«Los colores del mañana. Central funcionando con geranio enriquecido»
Cosas más raras se han visto. A ver si ésta, u otras aún mejores, nos esperan a la vuelta del 2014. Feliz Navidad para todos desde LRO.
(Postal: plonkandreplonk.ch)
Una buena noticia para LRO:
http://www.publico.es/488984/eurovegas-pincha-en-espana
http://ccaa.elpais.com/ccaa/2013/12/14/madrid/1387045135_871303.html
http://www.abc.es/madrid/20131213/abci-eurovegas-madrid-201312131121.html
Para celebrarlo, hemos comprado en el súper una botellita de «Viuda de Clicquot Ponsardin», una dorada bien gorda (que en estos momentos está en el horno, con unas patatas de la huerta), y un ciclamen enano que decorará la mesa y después se volverá a la ventana. Un amigo muy cachondo nos dijo hace dos años que si «aquello» salía adelante toda la tierra en un radio de treinta o cuarenta kilómetros (LRO incluida) se revalorizaría muchísimo. Lo dijo con buena intención, lo sé. Pero a mí me entraron ganas (siempre desde el cariño) de saltarle allí mismo a la yugular.
Un solo ejemplo. En LRO a duras penas conseguimos regar en verano nuestras cuatro minúsculas huertas… Hemos renunciado a las frambuesas, y ni se nos pasa por la cabeza plantar ningún árbol que no sea capaz de sobrevivir a las sequías pertinaces. ¿De dónde pensaban sacar el agua estos señores para llenar las cisternas de seis casinos y doce «complejos vacacionales» (36.000 habitaciones)…?.
Aunque sólo fuera por eso, hoy ya estaría justificado cenar con champán.
La etiqueta de la botella, la más cara que hemos comprado nunca, dice que está hecho con las siguientes uvas: pinot noir, chardonnay y pinot meunier. Variedades muy finas, con las que se hacen también los mejores borgoñas.
La dorada al horno la preparamos así: con unas rajitas en el lomo rellenas de jamón, y toda la bandeja cubierta de cebolla, rodajas de patatas, limón y vino blanco. Y unos pimientos de LRO, que a catorce de diciembre todavía están como el primer día.
Los ciclámenes aguantan bien el frío, como los pensamientos. Lo que no soportarían es el ambiente de una habitación caldeada. Proceden de Oriente Medio: de Israel, Líbano, Siria…y hasta Persia. Su floración coincide, pues, con la recogida de la aceituna (de noviembre a enero)
Jardín Botánico de Basilea. Diciembre.
Una opulenta orquídea azul pastel (Vanda caerulea o alguno de sus híbridos) y un pájaro casi turquesa (Irena puella), pendenciero y seguro de sí mismo, que nos recordó mucho a nuestros rabilargos. Antes era difícil encontrar Vandas en las tiendas de jardinería. En el viejo manual de orquídeas que tengo encima de la mesa («Superbes orchidées», ed.Chanticleer) ni siquiera las incluyen. Pero recientemente las he visto en un gran centro de venta para mayoristas, en Madrid. Lo que significa que han dejado de ser una rareza cara. Las venden con las raíces prácticamente al aire, apenas protegidas con un poco de musgo, y enganchadas a un minúsculo cesto de madera que cuelga del techo con un hilo de nylon. ¡Nada que ver con las acomodaticias Phalaenopsis! Las Vandas, aquí, sólo podrían cultivarse en una galería muy iluminada (pero con posibilidad de atenuar la luz en verano), y con un humidificador encendido casi permanentemente. O bien en el baño, si uno tiene la suerte de tenerlo orientado al sur. Complicado. Complicadísimo, en realidad, a menos que se puedan reproducir las condiciones de luz, calor y humedad de – pongamos- las selvas de Mindanao. (Luz intensa de mañana, lluvia fina a mediodía, bruma y nubes al atardecer, humedad constante del océano y de la propia selva, bombeando y transpirando sin descanso, todos los días del año, todas las horas del día….)
Alternativa: renunciar; disfrutar de las Vandas en las fotografías de los libros y en los invernaderos de los jardines botánicos; mirar ahora mismo por la ventana y agradecer la silenciosa floración del durillo, tan consoladora en pleno invierno.
En una playa de la Costa da Morte, repantingada al sol en lo alto de las rocas, leí entre los 9 y los ¿15? años los libros más importantes, los que nunca se olvidan, y no porque sean especialmente buenos – que no lo son- sino porque se leen con una furia loca que sólo se puede tener a esa edad. Ese batiburrillo de lecturas, en el que conviven sin estorbarse Mortadelo y Simone de Beauvoir (por ejemplo), termina educándote el oído, enseñándote a poner más o menos bien los puntos y las comas, y abriéndote la puerta (aunque de esto no te das cuenta hasta más tarde) al único refugio seguro, personal e intransferible, que pase lo que pase, caigas donde caigas, tendrás a lo largo de tu vida.
En esta playa de la Costa da Morte los niños hacíamos naves espaciales utilizando los palos, botellas, redes, trozos de plástico, que llegaban con las olas. Cuando nos cabreábamos unos con otros (lo habitual al final del día), nos liábamos a patadas con las naves enemigas… y todo el fuselaje volvía al mar. A veces llegaban cadáveres de delfines. Olían muy mal, y a alguno hubo que enterrarlo en la arena. Otras veces llegaban cosas más insólitas. Un obús, por ejemplo, que vinieron a llevarse unos militares de La Coruña. En otra ocasión –la más celebrada en nuestros recuerdos- mi madre y la vecina encontraron un muerto. Sin cara, muy destrozado. Un secretario del juzgado vino a levantar acta. Y después se lo llevaron, como el obús, a La Coruña. No volvimos a saber de aquel hombre, que ni fue identificado ni nadie reclamó.
En esta misma playa mi padre nos enseñó a colocar unos sedales con cebo (miñocas bien gordas) sujetos con una piedra en la línea de la marea baja. Nunca jamás pescamos nada, por descontado, aquello era una completa “toleada”. Pero en una ocasión quedó prendida una gaviota. Nos la llevamos a casa sin dudarlo un segundo. Le quitamos el anzuelo del gaznate y la dejamos descansando en el garaje, con un platillo lleno de agua y restos de comida. La gaviota se puso bien enseguida, ¡y resultó tener un genio de mil demonios!: cuando nos asomábamos a ver cómo iba, la muy bruta se echaba a Dios, chillando y aleteando y amenazando con mordernos. En cuanto le dimos el alta médica (creo recordar que ya al día siguiente) nuestra gaviota se marchó sin mirar atrás, volando con energía mar adentro.
En esta playa de la Costa da Morte (en la bajada a la playa, mejor dicho: https://laramadeoro.com/2012/08/15/brezos-brecinas-queirugas/ ) aprendí, ya veinteañera, a distinguir las gramíneas más comunes y las diferencias entre unos y otros tipos de brezo. Una vez me llené el bolsillo del pantalón de semillas de Briza minima, y después las sembré en una maceta, en el alféizar de la casa de Madrid. Mis perros, en particular estos últimos, que son castellano-manchegos, disfrutan como locos bajando a la carrera por ese prado, y escarbando después en la arena húmeda de la orilla.
A esta playa se acercaban con frecuencia los percebeiros furtivos. Un día uno de ellos me confundió con alguien de la Xunta, quizá alguna inspectora del Concello, no sé. Yo bajaba por el camino, con los perros, e hice como que no le veía ( confieso que no me paré a pensar si aquello estaba bien o mal). Pero él también me vió a mí. No había nadie más en la playa, era tempranísimo. Como alma que lleva el diablo, el furtivo soltó la redecilla que tenía en la mano y desapareció “súbito” monte arriba, escalando las mismas rocas por donde, imagino, había bajado. Yo me quedé leyendo un buen rato, acurrucada en la arena al pie de las rocas. Los perros se bañaron y anduvieron por ahí husmeando. Subió la marea, cerré el libro, y, sin pensármelo dos veces, eché mano de aquella redecilla que iba a llevarse el mar. Kilo y medio de hermosos percebes, que mi madre coció en un visto y no visto –casi tan rápido como el furtivo escaló el monte- con un poco de sal y unas hojas de laurel.
Pasaron los años. Del Concello mandaron a alguien para que desbrozara el camino de bajada a la playa. Hasta entonces lo habían mantenido franqueable las dos vacas de una señora de la aldea (siempre vestida de negro, siempre triste, huraña). La señora se murió, y no sabemos qué pasó con las vacas. Con el tiempo los del Concello instalarían también unas escaleras, una especie de cajones de madera rellenos de tierra compactada con cal. Quedaron bien. Pero a mí me hubiera gustado que, ya puestos, instalaran también un contenedor de basura en la parte alta del camino, y que vinieran a vaciarlo una vez a la semana, etc.. No lo trajeron, pero sí uno de esos paneles informativos, tan vistosos.
Y en ésas andábamos cuando, una noche de noviembre de 2002, un viejo barco (fabricado en Japón, propiedad de una compañía de Liberia, con bandera de Las Bahamas, registrado en Grecia, asegurado en Londres) cargado de fuelóleo (propiedad de una compañía rusa, con sede en Suiza,), procedente de Letonia y con destino Singapur…
se partió en el mar y cubrió de negro la playa.
***********************
Once años después, las rocas siguen negras. La foto es de hace dos meses. Sí, es verdad que vuelve a haber mejillones. Pocos, pero empieza a haberlos. También se ven algunas de esas anémonas verdes y rojizas que siempre me han recordado la fruta escarchada de los roscones de Reyes. No he vuelto a ver cangrejos, ni lorchos, esos peces feísimos que antes nadaban en todas las pozas de la playa. Pero no me atrevo a decir que no los haya. Quizá tendría que buscarlos con más afán. Eso sí: antes estaban ahí siempre, sin necesidad de llamarles para que vinieran. Vuelve a haber percebes, es verdad (… y sería bueno que ni los furtivos ni las vecinas sin conciencia, como la que esto escribe, fueran a meterles mano). A veces se ven correlimos, u otros pájaros parecidos que no puedo distinguir sin prismáticos, correteando por la orilla. Pero menos, muchos menos que antes. Y ahora me parece mentira, teniendo en cuenta que yo bajaba sobre todo a leer, lo bien que lo recuerdo todo: la de tesoros escurridizos y viscosos que crecían entre las grietas, la cantidad de pájaros que había, lo mullidas que estaban las rocas, al trepar por ellas descalza, porque había alfombras de “herba de namorar” cubriéndolas.
Las escaleritas de madera se han deteriorado mucho, y en el Concello ya no hay dinero para arreglarlas. Las hierbas se van enseñoreando de ellas poco a poco. Pero a los turistas no parece importarles. De hecho, cada año vienen más, y quizá porque no tienen recuerdos, a ellos esas piedras negras no les dicen nada. Creerán que la playa siempre ha sido así.
Continuación de «Vino casero en cinco pasos (más o menos)»: 5 (fermentación maloláctica)
Paso anterior: https://laramadeoro.com/2013/11/07/aguachirle/
He recibido noticias de Pedro, el amigo que se ha quedado a cargo del vino estos días que yo estoy fuera. El vino no dormía: se hacía el dormido. Lentamente, silenciosamente, el ácido málico empieza por fin a convertirse en láctico (sobre todo en la cuba de acero, columna de la derecha). La cromatografía que me ha enviado Pedro parece una acuarela cubista: el papel secante -ya empapado en el reactivo (1)- va revelando la presencia de los diferentes ácidos en forma de manchurrones amarillos, más o menos intensos. El tartárico primero, el málico después, y arriba de todo, el láctico. Pero esto es sólo un comienzo. Hay que aprender a esperar. La segunda fermentación es muy lenta, discretísima, sin los borboteos y las «fiebres» de la primera. Para que el proceso arrancara tuvimos que dejar programada la calefacción (bomba de aire) seis horas al día, a 21º, siempre de noche. Un buen aislamiento de las cubas, con esas mantas térmicas que se utilizan para las paredes de las casas, hubiera sido perfecto. Pero en el pueblo no las tenían; me las encargaban, dijeron, sólo si compraba los rollos completos. Durante un par de semanas de octubre, las envolvimos con plástico de burbujas y mantas de casa. Estos días, sin embargo, cuando ya se ha echado encima el frío de verdad, no hay mantas ni plásticos que valgan.
Por lo demás, apenas ha llovido por nuestra zona. En los registros que encuentro en la red se dice que el agua recogida en noviembre no llega a quince litros. Es decir, nada. El cereal germinado con la lluvia de octubre (y ya de por sí escaso: cada vez se siembra menos) se quedará raquítico y débil, demasiado poca cosa todavía para aguantar con decoro estas primeras heladas. En las huertas de LRO todos estarán durmiendo o, como el vino, haciéndose los dormidos. Todos se callan y esperan, qué remedio, mientras cuentan los días que faltan para que vuelva el sol. Así las semillas de las amapolas, que cada año empiezan de cero, las yemas de todos los árboles, las salamanquesas entre las piedras de la casilla, los ratones en la bodega, las serpientes de escalera en los tubos de drenaje (comidos por las hierbas, ya no drenan nada), las tijeretas debajo de los tiestos, las mariquitas que se apretujan hasta incrustarse – de canto- entre la corteza de las cepas viejas.
(1) El papel, el reactivo, y el indicador (azul) se vende todo junto on-line, en un «kit de fermentación maloláctica».