Herrerillo

No es que no estuvieran antes, es que las hojas los escondían. Tampoco había tantos tiros de escopeta a primera hora. Las tórtolas turcas, sobre todo, se acercan más a casa, se arriesgan por los comederos de los perros y los gatos, y a veces -cómo evitarlo- alguna termina desplumada sobre la hierba. Los mirlos y pájaros más pequeños, en particular este herrerillo, y una curruca capirotada que se empeña en picotear el cristal de la galería, vienen a buscar arañas e insectos entre las ramas de esa Lagersotroemia de la foto, que se va pelando empezando por arriba, y a tantear las primeras aceitunas medio maduras de los olivos. Ya no quedan higos ni moras ni uvas (son zorros, me parece, quienes limpian de rebuscos las cepas). Descontando las semillas de los cardos, alijonjeras -de floración tardía- y no sé si de muchas gramíneas, porque este verano se ha agostado todo demasiado pronto, ahora hay que conformarse con esas aceitunas todavía un poco duras, con las endrinas ya un poco pasadas, los escaramujos de los setos (también de algunos rosales domesticados: mi ‘Centenaria de Lourdes’, por ejemplo), los pistachos en miniatura de las cornicabras (Pistacia terebinthus) y las primeras bayas de hiedra por las tapias de los jardines, allí donde sus propietarios hayan tenido el buen sentido de dejarlas florecer.

Trasmocho (4): leña para hoy, nada para mañana.

Imagen

 

encina desmochada

Con trasmochos y chirpiales para leña (nota 1, abajo), en especies de hoja caduca y fuerte brotación, cultivadas en zonas medianamente frescas, era como se solucionaba antes la papeleta. Haciendo este tipo de podas a nadie puede extrañar que esos árboles no llegaran a viejos. Pero hasta los años ¿50/60? del siglo pasado, en un contexto medioambiental muy distinto, aún había  una razón comprensible para hacerlo, una lógica estricta en los turnos de poda, que su responsable era el primer interesado en controlar, y todo un business que incluía a leñadores, almacenistas, carboneros…: un aprovechamiento racional, en definitiva, en el que habría sitio para la impericia y el descuido -como en todas partes-, pero también un interés objetivo por hacer las cosas con cierto cuidado. A día de hoy, sin embargo, quedando tan pocas dehesas y carballeiras en buen estado, habiendo tanto, tanto, tanto monte que limpiar, y viviendo como vivimos en una galaxia diferente (la ganadería extensiva se reduce o desaparece, las antiguas explotaciones se abandonan…¡y esto sin hablar del cambio climático!) es difícil entender por qué se se les sigue dando esas tundas a los pocos robles y  encinas de cierta envergadura que aún se ven por ahí. Seguimos aceptando que se tercien y/o desmochen sus copas, que se hagan podas abusivas tirando de la motosierra, y todo ello como si nada hubiera pasado: como si siguiéramos en 1900.

En muchos pueblos -como éste mío de la Sierra oeste madrileña- el ayuntamiento extiende concesiones de leña a los particulares que lo solicitan. Les adjudican una determinada parcela y un determinado volumen de leña a extraer ( pino y jara, sobre todo ). Pero pocos lo hacen. Salvo ilustres excepciones, que las hay, la mayoría de mis vecinos tienen depósitos de gasoil (fumata nigra), y la chimenea (fumata blanca) es sólo un complemento más o menos exótico. Hay incluso quien busca troncos de encina perfectamente cortados, estandarizados e impecables como los tomates del súper («cortada a 35 cm», dice una publicidad casera pegada sobre el semáforo).tronquitos bonitos y limpios Por lo general, se prefiere pagar varios cientos de euros por un camión de encina free-lance que pasarse un fin de semana al año cortando ramas y haciendo viajes con la furgoneta, o que pagarle un jornal de 60 euros diarios (gasolina aparte) al que vaya a hacerlo en tu lugar, consiguiendo, de rebote, que el riesgo de incendio en el término municipal disminuya. (¿Por qué se prefiere pagar la leña a ciegas? O por falta de información, supongo, o porque. no siempre es fácil, ay, encontrar a esa persona joven/medio joven que «vaya en tu lugar» a sudar al monte )
Las únicas desventajas que se me ocurren son: una, que esta leña «max-mix» del monte comunal es de menor calidad; hace falta más volumen para calentar lo mismo; y dos, que, con respecto a otros sistemas de calefacción, uno no puede darle a la palanca y olvidarse (hay que levantarse, bajar a llenar un cesto, cargar…). PERO no hay que rendirse a la fatalidad: ahora hacen unas chimeneas cerradas fantásticas, con un rendimiento que rasca el 90% (es decir, que el poder calórico de la madera se aprovecha mejor, con lo que se necesita menos leña: menos desriñonarse) y un precio cada día más asequible.

Se puede tener un plan B (un segundo sistema de calefacción) para cuando no haya tiempo o no haya fuerzas. Pero el objetivo, en mi opinión, sería invertir el orden de prioridades: intentar calentar el 80% ó + de las veces con la chimenea, que ésta se convierta en el sistema central, no en el sistema de apoyo, y dejar en la reserva el radiador (por ejemplo).

Gran Quema 2010…Todo ha cambiado tanto. Antes se regalaba la madera a cambio de que le «limpiaran» a uno la finca (2). Ahora el propietario de esa finca ha de pagar, o hacerlo él mismo, y los montones de ramas y maleza seca se convierten en un problema si no han ardido con su correspondiente permiso de quema – y sin calentar a nadie: ya no son propiamente «leña»- antes de que se meta el verano. El problema del propietario con su parcela es el del Ayuntamiento con el monte común. Y es un problema grande, de los que quitan el sueño.

El futuro, nos dicen, está en las briquetas de viruta prensada y los pellets, procedentes  de «la limpieza de los montes» (resíduos varios). Ojalá. De momento, sin embargo, los pellets son bastante más caros que ese max-mix del monte común (coste mano de obra + transporte)  o que los viejos troncos de roble/ encina. No parece haber más opciones.

Respecto a esos troncos, para terminar por donde empezamos, la cosa sería menos dudosa si procedieran de explotaciones bien gestionadas, con podas selectivas, con un mínimo de amor por los árboles…Y con el sello FSC, por ejemplo, tan fácil de encontrar en otros países (3). Pero esta información, detallada y certificada, sin tonterías, en España casi ningún consumidor la pide, ningún vendedor la ofrece, y basta con echar un vistazo alrededor para comprender que cada vez hay más chaparro y maleza que árboles, más especies de crecimiento rápido que roble/encina, más árboles mutilados que copas estructuradas, y que, en fin, arrancar la motosierra y tirar para el monte (cualquiera, sin entender ni pío de cómo ha de curar un árbol sus heridas)… es lo más fácil de este mundo.

NOTAS

(1) Sobre trasmocho: https://laramadeoro.wordpress.com/wp-admin/post.php?post=3122&action=edit . Chirpiales, tras un recepe a nivel de suelo, era lo que producía el «cultivo en monte bajo regular»  (R. Serrada, 2008, «Apuntes de selvicultura»). taillis de chataignerEste tipo de cultivo se ha ido abandonando… y, como con los viejos trasmochos dejados a su suerte, sin rehacer la estructura del árbol, lo que queda atrás ya no es nada de lo que quisiéramos ver, ni bosque productivo ni bosque natural. Pura maraña, en parte seca (en especial por las yemas terminales), y en parte desgarrada: si no se siguen cortando los rebrotes, engordan más de lo que puede soportar la inserción -siempre mala en chirpiales y trasmochos, porque el brote procede de yemas adventicias.

(2) La expresión «limpiar»  da miedo en boca de algunos: se trata de reducir el material combustible del monte,  ¡no de dejar a la intemperie a los animales, el suelo expuesto a la erosión y comprometida la regeneración…!.

leña FSC

(3) Caja de 15 kilos FSC, en cualquier súper de Alemania o  Suiza: unos 5-6 euros si es mezcla (haya, fresno, arce) y 7-8 si sólo haya. Comprando por palés sale más barato.

Cebras a lunares

Potrillo de cebra. Masai Mara, Kenia, septiembre 2019

https://www.nationalgeographic.com.es/naturaleza/fotografiada-kenia-cebra-lunares-vez-rayas_14719

«Manuel se levantó al día siguiente a las ocho de la mañana, feliz y descansado. Había soñado con los équidos de Cabrerets. No serían «cebras propiamente dichas», de acuerdo, porque las cebras (propiamente dichas) no tienen lunares sino rayas, se decía mientras se afeitaba. Pero ¿y en la prehistoria?, ¿qué sabemos nosotros si entonces las cebras no iban a lunares o a cuadros? La idea le pareció divertida: tendría que hacer algo con eso, en algún momento. Y también tenía que pensar más detenidamente en los animales…»

Perfiles de cebra, p.183.

Cueva de Pech-Merle, Cabrerets

¿Ya es tarde para poner unas coles?

En teoría, sí. En la práctica, habida cuenta del cambio climático y el año que llevamos, yo creo que NO. De hecho acabo de plantar dos docenas. Coliflores, por ejemplo, las hay de sesenta días, noventa, cien… Coles picudas y repollos se podrán comer pronto, aunque la pella no esté demasiado crecida (a cambio, se ponen más). En teoría la cosa va así. En la práctica, demasiadas variables en juego para atreverse a poner fecha a nada. En esta zona (al pie de Gredos) las coles se suelen poner a mediados de septiembre porque en esa época las noches ya son claramente/bastante/muy frescas. Las hojas están tersas. Los insectos mantenidos a raya por el frío nocturno… Pero no es el caso este año. Los que hayan puesto las coles siguiendo la antigua rutina habrán visto que el calor las hace subir a flor antes de tiempo. Coliflores y brécoles raquíticos, y toda la planta comida a conciencia por las orugas y las chinches. Lo sensato era esperar. Y aún así… Hoy, día diez de octubre, la mínima ha sido de 15 grados y la máxima de 28. Ni una nube en el horizonte. En condiciones normales, en vísperas del Pilar ya estaría empezando a helar. Y en Galicia, en el interior, lo mismo: xiadas nocturnas ocasionales, desde antes de la entrada oficial del otoño.

Se non puxestes aínda os repolos… ídelos poñendo.

Nota 16 de octubre. Han caído cuatro gotas y esta pasada noche, por fin, bajó la temperatura. Aún tiene que bajar más -¡por la tarde seguimos de manga corta!- pero este primer «alivio» otoñal es perfecto para las coles (menos perfecto para lo que pueda quedar del verano; esas plantas de albahaca, por ejemplo, que ya empiezan a arrugarse…)

Giardino dipinto

Una perdiz, un abejaruco y una collalba. La vegetación de esta pared -pintada al fresco, allá por el 20 a.c.- incluye un granado cuajado de fruta, un ciprés, un laurel, una palmera y una rosa damascena. En la parte más alta, que no sale en la reproducción, se ve también un mirlo con las alas abiertas, metiendo bulla.
En otras paredes de este Giardino dipinto de Livia Drusila (procedente de su villa de Prima Porta, al norte de Roma) los especialistas han contabilizado hasta 69 especies de pájaros. Y violetas, iris, crisantemos, amapolas blancas. Y un pino en el panel central. Otra vez las estaciones mezcladas, y otra vez esa preferencia antigua por los frutos del otoño: junto al granado, por las restantes paredes, sólo un membrillo y un madroño. Todo ello, seguramente, para representar la opulencia/fecundidad de la nueva aetas aurea, inaugurada por el divino Octavio, y quizá -pero habría que leerse despacio la bibliografía- con intenciones simbólicas.¿La granada y el pino, atributos de la diosa Perséfone, de la diosa Cibeles? O a lo mejor le estamos dando a ese pino, ese granado, más importancia de la que realmente tenían, como sucede a veces con los bodegones del XVII (¡no todos eran rebuscadas vanitas!) Por otro lado, ¿no se echan un poco en falta unos higos y unas uvas, frutas omnipresentes en tantos frescos y mosaicos? Cosas de Livia Drusila, la dueña de la casa. A lo mejor le empalagaban los higos, simplemente. ¿Y cómo andaba su dentadura? Imaginémoslo: regular. Le molestarían mucho las pepitas de uva entre las muelas…
La identificación botánica y ornitológica completa la hizo esta señora: Mabel M. Gabriel, en los años 50, poco después de que los frescos fueran llevados a su emplazamiento actual en el Museo del Palazzo Massimo alle Terme. Leo en internet, sin embargo, que las excavaciones en Prima Porta continúan, y que un fresco de mentirijillas puede verse ahora en lugar del original.

Notas
Las perdices de verdad -de carne doliente, no dipinte– empezarán a caer a tiro limpio a partir del Pilar, fecha en que se levanta la veda en todo el monte, incluidas las viñas y los sembrados. Respecto al abejaruco y la collalba, estarían en Prima Porta de paso. En octubre ya se encuentran granadas maduras en el mercado, los primeros madroños, los primeros membrillos… pero hace por lo menos un mes que se fueron los abejarucos -y antes, las golondrinas-, dejándonos la misma angustia de todos los años.

Detalles + bibliografía:

Villa of Livia at Prima Porta

Y catálogo florístico, aquí: https://www.researchgate.net/publication/248546044_Botanic_analysis_of_Livia’s_villa_painted_flora_Prima_Porta_Roma

Análisis de macetas (caso 2)

Carretera de Santa Cruz a Sada. Septiembre.

A excepción de dos mini borduras en el centro, en las que han plantado rosales de pie y algunos impatiens, todo el jardín se vuelca en macetas. Festival de rosas -con algún alarde naranja o rojo- en macetas de plástico casi siempre blancas. Fachada rosa. Balaustrada rosa. Geranios rosas, surfinias rosas, una mandevilla rosa (M. sanderi ‘Rosea’) trepando por la rosa mocheta y la piña blanca de yeso (foto de abajo). En plena sintonía con un patio/jardín de macetas, tampoco pintaba nada aquí un césped. La malla antihierbas no se llena de bichos. Puede barrerse e incluso fregarse…

Concello de Oleiros, provincia de La Coruña. Diríase, sin embargo, un pequeño-Pequeño Trianon en el que ni un solo detalle ha sido descuidado. Bien por esta vecina/o, tan claramente anti-sistema. Le importa un rábano lo que diga Mon jardin, ma maison sobre la combinación de colores o la rigurosa «sostenibilidad» de los patios caseros 3.0. Ha hecho solo lo que le pedía el cuerpo a ella/él. Fresas con nata. Rosa pastel y columpios blancos. Como si la mismísima Marie Antoinette -con/sin la cabeza sobre los hombros- fuera a pasarse esta tarde a merendar.

Camino de Praga, un naranjo.

Primera parada: París

Al Rey Sol le fascinan los naranjos. Los hay en abundancia en el parterre de la orangerie de Versalles, y también en el Trianon, plantados -todos ellos- en jardineras de hierro y madera pintadas de verde (diseño Le Notre; hoy pueden comprarse on-line, como todo: jardinsduroisoleil.com). Madame de Sévigné, según el preciso relato de Eduard Möricke, corta un esqueje de naranjo amargo y se lo regala a su amiga Renata Leonora, esposa del embajador austríaco ante el Rey Cristianísimo. El esqueje arraiga. Cuando el tiempo de la embajada termina, Renata Leonora se lleva la maceta a su palacio de Moravia. Pasan los años. El naranjo sigue creciendo. Hijos y nietos lo cuidan con el mayor desvelo, en particular Eugenia, bisnieta de Renata, que se entusiasma con el arbolito, el más aromático -si no el más sabroso- de todos los cítricos. El naranjo nacido de aquel esqueje es su preferido, símbolo viviente del encanto espiritual de una época casi divinizada (al Príncipe de Talleyrand se le atribuye el dicho: «quien no haya conocido el mundo antes de la Revolución, jamás sabrá lo que es la douceur de vivre«; E. Möricke, más escéptico, nos recuerda en 1855 que esa época idealizada llevaba ya en sí su aciago futuro). Pero hete aquí que el árbol enferma. Amarillea y pierde las hojas. Eugenia, con gran pesar, lo da por muerto.

Segunda parada: Nápoles

Un joven compositor austríaco que viaja por Italia con su padre/maestro (para ganarse los garbanzos, estrictamente), asiste desde Villa Reale, Nápoles, a un curioso espectáculo teatral representado por un grupo de comediantes sicilianos. Dos barcas aparecen en la bahía. En una viajan jóvenes de ambos sexos; ellos, vestidos con calzas rojas (el resto al aire) , reman y maniobran; ellas, hermosísimas, trenzan flores y se dejan querer. Aparece otra barca, pero ésta solo con jóvenes varones, vestidos de color verdemar. Desde la primera barca, cogiéndolas de un cesto que llevan a bordo, las chicas empiezan a lanzar naranjas a los marineros verdemar, que a su vez se las devuelven, iniciando un malabarismo naranja -contra el azul de la bahía, la orquestina tocando aires muy alegres desde la orilla- que queda grabado para siempre en la memoria del joven músico austríaco.
Los marineros verdemar engañan a los rojos con el señuelo de un pez de colores. Los rojos se zambullen en su búsqueda, y los verdemar, más espabilados, cambian de barco y se lo llevan, chicas incluidas (muy contentas, al parecer, con el cambio).

Tercera parada: una posada en Moravia
14 de septiembre de 1787. Un carruaje se detiene en la posada El Caballo Blanco, en las llanuras de Moravia . De él baja un matrimonio de mediana edad (hoy diríamos «un joven matrimonio», apenas rebasada la treintena). Vienen de Viena y se dirigen a Praga, donde él, célebre compositor, se dispone a estrenar su última ópera, casi terminada… Ella se acuesta un rato a descansar mientras los posaderos les preparan la comida y atienden a los caballos. Él aprovecha esos momentos para ir a dar un paseo por los alrededores. Ve una avenida de tilos. La sigue. Llega a un palacio de estilo italiano. Parterres. Bosquetes.Un jardín con la puerta abierta….

El estanque oval, estaba rodeado por unos naranjos cuidadosamente cultivados en cubas, que alternaban con laureles y adelfas (…) Con los oídos complacientemente atentos al chapoteo del agua y los ojos fijos en un naranjo agrio de mediana altura que, fuera de la hilera y aislado, se encontraba en el suelo muy cerca de él, cargado de los frutos más hermosos, nuestro amigo, ante esa visión meridional, recordó (…) Sonriendo pensativamente, tiende la mano hacia el fruto más próximo… Y, en estrecha relación con aquel recuerdo juvenil, tuvo una reminiscencia musical hacía tiempo borrada, cuya huella incierta siguió soñadoramente por un momento. Ahora le brillaban los ojos (…) Distraído, ha cogido por segunda vez la naranja, que se separa de la rama y se le queda en la mano. Él la ve y no la ve; tan lejos llega la distracción de los artistas, que Mozart, haciendo girar el oloroso fruto ante sus narices y removiendo entre los labios tan pronto el comienzo como el tema central de una melodía inaudible, saca del bolsillo de su casaca .. un cuchillito de mango de plata, y corta lentamente, de arriba a abajo, aquel objeto redondo y amarillo. Quizá lo impulsara a ello, remotamente, una oscura sensación de sed, pero sus sentidos excitados se contentaron con aspirar el delicioso olor…(1)

Mozart ya tiene el motivo para las bodas de Zerlina y Masetto, el fragmento que le faltaba para dar por terminado el acto primero de Don Giovanni. En realidad no iba pensando en eso cuando llegó al jardín, pero el motivo se le impuso solo: naranjas, luego amor. Saca un papel y allí mismo, junto al estanque, empieza a escribir…
El guardián del jardín llega entonces hecho una furia. Su dueño, el conde, tenía reservado ese naranjo para la ceremonia que va a celebrarse esa tarde. Y las naranjas estaban contadas: eran nueve, ¡no ocho!
Una notita manuscrita de Mozart, pidiendo infinitas disculpas, hace cambiar de opinión a los condes, muy aficionados a la música. Los Mozart son invitados a pasar la noche en palacio, donde se prepara el banquete de boda de su sobrina Eugenia. Mozart confiesa con desparpajo lo sucedido con el naranjo -aquel recuerdo de Nápoles- y ellos, los condes, mandan traer el arbolito. Ahí está, con sus ocho naranjas que debían ser nueve. Eugenia duda… ¿es ese su árbol, el que había traído la bisabuela de Versalles? El naranjo ha sido resucitado, no se sabe bien cómo, por un vecino de los condes muy ducho en cosas de jardinería (quizá solo tuviera clorosis, regado en exceso -por ese guardián malhumorado- con el agua caliza de los alrededores…). Los condes han cuidado en secreto cada flor, cada fruto que cuajaba, para ofrecérselo como regalo de bodas a Eugenia. Hoy, precisamente. Y hasta tenían preparada un poema sobre «El Jardín de las Hespérides,» en el que tres ninfas, cada una con tres naranjas, hacían su particular performance para la novia… Hélas, ahora solo son ocho las naranjas. La novena, la cortada en dos por el músico de Viena, yace a los pies del árbol sobre una fuente de porcelana. Pero no hay mal que por bien no venga. En compensación por su desafuero, Mozart tocará para los presentes las distintas piezas de su nueva ópera… (2)

Cuarta parada: Praga

El 29 de octubre W. A. Mozart dirige el estreno de Il dissoluto punito, ossia il Don Giovanni, drama giocoso in due atti, en el Teatro Estatal de Praga. Mientras afuera empieza a caer una lluvia helada, anuncio del inminente invierno, dentro suena por primera vez esa escena festiva:
Giovinette che fate all´amore
non lasciate che passi l´etá!,

una boda campestre, en la que hombres y mujeres cantan y bailan, y se provocan y juegan, y es todavía primavera, luce el sol, y no hay más sombras en el horizonte que las que proyecta el insaciable Don Juan. Zerlina y Masetto, los novios, se quieren en italiano (necesariamente), un italiano que los checos y alemanes del público hacen por entender, a unos dos mil kilómetros y diecisiete años de distancia de Nápoles, de las naranjas, de la cumbre del Vesubio, de la bahía azul en la que se recorta la isla de Capri, la punta de Sorrento… Todo concentrado, como un zumo fresco, en tres minutos del acto primero.
Han pasado diecisiete años desde que estuve en Italia –había explicado Mozart a sus huéspedes moravos-. ¿Quién hay que la haya visto, especialmente Nápoles, y no piense en ella toda la vida?

NOTAS

(1) Mozart camino de Praga, Eduard Mörike, Alba editorial, 2006. Traducción de Miguel Sáenz.
(2) Solo Eugenia, que, además de excelente soprano/dechado de virtudes, tiene el triste don de no dejarse engañar por las apariencias, siente un escalofrío al escuchar a Mozart. Este hombre -se dice a sí misma-se consumirá pronto en su propio fuego. Su música no tiene ya la despreocupación del Figaro…