El ORO de LRO

Febrero 2012

Todos los “residuos verdes” de LRO son debidamente reciclados en la propia finca. Lo que se desbroza y se rastrilla. Los restos de las plantaciones. Los restos triturados de las podas. Residuos muy escogidos de la cocina (cáscaras de huevo machacadas, mondas de patata y cebolla, restos de fruta…). Y a todo esto se añaden las hojas secas y las siegas de césped que me voy trayendo de algunos jardines de confianza. El producto de esa descomposición (palabro cierto castellano, preferible a “compostaje”), es el mantillo (palabro preferible a “compost”, siempre que sus componentes sean estrictamente vegetales). Ese mantillo es oro puro: lo que mantiene fértil y bien estructurada la tierra año tras año. Sin agua no hay nada, de acuerdo. Pero sin ese mantillo tampoco.

Las “malas hierbas” (habría que hablar de ellas un día) se pueden echar también al montón, pero es de desear que no lleven semilla, es decir, es de desear que sean arrancadas o desbrozadas antes de que semillen. Las plantas y las frutas enfermas pueden mezclarse con lo demás, pero sólo si vamos a controlar bien todo el proceso, vigilando la temperatura en el centro del montón (así se eliminan esporas, huevos de insectos no deseados, etc). Si no es este el caso, si nuestro compostero es sólo un montón de resíduos variopintos más o menos olvidado en un rincón del jardín, entonces es más prudente retirar las plantas enfermas, bien quemándolas, bien metiéndolas en bolsas de plástico cerradas, como cualquier basura.

Aprendí a “compostar”, es decir, a acelerar la descomposición natural de la materia orgánica (que de todos modos iba a descomponerse, pero a otro ritmo) utilizando sobre todo este libro: Compost et paillage au jardin, de D. Pépin (Ed. Terre Vivante, 2003). Con ese punto de partida y la práctica de los últimos años, hemos acabado reduciendo el proceso a lo siguiente:

El triturado que no se usa como acolchado termina en el compostero.

1- Amontonar en capas sucesivas materiales “marrones” y “verdes”. Es marrón: lo duro, lo viejo, lo seco, lo rico en lignina, en carbono. Es verde: lo tierno, lo nuevo, lo fresco, lo rico en tejidos blandos, en nitrógeno. Es marrón, por ejemplo, una hoja seca o un puñado de serrín. Es verde una brizna de hierba o unos recortes de lechuga. Lo marrón da estructura al montón. Permite que corra el aire. Se descompone lentamente. Lo verde se apelmaza enseguida, se descompone en pocos días. Lo marrón enfría el “compost” , lo verde lo calienta. Lo marrón y lo verde deben ir mezclándose con cada nuevo aporte, y añadiendo de vez en cuando unas paladas de ceniza de la chimenea, unas hojas de ortiga y/o de consuelda el que tenga la suerte de tenerlas cerca… La calidad del producto final la determina la buena proporción de materiales de origen. La buena mezcla, como con el vino y como con todo. Por cierto: yo creo que los excrementos animales no valen, por muy controlada que tengamos su alimentación. En mi opinión, tardan en descomponerse y son una lata. (Otra cosa es usar el compostero de urinario, como hacen algunos diseñadores de retretes ultra modernos y fashion; hace años vi una exposición de arquitectura ecológica en Holanda en la que, entre otras cosas, enseñaban la torreta-compostero donde dizque había hecho aguas menores la reina Beatriz el día anterior, de paso que iba a la inauguración. Pero esto del váter-seco no es ninguna tontuna nórdica: es una forma inteligente de incorporar nuestra urea –nuestro nitrógeno excedente– al proceso de descomposición de la materia orgánica…).

2- Mantener una temperatura elevada en el centro del montón, para que las bacterias trabajen a buen ritmo, sobre todo en la primera fase del proceso. Por eso es bueno “encerrar” la materia orgánica (con unos palés, por ejemplo): así la altura del montón sube, no se desparrama todo por los lados, y se hace más presión en el centro. En invierno la descomposición se ralentiza. Aquí hemos puesto composteros un poco por todas partes (para no tener que andar trasegando la hierba y demás),  pero en las zonas donde hiela durante semanas tapamos el montón con sacos o con malla permeable. Pasada la primera fase –de descomposición rápida– la temperatura baja de forma natural. Al voltear entonces el compostero, materiales verdes que habían quedado en la periferia pasan al centro, y así vuelve a recalentarse un poco el montón. Si en la finca hubiera gallinas (en esta no), garantizo que irán a dormir a lo alto del compostero, encaramadas al palet y con el culo hacia dentro, para aprovechar el calorcillo.

3- Mantener un buen nivel de humedad, para que las lombrices trabajen contentas y para que lo “verde” no se seque. Hay que regar el compostero en verano. Cuando entre las capas de materia orgánica se vean una especie de hilos/filamentos blancos (hifas), eso quiere decir los hongos se están enseñoreando del montón, señal de que está demasiado seco.

4- Mantener una buena aireación. La descomposición corre a cargo de bacterias, hongos y una larga lista de invertebrados. Es decir, seres vivos. Es decir, seres que respiran, que necesitan oxígeno. El “compostaje” es una descomposición aerobia (en presencia de oxígeno); sin aire la descomposición también se produce, pero es otra historia (el producto final es diferente, se desprenden gases que pueden ser tóxicos, etc). Para mantener la aireación conviene voltear la mezcla cada cierto tiempo (con una buena horca).

En LRO seguimos estos principios al pie de la letra. Amontonar residuos orgánicos se ha convertido en una rutina, ya ni nos damos cuenta. No se tira nada, pero con todo y eso siempre echamos en falta no tener más. Nunca es suficiente. El “compost” –que deberíamos llamar tranquilamente mantillo, pues, excluyendo alguna que otra cáscara de huevo, y los propios invertebrados que se incorporan al montón, es enteramente vegetal– se utiliza sobre todo en las huertas, mezclado con el estiércol de las ovejas. En algunos composteros se siembran directamente cucurbitáceas, que tiran que da gusto verlas (véase “ABC del calabacín”). Pero cuando hay que preparar una “lasaña” también se echa mano de los composteros (véase “Lasaña vs. Deep bed”), o cuando se planta un árbol, o cuando hay que rellenar una maceta…

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