¿A dónde han ido todas las flores?

¡A ninguna parte!. Sólo se han puesto a cubierto mientras esperan a que vuelva el sol. Pero están ahí mismo, en forma de yema, de tubérculo, de semilla sepultada bajo el hielo y los restos de hojas secas. Son las flores de la próxima primavera. Este petirrojo no lo sabe, ni tiene tiempo para aprenderlo. Mejor será darle algo de comer mientras la tierra acaba de girar alrededor del sol y recomienza su “tour” anual. Migas de pan, frutos secos, trozos de manzana. No hay que darles a los pajarucos cosas saladas, tampoco restos de comida cocinada, con excepción de verduras cocidas (patatas, sobre todo). Por ahí venden bolas de manteca con pipas y cacahuetes bien picados, especiales para páridos (carboneros y herrerillos, capaces de colgarse cabeza abajo, como acróbatas, bien agarrados a la bola). Estos comederos son fáciles de preparar en la cocina. No hay que tener reparos con la manteca: muchos, o la mayoría, de los pájaros que se acercarán a comer son carnívoros. Envuélvase la bola en una redecilla (en esta época del año seguro que hay alguna a mano, de esas en las que vienen las naranjas), y cuélguese donde se pueda, en un punto alto y no demasiado pegado a la casa. Y para los que no son páridos, como este petirrojo y toda la patulea de verderones, verdecillos, pinzones, etc., platillos anchos con el mismo menú, bien sujetos en la horcadura de un árbol (árbol sin hojas, copa despejada; NO una encina), en la “mesa” que forman los brazos desnudos de una cepa… donde sea, pero siempre en un lugar en el que se sientan seguros, es decir, lejos de nosotros y con buena visibilidad (para salir zumbando si se acerca una rapaz, un gato…). Mejor todavía es poner comederos a diferentes alturas. Los libros de “wildlife gardening” aconsejan ponerles también un poco de agua en recipientes poco profundos, y renovarla todos los días a mediodía (porque se congelará)…

El petirrojo de la foto sobrevive como puede entre el humo de las calefacciones de gasoil y los tejados nevados de la ciudad de Ginebra. En LRO se dejó ver uno este verano por las huertas. Deben de ser muy posesivos y territoriales, nada gregarios, porque siempre se les ve a su aire, sin compañía, o bien a la gresca con algún gorrión que haya osado asomarse. Son bastante frescos, incluso más que los mirlos.

¿Cómo sobrevivirán en invierno los pájaros más pequeños y frágiles de LRO, los que no se hayan marchado a África?. Supongo que se apañan  mejor que sus primos suizos. De todos modos, antes de venirme al norte les dejé las cabezuelas secas de los girasoles –a reventar de pipas– colgadas del bordillo de la parra. Otros años hemos dejado un comedero sujeto con piedras en un lugar bastante apartado, cerca de la alberca. Pero mucho más importante que los comederos –tan artificiales, al fin y al cabo– es haber dejado los arbustos sin podar, la pradera llena de hierbas secas. Estas zonas no son sólo depósitos de semillas para los pájaros que prefieran el menú vegetariano. Es que por ahí se refugian los insectos y larvas en invierno. También hemos dejado montones de manzanas y verduras estropeadas en zonas más o menos libres de helada. En esos composteros al sol (más o menos…), además de los restos vegetales, siempre se pueden rebuscar escarabajos y lombrices. Por otro lado, el pilón nunca se hiela en invierno, porque el chorro que sale ahora es desproporcionadamente potente para una lámina de agua tan pequeña… Las hojas de los iris están siempre empapadas y el chorro salpica incluso las piedras de alrededor.

Las flores siguen aquí, sólo que de otra manera. Se dejarán ver de nuevo muy a finales de febrero, cuando empiecen a espabilarse los almendros. Para entonces podremos desentendernos de los pájaros, que andarán ya buscándose unos a otros entre los arbustos, y será el momento de comenzar a podar las viñas.

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La letra de la canción que sigue –Where have all the flowers gone?– no trata, en realidad, ni de pájaros ni de flores. Es un alegato pacifista muy conocido, compuesto por Pete Seeger hace más de cincuenta años. Escojo esta versión, quizá un poco cansina –en comparación con la de Joan Baez, M.Dietricht, etc.–, porque, a pesar de eso, me sigue pareciendo la mejor y la más entrañable. Los que cantan en el vídeo son ya casi cuatro ancianos, Peter, Paul and Mary, que hicieron famosa la canción en los años 60, junto al propio Seeger. Aunque la letra no tenga nada que ver ¡con los comederos para pájaros!, sé que a esta gente no le hubiera parecido mal verla incluida aquí.

Dalias en Madrid

Octubre 2010

Los primeros tubérculos de dalias que llegaron a Europa los tuvo en sus manos el Abate Cavanilles. Hombre ilustrado, preocupado por la mejora de las condiciones de vida de sus paisanos, el abate centró su interés en el posible valor nutritivo del tubérculo, el cual, según le constaba, formaba parte de la dieta de los indios mexicanos. Le prepararon una cama mullida junto a la de las patatas, otro tubérculo ya bien conocido con el que se le creía emparentado. Pero no debía de estarlo, a pesar de las similitudes “subterráneas”, pues a medida que la plantita crecía sus brotes y hojas recordaban vagamente ¿a las del pimiento?. Por fin aparecieron los primeros capullos. Resultó que la flor, una flor grande de pétalos coloreados, no tenía nada que ver ni con las flores de la patata ni con las del pimiento. A quien sí se parecía, y mucho, era a los crisantemos. Florecía al mismo tiempo que ellos –hacia finales del verano– y su belleza dejaba en ridículo a las humildes flores de  patateras y pimenteros.

Dahlias ‘David Howard’ y ‘Prescot Julie’ en el Jardin Botánico de Oxford.

La planta produjo un amasijo de nuevos tubérculos. El abate quizá se animó a probarlo, y quizá pensó que no estaba del todo mal… a falta de algo mejor. A su amigo Andreas Dahl, botánico como él, le hizo llegar un tubérculo a Suecia, para que también allí lo estudiaran con detenimiento. ¿Floreció ese segundo tubérculo viajero?. Si lo enterraron en el exterior, es seguro que no, pues la dahlia, como la nombró desde entonces el propio Cavanilles, no soporta el frío. Necesita las temperaturas suaves y el suelo fértil, siempre fresco, de su zona de origen, en los valles templados de México y Centroamérica.

De la historia anterior quedan algunas huellas en Madrid. En el Real Jardín Botánico, que dirigió durante un tiempo, puede verse una estatua en granito del abate Cavanilles: la flor que lleva en su mano derecha es una dahlia. En el Botánico hay una importante colección de dalias, unas más saludables que otras, aunque las Dalias Imperata, que en su país pasan de 4 metros de alto, aquí no pasan de metro y medio y tienen problemas para florecer. La “dalieda” de San Francisco el Grande ha sido recientemente restaurada, en terrazas ajardinadas que bajan paralelas a la fachada de la iglesia. Tampoco son éstas las dalias más felices que uno pueda encontrarse. ¡Qué diferentes a sus primas inglesas,  que en este mismo momento del año, mientras las madrileñas caen en picado, se yerguen altivas y jugosas en sus “mixed borders”!.

Leo en un Atlas de Jardinería que la dalia tardó unos 40 años en dejar el huerto y pasar a  ocupar un lugar de honor en los bancales de flores. En la historia de los miles de hibridaciones entre dalias el protagonismo es para los viveros belgas e ingleses. En 1812, con el estruendo de los cañones de Napoleón en los oídos, un tal Mr. Donckelaar consiguió crear en Lovaina las primeras dalias dobles, cuyas flores podían llegar a los 20 cm de diámetro. Nada que ver con lo que nuestro abate lleva en su mano derecha (quizá una D. variabilis, de sencillos pétalos rojo carmín).

Las dalias exuberantes y de colores chillones, tipo cactus, tipo pompón, tipo peonía… pasaron de moda hace años, al compás de las tendencias minimalistas, que también en el jardín impusieron la austeridad y la sencillez como norma. Pero ha ido pasando el tiempo y otra vez han cambiado las tornas: las dalias están de regreso, quizá para quedarse, gracias a esos vivarachos “hot-borders” puestos de moda por los audaces jardineros ingleses.

No todas las dalias producen tubérculos, pero sí la mayoría. Lo suyo es enterrarlas en marzo-abril (para ser más precisos: cuando la tierra esté ya algo caliente, como con las patatas), en un sustrato permeable y rico, y desenterrarse en cuanto las hojas se marchiten, unos días después de terminarse la floración, lo que ocurrirá entre mediados de agosto y  principios de octubre según la variedad. Al tiempo que se planta se deja instalado un buen soporte, preferentemente metálico, pero con 3 ó 4 cañas limpias, derechas y bien cortadas, unidas con cordel a dos diferentes alturas, se hace también un buen apaño (no sé como estarán ahora en el R. J. Botánico –hace ya un par de años que no voy– pero hubo un tiempo en que me enfadaba al ver tantas dalias revolcándose malamente por el suelo, entre cordeles anudados de cualquier manera y casi a cualquier cosa). Desde ese momento, riegos crecientes (a medida que se despliega el follaje), y abono rico en potasio para sostener la floración. Yo uso siempre abonos orgánicos; en su defecto, un puñado de humus de vez en cuando (¿una vez al mes, por ejemplo?). Terminado el ciclo, el tubérculo sólo puede quedarse enterrado (aunque no creo que nadie se atreva a recomendarlo) en zonas libres de helada. Si no es éste el caso, se desentierran los tubérculos, se cortan con unas tijeras afiladas los restos de tallos y brotes, se limpian de tierra, y se guardan en la bodega, garaje, sobrado o similar (lugar fresco, aireado y oscuro), envueltos entre serrín y virutas (el que las tenga; si no: tiras de periódico) bien apretados unos contra otros en una caja de madera.  Se humedecen un poco, sin empaparlos jamás. Y lo mismo vale para gladiolos y cañas índicas, que forman, junto a las dalias, la tríada más conocida de “bulbosas” de otoño.

Como las dalias no aguantan ni el frío ni la sequía extremos, en España se dan mejor en zonas de clima oceánico que en zonas continentales. Y mejor todavía, puestos a elegir, en el interior de las provincias costeras, en tercera o cuarta línea tierra adentro. De lo contrario, el aire excesivamente húmedo hará que se malogre el follaje de la dalia, como le sucede sistemáticamente a las rosas cultivadas junto al mar.

Esto que acabo de contar es un resumen de mi experiencia con las dalias. Pienso que, aunque su historia pasa por Madrid, es difícil que plantas adaptadas al clima de los valles templados de Centroamérica puedan acostumbrarse así como así al interminable, agotador verano madrileño, y tampoco al fugaz otoño que le sigue, con días aún muy cálidos pero con noches ya fresquísimas… Ese contraste de temperaturas, unida a la necesidad de regar la planta (intransigente en este punto) hace que las más de las veces presente manchas blanquecinas en sus hojas. Cultivarlas por aquí es buscarse un lío, algo así como convencer a uno de Londres, o de La Coruña, de que llene su jardín de tomillos. ¿Hay que renunciar entonces a su cultivo en Madrid?. Seguramente es lo más sensato… pero yo no le hecho. Lo asumo como un pequeño capricho, como la excepción (¡jamás la regla, y en todo caso siempre en maceta!), en un jardín que intento hacer sostenible y “racional”.

Dalias ‘Bo Kai’ en mi terraza de Madrid, octubre 2008.

Así que esta dahlia Bo Kai sigue conmigo: una planta preciosa y difícil que me hace trabajar mucho y nunca estará del todo contenta a mi lado.