Naranjos de levante, naranjos de poniente.

Enero 2012

Hace unos años fui de visita a Xátiva, a casa de una amiga medio gallega/ medio valenciana que heredó de su padre –farmacéutico– un hermoso huerto de naranjos. L’hort del boticari. Sospecho que conservar ese trozo de tierra, y hacerlo además así, produciendo naranjas de calidad y procurando venderlas bien, no ha sido siempre un trabajo fácil. Como nos explicaba el hombre que le cuida el huerto, hombre afable pero un punto depresivo (¿como todos los agricultores, siempre quejándonos?), hay años en que casi ni compensa recoger la fruta. Tan bajos están los precios, tan altos los jornales, tan abundante la oferta, tan dura (y desleal) la competencia con las naranjas magrebíes. Esta amiga mía no vive de la venta de sus naranjas. Conserva el huerto porque es una forma de conservar, al mismo tiempo, otras muchas cosas. Pero el asunto da que pensar. ¿Llegará un momento en que se subvencione la eliminación de naranjos, como por otras zonas se pagó a los paisanos por arrancar las viñas?. Por lo que leo en la red, sí se dan ayudas para arrancar el viejo naranjal y plantar otro tipo de cítricos (cosas exóticas como el kumquat), o bien rehacer enteramente la huerta, con cultivos diversificados.

Todo cuanto quería saber sobre el cultivo tradicional del naranjo lo aprendí aquel día en l’hort del boticari. Suelos bien drenados y muy fértiles –abonados no siempre de forma equilibrada, con cantidades ingentes de nitrógeno, que los árboles devoran–, variedades injertadas en patrones resistentes al frío y a las enfermedades (entre otras, la tristeza); riegos por encharcamiento progresivamente sustituidos por sistemas de goteo, bastante más racionales aunque también con sus historias (lavado de sales minerales, necesidad de abonar más), etc. En algún libro leí que el cultivo de cítricos en Levante fue activamente fomentado y planificado desde el siglo XVIII por los sucesivos gobiernos del Estado, los mismos que, simultáneamente, desatendían, o directamente ignoraban, su incipiente cultivo en el sur de Galicia, que quedó en nada (como el de la morera, o el otrora floreciente del lino…). Sin embargo, si uno se da una vuelta por cualquier pueblo de Pontevedra verá con seguridad espléndidos ejemplares de naranjo y limonero; y en los registros de algunos pazos –tímidos pioneros en la introducción de nuevas especies, así como de las nuevas técnicas agrícolas– se nos dice que había «parras, perales, manzanos, melocotoneros, higueras, ciruelos, frutos de la Pasión… y, muy especialmente, naranjos y limoneros» (1). Como los hubo y sigue habiendo por todo el norte de Portugal… En fin, el hecho es que sólo se plantaron de forma masiva en Levante, que era donde tenían asegurada su salida comercial hacia el norte de Europa. Todo el mundo plantó naranjos, y siguió plantando y plantando hasta ayer mismo. Pero hoy las cosas han cambiado, como nos decía, apesadumbrado, el encargado del hort del boticari; todo se hecho más difícil e imprevisible, hasta el punto de que ¿quizá tendría más sentido un pequeño huerto de naranjas ecológicas en Pontevedra que dos o tres hectáreas de cultivo convencional en Valencia…?.

Más tarde, metiendo la nariz aquí y allá, fui aprendiendo también algo sobre el cultivo del naranjo en macetas. En Versalles aprendí que Luis XIV adoraba  las naranjas y los higos (en este blog, se hable de lo que se hable, siempre se acaba hablando también de higos…). Para sus diez variedades de higuera M. La Quintinie preparó unas buenas espalderas por debajo del nivel del suelo (jardin en creux), orientadas al sur y podadas en abanico. Para los naranjos M. Mansart diseñó una preciosa orangerie, y los jardineros de palacio prepararon unos maceteros con ruedas que permitían –y todavía permiten– recoger el naranjal roulant con la llegada de las primeras heladas. Lo mismo se hacía con algunas higueras, que pasaban el invierno a cubierto en la figuerie. He visto naranjos en macetas en todos los patios del norte de Italia. Los he visto en El Escorial, un poco amarillos (cloróticos), pasando frío en las hornacinas del Jardin de los Frailes y del Estanque, alternados a veces con camelios (que tienen un cepellón pequeño y manejable, como el de los naranjos). Y los he cultivado yo misma en mi patio: un naranjo sin padre ni madre del que unas clientas quisieron deshacerse hace años, y un calamondín  –naranjito de Filipinas– que es, para qué negarlo, la niña de mis ojos.

Los cultivo en macetas con depósito de agua. Los abono única y exclusivamente con humus de lombriz. Los coloco a la sombra en verano, al sol en invierno, y los meto en casa, en una habitación sin calefacción, cuando hay previsión de heladas fuertes. Algún año los he envuelto entre varias capas de tul, formando primero un cilindro con cañas de bambú, y colocando la maceta sobre una plancha de madera (o de poliespán), para que el frío no llegue de ningún modo a las raíces. Durante los durísimos veranos de Madrid refresco el follaje con la manguera a primera hora de la mañana, y voy girando un cuarto de círculo la maceta cada dos o tres días, para que la luz  llegue bien a todas las yemas…

(1). C. Martínez, apud El jardín de los Pazos Gallegos, C. Rodríguez, Santiago, 1994, p. 22

El Misterio de los Encapuchados (1ª parte)

Diciembre 2011

¿Quiénes son estos inquietantes personajes sin rostro, silenciosos y cabizbajos, que aparecen tapados hasta las orejas con sacos y retales?. ¿Qué hacen ahí tan quietos y resignados?. ¿Están tramando algo?. ¿Son buenos o malos?. ¿Van rezando entre dientes?. ¿Esperan a alguien? .

¿Y por qué se esconden detrás de los hinojos?. ¿No será que han pecado mucho en su vida anterior y ahora se arrepienten?.

Primera pista: están un huerto de un país del norte, cerca de las montañas. Segunda pista: hoy empieza diciembre.

(La respuesta al Misterio de los Encapuchados, en ABRIL de 2012).

Alcachofas de Ginebra

Septiembre de 2011

La Ferme de Budé está en el centro de la ciudad de Ginebra. Aunque conserva el caserón –y el nombre– ya no es realmente una “granja”. Los antiguos terrenos de labor fueron vendidos al Ayuntamiento y rápidamente urbanizados en los años cincuenta. Entre los edificios del nuevo barrio –llamado Petit Saconnex– quedaron parte de las instalaciones de la granja y una media hectárea dedicada a huerta. Monsieur Marti la conservó como tal, vendiendo lo que ahí producía en el “marché” que instaló en la entrada de la granja. Ms. Marti tiene ahora 96 años. Su sucesor también se ha jubilado. Y los sucesores del sucesor, Ms. Chavaz y Ms. Zulauf pelean desde el 2009 por convertir la “ferme” en un negocio rentable (y no sólo en un rincón verde más o menos estrafalario). El año pasado inscribieron el terreno en el registro de producción ecológica (Bio Suisse); pasado el correspondiente período de “conversión” –idéntico al que hubo de pasar LRO–, podrán vender sus productos como 100% ecológicos. La huerta no está cerrada. Limita con un área de juegos infantiles y con un pequeño parque donde está autorizado soltar a los perros. Cualquiera puede pasearse entre las hileras de ruibarbos, coles, tomates… Tienen ya su “site” internet: www.ferme-de-budé.ch

El sábado 17 de septiembre celebraban el cincuenta aniversario de la apertura del mercado. Lo leímos en la prensa local, mientras desayunábamos, entre noticias sobre el desplome de las bolsas y los partes de guerra en Libia y Siria. En el periódico venía la historia que acabo de resumir, y fotos en blanco y negro de una Ginebra difícil de reconocer, casi de otra galaxia.

El mercado estaba abierto desde muy temprano. Todos los que andaban por allí trajinando eran jovencísimos, de poco más de veinte años. En la entrada  habían instalado unos toldos de lona (en previsión de lluvia, que no faltó), y bajo los toldos, bancos y mesas de madera. Media docena de chicas picaban zanahorias, remolacha, etc. y lo iban colocando todo en grandes fuentes. Cuando les pedimos permiso para dar un paseo nos miraron con expresión de no entender la pregunta, no sé si por culpa de mi francés renqueante (la razón más probable) o por el mero hecho de pedir permiso.

A mediados de septiembre, en el corazón de Ginebra, a pocos metros de la sede de las Naciones Unidas, están en flor las alcachofas y ya hay calabazas maduras. Todavía recogen tomates, pero de aspecto algo triste. Tienen sanísimas las coles, los ruibarbos y las zanahorias (en líneas sucesivas, tal como se ve en la última foto). Siembran flores por aquí y por allá. Cosmos y girasoles, que siempre salen bien. Las flores naranjas de la segunda foto son capuchinas; aquí, como en Francia, las comen en ensalada, mezcladas con berros, rúcula y lechugas variadas. En el mercado venden muchas cosas producidas por otros, pero todas con la debida certificación ecológica o –al menos– con la indicación de “producido en Ginebra” (lo que de por sí es más ecológico, aún sin certificar, que un supertomate supercertificado traído desde España, que por fuerza llevará encima muchos litros de gasoil o keroseno).

La huerta de la Ferme de Budé, en el Petit Saconnex, Ginebra:

Gilles Clément + Paris

Septiembre 2010

Los tres grandes jardines que Gilles Clément ha diseñado en la Ville de Paris, por orden cronológico:

1. Jardines del Parc André-Citroën, en las antiguas fábricas de montaje de automóviles.

2. Jardines del Museo de Etnología del Quai Branly.

3.Jardines del Arco de La Défense, entre los cementerios de Puteaux y Neuilly.

Los visité en septiembre del 2010. A los tres es sencillísimo llegar, caminando desde el centro al Quai Branly, y en transporte público a los otros dos. Lo que reproduzco a continuación es una selección de fotos y de anotaciones que hice sobre la marcha. Para el que tenga prisa: si hay que escoger uno, sin duda el jardín que rodea el museo del muelle Branly, porque el museo –un capricho de Jacques Chirac, amante y buen conocedor de las culturas orientales– es en sí mismo una visita obligada, recomendable contrapunto del Louvre, que está tan cerca.

Coloco las fotos en el orden en que yo los vi (2-1-3), con la luz de por la mañana en el Quai Branly, y casi a tientas en La Défense.

El jardín de G.Clément para el Museo de Etnología del Quai Branly:

El edificio, Jean Nouvel; la fachada vegetalizada, P. Blanc (el que hizo en Madrid la fachada de Caixa Fórum). Lo primero, los pavimentos (cuando la tentación sería la de levantar la cabeza, aunque sólo fuera por la omnipresencia de la vecina Torre Eiffel). En todos hay mezcla de materiales (incluso pequeños objetos incrustados en trocitos de cristal) y en todos se escapa de la regularidad. Nada más entrar, las masas de miscantus, que con sus espigas llegan a medir dos buenos metros. Todas las plantaciones en masas: de helechos, de hippuris. Plantas de ribera, de sombra, de suelos frescos, como corresponde a la orilla del Sena. Pero los miscantus –y otras gramíneas– así como la densidad de plantación producen la impresión, nada más entrar, de estar en un lugar exótico, como el propio museo (piraguas polinesias, máscaras ceremoniales del Congo.). Del otro lado del museo, es decir, mirando al oeste, plantas que buscan la luz, como esos rosales chinensis ‘Mutabilis’, gemelos de los de La Rama de Oro. Y el cierre, con juncos de hierro (sólo pasan los patos, haciendo fintas entre los barrotes).

El jardin de G. Clément en el Parc Citroen:

Está envejeciendo, pero con bastante dignidad, creo yo, si se piensa en que es un parque de verdad: un parque con gente, niños corriendo, perros, parejas escondidas –o no– detrás de los setos. Jardines temáticos, por colores (plata, oro…). De nuevo los miscantus, que en esta época del año no saben pasar desapercibidos. Las fotos 3 y 4 están sacadas desde el punto más alto y más bajo del talud: si las espigas no se cortan, y a menos que la nieve las venza, durante todo el invierno aprehenderán y desprenderán luz, como linternas a pleno día. Y el “jardin en mouvement”, lo más provocador, incluso tantos años después. Lo que en Francia llaman “friche” aquí lo llamaríamos despectivamente “descampado”, (con connotaciones que no tendría un simple “terreno inculto”). Pero no es eso. Las manos de los hombres –por suaves que sean– pasan también por este trozo del parque, e incluso al decidir “rien faire” se está interviniendo (y a mí me parece que en la buena dirección). Por lo demás, imagino: sólo retirada de basura –que algunos días no será poca, visto el gentío– y pequeños, pequeñísimos desbroces puntuales aquí y allá. Y ya sólo queda sentarse a observar la sucesión ecológica, sin más. Pero lo que en La Rama de Oro es tan fácil aquí, en el centro de París, se convierte en un desafío (¡mayúsculo!) a la educación estética que –con los pertinentes matices nacionales– hemos recibido todos. ¿Lo permitirían si todo el Parc Citroen, o un parque de extensión equivalente, fuera jardín en movimiento?. ¿Lo permitiría la Sra. Ana Botella, nuestra concejala de Medio Ambiente?. Mucho me temo que no, que esto es sólo una excepción consentida (eso que se llevan los saltamontes y pajarucos del barrio).

El jardín de G. Clément en La Défense (de la inmensidad que este barrio, en el que hasta un mirlo ha de echarle valor para venir a hacerse un nido, G. Clement ajardinó, en concreto: “Les jardins promenades à l’ouest de L’Arche”):

Se nos hizo de noche. Pero llegamos a tiempo para ver, también aquí, los dibujos en el pavimento, los macizos desiguales y densos, las tapizantes y gramíneas a discreción. Masas de gunnera, de helechos, nandinas…  Un poco más allá, el cementerio, justo al pie de las moles de cristal y hormigón, de los que le separa un seto (un seto espeso, creo que de tejo, pero no sé si suficiente para amortiguar la impresión). Y si uno levanta la cabeza, más rascacielos, bloques de oficinas, infraestructuras sin terminar colgando literalmente en el vacío…