá, del lado del Atlántico
(2) Egretta caerulea. Solo en América. La foto es de la wiki.
(3) Ana la de Tejas Verdes (L.M. Montgomery, 1908). La novela transcurre aquí.

Comer en los Uffizi

La serie empezó el pasado domingo, con el chef Fabio Picchi preparando en directo un plato inspirado en el Niño con cesta de pescados de Giacomo Ceruti (il Pitocchetto). Otros chefs italianos han elegido ya plato/cuadro. Confirmados para los próximos domingos un live en la cocina con dos bodegones de Jacopo Chimenti (Despensa con barril, caza, carne y vajilla, seguido de una Natura morta) y uno de Giorgio de Chiricco pintado en 1930, cuando cansado (o saciado, o solo aburrido hasta el infinito) de sus propias lucubraciones surrealistas, se pasó tan tranquilo a la pintura de paisajes y bodegones clásicos, como ese Pimientos y uvas (en el Palazzo Pitti) a partir del cual elaborará su plato el chef Marco Stabile.

https://www.abc.es/cultura/arte/abci-grandes-chefs-italianos-convierten-recetas-cuadros-galeria-uffizi-202101180039_noticia.html
https://www.lavanguardia.com/comer/tendencias/20210121/6184801/uffizi.html