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Acerca de ccoutodafonte

1968, La Coruña. En la Comunidad de Madrid desde 2005. Sector: jardinería. Blog: www.laramadeoro.com.

Alcachofas de Ginebra

Septiembre de 2011

La Ferme de Budé está en el centro de la ciudad de Ginebra. Aunque conserva el caserón –y el nombre– ya no es realmente una “granja”. Los antiguos terrenos de labor fueron vendidos al Ayuntamiento y rápidamente urbanizados en los años cincuenta. Entre los edificios del nuevo barrio –llamado Petit Saconnex– quedaron parte de las instalaciones de la granja y una media hectárea dedicada a huerta. Monsieur Marti la conservó como tal, vendiendo lo que ahí producía en el “marché” que instaló en la entrada de la granja. Ms. Marti tiene ahora 96 años. Su sucesor también se ha jubilado. Y los sucesores del sucesor, Ms. Chavaz y Ms. Zulauf pelean desde el 2009 por convertir la “ferme” en un negocio rentable (y no sólo en un rincón verde más o menos estrafalario). El año pasado inscribieron el terreno en el registro de producción ecológica (Bio Suisse); pasado el correspondiente período de “conversión” –idéntico al que hubo de pasar LRO–, podrán vender sus productos como 100% ecológicos. La huerta no está cerrada. Limita con un área de juegos infantiles y con un pequeño parque donde está autorizado soltar a los perros. Cualquiera puede pasearse entre las hileras de ruibarbos, coles, tomates… Tienen ya su “site” internet: www.ferme-de-budé.ch

El sábado 17 de septiembre celebraban el cincuenta aniversario de la apertura del mercado. Lo leímos en la prensa local, mientras desayunábamos, entre noticias sobre el desplome de las bolsas y los partes de guerra en Libia y Siria. En el periódico venía la historia que acabo de resumir, y fotos en blanco y negro de una Ginebra difícil de reconocer, casi de otra galaxia.

El mercado estaba abierto desde muy temprano. Todos los que andaban por allí trajinando eran jovencísimos, de poco más de veinte años. En la entrada  habían instalado unos toldos de lona (en previsión de lluvia, que no faltó), y bajo los toldos, bancos y mesas de madera. Media docena de chicas picaban zanahorias, remolacha, etc. y lo iban colocando todo en grandes fuentes. Cuando les pedimos permiso para dar un paseo nos miraron con expresión de no entender la pregunta, no sé si por culpa de mi francés renqueante (la razón más probable) o por el mero hecho de pedir permiso.

A mediados de septiembre, en el corazón de Ginebra, a pocos metros de la sede de las Naciones Unidas, están en flor las alcachofas y ya hay calabazas maduras. Todavía recogen tomates, pero de aspecto algo triste. Tienen sanísimas las coles, los ruibarbos y las zanahorias (en líneas sucesivas, tal como se ve en la última foto). Siembran flores por aquí y por allá. Cosmos y girasoles, que siempre salen bien. Las flores naranjas de la segunda foto son capuchinas; aquí, como en Francia, las comen en ensalada, mezcladas con berros, rúcula y lechugas variadas. En el mercado venden muchas cosas producidas por otros, pero todas con la debida certificación ecológica o –al menos– con la indicación de “producido en Ginebra” (lo que de por sí es más ecológico, aún sin certificar, que un supertomate supercertificado traído desde España, que por fuerza llevará encima muchos litros de gasoil o keroseno).

La huerta de la Ferme de Budé, en el Petit Saconnex, Ginebra:

Gilles Clément + Paris

Septiembre 2010

Los tres grandes jardines que Gilles Clément ha diseñado en la Ville de Paris, por orden cronológico:

1. Jardines del Parc André-Citroën, en las antiguas fábricas de montaje de automóviles.

2. Jardines del Museo de Etnología del Quai Branly.

3.Jardines del Arco de La Défense, entre los cementerios de Puteaux y Neuilly.

Los visité en septiembre del 2010. A los tres es sencillísimo llegar, caminando desde el centro al Quai Branly, y en transporte público a los otros dos. Lo que reproduzco a continuación es una selección de fotos y de anotaciones que hice sobre la marcha. Para el que tenga prisa: si hay que escoger uno, sin duda el jardín que rodea el museo del muelle Branly, porque el museo –un capricho de Jacques Chirac, amante y buen conocedor de las culturas orientales– es en sí mismo una visita obligada, recomendable contrapunto del Louvre, que está tan cerca.

Coloco las fotos en el orden en que yo los vi (2-1-3), con la luz de por la mañana en el Quai Branly, y casi a tientas en La Défense.

El jardín de G.Clément para el Museo de Etnología del Quai Branly:

El edificio, Jean Nouvel; la fachada vegetalizada, P. Blanc (el que hizo en Madrid la fachada de Caixa Fórum). Lo primero, los pavimentos (cuando la tentación sería la de levantar la cabeza, aunque sólo fuera por la omnipresencia de la vecina Torre Eiffel). En todos hay mezcla de materiales (incluso pequeños objetos incrustados en trocitos de cristal) y en todos se escapa de la regularidad. Nada más entrar, las masas de miscantus, que con sus espigas llegan a medir dos buenos metros. Todas las plantaciones en masas: de helechos, de hippuris. Plantas de ribera, de sombra, de suelos frescos, como corresponde a la orilla del Sena. Pero los miscantus –y otras gramíneas– así como la densidad de plantación producen la impresión, nada más entrar, de estar en un lugar exótico, como el propio museo (piraguas polinesias, máscaras ceremoniales del Congo.). Del otro lado del museo, es decir, mirando al oeste, plantas que buscan la luz, como esos rosales chinensis ‘Mutabilis’, gemelos de los de La Rama de Oro. Y el cierre, con juncos de hierro (sólo pasan los patos, haciendo fintas entre los barrotes).

El jardin de G. Clément en el Parc Citroen:

Está envejeciendo, pero con bastante dignidad, creo yo, si se piensa en que es un parque de verdad: un parque con gente, niños corriendo, perros, parejas escondidas –o no– detrás de los setos. Jardines temáticos, por colores (plata, oro…). De nuevo los miscantus, que en esta época del año no saben pasar desapercibidos. Las fotos 3 y 4 están sacadas desde el punto más alto y más bajo del talud: si las espigas no se cortan, y a menos que la nieve las venza, durante todo el invierno aprehenderán y desprenderán luz, como linternas a pleno día. Y el “jardin en mouvement”, lo más provocador, incluso tantos años después. Lo que en Francia llaman “friche” aquí lo llamaríamos despectivamente “descampado”, (con connotaciones que no tendría un simple “terreno inculto”). Pero no es eso. Las manos de los hombres –por suaves que sean– pasan también por este trozo del parque, e incluso al decidir “rien faire” se está interviniendo (y a mí me parece que en la buena dirección). Por lo demás, imagino: sólo retirada de basura –que algunos días no será poca, visto el gentío– y pequeños, pequeñísimos desbroces puntuales aquí y allá. Y ya sólo queda sentarse a observar la sucesión ecológica, sin más. Pero lo que en La Rama de Oro es tan fácil aquí, en el centro de París, se convierte en un desafío (¡mayúsculo!) a la educación estética que –con los pertinentes matices nacionales– hemos recibido todos. ¿Lo permitirían si todo el Parc Citroen, o un parque de extensión equivalente, fuera jardín en movimiento?. ¿Lo permitiría la Sra. Ana Botella, nuestra concejala de Medio Ambiente?. Mucho me temo que no, que esto es sólo una excepción consentida (eso que se llevan los saltamontes y pajarucos del barrio).

El jardín de G. Clément en La Défense (de la inmensidad que este barrio, en el que hasta un mirlo ha de echarle valor para venir a hacerse un nido, G. Clement ajardinó, en concreto: “Les jardins promenades à l’ouest de L’Arche”):

Se nos hizo de noche. Pero llegamos a tiempo para ver, también aquí, los dibujos en el pavimento, los macizos desiguales y densos, las tapizantes y gramíneas a discreción. Masas de gunnera, de helechos, nandinas…  Un poco más allá, el cementerio, justo al pie de las moles de cristal y hormigón, de los que le separa un seto (un seto espeso, creo que de tejo, pero no sé si suficiente para amortiguar la impresión). Y si uno levanta la cabeza, más rascacielos, bloques de oficinas, infraestructuras sin terminar colgando literalmente en el vacío…

Uvas de gato (2º parte)

Septiembre  2011

Los Sedum spectabile y telephium, con su cohorte de híbridos, son plantas erguidas, de hojas anchas como espátulas, y de floración muy decorativa hacia la segunda mitad del verano. Son como las parientes “crecidas” de los sedum rastreros. Sus condiciones de vida son, sin embargo, muy similares, con la única salvedad de que necesitan más suelo (más profundidad de suelo, pero no más rico; la planta se abriría, afeándose). He leído que proceden de China. No están mal combinadas con sus parientes rastreras, pero mucho, mucho mejor,  proyectadas contra un grupito de gramíneas (stipas, calamagrostis…) y en proximidad de unos Ophiopogon nigriscens: los tonos apagados de las flores ya pasadas del Sedum casan bien con el color chocolate de los ophiopogon.  Así las ví hace tiempo en el festival de Chaumont; desde entonces las he vuelto a ver –el mismo patrón, con pequeñas variantes– en muchas revistas y en otros jardines del norte.  Las gramíneas –en particular la stipa– tienen tan poca necesidad de agua como el sedum y el ophiopogon. Y una cosa más. Las flores de estos sedum están entre las más visitadas por los insectos en septiembre y octubre. ¿Quizá porque en el secarral de La Rama de Oro nadie más –salvo achicorias y erigeron– tiene valor para florecer en este momento del año?.

Uvas de gato (1ª parte)

Septiembre 2011

Son los sedum rastreros. Esas plantas carnosas, de hojas pequeñas y gruesas, que tapizan las rocas en aquellos puntos en los que éstas parecen doblarse, formar un ángulo o una ligera hondonada donde pueda acumularse algo del polvo traído por el viento, restos de líquenes pioneros… y poco más. Se han puesto de moda con los llamados “tejados vegetalizados”, pero por aquí es una planta del montón (S. acre, S. album…). No hay fisura en la que no encuentre acomodo, e incluso ha empezado a extenderse a su aire entre las tejas de nuestra casilla.

Como todas las plantas crasas, también los sedum son vegetales frugales y resistentes. Tienen flores en forma de estrella, minúsculas, agrupadas en cabezuelas de diferentes colores: blanco, blanco-rosado, amarillo. Entre las variedades hortícolas, el Sedum spurium púrpura y el tricolor. Ambos están ya plantados en uno de esos rincones perezosamente ajardinados de La Rama de Oro. No los riego jamás.

Una combinación para maceta: sedum al pie de un Aeonium “cabeza negra”, cubriendo a continuación el sustrato con gravilla fina de río, y la maceta pintada de azul turquesa. Otras dos combinaciones: sedum con Lampranthus, de flores anaranjadas, en una jardinera en el alféizar, o con Delospermum cooperi en la parte frontal de un macizo (proporción de referencia para 1m2: grupo de tres Delospermum y alfombra de siete sedum). Todas esas combinaciones las he probado en mi casa en Madrid. Las regaba una vez a la semana en verano, y nada el resto del año. Lo único que me fastidiaba un poco es que las flores de Lampranthus y Delosperma no duraban más de veinte días. ¿Hubieran durado más con riegos más frecuentes? En todo caso, el follaje nunca decayó, y ninguna de esas plantas ha muerto todavía.

En cuanto al acolchado mineral, yo creo que es imprescindible, no sólo por razones estéticas y por evitar malas hierbas, reducir evaporación, etc., (como todos los acolchados), sino que (¡sobre todo!) protege el cuello de sedum y demás plantas crasas de posibles pudriciones (hay muchas más posibilidades de cargarse un cactus por exceso de riego que por lo contrario).

Indian Summer (2ª parte)

Septiembre 2011

En España los bosques de “planicaducifolios” (traducido: árboles de hoja ancha y caduca) se encuentran principalmente en el tercio norte, “Iberia húmeda”, o como se le quiera llamar; más abajo, sólo dominarán los fresnos, o los melojos, o cualquier otra frondosa de hoja caduca, allí donde el suelo sea algo más fresco y profundo, el calor menos intenso… Por eso no pueden dominar en los suelos castigados de La Rama de Oro. El arbolado dominante pasa a ser de encina, alcornoque, enebro, pino piñonero y carrasco. El del paisaje mediterráneo, con menos hoja caduca y más hoja perenne. Lo que equivale a decir: con más eficacia energética, menos derroche. Lo que equivale a decir: con menos otoño. (véase Los Bosques Ibéricos, Ed. Planeta, VVAA, en especial pp.269-272)

El verano indio es un privilegio del bosque templado americano. A otra escala, hay colores fastuosos en bosques y jardines de Japón. Y aunque nuestros bosques europeos de frondosas –hayedos, carballeiras, melojares…– se encienden y centellean con el veranillo de San Martín, no resisten la comparación, ni en variedad ni en envergadura, con sus primos americanos.

Hoy sabemos que no siempre fue así. Los fósiles prueban que en el terciario nuestros bosques de Europa eran tan ricos como los de América. La razón de nuestra inferioridad actual tendría que ver con la disposición este-oeste de las cadenas montañosas –Sistema Central, Pirineos, Alpes, Cárpatos…– así como con la intromisión del mar Mediterráneo. Entre unas y otro impidieron que en los períodos interglaciares de la era cuaternaria (cuando el tiempo se caldeaba un poco, con la retirada temporal de los hielos) la rica vegetación del terciario, literalmente refugiada en sus cuarteles del sur, volviera a subir hacia latitudes más altas. Lo que no sucedió en América del Norte, donde todos los sistemas montañosos tienen una orientación norte-sur.

En nuestros bosques europeos este verano tardío no es un “indian summer” de escarlatas y púrpuras; nuestro otoño tiende al amarillo, me parece, más al amarillo que al rojo: el amarillo de los chopos, de los abedules, de los cerezos. Nuestro otoño es, por ejemplo, un veranillo de San Martín leonés, berciano, de oro viejo, ocres y ámbar. Hay tramos de la N-VI, entre Ponferrada y Sarria, en los que los bosques de castaños y carballos (y en menor medida, de cerezos, serbales, bosquetes de abedules…) hacen que las laderas –especialmente por las mañanas, cuando uno conduce con el sol detrás– parezcan un mar de reflejos amarillos y verdes. La escena es tan consoladora que hace olvidar por un momento los otros tramos, más numerosos, que no son sino una sucesión de tierra quemada y vuelta a quemar, donde los brezos o, en el mejor de los casos, las retamas y los tojos, intentan reiniciar la sucesión ecológica que en cien, ¿doscientos años? permitirá que vuelva el bosque. Los colores se repiten en las faldas de Picos de Europa, en lo que nos queda de robledales y hayedos de la cornisa cantábrica, en los castañares de Gerona… Una mezcla espesa de todo esto, con el añadido de los setos de carpes y hayas, se puede ver ahora mismo, ya, en el bosque de La Granja, por los caminos umbríos que suben hacia El Mar.

Uvas  en La Rama de Oro.

En cuanto a La Rama de Oro, como en todo el paisaje circundante de la zona suroeste de Madrid, el premio se lo llevan los terebintos, de los que no puedo evitar hablar a cada paso. ¡Y las cepas de «morenillo» (variedad de cariñena ) y tempranillo!.  Pero ni siquiera aquí llevamos ventaja. Las “viñas vírgenes”, de un púrpura subido (que no es fácil comparar con nada), no han recibido su nombre por ninguna razón que tenga que ver con la virginidad: lo han recibido de su supuesto lugar de origen, Virginia, en los EEUU. Otra vez las glaciaciones. Y sin embargo, ahora que lo pienso, las uvas de la viña virgen no valen nada. Los rojos y escarlatas que no vemos en nuestros bosques, tan cabizbajos en comparación, sí los veremos  correr y burbujear el año que viene …¡en las bodegas!.

Amarillos y valientes

Febrero 2011

El año empieza en amarillo. Las flores aparecen –cuando febrero ya se termina– en las copas  de las mimosas, las alfombras de narcisos, las ramas rígidas y todavía sin hojas de los Jasminun nudiflorum.  En los jardines del norte, el amarillo de los Hamamelis. En el campo, el amarillo pálido de los amentos de  sauces y avellanos, de las flores en racimo de los cornejos comunes, el amarillo-azufre de los jaramagos entre las viñas. Y es siempre un amarillo valiente, que aguanta el frío nocturno, rozando en ocasiones los cero grados, y también el contraste cada vez más acusado con las máximas diurnas. Que incluso resistirán un retroceso a primeros de marzo. Alguna helada furtiva. Buenos chaparrones. Sólo algunos blancos puntean este dominio del amarillo precoz. Los almendros, durillos, galantus… Una nueva oleada primaveral de amarillos vendrá enseguida, en menos de un mes, cuando rompan a florecer forsitias y mahonias. En el entretanto ya se habrán hecho notar otros colores: jacintos azules, rosas y blancos en los alféizares de las ventanas; los primerísimos iris de jardín (los más pequeños: iris de Argel, unguicularis, etc); camelias y azaleas en los jardines húmedos del norte.

Este amarillo, sin embargo,  no trae todavía la primavera. La de verdad. La que llega –para quedarse– cuando los mirlos andan tonteando por los setos, y las yemas de todos los árboles se hinchan de día en día, casi de hora en hora, y se empieza a detectar un cierto olor a cebollino por el prado, que ya verdea con fuerza. El olor de los Ornithogalum. Minúsculos muscaris, que por Castilla llaman nazarenos, asomarán con ellos entre la hierba de los prados fértiles. Todavía falta un poco. Ornithogalum y muscaris florecen deprisa y corriendo en las praderas del Parque del Retiro. No les queda otra. Solícitos jardineros vendrán enseguida a segar y volver a segar la hierba en cuanto pase de un palmo de altura. Con eso favorecen la instalación de las gramíneas (genéticamente adaptadas al ramoneo de los herbívoros, ancestros de la segadora),  que después regarán todo el verano, inmersos en esa inercia absurda del regar-segar, regar-segar, que constituye el grueso del trabajo estival en los jardines convencionales. Ahora, a las puertas de marzo, es el momento de elegir entre pradera autóctona, por definición estacional, llena de flores multicolores, con su cortejo de insectos y pájaros, o monótono césped a la inglesa ( pero sin la lluvia de Inglaterra). E incluso en zonas donde hay carteles que prohíben pisar la hierba, incluso en esas zonas donde nadie puede tumbarse o andar descalzo, se ha optado por lo segundo. ¡Amarillos y valientes, los dientes de león vendrán en pleno verano a retar  al jardinero!.

Indian Summer (1ª parte)

Noviembre 2010

Otoño en el río Hudson, el cuadro más conocido de J. F. Cropsey fue mostrado al público por primera vez en la Exposición Internacional de Londres de 1862. Cropsey, nacido en Nueva York, llevaba ya varios años instalado en Inglaterra, de modo que el cuadro no lo pintó al natural, sentado con su caballete frente al bosque encendido de los Arriondack, un lánguido y fresco atardecer de octubre. Cropsey pintó este Otoño en el Hudson en una habitación de hotel junto al Támesis, sirviéndose de sus recuerdos y, sobre todo, de la colección de hojas secas y prensadas que habían viajado con él desde el Nuevo Mundo. El público londinense juzgó que el colorido de los árboles de aquel cuadro –arces, abedules, olmos, cerezos…– era sencillamente imposible: untrue, unbelievable. Así que, para convencerles de que su obra era el fiel reflejo de la realidad y no una idealización de gusto prerrafaelista, Cropsey instaló junto al cuadro un pequeño bastidor de cartón en el que fue colocando su colección de hojas secas. El éxito fue completo. A partir de ese momento el autor del lienzo quedo consagrado como pintor oficial del indian summer[1].

La anécdota está recogida en el catálogo de la exposición “Explorar el Edén. El paisaje americano del siglo XIX” que orgánizó hace unos años el Museo Thyssen. Algunos de los cuadros de esa exposición están aquí de forma permanente, en los fondos del Museo. Así que, gracias al buen gusto del difunto Barón (y a la cabezonería de su señora), a los ciudadanos de Madrid no les hace falta cruzar el océano para entender lo que significa el verano indio, el veranillo de San Martín o “verano en otoño” de la región de los Grandes Lagos. Basta con acercarse al Paseo de Recoletos y buscar El lago Greenwood por las salas del primer piso del Museo Thyssen. Es una de las últimas obras de Cropsey. Allí están, entre otras frondosas de hoja caduca, los protagonistas absolutos de septiembre y octubre: el arce rojo y el arce de azúcar, inflamando el bosque durante semanas antes de la entrada del invierno.

La explicación botánica vendría a ser ésta: la clorofila, pigmento verde encargado de realizar la fotosíntesis, empieza a trabajar menos cuando, hacia finales del verano, la disminución de horas de luz es ya perceptible, lo que coincide con las menores necesidades energéticas de las plantas y con la máxima acumulación de azúcares en las hojas. Comienza entonces la traslocación de esos azúcares hacia las raíces y otros puntos de almacenaje de reservas. Pero mientras ese viaje descendente concluye, durante las semanas anteriores a la caída de la hoja, la clorofila (que ya ha terminado su faena) le cede la plaza a otros pigmentos, esto es, a los amarillos, naranjas, escarlatas: los colores del ocaso, los mismos que vemos en el cielo de los primeros atardeceres de otoño, y en esos paisajes arrebolados del Museo Thyssen.


[1] Para la descripción literaria de lo que contenía el bastidor con hojas secas de Cropsey se encuentra en la obra de un contemporáneo, Colores de Otoño (Olañeta, 2002), el opúsculo de H. D. Thoreau sobre los bosques de su Massachussets natal: “No comprendo qué hacían los puritanos en esta estación –escribió– cuando los arces llamean de carmín. Sin duda no rezaban en estos bosques. Quizá por eso construyeron sus templos y los cercaron rodeándolos de caballerizas…”.

Dalias en Madrid

Octubre 2010

Los primeros tubérculos de dalias que llegaron a Europa los tuvo en sus manos el Abate Cavanilles. Hombre ilustrado, preocupado por la mejora de las condiciones de vida de sus paisanos, el abate centró su interés en el posible valor nutritivo del tubérculo, el cual, según le constaba, formaba parte de la dieta de los indios mexicanos. Le prepararon una cama mullida junto a la de las patatas, otro tubérculo ya bien conocido con el que se le creía emparentado. Pero no debía de estarlo, a pesar de las similitudes “subterráneas”, pues a medida que la plantita crecía sus brotes y hojas recordaban vagamente ¿a las del pimiento?. Por fin aparecieron los primeros capullos. Resultó que la flor, una flor grande de pétalos coloreados, no tenía nada que ver ni con las flores de la patata ni con las del pimiento. A quien sí se parecía, y mucho, era a los crisantemos. Florecía al mismo tiempo que ellos –hacia finales del verano– y su belleza dejaba en ridículo a las humildes flores de  patateras y pimenteros.

Dahlias ‘David Howard’ y ‘Prescot Julie’ en el Jardin Botánico de Oxford.

La planta produjo un amasijo de nuevos tubérculos. El abate quizá se animó a probarlo, y quizá pensó que no estaba del todo mal… a falta de algo mejor. A su amigo Andreas Dahl, botánico como él, le hizo llegar un tubérculo a Suecia, para que también allí lo estudiaran con detenimiento. ¿Floreció ese segundo tubérculo viajero?. Si lo enterraron en el exterior, es seguro que no, pues la dahlia, como la nombró desde entonces el propio Cavanilles, no soporta el frío. Necesita las temperaturas suaves y el suelo fértil, siempre fresco, de su zona de origen, en los valles templados de México y Centroamérica.

De la historia anterior quedan algunas huellas en Madrid. En el Real Jardín Botánico, que dirigió durante un tiempo, puede verse una estatua en granito del abate Cavanilles: la flor que lleva en su mano derecha es una dahlia. En el Botánico hay una importante colección de dalias, unas más saludables que otras, aunque las Dalias Imperata, que en su país pasan de 4 metros de alto, aquí no pasan de metro y medio y tienen problemas para florecer. La “dalieda” de San Francisco el Grande ha sido recientemente restaurada, en terrazas ajardinadas que bajan paralelas a la fachada de la iglesia. Tampoco son éstas las dalias más felices que uno pueda encontrarse. ¡Qué diferentes a sus primas inglesas,  que en este mismo momento del año, mientras las madrileñas caen en picado, se yerguen altivas y jugosas en sus “mixed borders”!.

Leo en un Atlas de Jardinería que la dalia tardó unos 40 años en dejar el huerto y pasar a  ocupar un lugar de honor en los bancales de flores. En la historia de los miles de hibridaciones entre dalias el protagonismo es para los viveros belgas e ingleses. En 1812, con el estruendo de los cañones de Napoleón en los oídos, un tal Mr. Donckelaar consiguió crear en Lovaina las primeras dalias dobles, cuyas flores podían llegar a los 20 cm de diámetro. Nada que ver con lo que nuestro abate lleva en su mano derecha (quizá una D. variabilis, de sencillos pétalos rojo carmín).

Las dalias exuberantes y de colores chillones, tipo cactus, tipo pompón, tipo peonía… pasaron de moda hace años, al compás de las tendencias minimalistas, que también en el jardín impusieron la austeridad y la sencillez como norma. Pero ha ido pasando el tiempo y otra vez han cambiado las tornas: las dalias están de regreso, quizá para quedarse, gracias a esos vivarachos “hot-borders” puestos de moda por los audaces jardineros ingleses.

No todas las dalias producen tubérculos, pero sí la mayoría. Lo suyo es enterrarlas en marzo-abril (para ser más precisos: cuando la tierra esté ya algo caliente, como con las patatas), en un sustrato permeable y rico, y desenterrarse en cuanto las hojas se marchiten, unos días después de terminarse la floración, lo que ocurrirá entre mediados de agosto y  principios de octubre según la variedad. Al tiempo que se planta se deja instalado un buen soporte, preferentemente metálico, pero con 3 ó 4 cañas limpias, derechas y bien cortadas, unidas con cordel a dos diferentes alturas, se hace también un buen apaño (no sé como estarán ahora en el R. J. Botánico –hace ya un par de años que no voy– pero hubo un tiempo en que me enfadaba al ver tantas dalias revolcándose malamente por el suelo, entre cordeles anudados de cualquier manera y casi a cualquier cosa). Desde ese momento, riegos crecientes (a medida que se despliega el follaje), y abono rico en potasio para sostener la floración. Yo uso siempre abonos orgánicos; en su defecto, un puñado de humus de vez en cuando (¿una vez al mes, por ejemplo?). Terminado el ciclo, el tubérculo sólo puede quedarse enterrado (aunque no creo que nadie se atreva a recomendarlo) en zonas libres de helada. Si no es éste el caso, se desentierran los tubérculos, se cortan con unas tijeras afiladas los restos de tallos y brotes, se limpian de tierra, y se guardan en la bodega, garaje, sobrado o similar (lugar fresco, aireado y oscuro), envueltos entre serrín y virutas (el que las tenga; si no: tiras de periódico) bien apretados unos contra otros en una caja de madera.  Se humedecen un poco, sin empaparlos jamás. Y lo mismo vale para gladiolos y cañas índicas, que forman, junto a las dalias, la tríada más conocida de “bulbosas” de otoño.

Como las dalias no aguantan ni el frío ni la sequía extremos, en España se dan mejor en zonas de clima oceánico que en zonas continentales. Y mejor todavía, puestos a elegir, en el interior de las provincias costeras, en tercera o cuarta línea tierra adentro. De lo contrario, el aire excesivamente húmedo hará que se malogre el follaje de la dalia, como le sucede sistemáticamente a las rosas cultivadas junto al mar.

Esto que acabo de contar es un resumen de mi experiencia con las dalias. Pienso que, aunque su historia pasa por Madrid, es difícil que plantas adaptadas al clima de los valles templados de Centroamérica puedan acostumbrarse así como así al interminable, agotador verano madrileño, y tampoco al fugaz otoño que le sigue, con días aún muy cálidos pero con noches ya fresquísimas… Ese contraste de temperaturas, unida a la necesidad de regar la planta (intransigente en este punto) hace que las más de las veces presente manchas blanquecinas en sus hojas. Cultivarlas por aquí es buscarse un lío, algo así como convencer a uno de Londres, o de La Coruña, de que llene su jardín de tomillos. ¿Hay que renunciar entonces a su cultivo en Madrid?. Seguramente es lo más sensato… pero yo no le hecho. Lo asumo como un pequeño capricho, como la excepción (¡jamás la regla, y en todo caso siempre en maceta!), en un jardín que intento hacer sostenible y “racional”.

Dalias ‘Bo Kai’ en mi terraza de Madrid, octubre 2008.

Así que esta dahlia Bo Kai sigue conmigo: una planta preciosa y difícil que me hace trabajar mucho y nunca estará del todo contenta a mi lado.

Un aire de familia

Junio 2011


Las zigenas de 6 puntos, zigenas comunes, son polillas diurnas habituales en La Rama de Oro. Leo en la guía de M. Chinery: “abundante en zonas herbosas y con flores entre mayo y agosto; intensamente atraída por las flores de la centaura negra y la escabiosa”.  Escabiosas las hay a miles, y también centaureas, mezcladas con eringios y diferentes gramíneas anuales. La oruga se alimenta de leguminosas silvestres. Aquí, donde se sacó la foto, muy cerca del cauce de aguas pluviales, abundan en primavera el meliloto, diversas vezas que no he identificado aún, y la alfalfa, esta última –vivaz y muy resistente, que se mantiene en flor hasta bien entrado el verano– fue sembrada con avena en marzo del 2007. Casi cinco años después de comprar la finca, estos son algunos resultados concretos de las decisiones que tomamos al llegar: no volver a arar (esa siembra de “abonos verdes” fue, de hecho, la última vez) y segar con tiento, poco a poco, dejando siempre islotes y franjas sin tocar. La primera foto es del 2009. La segunda es de hace un mes, en lo alto de unas judías ‘Helda’, sembradas en esa misma zona. Es decir, que estas de hoy podrían ser, quizá, ¿las nietas de las que se apareaban tranquilamente hace dos años?.

Arlequín

Junio 2011

Cuando vi el apareamiento de dos mariposas arlequín no llevaba la cámara encima. Era a principios de mayo y se había levantado un fuerte viento. Ellas estaban acopladas la una a la otra sobre una hoja de fresa, a punto de dejarse vencer por las ráfagas de aire. Así que me acuclillé a barlovento, haciendo un parapeto con mi propio cuerpo para que terminaran en paz lo que habían comenzado, y les saqué una foto muy mala con el teléfono móvil. Tardé ¡dos meses! en encontrar la planta de aristoloquia de la que se nutren sus orugas. En el libro que consulté no había una segunda posibilidad: la oruga de arlequín sólo se alimenta de aristoloquias. Encontré la planta no muy lejos del fresal donde se apareaban los adultos. No muy lejos pero bien escondida, entre dos rocas enormes que incluso en pleno verano conservan  fresca la tierra en su base. Iba a plantar allí unos calabacines, por eso encontré la planta. No llegué a ver las orugas. Dejé que ese rincón se llenara de hierbas y ya no volví. En este punto, como cuando cuento la cópula acrobática de las libélulas, simplemente hay que creérselo: un puñado de orugas de mariposa arlequín han engordado y pupado esta primavera en ese rincón húmedo donde iba a poner yo los calabacines. Con un poco de suerte la próxima primavera se dejará ver su descendencia, y con un poco más de suerte todavía, fotografiar.