Terebintos, zumaques, pistacheros

Noviembre 2010

Hay dos arbustos en La Rama de Oro que se comen literalmente el otoño. Mires hacia donde mires, allí están. Son el terebinto, que tiende al rojo a partir de finales de octubre, y el zumaque, que va pasando del ámbar (cuando la mitad de las hojas están todavía verdes) al naranja intenso. Son de la misma familia, la familia del anacardo y del  pistachero.  Los dos destacan fuertemente contra el verde oscuro de las encinas.  Los dos pierden su follaje muy poco después. Sobre la ramas quedan, en el caso del terebinto, esas agallas en forma de cuerno que justifican el nombre local de “cornicabra” (como esa variedad de olivo que inunda Castilla). En el caso del zumaque, los tirsos florales, que se mantienen erguidos –aunque ennegrecidos y mustios– hasta que la lluvia y el viento los vencen.

Los zumaques no son exactamente autóctonos. He leído que los trajeron los árabes en el siglo X, y que sus ramas, ricas en taninos, se usaban hasta anteayer para curtir pieles. Un amigo ciclista, que se conoce muy bien todos los caminos, me hizo observar que no había muchos zumaques en la zona; que, en realidad, sólo los había en dos o tres fincas. ¿Es posible, entonces, que fueran plantados deliberadamente, por la misma persona que después, en agosto, cortaba los ramos del año y los ponía a macerar?. En el pueblo hay una calle que se llama así: calle de las tenerías. ¿Es posible, entonces, que los propietarios anteriores a los anteriores propietarios –que de esto no saben nada– se dedicaran a curtir pieles?. ¿Es posible que en La Rama de Oro hubiera ganado a principios del pasado siglo, vacas de raza avileña, negras y mansas, como las que todavía cría uno de mis vecinos?.En cuanto al terebinto/cornicabra, otro vecino me dijo que hacía años habían intentado desde no sé qué organismo oficial animar a los agricultores de la zona a injertar en ellos pistacheros. Pero el injerto era trabajoso, las marras muchas. No sé si fue por cansancio, o por desidia, o por la lentitud del árbol en empezar a producir, pero la cosa quedó en nada. En La Rama de Oro se han plantado ocho pistacheros ya injertados; de momento van creciendo, pero tan lentamente que parece que no, que no quisieran crecer ni estar ahí (un par de centímetros al año, y con desgana). Creo que, a pesar de lo que dicen los libros, habría que regarlos muchísimo más (yo sólo lo hago dos veces al mes). Las hojas no se colorean en otoño; se ponen lacias y un buen día caen al suelo, sin llamar ni poco ni mucho la atención.

Zumaques y terebintos son otra cosa, aunque su fruto no se coma ni el arbusto, en realidad, tenga ya ningún aprovechamiento.

Donde crecen juntos, hombro con hombro, creo que el zumaque le gana terreno al terebinto. Sus raíces son fuertemente invasivas, pero además produce cientos de semillas aplanadas y peludas. Los pequeños frutos del terebinto (¿pistachos silvestres?) se los comen algunos pájaros, y las raíces, aunque también vigorosas, parecen ceder ante las del zumaque. Pero no lo sé seguro. Sólo es una impresión de estos cinco años: las colinas de La Rama de Oro dominadas por los zumaques no paran de crecer y extenderse.

Salvajes y azules

Junio 2010

Son los acianos, las borrajas y las achicorias. Tres azules que cualquiera puede ver cuando cruza España entre mayo y septiembre. No son iguales, sin embargo.

El azul de los acianos es intenso y brillante, con reflejos morados en el interior de su sofisticada cabezuela. Su lugar está en las orillas de los campos de trigo, mezclado con las amapolas y las manzanillas. En La Rama de Oro se sembraron hace tiempo en una tira de flores junto a las moras. Pero la tierra no era la que ellos buscaban; con seguridad necesitaban un suelo algo más fresco, más rico, y quizá más suelto. Las flores silvestres no aceptan que se las lleve y se las traiga.

El azul de las borrajas es plano. Un azul mate, sin matices. La verdadera borraja, la de los libros de cocina, es probablemente una planta hortícola, aunque naturalizada –asilvestrada– en esos prados multicolores que enloquecen a las abejas, apicultores y abejarucos. Su lugar está en los huertos de suelo ligeramente calizo de la mitad norte; sus primas hermanas,  las rústicas anchusas, empiezan a florecer por aquí ya a mediados de mayo, como en todas las praderas estacionales del centro y sur de la península; viven con apenas nada, en unos suelos pobretones que estallan de color en mayo y junio para agostarse después en apenas quince días. Si por lo que sea reciben algo de agua en verano –en LRO, porque están muy cerca del montón de compost donde crecen las calabazas– las anchusas logran mantener su roseta de hojas ásperas hasta el invierno.

El azul de las achicorias, parecido al de la flor del romero, es el de un cielo despejado, limpio de nubes. Su lugar está en las escombreras y cunetas más martirizadas. Florecen rápido, cuando ya el calor aprieta, y sus tallos rígidos, hirsutos (como los de su prima hermana la “alijonjera”) le plantan cara a la hoz y se enredan en el nylon de la desbrozadora.

Hyacinthoides en abril.

Anagallis en julio.

Claro que hay otros azules. Pero lo cierto es que no son tan frecuentes como la gama inabarcable de blancos, rosas, violetas. En La Rama de Oro crecen un puñado de jacintos silvestres; asoman su espiga de campanillas azulonas en abril, casi a escondidas, al abrigo de los zumaques y mirando al norte; por lo que voy leyendo, estos Hyacinthoides hyspanica debieron de ser más abundantes cuando por esta zona había más melojos que encinas, más madroños que almendros… más caballos que motos y “quads”.

Pero quizá el azul más persistente en LRO sea el de una planta minúscula, de hojas diminutas y tallos rastreros: desde junio en adelante, sin amilanarse por el calor, serpentea  entre cepas y olivos el azul pensativo (con esa gota de púrpura en la base de los pétalos) de las Anagalis foemina. Quizá el desbroce la haya favorecido, como al resto de plantas de yema baja.  A día de hoy, es nuestro azul cotidiano durante meses.

El terrón grande

Febrero 2010

La reproducción de la izquierda la pintó Alberto Durero en 1503. Está en el Museo Albertina de Viena. La foto de la derecha la hice hace un par de años, en un triángulo de separación entre dos carreteras por las que se accede al Puente del Pasaje (muy cerca de La Coruña). Aquel día llevaba parada unos diez minutos, sin poder incorporarme al puente, y de puro aburrimiento me fijé en la mancha verde que tenía a mi lado. Tres de las hierbas del “terrón” de Santa Cristina están también en la acuarela de Durero: el diente de león, el llantén, y la ¿pamplina?; son de diferentes especies, desde luego, pero pertenecen al mismo género: Taraxacum, Plantago, Stellaria. Son plantas de suelos húmedos (en El terrón grande se ve incluso un charco en la parte baja), reconocidas “malas hierbas” de los céspedes convencionales, cuyos dueños se resisten a dejar que se vayan transformando en (preciosas) praderas estacionales.

Recordar ese cuadro –que ví hace cinco años en una exposición de la Galería Albertina en Madrid– me hizo más corta la espera y me alegró la mañana.